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Aunque Codi sentía la tentación de decir algo, cualquier cosa, era lo suficientemente inteligente para quedarse callado. Cherny le había hecho una pregunta pero no parecía esperar la respuesta: no miraba a Codi, sino a través de él. Los dedos de su mano izquierda se cerraban y se abrían reflexivamente, como si aún tuviera la copa en la mano.
Había una sola ventaja en tener a Gabriel Cherny mirándolo de aquel modo inquietante. Se notaba que tenía los mismos ojos que Fally Ramis, pero con una diferencia. La indefinible chispa de vida era límpida y apasionada en los ojos de ella, y reservada y oscura en los de él. Y, de forma totalmente absurda, fue eso lo que hizo que Codi creyera en sus palabras, creyera completamente y sin reservas a pesar de que eran, sencillamente, imposibles.
Tras largos segundos de espera, el orchestrista se movió. Dio dos pasos hasta la mesa y dejó allí el mensaje. El plateado sonido que emitió el marco al tocar la superficie delató la torpeza de sus movimientos. ¿Dónde estaba su compostura, la elegancia de sus gestos? Cherny estaba tan blanco como el suelo que pisaba. Cuando se volvió hacia Codi de nuevo, el periodista decidió que nunca había visto a nadie tan profundamente afectado por una noticia, tan desesperado por controlarse y tan absolutamente incapaz de hacerlo.
—¿De qué conoce a mi hermana? — preguntó Cherny de nuevo, y esta vez Codi notó que realmente deseaba saberlo.
— Me encontré con Fally cuando fui a entrevistar al señor Ramis. Estábamos los dos esperando para hablar con él.
—¿Y?
— Hablamos un poco. Luego me alcanzó en la calle y me dio el mensaje.
—¿Por qué? — Cherny aún no tenía pleno control sobre su voz, pero su hostilidad previa volvía a insinuarse.
De repente, Codi se dedicó a observar el suelo como si fuera una obra de arte fascinante. La del orchestrista era una pregunta retórica. ¿Por qué, qué? ¿Por qué había decidido Fally mandar el mensaje? ¿O por qué había elegido abordarlo a él? ¿Qué demonios quería Cherny que le contestara a eso? El periodista se sentía agudamente consciente de todo su cuerpo, desde la expresión de su cara hasta la posición de sus brazos caídos. Su inicial impresión de Cherny, basada en los vídeos repasados el día anterior, se había confirmado espectacularmente: era una persona calculadora y arrogante. Normalmente, estas cualidades desagradaban profundamente a Codi, pero ahora mismo el orchestrista estaba tan alterado y se esforzaba tan vehementemente por no mostrarlo que Codi no se sentía capaz de juzgarlo. No deseaba otra cosa que devolverle su privacidad. Con mucho gusto desaparecería del lugar de inmediato, pero ya había dejado claro que no estaba en su poder hacerlo.
— No lo sé — fue lo único que pudo decir.
Se miraron, la expresión del orchestrista endureciéndose en el primer instante y suavizándose después. Para sorpresa de Codi, Cherny incluso asintió mínimamente con la cabeza. La sangre seguía sin aparecer en su cara. Los dedos de su mano izquierda se movían nerviosamente y daban vueltas a un objeto que Codi no llegaba a ver.
— Hace mucho que no tengo noticias de ella.
— Es una muchachita increíble — dijo el periodista con sinceridad—. Muy seria para su edad, decidida. Muy simpática. Se está convirtiendo en una mujer magnífica.
— Era muy pequeña la última vez que la vi… Ella… ella… ¿qué hace? ¿Sabe si toca?
Qué pregunta tan extraña. ¿Era eso lo único que le interesaba a Cherny de ella, si tocaba? Curiosamente Codi podía contestarle, pero no lo hizo porque en aquel preciso momento la gravedad de los hechos, incluida la de su propio papel, se le echó encima. Todo aquel asunto podía ser ilegal… inmoral… se trataba de una menor de edad… Pensar en ello hizo que Codi recobrara parte de la cautela que perdió cuando puso pie en la isla de Gabriel Cherny.
— Fally me dio el recado — empezó a decir, tratando de formular la pregunta sin alterar aún más a su anfitrión—, pero no me dijo ni una palabra de todo esto y yo… comprenderá que me preocupe por el bienestar de la niña. No es que no le crea, pero…
— Faelas es mi hermana — le cortó Cherny sin inmutarse.
—¿Medio hermana? — sugirió Codi.
El orchestrista asintió.
— La adoptaron cuando tenía cinco años. Yo tenía… quince.
—¿Stiven Ramis es entonces su padre adoptivo?
Lo cual le dejaba a Codi con una nueva preocupación: qué haría el hombre si se enteraba de aquello. Menuda gracia le haría tener a su hija buscando a escondidas a su primera familia. ¡Y qué familia! Menudo culebrón. Pasto de noticiarios hasta finales de año.
Cherny no respondió a la pregunta. Se limitó a recoger el álbum de fotos que Codi había visto con anterioridad. Lo activó con gesto brusco y se lo pasó al periodista sin mediar palabra. Codi, inseguro de sus intenciones, lo aceptó. Pesaba aún más de lo que su decorativo marco sugería a simple vista, así que fue hasta el sofá y se sentó en el borde. Colocó el álbum cuidadosamente sobre las rodillas y examinó la primera de las fotos. Era una gran sala de conciertos con varios sillones tapizados en rojo en primer término. Varios hombres y mujeres vestidos de gala le miraban con una sonrisa educada… todos salvo uno. Cherny miraba hacia delante con una intensidad incómoda, el primero desde la derecha y el más joven de todos con diferencia.
— Estará por la mitad — oyó decir al orchestrista.
Codi hizo avanzar las imágenes. La siguiente foto era un banquete. Las sillas estaban tapizadas en blanco ahora, pero la expresión de las personas posando era la misma: una sonrisa amplia congelada para la posteridad. Siguió pasando las imágenes cada vez más rápido. Cherny y otros. Cherny y gente importante. Lo único que le llamaba la atención era que, igual que en los vídeos de Hoy y Mañana, el orchestrista nunca sonreía. Por lo demás, Codi no estaba muy seguro de qué era lo que tenía que buscar.
Lo comprendió al encontrarlo. Desde el primer instante, la imagen lo desconcertó. No había ningún adulto: se trataba de dos niños vestidos de gala. Una niña pequeña de pelo corto y enormes ojos negros. Detrás de ella un viejo conocido: Cherny adolescente, impecable y serio como en el Crialto. La niña estaba echada hacia atrás y apoyaba la espalda y la cabeza contra su pecho, un sencillo gesto que denotaba cariño. Ambos tenían las manos enlazadas de una forma curiosa: el pequeño dorso de ella cubierto por la gran palma de él. Codi se fijó especialmente en las manos de la niña por una razón: sus palmas eran claramente visibles y estaban sanas.
Quizá se trataba de Fally Ramis. Quizá no. Codi había visto una foto suya a una edad similar en el despacho de su padre, pero no se acordaba bien de la cara. Tras estudiar la imagen unos momentos, fue una coincidencia lo que le convenció. En esa foto llevaba el mismo vestidito que en la de Ramis: rojo con lunares.
El periodista sintió un repentino deseo de devolver el álbum. El resto de las imágenes no le habían provocado esa sensación: eran totalmente impersonales, el tipo de fotos que Codi esperaría usar en un artículo de homenaje. Esta, en cambio, tenía un significado más profundo y privado, desconocido para él. La contempló durante unos segundos, notando la despejada sonrisa de la niña y el excepcional sosiego en la expresión del muchacho, y luego apagó el álbum.
—¿Qué pasó? — preguntó con la máxima suavidad que pudo.
No era la indiscreción de su profesión la que lo empujó a indagar. Codi no quería inmiscuirse. Sólo comprender. Sabía que no era quién para hacer esa pregunta, y por muchas razones, pero una intuición cercana a la certeza le decía que una tragedia había resurgido del pasado de Cherny y acababa de alcanzarlo. Odiaba haber sido el instigador.
— Mi madre estaba muy enferma… fue raro que la llevara — dijo el orchestrista. Había aceptado el álbum, pero no hizo ademán de devolverlo a su sitio. Miraba la tapa cerrada como si aún pudiera ver la imagen, demasiado perdido en sus pensamientos para cuestionarle a Codi el derecho de indagar—. Cuando supe lo que significaban los cambios de su cuerpo, no me preocupé. Creí que ella… creí que la perdería en breve. Pero la llevó, mes tras mes, y al final me convencí de que verdaderamente íbamos a quedárnosla. Pero… se puso peor. Yo hubiera podido cuidar de las dos, pero no se lo dije con la suficiente claridad, o quizá ella no me creyó… Sé que trataba de proteger a la niña. No la culpo por lo que hizo, sólo de no avisarme de su plan… — se interrumpió. Tragó con visible esfuerzo, su mirada se aclaró. Cuando volvió a hablar, lo hizo con una voz mucho más firme—. Pero no le importa nada de eso. No quiero retenerle por más tiempo. Será mejor que se vaya.
— Preferiría quedarme… — se apresuró a asegurar Codi.
El instante de silencio que siguió a sus palabras le dio el tiempo justo para comprender que había dicho algo espectacularmente erróneo. Cherny no se movió de su sitio, pero el aire de la habitación pareció enfriarse y espesarse a su alrededor. Demasiado tarde, Codi comprendió cómo había interpretado su amable sugerencia y su invitadora sonrisa.
—¡LARGO DE AQUÍ! — explotó Cherny. El álbum fue a parar al sofá, aterrizando al lado del periodista—. ¡Sé lo que pretende, maldito payaso fisgón! Si menciona una palabra de esto a alguien, si oigo o leo o me llega un solo rumor sobre Faelas, le haré pasar por el infierno en vida. Estrujaré su entrometido cerebro de mosquito hasta que…
— Pero bueno, ¿por quién me toma? — Codi se levantó.
Una chispa de odio agudo ardía en los ojos de Cherny Codi comprendió que se había precipitado al pensar que había recuperado el control.
— Le tomo por lo que es: una entrometida alimaña dispuesta a hacer carrera a costa de los demás.
— Escribir sobre lo que otros quieran contarme no equivale a hacer carrera a costa de los demás — dijo Codi con severidad. Cherny había hablado prácticamente gritando y Codi inconscientemente hizo lo contrario, esforzándose por mantener un tono bajo y rígido. Sospechaba que no le duraría mucho—. Me interesan las vidas de las gentes y sus experiencias, contadas libremente. Me encanta escucharlas, comprenderlas y compartirlas con otras personas. Eso es lo que significa mi profesión para mí, y la adoro del mismo modo que usted puede adorar su música. ¡Y SI NO ES CAPAZ DE COMPRENDER ALGO TAN SIMPLE, TENGA AL MENOS LA DECENCIA DE NO LEVANTARME LA VOZ!
No era una persona que se enfadara fácilmente, y mucho menos hasta el punto de perder el control. Nunca en los tres años que llevaba trabajando en Hoy y Mañana había levantado la voz a un entrevistado. De hecho, nunca había levantado la voz a nadie, y punto. Era bueno comprendiendo las motivaciones de la gente, y la comprensión era el primer paso hacia el perdón. En el caso de Cherny, sabía que su repentina hostilidad venía del mismo lugar del que había venido su arrebato de confesiones previo, pero nadie le había llamado nunca payaso fisgón. Lo único que había querido era ofrecerle al hombre un poco de apoyo y compañía en un momento difícil, pero el muy capullo no había querido verlo.
Para su sorpresa el orchestrista no parecía enfadado por la inversión de los papeles de ambos. De hecho, tenía la decencia de parecer avergonzado, algo de lo que Codi no le había creído capaz.
— Lo siento si le he insultado — dijo Cherny bajando la cabeza—. Le pido perdón. Su visita me ha cogido por sorpresa. No suelo… Yo… lamento todo esto.
El periodista cogió aire. Como había previsto, ya se sentía culpable por la salida de tono.
— Yo también.
— Supongo que sólo hizo lo que Faelas le pidió, pero ella sigue siendo una niña… No es capaz de prever todas las consecuencias de sus actos. Me horrorizaría que tuviera que pagar por ello.
— Vengo aquí para hablar de Stiven Ramis. La vida de Fally no es de mi incumbencia.
La mirada que Cherny le regaló fue muy elocuente: deseaba intensamente creer las palabras de Codi, pero no las creía. Poniendo una mano en el corazón, Codi no podía culparle por ello. Una hermana perdida. Su madre estaba enferma y era obviamente pobre. Sólo con lo que Cherny ya había dicho, Codi tenía suficiente para especular sobre su biografía durante años. Pero Codi no se sentía un periodista en aquel momento.
— Dejemos el tema. Aún estamos a tiempo de dar un giro de ciento ochenta grados a la conversación — ofreció con presteza. Había estado a punto de sugerir nuevamente que era la hora de marcharse, pero decidió no hacerlo. Estaba seguro de que el hombre accedería a llevarlo a la costa, pero no quería que Cherny pilotara estando tan alterado—. Me ha dejado muy claro lo que piensa sobre los ambientes musicales, pero quizá prefiera ese tema a la alternativa.
— En realidad, hablar de Stiven Ramis se me hace más odioso aún — dijo Cherny con voz átona.
— Oh… Lo siento.
—¿Por qué se disculpa tan a menudo? — la hostilidad, ya calmada, había dado paso a un cruce de impaciencia e irritación—. No puede saberlo todo. Y no crea que le tengo miedo. Si publica una sola palabra de Faelas le hundiré, y será tan fácil como hundir una piedra en el agua. Así que, no es que no quiera hablar de ella. En realidad…
En realidad, sí quería pero no sabía cómo dejar de aferrarse a su máscara de invencibilidad. En realidad, en aquel momento debía de sentirse totalmente desarraigado en esa isla perdida en el océano. Se estaba poniendo a la defensiva y aún no se daba cuenta, y Codi sabía que ése era el momento perfecto para — con mucho, muchísimo cuidado— empezar a destapar aquella improbable relación entre la hija adoptiva de un magnate musical y el orchestrista que lo despreciaba.
Codi meneó la cabeza. Acababa de declarar que nunca hacía negocio a costa de las desgracias ajenas y ya estaba planeando forzar la mano de Cherny. Además… ¿No había querido boicotear a Harden? Ésa era su gran oportunidad de hacer honor a aquella decisión.
— Creo que estaré mejor en la ignorancia — dijo en tono ligero—. Guardar secretos ajenos es una actividad muy desagradecida.
Cherny se relajó visiblemente.
— No sé qué pensar de usted — admitió—. Escuche… ¿Ha cenado ya?
La pregunta dejó a Codi perplejo. No sólo por inesperada; no sólo porque había perdido la noción del tiempo y pensaba aún en la comida. Más que nada porque no podría haber cenado sin el conocimiento de su anfitrión.
— No — dijo.
— Cenaremos ahora, entonces.
Salieron de la casa por una puerta oculta en una esquina del salón. Al contemplar la isla desde la hélide Codi había notado que en el centro tenía una profunda depresión, llena de frondosa vegetación y oculta por la majestuosa corona de picos. Los cimientos del edificio se hundían en ese valle interior. El camino que Cherny había tomado subía, rodeando la casa por la izquierda, en una amplia espiral. Estaba cubierto de gravilla, y aunque las marañas de hiedra a ambos lados habían sido recortadas hacía poco, su trazado se perdía a escasos metros de distancia. La humedad y el dulce olor a savia de las ramas cortadas impregnaban el aire. El amputado perfil de uno de los picos ocultaba el sol.
Los caminos se bifurcaban con frecuencia. El periodista apartaba los tallos del camino y miraba diligentemente dónde ponía sus pies. Recordando la forma de la isla y viendo las paredes de roca estrecharse a su alrededor, estaba convencido de que pronto se encontrarían con un precipicio abierto al mar. Cuando Cherny se paró y se hizo a un lado, supo que había tenido razón. La estrecha grieta por cuyo fondo caminaban se abría a una pequeña plataforma que sobresalía sobre del mar. Una cúpula de cristal estaba pegada al acantilado. Al acercarse, Codi vio que en realidad no eran una sino dos, la más grande cubriendo a la más pequeña. El espacio entre ambas estaba ocupado por plantas. Sus tallos, exóticamente anudados, se unían en lo alto del invernadero en una maraña verde.
El periodista entró, siguiendo una indicación de la mano de Cherny. En el interior encontró una mesa servida para dos y dos sillones de respaldo alto.
—¿Cuándo ha decidido invitarme a cenar? — preguntó con sospecha al verlos.
— Hay una tormenta entre la isla y la costa — dijo Cherny—. Volver ahora no sería seguro.
— Pero si todo está en calma.
Cherny rodeó la mesa, puso las manos sobre el respaldo de su silla y miró hacia fuera, al trocito de cielo azul visible a través de los tallos.
— Lo parece — dijo—. Pero no es ésa la dirección en la que hay que mirar.
—¿Por eso no me echó en seguida? — adivinó Codi.
— Por eso le pregunté quién lo trajo. Rico es un buen piloto, volviendo a Montestelio en cuanto lo dejó aquí no habrá tenido ningún problema.
— Sabe mucho del mar y del tiempo.
— Crecí aquí.
Los ojos de Codi se abrieron de par en par ante la casual revelación. Según Snell, no hacía mucho que Cherny poseía el archipiélago. Si había crecido allí, no había sido como propietario. Miró a Cherny de reojo, tratando de decidir si la información había sido facilitada conscientemente o se le había escapado sin querer, pero no pudo discernir nada por la manera en que el orchestrista separó su silla y se desabrochó la chaqueta.
Al hacerlo, reveló el colgante que llevaba al cuello. No era un adorno típico. De hecho, ni siquiera parecía un colgante salvo porque Cherny lo llevaba sobre una finísima y muy larga cadena de oro. Al abrir la chaqueta se quedó enganchado: la cadena era demasiado larga. El tiempo que Cherny tardó en esconderlo debajo de su camisa, Codi pudo admirar la gema que era su parte principal. Era hexagonal, de pálido color azul, tallada como si fuera a ser incrustada en un anillo: un lado plano y pulido y otro en punta de pirámide. Algún tipo de mecanismo estaba incrustado en su interior, pero Codi no tuvo tiempo para verlo.
— No podrá volver hoy, así que relájese — oyó decir a Cherny, y se apresuró a sentarse él también—. Cenaremos, le enseñaré su habitación y mañana le llevaré a la costa. Sé que no soy un anfitrión agradable, pero ya me he disculpado ante usted y además no tiene otra salida.
Codi asintió con lo que esperaba fuera una expresión de agradecimiento. Había sido más feliz pensando que la invitación a cenar se debía exclusivamente a la buena disposición de Cherny y no a una condición meteorológica adversa. Aunque, siendo franco, todo lo que había vivido durante aquel día le parecía fascinante, lo cual significaba que Cherny era el único agraviado por su permanencia en la isla. Mantener una actitud amable le costaba lo suyo al orchestrista. Sus dedos no paraban de moverse, jugando con cualquier objeto. Eran muy finos, pulcramente cuidados, y se movían con una delicadeza y una velocidad prodigiosas. En la casa, Codi lo había visto dar vueltas a su copa vacía. Había roto la copa, pero ahora la había sustituido por una servilleta. No parecía consciente de que lo hacía.
— De acuerdo… — dijo el periodista en tono jovial—. Relajémonos y charlemos entonces. Quizá pueda hablarme de su trabajo.
—¿Para qué? Se nota que no sabe nada de orchestrones.
La sonrisa de Codi flaqueó sólo un instante.
—¿En qué? — preguntó.
— Me preguntó por qué me oponía a que se convirtieran en entretenimiento de masas. Llamó lo que Ramis quiere hacer… ¿qué palabra usó? Creo que fue «loable».
— Eso es cuestión de gustos.
— Es cuestión de lo que es el orchestrón, de lo que puede hacer y para lo que fue creado.
— La literatura fue creada por y para aquellos que sabían leer, pero su mayor triunfo fue convertir a los iletrados.
— Es periodista, ¿no? — repuso Cherny—. ¿Qué sentiría al ver un artículo suyo, escrito con celosa meticulosidad, leído por un mequetrefe que engulle pizza y que en vez de analizar los contenidos parlotea con sus compañeros de trabajo sobre las curvas de la nueva secretaria?
— Mucha gente lee los periódicos sin pararse a realizar un análisis crítico del contenido — observó Codi con una sonrisa benigna—. Eso no me ofende, pero entiendo lo que intenta decirme.
Cherny cerró los ojos y se echó hacia atrás. Por la solemnidad con la que lo hizo, parecía vagamente insatisfecho por la tolerancia mostrada por Codi.
— Imagínese que doy un concierto en la capital, un lluvioso día de otoño, y que el concierto es en memoria de la fallecida esposa de un director de orquesta — dijo con voz baja y paciente—. Imagínese que alguien lo graba y usted lo escucha. ¿Cuándo va a hacerlo? ¿De camino al trabajo? ¿Un domingo, echado en el sofá? ¿Con quién asociará la melancolía de la pérdida que va a sentir? En vez de tener una experiencia trágica pero enriquecedora, se sentirá desconcertado al no encontrar en su vida un recuerdo que explique el dolor que percibirá.
— Creo que exagera algo.
—¡No! — dijo Cherny con una mezcla de devota pasión y franco enfado—. Mi música no tiene sentido fuera del instante en el que fue creada. Una grabación puede resultar agradable al oído, emotiva, todo lo que usted quiera… Pero la función del orchestrón no es ser agradable o emotivo. No es eso lo que hace. Habla directamente a la conciencia de una persona… y eso es lo que peligra cuando Ramis consigue un nuevo cliente y le vende algo sacado de contexto pretendiendo que así le hará caer en el éxtasis.
Dicho esto, el orchestrista se calló y se dedicó a sorber el líquido granate de su copa. Parecía creer que había zanjado el tema.
— Sacado de contexto o no, la gente adora lo que toca — se rebeló Codi—. Puede que no lo experimenten de la forma más completa, ni sepan exactamente dónde ni para quién tocó, pero les gusta de todas formas. No puede negar la creciente popularidad de los ambientes musicales…
— Si cree que popularidad es sinónimo de calidad, debería reescribir su diccionario. La relación entre las emociones y la música es tan compleja que nadie, ni siquiera los expertos más laureados, pueden presumir de entenderla. Ni siquiera logran ponerse de acuerdo sobre lo que es la emoción, o cuántas posee el ser humano.
—¿Es importante contarlas y ponerles nombre?
— Es importante saber qué es lo que espero despertar con mi música.
Codi asintió. La conversación empezaba a ser de su agrado. El intercambio era ingenioso e imprevisible, y la renacida agresividad verbal de Cherny ya no se debía a que Codi era un intruso, sino más bien a que no estaba obteniendo una victoria inmediata, a pesar de ser el experto en el tema.
Desde que había puesto pie en Emociones Líquidas, Codi había querido saber más sobre la sensación que le había asaltado en el césped. Esa dulce y mareante felicidad que había surgido de la nada dentro de él, más parecida a una droga exótica que a un sonido. Había tratado de hablar de ello pero ni Ramis ni Harden le habían entendido, o querido entender. Cherny era el único que se acercaba, y mucho.
— He estudiado todas esas teorías; fue de las primeras cosas que aprendí — seguía diciendo—. Mi maestra era partidaria de una, creo que más por ser simple que por ser cierta. Por extensión, es la misma en la que creo yo. Nombra sólo seis emociones: enfado, disgusto, miedo, alegría, tristeza y sorpresa. Cada una de esas emociones puede ser impresa sobre una persona mediante música de orchestrón.
— Creo que Ra… el señor Ramis me dijo algo similar, pero sinceramente… me sigue pareciendo demasiado extremo. Ciertas cosas suenan bien, pero pertenecen más al ámbito de la ficción. Decir que una persona tiene seis emociones básicas y ofrecerse a provocar cualquiera de ellas a voluntad… La mente humana no es un cuadro, y usted no dispone de tres colores básicos con los que crear cualquier imagen.
— Debo darle la razón. Tocar un orchestrón es mucho más complejo que pintar un cuadro. Aun así, complejo no equivale a imposible. Sólo a… selecto.
Dicho esto, Cherny esbozó la severa sonrisa de quien acaba de dejar a su contrincante derrotado y sin derecho a réplica. Codi hizo caso omiso de la expresión. Comprendía que su insistencia hería el orgullo profesional de Cherny, pero tenía muy claro que tenía derecho a una opinión.
—¿Lo ha hecho usted alguna vez?
— Lo he hecho muchas veces.
— Lo siento, pero creo…
—¡No me importa lo que usted crea! — estalló Cherny—. ¿Por qué sigue pensando que puede opinar a pesar de que ya ha quedado establecido que no sabe nada del tema?
Codi, en medio de su frase, se quedó con la boca abierta. La cerró. Contó hasta cinco, aprovechando el tiempo para imprimir a su voz un tono de reposada dignidad.
—¿Es que la impertinencia es su cura para el aburrimiento? — preguntó.
— Ser impertinente es no llevar razón y negarse a admitirlo.
— Sólo creo lo que veo… o escucho — dijo Codi con notable serenidad. Estaba tentado de redefinir la impertinencia para Cherny, pero lo dejó estar. La paciencia ganaba más debates—. En Emociones Líquidas, pude escuchar un ambiente musical. Me pareció excepcional. Pero ni siquiera aquello se acercaba a una de las seis emociones de la teoría que acaba de mencionar.
— Podría demostrárselo — había algo definitivamente predatorio en la voz de Cherny. Sus palabras sonaban más como una amenaza que como una proposición.
— Me encantaría.
— No sabe lo que dice.
El orchestrista había estado cortando algo en su plato con gestos precisos, pero dejó los cubiertos y la servilleta aparte. Codi notó que su mano había encontrado un nuevo juguete. Ahora daba vueltas al objeto que tenía colgado del cuello.
— Sólo creería en algo así si pudiera experimentarlo — insistió a pesar de todo.
Cherny volvió a sonreír. Codi había visto todo tipo de sonrisas en su vida, desde la risueña risa de Cladia — hizo un esfuerzo para apartarla de su mente— hasta las crueles muecas de algún actor especializado en papeles de villano, pero era la primera vez que veía cómo un gesto tan sencillo cambiaba un rostro de una manera tan tajante. En los holos y en la realidad, Cherny era un hombre extremadamente bien parecido; su sonrisa no dejó más que crueldad escrita en su cara.
Moviéndose lentamente, el orchestrista se quitó la gema y la dejó sobre la mesa. Codi fijó la vista en ella, sintiendo que le costaba apartar los ojos del hombre, tan grotesca era la transformación. Su impresión inicial se veía confirmada; la gema albergaba algún tipo de mecanismo en su interior. Ahora, con una luz suave que emanaba de su interior, se veía con más facilidad.
Los finos dedos de Cherny la acariciaron con cuidado, desenganchando la cadena. Había caído sobre una arista, y tenía seis. El orchestrista la empujó levemente, haciéndola rodar por la mesa, apoyándola por turno sobre cada una de ellas. Cada vez que una arista tocaba la mesa, una palabra se proyectaba en azul pálido sobre el mantel.
— Enfado, disgusto, miedo, alegría, tristeza y sorpresa — recitó Cherny—. Cuestión de azar. ¿Qué emoción quiere que le toque, señor Weil?
Codi no tuvo tiempo de responder. Con un gesto brusco, Cherny hizo girar el objeto sobre sí mismo. Como si de una peonza se tratara, la gema bailó entre los platos. Codi siguió su evolución, sintiéndose cada vez más inquieto por dentro. No era por el juego en sí; le parecía una ocurrencia estúpida. Era la actitud del orchestrista lo que no le gustaba. Sabía que la intención de Cherny era darle una lección, pero no entendía de qué manera.
La peonza bailaba cada vez con más pereza. Enfado, disgusto, miedo, alegría, tristeza y sorpresa… Se dio cuenta con desmayo de que sólo había una emoción positiva entre seis. Si Cherny hablaba en serio, sus probabilidades de pasarlo bien no eran altas. Las entrañas de Codi sufrieron una desagradable contracción. Ya estaba. La joya se tambaleó justo delante de su propio plato. El periodista entrecerró los ojos para leer el mensaje…
La mano de Cherny salió de la nada y se cerró sobre la gema, ocultándola en el puño. Codi, sorprendido, levantó la mirada hacia el orchestrista. Vio que éste se mordía el labio. Todo rastro de desafío había desaparecido de su cara. Entreabrió el puño, como si quisiera vislumbrar qué emoción hubiera salido de haber seguido con el juego, pero lo cerró en seguida.
— Creí que quería demostrarme algo — dijo Codi.
Observó mientras Cherny volvía a guardar la gema en el pecho. Cuando terminó de hacerlo y siguió sin ofrecer una respuesta, el periodista probó de nuevo.
—¿Qué era eso exactamente?
— Nada… Una tontería, un juego — Cherny sacudió la cabeza—. Le gusta demasiado llevar la contraria. Me ha hecho perder los estribos. Siento haberle asustado.
—¿Asustado? — repitió Codi—. Es una palabra sorprendente para describirlo.
Inquietado como mucho. Agobiado un poco… Enfado, disgusto, miedo, alegría, tristeza y sorpresa, recitó de memoria. A juzgar por la reacción de Cherny, éste no había albergado dudas acerca de su capacidad para cumplir con el mandato del azar. Más bien todo lo contrario.
Había dado por supuesto que Codi se sentiría incómodo con el juego. Y eso le hacía pensar en…
—¿Alguna vez ha tenido algún… problema…?
—¿Quién? — preguntó Cherny con brusquedad.
— Alguien…
—¿Con qué?
— Emociones demasiado fuertes — exhaló el periodista—. Alguien con predisposición a la melancolía que haya caído en la depresión tras ser expuesto a la tristeza… Algún espectador maleducado que haya decidido montar un escándalo tras ser vigorizado por la música…
La cara de Cherny se oscureció. El orchestrista apretó los labios y bajó la vista hasta su plato para cortar en cuartos un canapé ya de por sí muy pequeño. Codi contuvo el aliento, preguntándose si Cherny habría adivinado dónde le había llevado la asociación de ideas. Orchestrón, ambientes musicales. Stiven Ramis, suicidios. No era una insinuación educada, y si Cherny era consciente del trasfondo, Codi no iba a obtener respuesta.
Decidió que sería mejor dejar el asunto y se concentró también en su plato. Algunos de los manjares tenían sabores extraños, muy cargados de especias, y los dejó aparte disimuladamente.
— Somos personas, no seres sobrenaturales — dijo Cherny de repente—. Podemos imprimir emociones a la gente, pero sólo hasta cierto punto. Sólo se puede tocar sobre lo que uno mismo conoce.
Después de aquello comieron en silencio. A Codi le venía bien. Estudiaba a su anfitrión, tratando de adivinar las razones que le hacían llevar una vida recluida en una isla como aquélla. El Cherny adulto no era tan diferente del Cherny adolescente que había visto en el reportaje sobre el Crialto. Había crecido, afianzado su técnica y su fama, pero su mirada seguía siendo reservada y sobria y se encontraba continuamente alerta ante la presencia de extraños. Ahora evitaba la mirada de Codi, sus ojos vagando por el paisaje fuera de la cúpula. Su mano izquierda jugaba distraídamente con el más pequeño de los tenedores. Por mucho que Codi tratara de imaginar en qué estaría pensando, no lograba hacerse una idea.
—¿Ha terminado? — preguntó Cherny de repente.
Codi había terminado hacía tiempo, pero no lo dijo. Sólo asintió, y ambos se levantaron al unísono. Codi fue el primero en salir fuera de la cúpula.
La predicción de Cherny se cumplía. El tiempo había empeorado notablemente. Las nubes habían hecho acto de presencia. Eran bajas y pesadas, incapaces de retener la lluvia en sus vientres por mucho más tiempo. Las ráfagas de viento traían consigo el polvo de agua salada. Golpeado por las ariscas bofetadas del aire, el periodista se acercó cuidadosamente al borde del acantilado, sobrecogido por el espectáculo de la próxima tormenta.
El mar estaba cambiando ante sus ojos. El horizonte ya no estaba formado por dos perfectos círculos azules: el claro del cielo y el oscuro del agua. Los colores se habían mezclado y una neblina gris, densa e impenetrable, avanzaba hacia la isla. Codi miró a Cherny de reojo. El orchestrista se había separado de él y también se había vuelto cara al mar. Sus ojos estaban muy abiertos pero parecían ciegos, y los truenos no provocaban ni un leve parpadeo en él. Estaba totalmente quieto, salvo las manos, recorridas por unas sacudidas rítmicas, muy complejas. Durante un tiempo, Codi contempló aquel estado de ensoñación con una mezcla de sentimientos: admiración, fascinación, extrañeza. Ahora comprendía de dónde venía la inconsciente tendencia de Cherny a jugar con los objetos. Estaba tocando un orchestrón imaginario, Codi estaba seguro de ello, pero por más que lo intentara no era capaz de imaginar un instrumento que se pudiera tocar así.
Aunque inseguro de la reacción que iba a provocar, Codi extendió el brazo y tocó su mano. Inmediatamente Cherny se tensó y la retiró. Sus ojos se aclararon.
— Lo siento — dijeron ambos al unísono.
— Lo siento — repitió Codi—. Me pareció que estaba…
Buscó una palabra que fuera sincera y que no faltara al respeto. Miró al hombre con impotencia y se encogió de hombros. Para su sorpresa, Cherny asintió.
— Lo estaba — dijo—. La música nunca se apaga en mi cabeza. La oigo siempre: mientras como, mientras leo o mientras hablo con usted. Y cada cierto tiempo necesito dejarla salir, o ella se busca un camino.
Cruzaron la isla hasta llegar a la casa. Una vez dentro, Cherny subió por las escaleras indicándole a Codi que hiciera lo mismo. Suponiendo que estaba a punto de recibir una habitación para descansar, y celebrando ese hecho por adelantado, el periodista le siguió los pasos. Rellano tras rellano, repasó de nuevo la extraña arquitectura del edificio. Cuando Cherny pasó por delante de la gran puerta que había llamado su atención al bajar no pudo reprimir el deseo de preguntar qué había detrás.
— Mi instrumento — fue la respuesta—. Treinta y un registros. Uno de los más grandes que hay.
— En las dos plantas superiores no hay ninguna puerta.
— Claro que no.
Codi tardó un segundo en procesar la respuesta.
— No sabía que fuera tan grande — murmuró.
— La mayoría de la gente no tiene ni idea del aspecto que tienen — dijo Cherny. Se apoyó con la espalda contra la enorme puerta. A Codi le pareció que con el gesto pretendía proteger la máquina que se escondía dentro—. Ni siquiera sus más adeptos fanáticos. No suele instalarse en un escenario, sino debajo de él. Lo normal es que un intérprete salude al público y luego desaparezca de la vista. Le enseñaría el mío pero verlo no le ayudaría a comprender cómo funciona. No tiene cuerdas, clavijas, ni hay que soplar por ninguna abertura. Está formado por sensores, millares de ellos, que se ponen en contacto con la piel en las zonas más sensibles, allí donde hay más densidad de terminaciones nerviosas: yemas de los dedos, manos, brazos. No hay necesidad de realizar movimiento alguno: el instrumento puede sentir el impulso antes de que el músculo efectúe la acción. Eso es lo que hace al orchestrón tan diferente. La conexión con la mente es más directa, obviando la torpeza del movimiento. Imaginar la música es suficiente para hacerla real. Y esto me permite volverme uno con ella, como si la melodía fuera una prolongación de mí mismo… — se calló y bajó la cabeza—. No puedo explicarlo mejor, y temo que viéndolo se llevará una impresión muy distorsionada. Tiene una estructura muy complicada, y los sensores…
Claramente, la idea de que un extraño pudiera ver su instrumento violentaba a Cherny. Era el mismo tipo de incomodidad que podía sentir el padre de una hija adorada por él, brillante, divertida y compasiva, pero poco agraciada físicamente. Temía que Codi juzgara mal su tesoro más preciado.
— No tiene por qué enseñármelo — se apresuró a asegurar Codi.
Cherny asintió.
La doble puerta se abrió bajo sus manos, y un paso hacia atrás fue suficiente para que él penetrara en el estudio. La puerta se cerró rápidamente de nuevo, y la apertura nunca fue lo suficiente grande para que Codi pudiera ver bien en interior. Notó que era oscuro, aunque el entorno reaccionó a la entrada de Cherny aumentando la luminosidad. Aparte de la increíble dimensión del objeto que había dentro no pudo distinguir absolutamente nada más.
El periodista observó la puerta cerrada meditando sobre la descripción de Cherny, dando vueltas a la palabra «sensor». Luego parpadeó, de repente atónito, y pasó la mano por su pelo enmarañado. Acababa de darse cuenta de que Cherny le había abandonado.
Tras reflexionar unos instantes subió a la azotea: recordaba que desde allí se veía toda la isla, y esperaba poder observar mejor la tormenta. Saliendo fuera, fue consciente de que la oscuridad había caído definitivamente, y que el calor de la tarde había dado paso al penetrante frío. Gotas errantes caían sobre el pavimento, cubriéndolo de manchas redondas y oscuras.
Mezclándose con el irregular tamborileo de la lluvia, una melodía subía desde las profundidades, tan baja que casi quedaba ahogada por los golpes de las olas. Era un sollozo sofocado, una finísima espina que se clavaba dulcemente en el corazón. La melodía se mezclaba con las olas del mar, con el aullido del viento, subía de volumen con desgana. La lluvia caía cada vez más fuerte pero Codi no se daba cuenta de ello, paralizado por las escenas que Cherny pintaba, atravesado por la infinita tristeza que el orchestrista volcaba en el aire. Música en el aire. Tormenta en el cielo. Ambas crecieron, cobrando intensidad y afirmándose. La melodía se fundió con las ariscas bofetadas del aire, tratando de cohibir su dolor y fallando, y se convirtió en un grito que estremecía los fundamentos de la isla.
El periodista nunca supo cuánto tiempo pasó allí, suspendido en la irrealidad, viendo cómo la música y la tormenta se entrelazaban y se hacían una sola. Por primera vez fue realmente consciente del talento de Gabriel Cherny y del verdadero alcance de su poder. Sólo cuando la lluvia terminó de empapar su ropa y el mordisqueo del frío nocturno se hizo insoportable, Codi se decidió a moverse. Cruzó la azotea que se hundía en la oscuridad. Encontró a tientas la entrada a la casa.
La música era audible también dentro pero ya el dolor menguaba, los sollozos se calmaban. La agonía que antes lo consumía todo se transformaba en un dolor sordo, aceptado y siempre presente. La puerta del estudio seguía cerrada. Codi se aproximó tratando de no hacer ruido. Apoyó la mano en la puerta, pero no hizo presión. Intuía que aquella noche no se abriría para él.