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CAPÍTULO XIII

A pesar de la promesa de Lynne, Codi pasó la mayor parte de los días que siguieron intentando ahondar en el enigma de la trágica muchacha. Durante horas, analizó páginas y páginas de información tratando en vano de dar con Eleni. Había enumerado ante Lynne todos los datos que se conocían sobre ella, y había asegurado que era suficiente información. Con el paso del tiempo, empezaba a dudar de su propia estimación. Tenía el nombre, el sexo y la edad aproximada… Conociendo a Ramis, difícilmente podía buscarse una novia más vieja que él, ni menor de edad tampoco, lo cual significaba que Eleni debía de tener ahora entre cuarenta y cincuenta años. Pero no había mención de ninguna Eleni en los conciertos dados en la ciudad en la época de los suicidios, ni en ningún momento después. Estrella había dado en el clavo: había venido de provincias para abrirse camino en los teatros de la ciudad, pero nunca había llegado a hacerlo. En cuanto a las alumnas de conservatorios y escuelas privadas de música, veinticinco años atrás había tantas Eleni matriculadas en ellos que resultaba imposible averiguar cuál era la que ellos buscaban.

A pesar de la falta de resultados iniciales Codi trabajó con ahínco, hizo buenas migas con sus compañeros de sección y salió dos veces al cine con Cladia. También aprovechó para conocer al personal del gabinete de prensa de Emociones Líquidas — a Lynne se le había olvidado por completo presentarle—. Eran un puñado de personas, casi todas chicas, y aceptaron la oferta de Codi de ayudar en lo que fuera necesario de muy buen grado.

Además del tedioso trabajo documental, Codi tenía otra preocupación en mente. Las últimas palabras de Harden le venían a la memoria en los momentos menos oportunos. El hombre había apuntado a que los suicidios no era lo único que estaba investigando. Había algo más, algo relacionado con la transacción con Resonance. Suma dos y dos, había dicho Harden. Había insinuado que la adquisición de los derechos de los ambientes musicales por Resonance era un pago camuflado por otro tipo de servicio. Codi hubiera podido sentirse orgulloso por haberle sonsacado esa información, pero estaba lleno de una desazón que no se explicaba. Desde luego, no era porque se hubiera creído las insinuaciones de su antiguo jefe. No era eso en absoluto.

Pero además de búsquedas sobre Eleni, tan masivas que su ordenador se quedaba colgado cuando intentaba llevarlas a cabo, de vez en cuando colaba peticiones relacionadas con Resonance. No sabía nada de negocios; pronto descubrió que con algo tan enrevesado como las transacciones entre dos potentes empresas, no sabía por dónde empezar.

El hecho de que investigando los movimientos de Emociones Líquidas estaba investigando a la propia Lynne no había pasado desapercibido para Codi. No se sentía cómodo sabiendo que mantenía a la mujer a oscuras, ni quería mentirle. Claro que tampoco quería ser parcial en su trabajo. Tenía una pista, se repetía. Una senda del bosque que aún no sabía dónde le llevaba. La seguiría hasta salir a un claro, y entonces decidiría el nuevo rumbo. Era así de simple.

Qué lógica le impulsó a acudir a Mollaret con sus preocupaciones, ni él mismo sabía explicarlo a posteriori. Incluso si quisiera hablar con algún editor, conocía a otros, y desde hacía mucho más tiempo. La mayoría le rechazarían veladamente para no entrar en conflicto con Víctor Harden, pero otros probablemente lo recibirían. Y, sin embargo, Codi no planeaba ir a ver a ninguno de ellos. Quería hablar con Mollaret, un hombre con el que había intercambiado varias frases no muy cordiales y que no era un experto en finanzas. No era tan ingenuo como para creer que iba a compartir con él algún tipo de información, pero intuía que no le importaría corroborar o desmentir las insinuaciones de Harden.

El ritmo de trabajo en la sede de Infrared resultó ser aún más frenético que en Hoy y Mañana. Una parte de Codi sintió una intensa nostalgia nada más entrar, echando de menos la inmersión en la rabiosa actualidad periodística. Aunque en el fondo sabía que, comparado con la buena vida que ahora llevaba, aquello era el infierno.

No había ninguna recepción, secretaria u otra barrera que separara al personal de los visitantes invasores como Codi. En Hoy y Mañana, eso sería impensable. También lo sería la presencia de niños, como el chaval de no más de catorce años que se cruzó con Codi sin prestarle ninguna atención, totalmente absorto por las fotos que llevaba en las manos. Codi le siguió con la vista hasta que entró en uno de los despachos — uno de tantos, pues ninguno llevaba nombre ni título alguno.

Harden siempre había dicho que Infrared era un medio demasiado liberal.

— Disculpe — Codi abordó a la primera persona que pasó por su lado. La mujer enarcó las cejas y aminoró la marcha sin pararse del todo—. Disculpe, estoy buscando a Franz Mollaret.

— En su despacho — dijo ella. Para cuando terminó de hablar, estaba alejándose ya.

Codi dejó que se apartara y repitió el intento. Esta vez, tuvo el buen juicio de abordar a alguien sentado.

—¿Franz Mollaret?

— En su despacho — dijo el hombre, y en esta ocasión la respuesta fue acompañada de una indicación con la mano.

El despacho del editor resultó ser el mismo en el que había visto entrar al chiquillo. Codi trató de recordar si lo había visto salir. Llamó a la puerta, esperó un instante y la abrió. Con el ruido que había, no podía confiar en oír la respuesta. Asomó la cabeza, y luego el resto del cuerpo.

El despacho no era grande, y los muebles, escasos y puramente funcionales. Mollaret estaba sentado a una mesa, leyendo. Levantó la cabeza al oír la puerta abriéndose.

— Buenos días — empezó Codi—. Soy…

Durante un instante Mollaret se quedó parado, y después el reflejo del reconocimiento recorrió su cara. Apagó su lectura con gesto pausado.

— Usted es el joven que tuvo que sufrirme como vecino en la rueda de prensa de Emociones Líquidas — dijo—. El que le hizo a Ramis la única pregunta pertinente de la noche. He oído que su estatus profesional ha sufrido una notable… mejora… desde entonces.

La sonrisa de Codi flaqueó por un instante, pero el periodista la obligó a volver a su sitio. Recordaba el intercambio que tuvieron en Emociones Líquidas, y recordaba por qué había deseado perder de vista al hombre: precisamente por este tipo de comentarios sarcásticos.

Se estrecharon la mano en un saludo muy correcto.

—¿A qué debo el placer? — dijo el editor tras sentarse de nuevo e indicar a Codi que hiciera lo mismo. La silla era metálica, mucho menos cómoda que las de Hoy y Mañana, acorde con el espíritu de austeridad de todo el lugar—. No habrá venido a buscar trabajo, supongo.

— No, señor — dijo Codi—. Es cierto que he aceptado un puesto de consultor en Emociones Líquidas, pero sigo haciendo trabajos por libre. Nunca he tenido ocasión de colaborar con Infrared, así que quería presentarme como es debido y presentarle también parte de mi trabajo.

Había decidido utilizar la misma excusa que en Hoy y Mañana: empezar por los charquis y ver qué temas de conversación podía sacar después. Mollaret asintió sin ningún comentario especial, dando la explicación de Codi por suficiente. Aceptó el artículo y, para sorpresa del joven reportero, lo abrió de inmediato y se sumergió en la lectura. El respeto de Codi por el editor creció a medida que se hizo claro que Mollaret no estaba meramente repasando lo escrito, sino que lo leía con toda la atención, asintiendo para sí mismo en algunos puntos y frunciendo las cejas en otros.

La lectura fue larga, y todo ese tiempo Codi no pudo más que esperar, primero con la mente centrada en el hombre ante él — fantaseando con la teoría de que realmente lo había abordado con la intención de contratarle— y después vagando por los mil rincones de su memoria. Varias veces, la puerta del despacho fue entreabierta. Las cabezas que se asomaban solían desaparecer al ver al jefe en compañía de un desconocido. En una ocasión, una chica entró para pedir una firma. Luego, el muchacho de antes asomó su cabellera.

— Me voy a casa, pa — anunció con voz quebrada de adolescente.

Mollaret asintió, pero no levantó la vista. Cuando terminó, sus comentarios no se limitaron a frases generales. Se detuvo en varios puntos concretos, eligiéndolos con perspicacia: eran aquellos de los que el propio Codi se sentía especialmente orgulloso. El periodista empezaba a comprender el respeto que Cladia mostraba hacia el hombre.

Durante un rato contestó diligentemente a las preguntas del editor sobre su carrera y más tarde sobre su salida de Hoy y Mañana, comportándose según las buenas costumbres del reportero joven aprendidas en Hoy y Mañana. Se sentía en deuda con Mollaret, que a esas alturas de la charla ya le había prometido la publicación del artículo. Llegó un momento, sin embargo, en que no tuvo más remedio que elegir entre sacar a la luz el verdadero motivo de su visita o irse sin haberlo mencionado en absoluto.

— Quería pedirle consejo por un asunto profesional.

Mollaret asintió sin que su cara, la expresión de sus ojos y su postura cambiaran en lo más mínimo, y aun así Codi tuvo la impresión de que su abrupta admisión le había divertido.

— Siga.

El periodista cogió aire. Probablemente estaba a punto de meter la pata. Pedirle consejo a Mollaret sobre Emociones Líquidas era como pedírselo a un ladrón sobre la mejor manera de acorazar un banco. Podía fiarse de sus conocimientos, pero no de su lealtad.

— Hace poco me reencontré con mi antiguo jefe. Teníamos varios asuntos que discutir… No viene al caso. Terminamos hablando de Emociones Líquidas… Me dijo que estaba buscando información comprometida sobre la empresa.

La sorpresa de Mollaret tuvo poco de espontánea y mucho de teatral.

—¿Buscando? — repitió—. Creí que ya la tenía.

Codi torció el gesto.

— Gran parte de lo que tiene es una historia antigua y absurda.

— Pero muy jugosa. Las historias de muertes resultan misteriosas para todos, excitantes para muchos, y hasta románticas para algunos.

— No verá la luz sin pruebas sólidas, que Harden no tiene. — O eso esperaba Codi, que no las tuviera—. Yo mismo me encargaba del tema antes de irme, sé que no hay nada debajo.

Mentía sólo por si acaso. No quería que Mollaret se pusiera también tras el rastro de Eleni por su culpa. Había notado que sus últimas palabras habían hecho sonreír al editor, y esperaba que no fuera por la emoción de tener una nueva pista.

— Permítame una pregunta que no viene al caso — dijo Mollaret—. ¿Cuándo dijo «consultor», a qué se refería exactamente?

Codi se mordió la lengua. Tenía que haber imaginado que su despreocupada tendencia de utilizar un cargo inexistente le pasaría factura en el momento menos oportuno. Y todo por no querer admitir lo obvio: que su posición en Emociones Líquidas, respondiendo sólo ante Lynne, resultaba un poco ambigua.

— Lo imaginaba — dijo Mollaret—. Sus nuevos jefes no han inventado nada nuevo contratándolo, salvo por la rareza de que sea periodista. Suelen preferir a detectives, o a alguien de la policía para ese fin. ¿No se ha preguntado por el motivo?

— Mis contactos en Hoy y Mañana — respondió Codi sin inmutarse—. Harden es el que más se ha aproximado a Ramis y el que más daño le ha hecho. Estaba detrás de la primicia de los suicidios dada por El Grito, y debe de estar a punto de recoger la antorcha. Yo he trabajado con él, sé qué contactos tiene, como piensa…

— … Y tiene fácil entrada en la redacción aun habiendo sido despedido. Puede oír una frase suelta… enterarse de cosas. Aunque nada de esto sirve si no sabe cómo utilizar la información. ¿Va a contarme qué le dijo Harden para hacerle venir hasta aquí, o tengo que adivinarlo yo solo?

Dicho de aquella manera, seguir con las evasivas no tenía mucho sentido. Codi se echó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.

— Habló de que la oferta de Resonance estaba amañada, y que pagó a Emociones Líquidas una cantidad demasiado elevada como cobertura por un favor ilegal. ¿Tiene alguna idea de a qué se refería?

— Claro que tengo alguna idea. Me dedico a lo mismo que Harden. Sospecho de los mismos hechos y busco en los mismos lugares.

Y sabiendo eso, allá va la pregunta: ¿qué le hace pensar que voy a ayudarle?

— Cuando me habló en la rueda de prensa creí…

— Cuando hablamos en la rueda de prensa, Candance, usted era un profesional independiente — la voz de Mollaret subió de intensidad—. ¿Qué es ahora? ¿Fiel guardián de los intereses de su amo? Emociones Líquidas tiene más dinero y poder que todos los medios independientes juntos, e incluso el triple. ¿Por qué iba yo a querer ayudar a Ramis?

Codi apretó los labios. Quería contestar, no para congraciarse con Mollaret — había ido a la redacción sin esperar muchos resultados, y ciertamente nunca una ayuda voluntaria por parte del hombre—, sino para defenderse del ataque. Sin embargo, temía que su respuesta sólo haría reír al editor.

— No le pido que ayude a Ramis. Le pido que me ayude a mí… — titubeó, pero continuó con firmeza—. Ya sé que no nos conocemos de nada, y que ni siquiera le fui presentado por alguien de su confianza. También entiendo que mi ocupación actual le haga desconfiar. Pero nada de eso le da derecho a hacer suposiciones sobre mi integridad. No he hecho nada censurable aceptando el trabajo. Protejo los intereses de mi patrón, pero no lo encubro. En el tiempo que llevo en Emociones Líquidas no he visto una sola prueba tangible de que estén implicados en… nada en absoluto. De lo contrario no seguiría con ellos, ni estaría aquí.

Tal y como había anticipado, aquello convenció poco a Mollaret. El hombre se echó hacia atrás y ni siquiera trató de contener la risa. Codi esperó con la mirada puesta firmemente sobre la franja de suelo entre sus pies a que recobrara el dominio de sí mismo. No quería mostrarlo, pero estaba algo enfadado y se creía con derecho a estarlo.

—¡Fantástico, Candance! — resopló Mollaret en cuando pudo coger aire y respirar—. Un discurso ejemplar. Inocente mientras no se demuestre lo contrario. Pocos pueden decir algo así sin que suene ridículo. Ahora entiendo por qué duró tanto en Hoy y Mañana: debía de caerle bien a Harden en el fondo. Bien, le hablaré de los repetidores y de Di Valley. No se avergüence de no conocer el caso: en primer lugar tiene poco que ver con Emociones Líquidas, y en segundo sé que el viejo Harden tiraba personalmente de ese particular hilo de telaraña.

—¿Repetidores…?

— Cuando usted llama a alguien — Mollaret levantó la mano antes de que Codi pudiera terminar de hablar— el implante de esa persona es identificado de entre millones de otros implantes, localizado y conectado con el suyo a través de Airnet, ¿correcto?

— Sí.

— La información de acceso está guardada en alguna parte, igual que cualquier otro tipo de información. Pero comparado con los datos bancarios, con redes que controlan la luz o el agua o el tráfico, el nivel de seguridad que exige la custodia de listas de implantes es infinitamente mayor… ¿Se imagina lo que sería de su vida, si alguien abriera sin su consentimiento una puerta directamente a su cabeza? Los proveedores oficiales de Airnet que tienen el privilegio de acceso (Resonance, Magnum Air y demás), están estrechamente vigilados para prevenir el abuso. La estrategia se basa en un «repetidor», una llave electrónica que valida el acceso. Los repetidores son nominales para cada compañía, y se custodian celosamente. Pocos han visto uno, pero he oído decir que tienen el tamaño de una caja pequeña. Pues bien, hace ya unos años hubo un escándalo relacionado con eso. No hizo mucho ruido, porque alguien trabajó para que no lo hiciera. Se detectaron accesos no autorizados a los implantes de un grupo de usuarios, y en el origen del asunto estaba el repetidor de Resonance. Alguien consiguió una lista de direcciones a la que no tenía derecho.

—¿Con qué fin las querría?

— Que yo sepa, sólo para mandar publicidad. Si tienes una dirección, tienes un blanco. Puedes mandar un eslogan a los oídos de una persona con total garantía de que el mensaje será escuchado. Tentador, ¿no?

— Yo diría que absurdo.

— Depende de cómo se mire. Los que lo hicieron pensaron que les compensaría el riesgo, y seguramente así fue; la publicidad genera mucho dinero. En cuanto a Di Valley… Es, o mejor dicho era, un informático de Resonance, uno de los encargados de manejar el repetidor. Cuando la cosa se descubrió, fue despedido y llevado a juicio.

— De eso sí he oído algo — dijo Codi—. Creo que el hombre fue condenado.

— Lo fue. Intenté personalmente averiguar cuánto le habían pagado por su silencio, pero no tuve éxito. Resonance es un hueso duro de roer, pero al final las cosas se les torcieron también: toda la empresa fue sancionada y se abrió un nuevo juicio. Fue aún más accidentado que el primero, cambiaron de juez instructor dos veces debido a las sospechas de soborno. Una condena hubiera sido desastrosa para Resonance: revocados los privilegios de acceso a Airnet, simplemente dejaría de existir.

Codi asintió, absorbiendo la información. No solía tomas notas, pero en esta ocasión deseaba desesperadamente hacerlo. Di Valley, repetidores…

—¿Por qué aceptaría Ramis la unión con una empresa en situación inestable? — musitó—. Es imposible que no lo supiera. Ha llevado la transacción como ha querido.

— Donde dice Ramis, yo digo Lynne, pero por lo demás… Claro que ha aceptado la unión. Resonance ha pagado bien, por los ambientes musicales y otros servicios más… especializados. Y ha recibido su recompensa. Acaban de ser absueltos.

—¿Insinúa que Emociones Líquidas ha influido en el juicio? — preguntó Codi. Sólo la deferencia hacia un hombre mucho más experimentado impidió que acompañara la pregunta con una carcajada—. Eso es ridículo.

Comunicar una emoción a una persona era una cosa. Hacer reír o llorar a un espectador, como decía haber hecho Gabriel cumpliendo con el azar de su siniestro juguete, quizá fuera posible. Pero ¿una intromisión planeada, concebida y calculada a gran escala para lograr un fin tan complejo?

Mollaret se encogió de hombros, impertérrito ante la incredulidad del reportero.

— El dinero cambió de manos ante los ojos de medio mundo.

— Manipulación de emociones… Francamente, ¿no le suena a novela de ciencia ficción?

Para la sorpresa de Codi, cuya burla era puramente retórica, Mollaret no respondió en seguida. Realmente pareció considerar la pregunta. Luego se encogió de hombros en un gesto de alegre despreocupación.

— A veces. De hecho, bastante a menudo — dijo, pero prosiguió antes de que Codi pudiera apuntarse el tanto—. No soy un melómano, y entiendo poco de lo que Ramis hace. Mejor dicho, entiendo poco sobre cómo lo hace, a nivel puramente práctico: cómo funciona el instrumento y esas cosas. Nunca he oído un concierto de orchestrón, ni tengo ganas de hacerlo.

— Y sin embargo, ataca algo que no conoce.

— No ataco el arte en sí, sino el poder y la difusión de ese arte. Y tenga en cuenta una cosa: sus nuevos amos poseen gran poder de persuasión al margen de sus majaderías musicales. Mire si no cómo le han manejado a usted. En la rueda de prensa les dio un buen susto, y no tardaron ni dos horas en atraerlo para su causa. Someter así a un enemigo es una estrategia brillante.

Codi habría protestado vivamente si la falta de lógica en las palabras del editor no fuera tan obvia. La doctora Lynne, tan ecuánime y con tan férreo control sobre los acontecimientos, de ningún modo podía sentirse intimidada por un don nadie sin trabajo como Codi.

— Nunca fue mi intención ser enemigo de nadie.

— Claro que no — dijo Mollaret—. Fue sólo mala suerte que tanta gente se llevara la impresión contraria en tan poco tiempo.

Codi torció el gesto.

— He hecho un trato con Lynne… — dijo con resolución.

— Ojalá se lo hubiera pensado mejor.

— …Y pienso cumplirlo.

— De eso no me cabe duda — asintió Mollaret con solemnidad—. Creo que nunca he conocido a nadie en quien la resolución, la fidelidad y la ingenuidad se combinaran de una forma tan irresistible. Entre eso y la curiosidad innata de un periodista, se quedará donde no debe hasta que sea demasiado tarde. Porque no se irá de Emociones Líquidas… Pasan demasiadas cosas en ese lugar, ¿a que sí? Recuerde sólo que «consultor» puede ser sinónimo de muchas cosas, por ejemplo de chivo expiatorio. No diré que mi puerta vaya a estar siempre abierta porque no es verdad, pero sí diré que lamentaría mucho perderle para el gremio.

Codi asintió. A diferencia de su conversación con Harden, se creía que este aviso era sincero.

—¿También irá a por… nosotros? — preguntó.

Iba a decir «a por Ramis» pero en el último momento cambió la frase. Admiraba la lealtad en los demás, y estaba decidido a practicarla.

— Sí, Candance, iré a por ustedes. Y le diré exactamente cómo lo voy a hacer. Voy a buscar a quién le han hecho daño en esta ocasión. Espero sinceramente que sus jefes lo hayan solucionado sin muertos; la violencia de Acorde S.A. fue atroz. Yo acababa de empezar en el gremio, me encargaba de la parte gráfica. Ahora lo hace mi hijo. No me gustaría que pasara por lo mismo.

— No me creo nada de esto — dijo Codi—. No es cierto que hayan hecho daño a nadie. No tiene pruebas de nada.

El periodista se puso de pie con decisión. Era de locos, lo sabía perfectamente, y precisamente por eso necesitaba salir de allí antes de que la voz pausada de Mollaret lo atrapara y sus palabras empezaran a parecerle plausibles.

Dio un paso hacia atrás. Luego otro.

— No me creo nada de esto — repitió.

Mollaret negó con la cabeza, y no intentó detenerle.

— No quiero que lo crea, Candance — dijo—. Sólo quiero que tenga mucho cuidado.