122533.fb2 El tiempo considerado como una helice de piedras semipreciosas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 11

El tiempo considerado como una helice de piedras semipreciosas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 11

—No, hablo en serio. Quiero tratar de explicarte algo… un detalle que quizá haría más fácil la vida para ambos.

—Periféricamente —dije—. Estoy seguro de que toda la información consta en tus prontuarios.

—Durante varios años yo estuve envuelta en eso mucho más que periféricamente —dijo Maud—. Antes de entrar en los Servicios Especiales estuve en la División Estupefacientes de la policía regular—. Y la gente con quien tratábamos durante las veinticuatro horas del día eran drogadictos o traficantes. Para agarrar a los grandes teníamos que hacernos amigos de los pequeños. Para agarrar a los más grandes teniamos que hacernos amigos de los grandes. Teniamos que vivir según sus horarios, hablar su misma jerga, durante meses y meses y meses vivir en las mismas calles, en el mismo edificio.—Se apartó de la barandilla para dejar pasar a un jovenzuelo.— Dos veces me tuvieron que dar licencia pare hacer curas de desintoxicación de morfina mientras estuve en el escuadrón. Y mi hoja era más limpia que la de la mayoria.

—¿A dónde quieres llegar?

—A ésto. Tú y yo navegamos ahora en las mismas aguas, aunque sólo sea por las profesiones que uno y otro hemos elegido. Te sorprendería saber la cantidad de conocidos comunes que ya tenemos. No te asombre que nos encontremos un día cruzando la Plaza Soberana de Bellona, y luego, dos semanas más tarde, caigamos al mismo restaurante en Lux de Iapetus a la hora de la comida. Aunque los círculos en que nos movemos abarcan mundos, son los mismos, y no tan grandes.

—Vamos —No creo que mi voz sonara feliz.— Permiteme que te ofrezca ese helado.

Emprendimos el regreso por el sendero para peatones.

—¿Sabes una cosa? —dijo Maud—. Si consigues no caer en manos de los Servicios Especiales de aqui y de la Tierra durante un tiempo suficiente, tarde o temprano estarás en la cima con enormes ingresos que crecerán como bola de nieve en una pendiente. Puede que te lleve unos cuantos años, pero es posible. Ahora no hay ningún motivo para que seamos enemigos personales. Quizás algún día llegues a ese punto en que los Servicios Especiales pierdan interes en ti como presa. Oh, pero nos seguiremos viendo, encontrándonos. Mucho de nuestro material informativo lo conseguimos de la gente de arriba. Y también nosotros estamos en condiciones de ayudarte a ti, ¿te das cuenta?

—Has estado despachando hologramas otra vez.

Ella se encogió de hombros. Su rostro era decididamente espectral bajo el pálido planeta. Cuando llegamos a las luces artificiales de la ciudad, dijo:

—Oh, conocí a dos amigos tuyos hace poco, Lewis y Ann.

—¿Los Cantores?

Asintió.

—Oh, en realidad yo no los conozco mucho.

—Ellos parecen saber muchas cosas sobre ti. Quizá por intermedio del otro Cantor, Halcón.

—Oh —volví a decir—. ¿Te dijeron como estaba?

—Hace un par de meses leí que se estaba recuperando. Pero desde entonces, nada.

—Eso es más o menos lo que yo también sé —dije.

—La única vez que lo vi fue cuando lo saqué —dijo Maud.

Arty y yo habíamos salido del vestíbulo antes de que Halcón terminase. Al día siguiente, me enteré por las cintas noticiosas que, cuando hubo terminado de Cantar, había largado la chaqueta con un movimiento de hombros, dejado caer los pantalones y se habia vuelto a meter en el estanque.

La dotación de bomberos se había despertado bruscamente, la gente empezó a correr de acá para allá y a gritar: lo habían rescatado, con el setenta por ciento del cuerpo cubierto de quemaduras de segundo y tercer grado. Yo me había dedicado con ahínco a no pensar en eso.

—¿Tú lo sacaste?

—Sí. Yo estaba en el helicóptero que aterrizó en el techo —dijo Maud—. Pensé que a ti te impresionaría verme.

—Oh —dije—. ¿Cómo llegaste a sacarlo?

—Cuando ustedes emprendieron la retirada, la guardia de seguridad de Arty se las ingenió para trabar los ascensores más arriba del piso setenta y uno, así que nosotros no llegamos al vestíbulo hasta después que ustedes salieran del edificio. Fue entonces cuando Halcón trató de…

—¿Pero en realidad fuiste tú quien lo salvó?

—¡Los bomberos de ese barrio no habían tenido un solo incendio en doce años! No creo que supieran siquiera cómo se manejaba el equipo. Hice que mis muchachos cubrieran el estanque de espuma, entonces me meti y lo saqué…

—Oh —volví a decir. Había hecho todo lo posible, casi lo había logrado, en estos once meses. No estaba alli cuando sucedió. No era asunto mio. Maud estaba diciendo:

—Pensamos que quizás él nos diera una pista para llegar a ti. Pero cuando lo llevé a la villa estaba totalmente inconciente, no era nada más que un horrible montón de heridas abiertas, chorreando…

—Debi imaginarme que los Servicios Especiales también usan a los Cantores —dije—. Todos lo hacen. La Palabra cambia hoy, ¿no? ¿Lewis y Ann no te dijeron cuál es la nueva?

—Los vi ayer y la Palabra no cambia hasta dentro de ocho horas. Además, no me la dirían a mi, en todo caso.—Me miró de soslayo y frunció el ceño.—Claro que no.

—Vamos a tomar unos helados —le dije—. Vamos a charlar de naderías y a escucharnos el uno al otro con atención, mientras adoptamos un aire displicente; tú tratarás de pescar al vuelo cosas que te ayudarán a agarrarme y yo trataré de pescar al vuelo lo que dejes escapar que pueda ayudarme a darte el esquinazo.

—Um-hm —asintió.

—En todo caso, ¿por qué te acercaste a mi en aquel bar?

Ojos de hielo:

—Ya te lo dije, simplemente porque navegamos en las mismas aguas. No es nada raro que ambos estemos en el mismo bar la misma noche.

—Sospecho que esta es justamente una de las cosas que yo no tengo que comprender ¿mmm?

Su sonrisa fue oportunamente ambigua. No insistí.

* * *

Fue una tarde muy aburrida. No podría repetir ni una sola de las tonterias que intercambiamos mientras parloteamos por sobre las montafías de crema batida coronada de cerezas. Empeñábamos ambos tanta energia en mantener la apariencia de estar divirtiéndonos, que dudo que ninguno de los dos pudiera encontrar la forma de pescar algo significativo; si es que se dljo algo significativo.

Se marchó. Durante un rato mis melancólicos pensamientos giraron en torno del ennegrecido y chamuscado fénix.

El mayordomo de El Glaciar me llamó a la cocina pare preguntarme por un embarque de leche de contrabando (El Glaciar elabora todos sus helados) que yo había logrado escamotear en mi último viaje a la Tierra (es asombroso lo poco que ha progresado la explotación lechera en los últimos diez años: me deprime pensar lo fácil que fue engatusar a ese vermontés fanfarrón) y bajo las luces blancas y entre las grandes batidoras de plástico, mientras yo trataba de aclarar las cosas hizo algún comentario acerca del Emperador de las Cremas Heladas Heist; que no me cayó nada bien.

Hacia la hora en que empezó a caer la clientela nocturna, y la maquinita a tararear, y las paredes de cristal a centellear; y la troupe —una novedad de esa semana— a dejarse convencer de salir a escena a pesar de todo (un baúl de disfraces se había perdido en tránsito [o había sido escamoteado, pero eso yo no se lo iba a decir]), y yo, yendo de mesa en mesa, personalmente, habia pescado a una Jovencita muy mugrienta, evidentemente idiotizada por la farlopa, tratando de robarle la cartera a un cliente por detrás de una silla —no hice más que tomarla por la muñeca, hacer que la soltara y acompañarla haste la puerta delicada, delicadamente mientras ella me miraba parpadeando con ojos dilatados y el cliente nunca se enteró —y la troupe, habiendo decidido qué demoníos, estaba actuando au naturel, y todo el mundo se estaba divirtiendo a lo grande, yo me sentia realmente mal.

Salí al aire libre, me senté en los anchos escalones y gruñía cada vez que tenía que correrme pare dejar salir o entrar a la gente. Cuando andaba por el gruñido número setenta y cinco, la persona contra quien gruñia se detuvo a mi lado y me retumbó en la cabeza.

—Estaba seguro de que terminaría por encontrarte si te buscaba con bastante empeño. Quiero decir si realmente buscaba.

Miré la mano que aleteaba sobre mi hombro. segui el brazo haste el cuello de la polera negra, donde habia una cabeza carnosa, calva, sonriente.

—Arty —dlje—. ¿Qué estás…?

Pero él seguía palmoteándome y riéndose con imperturbable gamutlicheit.

—No te imaginas el tiempo que me llevó conseguir una foto tuya, muchacho. Tuve que sobornar a uno del Departamento de Servicios Especiales de Tritón. Ese truco de los cambios súbitos. Tu gran treta. ¡Grandiosa! —El Halcón se me sentó al lado y dejó caer la mano sobre mi rodilla.—Flor de negocio tienes aquí. Me gusta, me gusta mucho.— Huesecillos en buñuelo venoso.— Pero todavía no lo bastante como pare hacerte una oferta. A pesar de todo, estás aprendiendo rápido. Yo te puedo asegurar que estás aprendiendo rápido. Voy a sentirme orgulloso de poder decir que yo fui el que te dio la primer gran oportunidad.—Retiró la mano y empezó a amasársela con la otra.—Si tienes intenciones de mudarte entre los grandes, tienes que tener por lo menos un pie bien plantado en la margen derecha de la ley. La cuestión es que te hagas indispensable a la gente que vale la pena, una vez hecho eso, un rufián que se precie tiene las llaves de todas las cajas fuertes del sistema. Pero no te estoy diciendo nada que tú ya no sepas.

—Arty —le dije— ¿te parece conveniente que nos vean a los dos, aquí, juntos…?

El Halcón se puso la mano sobre la solapa y la sacudió con aire de desaprobación.