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Ulises respiró bajo el fresco cielo azul y el aire suave penetró en sus pulmones. Los grandes y saludables árboles, los amenos pájaros y la vida animal. Verde por todas partes, aire limpio y sin corrupción, sentimiento de tener ca^a-cio bastante, todo esto combinado le hizo feliz por unos instantes. Pudo olvidar el dolor de saber que quizás fuese el único humano vivo. Podía olvidar… y entonces se detuvo. Tras él, el portaestandarte lanzó una orden, cesó el tambor, se extinguió la flauta, los guerreros bajaron sus murmullos.
Le faltaba algo. ¿Qué era?
No qué. ¿Quién? Se volvió y dijo a Aizira:
– Awina, tu hija, ¿dónde está?
Aizira le miró imperturbable.
– ¿Señor? -dijo.
– Quiero que Awina venga conmigo. Ella es mi voz y mis ojos. La necesito.
– Le dije que se quedara, mi Señor, porque las hembras no van en los viajes importantes entre aldeas, ni en expediciones de paz ni de guerra.
– Pues tendrás que acostumbrarte al cambio -dijo Ulises-. Envía a buscarla. Esperaremos.
Aizira le miró con expresión extraña pero obedeció. Aisama, el guerrero más rápido, corrió hasta la aldea, a kilómetro y medio de distancia. Al cabo de un rato volvió trotando con Awina a unos pasos de él. Llevaba una gorra cuadrada con tres plumas y un triple collar de grandes cuentas verdes al cuello. Corría como lo hacen las hembras humanas, y cuando disminuyó el paso a un ritmo de paseo rápido a unos cien metros de distancia, se movía como se mueve una hembra humana. Sus negras orejas, su rostro, su cola, sus antebrazos y piernas se movían al sol bajo una capa de pálido rojo, y su piel blanca brillaba como si fuese nieve bajo un luminoso sol de primavera. Sus grandes ojos azules y oscuros se posaron en él, y sonreía, mostrando sus dientes como estiletes muy separados.
Cuando llegó a él, se puso de rodillas y le besó la mano, diciendo:
– Mi Señor, lloré porque me dejabas atrás.
– Pronto se secaron tus lágrimas -dijo él.
Prefería pensar que ella había llorado, le resultaba más agradable, pero no podía estar seguro de si ella exageraba o le decía lo que creía que más le gustaría oír. Aquellos nobles salvajes eran tan capaces de disimulo como los más civilizados. Además, ¿debería él desear que ella se ligase a él emocionalmente hasta tal punto? Un lazo así podría conducir a un sentimiento más profundo, sobre cuyas consecuencias ya había él fantaseado. Las imágenes de sus fantasías le estimulaban y le repugnaban al mismo tiempo.
Ella ocupó su lugar a la diestra de él y guardó silencio. Luego empezó a hablar, vacilante, y, al cabo de un rato, charlaba ya por los codos tan divertida y comunicativa como siempre. El se sintió mucho más feliz; el sentido de pérdida se evaporó entre el aire claro y el sol brillante.
Caminaron todo el día, deteniéndose de vez en cuando a descansar o comer. Había suficientes arroyos y riachuelos para disponer de toda el agua que necesitasen. Los wufeas, aunque quizás descendiesen de los gatos, se bañaban siempre que podían. También lamían su propio cuerpo, tal como hacen los auténticos gatos. Eran gente limpia en lo que a sus cuerpos respecta, pero indiferentes a las plagas de sus aldeas, cucarachas, moscas y otros insectos. Y, aunque enterraban sus excrementos, no eran tan limpios con los de sus perros y cerdos y otros animales que poseían.
Al oscurecer, Ulises, sudoroso y cansado, decidió que acamparían para hacer noche junto a un arroyo. Tenía el agua bastante fresca y tan clara que podían verse los peces por el fondo a siete metros de profundidad. Se tendió junto a un árbol caído que cruzaba el arroyo y observó largo rato los peces. Luego se quitó la ropa y se puso a nadar mientras wufeas y wuagarondites le observaban detenidamente como siempre hacían cuando estaba desnudo. Se preguntó si sentirían una secreta repugnancia por su falta de pelo y por la distribución de éste. Quizás no. No podía esperarse que fuese como ellos pues, en realidad, era un dios.
Cuando salió, todos los otros, salvo los guardias que permanecían de vigilancia, y Awina, se bañaron. Ella le secó con un pedazo de piel peluda y luego pidió permiso para bañarse también. Cuando todos salieron él miró hacia el agua desde el tronco. Habían espantado a los peces. Pero unos cien metros más arriba los encontró de nuevo. Utilizó una gran vara de una madera que no conocía, pero que era muy liviana, una cordada hecha de tripa y un anzuelo de hueso con un gusano que Awina le consiguió. Era un animal de grueso cuerpo, del largo de su mano, de un rojo sangre y cuatro grandes ojos falsos compuestos de tres círculos concéntricos de blanco, azul y verde.
Echó el anzuelo doce veces sin éxito. A la treceava vez, picó uno. Entonces, tuvo que tirar directamente de la tripa, pues amenazaba con desprenderse. El pez tenía sólo treinta centímetros de largo, pero era muy fuerte y luchaba con denuedo. Tardó por lo menos veinte minutos en cansarlo. Cuando lo sacó y vio el cuerpo plateado con manchas escarlata y verde pálido, mirándole fijamente con amarillos ojos y cortas y cartilaginosas «patillas», se sintió más feliz incluso. Según Awina, que lo llevó a cocinar, el aipawafa estaba delicioso. Lo estaba.
Aquella noche, tendido en su saco de dormir, contemplando en el cielo la inmensa luna verdiazul y blanca entre las ramas de un abeto, pensó que sólo le faltaban dos cosas para sentirse del todo feliz. Una de ellas era un buen trago de una cerveza oscura y fuerte, alemana o danesa, o un buen whisky. La segunda era una mujer que le amase y a la que él pudiera amar.
Antes de que se diese cuenta de lo que había hecho, encontró la mano peluda de Awina en la suya y se la acercó a la boca. Él se había acercado inconscientemente y la había cogido y estaba a punto de besarla.
– ¡Mi Señor! -dijo Awina con voz trémula. El no contestó. Suavemente volvió a posar la mano de ella sobre su saco de dormir y le dio la espalda.
– ¡Cuidado! -dijo ella sin embargo, y él se incorporó y miró a través de las ramas lo que ella señalaba.
Negra y alada, una silueta sólo, cruzó la luna y luego desapareció.
– ¿Qué era eso?
– No sabía que anduviesen por aquí -dijo-. Hacía mucho tiempo ya que… era un opeawufeapauea.
– Una persona pensante alada… y sin pelo -murmuró él, traduciendo al inglés.
– Los zululuquis -añadió ella.
– ¿Son peligrosos?
– ¿No recordáis?
– ¿Preguntaría si no?
– Perdonadme, Señor. No quería irritaros. No, en general no son peligrosos. Ni nosotros ni nuestros enemigos los wuagarondites les matamos. Prestan un gran servicio a todos.
Ulises le hizo algunas preguntas más y luego se echó a dormir. Soñó con murciélagos de rostros humanos.
A los dos días llegaron a la primera aldea wuagarondite. Mucho antes, los tambores habían anunciado que les habían visto. Singing Bear echaba un vistazo de vez en cuando a los exploradores que corrían de árbol en árbol, o atisbaban detrás de los matorrales. Siguieron un ancho y profundo arroyo en el que había muchos peces blancos y negros de alrededor de un metro de longitud. Investigó y llegó a la conclusión de que no eran peces sino mamíferos: marsopas pigmeas. Awina dijo que los wuagarondites los consideraban sagrados y sólo mataban una vez al año a uno de ellos en una ceremonia. Los wufeas no los consideraron sagrados, pero como sólo se encontraban en territorio enemigo nunca se preocupaban de ellos. Si un grupo de incursión wufea mataba a uno, y los wuagarondites daban con el cuerpo, sabrían que había wufeas en la zona.
Unos siete kilómetros después, dejaron el arroyo y subieron un cerro muy empinado. Al otro lado, en un valle que habla sobre una colina baja, estaba la aldea wuagarondite.
Las casas del clan eran redondas. Por lo demás, se parecían mucho a la aldea de los wufeas. Los guerreros que estaban reunidos ante las puertas abiertas de la empalizada, sin embargo, tenían la piel marrón y franjas negras sobre ojos y mejillas. Y llevaban boleadoras y espadas de cierta madera además de las azagayas de piedra, los cuchillos y los tomahawks.
Su estandarte llevaba el cráneo de un correcaminos gigante. Awina le había dicho que aquél era el tótem del superclan, el jefe de todos los clanes de los wuagarondites. Respetaban al correcaminos, el apuakauey, pero iniciaban a sus jóvenes guerreros con una lucha contra un ave gigante. El iniciado iba armado únicamente de unas boleadoras y una lanza, y tenía que derribar a un ave enrollándole las boleadores a las patas y cortarle luego la cabeza. Había por lo menos cuatro jóvenes guerreros iniciados al año en cada aldea que morían en esta peligrosa ceremonia.
Encabezada por Ulises, la procesión comenzó a descender la larga y escarpada colina. Los wuagarondites tocaban los grandes tambores y soplaban cuernos. Un sacerdote, cubierto de plumas, agitó una calabaza hacia ellos, y posiblemente estuviese cantando algo, aunque a aquella distancia Ulises no pudo oír nada por encima del ruido de los instrumentos.
A mitad de la bajada del cerro, Awina dijo:
– ¡Señor! -y señaló hacia el cielo. La criatura de grandes alas y aspecto de murciélago descendía hacia ellos. Ulises la observó bien mientras pasaba ante él. Awina no había mentido ni exagerado. Era un humano o casi humano alado. Su cuerpo era más o menos del tamaño del de un niño de cuatro años. El torso era completamente humano salvo el enorme tórax. La clavícula tenía que ser muy larga para sostener los grandes músculos de las alas. Tenía la espalda chepuda, aunque la joroba parecía de músculo sólido. Tenía los brazos muy delgados, y las manos con dedos muy largos y larguísimas uñas. Las piernas cortas, frágiles y curvadas. Los pies muy anchos y el gran pulgar casi en ángulo recto respecto al resto del pie.
Las alas eran hueso y membrana, y sus extremos estaban ligados al bulto de músculo de la espalda. Tenía seis miembros, el primer mamífero de seis miembros que Ulises Veía. Pero quizás no fuese el último. Aquel planeta (o aquella Tierra) aún guardaba muchos secretos extraños para él.
La cara era triangular. La cabeza abultada, redonda y sin un sólo pelo. Las orejas eran tan grandes que parecían alas auxiliares. Los ojos, al igual que la cara, parecían pálidos desde lejos.
Aquella criatura desnuda no parecía tener un solo pelo.
Ulises sonrió cuando el ser alado descendió y plegó por la mitad sus alas y se apoyó en sus flacas piernas y anchos pies. Caminó bamboleándose hacia ellos, habiendo perdido toda gracia al tocar el suelo. Alzó un delgado brazo y habló con voz aflautada e infantil en airata.
– ¡Saludos, dios de piedra! ¡Ghlij os saluda y os desea una larga vida como dios!
Ulises le entendía bastante bien, pero aún no podía hablar la lengua franca con fluidez.
– ¿Hablas wufea? -preguntó.
– Desde luego. Uno de mis idiomas favoritos -contestó Ghlij-. Nosotros los zululuquis hablamos muchas lenguas, y el wufea es una de las menos difíciles.
– ¿Qué nuevas traes, Ghlij? -preguntó Ulises.