120874.fb2
Era evidente que algo importante había sucedido. La gente se apresuraba en salir del edificio a toda prisa, y todo el mundo hablaba a la vez. Codi fue rápidamente absorbido por la avalancha y propulsado hacia delante. Miró alrededor, cada vez más confundido. ¿Qué era lo que se había perdido? ¿Habría tenido ya lugar el anuncio de las ofertas?
Vio a Harden a unos diez metros delante de él, también navegando hacia la salida. Preocupado como estaba, Codi no pudo evitar sonreír. Surgir de improviso en los lugares menos sospechados era una de las cualidades de su jefe. Por el contrario, era imposible encontrarlo allí donde su propia secretaria o su agenda oficial afirmaban que iba a estar. Maniobrando entre la gente, Codi se puso a su lado.
—¡Increíble! ¡Menudo escándalo! ¿Dónde estabas?
—¡Tratando de encontrar a Ramis! — sólo podían comunicarse gritando.
—¡Es inútil! ¡No soltará prenda, ese hombre disfruta tomándonos el pelo!
—¿Qué ha pasado?
—¡Solo son rumores! — dijo Harden—. Dicen que Gabriel Cherny… ¿Sabes quién es?
—¡Sí!
—¡Dicen que ha accedido a firmar un contrato con Emociones Líquidas!
El corazón de Codi falló un latido. A pesar de que el ultimátum de Fally le había parecido el colmo del infantilismo, más merecedor de unos azotes que de una obediencia inmediata, había sospechado que Cherny hablaba en serio; con su manera de comportarse, parecía imposible que hablara de ninguna otra forma. Con todo, había dado por supuesto que sería cuestión de semanas o meses de intensas negociaciones.
— No es más que un rumor, pero tiene sentido — oyó decir a Harden—. ¡Explicaría por qué se ha anulado la subasta! La compañía de Ramis se revalorizará automáticamente… Uno ha de tener pelotas para hacer esto ante las narices de Resonance y Magnum Air.
— Ramis sacará mucho más dinero si tiene con él a Cherny — repitió Codi automáticamente—. Pero Cherny desprecia lo que hace…
En las Hayalas, Cherny había hablado largamente y con pasión. Nunca accedería a colaborar en los ambientes musicales voluntariamente… Sólo lo había hecho porque Fally se lo había exigido. Se había unido a Ramis gracias a la hija de éste, y en cuestión de minutos había firmado un contrato que probablemente tardaría horas en leer. ¿Coincidencia?
Codi apretó los dientes. Pensar en Fally y en su mano arruinada hizo que volviera a sentir náuseas. Coincidencia o no, le estaba bien empleado.
El caos se había propagado también fuera del edificio. Todas las grandes cadenas estaban ya allí. Los invitados se habían mezclado con los reporteros y las luces habían sido sustituidas por flashes. El zumbido de expectación era máximo. Los comentarios y rumores galopaban por el césped, y la mayoría no estaban lejos de la verdad.
— Voy a la redacción — Harden agarró a Codi del hombro para llamar su atención—. Hay que empezar a preparar esto. Tú quédate.
¿Para qué? El ruido ya era casi insoportable, y Codi no pensaba contribuir a él gritando al aire las mismas preguntas que el resto.
— Muy bien.
Codi miró cómo Harden desaparecía entre la multitud y se mezcló diligentemente con el gentío. Estaba contento de quedarse a solas tan rápidamente. Dio una vuelta alrededor de las aglomeraciones más compactas, saludó a compañeros e intercambió opiniones sobre lo chalados que estaban todos los millonarios. Tenía muy claro cuál iba a ser su siguiente paso, una vez estuvo seguro de que Harden había desaparecido de escena. Quería llegar al fondo de lo sucedido ante sus narices; y no por razones profesionales precisamente. Fally le había contado todo lo que podía: no pensaba alterada más. De los dos adultos implicados en el asunto, Ramis y Cherny, el primero estaba ahora fuera su alcance: hasta un hombre enamorado de las cámaras evitaría aparecer ante una multitud tan sobreexcitada como aquélla. Pero Cherny… Cherny le había dicho dónde se alojaba. Y dada su aversión a las aglomeraciones, hacía tiempo que debía de estar en su suite del Crialto.
Codi esperó diez minutos de reloj; después cogió un taxi. La impaciencia hizo que le pareciera que tardaba una eternidad en llegar a su destino. Había pasado por delante del Crialto muchas veces, pero nunca se había parado a admirar el gran hotel. Adornos en mármol por toda la fachada. Columnas altísimas en el hall. Codi pagó el taxi, se ajustó el traje lo mejor que pudo y avanzó hacia el mostrador con pasos comedidos, esforzándose por ignorar la mancha de lágrimas en su camisa.
—¿Ha vuelto ya el señor Cherny? — preguntó a la mujer que ya le esperaba allí. Había comenzado a sonreír en el momento en que Codi había entrado por la puerta, y no había dejado de hacerlo desde entonces.
— Sí, señor.
No preguntó más. Resultaba claro que no daría alegremente información sobre un cliente.
— Estupendo. Lléveme ante él. — La mujer abrió la boca, pero Codi siguió hablando, emulando instintivamente el tono de irritación del propio Cherny—. Intento comprender a Gabriel. Supongo que ha actuado de buena fe, pero dos cláusulas de su contrato son poco menos que desastrosas. Tienen que ser renegociadas con urgencia.
La cara de la mujer cambió de color, confirmando a Codi que las noticias habían llegado ya hasta el hotel. Miró alrededor buscando a alguien de mayor rango. Al no encontrarlo, hizo un gesto escueto y rodeó el mostrador. Llevó a Codi a un rincón, donde llamó un ascensor a todas luces privado. Parecía eficiente, decidida y fiel a su cliente, y mientras las puertas de la cabina se cerraban, Codi lamentó de veras la mentira.
El acelerón inicial fue brusco, y luego el tiempo pareció pararse. Los segundos pasaban y la cabina seguía moviéndose, obligando a Codi a preguntarse por altura a la que se encontraba su destino. Suponía que debía prepararse para la conversación, pero no podía. Hervía de furia, se sentía literalmente sucio al pensar que su mano había tocado la de Cherny. Las palabras de Fally se repetían en su cabeza como una grabación arruinada: «Y entonces, y entonces, y entonces… para que no pudiera tocar».
Luego el ascensor se detuvo, envolviéndole en una momentánea sensación de ingravidez, y las puertas se abrieron. Codi salió fuera, de repente consciente de que no había subido a una planta. Había ido a parar directamente a la suite de Cherny.
A la enorme suite de Cherny.
La luz era tenue en toda la estancia. Aunque lo intentó, no pudo adivinar cuántas habitaciones había allí. Desde la entrada se abrían varias puertas y los salones que se veían detrás tenían a su vez más de una. En el laberinto así creado, una mano grácil había dispuesto espejos, armarios, objetos de arte, un comedor para una docena de invitados…
Dos voces discutían en las profundidades de aquello. Codi instintivamente se quedó congelado en la entrada.
—¿Tienes idea de lo que has hecho?
La pregunta hubiera podido expresar inquietud, pero la insolencia de la voz no dejaba dudas sobre las emociones en juego. El que hablaba no estaba preocupado: estaba furioso. La respuesta de Cherny resultó casi inaudible en comparación, y sonó tan impasible que seguramente inflamó aún más al invisible interlocutor.
— He tomado mi decisión.
—¿Y qué hay de tu compromiso con el Crialto? ¿Lo has olvidado?
— Sabía que era eso. No creo que a tu padre le importe tanto.
— A mi padre pronto dejarán de importarle muchas cosas.
Dos rápidos pasos, un golpe, y Codi oyó el ruido de algo pesado cayendo al suelo y arrastrando consigo objetos de cristal. Sin pensarlo dos veces Codi se adelantó. En la sala más grande y mejor iluminada vio a Gabriel frotándose los nudillos de la mano derecha y a otro hombre levantándose pesadamente del suelo. Era corpulento, de mediana edad y tenía una perilla cuidadosamente recortada — fue el único detalle en el que Codi se fijó—. La maciza superficie de cristal de una mesa cercana yacía en el suelo, hecha pedazos. Un jarrón de plata había rodado hacia el rincón marcando su camino con pétalos desperdigados.
— Me parece que has olvidado algo — el desconocido jadeaba, no tanto por el esfuerzo como por la rabia mal contenida. No se había percatado de la entrada de Codi—. Éste es mi hotel. Mi planta. Mi suite. Si no cumples tu parte del trato, tampoco yo cumpliré la mía.
— Nunca he hecho tratos contigo, Rex. Ahora basta. Vete, o le diré a Tallerand que ya le has enterrado en tu imaginación.
Codi dudaba de que el tal Rex fuera a obedecer, pero para su sorpresa el hombre se dio la vuelta y anduvo medio tambaleándose hasta el ascensor. La mirada que lanzó a Codi al cruzarse con él habría bastado para abrir un agujero en la pared.
— Imbécil — dijo Cherny en voz baja cuando las puertas del ascensor se hubieron cerrado a sus espaldas.
Se dejó caer en una silla y sacó del bolsillo un pequeño frasco de crema color ocre. Sin mirar a Codi se dedicó a ponérsela en los nudillos de la mano derecha a pesar de no tener ni un milímetro de piel levantada. Un diminuto limpiador hizo acto de aparición y comenzó a moverse de un lado a otro recogiendo los cristales del suelo. Al llegar al jarrón se detuvo: el objeto resultaba demasiado grande para él. Codi anduvo hasta la máquina para ayudarla.
— Esperaba que tuvieras mejor servicio — dijo vagamente y colocó el jarrón sobre una de las sillas.
Era difícil imaginarse un comentario más absurdo, aunque en esa situación cualquier comentario le habría parecido estúpido a Codi. Gabriel le miró de reojo, pero no habló. Seguía atendiendo a su mano y lo hacía con tanta concentración que resultaba obvio que sólo era para no levantar la mirada. Codi observó sus movimientos con renovado odio, pensando en la mano abrasada de Fally.
—¿Qué hay entre tú y ese tipo? — intentó de nuevo.
— Es el hijo del dueño del hotel — fue la reluctante respuesta—. Está preocupado por los cambios que habrá en el negocio si dejo de tocar aquí.
— Tiene una curiosa manera de intentar convencerte.
— Sus motivaciones son fácilmente comprensibles.
Más allá del desorden, vaporosas cortinas ondeaban como fantasmagóricas velas, dejando entrever una amplia terraza sobre la ciudad. Codi era consciente de que tendría que ir al grano tarde o temprano, y también de que no sabía cómo hacerlo.
— Ella te lo contó — dijo Gabriel finalmente.
No era una pregunta, pero Codi asintió. La cara de Gabriel se contorsionó en una mueca pero no levantó la vista, y siguió extendiendo el ungüento sin darse cuenta de que ya no quedaba crema bajo sus yemas.
—¿Es cierto entonces? — preguntó Codi—. ¿No fue un accidente?
— No.
—¿Por qué?
— Iba a ocupar mi lugar.
Así de fácil. Así de prosaico.
Escuchar la confirmación de los labios de un adulto — el adulto culpable— volvía la historia aún más real. El periodista apartó las cortinas y salió a la terraza: en aquel momento tener a Cherny delante era superior a sus fuerzas. Fuera hacía fresco y los faros de los taxis se movían muy lejos, debajo de él: diminutos puntos confluyendo en líneas rojas y blancas. Podía distinguir los carriles normales, los rápidos y los de máxima prioridad. En cada uno, las luces se movían a la misma distancia entre ellas, a la misma velocidad. La perfecta sincronía: y aún había quien abogaba por la vuelta al pasado, por la conducción manual de vehículos privados.
Codi se apoyó sobre la barandilla, sintiendo las caricias del aire en la cara. Se sentía vagamente febril, pero sabía que sólo era su imaginación hipertrofiada.
— Lo que pasó entre Faelas y yo no es asunto tuyo, ¿sabes? — le llegó la voz desde atrás.
Codi se volvió. Gabriel estaba apoyado en la puerta de la terraza, mirándole con su habitual calma a través de los mechones de pelo negro.
— No, claro que no. Sólo lo son tus momentos angelicales.
— Te dije que la dejé en una caja de recogida. Te pedí que le dijeras que no me acordaba de ella.
—¿Por qué has venido, entonces?
— La de las Hayalas fue una petición cobarde. No es mi estilo.
Las manos de Codi se cerraron en puños. Tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para no partirle la cara en aquel mismo instante.
—¿Cuántos años tenía?
Los ojos de Gabriel viajaron abajo, se posaron un instante sobre los nudillos blancos de Codi y luego subieron de nuevo.
— Cinco. Casi seis — dijo—. ¿De verdad crees que fue algo deliberado? ¿Que lo planeé?
Cinco, casi seis. Quince para Cherny. A esa edad el orchestrista debía de saber lo que hacía. Pero teniéndole delante, a Codi se le hacía un poco más difícil detestarlo. Pensando en su vehemente reacción al mensaje de Fally, en su inesperada y brutal sinceridad en el corazón de las Hayalas, por fin podía poner nombre a la emoción que había tratado de esconder tras la máscara del autocontrol: remordimiento.
— Pierdes el tiempo, Candance. No puedes odiarme más de lo que me odio a mí mismo.
Codi relajó las manos, sintiéndose bruscamente exhausto y harto de todo. El que Cherny finalmente hubiera ido a Emociones Líquidas para dar la cara decía algo en su favor.
— No te odio. Es sólo que ella…
— Sí — dijo Gabriel.
Cuando se trataba de Fally, se entendían sin palabras.
— La última cosa que me pidió es que cancelaras ese estúpido contrato.
—¿No crees que me lo merezco? — dijo Cherny con una lacónica sonrisa de autodesprecio.
—¿Por mutilar a tu hermana? Te mereces algo mucho peor.
La expresión de Gabriel no se alteró lo más mínimo, pero la chispa de sus ojos se resquebrajó como uno de los trocitos de cristal que habían acabado bajo el talón de Codi. Bajó la mirada hasta su propia mano y estudió con fascinación su piel, blanca y suave.
— Lo sé — dijo suavemente—. Podría decir que tenía mis razones, pero eso sólo me haría más despreciable para ambos… Creo que, una vez más, prefiero cambiar de tema. Cuando Rex irrumpió aquí estaba a punto de bajar a cenar. ¿Me acompañas?
El restaurante del Crialto abrumó al periodista. No estaba al aire libre, naturalmente, pero pretendía que lo pareciera y lo lograba. A la entrada ardían pequeñas antorchas. Los techos eran muy altos y los ecos resonaban de forma imponente. El aire estaba lleno de ruidos apagados: conversaciones bajas y suave tintineo de cubiertos y copas de cristal. La camarera no pareció sorprendida por la aparición tardía de Cherny y sí por el hecho de que fuera con acompañante, y les llevó hasta una mesa puesta para dos.
— Este lugar es como algo de otro mundo — dijo Codi mientras separaban las sillas.
— Me recuerda al sitio donde toqué en público por primera vez.
—¿Tocaste en un restaurante?
Durante el tiempo que tardaron en descender, habían establecido las normas de la silente tregua. El trato era de nuevo cortés, pero los temas se elegían con mucho cuidado. Fally Ramis no existía. Cherny pretendía ser su impasible yo de nuevo, y Codi había renunciado a su derecho a arrojar comentarios acusadores. Por más que el orchestrista se lo mereciera, Codi no era de los que ventilaban su frustración a expensas de un hombre literalmente aplastado por la culpa.
— Por algún sitio tenía que empezar. No recibí la mejor de las educaciones antes de ir a las Hayalas. Tuve que aprender muchas cosas. A manejar el cuchillo y el tenedor, a hablar alto y claro, a caminar derecho y a llevar trajes de gala…
—¿Dejaste a los comensales sin habla con una actuación estelar?
— No… Por aquel entonces me resultaba muy difícil tocar ante un público.
— No aprecio la falsa modestia.
— No por la técnica; nunca fue mi punto débil. Más bien por la emotividad. El orchestrón es el instrumento de las emociones por excelencia, y yo guardaba celosamente las mías. Pensaba que si alguien me oía tocar, adivinaría cosas de mi pasado que no quería que nadie supiera. Mi vida anterior a las Hayalas era un gran secreto que nadie debía adivinar. Cuando alguien me preguntaba, inventaba mentiras sobre la marcha. Pero cuando tocaba no podía mentir… aquellos recuerdos impregnaban mi música.
—¿Qué recuerdos?
— De mi madre… de Luz de Amanecer… no quiero hablar de ello. Al principio tuve problemas. El que apareciera en la isla de la mano de Alasta fue raro de por sí, pero cuando empecé a tocar… Mis profesores no estaban preparados para escuchar lo que yo tocaba, y yo no poseía el autocontrol necesario para suavizarlo para ellos.
Se interrumpieron: las bebidas y la carta habían llegado. Codi vació su copa de un trago: creía que se la merecía. Gabriel cogió la suya entre los dedos y, como no podía darle vueltas, empezó a rotarla lentamente. Eligieron los platos.
— Esa mujer, Alasta… ¿Quién era exactamente?
No podía hablar de Fally — o al menos, aún no—, pero sí de hechos relacionados con ella. El orchestrista no parecía cómodo con el interrogatorio, y una parte de Codi se regodeaba en ello. No había ido al Crialto para hacerle sentir cómodo, sino a buscar respuestas, y sabía que esa noche Cherny iba a dárselas todas.
— Tenía un cargo en la dirección del Formatorio. Organizaba reuniones, conseguía donaciones… Siempre imaginé que cuando nos conocimos había ido a casa de mi padre para negociar una donación. Sospecho que llevarme con ella fue una parte del trato que hizo. Aunque, probablemente, hubiera conseguido el dinero sin estar yo allí. Tenía muchas cualidades, pero si tuviera que nombrar una diría que era… convincente. En más de un sentido, de hecho.
— Tuviste suerte de que se tomara tanto interés en ti.
Gabriel pensó un minuto antes de contestar.
— Me enseñó muchas cosas — dijo finalmente—. Una vez en la isla, venía a visitarme y a supervisar mis progresos. No tengo ni la más remota idea de dónde estaría ahora si ella no me hubiera educado a su manera.
— Probablemente aquí mismo.
— Probablemente no. Cuando aprendí a tocar, no lo hice para dar conciertos. Hasta las Hayalas, jamás me había planteado esa posibilidad. Amaba el instrumento. Seguramente a aquellas alturas ya no era capaz de vivir sin él. Pero mi música era algo totalmente privado. Daba salida a mis emociones, y no pensaba compartirlas con nadie. Cuando se me exigió, simplemente me negué. Lo hice un par de veces, tuve un par de problemas con mis profesores, pero cuando ellos comprendieron que no me harían cambiar de opinión, llamaron a Alasta. ¿Sabes lo que hizo cuando se enteró?
— Enfadarse de lo lindo.
— En absoluto. Me cogió de la mano, me llevó a la hélide y volamos a la costa. No me habló durante todo el trayecto. Me llevó a Montestelio, al mejor restaurante de la ciudad. Era tarde, casi de noche. Solicitó ver al encargado. Me depositó ante él y le dijo que yo necesitaba curtirme un poco, actuar ante un público alegre y complaciente, y que estaba dispuesto a amenizarles gratis la noche. Su tono fue tan condescendiente y el encargado expresó tantas dudas acerca de su proposición que les aborrecí a los dos y a todo el lugar. Así que cuando el hombre accedió, simplemente porque estaba lleno de rabia, simplemente para fastidiarlos a ambos, me planté ante el instrumento y toqué con la concentración y tranquilidad de un autómata. En ningún momento me planteé que la actuación podría salirme mal. No tuve ni una pizca de miedo. Ni me acordé de mi previa aversión a compartir mis emociones con una audiencia. Cuando terminé, sólo pensaba en ver la expresión de las caras de aquellos dos y confirmar que los había dejado boquiabiertos.
La carcajada de Codi se esparció por el restaurante. El periodista se echó hacia atrás en su silla, apartando la copa.
—¡Esa mujer te tuvo en el bote desde el primer momento!
La sonrisa de Gabriel fue muy fugaz, llena de algo que a Codi le pareció nostalgia.
— No me hizo mucha gracia — dijo suavemente.
— Puede que no, pero supongo que un poco de perspectiva te hacía más falta que las lecciones de técnica… — en ese punto, Codi cerró la boca en consideración al orgullo de Gabriel—. ¿Qué pasó después?
— Repitió lo mismo al día siguiente, y al siguiente. Me tuvo haciendo lo mismo durante más de un año. La cuarta vez que me llevó a un sitio de ésos, ya no me enfadé; más bien estaba desconcertado. Tres actuaciones fueron suficientes para comprender que me desperdiciaba en aquellos lugares, aquellas fiestas y bodas donde nadie realmente apreciaba lo que yo hacía. Mi técnica era perfecta. Tras unos pocos meses en la isla ya tocaba a Vinrose al completo… Recuerdo que cuando comencé a asistir a clase, pasé dos semanas sin entender una palabra y otras dos entusiasmado por las cosas nuevas que aprendía. Pasado ese tiempo empecé a aburrirme y ya nunca dejé de hacerlo. Me resultaba difícil ignorar lo obvio: podía hacer mucho más que amenizar las veladas a unos tipos que apenas miraban en mi dirección. Y a pesar de ello, mes tras mes Alasta me mandaba fuera. Sin darme cuenta, pasé de esconderme en mí mismo a anhelar que alguien se fijara en mí.
—¿Estabas resentido con ella?
— No… quería estar a su lado. El verdadero alcance de mi don lo descubrí rápidamente y por mí mismo, pero fue Alasta quien me descubrió el verdadero alcance de mi orgullo. Era un crío: Montestelio y la isla de la música eran el límite de mi imaginación. Alasta no tenía límites. Yo podía leerlo en sus ojos… la secreta promesa de un mundo. Me hacía sentir que me lo merecía, y aunque ella misma me lo negaba, yo la quería porque nunca antes me había sentido así. Y luego, un día, sucedió: ella misma me lo ofreció. Fue una noche con olor a especias. El instrumento era algo mejor que lo que venía siendo habitual; por lo demás, fue una actuación como otra cualquiera. Cuando terminé, oí que alguien aplaudía. Eran unas palmadas rítmicas, fuertes y lentas, a las que después se unieron otras. No solía recibir aplausos. No me lo creí. Miré al techo, luego al suelo, y cuando volví a levantar los ojos vi a Alasta sentada a una mesa con siete u ocho comensales. Me hizo señas para que me acercara y me presentó a sus colegas. Uno por uno, todos me estrecharon la mano. Bromearon conmigo, dijeron que habían esperado ver a un orchestrista viejo y experimentado, con bastón y muchas arrugas en el cuello. Después hablaron de sus cosas y también conmigo. Al terminar la cena, todos y cada uno se despidieron personalmente de mí. Todos y cada uno se acordaron de mi nombre. Yo tenía once años. Fue todo un shock. Alasta se quedó atrás mientras ellos se iban. Cuando se sentó delante de mí, entendí que la noche aún no había terminado.
«—Cuéntame, Gabriel… — dijo—. ¿Qué piensas de tu vida? Tocar en restaurantes y esas cosas… te gusta, ¿sí?
«Me encogí de hombros y asentí. Por aquel entonces, solía tratar de adivinar qué respuesta prefería y dársela.
«—¿Y no te ha gustado más lo de hoy? Shhh… No digas nada. Claro que te ha gustado. Ya quedamos en que eras un chico listo.
«—Sí.
«—¿Sabes qué diferencia hay entre hoy y todas las demás veces? ¿Por qué hoy todas esas personas importantes y ocupadas se han fijado en ti?
«—Porque tú me has presentado — dije.
«—¿No te presentan siempre al público antes de tocar?
«—Entonces, no lo sé.
«—Porque te los he presentado uno a uno, personalmente. No es lo mismo tratar con una multitud que con una persona — dijo ella. Lo susurró como si fuera un gran secreto—. Las multitudes son fácilmente excitables, inconstantes y siempre destructoras. Obtener el control sobre una multitud es relativamente fácil, y muchos creen que muy rentable. Obtener el control sobre una persona es dificilísimo en comparación, y ésa es la segunda regla. Hay muy pocos que saben hacerlo. Quiero que tú seas uno de ellos.
«—¿Por qué?
«—Porque quieres serlo.
«Fue una verdad tan clara que imaginé que podía leerme el pensamiento. Fue entonces cuando empezamos nuestras escapadas al corazón de las Hayalas. Yo era lo bastante mayor para querer tomar mis propias decisiones, y lo bastante ingenuo para creer que podía hacerlo. Nuestros viajes juntos no eran clases en sentido estricto, ni nuestras conversaciones trataban siempre de psicología. La mayoría de veces simplemente charlábamos. De política, de las relaciones humanas, del bien y el mal… Quizá fueran temas pomposos para un crío. Quizá pretendiera opinar sobre cosas que no podía entender. Pero aquellas conversaciones me dieron una identidad y el respeto de Alasta. Disfrutaba con ellas. Me formaba opiniones, las exponía y las defendía. Y un día, recibí esto como premio a mi dedicación…
Gabriel sacó la cadena con la gema. Levantó la mano y dejó que la piedra girara lentamente, centelleando con aleatorios brillos bajo la tenue iluminación. Luego la dejó sobre el mantel y la hizo rodar bajo sus dedos de manera distraída.
Los platos llegaron precedidos del sugestivo aroma a especias. La presentación, desde la disposición de las hojas de ensalada hasta el dibujo de la salsa sobre el plato, era una obra de arte. Daba verdadera pena deshacer aquel castillo. Codi cortó un trozo diminuto y se lo llevó a la boca. No supo identificar lo que era, a pesar de que el nombre del plato fue anunciado al dejarlo sobre la mesa. Notó que la mano de Gabriel seguía dando vueltas a la gema. Varias veces, la hizo danzar igual que en las Hayalas, recogiéndola antes de que parara.
— Enfado, disgusto, miedo, alegría, tristeza y sorpresa — recitó Codi—. ¿Qué es en realidad?
Una nueva vuelta a la gema. Esta vez, la punta tropezó con la servilleta de Cherny. Éste hizo un movimiento para recogerla, pero el mecanismo rodó fuera de su alcance. Seis letras azules se encendieron sobre la superficie de la mesa.
Enfado.
— Parte de un juego al que jugábamos — dijo Gabriel al tiempo que se levantaba para recogerla—. Alasta estaba muy bien relacionada. Conocía a banqueros, artistas, bribones ricos con carisma… Todo tipo de gente. Participaba en veladas, iba a cenas… y me llevaba con ella. Decía que yo era su talismán, la muestra de lo que una buena educación puede hacer con un golfillo redomado. A todo el mundo le encantaba esa broma. Yo ponía cara de reverente gratitud, me comportaba con finura y pretendía estar demasiado nervioso como para levantar la mirada del suelo. Elegía a uno de ellos: el más lascivo, el que más gritaba, el que me parecía más simpático… Luego Alasta sugería que tocara algo. Justo antes de subirme al trono (frecuentábamos sitios con mucha clase, de los que disponían de un pequeño instrumento), me llamaba aparte. Sacábamos la gema y la poníamos en marcha. Yo ya tenía el blanco, y la gema decidía la emoción.
— Si era un juego, no le veo la gracia. No me gustó en absoluto cuando me lo hiciste a mí.
— No era todo lo que hacíamos: todavía empeoró más. Cuando me hice un poco mayor… debía de tener unos trece o catorce años… cambiamos las reglas. Sucedió exactamente igual que la otra vez: yo llevaba largos meses sintiéndome frustrado, callándome mis opiniones sobre los oyentes, enfadándome por hacerles sentir lo que el azar dictaba y no lo que yo deseaba. Algunas jugadas me habían salido mal. Un hombre que se había portado muy bien conmigo tuvo un ataque nervioso al escucharme tocar sobre el miedo. Desde entonces, sólo elegía como blancos a tipos que me eran antipáticos, pero corría el riesgo de hacerlos a todos muy felices. El día que Alasta me dio permiso para hacer lo que quisiera, no lo dudé ni un instante. ¿Tienes idea de lo que embriaga ese tipo de poder? Oculto, no punible, mucho más exquisito que el tosco dominio físico. En pocos días ya no hablaba con las personas. Las diseccionaba. Analizaba sus actos, las juzgaba y luego distribuía el castigo y la recompensa. Administraba el horror y la felicidad según el criterio de un niño de catorce años.
Gabriel se calló. Una pareja de mediana edad se acercaba a la mesa. Codi tardó un segundo en comprender lo que querían mientras el orchestrista sonreía ausente e intercambiaba frases corteses. Cuando firmó un autógrafo con trazados caligráficos, la pareja se deshizo en sonrisas. Codi les observó con expresión de pocos amigos, deseando que se marcharan para expresar lo que llevaba un tiempo pensando.
— Esto que estás contando me parece absolutamente macabro — dijo cuando la pareja se hubo apartado.
— No era estúpido: siempre tuve mucho cuidado. La mayoría de aquellas personas nunca se enteró de nada, y yo necesitaba esas lecciones.
—¡Eso no lo justifica!
— Claro que no — dijo Gabriel y ocultó la gema debajo de la camisa—. Pero el sentido de lo correcto no aparece espontáneamente, tiene que ser cultivado, y mis profesores nunca se molestaron en indagar en mis nociones del bien y del mal. Por aquella época, mi relación con ellos sólo podía describirse como incómoda. Alasta, en cambio, fue muy buena conmigo. Y aunque odié lo que me enseñó, no lamento haberla conocido. No sólo fue la primera persona en verme, al mirarme. Compartió conmigo… no todo lo que yo necesitaba saber, sino todo lo que ella sabía. Si nunca mencionó que un gran poder conlleva una gran responsabilidad, fue sólo porque era algo que ella no entendía.
Gabriel se echó hacia atrás, estirando los brazos en un lento y calculado gesto pensado para desperezarse.
— No puedo creer que me esté compadeciendo. Al menos, ahora tienes información sórdida sobre mí que no involucra a Faelas para nada. Hoy es tu día de suerte.
Codi, que creía estar cogiéndole la medida a los cambios de humor de Cherny, afrontó éste con expresión blanda.
—¿Tengo razón al suponer que no acabasteis de la mejor de las maneras?
— Es una forma de decirlo.
—¿Cuánto hace que te liberaste de esa mujer?
— Muchos, muchos años.
— Entonces deberías deshacerte de eso — señaló la gema—. No parece que te traiga buenos recuerdos.
— Deshacerme de un regalo que en su momento acepté con ilusión difícilmente puede ser signo de crecimiento interior, ¿no crees?
Codi se llevó a la boca un trozo diminuto de algo que de nuevo no supo identificar y lo masticó con diligencia. Había escuchado lo suficiente para entender que la adolescencia de Cherny había sido más que enfermiza, y no estaba seguro de querer oír más. Con todo, sabía que pronto tenía que pasar a la peor parte. Decidió que había dado a Gabriel tiempo suficiente para recomponerse; el tácito acuerdo según el cual no iban a mencionar a Fally acababa de llegar a su fin.
— Fally dice que se acuerda de ti — dijo cuando hubo tragado—. ¿Cómo volvisteis a encontraros?
Al oír la pregunta, las manos de Cherny se cerraron automáticamente en puños, pero después se relajaron lentamente. Tras una breve lucha consigo mismo, el orchestrista pareció llegar a la conclusión de que la pregunta de Codi era si no legítima, al menos inevitable.
— La trajeron de la costa cuando se hizo mayor — dijo con voz que pretendía ser plana.
—¿A la misma isla que tú?
— Sí.
—¿Porque erais hermanos?
— Para que empezara sus estudios de música. Yo aprendí a tocar porque desde que puedo recordar, mi madre no hablaba de otra cosa que orchestrones. Supongo que Faelas aprendió porque Alasta estuvo pendiente de ella, pero no lo sé con seguridad.
—¿Tocaba bien?
Cherny se tensó de nuevo, las uñas intentando clavarse en la superficie de la mesa con lo que parecía voluntad propia. El orchestrista miró hacia abajo, inspiró profundamente y presionó las palmas sobre el mantel, obligando sus manos a relajarse.
— Teníamos un ritual — los ojos de Cherny se negaban a abandonar la mesa—. El día que venía alguien nuevo de la costa, todos bajaban a conocerle y a escucharle tocar. Todos salvo yo. Cuando estaba en mi estudio, nadie osaba interrumpirme, pero aquel día bajé con los demás. No recuerdo bien por qué lo hice pero estaba más que enfadado, deseaba levantarme y volver al instrumento en seguida para continuar tocando allí donde lo dejé… Trajeron a Faelas de la mano; era muy pequeña incluso para los estándares de la isla, donde todos los chicos llegaban siendo muy jóvenes. Marchó directamente hasta el instrumento. Parecía fuera de lugar allí. Era demasiado… diminuta. Casi invisible sobre el trono. Me miró y sus ojos me parecieron ciegos: tan negros, enormes y quietos eran. Estuvo acomodándose un tiempo, luego empezó a tocar. No usaba muchos registros, ni ejecutaba complejas combinaciones. La melodía era lenta, muy sencilla, y fluía como una tierna historia contada con sus palabras. Faelas no tocaba: estaba hablando. Habló de un gran cielo azul, del vuelo de la hélide y de la anchura de sus alas. Contó, tan claramente como si lo hiciera con palabras, cómo había visto la isla debajo de ella, una joya pequeña perdida en el océano. Y yo adivinaba su asombro inocente en las sencillas notas que tocaba. Veía los dibujos que ella tejía, y no había ninguna duda sobre lo que quería contarnos. Sin que nadie me dijera nada, supe que ella era el bebé que había llevado en brazos hasta la mansión de mi padre. Mi enfado quedó disuelto en su calma. Por primera vez en años fui capaz de ignorar mi propia ansia de instrumento, y sustituir el deseo de imponer por el de recibir y escuchar a otro. ¿Me preguntas si tocaba bien? No tocaba bien… Estaba hecha de música. Era armonía en estado puro, cristalizada para tomar la forma de una niña.
Las sombras arrojadas por la vela que flotaba en un cuenco de agua se agitaban en sacudidas cada vez más irregulares. Un camarero se acercó sigilosamente, recortó la mecha y recogió los platos. Codi movió un poco la cabeza para demostrar que le agradecía el gesto. Gabriel no parecía haberse dado cuenta del interludio.
— Estaba hecha de música — repitió— y yo la he arruinado.
—¿Arruinado? ¿A quién? — dijo una voz detrás de Codi.
Sobresaltado, el periodista se volvió.
La tenue iluminación del restaurante hizo que el hombre que tenía a sus espaldas le pareciera muy, muy viejo. Tenía la espalda encorvada y la piel flácida, cada surco subrayado grotescamente por la ondulante luz de la vela. Había sombras de agotamiento bajo sus ojos. Algo en su cara le pareció familiar a Codi.
—¡Tallerand!
Allí lo tenía. Una vez pronunciado el nombre, la memoria de Codi sacó a flote el reportaje que había visto sobre el Desafío de Crialto. El mismo hombre, sólo que diez años más joven, había explicado a las cámaras los pormenores del concurso que él mismo había instaurado. El mismo camarero que antes había arreglado la mecha volvió corriendo a acercar una silla. El hombre se sentó frente a Gabriel, ignorando por completo a Codi. Sus movimientos eran pesados pero precisos. Se inclinó mucho hacia el orchestrista.
— Me he enterado de lo de esta noche — dijo.
—¿Vas a sermonearme tú también? Ya he tenido una discusión con Rex sobre el tema.
— También me he enterado de eso. No voy a sermonearte. Voy a tener una larga charla con tu abogado.
— Sabes que no tengo abogado.
Tallerand gesticuló en dirección a Codi sin molestarse en volver la cabeza.
— Este joven entró aquí afirmando serlo — anunció.
Codi enrojeció, recordando la mentira que le había permitido colarse allí y comprendiendo que sus opciones acababan de reducirse drásticamente. El hombre era el dueño del hotel, y su relación con Cherny era claramente amistosa. Lo único que Codi podía hacer para evitar un escándalo era excusarse e irse discretamente, aparentando ausencia de malas intenciones y rezando a cualquier deidad que se dignara escucharle.
Comenzó a levantarse de la silla pero no llegó muy lejos.
— Conozco a Candance de las Hayalas — dijo el orchestrista plácidamente—. No tiene relación con las leyes, que yo sepa. Candance, no hace falta que te levantes. Te presento a Joan Tallerand, el dueño del Crialto. Hace muchos años que nos conocemos.
El viejo entrecerró los ojos, mirando a Codi por primera vez y con expresión dubitativa. Estaba claramente molesto por el poco caso que Gabriel había hecho a su revelación. Aun así, ofreció la mano a Codi con educación. Su apretón fue llamativamente débil. Ahora que veía su cara más claramente, el periodista se daba cuenta de cuánto había cambiado: en vez de una década, parecía haber envejecido dos o tres. Codi había achacado su primera impresión de extrema senectud a una ilusión de la luz, pero ahora veía que se trataba de mucho más que eso. El hombre no gozaba de buena salud.
— Tallerand cuidó de mí hasta que pude cuidarme yo solo — siguió diciendo Gabriel, ajeno a la tensión entre los comensales. Codi tuvo la impresión de que trataba de disculparse con el viejo—. Le conocí durante el Desafío, y volví a verle poco tiempo después. No me atreví a contarle que había abandonado a mi maestra por desavenencias sobre mi carrera. Me parecía muy… ingrato. Sólo le dije que necesitaba dar más conciertos para practicar y que estaba dispuesto a tocar gratis en su hotel. Aceptó con una condición. Me dio esa suite que has visto, me la regaló. Y yo le prometí que siempre daría conciertos en el Crialto.
— Nunca hemos faltado a nuestro trato — dijo el viejo. Finalmente apartó la mirada de la cara de Codi, y el periodista pudo respirar con más libertad.
— Hasta ahora. Es posible que ya no pueda seguir haciéndolo.
— Si me das crédito por haberte acogido, tendrás que dármelo también por los buenos consejos que siempre te he dado.
— Y te lo doy…
— Pero ahora vas y firmas este estúpido contrato. ¿No me dejas al menos decir algo?
— Sé lo que vas a decir. Ya me lo dijo Rex. Lo siento por los conciertos.
— No me insultes, no conseguirás que me enfade contigo. No son los conciertos lo que me preocupa, eres tú. Sé que agradeces mi silencio más que mis cuidados, pero quiero saber qué te sucede… Acabas de decirlo tú mismo: nunca te he hecho preguntas, ni una sola…
—¡Me las estás haciendo ahora! — dijo Gabriel con repentino enfado.
Hizo ademán de ponerse de pie, pero el viejo se volvió hacia él y le agarró del cuello de la chaqueta. No era un gesto particularmente amenazante ni violento, pero Gabriel se quedó quieto al instante. Dejó que Tallerand se levantara y se acercara más, hasta que prácticamente se inclinó sobre el orchestrista.
—¡Porque las cosas están yendo demasiado lejos! — susurró el hombre con enfado, pero en el silencio del restaurante, cada una de las palabras llegó a los oídos de Codi—. Te estás jugando tu carrera. Sabes muy bien que no sólo te di un sitio donde dormir. Arreglé toda tu situación legal, ¡y ni siquiera entonces te presioné para recibir respuestas! Sólo quiero que me digas qué está pasando. Anularé este despropósito. Lo solucionaré…
— No puedes solucionarlo — Gabriel separó su silla y se puso de pie. El gesto con el que dejó los cubiertos sobre la mesa estuvo exquisitamente controlado—. Necesito tocar un rato. Os ruego que me disculpéis.
Se dio media vuelta. Codi miró cómo se abría camino entre las mesas hasta desaparecer en la penumbra. Los pocos comensales tardíos que quedaban miraban todos en esa dirección, quizá sabiendo de la existencia de un orchestrón escondido en las profundidades del Crialto. Algunos debían haberse quedado a propósito, comprendió Codi, a la espera de algo similar. Ahora que Cherny se había ido, se volvían hacia Codi de manera descarada.
El periodista se removió, inquieto, preguntándose qué debía hacer. Si Tallerand se iba, pensaba tentar su suerte y quedarse. Si no lograba retomar la conversación con Gabriel, al menos disfrutaría de algo de su música. Pero el viejo no parecía dispuesto a moverse de su sitio. Se dejó caer de nuevo en su silla con gesto cansado, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados. Como no prestó atención a Codi, éste decidió que lo más seguro era no prestarle atención a él.
Una serie de desdeñosos acordes cortaron el silencio. Fueron ejecutados al azar, y después vino una pausa: Cherny se estaba concentrando. Lo que vino después fue, simplemente, perfecto. Desde las primeras notas, Codi comprendió que aquello era una obra de arte. Era… monumental. Fluía con orgullo, sin interrupción, cada nota en perfecto equilibrio con todas las demás. Igual que en las Hayalas, se sintió literalmente invadido. La realidad y la música se fundían de una forma tan orgánica que Codi no podía diferenciar entre las dos. Era una experiencia embriagante, reparadora.
— Debería irse — oyó la voz de Tallerand—. No volverá con usted.
— Lo sé — dijo Codi sin abrir los ojos. No recordaba haberlos cerrado—. Tocará durante horas. Quizá toda la noche. Ha tenido un día complicado.
—¿Cuánto hace que se conocen? — había sorpresa en la voz del viejo, y quizá cierto respeto.
— Una semana — los sonidos se tejían en el aire, lentos y solemnes.
— Trabaja en la prensa.
— Sí.
— Gabriel lo sabe.
No era una pregunta. Codi asintió, obligándose a regañadientes a abstraerse de la música y a centrarse en el mundo a su alrededor. Le costó hacerlo.
— No es lo que piensa. Me da igual su… — empezó a elaborar, pero se calló antes de caer en la mentira. El pasado de Gabriel no le daba igual: había pasado la mayor parte de la noche sonsacándole detalles de su vida—. Quiero ser su amigo.
— Ya veo — el viejo inhaló aire y lo soltó lentamente—. No diré que me agrade el hecho de que haya mentido usted a Saya. Se ha aprovechado de su lealtad y la ha insultado profundamente. Pero prevenir a Gabriel contra unas amistades y a favor de otras difícilmente llega a ser mi tarea. Ya es mayor, y podría serle útil tener un buen amigo aunque sea periodista. Una cosa le diré, sin embargo… No le decepcione.
Codi, que había abandonado el cálido abrazo de la música sólo para ser atacado con aquel comentario, se mordió el labio. En algún momento de la noche había perdonado a Gabriel… Aunque «perdonar» no era la palabra… Aceptar tampoco… Quizá, simplemente, se había esforzado por olvidar el papel del orchestrista en la suerte de Fally. El comentario de Tallerand volvió a traer a su memoria la desnuda brutalidad de lo que había hecho, y el periodista apretó la mandíbula con indignación. Así que no debía traicionar la confianza de Gabriel, un alma demasiado sensible para hacer frente a las decepciones de la vida. No pensaba hacerlo, periodista no era sinónimo de carroñero al fin y al cabo, pero… ¿Y la pequeña Fally? ¿No había sido acaso sensible e indefensa? ¿Acaso no lo era aún?
—¿Qué es lo que toca? — preguntó para evitar responder. No estaba en posición de ser impertinente con el hombre.
— El Elogio del Futuro, de Bikenau. No es obra de Gabriel. No está mal, pero es demasiado…
— Formal — le ofreció un adjetivo Codi. Tallerand asintió.
— Veo que entiende algunas cosas — dijo.
— Así que no le gusta.
— Gabriel no suele tocar así. Usa la música para expresarse, pero ahora se esconde. No sé qué le pasa, sé que no me lo va a decir, así que no pienso volver a preguntar. No hará falta. Sea lo que sea, no se quedará confinado dentro de él eternamente. Tarde o temprano Gabriel lo sacará a la luz de la única forma que puede: como una actuación extraordinaria, un arrebato de emoción que lo arrasará todo. Será algo digno de ser escuchado. Moverá montañas, arrastrará las almas más curtidas. Espero ese momento con impaciencia.
Había un brillo predatorio en los ojos hundidos del hombre. La idea de esa hipotética actuación había encendido una ardua chispa de vida en él. La excitación se veía casi obscena en una cara tan demacrada.
—¿Por eso lo acogió cuando le pidió ayuda? — preguntó Codi oscuramente—. ¿Para tenerlo a su disposición y no perderse ni uno de sus grandes momentos?
Se miraron por encima de la mesa, Codi comprendiendo que a pesar de sus intentos de ser educado acababa de insultar a un hombre más influyente y más viejo que él. Ese hombre fue el primero en apartar la mirada.
— No me juzgues así de mal, muchacho — dijo Tallerand—. Sólo soy un aficionado, pero tengo bastante experiencia. Sé distinguir lo mediocre de lo brillante, y lo que es más: sé distinguir lo brillante de lo soberbio. Gabriel es siempre brillante, y me ha hecho experimentar lo soberbio en más de una ocasión. No me culpes por querer acabar mi vida en alas del placer. Realmente deberías irte: no será la primera noche que pase tocando sin darse cuenta. Le sacaré de allí dentro de un rato, para que veas que me preocupo por él además de por su música.
Codi obedeció. Sólo al ponerse de pie fue consciente del cansancio que había acumulado. Era abrumador: los brazos y las piernas le pesaban, y su cerebro se negaba a dar la orden de caminar en línea recta.
—¿Candance? — llamó Tallerand desde atrás.
Había dado ya una docena de pasos. Se paró.
—¿Sí?
— Dijiste que querías ser su amigo.
— Sí.
—¿Y por qué no lo eres? ¿Por qué tan sólo quieres serlo?
Codi decidió que estaba demasiado cansado para sorprenderse por la pregunta. Se volvió con desgana.
— No… No le comprendo.
—¿Qué otra cosa hace falta para la amistad, aparte de voluntad para ello?
— No sé… Conocerse mejor, supongo. Dejar pasar el tiempo. ¿No?
El hombre negó lentamente con la cabeza. La llama de la vela amplificó el movimiento y dispersó las sombras que rodeaban la mesa.
— Sólo hace falta la voluntad. Sé su amigo. Gabriel lo es tuyo.
—¿Cómo lo sabe?
— Porque es sincero contigo, y nunca en su vida ha sido sincero con nadie.