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Lo siento. Sé que he perdido mucho tiempo sin conseguir ningún resultado. Pero creía que valía la pena: si hubiera podido entrevistar a Cherny, el material hubiera mejorado mucho.
Etcétera, etcétera. Una vez dichas las primeras palabras de penitencia, el resto era más fácil… pero aun así costaba. Hacía tanto tiempo que Codi no había pronunciado un monólogo de ésos — había confiado en ser capaz de evitarlos para siempre— que su orgullo se había vuelto extremadamente susceptible.
Desde su vuelta de Montestelio hasta el momento de entrar en la redacción había dudado sobre qué hacer. Tenía dos posibilidades: contarle la verdad a Harden y hacerle partícipe de sus dilemas morales, o asegurar que su intento de acercamiento fue un fracaso. Poner un pie en Hoy y Mañana y ver la cara de Harden resolvió sus dudas, pero llevar a cabo el plan estaba costando más de lo previsto.
— Fue una estupidez, Candance, ¡una maldita estupidez! — sedentario y enamorado de su sillón como era, Harden se había tomado la molestia de ponerse de pie para no darle a Codi la ventaja de la altura—. ¿Tienes idea por lo que estamos pasando? La cosa está al rojo vivo, ¡y tú decides volver con las manos vacías!
— Lo siento. Pensé que…
—¿Y quién te manda pensar?
Codi apretó los dientes. Harden no solía ser tan profuso en sus rapapolvos, de hecho su manera de hablar con los subordinados era ilusoriamente respetuosa la mayor parte del tiempo. Pero se había puesto de un humor terrible tras escuchar el informe, sin que Codi pudiera adivinar la razón. La «fallida» entrevista no desempeñaba un papel tan importante en el gran esquema de las cosas. Quizá era consecuencia de que los últimos acontecimientos habían puesto al jefe bajo una gran presión, y la ausencia de Codi se había dejado notar demasiado.
— Sólo hice lo que me mandó — acabó mascullando Codi su argumento más infalible.
Por supuesto, a Harden no le hizo ninguna gracia.
Durante el resto del día el reportero estuvo corrigiendo las faltas de estilo en dos reseñas menores que su jefe le había endosado, reescribiendo totalmente lo hecho por Harden con oscuro placer. Habiendo superado — casi— su enojo, recibió una llamada de Cladia que le alegró el resto de la tarde. Fue amable y bienintencionada en sus consejos sobre cómo tratar a un jefe gruñón. También escuchó comprensiva todas las excusas de Codi por su prolongada desaparición. Codi no deseaba otra cosa que contarle en detalle lo que había ocultado a Harden, pero sabía que no tenía más derecho a hacerlo que en el caso de su jefe. No eran sus secretos, al fin y al cabo. Quizá por esa razón no hablaron demasiado.
La semana pasó en un tenso tira y afloja. Harden estaba más cáustico que de costumbre, negándose a moderar el tono de sus comentarios y cambiando de idea sobre los artículos tres o cuatro veces al día. No había alma en la redacción que no tratara de evitarle, y todos esperaban con ansia la llegada del fin de semana.
La mañana del lunes siguiente, una semana después de haber vuelto de las Hayalas, Codi encontró sobre su mesa un sobre con su nombre. Iba decorado con un ojo ámbar y una lágrima. Al abrirlo, dos invitaciones cayeron sobre sus rodillas.
Codi no había vuelto a participar en nada relacionado con Emociones Líquidas desde el día de su vuelta. Al principio había pensado largamente en Fally y en sus posibles encuentros con ella, pero con cada día que pasaba tanto la niña como Cherny se le antojaban más lejanos, personajes públicos inalcanzables para él. Eso no impedía que siguiera con gran avidez todas las noticias sobre Ramis. El hombre y su empresa iban camino de convertirse en el espectáculo público del año.
En absoluto intimidado por las celosas atenciones de dos magnates de Airnet, Ramis había decidido vender sus ambientes musicales al mejor postor. ¿Que Resonance y Magnum Air peleaban por los derechos exclusivos? Dejaría que las dos empresas le hicieran una única oferta. La que más dinero ofreciera se quedaría con los derechos en el acto. El propio acto, precedido de un cóctel en la sede de Emociones Líquidas y seguido de una rueda de prensa, era la última novedad concerniente al espectáculo mediático dirigido por Ramis, y Codi acababa de recibir dos invitaciones a nombre de Candance Weil y acompañante.
Codi contempló el trazado de las letras caligráficas en el trozo de cremoso papel. Recibir las invitaciones era increíble en sí mismo. Ramis se acordaba de él, y de la promesa que le había hecho. Se sentía ciertamente honrado, y preocupado sin remedio. Los actos sociales no eran lo suyo; eran ideales para Harden y su acompañante. El magnate musical, o más probablemente su secretaria, había perdido de vista el hecho de que Codi había acudido en sustitución de su jefe.
El periodista resolvió el problema presentándose en el despacho del editor e informándole de que Snell había recibido las invitaciones «para ambos». Jugó sus cartas a la perfección: se asomó al despacho de Harden en medio de una reunión con varios peces gordos de los medios rivales, se aseguró de que todos se enteraban de la noticia y se retiró bajo la beneplácita mirada del jefe, seguro de estar finalmente absuelto de sus faltas anteriores. De vuelta a su mesa, dejó las invitaciones en el fondo del cajón más bajo, el mismo donde días antes había escondido el mensaje de Fally. Pensar en la oportunidad que las invitaciones le presentaban para ver a la niña le provocó una desagradable desazón a la altura del estómago. La suprimió en seguida. Era absurdo: si se topaba con ella, quizá hablaran, pero era muy poco probable que una cría participara en una recepción que iba a prolongarse más allá de la medianoche. Y en cualquier caso, era ridículo estar preocupado por una niña que apenas conocía y que a la postre le había mentido.
Pero lo estaba.
La sede de Emociones Líquidas se había transformado para la recepción. Los accesos al edificio estaban llenos de curiosos. Los reporteros invadían el césped esmeralda. La entrada por la que normalmente desfilaban discretos empleados ahora albergaba vaporosos vestidos y camisas almidonadas. Conversaciones, saludos y estallidos de risas se oían por todas partes. La música era la reina de la noche: cada rincón albergaba una diferente y la ofrecía a los invitados como si de una exquisitez gastronómica se tratara.
Al salir del vehículo Codi avanzó casualmente hacia la entrada, cruzando el césped por delante de Harden y dejando atrás a un grupo apretado y algo hostil de no invitados. En vez de su atuendo casual, llevaba su mejor traje, recién salido de la tintorería, y zapatos nuevos. La ocasión requería perfección en todos los sentidos.
El guarda de la entrada les prestó poca atención hasta que comprobó la identidad del periodista. Sólo entonces levantó la cabeza y miró a Codi directamente, y con interés.
— Señor Weil, bienvenido a Emociones Líquidas — dijo—. Si es tan amable de no alejarse del salón principal, el señor Ramis le dedicará unos minutos de su tiempo.
Codi maldijo internamente. Aunque se sintiera halagado por esa nueva demostración de buenas intenciones por parte de Ramis, su pan de cada día dependía del beneplácito de Harden, y las cejas fruncidas del editor mostraban claramente que no estaba sorprendido por el comentario.
— Muy agradecido.
Codi se movió con determinación hacia el interior del edificio, abriéndose camino entre grupos de invitados. Cuando llegó al centro del hall y se topó con el logo giratorio de Emociones Líquidas finalmente se paró. Los camareros paseaban entre los asistentes, repartiendo bebidas y canapés. Codi siguió la trayectoria de uno de ellos con mirada no exenta de anhelo. Necesitaba una copa, aunque sólo fuera para tener las manos ocupadas.
—¡Qué suerte! — dijo volviéndose hacia Harden—. Es un detalle que Ramis quiera dedicarnos tiempo.
— Sería un tonto si no lo hiciera — gruñó el editor—. Somos un medio muy respetable, pareces olvidarlo con demasiada frecuencia.
Eres un representante de Hoy y Mañana, no un pedigüeño de un periodicucho local. Quiero ver menos humildad y más empuje.
— Hoy es su día, no el nuestro. Si nos contesta a tres o cuatro preguntas, seremos muy afortunados. Deberíamos prepara…
—¿No tienes nada preparado? — interrumpió Harden con desaire.
—¡No sabía que Ramis accedería a tanto!
— Estableciste el primer contacto, sabrás a qué trato llegasteis. No puedes depender de mí hasta para controlar tu agenda.
El interior de Codi hirvió ante la llana injusticia de todo aquello. Estaba cediendo a Harden el fruto de su trabajo, ¡y éste aún tenía el descaro de amonestarle! Por suerte, el mal humor de Harden se disipó pronto. A diferencia de Codi, que se sentía mareado por la constelación de invitados, el editor tenía muchos conocidos entre los asistentes. No tardó en desaparecer entre la multitud del brazo de una señora entrada en años. Su última mirada a Codi dejaba claro que estaba aplacado sólo parcialmente.
Codi observó cómo se iba, luego se encogió de hombros y fue a conseguir la deseada copa. A falta de conocidos con los que pasar el tiempo, se centró directamente en el objetivo y se abrió camino hacia donde se encontraba Stiva Ramis. El hombre era fácil de localizar: la densidad de invitados aumentaba a su alrededor. El periodista se paró a una distancia prudente. No pensaba repartir codazos para acercarse; eso ya lo hacían otros. Dio vueltas a su copa de Chaydrassé, admirando el color y preparándose para saborearla. Los canapés, más parecidos a pequeñas obras de arte que a productos comestibles, tendrían que esperar. No se arriesgaría a hablar con Ramis con la boca llena.
La paciencia de Codi dio fruto con rapidez. La primera vez que Ramis miró en su dirección no pareció reconocerle, pero la segunda vez que sus miradas se cruzaron Codi le saludó levantando la copa. Su corazón dio un agradable brinco cuando Ramis le devolvió el saludo. Codi se abrió camino hasta donde se encontraba el hombre y fue saludado con una palmada en la espalda que habría hecho trastabillar a un hombre más enclenque.
— Candance, ¡me alegro de verte! ¿Creías que me había olvidado de ti? Yo nunca… olvido… ¡las promesas!
Tenía los ojos enrojecidos y brillantes y una mirada pesada. Parecía que llevaba celebrando su futuro contrato desde mucho antes del inicio de la fiesta.
— Tiene suerte de poder permitírselo — dijo Codi—. Yo, a veces, no tengo más remedio que hacerme el despistado.
La risa de Ramis fue alta y prolongada.
— Candance, desde siempre sabía que… llegaría… esto… hoy. Estaba seguro. Lo he estado esperando. Quiero que lo celebres conmigo.
— Lo haré. Y después escribiré un bonito artículo sobre la subasta.
— Veo que eres listo… No tan listo como yo, pero… bastante.
Codi ahogó una carcajada. En su estado actual Ramis no aguantaría de pie hasta las doce de la noche, la hora fijada para el anuncio de ofertas. Necesitaría acostarse unos minutos para terminar la velada en forma.
—¿Puedo hacerle preguntas ahora? — propuso.
—¿Ahora? ¡Claro que no! Quieres pillarme, ¿eh? Pero te reservaré la primera después de la subasta, ¿qué te parece? ¿No? ¡Dos, entonces!
—¿En la rueda de prensa después del anuncio?
— Eso es.
Codi pensó a toda prisa. Haciendo la primera pregunta de la rueda de prensa pasaría por encima de Harden tan contundentemente como podía hacerlo un carguero por encima de una hormiga.
— Me parece estupendo — oyó su propia voz viniendo de lejos, como si perteneciera a otra persona—. Es más que generoso por su parte.
Una nueva palmada en la espalda, y Ramis se separó de él. Codi se quedó donde estaba, mirando cómo el magnate volvía a ser rodeado por un denso anillo de admiradores de todas las edades y tallas. Tomó un sorbo de Chaydrassé y movió la copa en lentos círculos, estudiando la huella que el líquido dejaba sobre el cristal. Cuanto más conocía a Ramis, más desconcertante le parecía. Había heredado una pequeña empresa familiar y la había expandido hasta convertirla en la próspera Emociones Líquidas. Había tenido la osadía de organizar una subasta tan descabellada como aquélla: con las dos redes presentando su oferta en dos sobres cerrados que iban a ser abiertos a las doce de la noche.
Simplemente, no daba la talla. Era un vendedor. Escurridizo, rápido con los números y en ver un negocio prometedor. No era un creador. No era un líder. Le faltaban agallas para ser el alma de la subasta de esa noche. Tenía a alguien detrás, y Codi tenía cierta idea sobre quién podía ser. Buscó con la mirada el logo de Emociones Líquidas. Esperó a que el gran ojo con la lágrima diera la vuelta y mostrara su otra, más críptica, cara.
Aquamarine. Un nombre sin significado obvio sobre el que no había podido reunir ninguna información. La doctora Lynne con su impecable aspecto. Codi había tratado de encontrarla entre los asistentes, pero no le había sorprendido no verla. Estaría cerca, pero no entre la gente. Vigilaría desde una discreta distancia. Codi volvió a acercarse la copa a los labios. Aún no la había apartado cuando unos dedos pequeños se cerraron alrededor de su muñeca. Mirando hacia abajo, vio dos pies largos y huesudos con zapatitos de pequeño tacón.
—¿Fally?
La niña apretó la muñeca de Codi con más fuerza y tiró. Dócilmente, Codi se dejó arrastrar. La determinación de Fally era envidiable, igual que su rapidez en sortear diferentes obstáculos sin soltarle ni una sola vez. Salieron del hall y pasaron por varias salas cada vez más vacías de invitados, abriendo puertas para interrumpir a pequeños grupos cuyas conversaciones quedaban acalladas al instante.
— Perdón — alcanzaba a decir Codi.
No se había imaginado que la sede de Emociones Líquidas tuviera una distribución tan enrevesada. Por suerte, la hija del dueño sabía dónde le llevaba. Subieron por una escalera — un piso solamente— y salieron a una pequeña galería que terminaba con un balcón. Al asomarse, Codi vio que el balcón sobresalía por encima del hall que acababan de abandonar. La posición era muy ventajosa: podía ver los movimientos de todos los asistentes.
Fally soltó la mano de Codi y se sentó en una banqueta del rincón. Codi se ajustó la manga del traje y se tomó unos segundos para estudiarla. Vestía un traje de terciopelo color granate: una falda corta y recta que subrayaba lo huesudas y largas que eran sus piernas y una chaqueta de manga corta que hacía lo mismo con su cuello. Comparado con esa vestimenta, el atuendo con el que la había visto la primera vez resultaba favorecedor. Al menos, no era tan falso.
Durante un tiempo la niña no dijo nada. Miraba a Codi con indecisión; la cabeza agachada, los hombros caídos.
— Mantén la espalda recta — dijo el periodista.
El inesperado comentario le salió del alma. La niña levantó la cabeza y le enseñó la lengua, pero en seguida volvió a esconder la cara. Resultaba obvio que algo la atormentaba, que quería compartirlo con Codi y que no sabía cómo empezar. Tentativamente, Codi extendió su brazo y lo pasó por el pelo de la niña. El gesto le resultó igual o más extraño que el comentario, pero parecía el correcto dadas las circunstancias.
—¿Qué pasa, saltamontes?
Fally sorbió el aire por la nariz al notar el contacto.
— Vamos, dime qué ha pasado. Para eso hemos venido aquí, ¿no?
La niña levantó la cabeza.
—¿Por qué lo trajiste? — preguntó con enfado.
—¿Qué traje?
— Gabriel está aquí.
—¿Estás segura?
No creía que Gabriel fuera a acudir a la subasta. Simplemente no podía ser; aparte de despreciar abiertamente a Ramis, las últimas palabras de Cherny en las Hayalas habían dejado muy claro cómo quería que se desarrollara su relación con Fally.
— Compruébalo tú mismo.
Codi se apartó de la niña y se asomó al balcón. Había tanta gente reunida allí abajo que dudaba de que fuera a reconocer a alguien entre los invitados, pero no tardó en encontrar a Cherny. Estaba lejos de la aglomeración principal, solo, apoyado con la espalda y con un pie contra la pared, contemplando el bullicio con marcado desinterés. Vestía de forma impecable; el traje negro azabache sin una sola arruga en el pliegue del codo. Tenía una copa en la mano, vacía y boca abajo.
Mientras Codi le miraba, dos mujeres sonrientes se acercaron al orchestrista. Sus respectivos acompañantes se quedaron en la retaguardia con idénticas expresiones de ansiedad. Cherny permaneció impasible. No hizo ningún gesto durante todo el tiempo que duró la acometida de las señoras, ni en los largos segundos que siguieron. Luego les ofreció una sonrisa educada. Las dos mujeres se derritieron como cubitos de hielo en la copa del orchestrista.
Avergonzado de espiar y desaprobando lo que veía —¡envidiando! suplió su mente—, Codi se apartó de la barandilla y volvió con Fally. La mirada acusatoria de la niña le esperaba.
—¡Le dijiste algo sobre mí para que viniera! — le increpó.
— No tuve que decir nada, él ya lo sabía todo — repuso Codi suavemente.
No era lo que Gabriel le había pedido, pero tras verlo allí en persona suponía que el trato quedaba anulado. Mirando a la niña con atención, esperó una confirmación por su parte. Fally asintió mínimamente, y el periodista suspiró antes de subir la voz.
—¡Fue una estupidez! ¡Si querías que te ayudara, debiste decirme que erais hermanos!
— No seas ridículo — dijo la niña levantando la barbilla.
— Bueno… Digamos que entiendo por qué me mentiste. Pero ¿qué estamos haciendo aquí ahora? Le di tu mensaje, ¿qué más quieres que haga?
— Haz que se vaya.
—¿No era esto lo que querías, verle?
— Eso era antes… He cambiado de opinión.
—¿Tienes miedo de hablar con él? — adivinó Codi.
—¡No! — protestó Fally.
Había un brillo sospechoso en sus ojos. Codi vaciló un segundo, luego se sentó en la banqueta a su lado y la atrajo hacia sí. No le costaba nada pretender que le creía.
—¿No tienes curiosidad por saber qué fue de él desde que os separasteis? — probó suerte por otro camino. Sintió cómo Fally negaba con la cabeza.
— Sé qué fue de él. Lo sé todo sobre él. Sale en las noticias.
— Pero debiste imaginar que si contactabas con él, probablemente vendría.
—¡No tenía que haber sido así! Y es por tu culpa, ¡así que soluciónalo!
Lo que faltaba, pensó Codi con irritación. ¿Sería un rasgo genético ese deseo de utilizarlo para recados imposibles? Al menos, Gabriel no había tratado de hacerlo sentir culpable para asegurarse su colaboración.
— Sabes que no soy tu criado, ¿verdad? — dijo el periodista con paciencia—. Y tampoco tengo poder sobre Gabriel. No puedo hacer que se vaya. Además… si lo haces por miedo, cometes un gran error.
—¡No tengo miedo!
— Si lo haces por enfado, el error es aún mayor. Si Gabriel no ha venido a buscarte antes, quizá simplemente fue porque no sabía dónde estabas. Él es un intérprete famoso, tiene una vida pública. Pero tú… eres una niña, ¿cómo iba a saber dónde buscarte?
— No es eso — contestó Fally con voz constreñida—. No lo entiendes. No entiendes nada.
Tenía razón: a pesar del aplomo con el que hablaba, Codi no podía decir que entendiera las motivaciones de Gabriel. Se había mostrado tan tajante en las Hayalas. Apenado, pero decidido. ¿Qué hacía ahora en la subasta? Mientras Codi le había vigilado desde arriba, ni siquiera había mirado alrededor. Estaba allí quieto, apartado de todos. Esperando a que Fally diera el primer paso de nuevo.
—¿Vas a dejarlo allí?
—¡Se lo merece! — susurró la niña.
— Fally…
Ella se soltó bruscamente, apartando la mano que Codi tenía apoyada en su hombro. Se levantó de la banqueta, estampó un pie contra el suelo.
— No puedo hablar con él. No quiero, ¿me oyes? — gritó a Codi a la cara—. ¡Tú no entiendes nada!
— No pretendo entender nada. Hice lo que me pediste, nada más.
—¡Fui una estúpida por pedírtelo!
— Es posible.
Lívida, Fally se dio la vuelta, caminando ostentosamente hacia la salida de la galería y pisando lo más fuerte que podía, pero Codi la alcanzó sin dificultad y volvió a atraerla hacia sí a pesar de la resistencia que esta vez ofreció.
— Escucha, saltamontes. Es difícil hacerte a la idea de que tienes una familia que conoces, y otra que no. Es totalmente normal que no sepas cómo comportarte con ninguna de las dos. No voy a darte consejos. No puedo; no tengo suficiente información. Sólo puedo decirte lo que vi. Tu mensaje afectó poderosamente a Gabriel, y en su caso eso es decir mucho.
Había creído que su pequeña broma al menos la haría sonreír, pero el efecto fue el contrario. La niña hundió su cabeza en el pecho de Codi. El periodista no podía ver su cara, pero sintió los sollozos que sacudían sus hombros. Lentamente, la abrazó mejor — no para retenerla sino para consolarla— y esperó a que se calmara. No se explicaba qué era lo que la corroía tanto. Fally era una niña claramente consentida, pero también muy madura para su edad. No era propio de ella perder así los estribos… Aunque por otro lado, cinco minutos de conversación no daban para juzgar el carácter de nadie.
Los minutos pasaron y Codi permaneció quieto mientras su hombro era regado con lágrimas silentes. Su turbación iba a aumento. ¿Qué demonios hacía allí? Escondido en una galería apartada, consolando a la hija — adoptiva, pero ¿qué más daba? — del protagonista de todo el evento. Sólo confiaba en que ningún invitado extraviado apareciera en el balcón. Tendría mucho que explicar ante Ramis. Por mucho que fuera el padre adoptivo de la niña, Codi sentía que era muchísimo mejor dejarlo al margen del drama. Su opinión sobre las aptitudes emocionales del hombre no era excesivamente buena.
—¿Fally? — dijo al cabo de un rato, cuando ya no podía aguantar más la incomodidad de la postura ni la precariedad de su situación.
—¿Qué?
— Hablaré con Gabriel.
Sintió inmenso alivio cuando Fally se apartó de él. No le hacía mucha ilusión el papel de mediador, pero prefería mil veces conversar con un adulto que hacerlo con la niña. Hablaría con Gabriel, se lo explicaría todo… Ya que estaba allí, era simplemente absurdo que él y Fally no hablaran. Era la oportunidad perfecta, un acontecimiento social donde nadie prestaba atención al vecino.
Pasó la mano por el pelo de la niña y se enderezó. Había andado ya varios pasos en dirección a la salida cuando Fally habló de nuevo.
Dile que lo recuerdo todo — dijo con un hilo de voz—. Díselo así. Con esas palabras, no con otras. Y después… dile que quizá podamos vernos.
Codi asintió, reanimado. Había sabido que cuando a Fally se le pasara la rabieta, todo se solucionaría.
— Pero primero tendrá que demostrarme que realmente le importo.
—¿Demostrártelo cómo?
Fally titubeó, pero no parecía que se estuviera pensando la respuesta. Más bien le costaba soltar aquello que tenía en mente.
— Tiene que firmar un contrato con mi padre — dijo finalmente.
—¿Qué? — Codi había pensado que tras hablar con Gabriel, finalmente podría desentenderse—. Fally, pequeña, ésas son cosas de adultos.
—¡Dile que tiene que hacerlo!
— Escucha, saltamontes, ni tu padre ni Gabriel…
—¡Díselo!
— Fally, no grites.
—¡¡DÍSELO O VETE!!
La cara de la niña, aún roja por el llanto, palideció. Los labios se volvieron blancos, los puños se cerraron. Por un momento, Fally pareció asustada por su propio estallido. Codi cogió aire con una lenta inspiración. Un poco más, y se vería obligado a realizar la proverbial cuenta hasta diez.
— A mí no me importa nada de esto — dijo con voz baja y calmada—. Tengo mis propios asuntos que atender.
—¡Vete!
— Me iré.
—¡Bien!
Allí lo tenía.
— Adiós, Fally.
La había consolado como había podido.
A mitad de camino hacia abajo, a Codi se le ocurrió que — a pesar de lo que acababa de decir a Fally— no tenía más remedio que hablar con Cherny. Ciertamente ella no se había ganado su ayuda, pero Codi tenía parte de responsabilidad de que Gabriel estuviera allí. Si resultaba incómodo llevarle el mensaje de Fally, resultaba más incómodo aún dejarle en la ignorancia sobre el drama que su aparición había provocado.
Codi encontró al orchestrista cerca de donde lo había visto desde el balcón. Gabriel había dejado la copa de lado. Ahora, daba vueltas a lo que antes había sido una servilleta plegada innumerables veces. Codi cruzó el espacio entre ellos dos. Instintivamente lanzó una mirada hacia arriba, pero no llegó a vislumbrar nada en el balcón del piso superior.
— Tenía entendido que no pensabas venir — dijo con un tono neutro.
— Candance… — no parecía sorprendido en absoluto de verle, pero uno nunca podía estar seguro con Cherny—. Cambié de idea.
— Me alegro de que lo hicieras. Es una reunión muy agradable.
Los labios de Cherny se plegaron en una mueca de desdén. Parecía a punto de hacer un comentario poco halagador, pero se lo pensó mejor.
—¿Qué haces aquí?
— Estoy trabajando.
—¿Has decidido ya cómo vas a pintar a Ramis en tu reportaje?
— Para ser sincero, probablemente tendré que dejar mis impresiones de lado y hacer lo que me indique mi jefe. ¿Cuándo llegaste a la ciudad?
— Esta mañana.
—¿Dónde te alojas?
— En el Crialto.
Siguió un silencio incómodo, tan cargado como aquellos primeros silencios en las Hayalas. Codi buscó desesperadamente una manera de seguir.
— Conoces a la mayoría de los que están aquí, ¿verdad?
— Forman parte del mundillo de la música.
— Si alguno se entera de tu relación con Fally, será una situación extraña.
— Ni te lo imaginas.
— Pero puede que…
—¿Por qué estás aquí? — interrumpió el orchestrista—, ¿Es para decir que Faelas no quiere verme? Era de esperar: no pierdas el tiempo consolándome. Si quieres ser útil, di lo que hayas venido a decir y vuelve con ella.
Codi parpadeó, cogido por sorpresa por la facilidad con la que Cherny había visto a través de él.
—¿Qué te hace pensar que he hablado con ella?
— Tienes manchado el hombro — dijo el orchestrista.
— Es agua — se apresuró a decir Codi.
—¿Salada?
— Eh… Sí. Ella… se esconde en el primer piso. Seguro que ahora mismo nos está mirando. Está bastante alterada. No quiere bajar: no se atreve. Pero la parte positiva es que tiene muchos recuerdos de ti. De hecho, dice que se acuerda de todo. Sus palabras exactas.
— Ya — Gabriel apenas movió los labios.
— Creo que es muy comprensible que esté confusa.
—¡Eres el mensajero, no el maldito intérprete! — dijo el orchestrista con fastidio—. No está confusa.
—¿Entonces, por qué ha estado llorando sobre mi hombro todo este tiempo?
Cherny bajó la cabeza y se dedicó a contemplar el brillante suelo de la sala. Sus zapatos se reflejaban en él como si fuera un espejo.
— Porque lo recuerda todo — susurró con viciosa ironía—. Bien, era de esperar. ¿No dijo más?
— No.
— Entonces me voy.
Miró alrededor, buscando a un camarero, cogió una copa de champán y comenzó a alejarse con determinación.
— Le convenceré para que habléis — dijo Codi a su espalda. Parecía que hoy su destino era consolar, y que no se le daba demasiado bien—. Hoy no es el mejor día para algo así. El que Ramis y tú pertenezcáis ambos a este mundillo no ayuda mucho. ¿Sabes lo que se le ha ocurrido? Que tenías que demostrar que ella te importa firmando un contrato con Emociones Líquidas. A mí eso me dice mucho…
Gabriel se paró. Se quedó quieto un instante, orgulloso como siempre y perfectamente erguido, y después sus hombros bajaron imperceptiblemente. Si Codi no estuviera tan acostumbrado al aire de invencibilidad que le rodeaba, le hubiera sido muy fácil pasar por alto esa demostración de debilidad.
— Bien — dijo Gabriel sin volverse.
—¿Qué?
— El contrato. Lo firmaré.
—¡¿Qué?! ¿No irás a tomártelo en serio? Es una… ¡una broma!
— Ahora vuelve con ella y díselo.
— Oh, no. No pienso participar en tal disparate — exclamó Codi.
— Tienes que darle mi respuesta — el tono de Cherny invitaba a cortar de raíz toda protesta, pero Codi no se amedrentó.
— No.
— Por favor.
Capas y capas de franca arrogancia y un apenas perceptible tono de súplica escondido debajo. Fue eso lo que inclinó la balanza. La súplica no casaba bien con la imagen que Codi tenía de Gabriel.
— Está bien — dijo.
Subiría, bajaría y — finalmente— se desentendería. Si ninguno de los hermanos iba a hacer caso a sus bienintencionados consejos, entonces Codi no iba a dárselos. Ya era hora de que se centrara en aquello que le había llevado a Emociones Líquidas en primer lugar: la subasta y la primera pregunta prometida por Stiven Ramis.
El periodista dejó a Cherny atrás y volvió sobre sus pasos, rememorando el camino correcto. Al entrar a la galería tuvo tiempo de ver que Fally estaba asomada al balcón. En cuanto la niña oyó sus pasos, se volvió a la butaca. Sus ojos brillaban con ansiedad. Debía de haberlos visto hablar.
— Me dijo que te dijera que hará lo que has pedido — anunció Codi, sabiéndose cortante y contento de serlo. Se sentía demasiado irritado para cualquier otra cosa.
—¿Le explicaste mi condición?
— Le dije que habías cogido una rabieta. Y que no se lo tomara en serio, pero no me hizo caso. ¿Estás contenta?
No lo parecía en absoluto: se agarraba al respaldo de la butaca con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos, pero a Codi se le había pasado el momento de ser comprensivo. La caminata hasta el balcón había bastado para que se abstrajera de los problemas familiares de los Ramis y se hiciera una idea clara de lo que sucedía a su alrededor: estaba ayudando en su chantaje a una niñata histriónica. Aquello era ridículo.
—¿De… de verdad aceptó? — dijo ella con un hilo de voz.
— De verdad. Fally, ¿tienes idea del lío en que nos has metido? ¿A Gabriel, a tu padre y a mí? ¿Tienes idea de las consecuencias que va a tener todo esto? Sobre todo para tu hermano. Ahora que has conseguido esa absurda demostración de lealtad, te sugiero que vayas abajo, hables con Gabriel de una forma civilizada y le digas que lo sientes. Vamos. Te acompañaré si quieres.
— No.
— Tienes razón. Mejor que vayas tú sola.
— No — repitió ella—. No puedo verle.
—¡Fally!
— No puedo verle. Lo siento. No puedo…
—¡Dijiste que lo harías si firmaba el contrato!
—¡Porque sabía que no iba a hacerlo! — gritó ella. Las lágrimas habían vuelto a saltar—. ¡Estaba segura que no lo haría!
— Fally, sólo por educación, deberías…
— Vuelve a hablar con él — había algo desesperado en la voz de Fally, algo que impedía cualquier intento de razonar. La niña agarró a Codi por la chaqueta, los pequeños dedos arrugando la elegante caída de la tela—. ¡Fui una estúpida por llamarle! ¡Haz que se vaya de aquí! Haz que se vaya…
—¡Basta! — exclamó Codi. El grito cumplió su función, puesto que asustó a la niña y paró su torrente verbal. Fally se quedó encogida sobre el sitio donde estaba. Codi se puso de rodillas para poder mirarla a los ojos—. Fally, basta. Dime qué te pasa. Dime la verdad. Puedes decirme la verdad.
Fally miró a Codi sin soltarse de él y respirando ruidosamente por la nariz. El periodista ya había comprendido que no obtendría respuesta cuando ella habló por fin.
— No lo entiendes — dijo.
— Entonces explícamelo, pero no llores.
— No puedo — Fally soltó su traje y se apartó un paso de él.
— Sí puedes. No se lo diré a nadie. Ni a tu padre, ni a Gabriel. A nadie. Será un secreto.
Otro más.
Codi había confiado en que aquello bastaría, pero Fally no parecía más dispuesta a abrirle su alma que a bajar para saludar a Gabriel. Se acomodó sobre la banqueta de nuevo y se quedó allí acurrucada, pálida y recelosa, con la espalda encorvada y los ojos fijos en sus rodillas.
— Cuando era pequeña podía tocar — aventuró por fin—. Tocaba muy bien. Padre me adoptó. Iba a dar conciertos.
Levantó la cabeza y miró a Codi como asegurándose de que comprendía bien sus palabras. Codi asintió vigorosamente.
— Todos me querían — continuó Fally.
— Y te siguen queriendo — la interrumpió el periodista. Ella movió la cabeza con impaciencia.
— Todos me querían más a mí que a Gabriel. Tocaba mejor que Gabriel. Y entonces… y por eso él… él me… — parecía hacerse más pequeña con cada palabra, como si se marchitara. Extendió su mano derecha hacia Codi, manteniendo la palma hacia arriba. La mano le temblaba mucho, y se la tuvo que sujetar con la izquierda, pero Codi no necesitaba mirar para saber qué le enseñaba: la cicatriz de su palma arruinada—. Para que no pudiera tocar.
El interior de Codi se contrajo, trayendo el dolor y la náusea. El aire se espesó en su garganta. Una imagen parásita de las pulcras manos de Cherny cortando con finura la comida de su plato le vino a la mente. La historia sobre el nacimiento de Fally que el orchestrista le había contado. Las diminutas palmas de la niña en la foto, la manera casual en la que apoyaba la cabeza contra el pecho de su hermano. Todos aquellos detalles, antes entrañables, se volvieron macabros ante la nueva perspectiva. Recordar el tiempo que había pasado en compañía de Cherny hizo que Codi sintiera una repulsión intolerable.
— Padre me llevó a muchos médicos cuando era más pequeña. Todos me dijeron lo mismo; que tenía suerte de poder mover los dedos. Me operaron muchas veces. Esto es todo lo que pudieron hacer. Pero aquí… y en todo este trozo… no siento nada. Así que no puedo tocar. Todas las demás cosas las hago con normalidad. Todos me dicen que no es tan malo. Pero aprender a tocar un orchestrón es como adquirir un nuevo sentido. Cuando se te descubre, permanece contigo siempre. Sigo oyendo la música en mi cabeza. La música de las personas, del cielo, de mis sueños. Muchas veces la oigo más claramente de lo que veo el objeto que la inspira. Es un don maravilloso, pero es… inútil. Existe sólo para mí, así que, en realidad, es como si no existiera. ¿Puedes imaginarlo?
— No muy bien, la verdad.
Durante un tiempo, no hubo más palabras. Fally se quedó inerte, apoyada contra el hombro de Codi, agarrando su mano herida con la sana. Miraba hacia el balcón sin realmente verlo. Codi confiaba en que tras confesar su secreto se sentiría más aliviada.
— Perdóname, saltamontes — dijo finalmente—. No debí haberte sermoneado.
— Tanto da. No estás aquí para hacer de niñera. Quizá debas irte.
Codi miró en la misma dirección que Fally. El volumen de las conversaciones debajo de ellos había subido considerablemente. La masa de gente se movía, pero desde su posición Codi no podía ver qué pasaba. Le parecía que la mayoría de la gente estaba saliendo de la sala. ¿Serían acaso ya las doce?
— Es probable que mi jefe me esté buscando — admitió a regañadientes.
— Puedes irte. De verdad. Pero… me gustaría que siguieras viniendo por aquí.
Codi se mordió el labio. Sabía que no debía hacerlo. Su padre era el dueño de todo aquello… Y aunque no fuera así, él era periodista. Igual que un médico, nunca usaría nada de eso para sus propios fines, pero la situación en sí no estaba bien.
— Es posible que a tu padre no le haga demasiada gracia — dijo tentativamente, y luego recordó que esa excusa ya la había usado una vez—. Aunque sé que mi trabajo no es complacer a tu padre, sino a mi editor.
Sonrió, pero la niña se lo tomó con total seriedad.
— Consigue que te encargue otro artículo sobre nosotros…
Aquello era demasiado. Fally era un espíritu orgulloso. No quería oírla rogar.
— Lo haré — dijo.
Fally asintió y extendió la mano. Su apretón era mucho más fuerte de lo esperable en una niña de su edad. La cicatriz era rugosa y fría al tacto.