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A las nueve menos cuarto de la mañana siguiente, sonó el teléfono en el laboratorio. Sam Latourette se lo cogió al técnico que lo había cogido.
—Bien, si es así, no aceptes nada de lo que diga, Tom. Dile que espere. Se lo notificaré a Ed Hawks.
Colgó y cruzó el suelo sobre sus viejos zapatos hasta el lugar donde se encontraba Hawks con el equipo de la Marina sacando el traje que llevaría Barker.
El traje yacía abierto sobre su mesa larga y regulable como si fuera un langostino seccionado, de cuyos lados colgaban inyectores de aire desconectados, con sus junturas almenadas sobresaliendo de forma artrítica debido a los motores eléctricos y a los pistones hidráulicos que llevaban empotrados y que harían que se movieran. Hawks había conectado cables para comprobar el suministro de energía a las junturas; el traje se flexionó y se movió, con las perneras rozando con energía sobre la cubierta de plástico de la mesa, retorciendo el grupo de herramientas y pinzas al extremo de sus brazos. Uno de los hombres de la Marina extrajo un cilindro de aire comprimido y lo unió a los inyectores de aire. A un asentimiento de Hawks, el casco, cubierto de capas protectoras, con el yelmo atravesado por unas varillas de hierro entrecruzadas, siseó agudamente a través de las tomas, al tiempo que la superficie de la mesa gemía.
—Deja eso, Ed —comentó Sam Latourette—. Estos hombres pueden manejarlo perfectamente.
Hawks miró a los de la Marina, que habían alzado la vista hacia Latourette con ojos que parecían pedir disculpas.
—Ya lo sé, Sam.
—¿Vas a llevarlo tú? ¡Déjalo en paz! —estalló Latourette—. ¡Nunca hay nada que salga mal con el equipo!
—Quiero hacerlo —comentó Hawks con voz paciente—. A los muchachos, aquí… —señaló hacia los técnicos—, a los muchachos no les importa que juegue con su equipo Erector.
—Bueno, pues ese tal Barker se encuentra ya en la puerta. Dame su pase y yo bajaré a buscarlo. Parece ser todo un premio.
—No, yo lo haré, Sam. —Hawks se apartó de la mesa y les hizo un gesto con la cabeza a los técnicos—. Está en perfecto estado. Gracias.
Dejó el laboratorio y subió con aire preocupado por las escaleras hasta la planta baja.
Una vez fuera, recorrió el sendero de asfalto negro cubierto por la neblina que conducía a la puerta, que apenas era visible a través de la punzante bruma. Miró su reloj de pulsera y sonrió fugazmente.
Barker había dejado el coche en el aparcamiento exterior y se hallaba de pie ante la pequeña entrada para los visitantes; miraba con ojos fríos al guardia que, en posición de firme, le ignoraba. Los pómulos de Barker estaban enrojecidos y llevaba la cazadora de popelín doblada sobre su antebrazo izquierdo, como si esperara comenzar de un momento a otro una lucha de cuchillos.
—Buenos días, doctor Hawks —saludó el guardia cuando Hawks llegó a su lado—. Este hombre ha estado intentando convencerme de que le dejara entrar sin un pase. También ha tratado de sonsacarme acerca de sus actividades aquí.
Hawks asintió y miró pensativo a Barker.
—No me sorprende. —Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta que llevaba debajo de la bata y le entregó el pase de la compañía y el papel del visto bueno de seguridad del FBI. El guardia se los llevó a su caseta para grabar los números en la hoja de entrada.
Barker miró con aire de desafío a Hawks.
—¿Qué hacen en este lugar? ¿Otro proyecto de bomba atómica?
—No tiene ninguna necesidad de sonsacar información —contestó Hawks con voz tranquila—. Y ningún sentido hacerlo con un hombre que no la posee. Me sentiría mucho mejor si no hubiera supuesto exactamente cómo iba a comportarse usted aquí. Gracias, Tom —dijo cuando el guardia salió y abrió la puerta. Se volvió de nuevo a Barker—. Siempre se le comunicara lo que necesite saber.
—A veces resulta mejor si se me permite a mí juzgar lo que necesito o no —observó Barker—. Pero… —Hizo una profunda inclinación de cintura—. A su servicio. —Se irguió y contempló las pesadas tuberías de medición que formaban el dintel de la puerta de acceso de la verja Ciclón. Agitó los fruncidos labios hasta formar una sonrisa—. Bien, morüuri te salutamus, doctor —comentó al entrar—. Reconocemos su status en el momento de nuestra muerte.
El rostro de Hawks exhibió una mueca.
—Yo también he leído algún que otro libro —dijo con calma, y dio media vuelta—. Póngase la identificación y venga conmigo.
Barker la cogió del guardia, que la sostenía con gesto paciente, y se la prendió al bolsillo de la camisa.
—Y, gracias, Tom —dijo por encima del hombro, acoplándose al paso de Hawks—. Claire no quería que viniera —comentó, al tiempo que ladeaba la cabeza para mirar de forma expresiva a Hawks—. Tiene miedo.
—¿De lo que yo pueda hacerle a usted o de lo que pueda ocurrirle a ella por el resultado? —inquirió Hawks, sin apartar los ojos de los edificios.
—No lo sé, doctor. —Había recelo en la tensión de Barker—. Sin embargo —añadió despacio, con voz dura y precisa—, yo soy el único otro hombre que ha llegado a asustarla.
Hawks guardó silencio. Prosiguió su camino de regreso al laboratorio; al cabo de un rato, Barker volvió a sonreír, breve y astutamente, y siguió con los ojos fijos sólo en el lugar hacia donde le llevaban sus pies.
Los escalones que bajaban al laboratorio desde la planta baja, donde se detenían los ascensores, estaban recubiertos de láminas de acero antideslizante. La pintura verde que recubría las láminas aparecía en buen estado en los bordes, y había desaparecido en la superficie donde habían sido embutidos los rombos antideslizantes. Más cerca del centro, los rombos se veían desgastados en los bordes que corrían en ángulo paralelo. En el mismo centro, una serie de soldaduras eléctricas habían sido superpuestas a mano sobre el liso y usado metal. Las pisadas de Hawks y de Barker resonaron de forma indistinta en la escalera de color gris de la marina.
—Arrastra a sus víctimas arriba y abajo en largas hileras encadenadas, ¿verdad? —comentó Barker.
—Me alegra descubrir que ha encontrado otro tema de conversación —respondió Hawks.
—Apuesto que han sido muchos los gritos agonizantes que han recorrido este túnel. ¿Qué hay más allá de esas puertas? ¿La cámara de tortura?
—El laboratorio. —Mantuvo abierta la puerta basculante—. Entre.
—Será un placer.
Barker irguió los hombros en perfecta simetría, se pasó la chaqueta doblada a la espalda y entró delante de Hawks. Dio unos cuantos pasos por el corredor principal que había entre las vitrinas que contenían los reguladores de voltaje instalados en serie y se llevó las manos a los bolsillos, deteniéndose para echar un vistazo. Hawks se paró a su lado.
Todas las luces de trabajo estaban activadas. Barker giró lentamente el torso y observó las galerías de equipo de modulación de señales y a los ayudantes efectuar chequeos de comprobación de los componentes.
—Están ocupados —dijo, mirando a los hombres de batas blancas que consultaban las hojas de comprobación que llevaban en sus manos, activando interruptores, dando entrada a los generadores de señales de los anaqueles de servicio que había encima de cada galería, desactivando, reajustando, volviendo a hacer pruebas. Su mirada se posó sobre los estantes más cercanos de una serie acoplada de amplificadores diferenciales que había en el suelo del laboratorio—. Un montón de cableado. Me gusta eso. Las maravillas de la ciencia. Ese tipo de cosas.
—Forma parte de un hombre —explicó Hawks.
—¿Oh? —Barker enarcó una ceja. Sus ojos mostraban un destello burlón—. Enchufes, cables y pequeños artefactos de cerámica —desafió.
—Ya se lo dije —indicó Hawks con calma—. No tiene que intentar sonsacarnos información. Nosotros se la brindaremos. Eso forma parte de un hombre. El amplificador que hay al lado está pensado para que sea otra parte.
»Todo ese banco de amplificadores contiene la descripción electrónica exacta de un hombre: su estructura física, hasta la última partícula en movimiento del último átomo en la última molécula de la última célula que haya en la uña del dedo meñique del pie. Conoce, por lo tanto, el tiempo y el volumen de su reacción nerviosa, el alcance y la naturaleza de sus reflejos, la capacidad eléctrica de cada célula de su cerebro. Sabe todo lo que tiene que saber, de modo que pueda transmitirle a otra máquina la forma de construir un hombre.
»Da la casualidad de que es un hombre llamado Sam Latourette; sin embargo, podría ser cualquiera. Es nuestro hombre estándar. Cuando el escáner del transmisor de materia le convierta en una serie de flujos de electrones similar, la información sera transmitida a una cinta que es almacenada. También viene hasta aquí, para que podamos cotejar las diferencias entre usted y el modelo estándar. Ello nos brinda una doble comprobación cuando necesitamos una señal de modulación precisa. Es lo que vamos a hacer hoy. Tomaremos nuestra exploración inicial, de modo que tengamos una cinta de control y una lectura diferencial que podamos emplear en nuestra transmisión de mañana.
—¿Transmisión de qué?
—De usted.
—¿Adonde?
—Ya se lo he dicho. A la Luna.
—¿Así de sencillo? ¿Sin cohetes, sin cuenta atrás? ¿Sólo un montón de tubos chisporroteando, y adelante? Ya estoy en la Luna, como si fuera una radiofoto tridimensional. —Barker sonrió—. ¿No es grande la ciencia?
Hawks le miró inexpresivamente.
—Aquí no estamos librando ninguna contienda en la que deba probar su hombría, Barker. Realizamos un trabajo. No hace falta que mantenga su guardia en alto todo el tiempo.
—¿Reconocería una contienda si viera alguna, doctor?
Sam Latourette, que se les había acercado por detrás, gruñó:
—¡Cállese, Barker!
Barker se volvió con aire indiferente.
—Por Dios, hombre, no me he comido a su hijo.
—Está bien, Sam —intervino Hawks con paciencia—. Al Barker, éste es Sam Latourette. El doctor Samuel Latourette.
Barker dirigió la vista hacia los amplificadores y volvió a mirarle.
—Ya nos hemos conocido —le dijo a Latourette, tendiendo la mano.
—No resulta muy gracioso, Barker.
Barker bajó la mano.
—No soy un comediante de profesión. ¿Qué es usted…, la directora del internado?
—He estado leyendo el dossier que Personal ha enviado de usted —comentó Latourette con pesada persistencia—. Quería comprobar cuáles eran las posibilidades de que nos resultara de alguna ayuda aquí. Y también quiero que recuerde una cosa. —Latourette bajó la cabeza hasta que tuvo el cuello enterrado entre sus enormes hombros, y su rostro se vio ampliado por hileras paralelas de carne amarillenta que surgieron en densos pliegues a lo largo de las líneas de su mandíbula—. Cuando usted habla con el doctor Hawks, lo está haciendo con el único hombre en el mundo que pudo haber construido esto. —Abarcó con el gesto las galerías, las pasarelas, el banco de amplificadores y el inmenso transmisor de la pared más lejana—. Está hablándole a un hombre cuyo cerebro se encuentra tan alejado de la confusión, de lo que usted y yo pensamos como un error humano normal, como usted lo está de un chimpancé. Usted no se halla capacitado para juzgar su trabajo o hacer comentarios punzantes al respecto. Su pequeña personalidad retorcida no está a la altura de la preocupación de él. A usted se le ha contratado para que realice un trabajo aquí, igual que a todos nosotros. Si no puede llevarlo a cabo sin causarle más problemas de los que usted vale, largúese…, no añada más peso a su carga. Ya tiene más que suficiente. —Latourette miró con ojos intensos a Hawks—. Más que suficiente. —Adelantó los hombros. Sus brazos colgaban sueltos y alertas—. ¿Lo ha entendido?
La expresión de Barker fue atenta y fría mientras observaba a Latourette. Su peso se había apartado casi por completo de su pierna ortopédica; no obstante, no se apreciaba ninguna otra señal de tensión en él. Mantenía una calma mortal.
—Sam —intervino Hawks—, quiero que supervises las pruebas del receptor del laboratorio. Tiene que ser ahora mismo. Luego necesito una comprobación de los datos telemétricos de la torre de repetición y del receptor de la Luna. Tan pronto como los tengas, házmelo saber.
Barker contempló cómo Latourette daba media vuelta y se marchaba en silencio junto al banco de amplificadores en dirección a la plataforma de recepción. Allí, un grupo de técnicos realizaban análisis fluoroscópicos a una serie de objetos de prueba que les eran transmitidos por otro grupo.
—Venga conmigo, por favor —le dijo Hawks a Barker, y se encaminó despacio hacia la mesa en la que yacía el traje.
—Así que por aquí hablan de usted de esa forma —comentó Barker, que seguía mirando a uno y otro lado a medida que andaban—. No me extraña que se impaciente cuando se encuentra tratando con el gran mundo que hay ahí afuera.
—Barker, es importante que sólo se preocupe de lo que ha venido a hacer. Es algo totalmente alejado de la experiencia humana y, si ha de completarlo con éxito, existen una serie de cosas que ha de absorber. Tratemos de mantener las personalidades al margen de esto.
—¿Y qué me dice de su muchacho? ¿Latourette?
—Sam es un hombre excelente —repuso Hawks.
—Y ésa es su disculpa.
—Es la razón por la que se encuentra aquí. Normalmente, estaría en un sanatorio bajo sedación por el dolor que padece. Tiene un cáncer incurable. El año próximo estará muerto.
Habían dejado atrás la baja hilera de gabinetes interconectados de acero gris. La cabeza de Barker giró con un movimiento brusco.
—Oh —comentó—. Ésa es la causa por la que es el hombre estándar que tienen almacenado allí. Nada que le corrompa la carne. La vida eterna.
—Ningún hombre normal desea morir —repuso Hawks, posando la mano en el hombro de Barker y conduciéndole con suavidad hacia el traje. Los hombres del equipo de la Marina lanzaron miradas subrepticias a Barker, tras comprobar si alguno de sus compañeros les observaba en ese momento en particular—. De otro modo, el mundo se vería barrido por los suicidas.
Hawks no presentó a Barker al equipo. Al llegar al borde de la mesa, señaló el traje.
—Bien, esto es lo mejor que podemos hacer por usted en forma de protección. Se mete en el traje, sobre la mesa, y será introducido en el transmisor. Será transmitido a la Luna dentro de él… Una vez dentro, lo encontrará cómodo y muy maniobrable. Posee ayudas de energía que se activan por medio de diversas presiones que realiza su cuerpo. El traje responderá a todos sus movimientos. Me han dicho que es como si nadara. Dispone de una selección de todas las herramientas que sabemos que necesitará, y unas cuantas más que creemos que pueden resultar de utilidad. Es algo que, siempre que pueda, nos tendrá que confirmar posteriormente. Es importante que se familiarice exhaustivamente con las operaciones del traje… La mayoría son automáticas; sin embargo, lo mejor es no dejar nada al azar. Ahora me gustaría que se metiera en él, para que el alférez y sus hombres puedan comprobar que no tendrá ninguna dificultad.
El oficial de la Marina a cargo del equipo de especialistas dio un paso al frente.
—Disculpe, doctor —dijo—. Tengo entendido que el voluntario tiene una extremidad prostética. —Se volvió a Barker—. Si es tan amable de quitarse los pantalones, señor.
Hawks sonrió, incómodo.
—Le sostendré la chaqueta —le comentó a Barker.
Barker miró a su alrededor. Gotas de frío sudor aparecieron en su frente. Le alcanzó la cazadora a Hawks sin mirarle, se desabrochó el cinturón y se quitó los pantalones. Permaneció con ellos aferrados en la mano, observó a Hawks, y luego los enrolló rápidamente y los depositó en el borde de la mesa.
—Ahora, si se introduce en el traje, señor, veremos los ajustes que son necesarios realizar. —El alférez le hizo un gesto a su equipo y los hombres rodearon a Barker, alzándolo y depositándolo de espaldas en el interior del traje abierto. Barker permaneció rígido, con la vista hacia arriba, y el alférez prosiguió—: Muévase, por favor…, queremos cerciorarnos de que sus músculos realizan un contacto firme con todos los puntos de presión de las placas del servomotor.
Barker comenzó a mover rígidamente el cuerpo.
—Sí, es lo que pensaba —anunció el alférez—. La extremidad ortopédica tendrá que ser modificada en la pantorrilla y en la articulación de la rodilla. Fidanzato… —Señaló a uno de sus hombres—. Tome las medidas de esos espacios y vaya al almacén de maquinaria. Quiero que se coloquen unas placas ahí. Lo siento, señor —se dirigió a Barker—, pero tendrá que dejar que mi hombre se lleve la pierna con él. No tardará mucho. Sampson…, ayúdele a quitarse la camisa de modo que pueda desabrocharse la sujeción del hombro.
Barker extrajo rápidamente los brazos del traje, aferró los bordes de la espalda y se ayudó a sentarse.
—Yo me quitaré mi propia camisa, hijo —dijo con voz áspera, pasándola por encima de la cabeza. Mientras Sampson desabrochaba la correa principal de la pierna, Barker miró con ojos torvos a Hawks y dio unos golpecitos con los dedos en el borde del blindaje del traje—. «¿Nuevos artificios, Mago?». —Pareció esperar una respuesta especial a eso.
Hawks frunció el ceño. La sonrisa de Barker se distorsionó con más ironía aún. Miró a su alrededor.
—Bueno, eso es un suspenso. ¿Alguien que quiera intentarlo? Quizá debiera atarme también una mano a la espalda, ¿eh?
El alférez, inseguro, le comentó a Hawks:
—Se trata de una cita de una obra de teatro, doctor.
Observó a Barker que, con solemnidad, se humedeció un dedo y trazó una X en el aire.
—Primer punto para el graduado de la NROTC.
Los otros hombres del equipo mantenían las cabezas bajas y proseguían con su trabajo.
—¿Qué clase de obra, alférez? —preguntó Hawks con voz tranquila.
—La leí en mi curso de Literatura Inglesa —repuso incómodo el alférez, ruborizándose cuando Barker le hizo un guiño—. Merlín el Mago ha construido una armadura invencible. Su intención primera era dársela a Sir Galahad; sin embargo, mientras la construía, las necesidades de la fórmula mágica le obligaron a adecuarla a las proporciones de Lancelot. Y aunque Lancelot había estado traicionando al Rey Arturo, y ese mismo día se batirían en el torneo, Merlín no podía dejar que la armadura no fuera usada. Así que llama a Lancelot a su taller, y lo primero que dice Lancelot cuando entra y ve la armadura mágica es: «¿Qué es esto… nuevos artificios, Mago?».
Barker le sonrió fugazmente al alférez y luego a Hawks.
—Tenía la esperanza de que reconocería el paralelismo, doctor. Después de todo, usted me indicó que había leído uno o dos libros.
—Ya veo —repuso Hawks. Observó con ojos pensativos a Barker; luego le preguntó al alférez—: ¿Cuál es la respuesta de Merlín?
—«Sí. Blindajes.»
La boca de Barker se alzó jubilosa. Le dijo a Hawks:
—«¿Blindajes?. Vaya, Filósofo, ¿te dedicas a la artesanía en tus años seniles? ¿Posas dedos torcidos en la lámina del trabajador de metales, y golpeas sobre la placa de Damasco para imitar el trabajo del heraldo?»
El alférez, mirando de forma incierta a Hawks y a Barker, citó:
—«Lo que he hecho no es asunto tuyo… Confórmate con saber que cuando un águila se inclina a hacer su nido, semejantes nidos son construidos sólo para que los habiten las águilas, o aquellos a quienes las águilas dan su consentimiento para morar allí.»
Barker enarcó una ceja.
—«¿Y yo tengo el tuyo, viejo pájaro?»
—«Mi permiso y mi oración, destrozacabezas» —replicó el alférez.
—«No te caigo bien» —expuso Barker, mirando ceñudo a Hawks—. «Y seguro que Arturo no te ordenó que envolvieras este cuerpo sano y robusto más allá de todo daño mortal. No, no este cuerpo… No es muy aficionado a mi bienestar, ¿eh?… Bien, ésa es otra cuestión. ¿Dices que esta armadura viene de ti? Entonces, ¿es segura, está entretejida con tus encantamientos? ¿Es maravillosamente resistente? ¿Para mí? Tal como dije al principio, yo no te caigo bien… Entonces, ¿a qué se debe esto? ¿Quién te lo ha ordenado?»
El alférez se pasó la lengua por los labios y miró con ansiedad a Hawks.
—¿Debo continuar, doctor?
Hawks le sonrió débilmente a Barker.
—Bueno, sí… veamos cómo termina. Si me gusta el resumen, quizá me compre el libro.
—Sí, señor.
Los hombres del alférez no habían alzado la vista. Sampson se afanaba, absorto con las hebillas de la correa del hombro.
—«Mi arte me lo ordena, Caballero. Tal como el tuyo te impulsa a ti, en señal de que el arte ama por completo a un hombre del mismo modo en que lo haría una mujer. Jamás una armadura como ésta ha montado un caballo. Nunca los ojos tan buenos de un artesano han medido con tanta precisión las articulaciones, ni trabajado con tanto cariño. Jamás los ojos de un diseñador se han unido con tanta ansiedad a las manos de un artificiero ni a la mente de un hacedor de máquinas, como las que se han reunido aquí para extraer de tu vigor esa fuerza vital que, a la larga, se llevará toda la gloria. Tómala, ¡maldito seas!, tómala, tú has conquistado más de lo que te correspondía, ¡y aún buscas mayores conquistas!»
—«Hay celos en ti, anciano» —afirmó Barker.
—«¡Desconoces las causas!»
—«¿Es que acaso estás al tanto de lo que mi mente silenciosa piensa? No seas tan arrogante, Mago. Es como tú has dicho…, yo también conozco lo que es ser dominado por el arte. Y tengo mi orgullo, como tú el tuyo. ¿Crees que me acarreará gloria tomar con tu obsequio lo que bien podría conseguir sin él?»
—«¡Debes aceptarlo!»
—«¿O dónde quedaría tu magia? Sí…, ¿y qué es de mi arte, que ha de valerse del tuyo? Lo aceptaré, aunque dudo de mi decisión. ¿Tú garantizas su valía? ¿No fallará en algún campo, contra el embate de una lanza ajena a tus previsiones?»
—«Si fallara, entonces yo caería contigo, Caballero.»
Con gesto impaciente, Barker apartó a Sampson y alzó la mano al lugar donde la estrecha banda de cuero le había marcado de forma permanente el hombro. La bajó y desabrochó la ancha correa que le atravesaba el estómago.
—«Entonces, no falles, heraldo» —musitó—. «Te lo ruego…, no falles.»
Hawks miró con serenidad a Barker durante un momento. Luego se mojó un dedo y trazó una X en el aire.
—Primer punto para el hombre completo —dijo. Mientras pronunciaba esas palabras, un destello de dolor recorrió su rostro.
Fidanzato se marchó con la pierna de Barker. Un técnico se acercó a Hawks.
—Su secretaria al teléfono, Ed —comunicó—. Me pidió que le dijera que era urgente.
Hawks sacudió la cabeza para sí mismo.
—Gracias —aceptó distraídamente, y atravesó el laboratorio hasta una pequeña cabina aislada. Cogió la extensión del auricular—. Soy Hawks, Vivian. ¿De qué se trata…, una llamada de Tom Phillips? No, está bien…, la esperaba. La recibiré aquí. —Aguardó, con los ojos perdidos, hasta que la llamada del almirante fue transferida al laboratorio. El diafragma del auricular sonó otra vez—. Sí, Tom —dijo—. Oh, me encuentro bien. Sí. Hace calor en Washington, ¿verdad? No, aquí no. Sólo un poco de contaminación. Bien.
Permaneció a la escucha, sin mirar la pared vacía que tenía delante de él.
—Sí —repuso al fin con lentitud—. Bueno, pensé que el informe sobre Rogan tendría ese efecto. No, escucha…, hemos conseguido una nueva aproximación. Hemos descubierto a un hombre nuevo. Creo que funcionará a la perfección. No, mira…, quiero decir una clase nueva de hombre; me parece que con él tendremos una buena oportunidad. No, no…, escucha, ¿por qué no examinas su expediente? Al Barker. Sí, Barker. Debe de tener un impreso 201 de la Marina, procedente de los registros de la Oficina de Servicios Estratégicos. Y una autorización de seguridad del FBI. Sí. ¿Sabes?, la cuestión es que se trata de un organismo completamente distinto del tipo de muchacho agradable y decente de Rogan. Sí, los informes te lo mostrarán. ¿Qué te parece si mantienes una entrevista personal, si lo que necesitas es que convenza al Comité? No, ya sé que están molestos por Rogan y los demás; pero quizá, si tú…
Su mano izquierda libre jugueteaba ciega e insistentemente con uno de los botones de su bata.
—No, Tom…, piensa. Piensa, ahora… Mira, si se tratara sencillamente de un voluntario más, ¿qué objetivo creería yo que cumpliría? No, es diferente. Mira, si tú… De acuerdo, si no queda tiempo, no queda tiempo. ¿Cuándo van a reunirse de nuevo? Bueno, pues me parece que queda el tiempo suficiente de vuelo entre ahora y pasado mañana. Podrías venir hasta aquí y… —Sacudió la cabeza a la pared y apoyó la palma de la mano contra su superficie—. De acuerdo. Sé que eres un hombre ocupado. De acuerdo, entonces; si estás de mi lado y no necesitas volar hasta aquí porque confías en mí, ¿por qué no confías en mí? Quiero decir que, si considero que la próxima transmisión funcionará, ¿por qué no aceptas mi palabra? —Escuchó, y dijo de malhumor—: Bien, maldita sea, si el Comité no tomará una decisión oficial hasta pasado mañana, ¿por qué no puedo continuar hasta que la tomen? Para ese entonces ya tendré un éxito en mi registro, esto marchará y… Mira…, ¿crees que perdería mi tiempo si no pensara que este hombre lo va a conseguir?
Suspiró y, luego, prosiguió con voz ronca:
—¡Mira, si pudiera garantizar cuáles van a ser los resultados, no necesitaría un programa de investigación! Tratemos de hacer esto paso a paso, ¡si es que vamos a hacerlo de una vez por todas! —Se pasó la mano por la cara, presionando con fuerza—. De acuerdo, hemos vuelto a lo mismo…, ¿de qué sirve discutir? Tú me has dado dinero, poder de decisión, equipo y todo lo demás porque se trata de mí; sin embargo, en la primera ocasión que tienes que aceptar mi palabra acerca de algo, nadie de los que están allí puede apartarse un momento de su maldito pánico el tiempo suficiente para meditar con quién están tratando. ¿Crees que hago todo esto sobre conjeturas?
Se pasó la lengua por los labios y escuchó con atención. Luego se relajó.
—De acuerdo entonces —repuso con una sonrisa glacial—. Te llamaré temprano pasado mañana y te daré a conocer los resultados. ¡Descuida, tendré en cuenta la diferencia horaria! De acuerdo. Y no, no…, no te preocupes —finalizó—. Lo haré lo mejor que pueda. Sí. Bueno, tú también, Tom. Ya te veré.
Colgó de un golpe el auricular y dio media vuelta; su rostro estaba tenso. Se miró las manos y se las metió en los bolsillos.
Sam Latourette había estado esperando que terminara. Se le acercó con expresión preocupada.
—¿Problemas, Ed?
Hawks sonrió con una mueca.
—Algunos. El intento de mañana ha de ser el bueno.
—¿De lo contrario? —preguntó incrédulo Latourette—. ¿Así de fácil? ¿Años de trabajo y millones de dólares tirados por el desagüe? ¿Están locos?
—No. No, son humanos, Sam. Para ellos, lo que en un principio pareció un dinero bien invertido comienza a convertirse en algo nefasto. Añadido a la pérdida de hombres. ¿Qué quieres que hagan? ¿Que continúen sintiéndose cómplices de unos asesinatos estúpidos? Además, después de todo…, no es que signifique que las transmisiones a la Luna representan el final del programa del transmisor.
El rostro de Latourette enrojeció.
—¡Vamos, Ed! Lo único que le hace falta al programa del transmisor es tener una mancha negra como ésta para que incluso la compañía lo deje. Lo reanudarán alguna vez, pero no de inmediato…, y sin ti. Lo sabes. Te alejarán y cerrarán esto hasta que se enfríe un poco. Ellos…
—Lo sé —corroboró Hawks—. Estoy demasiado impregnado por el olor a muerte. —Miró a su alrededor—. Sin embargo, no lo harán si mañana Barkernos da resultado. «El éxito lo tapa todo». Chaucer. Fuera de contexto. —Su rostro se convulsionó en una sonrisa torcida—. El nivel de cultura en este sitio está aumentando. —Movió los hombros, con el rostro aún deformado, como el de un niño poseído por una frustración insoportable que buscara el cuarto de juegos. Con voz muy tenue, exclamó—: ¡Sam, qué complicada y terrible es la mente humana!
Con la cabeza baja, empezó a caminar cruzando el suelo del laboratorio.
Latourette arañó torpemente el aire.
—¡No puedes emplear a Barker! ¡No te puedes permitir el lujo de verte involucrado con alguien tan salvaje e impredecible como él! Ed, no funcionará…, será demasiado.
Hawks se detuvo en seco, con las manos en los bolsillos y los ojos cerrados.
—¿No crees que funcione?
—¡Escucha, si tenemos que aguantarle día tras día, empeorará con el tiempo!
—Así que piensas que sí dará resultado. —Hawks se volvió y contempló a Latourette—. Temes que funcione.
Latourette mostraba una expresión asustada.
—Ed, no posee la suficiente delicadeza como para no hurgar en cada punto sensible que encuentre en ti. Y tú no eres la clase de hombre que le ignore. Empeorará progresivamente, y tú…
—Tú lo has dicho, Sam —comentó con suavidad Hawks.
Al cabo de un momento, envió a Latourette de regreso al transmisor, y una vez más emprendió la marcha a través del laboratorio en dirección a Barker.
Hawks se quedó contemplando cómo le colocaban de nuevo la pierna a Barker. Unos bultos de aluminio habían sido soldados al material del color de la carne.
—Barker —llamó finalmente, alzando los ojos a la cara del hombre.
—¿Sí, doctor?
—El tiempo nos acucia. Le agradecería que fuera ahora a que nuestro médico le hiciera un chequeo. Mientras tanto, todos los hombres que puedan ser relevados tomarán su almuerzo.
—Doctor, sabe muy bien que hace una semana me hicieron un chequeo para el seguro.
—Hace una semana —repitió Hawks, mirando el suelo—, no es hoy. Dígale al doctor Holiday que le pido que sea todo lo rápido que pueda sin dejar de ser exhaustivo. Intente regresar aquí tan pronto como haya acabado. —Dio media vuelta—. Yo volveré en media hora.
Hawks esperó a solas en la antesala del despacho de Benton Cobey, contemplando pacientemente sus zapatos, durante veinte minutos. Finalmente, la secretaria le comunicó que podía pasar.
Cruzó la mullida alfombra, golpeó una vez en la lisa lámina de madera de caoba de la puerta de Cobey, la abrió y entró.
El presidente de la Continental estaba sentado detrás de un escritorio de madera de teca que brillaba con el barniz oscuro de su acabado a mano, casi tan negro como el carbón bituminoso. Cobey era un hombre pequeño, de aspecto agresivo, con una barbilla huidiza y un cráneo estrecho tan liso como un huevo. Su intenso bronceado tenía el toque de una lámpara de cuarzo, y los labios mostraban una ligera coloración azul debido a los primeros indicios de cianosis. El rostro dejaba ver la ligera crispación de una úlcera.
—Muy bien, Ed —comenzó sin preámbulos—. ¿De qué se trata?
Hawks tomó uno de los demasiado confortables sillones que había delante del escritorio y se sentó, arreglándose las rayas del pantalón.
—¿Hay de nuevo algo que funcione mal en el laboratorio? —inquirió Cobey.
—Se trata de un problema de personal —contestó Hawks, mirando por encima del hombro izquierdo de Cobey—. Y yo he de regresar al laboratorio a la una en punto.
—Háblalo con Connington.
—No sé si hoy ha venido. En cualquier caso, no es de su competencia. Lo que deseo es hacer que Ted Gersten sea mi ayudante en jefe. Está cualificado para ello; ha sido el segundo de Sam Latourette durante un año y medio. Puede realizar el trabajo de Sam. Sin embargo, necesito tu autorización para que comience mañana. Tenemos preparada una nueva emisión para entonces: las condiciones astronómicas ya han traspasado las condiciones óptimas; deseo que este mes realicemos todas las transmisiones posibles, y quiero que en ese momento Sam ya se encuentre al margen.
Su mano derecha, de forma inconsciente, se había dirigido al extremo de su corbata. Cogió la punta entre los dedos índice y corazón y empezó a jugar con la tela bajo el pulgar.
Cobey se reclinó en su asiento y entrelazó las manos. Sus nudillos adquirieron unas manchas rojizas.
—Seis meses atrás —dijo en voz baja—, cuando quise que enviaran a Latourette a casa, tú te inventaste esa historia de que lo necesitabas para que te ayudara a preparar el amplificador o algo así.
Hawks respiró hondo.
—La Hughes Aircraft requiere un ingeniero de proyectos para un programa de investigación de corta duración para la Marina. Frank Waxted quiere que Sam esté al frente, siempre que pueda disponer de él. No tendrá dificultades para conseguirle el visto bueno provisional del departamento de personal.
Cobey se adelantó en su asiento.
—Waxted no te llamaría para hablarte de Sam si ya no tuviera la idea de que podía hacerse con sus servicios. Mira, Hawks —comentó Cobey—, te acepto un montón de cosas…, incluso más de lo que la Marina me obliga a tragar. No te engañes: si no respetara tu cerebro, tendría tu pellejo en el momento que lo quisiera, y rompería el contrato; yo aún seguiría aquí, lo mismo que la compañía, cuando todo este asunto de la Luna estuviera acabado y olvidado.
»¡No vayas merodeando a mi espalda! ¡No me hables de llamadas de Waxted cuando apostaría dólares contra centavos a que él aún no tiene ni idea del tema! Te lo advierto, Hawks.
—Estoy aquí —repuso Hawks—. Te estoy diciendo lo que deseo. He arreglado la situación de forma que sólo tengas que tomar una decisión de sí o no.
—Siempre he afirmado que realizas buenos trabajos. ¿De qué va esto, Hawks? ¿Por qué deseas ver fuera de tus manos a Latourette? —Los ojos de Cobey se entrecerraron—. Latourette ha sido tu sombra desde el momento en que llegó aquí. Si quiero que alguien me dé una conferencia de diez minutos sobre la marcha de la electrónica moderna, le pregunto a Latourette cómo te has sentido tú últimamente. ¿Qué sucede, Hawks…, tú y Sam os habéis peleado?
Hawks aún no había mirado a Cobey a los ojos desde el momento en que entrara en el despacho.
—Las relaciones entre la gente es algo bastante complejo. —Hawks habló lenta y meticulosamente, como si anticipara un bloqueo en la garganta—. La gente pierde el control de sus emociones. Cuanto más inteligentes son, más sutilmente lo hacen. Los hombres inteligentes se enorgullecen del control que ejercen sobre sí mismos. Llegan hasta extremos muy elaborados para ocultar sus impulsos: no del mundo, no son hipócritas…, de sí mismos. Encuentran bases racionales para sus actos emocionales, y presentan excusas lógicas para el desastre. Un hombre puede iniciar toda una serie de errores y llegar hasta el borde del abismo, y caer en él sin darse cuenta.
—Lo que quieres dar a entender es que tienes una especie de conflicto con Latourette. Él quiere hacer una cosa y tú deseas otra.
Hawks continuó de forma evasiva.
—La gente sometida a una tensión emocional siempre recurre a la violencia. La violencia no tiene por qué ser empuñar una pistola; puede tratarse de una equivocación de un lápiz en un gráfico, o una decisión menor que arruine todo un programa. Ningún supervisor está capacitado para controlar a sus ayudantes todo el tiempo. Si pudiera hacerlo, no le haría falta ninguna ayuda en el trabajo. Mientras Latourette permanezca en su puesto, no sentiré que poseo el control de todo.
—¿Y debes tenerlo? ¿El control total?
—He de tenerlo.
—De modo que Latourette ha de marcharse. Así de fácil. Hace seis meses, tenía que estar aquí. Así de fácil también.
—Es el mejor hombre para el trabajo. Le conozco mucho mejor que a Gersten. Ésa es la razón por la que quiero a Gersten ahora… no ha sido mi amigo durante diez años como Sam.
Cobey se mordió el labio inferior y, lentamente, lo fue soltando sin relajar la presión de los dientes. Se inclinó hacia delante y golpeteó sobre una carpeta de memorándums con el extremo de su pluma.
—¿Sabes, Hawks? —dijo—, esto no puede continuar así. Comenzó como un sencillo contrato de investigación de la Marina. Nosotros sólo éramos los proveedores del equipo, aunque fueras tú el que iniciara el trato. Entonces, el gobierno descubrió esa cosa en la Luna, y a partir de ahí surgieron todos los problemas. Y, de repente, ya no estamos trabajando en algo que nos permita transmitir a la gente allí, sino que estamos funcionando como una instalación ya establecida, jugando con la telepatía, con hombres que han muerto y otros que se han vuelto psicóticos, y tú estás metido en ello hasta las orejas.
»Llego a mi despacho una mañana, y me encuentro con una carta que me informa de que, súbitamente, tú eres comandante de la Marina y estás al mando de la operación y del mantenimiento de la instalación. Lo que quiere decir que te encuentras en una posición en la que nos puedes exigir, como oficial naval, cualquier equipo que tú, como uno de nuestros ingenieros, creas que requiere la instalación. La Junta Directiva no me explica la base de los fondos que nos han asignado. La Marina no me cuenta nada. Se supone que tú eres un empleado de la ConEl, y yo ni siquiera sé dónde termina tu autoridad…, lo único que conozco es que se está gastando el dinero de la ConEl hasta el día en que la Marina nos lo devuelva, siempre que el Congreso no recorte el presupuesto de las tres fuerzas y, bajo los términos del contrato de investigación, no puedan devolverlo…, lo cual, por todo lo que sé, ha sido contemplado en los términos de algún párrafo oscuro de las Leyes de la Defensa Nacional. La única certeza que tengo es que, si meto a la Continental muy hondo en los números rojos, de modo que no pueda salir ellos, los accionistas me harán el hombre más feliz del mundo.
Hawks guardó silencio.
—Tú no has establecido el sistema en el que yo tengo que trabajar —siguió Cobey—. Sin embargo, ten la seguridad que lo has explotado bien. No me atrevo a darte una orden directa. Tengo la maldita convicción de que no podría despedirte de inmediato ni aunque lo quisiera. No obstante, mi función es dirigir esta compañía. Si tomo la decisión de que no puedo hacerlo contigo en ella, y yo no dispongo de la autoridad para despedirte, me veré obligado a pactar algún trato abyecto para obligarte a salir de aquí. Quizás hasta emplee ese bonito y breve discurso acerca de la violencia emocional. —Se volvió bruscamente y exclamó—: ¡Mirame, maldito seas! ¡Eres tú el que está causando estos problemas…, no yo!
Hawks se puso de pie y dio media vuelta. Caminó despacio hacia la puerta de Cobey.
—¿Puedo, o no puedo, dejar libre a Sam para que trabaje con Waxted y ascender a Gersten?
Cobey garabateó una nota en su agenda con punzantes golpes de su pluma.
—¡Sí!
Los hombros de Hawks se hundieron.
—De acuerdo entonces —dijo, y cerró la puerta tras él.
Cuando regresó al laboratorio, Barker ya se había puesto la primera de sus ropas interiores y estaba sentado en el borde de la mesa, alisándose la porosa seda sobre la piel, mientras el polvo de talco aparecía blanco por entre los brazaletes que llevaba en las muñecas y por encima del cuello. El traje interior era de color naranja; cuando Hawks se le acercó, Barker comentó:
—Parezco un acróbata de circo.
Hawks consultó su reloj de pulsera.
—Estaremos listos para la exploración en veinte minutos. Quiero encontrarme junto al equipo de transmisión de prueba en cinco. Preste atención a lo que voy a decirle.
—¿Ha tenido un mal almuerzo, doctor?
—Concentrémonos en nuestro trabajo. Quiero explicarle lo que se va a hacer con usted. Volveré más tarde para preguntarle si desea continuar, justo antes del comienzo.
—Es muy considerado.
—Es necesario. Ahora escuche: el transmisor de materia analiza la estructura de lo que sea que se le presente a sus escáners. Transforma ese análisis en una señal, que describe la estructura atómica exacta del objeto explorado. La señal es transmitida a un receptor. Y, en el receptor, la señal es alimentada a una plataforma de resolución. Allí, la estructura atómica explorada es duplicada utilizando un suministro local de átomos: bastará con media tonelada de roca; posiblemente sobre. En otras palabras, lo que hará el transmisor de materia será despedazarlo y, luego, enviar un mensaje a un receptor en el que le comunica cómo volver a ensamblarlo.
»E1 proceso es indoloro y, en lo que concierne a su consciencia, instantáneo. Se realiza a la velocidad de la luz, y ni los impulsos electroquímicos que transmiten los mensajes por sus nervios y entre las células de su cerebro, ni las partículas individuales que constituyen sus átomos, o los átomos en sus movimientos individuales, viajan a esa velocidad.
»Antes de que exista la posibilidad de que sea consciente del dolor o de la disolución, y antes de que su estructura atómica tenga tiempo de apartarse de la línea trazada, le parecerá como si hubiera permanecido inmóvil y el universo se hubiera movido. De repente se encontrará en el receptor, como si algo omnipotente hubiera movido la mano, y el impulso eléctrico que era un pensamiento que corría entre sus células cerebrales completará el viaje de una forma tan suave que tendrá verdadera dificultad, durante un momento, en darse cuenta de que se había movido siquiera. No exagero, y quiero que lo recuerde. Será de gran importancia para usted.
»Otra cosa que debe recordar es que, en realidad, usted no habrá hecho el viaje. El Barker que aparezca en el receptor no poseerá un átomo en su cuerpo que sea un átomo de su cuerpo actual. Una fracción de segundo en el pasado, esos átomos formaban parte de una masa de material inorgánico situado cerca del receptor. El Barker que surja habrá sido creado por la manipulación de esos átomos…, quitándole partículas a algunos y añadiéndoselas a otros, como alguien que le robara a Pedro para pagarle a Pablo.
»No produce ninguna diferencia funcional, recuerde que es así en la teoría: el Barker que aparezca será un duplicado exacto del original. Se trata del cuerpo de Barker, completo con sus células cerebrales, que duplican la disposición y las capacidades eléctricas de las originales. Este nuevo Barker tendrá sus recuerdos intactos, e incluso el recuerdo a medio terminar del pensamiento que él tenía acabará mientras está ahí. Sin embargo, el Barker original ha desaparecido para siempre, y sus átomos habrán sido convertidos en la energía que impulsó al transmisor.
—En otras palabras —comentó Barker—, estaré muerto. —Se encogió de hombros—. Bueno, eso es lo que me prometió.
—No —corrigió Hawks—. No —repitió lentamente—, no es lo que le prometí. En teoría, el Barker que aparezca en el receptor no podrá ser distinguido en ningún aspecto del original. Tal como le expliqué al principio, a él le parecerá como si nada hubiera ocurrido. Cuando le ocurra a usted, le parecerá que es usted el que se encuentra allí. La comprensión de que en algún lugar, en un momento, hubo un Barker que ya no existe, será puramente académica. Usted lo sabrá porque recordará lo que yo le estoy comunicando ahora. No lo sentirá.
»Tendrá un recuerdo claro de ser introducido en el traje y conducido al transmisor, de sentir la cámara del campo magnético al suspender el traje con usted en su interior, de las luces al apagarse y de descender al suelo de la cámara y darse cuenta de que debe hallarse en el receptor. No, Barker —finalizó Hawks, haciendo un gesto con la cabeza a los hombres del equipo, que se adelantaron con la ropa interior de algodón y el traje de presión elástico que Barker llevaría justo debajo de la armadura—. Cuando le mate, será de otras formas. Y usted podrá sentirlas.
Se marchó, dirigiéndose hasta el lugar en el que Sam Latourette comprobaba el transmisor, y alzó un brazo; sin embargo, se detuvo antes de rodearle los hombros.
—¿Cómo va todo, Sam? —preguntó.
Latourette volvió el rostro.
—Bien —repuso, despacio—; está transmitiendo los objetos de prueba a la perfección. —Indicó con la cabeza a un ayudante que acunaba entre los brazos a un mono anestesiado—. Y Jocó ha pasado por el transmisor y ha salido a este receptor en cinco ocasiones. La exploración concuerda perfectamente con la cinta que grabamos en la primera emisión de hoy, y también dentro de las expectativas de pérdida con la cinta de ayer. Cada vez se ha tratado del mismo Jocó de siempre.
—No podemos pedir más, ¿verdad? —comentó Hawks.
—No, no podemos —replicó de modo implacable Latourette—. Será igual con él —señaló con un movimiento brusco de la cabeza en dirección a la mesa—. No te preocupes.
—De acuerdo, Sam —suspiró Hawks—. Yo tampoco le propondría como miembro de ningún club de campo. —Miró a su alrededor—. ¿Se encuentra Ted Gersten junto con el equipo de recepción?
—Está arriba trabajando en una de las baterías de la señal de modulación. Es la única que no pasó la prueba. Ha ordenado que la desmantelaran. Ha dicho que la tendrá ensamblada esta noche, con tiempo suficiente para mañana.
Hawks frunció el ceño, pensativo.
—Será mejor que suba y hable con él. Creo que debería estar con nosotros cuando Barker vaya a ser explorado. —Dio media vuelta; luego, miró hacia atrás— Me gustaría que transmitieras a Jocó una vez más. Para asegurarnos.
Los labios de Latourette se cerraron. Le hizo una señal al ayudante con el mono con un gesto circular del brazo.
Gersten era un hombre enjuto, de facciones correosas y profundas y redondas cuencas oculares, cuyos bordes sobresalían claramente bajo la tensa piel de su cara. Los labios anchos y delgados casi eran del mismo color que el rostro. Se retraían cuando hablaba, mostrando los dientes y dando una impresión de gran intensidad. En contraste, su voz era suave, profunda y baja. Estaba de pie rascándose el cabello de una tonalidad gris acero, observando a los dos técnicos que se hallaban alzando un componente del chasis de la batería, que había sido sacado del equipo y depositado en el suelo de la galería.
Los cables del generador de señal de prueba colgaban del estante de servicio que había más arriba. Otras piezas del equipo de prueba se hallaban a los pies de los tres hombres. Mientras Hawks se acercaba desde la escalera que había en el extremo de la galería, Gersten se volvió y lo observó.
—Hola, Ed.
—Ted —asintió Hawks, y miró el trabajo que realizaban—. ¿Cuál es el problema?
—El distribuidor de voltaje. Ha cogido una especie de intermitencia. Funciona bien durante un rato; luego forma como un ovillo, y después vuelve a enderezarse.
—Oh. Por lo demás, Sam me ha comunicado que no hay problemas.
—Así es.
—Bien. Escuche, voy a necesitarle en el transmisor con Sam y conmigo en el momento en que exploremos al nuevo voluntario. ¿Quiere venir ahora?
Gersten miró a los dos técnicos.
—Claro. Los muchachos lo están haciendo bien.
Se apartó con cuidado de los instrumentos de prueba y bajó por la galería en dirección a la escalera al lado de Hawks.
Cuando se encontraron fuera del alcance de los oídos de los técnicos, Hawks comentó como al descuido:
—Puede que mañana tenga mucho que hacer, Ted. No tiene sentido que pierda tiempo en el ensamblado de cables esta noche cuando podría estar durmiendo. Solicite un nuevo distribuidor de la fábrica por medio de una entrega rápida por mensajero y envíeles el viejo. Deje que el dolor de cabeza sea de ellos. De cualquier manera, tendrá que realizar una serie de pruebas nuevas una vez más.
Gersten parpadeó.
—Supongo que eso se me hubiera debido ocurrir a mí. —Contempló a Hawks—. Sí. Así debió haber sido. —Se detuvo y añadió—: Enseguida estoy con usted, Ed.
Dio media vuelta y regresó a donde estaban los técnicos.
Hawks descendió por la escalera de hierro, y los tacones de sus zapatos resonaron con pisadas suaves y regulares. Atravesó de nuevo el laboratorio hasta donde Latourette observaba los instrumentos que había encima de la consola de la cinta de un gabinete de color gris conectado a un ordenador, llamando esporádicamente al técnico de ordenadores para que le leyera las cifras. El mono se hallaba una vez más en brazos del ayudante, agitándose soñoliento contra su pecho a medida que el efecto de la anestesia se diluía.
Hawks contempló en silencio mientras Latourette cotejaba las lecturas grabadas con los datos que le suministraba un técnico del equipo de recepción, que estaba operando otro ordenador de servicio.
—De acuerdo, Bill —dijo Latourette, dando media vuelta—. Pero ahora activemos las dos muestras para realizar la comparación. Hazme saber si algo no marcha bien.
El técnico asintió.
—Bueno —le comunicó Latourette a Hawks—, hasta donde he podido ver por la comprobación superficial, tu amigo Barker aún tiene un equipo a su espalda que funciona al cien por ciento. —Miró al mono—. Y, por cierto, Jocó muestra un aspecto saludable. —Giró hacia él—. ¿Dónde se encuentra Gersten?
—Bajará ahora mismo. —Hawks alzó la vista a las galerías—. Me gustaría conocer mejor a Gersten. Es un hombre difícil de entender. Nunca muestra más de lo necesario. Es bastante arduo acomodarte a un hombre de esas características.
Latourette le miró de modo peculiar.
Barker estaba tendido sobre la mesa, envuelto en su traje blindado, con el visor abierto. Miró con calma a Hawks cuando éste se inclinó sobre él.
—¿Todo bien? —preguntó Hawks.
—Perfecto.
La voz de Barker produjo ecos en el casco y salió distorsionada a través de la estrecha abertura. Los tubos de aire estaban enroscados sobre su estómago.
El alférez, que estaba al lado de Hawks, dijo:
—Parece encontrarse bastante cómodo. No creo que haya ningún problema de claustrofobia. Claro que no lo sabremos hasta que cerremos el visor y le bombeemos aire durante un rato.
—Hijo —comentó Hawks—, he buceado más metros en mi vida de los que tú has caminado.
—Esto apenas puede compararse con el buceo, señor.
Hawks se adelantó al campo de visión que había entre el rostro de Barker y el del alférez.
—Barker —le recordó—, le dije que iba a darle la oportunidad de que pudiera retirarse en el último momento si así lo deseaba.
—Me gusta la forma en que lo ha expresado, doctor.
—Debería ser obvia la razón por la que tenemos todos estos aparatos de control —insistió Hawks—. La fidelidad del proceso de resolución depende de la claridad de la señal que llega al receptor.
Incluso el haz más compacto que podamos enviar a la Luna va a recoger una cierta cantidad de ruido. De modo que lo alimentamos desde el transmisor que hay aquí hasta el banco de amplificadores, comprobando la señal con las lecturas que recogemos en la primera exploración.
»Claro que siempre existe una variación entre la cinta archivada y la señal. Con cada transmisión almacenamos una nueva cinta; sin embargo, se sigue produciendo un vacío de tiempo entre la última cinta y la siguiente transmisión del mismo objeto. Ésa es la razón por la que almacenamos un modelo estándar, junto con una tabla estadística del grado probable de variación cada ciertos períodos de tiempo. Al establecer analogías toscas en los amplificadores, y al introducir los factores estadísticos adecuados, somos capaces de crear una cierta medida de control.
—Espero que crea que entiendo lo que me está explicando, Hawks.
—Espero que lo intente. Ahora bien, cuando ya hemos hecho todo eso, disponemos de toda la precisión que podemos obtener. En ese punto, la señal es pulsada hacia la luna, y no sólo una vez, sino en repetidas ocasiones. Otro banco de amplificadores diferenciales instalado allí compara cada fragmento de información de cada pulsación de señal con todos los fragmentos de las señales que ha recibido. Rechaza todo aquello que difiera de la mayoría de sus duplicados. Tenemos la certeza de que cualquier error creado por el ruido de transmisión es descartado en el proceso.
»Lo que vamos a iniciar hoy será su exploración por primera vez. Nueve décimas partes de nuestro equipo de control no sirve para nada hasta que no disponga de lecturas de exploración con las que poder trabajar. De modo que, en esta primera ocasión, usted se confía por completo a nuestra capacidad como ingenieros electrónicos y a mi habilidad como diseñador. No puedo garantizar que el Al Barker que aparezca en el receptor del laboratorio sea el mismo hombre que es usted ahora. Uno puede poner a prueba un componente electrónico hasta quedar agotado, y éste te puede fallar en el momento más critico. El mismo proceso de comprobación lo puede haber debilitado lo suficiente. Y el propio escáner representa un alejamiento importante de las técnicas electrónicas habituales de donde se extrae una amplia base de las teorías conocidas. Yo sé cómo funciona. Sin embargo, existen lugares en los que todavía desconozco el porqué. Ha de darse cuenta… de que, una vez está en marcha la exploración, no podremos corregir ningún error que el equipo pueda estar cometiendo. Estamos ciegos. No sabemos qué parte de la señal describe qué parte del hombre. Puede que jamás lleguemos a saberlo.
»Cuando Thomas Edison habló en el cuerno de su reproductor de sonido, la vibración de su voz en el diafragma puso en funcionamiento una aguja unida a ese diafragma, y trazó un surco variable en el cilindro giratorio de cera. Cuando lo reprodujo, sonó “Mary tenía un corderito”. Pero, en ese punto, Edison quedó bloqueado. Si la aguja se salía, o la cera tenía un fallo, o el mecanismo de arrastre del cilindro variaba la velocidad, surgía algo totalmente distinto…, una emisión ininteligible de ruido.
»No había nada que Edison pudiera hacer al respecto. No disponía de forma alguna de saber qué surco formaba la canción y cuál el ruido. No poseía la técnica para coger una aguja en su mano y, simplemente, reproducir un cilindro para que interpretara “Mary tenía un corderito”. Lo único que podía hacer era comprobar su reproductor para que no hubiera un fallo mecánico y comenzar de nuevo: con su voz, el cuerno y el diafragma. No tenía ningún otro modo de realizarlo. Y, por supuesto, no necesitaba otro. No existe un gasto particularmente grande en decir «Mary tenía un corderito» una y otra vez, las que haga falta, hasta conseguir una reproducción perfecta.
»Y si Daguerre, al experimentar con los comienzos de la fotografía, descubría una placa con una exposición excesiva o insuficiente, o que tenía algunas manchas debido a unos productos químicos en mal estado o a una lente defectuosa, normalmente podía intentarlo otra vez. Poca importancia tenía que, esporádicamente, una fotografía se perdiera, ya que la única forma de salvarla habría sido conocer algo que los expertos en fotografía empiezan a descubrir hoy.
»Pero nosotros no podemos hacerlo, Barker. Usted no es “Mary tenía un corderito”. Como tampoco es algo de luz y sombra, que pueda ser preservado o perdido sin ningún daño crítico para su fuente. —Hawks sonrió con una triste timidez—. Un hombre es un Fénix, que ha de renacer de sus propias cenizas, ya que no existe nadie igual a él en todo el universo. Si el viento dispersa las cenizas en una torpe parodia, entonces el Fénix estará muerto para siempre. Nada que nosotros conozcamos podrá traerle a usted de vuelta.
»Quiero que me entienda: el Al Barker que reconstruyamos será casi con toda seguridad usted. Las probabilidades estadísticas se hallan a su favor. Sin embargo, el escáner es incapaz de discriminar. Se trata sólo de una máquina. Un fonógrafo no conoce lo que interpreta. Una cámara fotografía todo lo que se le ponga por delante. No puede insertar lo que no está ahí, y no omitirá la mancha de lápiz de labios de su cuello. Pero, si por alguna razón la película hubiera perdido su sensibilidad para captar el rojo, lo que aparezca en ella no se parecerá en nada a una mancha de carmín…, puede que ni siquiera se parezca a nada. ¿Comprende lo que intento decirle? El equipo está montado todo lo bien que puede estarlo. Una vez que tengamos nuestro negativo, conseguimos unas reproducciones perfectas. No obstante, lo que buscamos ahora es el negativo.
Barker preguntó con ligereza:
—¿Han tenido alguna vez un problema, doctor?
—Si lo tuvimos, no lo sabemos. Hasta donde podemos afirmar, nuestras exploraciones preliminares siempre han sido perfectas. Por lo menos, los objetos y los organismos vivos con los que hemos tratado han funcionado exactamente como lo hicieron siempre. Sin embargo, un hombre es algo tan complicado, Barker. Un hombre es tan superior a su tosca estructura física. Ha pasado toda su vida pensando…, llenando su cerebro con las insignificancias almacenadas que recuerda y que vuelve a conectar cada vez que piensa. Su cuerpo únicamente es la concha en la que vive. Su cerebro es sólo un complejo de recuerdos almacenados. Su mente…, su mente es lo que él hace con esos recuerdos. No existe otra igual. En un cierto sentido, un hombre es su propia creación.
»Si lo cambiáramos en un nivel trascendente que pudiera ser cotejado con lo que fuera que tuviéramos grabado de su vida, podríamos detectar ese cambio. Pero es improbable que nos apartemos tanto del original. Mucho más seria es la posibilidad de que exista un error suficiente como para producir alteraciones sutiles que nadie pueda rastrear…, y, menos que nadie, usted, ya que no dispondrá de los datos para comparar. ¿Su primer cuaderno del colegio estaba forrado de color azul o rojo? Si lo recuerda como rojo, ¿quién podrá encontrarlo ahora para verificarlo?
—¿Acaso importa? —Barker se encogió de hombros y el traje crujió sobre la mesa—. Lo que me preocuparía es que el duplicado estuviera tan estropeado que muriera, o que se convirtiera en un monstruo que necesitara morir.
—Bueno —comentó Hawks, pasándose la mano por la cara—, eso no es probable que ocurra. No obstante, si así lo desea, preocúpese por ello. Su preocupación depende por completo del lugar en el que trace la línea de las cosas que son importantes para usted. Ha de decidir cuánto de usted mismo puede ser modificado antes de considerarse muerto.
Barker le dirigió una sonrisa gélida. Miró alrededor del borde de la abertura del visor que le envolvía.
—Ya estoy metido en esto, doctor. Usted sabe malditamente bien que no me arrugaré. Jamás lo habría hecho. Sin embargo, también sabe que no me ha facilitado el camino.
—Tiene razón, Barker —asintió Hawks—. Y ésta es sólo una forma en la que podría matarle. Existen otros modos que son seguros. Tuve que hablarle así ahora porque necesito a un hombre como usted para lo que más tarde se le hará.
—Le deseo mucha suerte, doctor —dijo Barker.
Los hombres que vistieron a Barker habían cerrado el visor y conectado los conductos de aire con los tanques empotrados en la placa dorsal de la armadura. Un técnico realizó una prueba de radio y activó su receptor al altavoz principal montado sobre la puerta del transmisor. El sonido de la respiración de Barker por la unidad telefónica de baja potencia del traje comenzó a sisear con regularidad en el laboratorio.
—Vamos a introducirle ahora, Barker —le anunció Hawks a través de su micrófono.
—Entendido, doctor.
—Cuando esté dentro, activaremos los electromagnetos de la cámara. Quedará suspendido en el aire, y retiraremos la mesa. No será capaz de moverse, y no lo intente…, quemaría los motores del traje. Sentirá como si diera un salto de unos centímetros en el aire, y su traje se extenderá de forma rígida. Ello se deberá a los campos magnéticos laterales. Experimentará otra sacudida cuando cerremos la puerta de la cámara y los imanes de todo el recinto entren en funcionamiento.
—Le escucho alto y claro.
—Simularemos las condiciones de la emisión a la Luna. Quiero que se familiarice con ellas. Así que apagaremos las luces de la cámara. A través de sus conductos de aire recibirá un ligero componente de formalina que embotará sus receptores olfativos.
—Oh.
—El siguiente paso será activar el proceso de exploración. Ese interruptor tiene un retraso de treinta segundos; el mismo impulso activará primero ciertas funciones automáticas del traje. Como puede ver, hacemos todo lo posible para eliminar el factor de error humano.
—Ya veo.
—Un anestésico general será introducido en su circulación de aire. Embotará su sistema nervioso sin hacer que pierda por completo el conocimiento. Abotargará por completo los receptores de la temperatura y de presión de su piel. Será expulsado en el momento que usted cobre resolución en el receptor. Todo rastro de anestesia se desvanecerá cinco minutos después de que usted aparezca.
—Comprendido.
—Muy bien. Por último, voy a desconectar el micrófono. A menos que haya una emergencia, no volveré a conectarlo. A partir de este momento, mi interruptor controla los dos auriculares servoactivados de su casco. Notará que los auriculares se introducen en sus oídos; quiero que mueva la cabeza todo lo que sea necesario para permitirles que se asienten bien. No le dañarán, y saldrán en el instante en que yo deba, si surgiera la ocasión, darle instrucciones de emergencia. Su micrófono permanecerá activado, y nosotros podremos escucharle en caso de que usted necesitara ayuda; sin embargo, usted no podrá oírse a sí mismo. Todo esto es imprescindible en las emisiones a la Luna.
»Descubrirá que, una vez que sus percepciones estén abotagadas o dormidas, comenzará pronto a dudar de que se encuentra vivo.
No dispondrá de ningún modo de probarse a sí mismo de que se halla expuesto a cualquier estímulo exterior. Empezará a preguntarse si sigue teniendo una mente. Si esta condición durara el tiempo suficiente, entrará en un pánico incontrolable. El tiempo requerido para ello varía según las personas. Si el suyo excede los pocos minutos que estará hoy en el traje, con ello bastará. Si resulta que es inferior, nosotros escucharemos sus gritos y yo empezaré a hablar con usted.
—Eso será un gran alivio.
—Lo será.
—¿Algo más, doctor?
—No.
Le hizo un ademán al equipo de la Marina, y los hombres comenzaron a deslizar la mesa al interior de la cámara.
—Quiero decirle algo al alférez —comentó Barker.
—De acuerdo.
El oficial se acercó al campo de visión del visor de Barker. Con los labios hizo la mímica de la pregunta: «¿Qué?».
—Mi nombre es Barker, hijo. Barker. No soy otro conejillo de indias para que lo encerréis en una lata de hojalata. ¿Tú tienes un nombre, hijo?
El alférez, con las mejillas rojas, asintió.
—Asegúrate de dármelo cuando salga de todo esto, ¿eh?
Fidanzato, que empujaba el pie de la mesa, se rió entre dientes.
Hawks miró a su alrededor. Latourette se encontraba ante la consola de control del transmisor.
—Observe a Sam —le dijo Hawks a Gersten de pie a su lado—, y recuerde todo lo que él haga. Intente no perder detalle alguno.
Los ojos de Hawks no se habían vuelto hacia Gersten; su mirada se había dirigido directamente a Weston, que se encontraba apoyado sobre un gabinete de amplificadores, con los brazos y los pies cruzados; luego observó a Holiday, el médico, de pie y en tensión, con el estómago contra la consola médica de control remoto.
—De acuerdo —gruñó Gersten.
Los ojos de Hawks parpadearon con frustración.
La luz verde que había sobre la puerta del transmisor aún seguía encendida; sin embargo, la puerta se hallaba cerrada y de ella salía el cable que alimentaba de energía a los componentes del escáner. La cámara del receptor estaba sellada. El siseo de la respiración de Barker, tranquila, aunque ganando en velocidad, brotaba del altavoz.
—Sam, dame energía de prueba —pidió Hawks.
Latourette presionó un botón de la consola, y Hawks observó a los técnicos arracimados alrededor de la entrada del banco de amplificadores. Había un carrete nuevo de cinta en la consola de salida, con el extremo enroscado alrededor de los rodillos de freno y la cabeza grabadora y terminando en el carrete de recepción. Petwill, el ingeniero que habían contratado de la Electronic Associates, le hizo un gesto de asentimiento a Hawks.
—Sam, dame energía de funcionamiento —dijo Hawks—. Actívala.
Las luces que había encima de las puertas del transmisor y del receptor saltaron del verde al rojo. La respiración de Barker cayó casi en el silencio.
Hawks observó el reloj montado en la superficie del transmisor. Treinta segundos después de que pidiera la energía, la cinta de canales múltiples comenzó a rechinar al pasar bajo la cabeza grabadora, una bobina borrosa y rugiente. Un disco de color marrón comenzó a crecer alrededor del eje del carrete vacío a una fantástica velocidad. La luz verde sobre la puerta del receptor estalló a la vida. También apareció encima de la puerta del transmisor.
Los frenos se cerraron sobre la consola de la cinta. El carrete de recepción se hallaba lleno en sus tres cuartas partes. La respiración breve de Barker jadeó a través del altavoz.
Hawks apoyó la mano sobre la parte inclinada de su cuello y la frotó contra el músculo tenso que descendía hasta su hombro.
—Doctor Holiday, cuando esté dispuesto a disminuir la anestesia…
Holiday asintió. Giró el control de reducción del control remoto, que estaba conectado al tanque de gas anestésico en el traje blindado de Barker.
La respiración de Barker se hizo más fuerte. Aún seguía deslizándose a la frontera del pánico; sin embargo, todavía no había comenzado a farfullar en el micrófono.
—¿Cómo le suena a usted, Weston? —preguntó Hawks.
El psicólogo escuchó con atención.
—Lo está haciendo bastante bien. Y parece como una respiración de miedo, no de dolor.
Hawks cambió la dirección de los ojos.
—¿Usted qué opina, doctor Holiday?
El hombre pequeño asintió.
—Oigamos cómo se comporta con un poco de gas. —Llevó las manos de nuevo a los controles.
Hawks oprimió el interruptor de su micrófono.
—Barker —llamó con suavidad.
La respiración en el altavoz se hizo más fuerte y tranquila.
—Barker.
—Sí, doctor —repuso la voz irritada de Barker—. ¿Qué le ocurre?
—Doctor Hawks —comentó Holiday desde la consola—, ya se encuentra en anestesia cero.
Hawks asintió.
—Barker, se halla usted en el receptor. Recobrará el conocimiento total casi de inmediato. ¿Siente algún dolor?
—¡No! —restalló Barker—. ¿Ya han terminado de jugar?
—Ahora voy a encender las luces de la cámara. ¿Puede verlas?
—¡Sí!
—¿Puede sentir todo su cuerpo?
—Perfectamente, doctor. ¿Puede sentir usted todo el suyo?
—Muy bien, Barker. Ahora vamos a sacarle de la cámara.
El equipo de la Marina comenzó a empujar la mesa hacia el receptor al tiempo que Latourette cortaba los imanes de delante y de atrás y los técnicos empezaban a abrir la puerta de la cámara. Weston y Holiday se adelantaron para comenzar el examen de Barker tan pronto como se hallara fuera del traje.
—Asegúrese de comunicarle su nombre —le dijo Hawks con voz tranquila al alférez mientras se dirigía a la consola de control—. Muy bien, Sam —comentó cuando vio que la mesa se deslizaba debajo de la armadura de Barker y se alzaba sobre sus patas hidráulicas hasta establecer contacto con el traje—. Puedes empezar a disminuir la potencia de los imanes primarios.
—¿Crees que está bien? —inquirió Latourette.
—Dejaré que me lo garanticen Weston y Holiday. Ciertamente, sonó tan funcional como siempre.
—Eso no indica gran cosa —gruñó Latourette.
—Es… —Hawks respiró hondo y volvió a empezar con suavidad—. Es lo que necesito para hacer el trabajo. —Pasó el brazo alrededor de los hombros de Latourette—. Vamos, Sam, demos un paseo —dijo—. Dispondremos de los informes preliminares de Weston y de Holiday en un minuto. Ted puede comenzar a preparar la emisión de mañana.
—Quiero hacerlo yo.
—No… No, deja que él se haga cargo del asunto. Está bien. Y…, y tú y yo podremos subir y salir un poco al sol. Hay algo que he de decirte.