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La barra de metal a la que Codi estaba sujeto era maciza. El periodista intuía que de ningún modo iba a ceder bajo su fuerza pero esperó a comprobarlo en firme, contando pacientemente los segundos para no apresurarse. Lynne no tardaría en abandonar el lugar. Cuando lo hiciera, Codi empezaría a considerar su situación en serio. Más que preocupación o algún tipo de rencor por el maltrato, sentía una especie de incredulidad. Ya no esperaba despertarse de un sueño, pero todo aquello parecía demasiado… improbable. Absurdo.
Sin embargo, lo absurdo de su situación no iba a sacarle de ella.
La primera alarma se disparó cuando oyó un clic en su cabeza, y tuvo la sensación de quedarse sordo al instante. Sabía lo que eso significaba: su implante acababa de ser desconectado de la Airnet. Inexplicablemente, pensar en que ya nadie pagaría sus cuotas de reconexión le molestó más que confirmar que Lynne había echado mano del repetidor de Resonance.
El sonido irrumpió en la cabeza de Codi con una intensidad que sobrepasó el umbral del dolor. La sensación fue similar a la de un vehículo arrollándole en plena marcha. Había empezado a ponerse de pie pero se deslizó nuevamente al suelo sin darse cuenta de que lo hacía. Gritaba, pero no se oía a sí mismo…
Aquello no se parecía a nada que Codi hubiera oído antes. Ciertamente nunca de Gabriel. La armonía no existía como tal, no más que en el aullido de una bestia herida incapaz de hablar. Las emociones ajenas penetraban en su mente y sustituían las suyas propias: congoja, agonía, desesperación sin causa alguna y sin solución. Su cerebro iba a estallar, rasgado hasta sangrar por arranques de cólera.
Se tapó los oídos con las manos en un gesto inútil. Sabía lo que vendría a continuación. Temía las imágenes.
Ni siquiera tuvo tiempo de cerrar los ojos. Oyó — vio— una llanura inhóspita, rojiza y reseca, barrida por el viento. Lenguas de fuego surgiendo de las profundidades. Cuerpos deformes de piel agrietada, sangre manando de las heridas. Arañas. Arañas gigantescas, unas vivas y otras metálicas, sus innumerables patas entrecruzándose igual que los brazos del orchestrón, atravesando jirones de carne amorfa que colgaban en el aire. Nutriéndose de ellas.
Codi cogió aire, tratando de dominarse. Aquello no era real, se dijo. Era una fantasía grotesca y épica, una repugnante ilustración de un cuento de terror. Un cuento que no tenía nada de infantil, pero que albergaba a un niño. Pequeño, desarrapado, el pelo negro y enmarañado metiéndosele en los ojos, más un animalillo atrapado que una persona. Con una mano se agarraba a la falda ensangrentada y sucia de una mujer sin rostro. Con la otra, acariciaba su vientre abultado. Sus labios se movían en réplica de una desolada confidencia, cuidadosamente disimulada:
— Mi madre estaba muy enferma… Fue raro que la llevara.
— Basta — susurró Codi—. Basta. Para, ya está bien.
Pero la invasión seguía. Alguien corría… Cuesta arriba, abriéndose paso entre grietas y pendientes escarpadas. Las ramas resecas le arañaban la cara. Las piedras del suelo le hacían trastabillar, pero la música le obligaba a levantarse de nuevo.
Codi se repitió que aquello no era real: una representación angustiosa pero inocua, como las que había experimentado en el despacho de Lynne. Se tapó los oídos con más fuerza, pero las notas lo perseguían, le acusaban, revoloteaban a su alrededor riéndose de sus intentos de escapar. Las lágrimas caían por las mejillas de Codi. La negra desesperación le invadía.
Por eso corría. Un momento. Era Gabriel… No, Gabriel estaba tocando. Codi repitió esas palabras varias veces, pero no logró comprender lo que significaban. Tenía lagunas en la memoria. El cuchillo en su mano, por ejemplo. No sabía cómo había llegado allí, pero su tacto le pareció reconfortante. Era un objeto sólido, útil para hacer algo contundente… Codi probó el filo deslizándolo a lo largo de su palma izquierda. La línea de sangre que dejó era una buena penitencia, pero empequeñecía en comparación con las sangrientas escenas que la música le pintaba.
Faltaba poco. Aquel que corría — a ratos le parecía que era Gabriel de mayor, otras de niño, y el resto del tiempo Codi creía que era él mismo— lo intuía también. Se acercaba a la cima, y lo que había detrás sería la solución final. Un precipicio, prometían las furiosas cadencias. Codi levantó el cuchillo con la hoja vuelta hacía sí. Ya podía ver el fondo seco del acantilado muy abajo y muy lejos, esperándolo. El pie de Gabriel pisó el borde. Codi apretó el cuchillo y cerró los ojos con fuerza. Cogió aire en una inspiración convulsa. Estaba agotado, aplastado por la culpa, sin más fuerzas para huir. Quería que saltara, se dijo.
Temía que saltara, comprendió.
—¡GABRIEL!
Cherny se volvió. Sus ojos se fijaron en los del periodista, grandes y desesperados, luchando por verlo, por recordar que estaba allí. Todo pareció ralentizarse, y la música se convirtió en un lastimero aullido se estiró como una cuerda tensada más allá del límite. Codi no se atrevía a mirar alrededor. Miraba a Gabriel, sabiendo sin necesidad de palabras que su vínculo con él era su salvoconducto, el frágil camino que conectaba el delirio y la realidad. Podía leerlo en los ojos del orchestrista: la terrible, traicioneramente dulce llamada de la armonía. La obligación de llevar la obra a su lógico final. La necesidad de dar el último acorde.
— Eres más fuerte que ella… — trató de decir sin saber si pronunciaba las palabras o se imaginaba su sonido, si gritaba, susurraba o lloraba.
Tentativamente, como si luchara contra una fuerza invisible, Gabriel dio un paso lejos del borde. La melodía trastabilló y se enredó, y durante un instante la infernal visión empezó a disgregarse. En vez del estéril acantilado, una versión temblorosa y pálida del corazón de las Hayalas empezó a extenderse ante Codi. El mar, el cielo y las cálidas piedras se fueron cristalizando, y por un segundo el periodista se permitió el lujo de confiar. Pero las imágenes no perduraron; la melodía perdió el ritmo de nuevo. Enredándose en cada cadencia, tratando de mantener alejadas las imágenes de muerte, se arrastró durante varios compases. Ambas ilusiones se mezclaron, luchando por abrirse camino. El mar hirvió, el azul del agua se convirtió en el rojo de la sangre y luego se hizo azul de nuevo. Una hélide pasó rozando las olas y se hundió en una grieta quebrada. Las rocas se disolvieron. La música paró.
Lo último que Codi alcanzó a ver fue Gabriel cayendo de rodillas, temblando con todo el cuerpo.
Un pie detrás de otro. Arriba, adelante y abajo, y vuelta a empezar. Así debían de andar los viajeros perdidos durante días en un desierto, despojados de toda esperanza o emoción. Así era como se sentía Codi.
El infame instrumento se erguía ante él. El eco de sus propios pasos se oía lejano, mecánico. Codi se acercó lentamente, inseguro, hasta que los erizados brazos del orchestrón quedaron suspendidos sobre su cabeza. Levantó los ojos hacia el trono, esperando que hacerlo le despertara del letargo y le devolviera parte de su yo. Se quedó mirándolo un largo rato, y luego recorrió con la mano los contornos de los sensores. Sus movimientos eran torpes, y una aguja se le clavó en la carne. La descarga de dolor le sobresaltó, pero no le devolvió a la realidad. Codi se lamió el dedo, vagamente sorprendido por la cantidad de sangre en la palma de su mano. Su memoria era un caleidoscopio de escenas intensamente coloreadas y agujeros negros como la noche. Una escalera interminable — gritarle a alguien — sangre en sus nudillos — culpa — el frío filo de un cuchillo — el vuelo de una hélide…
¡Si tan sólo pudiera salir del espacio gelatinoso y carente de significado por el que parecía moverse! Deseaba sentir algo, por muy desagradable que fuera: miedo, enfado, cualquier cosa. Recordar con claridad qué hacía allí.
La frustración y el enfado hirvieron de improviso. Codi propinó una patada al instrumento, y al notar que uno de los brazos cedía repitió el movimiento apuntando más arriba, a las finas y velludas terminaciones plateadas.
— Toma… Toma… — le decía a aquel engendro infernal.
Con brutal satisfacción, oyó un chirrido y ruido seco de sensores rompiéndose. Varias patadas más, y la mitad de un brazo colgaba inerte en ángulo doblado.
— El instrumento no tiene la culpa — dijo una voz.
Por un momento Codi pensó que era la suya. Luego, bruscamente, fue consciente de la presencia de Gabriel a su lado. El orchestrista se mantenía detrás pero bastante cerca, como si no se atreviera a acercarse y a la vez temiera dejar a Codi solo. Éste le miró largamente, primero tratando de comprender por qué tenía unas esposas en la mano y después luchando por ordenar sus pensamientos y darles forma de palabras. A pesar de comprender que Cherny le había liberado, había una razón por la que no le quería a su lado. Gabriel le había hecho algo. Gabriel tenía la culpa de su estado.
Codi se apartó hasta una pared, apoyó la espalda en ella y se deslizó lentamente hasta el suelo. Las emociones ajenas se iban, pero las propias se resistían a volver. Se sentía vacío, desnudo. La idea de ser manejado por una voluntad ajena era humillante; un poco más con cada recuerdo que recuperaba. Se sentía un juguete en manos del orchestrista. ¡Cómo lo odiaba! Con la intensidad de su aversión hacia Lynne multiplicada por un millón. Lynne le había mentido y le había utilizado. Gabriel… Gabriel había vulnerado la parte más íntima de Codi, había profanado aquello que lo convertía en persona autónoma y pensante. Las huellas de esa violación no desaparecerían. Dudaba si alguna vez se sentiría entero de nuevo.
Oyó el sonido de unos pasos dubitativos acercarse a él. Cuando pararon, supo que Gabriel se había sentado al lado. Codi lo ignoró. Por el bien de los dos, deseaba que se fuera. No quería sentir su presencia cerca, ni oír su respiración. Ni temer que le dijera algo como…
— Lo siento.
— No empieces — no quería hablar, ni siquiera pensar en lo que había pasado—. ¿No entiendes que me cansas?
— Lo siento — repitió Gabriel automáticamente—. ¿Estás bien?
Codi sorbió aire. ¿Por qué hablaba? ¿Por qué no podía callarse y simplemente desaparecer? No quería verle. Sabía que si Cherny no se iba pronto, sería la ruina de ambos.
— Estoy perfectamente. He sobrevivido a tu desquiciado arranque, ¿no? — no miraba a Gabriel y no pudo ver la mueca de dolor que recorrió su cara, pero el silencio que siguió fue suficientemente largo para imaginarla con detalle. Se dijo que no le importaba—. ¿Lo que dijo Lynne sobre tu madre era cierto?
— Te lo conté — respondió Gabriel suavemente—. Estaba muy enferma.
— Estaba loca. Loca de verdad. ¿Hablaba con las paredes, veía monstruos?
No tenía ninguna gracia, pero Codi se obligó a reírse. Sólo pensaba en hacer daño. Tenía un manojo de áspides retorciéndose en su interior y deseaba liberarlos uno a uno en las heridas de Cherny. Quería devolverle una pizca de su propia angustia.
— De todo lo que dijo, Alasta sólo se equivocó en una cosa: ella no me enseñó a tocar. Fue casi una casualidad. Rompió el escaparate de una tienda de música. El dueño me cogió a mí, y me amenazó con denunciarla — cada palabra sonaba como si a Gabriel le resultara físicamente doloroso pronunciarla, y Codi comprendió que sólo hablaba para poner fin a sus grotescos comentarios—. Le seguí el juego porque me interesaba. Creo que te conté otra historia, pero sólo fue porque eso no era…
—¿… asunto mío? ¿Tampoco la identidad de Alasta? — explotó Codi. La rabia luchaba por salir a flote—. Me mentiste desde el principio…
—¡Te conté más de lo que quería, más de lo que era tolerable! Lo único que omití fue lo que no fui capaz de pronunciar en voz alta… Que si las cosas hubieran sido mínimamente diferentes, si Faelas no hubiera estado allí, habría hecho esto… — la voz de Gabriel tembló— voluntariamente… a los quince años.
Aspiró aire entre los dientes apretados, trató de seguir hablando pero no pudo. Estaba tratando desesperadamente de contenerse, se dio cuenta Codi, pero no podía dejar de temblar.
—¿No te conté que no quería que nadie me escuchara tocar? — dijo con visible esfuerzo—. Mi madre, ella… no puedo contarte cómo era. Los niños no pueden diferenciar la realidad de la imaginación. Yo vivía inmerso en sus pesadillas. Cuando estaba tranquila, sentía por ella el tipo de cariño que puedes sentir hacia alguien muy desprotegido. El resto del tiempo… Acabas de verlo. Lo que escucharon Tallerand y Harden fue algo similar. No sabía que Alasta lo utilizaría.
— Lo sé — dijo Codi—. Ella me lo dijo.
Gabriel no pareció haberle oído.
— Si todo este tiempo te hablé de Alasta, ¡fue porque no se me ocurrió que pudieras conocerla! — dijo subiendo la voz—. ¡Y Tallerand me protegió, me volvió inalcanzable para ella! Me acogió aun sabiendo que le mentía en todo. Lo hizo por su propio interés, pero también trató de darme su afecto. No sabes lo que significó para mí. No quería hacerle daño. Nunca quise…
Escondió la cara entre las manos. Codi no oyó ningún ruido salvo la respiración forzada, pero vio que los hombros de Gabriel eran sacudidos por apenas controlados sollozos. Sabiendo cuán largo tiempo había temido que las cosas acabaran así, era doblemente doloroso ver su angustia. Pero entonces, Codi recordó su conversación con Tallerand. Algo le pasaba a Gabriel, había dicho, y tarde o temprano saldría a la luz en un arrebato de emoción que lo arrasaría todo. Algo que el viejo deseaba escuchar con impaciencia, que llegaría hasta su alma curtida…
— Tallerand entendía más de lo que crees — dijo.
En el centro del estudio, el brazo roto del orchestrón colgaba en posición precaria y oscilaba lentamente. Cuando Codi dejaba de hablar, podía oír el repetitivo crujido que emitía. Gabriel debía de oírlo también, porque acabó levantando la cabeza y mirando al frente en vez de al suelo. Su expresión seguía ausente, la aparente apatía tratando de esconder la descarnada desolación.
— El otro hombre…
— Escribió algo que molestó mucho a Lynne — dijo Codi.
—¿Le conocías?
— Era mi antiguo jefe.
Lamentó haber pronunciado las palabras casi de inmediato. Era demasiado fácil tomarlas como una acusación.
—¿Crees que hay algo que pueda hacer? — preguntó Gabriel tentativamente—. Su familia…
— Llevaba años sin hablar con su familia.
Gabriel se encogió ante lo lacónico de la respuesta.
— Lo siento — susurró, y Codi comprendió que no sólo se refería a Harden y Tallerand, sino también a él. Sobre todo a él—. Yo… No sé qué tengo que hacer. No sé cómo solucionarlo. Creo que no puedo. Le hice daño a Faelas porque quería librarla de esto. Tenía… tenía que habernos quemado a los dos.
— No digas eso — dijo Codi y levantó la mano, acallando la protesta que sabía que iba a venir—. Puedo juzgarlo, ¿no crees? Tengo derecho, he estado allí. Lo que hiciste no fue intencionado.
La respuesta fue resentida y muy baja, pero no pasó desapercibida para Codi a pesar de que Gabriel escondía la cara entre las manos.
— Lo que hizo mi madre tampoco lo fue.
— Pero tú eres más fuerte que ella — dijo el periodista—. A Eleni, su arrebato la destruyó. Se hundió, jamás recuperó el dominio sobre sí misma. En cambio, tú… Miraste a los ojos del desastre y diste un paso atrás. Has sido capaz de controlarte, cosa que ella nunca logró.
Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro del orchestrista. No había alegría en ella, ni ilusión, ni orgullo. Pero sí había alivio, el inmenso alivio de quien recibe un perdón que considera inmerecido. Y esa sonrisa calentó a Codi por dentro, le hizo sentir completo por primera vez desde que la música había cesado. Se puso de pie y alargó la mano a Gabriel. Supo que ambos estarían bien cuando el orchestrista aceptó su ayuda.