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CAPÍTULO X

Tras varios intentos Codi encontró el camino de vuelta al auditorio. Las puertas estaban cerradas. Una azafata le dijo que aún faltaba media hora de concierto, que no podía entrar y que creía que Cherny ya había acabado. Dado que el implante de Cladia mantenía un silencio sepulcral Codi dedujo que aún seguía dentro. Sin otra cosa que hacer, decidió buscar a Fally y Gabriel. Suponía que tenía pocas probabilidades de éxito, a no ser que hubieran vuelto a la sala de reuniones que conocía, y ni siquiera en ese caso estaba seguro de encontrarlos, pues no recordaba muy bien cómo llegar al lugar.

Aun así, pensaba intentarlo. Tratando de ser metódico, buscó en los lugares cercanos y después se aventuró por los pasillos más alejados. Toda la planta baja de Emociones Líquidas estaba decorada para impresionar a las visitas. Los pasillos que recorría debían de ser todos diferentes entre sí, pero a él le parecían iguales. Detalles como el color de las paredes, la procedencia de las alfombras o la antigüedad de los jarrones de las esquinas significaban poco para él.

Dos giros después de admitir que se había perdido sin remedio, Codi oyó la voz de Fally en la distancia. Se encontraba en un pasillo que llevaba a múltiples salas de reuniones, pero podía jurar que no era el mismo de antes. La mayoría de las puertas estaban cerradas, salvo varias del final. Suponía que la voz había venido desde allí. Lentamente, Codi se dirigió en esa dirección. Sabía que no debía espiar, tanto desde el punto de vista moral como el práctico, pero sus pies parecían tener ideas propias y le llevaban hacia la puerta.

—¿Por qué nunca me has buscado? — oyó decir a la niña—. ¿No podías llamar?

— No es tan sencillo como eso.

—¡Sí lo es! — una silla fue movida bruscamente, y Codi supuso que Fally se había puesto de pie—. Yo no conocía de nada a ese periodista y le convencí para que llevara el mensaje. Padre no se enteró de nada.

— Tu… padre… — Gabriel pronunció la palabra con titubeo, como esperando que supiera mal al paladar—, ¿Es bueno contigo?

— Claro.

— Me alegro. Es lo que necesitas; alguien que cuide de ti.

— Ese alguien, ¿no puedes ser tú?

Hubo un silencio cargado. Codi casi se podía imaginar cómo cambiaba la cara de Fally con cada segundo que pasaba.

— Stiven Ramis es tu padre. Legalmente, entre otras consideraciones. Y yo… ahora mismo no estoy en posición de enemistarme con él.

—¿Es por el contrato? Lo siento, no era eso lo que quería…

— Olvídate de eso, no es tu problema.

— No sabes por qué…

— Sé por qué me llamaste — el tono de Gabriel adquirió un punto de dureza—. Olvídalo. Lo resolveremos entre nosotros dos.

— Si lo sabías, ¿por qué viniste?

— Pensé que te debía una explicación.

— Las explicaciones nunca arreglan nada. Además… fue hace mucho tiempo. Recuerdo lo que pasó, pero no los detalles. Durante mucho tiempo me dije que fue un accidente…

— No lo fue — interrumpió Gabriel.

—¡Lo sé! Pero aun así, si supiera que realmente lo sientes…

—¿Crees que no es así?

—¡No lo sé! — estalló la niña—. ¡Nunca he hablado contigo, nunca has estado aquí! ¡Aunque sientas lo que hiciste, no lo demuestras! Si no te hubiera llamado, no habrías venido…

— Faelas…

—¡Calla y escucha! Lo que estoy intentando decir es… es que… si te hicieras cargo de mí… si me sacaras de aquí… entonces te perdonaría.

Un nuevo silencio se instauró entre los hermanos. Codi contuvo la respiración, imaginando que incluso un sonido tan tenue podría llegar hasta sus oídos. Con cada segundo que pasaba deseaba más y más que Gabriel dijera algo, cualquier cosa, tanto por el bien de Fally como por el suyo propio.

— Quiero contarte algo — dijo el orchestrista finalmente. El tono de su voz era cauteloso: no de derrota, pero sí de una expectativa ominosa—. Sé que habrás escuchado otras versiones, pero quiero contarte la mía. Sé lo que piensas. Es lo más lógico, pero no es la verdad. No te hice daño porque tuviera celos de ti. Cuando te llevaron a la isla… es cierto que en aquel momento me asusté. El futuro que tenía planeado no contaba con tu presencia. Me había esforzado por olvidar y de repente allí estabas; el recordatorio de todo lo que había hecho mal. Hice lo que pude por ignorarte. Casi nadie sabía que eras mi hermana; en aquella isla eras sólo una niña del Estado que estaba aprendiendo a tocar. No me conocías ni me necesitabas, y yo no tenía tiempo que dedicarte. Pretender que no te conocía parecía la mejor opción… pero me di cuenta de que no podía. No era ningún santo: era capaz de actos muy ruines y muy fríos si ello me complacía. Pero descubrí que cada vez que me cruzaba contigo, mirar hacia otro lado me resultaba físicamente doloroso. Supongo que fue la forma en que descubrí la voz de mi conciencia. Para aplacarla, me dije que me interesaría por ti, pero sólo para ayudarte a conocer la isla. Estaba seguro de que no cambiaría nada para ti, y de que para mí sería suficiente. Me dediqué a enseñarte el lugar, a enseñarte a usar la biblioteca, a atarte los cordones de los zapatos. Jugué contigo a tus pequeños juegos absurdos. No planeaba ser tu hermano pero llegó a gustarme, inesperadamente, poco a poco. Tus sonrisas, tus abrazos, tus porqués. Las horas de ensayo (mi único pasatiempo antes de que llegaras) pasaron de ser un placer cotidiano a ser una tediosa obligación. De repente tenía infinidad de cosas mejores que hacer que sumergirme en las obras de los grandes maestros. Cada mañana, al despertar, no sentía un cosquilleo de impaciencia por enfrentarme a una pieza especialmente difícil. Lo sentía por que el desayuno terminara, por bajar las escaleras, abrir una ventana y ver si tú ya estabas esperándome entre las rocas. Tenías tu lugar favorito. Siempre te escondías allí, absorta, mirando hechizada una planta, una piedra o un punto del cielo. Es cierto que tu talento me desconcertaba. Sabía que tocabas y que tenías tu propio estudio, pero prefería verte sólo como mi hermana pequeña, a la que tenía que cuidar. Es cierto que temía verte convertida en una rival, y que la posibilidad de que te quedaras con el afecto de personas cuyo cariño quería sólo para mí me daba miedo. Pero yo te quería, Faelas. No por los lazos de sangre, ni por el pasado (nada de eso significaba nada para ninguno de los dos) sino por ti misma. Fue una larga temporada. Un verano entero, apacible y eterno. Después, Alasta me llevó aparte y mantuvimos una larga charla. De haberlo querido, hubiera podido disimular lo que hacíamos, pero nunca sentí ninguna necesidad de hacerlo. Yo tocaba mejor que nadie, y era consciente de ello. Nunca esperé que fuera a negarme nada.

Las palabras de Gabriel rezumaban ahora rabia mal contenida, y a Codi no le costaba imaginar el por qué. La presencia de una niña — casi un bebé— sería considerada un impedimento para la concentración del futuro orchestrista. Y conociendo las artes de Alasta, no le cabía duda de que tardó poco en arreglar el asunto.

— Tú la querías mucho — oyó decir a Fally.

— Sí.

— Yo también. Me leía cuentos y me dejaba hacer trenzas con su pelo. Le llegaba hasta la cintura, ¿recuerdas? No me gusta que intentes culparla de todos los males.

— A ella no; yo tuve mi parte de culpa. Después de aquella conversación tan… persuasiva… me aparté de ti. O ella o tú, había dicho Alasta, pero no os quedaréis en la isla los dos. Tuve que aceptar su ultimátum. Estaba muy enfadado… contigo, con ella. Me dije que podía olvidarme de todo y que no te necesitaba. Pero descubrí que no podía seguir haciendo las cosas que previamente había hecho con Alasta… Nuestras actividades de entonces, las vi con otros ojos simplemente por haberte tenido mi lado. Nunca más pude ser lo que ella quería que fuera. Es raro que un hombre pueda saber con exactitud qué hubiera sido de su vida, de haber seguido un determinado camino. Yo lo sé. A veces, tengo pesadillas con aquello. Tú me salvaste de ella y de mí mismo, Faelas… Lo de tu mano… Yo sólo… quería salvarte a ti. Sólo eso.

— No necesitabas salvarme de nada.

— Lo siento.

—¡No quiero que lo sientas! Sólo quiero que te quedes conmigo.

— Ya te lo he dicho: no puedo.

—¡¿Por qué?!

— Porque recuerdo cómo fue — dijo Gabriel en un susurro—. Gritaste y trataste de soltarte, pero yo no te dejé ir. Era mucho más fuerte y te forcé, te mantuve mucho tiempo allí, y tú gritabas… Por poco que piense en ello, se me ocurre que un acto tan perverso, tan intolerable no puede ser fruto del amor. Así que quizá tuve celos… quizá fue intencionado y he estado mintiéndome a mí mismo. Me es imposible saberlo, de modo que… Sé que Stiven Ramis es casi lo contrario de un padre perfecto, pero al menos él… al menos él te tratará mejor que yo.

Durante un rato, nadie pronunció palabra. La conversación había terminado, no quedaba nada más que añadir. Paso a paso, tratando de no hacer ruido, Codi empezó a desandar su camino hacia la salida de la galería. Suponía que Fally preferiría la soledad a su compañía en esos momentos. ¿Cómo podía Gabriel hacerlo? Cómo podía ser tan cruel… ¿Tan sincero? En lo más profundo, el periodista comprendía que Cherny no era el tipo de persona dispuesta a recurrir a evasivas o excusas, pero sabiendo hasta qué punto Fally había esperado otra cosa — una reunión, un final feliz contra toda lógica—, se preguntaba si a Gabriel le habría sido tan difícil mentir.

Cruzó por delante de puertas cerradas, contándolas de forma automática. Una… Él tenía una parte de culpa. Dos… Él había animado a Fally a organizar la reunión. Tres… Conociendo la historia completa, conociendo el carácter difícil y fantasioso de Fally y el oscuro y determinado de Gabriel, había creído que podían entenderse. Idiota…

— Señor Weil… ¿Buscando algo?

La doctora Lynne, tan inmaculada como siempre, inclinaba su cuello de cisne desde el final del pasillo. Codi la miró estupefacto, en absoluto preparado para su presencia en aquel lugar.

— La salida — dijo lo primero que se le ocurrió.

Había pocas cosas en aquel momento que deseara menos que hablar con Lynne: el recuerdo de cómo había tenido que salir en defensa de Ramis estaba demasiado fresco en su memoria. Aun así, no podía retroceder: si la mujer se acercaba a él, tal vez oiría a Fally y Gabriel. Con ese pensamiento en mente, Codi fue a su encuentro.

— Usted no es el representante acreditado de Hoy y Mañana — Lynne también se acercó a él con pasos pequeños y lentos—. Conozco personalmente a Víctor Harden.

— Fui invitado… — se apresuró a decir Codi.

Se encontraron a la salida de la galería.

— Por Fally, lo sé — Lynne levantó su delgada mano para que no respondiera. A Codi le pareció que escondía una sonrisa—. Parece que cada vez que viene usted a Emociones Líquidas, alguien acaba pidiéndole disculpas por su comportamiento.

— Le aseguro que mi única intención es ayudarla.

Lynne sonrió ahora abiertamente, pero no como lo había hecho en la rueda de prensa. Allí, su sonrisa había sido amplia, cálida, pero siempre obligada. Ahora era más viva, casi picara. Verla en la cara de la mujer convenció a Codi de que Lynne no estaba allí para ponerlo en un aprieto.

— Créame, no tengo nada en contra. Fally tiene una edad en la que una muchachita necesita determinadas cosas. ¿Sabe a lo que me refiero?

—¿Una madre? — aventuró el periodista, anonadado.

— Una madre era lo que necesitaba de pequeña. Intenté serlo para ella… Lo que necesita Fally ahora es un padre. Un hombre fuerte que la cuide y la haga sentir aceptada. Si ha hablado con Fally más de cinco minutos y no es tonto, sabrá que mi querido Stiva no es ese padre perfecto.

Levantó la mano de nuevo, cortando de raíz la protesta cortés de Codi. El periodista decidió que el encuentro no podía volverse más embarazoso. Pensara lo que pensara de Ramis, no era apropiado discutirlo con su… ¿asistente? ¿Colaboradora?

— Lo siento — empezó con voz de disculpa oficial—. Sé que debí haber hablado con el señor Ramis de esto, y…

—¿Con Stiva? ¡Dios le guarde! — la risa de Lynne caía como perlas deslizándose de una hebra—. Le haría descuartizar, es así de posesivo. Puede estar tranquilo: le guardaré el secreto. Le tengo mucho cariño a Fally aunque no siempre puedo demostrárselo, y ella no siempre quiere aceptarlo. Tuvo una infancia peculiar, supongo que ya ha visto su mano. Eso la ha marcado, y las esperanzas de Stiva respecto a su carrera musical no la ayudaron a superarlo. Sé mejor que nadie que Fally puede ser simplemente insoportable. Usted la ha tratado con mucho tacto.

Codi enrojeció, más incómodo por la alabanza de la mujer de lo que hubiera estado por cualquier acusación.

— No ha sido ninguna molestia para mí.

— Haré como que le creo.

— También quería disculparme por haberla puesto en un aprieto en la rueda de prensa. Era una pregunta injusta.

—¿Aprieto? ¡No! — definitivamente, no había en el mundo sonido más elegante que la risa de aquella mujer—. Fue sincero y ya está. Respeto a los que tienen agallas. Lo cual me lleva a mi razón para venir aquí a buscarle… algo puramente profesional. Empezaré confesando que por el bien de Fally tengo hechas algunas averiguaciones sobre usted.

—¿Averiguaciones? — repitió Codi.

Y se había estado preguntando si Lynne se acordaba del fugaz intercambio de saludos en el despacho de Ramis.

—¿No creerá que permitiría que Fally se viera con cualquiera? — dijo Lynne—. Tranquilo, no me dediqué a hurgar en su vida privada. Pero sucede que averigüé que es una persona con inquietudes, y un buen periodista en paro. Ambas características me convienen. En resumen: quiero que trabaje para mí.

Codi abrió mucho los ojos y se llevó la mano al pelo antes de poder evitar esa demostración de nerviosismo. Metió la mano dentro del bolsillo.

—¿Para Emociones Líquidas?

— No he dicho Emociones Líquidas, señor Weil. He dicho para mí.

— Aquamarine — exhaló Codi.

— Exactamente. Emociones Líquidas ya tiene su gabinete de prensa. Yo, sin embargo… Aunque quizá debería explicar mi propio papel. Stiva es bueno en lo suyo: tecnología, música y demás. El crea: es el artista. Yo me encargo de que pueda seguir haciéndolo: soy el banquero, el jurista, el asesor. ¡Si supiera cuántas veces he tenido que devolverlo al camino correcto en estos años! Aquamarine es la labor de toda mi vida.

— Pero ¿qué tengo que ver yo…?

Lynne levantó la barbilla con indignación antes de cruzar el poco espacio que la separaba de Codi. Con los tacones de aguja adornando sus esbeltos pies tenía aproximadamente la misma altura que él, pero su aplomo le permitía dominar la conversación cómodamente.

—¿Cree que no sé qué le impulsó a hacer su pregunta? — exclamó—. Para alguien que busca titulares escabrosos es tan fácil encadenarlo: ambientes musicales, manipulación de las emociones, suicidio. Cuanto más importante se haga Stiva más hurgarán en su pasado…

— Haría bien en desconfiar de los periodistas.

—¡No señor! — dijo Lynne, triunfal—. Tengo que aliarme con ellos, conseguir que investiguen, pero para mí. Que sospechen de todo, que busquen trapos sucios y que me informen a mí antes que al resto.

En aquel momento Codi oyó un ruido desde el salón, tacones golpeando contra el suelo. Apenas se notó, pero sirvió para recordarle que Fally y Gabriel seguían casi al lado.

— Me siento honrado… — dijo cuidadosamente—. Pero quizá no sea el mejor momento para esta conversación.

Lo último que quería era soliviantar a la mujer — no estaba en situación de rechazar ofertas de trabajo antes de saber en qué consistían—, pero Lynne no se ofendió. Todo lo contrario. Para tranquilidad de Codi, le cogió del brazo y lo guió lentamente en dirección a la salida.

— Tiene toda la razón — dijo asintiendo—. Ésta no es una conversación que me gustaría que Fally oyera. No necesita preocuparse por que su padre sea el blanco de inmerecidas acusaciones.

—¿Fally?

Los dedos de Lynne apretaron el brazo de Codi con más fuerza. El periodista fue atraído hacia la mujer, de manera que la cara de Lynne se situó a una distancia perfecta para compartir confesiones como si fueran dos buenos amigos.

— Le contaré un secreto: Fally está en algún lugar de por aquí con el joven Cherny, la nueva estrella de Stiva. Así que será mejor que subamos arriba, ¿qué le parece?

La respuesta se le atragantó a Codi junto con el aire, pero Lynne no dio señales de haberlo notado. Es más: bajó la voz y siguió hablando en un susurro íntimo pero animado.

— Cherny es su primer amor. Escucha cómo toca a todas horas. El muchacho es joven, guapo y tiene mucho talento. Bien educado también, o eso me han dicho. Si resulta ser una buena persona, será fantástico que Fally haga buenas migas con él. Siempre se ha sentido inferior a otras chicas de su edad. La adolescencia es una edad desastrosa para eso. Así que, ¿qué mejor remedio contra la inseguridad que trabar amistad con el ídolo de todas?

—¡Ella me dijo que usted no lo aprobaba! — protestó Codi, perplejo.

Lynne lo roció con su risa de madreperla. Había dejado ir el brazo de Codi para llamar el ascensor — habían salido a las zonas comunes—, pero su actitud de jovial afecto no había cambiado.

— Si ella hubiera sabido que me parecía bien, ¿cree que alguna vez habría reunido valor para cruzar dos palabras con él? Hago de banquera, consejera, amiga y todo lo que quiera para Stiva, ¿cree que no sé adivinar lo que pasa por la cabeza de una adolescente? Desde el momento que Cherny ha puesto el pie en Emociones Líquidas, Fally no ha hecho más que esconderse por los rincones vigilándolo y llorar. Puede imaginarse cómo se siente a su lado. Stiva adora a Cherny (adora el talento en general) y está defraudado con ella. Fally nunca se atrevería a acercarse a él por iniciativa propia. Pero se lo prohibí y desde entonces se ha vuelto más atrevida. Ustedes los hombres no pueden entenderlo.

Codi no pudo más que sonreír. La fría e inteligente Lynne estaba totalmente cegada por el afecto a la niña. ¡Con qué absurdas pero entrañables conjeturas explicaba los arranques emocionales de Fally!

Saber que eso era lo que Lynne pensaba de la relación entre Fally y Gabriel liberó al periodista del peso que aún llevaba. El secreto de los hermanos estaría a salvo si ellos así lo deseaban.

— Debo confesar que estaba equivocado respecto a usted — dijo—. Tenía una idea muy diferente de cómo era.

—¿Madrastra maléfica? Le perdono.

Subieron arriba, nivel tras nivel. A diferencia de las plantas inferiores, diseñadas para impresionar a los visitantes, arriba reinaban diseños rectilíneos pensados para crear un ambiente de trabajo: eran plantas de oficinas. No había un alma; las luces se encendían a medida que avanzaban y se apagaban a sus espaldas, subrayando la total ausencia de personal.

El despacho donde Lynne hizo pasar a Codi seguía la línea de la máxima simplicidad. Contenía una mesa, dos sillas, tres paredes cubiertas de estantes y una cuarta que era la ventana. A pesar de ser minúsculo, a Codi le pareció acogedor. Debía de resultar muy cómodo para una persona.

— Apretados pero independientes — señaló Lynne—. Y las vistas son impresionantes. La ventana da al oeste. ¿Se hace a la idea de lo que significa eso? Atardeceres de vértigo en la gran ciudad.

Indicó la ventana, totalmente opaca. Atenuó la iluminación y aclaró el cristal hasta que Codi pudo adivinar detrás el perfil de la ciudad nocturna. Cúmulos de puntos luminosos perfilaban los edificios. Había muchos rascacielos en las cercanías, y en algún lugar por encima de su cabeza la luz de sus ventanas se fundía con la de las estrellas. Tenían un encanto primitivo, una magia elemental. Como luciérnagas en la noche.

— Pase dentro — dijo Lynne, devolviéndolo a la realidad.

Dadas las pequeñas dimensiones del despacho, introducirse en él equivalía a rodear la mesa y ponerse en el lugar del legítimo propietario. La ciudad nocturna parecía quedar a los pies de Codi. La quietud daba una idea de lo tarde que era.

Lynne se apoyó grácilmente sobre el borde de la mesa.

— Ahora que estamos aquí, le repetiré lo que dije abajo, con más calma— dijo mientras Codi miraba con fascinación a su alrededor—. Quiero que trabaje para mí.

—¿Buscando información comprometida sobre Emociones Líquidas como si fuera a desprestigiarla? No parece un cometido demasiado noble.

— No resulta tan diferente del que tenía en su anterior trabajo. Buscaba detalles sórdidos sobre nosotros para su jefe, ¿no es cierto?

Codi hizo una mueca: el comentario había dado en el blanco.

— Buscaba, pero quizá no esperaba encontrar ninguno.

Los ojos de Lynne relampaguearon. Claramente, la mujer no apreciaba evasivas ni respuestas a medias. Allí donde Ramis no daba la talla como líder, ella lo suplía con creces.

— Candance, no se haga el ingenuo. Sabe perfectamente que Emociones Líquidas tiene un montón de trapos sucios. Ni más ni menos que cualquier otra empresa con miles de empleados. Despidos improcedentes, líos amorosos censurables, sobornos múltiples… En cuanto al hombre soltero y rico que la dirige, a saber lo que habrá hecho a lo largo de sus cincuenta y siete años de vida. No puedo estar al lado de Stiva eternamente. Le adoro, pero simplemente no me paga lo bastante para hacerlo. Así que déjese de rodeos y conteste. ¿Va a ayudarme?

— No creo que sea el más adecuado…

— Lo es, si yo así lo digo. El orgullo no es un defecto, ¡debería practicarlo más! Lo preguntaré de nuevo… ¿Va a ayudarme?

Codi cogió aire. No podía ni quería hacerle ascos a la oferta. No tenía empleo y sus probabilidades de encontrar uno eran muy inferiores a la media. La sola ambientación de la entrevista — si es que la conversación podía llamarse así— dejaba claro que Lynne hablaba de no poco dinero. Pero había algo en todo el asunto… una preocupación probablemente absurda que se sentía obligado a formular antes de pronunciar el sí definitivo.

— Si sacara algo a la luz… — dijo lentamente—. Algo gordo, quiero decir… Haría lo que mi conciencia me dictara. No me mantendría callado.

Miraba atentamente a la mujer mientras decía aquello. Era consciente de que Lynne estaba en su derecho de tomar sus palabras como un insulto, y cuando sus ojos relampaguearon una vez más estuvo seguro de que así había sido. Pero el enfado de Lynne se apagó tan pronto como había venido, y cuando ella habló lo hizo con solemnidad.

— Candance, lo ha entendido todo mal. Aprecio mucho a Stiva, pero ni siquiera por él haría nada censurable. Y nunca se lo pediría a usted. Piénselo: usted es una persona directa y decente. Lo lleva escrito en la cara, lo ha demostrado hoy. Si quisiera a alguien dispuesto a encubrir acciones ilegales, ¿cree que le abordaría a usted?

Codi se encogió de hombros. El mismo se lo había señalado a Lynne hacía poco: lo lógico era que la mujer recelara de él.

— Tenía que asegurarme — dijo con gesto de disculpa.

— Escúcheme bien — repuso ella—. Si descubre algo que no le gusta, algo realmente grave, mi única condición es que me dé un par de días para investigarlo. Si soy incapaz de darle una explicación, seré la primera en tomar medidas.

El periodista recorrió el despacho con los ojos. Le gustaba mucho, irradiaba diligencia y dinamismo. Resultaba obvio que los que trabajaban allí amaban su trabajo, Lynne la primera, y él respetaba eso en un jefe.

—¿Por dónde tendría que empezar?

Aún usaba el condicional.

La sonrisa de Lynne brilló como una de las ventanas de enfrente. Se inclinó hacia Codi por encima de la mesa.

— Averiguando qué pasó de verdad en Acorde S.A. hace veinticinco años. Le daré los nombres de los trabajadores que sobrevivieron. Se mantuvieron en secreto ante la prensa, Stiva les ayudó a cambiar de trabajo. El despacho estará preparado para usted el lunes a las ocho. Bienvenido a Aquamarine.