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CAPÍTULO XI

Lynne había sido fiel a su palabra. El despacho donde habían hablado la noche del sábado estaba preparado para él la mañana del siguiente lunes, pero Codi no tuvo la sensación de ser su dueño hasta que no hubo cambiado la silla de sitio y dispuesto pequeños recuerdos por los estantes y la mesa. Había llevado consigo un par de fotos, una minúscula planta y una concha que había recogido en las Hayalas. Era muy vistosa, con la superficie violácea pulida por el agua y carente de los desperfectos que las algas ocasionaban a veces en las conchas maduras. Había pensado que encajaría bien allí.

Terminados los arreglos y superadas las comprobaciones por el servicio de seguridad, Codi se sentó a cavilar sobre su nueva posición.

A Cladia no le había gustado. Se lo había dicho llanamente, con la delicadeza de una aguja que pincha una turgente burbuja de entusiasmo. Cuando añadió que lamentaba que no hubiera hecho mejores migas con Mollaret, el segundo puñal casi partió en dos el ego de Codi. El tipo era irritantemente condescendiente, explicó el periodista de modo cortante, y no iba a darle trabajo.

— Inmediatamente, claro que no. Nadie hace eso. ¡Pero te lo daría la semana que viene! Podrías enseñarle ese artículo sobre los charquis. Infrared publica mucho sobre temas sociales.

—¿Sabes lo difícil que es hacerte sitio en una redacción que ya está en marcha? Me convertiría en el nuevo, no tendría ni voz ni voto, ni siquiera un lugar donde caerme.

Lo peor era que, desde todos los puntos de vista, las protestas de Cladia habían llegado demasiado tarde. En primer lugar, Codi ya había aceptado o, más bien, había permitido que Lynne lo diera por sentado. En segundo lugar, la conversación había tenido lugar alrededor de las cuatro de madrugada. Cuando salieron de Emociones Líquidas era tan tarde que Cladia había accedido a quedarse a dormir en el apartamento de Codi. Y aunque el periodista no había tenido nada especial en mente cuando había sugerido tal cosa, tampoco había contado con pasar la noche intercambiando sarcasmos.

— Así que con esa mujer tienes un despacho y no necesitas nada más de la vida — decía Cladia asomándose desde el baño y señalando a Codi con el cepillo de dientes.

— Necesito muchas más cosas de la vida, pero tener un maldito sueldo es esencial — contestaba éste desde el salón. Limpiar el sofá de los restos acumulados y convertirlo en un lugar apto para dormir había resultado más complicado de lo que había imaginado—, ¡No me alimento del aire!

— Estás de un humor extraño.

— Porque no haces más que llevarme la contraria. No conoces a esa mujer, no tienes por qué sacarle fallos.

— Es sólo que me parece antinatural en ti…

—¿Que haya aceptado un buen empleo te parece antinatural en mí?

— Es una decisión que vas a lamentar.

Codi torció el gesto. Era un buen empleo. No tenía ningún fallo: había expuesto sus condiciones y había obtenido un trato justo. Si algo iba mal, se iría y no perdería nada en absoluto. Si todo iba bien, tendría un trabajo y la posibilidad de buscarse otro con total tranquilidad, si quería hacerlo.

Terminó de tirar al suelo todos los objetos que cubrían el sofá y se estiró para dormir. Con la luz apagada y los ojos cerrados, escuchaba los pequeños ruidos de Cladia en su ir y venir entre el baño y el dormitorio. Estaba ya a punto de desconectar cuando se incorporó como atravesado por un rayo.

Lo inesperado de la oferta de Lynne y el enfado de Cladia le habían hecho olvidar que la rueda de prensa había sido sólo el preludio al anuncio de ofertas.

—¿Quién…?

— Resonance — llegó la impávida respuesta de Cladia—. Resonance tiene el contrato.

El periodista se dejó caer de vuelta al sofá. No podía creer que algo tan importante se le hubiera olvidado por completo. Trató de encontrar una posición más cómoda, con la mano derecha bajo la mejilla. El anuncio de ofertas debía haber trascurrido mientras él y Lynne conversaban arriba. Se le ocurrió que era muy significativo que Lynne no estuviera al lado de Ramis en aquel momento. Implicaba que ambos sabían con antelación quién saldría ganando. Los sobres cerrados y la guerra de ofertas no eran reales, un mero espectáculo… Comprenderlo no le sorprendía en demasía. Eran las luchas de poder habituales.

Notó que la luz se había apagado. Poco después, oyó el ruido de su propia cama cediendo bajo el peso de Cladia. Eso le provocó una punzada que no supo definir, como si tuviera una astilla clavada debajo de las costillas. Durante unos minutos todo permaneció en silencio, pero Codi no podía dormir. Recuerdos vivos, llenos de detalle y color, desfilaban ante él. Los ojos de Cladia, brillando a pocos centímetros de él mientras le increpaba por su negativa de ir a ver a Fally. La llave del gorila Rang, que con un giro de muñeca le había hecho caer de rodillas sobre el césped. La sala de conciertos, con el orchestrón escondido de los ojos del público. Se preguntó si alguna vez llegaría a ver uno.

Lynne, cogiéndole del brazo. Era la imagen que más perduraba. Codi tenía que admitir que se sentía fascinado por la mujer. Lynne era inflexible, autoritaria, envuelta en un manto de misterio. Si no hubiera sido contratado por ella, la habría convertido ya mismo en el tema de su siguiente artículo.

— Felicidades por el contrato — fue el primer comentario que le hizo Codi cuando Lynne se asomó por su puerta puntualmente a las ocho.

— Resonance era un asunto decidido hacía tiempo — dijo ella casualmente—. Si quieres tener bajo tu control una negociación o un contrato, has de trabajar en ello con mucha antelación.

Lynne recorrió el despacho con la mirada, fijándose en los pequeños cambios. Acarició con un dedo las hojas de la planta de Codi, murmuró unas palabras de aprobación. Luego, rápidamente entrando en la materia, se apoyó en la mesa y repasó los documentos que habían sido transferidos al escritorio del reportero. Codi, que había aparecido en el despacho antes de lo necesario, ya había echado un ojo a los más importantes y empezado a apuntar los nombres de los trabajadores supervivientes junto con una breve descripción de cada uno. Lynne inclinó la pantalla hacia ella y leyó durante unos minutos, asintiendo para sí.

— Recuerda sólo que la diligencia ha de ser mantenida — dijo finalmente—. Ya veremos si dentro de un mes sigues apareciendo por aquí a las siete y cuarenta.

Codi no supo qué contestar: ésa había sido la hora exacta en que había cruzado la puerta.

— Me fijo en muchas cosas — Lynne se rió suavemente, leyendo su expresión—. Es posible que algunos te digan que soy el demonio personificado. Fíjate bien en quién lo dice: verás el retrato de un auténtico holgazán. No soy una persona blanda. No lo oculto ni pienso que sea un defecto, pero tampoco soy un ogro. Hoy no necesitas impresionarme: te doy permiso para tomarte el día con calma. Alguien se pasará para explicarte las reglas y enseñarte el edificio. Mañana a primera hora, sin embargo, decidirás cuál es el nombre más interesante de la lista y te pondrás a trabajar sobre esa pista.

Con esto desapareció, dejando a Codi a solas. El periodista no tardó nada en terminar de hacerse suyo el despacho. Tenía poco espacio para escondrijos, pero era un palacio comparado con los cajones de su mesa en Hoy y Mañana. No tuvo que esperar mucho al prometido guía. La puerta se abrió para revelar a una chica de pelo rubio, corto y muy rizado, con expresión benévola. Vestía un mono de trabajo y un cinturón con multitud de mandos sujeto a la cintura.

—¿Eres el nuevo? — preguntó con franco entusiasmo.

Codi abandonó su posición — estaba tirado en su sillón, mirando por la ventana con expresión soñadora— y asumió una postura más digna.

—¿Perdón?

— Soy del comité de bienvenida… — dijo ella. Hablaba como si estuviera sorda: con voz desproporcionadamente alta para el ruido ambiente. Manipuló uno de los mandos y siguió hablando en un tono más normal—. Lo siento. Estaba escuchando las grabaciones. ¿En qué trabajas?

—¿Hay un comité? — insistió Codi.

—¿No te sientes agradecido? No somos muchos los que lo formamos, pero creemos que nadie debe estar solo en su primer día. ¿Tu nombre?

Codi se encogió de hombros. La muchacha era demasiado directa para su gusto — su entusiasmo le intimidaba—, pero no cabía duda de que le podía ayudar.

— Candance — dijo y extendió la mano.

El suyo era Bastia. Hablaba mucho, se reía aún más y gozaba de la incondicional adoración de todos los empleados de la planta de Codi. Era como un diminuto remolino con rizos rubios. Insistió en empezar la visita llamando a la puerta de todos los despachos. Entraba sin esperar respuesta y cruzaba varias palabras con el ocupante de turno mientras Codi se presentaba y trataba de no parecer azorado por la invasión. Tras completar el recorrido, conocía ya a todos sus vecinos. Ninguno tenía la más remota relación con el periodismo. La mayoría eran ingenieros, y había varios gestores financieros. Gente joven con historias interesantes que contar, hombres casi todos. Resultaba natural el éxito apabullante que Bastia tenía en aquellos parajes. Como guía no tenía precio; hasta conocía por su nombre a todos los vigilantes de seguridad.

Tras completar el recorrido de los despachos, salieron a la explanada central, atravesada verticalmente por los tubos de los ascensores. A aquellas alturas — era su cuarta visita a Emociones Líquidas— Codi ya era capaz de orientarse en el edificio. Pensar en él como una flor de cinco pétalos cuyo centro eran los ascensores ayudaba. Él y su guía se pararon en el centro de la explanada, contemplando el trasiego de los ascensores. La gente iba y venía concentrada en sus tareas: hombres jóvenes vestidos con trajes de corte discreto, mujeres de mediana edad y agentes de seguridad con uniformes azul oscuro.

—¿Qué hay en las otras plantas? — preguntó Codi.

— Hay una parte financiera, otra legal, marketing y demás secciones. El gabinete de prensa está en la veinte. Es probable que puedas ir allí pero al resto de sitios, lo dudo mucho. Los privilegios de acceso son muy estrictos, así que trata de no irritar a los muchachos de uniforme. Conmigo son amables pero normalmente van a lo suyo, ¿me entiendes?

— Perfectamente — dijo Codi con más ligereza de la que sentía. Al despertar el domingo había descubierto tres hematomas allí donde los dedos de Rang habían agarrado su antebrazo—. ¿Qué hay de los sótanos?

Esa pregunta había permanecido en el fondo de su mente desde su primera visita a Emociones Líquidas. Había hablado largamente con Lynne, pero seguía sin tener muy claro qué era o a qué se dedicaba el misterioso Aquamarine.

— Allí están los instrumentos y todos sus mecanismos de mantenimiento. Tenemos cinco orchestrones, uno de ellos de treinta y seis registros. Es el más grande que se haya construido, pero no se ha utilizado a capacidad total hasta ahora. Yo trabajo allí. Soy técnico de sonido.

Durante toda la excursión Codi había observado cómo manipulaba los mandos de su cinturón. Mientras hablaba, se notaba que escuchaba algo de fondo, pero Codi estaba seguro de que ese algo no era una conversación telefónica. De vez en cuando se interrumpía y hacía anotaciones.

—¿Qué es eso que haces? — preguntó.

Estaba un poco defraudado por lo mundano de la respuesta. Orchestrones… Los sótanos albergaban los estudios de música, sólo eso.

— Trabajar — dijo ella—. Repaso grabaciones. Marco los errores y luego los retoco. Normalmente no lo hago cuando doy estas charlas a los recién llegados, pero estamos bajo tanta presión desde que Cherny toca el orchestrón de los treinta y seis registros que no doy abasto.

— Si necesitas irte…

— Todavía me queda un cuarto de hora. Te enseñaré la sala de descanso, y después nos iremos.

Habían completado el recorrido y vuelto al punto de partida: la sección-pétalo de Codi. Caminaron hasta el fondo, encontrando allí una salita con sillones, máquinas de café y dos cestas llenas de galletas. Sorprendentemente, no había nadie dentro. Era cierto que todavía no era la hora del almuerzo pero en cualquier otro lugar aquello estaría lleno de vida a todas horas. Tras ofrecerle a la chica su taza de café y observar sus maquinaciones con el cinturón, Codi dio un sorbo de su propia taza y mordió una galleta. Ésta resultó sorprendentemente insulsa.

—¿Tienes que hacer de guía a menudo? — preguntó.

— En absoluto. Contando a Cherny, eres la segunda incorporación del mes, y él no es de los que aceptan un guía.

El comentario hizo sonreír a Codi. No se había parado a considerar las consecuencias del compromiso de Gabriel. Después de haber experimentado la magia de las Hayalas, Emociones Líquidas parecía un lugar demasiado mundano para Cherny. Y pensar que cualquier día Codi podía cruzarse con él en la entrada…

—¿Le conoces? — preguntó.

— Estoy editando sus grabaciones en este preciso momento. Es cierto que toca con una pureza técnica asombrosa, pero necesita que alguien repase lo que hace como el resto de los mortales, ¿sabes?

—¿No te cae bien?

No le sorprendía. Gabriel ciertamente no tenía don de gentes.

— No es eso. El… — por un instante, Bastia se quedó extrañamente callada—. La gente como él no son de este mundo. No se sienten cómodos en él, y no hacen sentir cómodos a los demás. Está tan concentrado en lo que hace que no se preocupa por nada, ni por nadie. No tiene paciencia; restriega cualquier error por la cara de uno sin darse cuenta. Sus exigencias son infinitas… Parece no tener nunca bastante, desea mejorar incluso aquello que ya está lo suficientemente bien. Pero cuando hacemos lo que él quiere, comprendemos por qué lo quería así. Uno se siente inspirado y deprimido a partes iguales.

Bastia volvió a manipular los controles de su cinturón. Se estiró con gusto, bostezó y dejó a un lado su taza vacía.

— Creo que te he enseñado lo suficiente para defenderte por ahora — dijo recuperando su traviesa sonrisa—. Si eres un buen chico y no te metes en problemas, la próxima vez te pasaré un par de contraseñas para los sótanos. Así sabrás lo que es la buena música: todas nuestras colecciones están allí.

— Creí que la seguridad… — empezó a decir Codi.

— Cuando lleves un par de semanas en este lugar, te darás cuenta de lo opresiva que resulta. Nos copiamos los pases. Todo el mundo lo hace.

El permiso de Lynne abarcaba el día entero, pero quedarse quieto mientras hubiera trabajo por hacer no era el estilo de Codi. Jugueteó con la idea de buscar a Gabriel, pero no tardó en darse cuenta de que no sabría por dónde empezar. La conversación con Bastia le había mostrado lo difícil que le resultaría llegar a los estudios. Así, decidió que era hora de poner manos a la obra en el otro frente.

La lista de los ex trabajadores de Acorde S.A. resultó ser muy corta. La debacle de hacía un cuarto de siglo había dejado catorce supervivientes: el paso del tiempo hizo el resto. A Codi le quedaban cinco nombres que ofrecían posibilidades reales e inmediatas, al vivir razonablemente cerca y poder ser visitados en pocas horas. Dos de los cinco candidatos no le gustaban: uno era el antiguo gerente de la empresa, y el otro un mecánico. No quería hablar con el gerente: no creía poder sonsacarle nada, el tipo tenía el aspecto de un meticuloso burócrata. En cuanto al mecánico, calculaba que a esas alturas tendría más de noventa años, lo cual hacía que su dirección en una residencia de tercera edad adquiriera un significado ominoso.

De los tres restantes, Codi tenía muy claro por quién prefería empezar. Estrella algo… Volvió a repasar la lista en busca del nombre. Eso era, Estrella Tullarte. Había sido joven en la época de los hechos, lo cual significaba que gozaría aún de buena salud y memoria. No tenía estudios y ocupaba la posición más baja en la empresa, lo cual la dejaba sin móvil para participar en cualquier supuesto complot. Hablaría con Codi libremente y no buscaría significados ocultos detrás de las preguntas del periodista. Y lo mejor de todo era que vivía relativamente cerca. El periodista no necesitaba esperar al día siguiente para hacerle una visita. Al fin y al cabo, eran sólo las once.

Si aún trabajara en Hoy y Mañana, nunca utilizaría el taxi para un viaje de casi dos horas. Buscaría alternativas más baratas: Snell era maniática comprobando las facturas. Pero Lynne le había asegurado que podía disponer de todos los recursos necesarios, y Codi se creía fácilmente su afirmación. Dos horas de viaje podían ser tediosas, sobre todo si era un viaje incómodo. Codi volvió a uno de sus pasatiempos preferidos: adivinar el aspecto del lugar al que se dirigía. Tras leer el nombre y la ocupación de Estrella Tullarte, a Codi le había sido fácil hacer suposiciones. Según su ficha de Acorde S.A., se había dedicado a limpiar el polvo de algunos de los componentes más frágiles de los orchestrones. Su foto mostraba a una muchacha rolliza de piel oscura que miraba con expresión hosca a la cámara. Al rellenar su declaración para la policía, había cometido errores gramaticales que habían quedado registrados para siempre en los archivos.

Con todos esos datos, ¿qué podía pensar Codi de su situación actual? Desde luego, no había esperado encontrarse ante una mansión… ¡Mansión! La diferencia entre lo esperado y la realidad fue tan grande que tuvo que volver al vehículo y repasar la dirección. Descubrió que no se había equivocado.

La entrada a la casa estaba decorada por una composición floral algo extravagante. El nivel más bajo lo componían margaritas, el medio dos variedades de arbustos con flores azuladas, y el superior un árbol de momento sin flor. Codi avanzó hacia la puerta con precaución: lo descomunal de la decoración le hacía temer que albergara en su interior algún tipo de bicho viviente. Nada de lo que veía casaba con la imagen mental que se había creado, pero como ya no podía deshacerse de ella, acabó imaginándose a una Estrella Tullarte envejecida que vivía en la casa en condición de sirvienta. Si de joven se había ganado la vida limpiando, quizá ahora se la ganaba cuidando de las plantas.

Al acercarse a la puerta, una voz melódica le pidió identificarse. Codi pasó la mano cerca del lector.

— Buenos días. Mi nombre es Candance Weil, soy reportero de… — no quería mentir, pero la frase estaba demasiado arraigada en él—… Ejem. Estoy buscando a la señora Tullarte. Me gustaría hacerle unas preguntas, para un reportaje que preparo. No le llevará más de media hora.

Estaba acostumbrado a largas esperas antes de recibir contestación, sobre todo si acudía al sitio sin cita previa. También estaba acostumbrado a que le mandaran a paseo, no todo el mundo recibía con agrado la noticia de que un periodista se interesaba por ellos. Abordando a la gente en sus casas, el índice de éxitos no llegaba a la mitad. Era algo sabido en el gremio, aunque Codi solía tener mejores resultados que la mayoría. Alguien había dicho sobre él que sabía encandilar con su sonrisa. Codi no tenía claro a qué se refería. Claro que les sonreía a sus entrevistados. Ellos le regalaban algo de su tiempo, no iba a ponerles mala cara.

El interfono siseó, y una voz carnosa respiró en la cara de Codi.

— Yo soy Estrella — dijo—. Pase dentro y espere.

La puerta se abrió.

Codi se pasó la mano por el pelo y entró. Sentía en su interior el familiar cosquilleo de excitación y se daba cuenta de lo mucho que lo había echado de menos. Cruzó el recibidor, donde un pequeño artilugio con numerosos cepillos se agarró a sus zapatos y los limpió. Codi aguantó el procedimiento con estoicismo, a pesar de que el aspecto de aquella cosa era demasiado similar al de una araña para su gusto. Observó las paredes y la decoración del lugar. Sus conclusiones fueron concisas y muy claras: el dueño de aquello era muy rico, no demasiado refinado y era una mujer. Pocos hombres permitirían que la entrada a su casa exhibiera un espejo de cuerpo entero con un pesadísimo encuadre de color dorado. Verse reflejado en él hizo que Codi parpadeara varias veces. Su traje — su mejor traje, que antes reservaba para las ocasiones importantes y ahora llevaba a diario— parecía fuera de lugar. En aquel recibidor, uno se sentía obligado a ponerse ropa del siglo XVII.

En el salón vio muebles con incrustaciones de oro falso, ostentosas vasijas y pesadas cortinas de terciopelo color cereza. A falta de más instrucciones, se quedó de pie en medio. Sólo tuvo que esperar lo imprescindible antes de que su anfitriona hiciera acto de aparición.

Estrella Tullarte había cambiado mucho. Poco quedaba en aquella mujer enorme y segura de sí misma de la muchacha gordita de la foto. Favorecía el rojo púrpura en el collar de piedras que colgaba de su cuello, en el amplio vestido, en el broche con forma de flor con el que sujetaba su moño. Se había convertido en la clase de mujer a la que uno no sabía si estrechar o besar la mano.

— Candance Weil — se presentó Codi mientras caminaba a su encuentro.

— Encantada — dijo ella. Su voz casaba con el resto de su imagen: era potente, profunda y con aires burgueses—, ¿Vienes por lo de la pobre gente muerta, no es cierto?

Codi parpadeó. Aquello era directo, y bastante inesperado. Echaba por tierra la última de sus predicciones sobre la mujer: que tenía pocas luces.

—¿Cómo lo ha adivinado? — preguntó.

—¿Y qué otra cosa podía querer la prensa de mí? Puedes llamarme Estrella.

La mujer se le acercó e, ignorando su mano extendida, le dio dos sonoros besos en las mejillas. Tenía la piel flácida y olía intensamente a perfume.

— Siempre he sabido que, tarde o temprano, alguien vendría a hablar conmigo. Al fin y al cabo, fui yo la que llamó a la policía. Fui yo la que encontró a los primeros muertos: uno en el armario de limpiar y otro ante la puerta del servicio. Nunca he podido olvidarlo.

— Puedo hacerle unas preguntas, ¿entonces?

— Todas las que quieras; no te cortes. Si hay algo de lo que no quiero hablar, ya te lo haré saber.

— Es muy amable.

La amplia silueta de Estrella osciló, estremecida por una potente risa que desestimaba el agradecimiento de Codi.

— Soy muy práctica. A todos nos gusta hablar de nosotros mismos. Los que dicen lo contrario, o tienen algo que ocultar o intentan hacerse los interesantes.

— Ya veo — sonrió Codi. Empezaba a caerle bien esa mujer—. Le prometo que no le robaré mucho tiempo.

— Hijo, no me importaría que llevara toda la tarde. Ven conmigo. Antes de nada, quiero que tomes un poco de mi té.

Hizo pasar a Codi a una estancia curiosa: una mezcla de comedor y galería de arte. Una gran mesa decoraba el centro y bodegones de colores muy vivos colgaban en todas las paredes. El reportero dio la vuelta al perímetro, fijándose en los cuadros a sabiendas de que así se ganaría la simpatía de Estrella. No se equivocó: la mujer se le unió en el recorrido, y entre ambos intercambiaron opiniones sobre el tamaño de los cuadros y el estilo de los marcos. Poco después, ambos estaban sentados a la mesa como dos grandes amigos, tomando té con pastas servidas sobre una bandeja de plata.

A pesar de su jovialidad maternal, Codi supo en seguida que tenía ante sí una a mujer de hierro. Si no hubiera querido contestar a sus preguntas jamás la habría podido convencer o coaccionar. Pero daba la casualidad de que quería: las palabras fluían de su boca como torrentes de agua. La historia del pasado se entremezclaba con interrupciones para ofrecerle más galletas y quejas sobre sus pequeños problemas cotidianos. Puede que Codi la pillara en un momento en que se sentía sola; puede que fuera su comportamiento habitual.

Cuando no insistía en que probara una variedad nueva de galletas, Estrella le exponía la historia de su vida. No se limitaba a los hechos relacionados con Acorde S.A.: el significado de su sonrisa al decir que podían estar allí la tarde entera pronto se le hizo claro a Codi. Sabiendo que no escaparía antes de que su anfitriona quedara satisfecha, el periodista se preparó para escuchar.

Después de irse de Acorde S.A., Estrella Tullarte había montado su propia empresa de limpieza. Sí, Ramis le había proporcionado el dinero inicial para montar el negocio. No como soborno, claro que no: ella había contestado a todas las preguntas de la policía. Pero el joven Stiva era todo un caballero. Se portó muy bien con todos cuando quedó a cargo del negocio, fue muy amable. Y muy joven. Sólo tenía cinco años más que Estrella. Con su dinero, ella levantó las bases de su negocio.

Ahora tenía una empresa floreciente y bien estructurada. Todos los aparatos que ella usaba eran de su propiedad; incluso los abrillantadores y los pulidores de mármol. Si no los necesitaba, se los alquilaba a otras empresas. Podía sacar un buen dinero extra así. ¿Que si tenía trabajadores manuales? ¡Por supuesto! Eso era aún bastante corriente. La gente se sorprendía mucho de oírlo. Muchos olvidaban que ninguna máquina tenía la delicadeza de la mano humana. A veces, los propios clientes no tenían ni idea de que una persona de carne y hueso entraba en sus casas. Por supuesto, ella nunca abusaba de ese hecho. ¿Sabía Candance que sus empleados ganaban un sueldo desorbitado, y aun así ella siempre andaba falta de personal? Nadie quería hacer labores manuales, estaban mal vistas en sociedad.

— Debe de ser un trabajo duro, cuidar de todos los detalles — dijo Codi.

— Así es. Y no tiene fin. Uno nunca descansa demasiado cuando trabaja para sí mismo.

Los dos se rieron. La mujer ofreció a Codi un nuevo tipo de pastas de té. El propio té no le gustaba: era muy dulce, con un sabor añadido que podía ser miel. Las pastas, en cambio, eran muy ricas. Crujientes, quebradizas, unas con pasas, otras con tropezones de chocolate y especias. Aun así, tras varias horas de conversación deseaba poner fin tanto a las pastas como a los abundantes recuerdos de Estrella.

—¿Lo ha hecho todo sola? — preguntó con toda la intención de volver a centrarla en el momento del pasado que le interesaba.

— Completamente. Sin contar el pequeño empujón por parte de Stiva que ya te conté.

Codi lo creía fácilmente. Aquella mujer no necesitaba apoyarse en nadie. De joven, seguramente había tonteado con muchos. Quizá incluso con el propio Ramis, que por aquel entonces era un joven don nadie, un pariente de los propietarios. Quizá de ahí venía la familiaridad con la que pronunciaba su nombre.

—¿Nunca ha tenido pesadillas?

—¡Claro! — dijo Estrella casi con deleite. Hasta sus momentos malos los convertía en un espectáculo—. Piensa que fui yo quien encontró a las víctimas cuando llegué a primera hora de la mañana. El del armario se había cortado las muñecas, y el del baño el cuello. ¡Había tanta sangre justo a la entrada! Nunca he podido olvidarlo. Aún ahora…

—¿Los conocía?

— A uno de ellos. Era contable, el pobre, y carecía por completo de imaginación. Siempre intentaba invitarme a café. Tenían una cafetera en un cuartito muy aislado. Él creía que yo no sabía qué más hacía en ese cuartito. Pero no se piense nada malo, era sólo por diversión. Al otro no lo había visto nunca. Me contaron que era ingeniero y había venido a supervisar el traslado de piezas.

—¿Qué horario tenía usted entonces?

— Llegaba a las seis y me iba a las ocho de la mañana todos los días, así no molestaba a nadie. A veces me llamaban también por las tardes, sobre todo cuando se preparaban para montar un instrumento nuevo. Eso lo concertaban directamente conmigo, y me pagaban también directamente. Dinerillo negro. Se lo tuve que contar a la policía: me hicieron preguntas parecidas a las que me haces tú. No les importó, fueron muy amables. Cuando me tomaron declaración, todos pensábamos aún que sólo había dos muertos. Luego me enteré de que todos los que estuvieron en el edificio la tarde anterior terminaron igual o peor que el contable. No se salvó ni uno.

—¿Había problemas en la empresa? — preguntó Codi.

—¿Qué tipo de problemas?

— Desacuerdos, roces entre empleados, descontento con el salario, cualquier cosa.

— No. Y te aseguro que si fuera así, yo lo sabría. Yo estaba muy calladita, pero me enteraba de mucho. Una necesita conocer su lugar, pero nadie prohíbe tomar notas.

— Ya. He visto lo bien que le ha ido.

— Toma otra galleta. Son artesanas, ¿sabes? Me las manda una dienta. Tomamos té juntas el primer jueves de cada mes. Es de las que no saben que su casa se limpia a mano. Tiene una colección de jarrones, candeleras en el techo y alfombras en el suelo. ¿Qué máquina puede limpiar eso? ¿Una que ruede, una que trepe o una que vuele? Elige. No hay más posibilidades.

— No lo sé.

— Claro. Es imposible.

—¿Está segura entonces de que no había ningún problema?

— Claro. Los Ramis eran gente agradable. Demasiado agradable: no tener hijos vuelve así a una pareja. O la destroza, o la vuelve encantadora. Era fácil entenderse con ellos. Siempre te daban un permiso cuando se lo pedías, organizaban cenas de empresa. Adoraban a Stiva. Y así les iba: la gente se aprovechaba bastante. Algunos se fingían enfermos durante una semana y cosas así. Así que no, no había ningún problema. Allí nadie alzaba la voz… Salvo el joven Stiva y Eleni, claro. Esos sí estaban para verlos.

—¿Quién? — pregunto Codi con voz aguda.

No se habría sobresaltado más si su anfitriona le hubiera escaldado con té hirviendo.

— Pero eso no tiene nada que ver — la mujer agitó la mano—. Problemas de enamorados. Broncas. Eso sí: muuuy sonadas. Con lo flemático que era Stiva… Y la Eleni podía parecer toda dulzura, pero engañaba.

—¿Quién es Eleni? — demandó Codi, escandalizado.

— Era la chica de Stiva; una belleza. Tenía el pelo tan negro como el mío, y los ojos también, pero de piel era pálida y las uñas las tenía azuladas. Las manos, claro, no eran las de una limpiadora. Y el porte… Todos se volvían cuando pasaba. Y eso que era de provincias, igual que yo. Pero tenía estudios… Toda una señorita. Stiva iba con ella por allí aprendiendo el negocio, dándose aires. Joven caballito, sangre hirviendo, exhibiendo a su chica preciosa… Decían de ella que tocaba como los ángeles. De hecho vino a la ciudad o para tocar, o para aprender no se qué cosa… Así se conocieron: ella tocaba lo que Stiva construía.

—¿Tocaba el orchestrón?

— Sí, eso es.

—¿Hacían buena pareja?

— Y yo qué sé. Ella sólo venía a veces: Stiva le enseñaba cómo se ensamblaban aquellas cosas y ella tocaba para él. Yo nunca la oí. Podía haberlo hecho: muchos se quedaban para escucharla. Stiva aseguraba que en cuanto la cogieran para actuar en los teatros, tendríamos que pagar el sueldo de un mes para escucharla durante dos horas. Pero qué quieres que te diga; a mí no me gustan esos inventos…

Codi asintió. Había mucha gente que desconfiaba del orchestrón a pesar de que estaba en el apogeo de su popularidad. Era visto como un pasatiempo de las clases altas, un lujo sin mucho sentido práctico. A pesar de haber subido considerablemente en el escalafón social, Estrella seguía exhibiendo las supersticiones típicas de su juventud trabajadora.

—¿Por qué discutían? — preguntó Codi sin saber muy bien adonde le llevaba todo eso. ¿Qué interés tenía en perseguir a la amante de Ramis? Podía apostar que esa Eleni no era ni la primera ni la última, y era evidente que no se habían casado.

— Si yo supiera por qué discuten los enamorados… — suspiró la mujer—. Montaría una empresa de reconciliaciones en vez de una de limpieza.

— Tendría mucho éxito. ¿Sabe al menos cómo terminaron?

— Mal.

—¿Por qué?

— La chica se largó. Un día desapareció, sin más. Por las mismas fechas que las muertes, por cierto. Nadie volvió a verla. Pensaron incluso que había hecho la misma tontería que el resto. Si quiere saber mi opinión, ella era la única que tenía pinta de ser capaz de hacerlo. Lo recuerdo muy bien; andaba más pálida que nunca, y eso es decir mucho.

— Se acuerda muy bien de ella.

— Tengo muy buenas razones para acordarme.

La sonrisa de pícara seductora se veía extraña en el rostro robusto y envejecido de Estrella, pero Codi podía imaginar que el efecto había sido muy diferente hacía tiempo. Tuvo una vivida imagen de la joven Estrella sonriendo a Stiva Ramis al pasar, rozando con la mano su espalda, haciendo oscilar sus firmes caderas… Oh, sí, ella se acordaría… No de las tensiones y los juegos de poder dentro de la empresa, pero sí de la salita del café y de la mujer que andaba con el joven pariente de su jefe.

Imaginando que una pregunta directa sería demasiado indiscreta, Codi se limitó a imitar la sonrisa pícara de Estrella.

— Y los lloros… — continuó ésta—. ¡Ah! No sé por qué discutían al principio, pero cuando terminaron Stiva estaba simplemente harto de ella. Cualquiera lo estaría. Se pasaba horas llorando. Tocaba y lloraba. Tocaba y lloraba. No hacía otra cosa. Y luego desapareció al mismo tiempo que sucedieron los suicidios, y nunca la encontraron ni viva ni muerta.

—¿Acaso no lo investigó la policía?

— No lo sé. Cuando les avisé aquella mañana, en seguida avisaron también a los médicos. Lo hicieron por si alguno se podía salvar aún, pero la doctora sólo me tuvo que atender a mí: a los pobres muertos no les hizo ninguna falta. Me llevó al hospital, y unos agentes me acompañaron. Mientras me tranquilizaban y me interrogaban, apareció otro cadáver en la ciudad. Entonces se pusieron corriendo a buscar al resto. Ninguno de los que trabajó la tarde anterior les contestó, pero tardaron varios días en encontrar todos los cuerpos. Algunos se habían tirado por sitios en los que sólo les buscaría alguien con mucha imaginación. Pero claro: se centraron principalmente en los trabajadores. No sé si pensaron en la chica. Ella venía por allí, pero sólo a tocar, no trabajaba para la empresa. Por mucho futuro que le pintaran, creo que no tenía donde caerse muerta. Así que no sé si la buscaron. No lo sé.

—¿Su novio no dio la voz de alarma?

— Stiva se portó muy bien con todos nosotros, vino al hospital a visitarme y todo, pero no me contó su vida privada. Encontraron a su tío muerto también: se había tomado unas pastillas. Y luego corrió el rumor de que como la Eleni era tan sensible, pues no quería volver al lugar ni saber más de Stiva, y que habían roto. Ya no supe más.

—¿Nadie habló de ella a la policía? — dijo Codi.

No podía creérselo. ¿Con varios muertos en circunstancias inexplicables, podía una desaparición más pasar desapercibida? En medio de una investigación policial a gran escala, el heredero de la empresa pierde a su novia, dice que han roto, ¿y a todo el mundo le parece normal esa explicación?

—¿Cómo quieres que te lo diga? Todos estaban muy nerviosos, los vivos temían volver al edificio y también perder el empleo. Pensaban en sus compañeros muertos y no en la llorona de Eleni. Y Stiva nos ayudó mucho a todos. Había que ser muy desagradecido para hablar mal de su chica. Cuando una pareja rompe, no tiene ganas de contarlo por ahí.

—¿Le afectó a Ramis la ruptura?

Supuesta ruptura, se corrigió Codi ácidamente. No sabía si alegrarse de que su primera entrevista hubiera tenido resultados tan prometedores o preocuparse por ello. Se sentía como puede sentirse un buscatesoros que encuentra una daga antigua porque se corta un pie con ella. Un buen hallazgo, pero las consecuencias no lo son tanto.

— Claro que le afectó, pero no por mucho tiempo. Es fácil cansarse de una que siempre está tristona, sentándose en cualquier lado y mirando un punto, y las lágrimas cayendo. Hay una palabra…

—¿Melancólica? Gracias, no quiero más té.

— Eso es. Melancólica. ¿Estás seguro?

— Absolutamente. Está delicioso, pero no podría.

Estaba lleno, pero no era eso. Las nubes alrededor del caso se dispersaban, pero el horizonte no guardaba nada agradable. Un sobrino de unos empresarios que no tenían hijos. ¿Desearía quizá un puesto de más importancia? Un joven derrochador liado con una chica algo inestable. ¿Querría quizá ella algo más de él? El tío muere, su esposa deja el negocio destrozada… La novia desaparece y nadie hace preguntas… El joven Stiva, todo un caballero, hereda la empresa y está libre para disfrutar de nuevos amores. Los trabajadores suicidas son el daño colateral de un plan escrupulosamente pensado…

Era absurdo, pero sabía que Harden era capaz de sacar provechos insospechados de una historia diez veces más inocua. Otros también podían hacerlo. Incluso a Codi, que buscaba proteger los intereses de Ramis, le había costado muy poco perfilar el supuesto plan malvado… No es que se lo creyera realmente, por supuesto que no. Era el escenario más inverosímil que jamás se había planteado. Escenificar un suicidio para encubrir un asesinato era algo en lo que podía creer. Escenificar seis suicidios independientes con el mismo fin, convenciendo a todos los investigadores…

— Te has puesto pensativo — observó Estrella.

Se estaba apoyando en la mesa con todo su amplio cuerpo, mirando a Codi con una solemnidad algo inesperada. Ironías de la vida: nunca hubiera esperado que aquella mujer exuberante pudiera reconfortarlo, pero eso era exactamente lo que hacía. Cada persona tiene una forma diferente de hacerlo; la de ella era el silencio. Con su personalidad, estar quieta y pensativa era un gesto extraordinario. Codi lo intuía, y sentía su apoyo.

—¿Piensas publicar algo de esto? — preguntó.

Codi levantó la mirada de la mesa donde había estado alineando trocitos de galleta. Hasta que recordó que publicar ya no estaba a su alcance, se había estado preguntando lo mismo.

— Verá, yo… La verdad es que trabajo para el señor Ramis… Para su empresa.

Se preguntó si no debería haberse callado, pero la mujer asintió sin parecer sorprendida.

—¿No te gusta demasiado lo que has oído? — observó, directa como siempre.

— Claro que no — admitió Codi—. Me sorprende que sea tan fácil… Creía que en los tiempos modernos uno no podía desaparecer sin más. Y mucho menos una mujer joven que debía de tener amigos, carrera, familia.

— No creo que tuviera familia… Pero tú dirás. Puedes pensar que simplemente rompieron. Pero si has decidido pensar mal…

— Me temo que no tengo otra opción.

—¿Y qué vas a hacer?

— Intentaré buscarla, y también trataré de dar con alguien de la policía. Puede que todo sea muy simple. Puede que la policía ya haya estudiado y resuelto todo esto.

La mujer asintió y se levantó de la mesa, su poderoso busto balanceándose dentro del vistoso escote.

— Es posible — dijo mientras acompañaba a Codi a la salida.

Sus palabras carecían de la convicción que imprimía a todas las demás declaraciones.

El camino de vuelta le pareció a Codi mucho más corto que el de ida, posiblemente porque había empezado el viaje lleno de entusiasmo y lo terminaba con el gusanillo de la inquietud acurrucado dentro del estómago. Se sentía ligeramente febril, quizá por el exceso de té que había consumido en casa de Estrella. Prefería no pensar en lo que haría al volver. ¿Pedir una nueva cita con Ramis y preguntarle por su antigua novia? Su intención era conservar el trabajo, no perderlo cuanto antes. Y en cuanto a la policía, recordaba demasiado bien el trato hecho con Lynne: todo lo que averiguara, se lo diría a ella primero.

Fuera del vehículo, una interminable pared grisácea corría hacia atrás a velocidad constante. Codi sabía que si sus ojos pudieran penetrar la pared de hormigón —¿era hormigón u otro material? — sólo vería macroedificios elevándose uno al lado de otro, como gigantescas cajas de zapatos colocadas verticalmente. Entre aquellos que decían que eran ecológicos y baratos, aquellos que los llamaban hormigueros inhumanos, y aquellos que denunciaban los intereses inmobiliarios detrás de las leyes, había opiniones para todos los gustos. Quizá fueran a prohibirlos pronto — un dramático incendio que había arrasado la mitad de uno de aquellos gigantes había revivido la polémica hacía poco—, pero los que ya estaban en pie seguirían allí por muchas décadas más, separados de los barrios normales y de las carreteras por grises paredes de hormigón.

Codi se mordió el labio y apoyó la frente contra la ventanilla del vehículo. Trabajando para Harden había hecho reportajes sobre temas muy variados, y se daba cuenta de que con frecuencia Hoy y Mañana acababa vistiendo a delincuentes de santos. Saberlo no le enorgullecía pero tampoco le quitaba el sueño: no podía luchar contra la política de su propia redacción. Esto, sin embargo, era un asunto muy diferente. Ya no tenía redacción, ni jefe: él mismo hacía su propia política. Si algo no le gustaba, él mismo tenía que ponerle fin. Y tenía clara una cosa: lo que había escuchado sobre Ramis le había desagradado profundamente. No por lo sospechoso que podía llegar a ser. No porque le creyera capaz de alguna maldad; simplemente por la imagen que se había dibujado en su mente tras el relato de Estrella.

Ya tras el primer contacto con el hombre había intuido que era un vendedor, no un creador. Eso no tenía nada de censurable en sí mismo; eran pocas las personas capaces de crear realmente algo, ya fuera una obra musical, un estilo de moda o una nueva empresa. Pero además de ser un vendedor oportunista, era…

Le caía mal, decidió tras buscar en vano una palabra más adecuada. «Mal» no era una definición fina pero sí sólida, y por algo había que empezar. Incluso podía trazar la sensación hasta las palabras concretas de Estrella. Había dicho que la chica desaparecida, Eleni, le gustaba a Ramis porque tenía talento y que fue desechada cuando las cosas no fueron como él esperaba. Las entrañas de Codi se habían encogido con desagrado al oír aquello, pero no supo adivinar la razón al momento. Ahora ya la sabía. Eleni no había sido la única a la que Ramis le había hecho aquella jugada.

No, el gusto por el talento no llevó a Stiven Ramis a liarse con otra promesa del orchestrón, pero le llevó a adoptar una niña que iba a serlo, y cuando todo se torció para Fally la historia se repitió: la niña fue desechada. Ese hombre se rodeaba de talento, ya fuera simplemente para tenerlo al lado o para explotarlo en su provecho. Y cuando éste desaparecía, ¿qué pasaba con las personas a las que una vez había prometido su afecto y protección?