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Su albergue en Lumpton Market resultó ser una decrépita posada justo al lado de la carretera recta que salía de la ciudad por el norte. Fawn pensó que era un deprimente paso atrás respecto al bonito hotel de Glassforge, porque era pequeño y mugriento, aunque no carente de cierto aire de raída comodidad. Además, pedía dinero incluso a los patrulleros. Sin embargo, en verano, enviaban a los clientes al patio de detrás de la cocina, a cenar en mesas de tablas y bancos bajo unos airosos nogales negros que daban a una carretera lateral, un sitio mucho mejor que la húmeda sala común. Mirando con curiosidad a su alrededor, Fawn no vio a más patrulleros allí esa noche, sólo un cuarteto de muleros sentados a una mesa, concentrados en sus cervezas, y un poco más lejos, una pareja de granjeros ocupados con un grupo de ruidosos chiquillos. A pesar de su altura, su sorprendente aspecto, y el brazo entablillado y en cabestrillo, Dag apenas atrajo algunas breves miradas, y Fawn se sintió tranquilizadoramente ignorada a su sombra.
Dag se dejó caer sobre su banco con un comprensible gemido de cansancio, y Fawn se deslizó a su derecha. Desató las lazadas del abultado paquete de cuero que él le había hecho traer de las alforjas, abriéndolo para revelar que contenía un surtido de artilugios para su muñequera.
—Cielos, ¿qué es todo esto?
—Cosas sueltas. Experimentos, o cosas que no uso todos los días. —Ella lo miró confusa y alzó una clavija de madera que sujetaba una pieza de metal curvada y afilada que parecía un pequeño estribo, y él añadió—: Es un rascador. Durante las patrullas, me pasaba muchas noches rascando pieles. Aburridísimo, pero uno de los primeros trabajos de los que me encargué después de conseguir el arnés. Me ayudó a fortalecer el brazo, lo que me vino bien cuando empecé con el arco.
La pinche que también hacía las funciones de camarera puso ante ellos jarras de cerveza y volvió a la cocina. Dag alargó garfio y mano entablillada, se estremeció, y se echó atrás, y Fawn dijo:
—¡Ah! El barbero te dijo que no intentaras usar la mano. Cinco veces mientras yo escuchaba, y no sé cuántas más cuando no estaba en el cuarto. Hubo un momento en que pensé que te daría un pescozón. —El hombre apenas había necesitado a Fawn para vendar el brazo de Dag con intimidante meticulosidad, haciéndose cargo enseguida del carácter de su irritado paciente. Las puntas de los dedos de Dag apenas asomaban por los vendajes de algodón—. Tienes que dejarlo en el cabestrillo. Tenemos que encontrar un modo de seguir adelante así.
Le llevó apresuradamente la jarra a los labios; él hizo una mueca, pero bebió con ansia. Ella se las arregló para no salpicarle mucho cuando él asintió para indicar que tenía bastante, y sacó rápidamente su pañuelo del bolsillo para evitar que se secara la boca con el brazo derecho.
—Y si usas los vendajes como servilleta van a apestar mucho antes de que se cumplan las seis semanas, de modo que no lo hagas.
Él la miró de reojo, fieramente.
—Y si sigues mirándome así me dará la risa floja, y entonces me tirarás las botas a la cabeza, y entonces a ver qué hacemos.
—No lo haré —gruñó él—. Te necesitaré antes para que me quites las malditas botas.
Pero la comisura de su boca se curvó hacia arriba a pesar de todo. Fawn quedó tan aliviada que se alzó sobre una rodilla y se la besó, con lo cual se curvó aún más.
Él dejó escapar un largo suspiro, como disculpa por su susceptibilidad.
—El tercero por la izquierda, ahí —indicó con la cabeza la envoltura de cuero—, tendría que ser una especie de cruce entre cuchara y tenedor.
Ella la sacó y la examinó, una cuchara de hierro con cuatro cortas puntas al extremo.
—Ah, qué ingenioso.
—No la uso muy a menudo. Un cuchillo suele ir mejor, si tengo algo en la mesa aparte de mi garfio o la mano social —esto último era el nombre que daba Dag a su enguantada mano de madera, que parecía ser poco más que un disfraz para cuando estaba entre extraños, aunque uno no muy efectivo.
Con un leve clunk, Dag puso la muñequera de madera contra el borde de la mesa.
—Intenta cambiarlo.
El artilugio más usado por Dag, el garfio con la ingeniosa pincita de muelle, estaba bien encajado. Fawn, inclinándose, tuvo que hacer mejor presa antes de poder sacarlo. El utensilio para comer lo reemplazó más fácilmente.
—Oh, no es muy difícil.
Sus platos llegaron, llenos de de zanahorias y puré de patatas con salsa cremosa y una generosa porción de chuletas de cerdo. Tras un intercambio de miradas —Fawn pudo ver cómo Dag luchaba por mantener su irritación bajo control—, ella se inclinó y cortó la carne con eficiencia, dejándole el resto a él. La cuchara-tenedor funcionaba bastante bien, aunque le hacía tener que extender el codo de manera un poco incómoda. Previsoramente, ella siguió pidiendo cerveza. Quizá fuera sólo el efecto de una comida caliente tras un día demasiado largo, pero él se relajó poco a poco. La rechoncha doncella les trajo luego gruesas tajadas de tarta de cerezas, lo cual amenazó con convertir la relajación en sueño allí mismo sobre los bancos.
Fawn dijo:
—Entonces… ¿Nos quedamos aquí y descansamos mañana, o seguimos y descansamos en West Blue? ¿Podrás cabalgar tan lejos? —Había cabalgado desde el barbero, con las riendas enrolladas en torno al garfio, pero sólo había sido una milla.
—He hecho más estando peor. El polvo ayudará. —Había comprado prudentemente en la tienda de medicinas lo que dijo era un remedio Andalagos para el dolor, antes de que dejaran la plaza. Fawn no estaba segura de si la mirada vidriosa de sus ojos era debida al medicamento o al dolor de su brazo; pero pensándolo mejor, era buena cosa que la medicina no funcionara mejor, o no habría manera de que redujera el ritmo. Confirmando esto, él se estiró y dijo:
—No me importaría seguir. Hay gente en Hickory Lake que puede hacer cosas para que esto cure más rápido.
—¿Está bien colocado? —preguntó preocupada.
—Oh, sí. Ese barbero puede que fuera un torturador manazas, pero conocía su oficio. Curará bien.
Dag le había llamado cosas mucho peores mientras le colocaba el hueso en el sitio, pero el hombre se había limitado a sonreír, evidentemente acostumbrado a las coloridas invectivas de sus pacientes. Posiblemente, pensó Fawn, coleccionaba los mejores insultos.
—Si no lo mueves. —Fawn se sentía un poco enferma ante la perspectiva de su vuelta a casa. Pero si tenía que hacerlo, mejor que fuera cuanto antes. Dag pensaba claramente que era su deber, lo correcto; y ni siquiera por Sunny el Estúpido y todos sus hermanos se arriesgaría a que Dag la creyera cobarde. Incluso si lo soy—. Muy bien. Seguiremos.
Dag se frotó la barbilla con la manga izquierda.
—En ese caso, es mejor que pongamos de acuerdo nuestras historias. No quiero mencionar el cuchillo activado ante tu familia, igual que hicimos con mi patrulla salvo Mari.
Esto parecía ser a la vez justo y prudente. Fawn asintió.
—Lo demás depende de ti, pero tienes que decirme qué quieres.
Ella miró los rastros rojos y migajas de su plato vacío.
—No saben lo mío con Sunny. De modo que estarán furiosos conmigo por haberles asustado por nada, escapándome así.
Él se inclinó y apretó sus labios contra una marca roja en su cuello, donde las costras de la malicia habían caído por fin.
—No por nada, Chispa.
—Sí, pero tampoco saben gran cosa sobre malicias.
—Entonces —dijo él despacio, como tanteando el camino—, si tu Sunny ha confesado, te enfrentarás a una situación, y si no lo ha hecho, a otra.
—No es mi Sunny —dijo ella, malhumorada—. Los dos dejamos eso muy claro.
—Hum. Bueno, si no le dices a tu familia la verdadera razón de tu huida, tendrás que inventar alguna mentira. En mi experiencia, esto crea una tensión y una sombra en la esencia que debilita a la gente. En realidad no veo por qué sientes la necesidad de proteger a Sunny. Me parece que él se beneficia más del secreto que tú.
Fawn alzó las cejas.
—La vergüenza en estos casos cae sobre la chica. Material usado, te llaman. No puedes conseguir otro pretendiente con buenas tierras, si se corre la voz de que no eres virgen. Aunque… me parece que algunas chicas lo consiguen igualmente, de modo que es un poco extraño.
—Granjeros, eh. —Dag frunció los labios—. ¿Se aplica lo mismo a las viudas? Las de verdad, no las del heno.
Fawn se sonrojó ante el recordatorio, aunque no pudo evitar sonreír un poco.
—Oh, no. Las viudas son completamente diferentes. Las viudas, bueno… Nadie puede hacer lo que quiere, en realidad, puede haber niños, puede no haber dinero, pero las viudas van con la cabeza alta y llevan su propia vida. Es mejor si no son pobres, claro.
—Entonces, ah… ¿buscas un pretendiente con tierras, Chispa?
Ella se irguió de golpe, sorprendida.
—¡Claro que no! Te quiero a ti.
Él alzó una ceja.
—Entonces, ¿por qué te preocupas por esto? ¿Por costumbre?
—¡No! —ella dudó; su corazón y su voz decayeron—. Supongo que… pensé que éramos un sueño de verano. No hago más que intentar no despertarme. Es estúpido, imagino. En algún lugar, en algún momento… alguien vendrá y no me dejará quedarme contigo. No para siempre.
Él apartó la mirada, entre las sombras de los nogales y por el camino lateral donde a la luz del sol poniente aún se levantaba polvo dorado tras el paso de una carreta tirada por ponis.
—Por muy difícil que sea tu familia, la mía será peor, y espero enfrentarme a ellos. No mentiré, Chispa; hay cosas que pueden apartarme de ti, cosas que no puedo controlar. La muerte siempre será una. —Hizo una pausa—. Pero por el momento no puedo pensar en ninguna otra.
Ella le dedicó un asentimiento breve, asustado, enterrando la cara en su hombro hasta que recuperó el aliento.
Él suspiró.
—Bueno, lo que digas a tu gente no depende de mí, sino de ti. Pero mi recomendación es decir tanto de la verdad como puedas, salvo por la activación del cuchillo.
—¿Cómo explicaremos el que yo vaya a tu campamento?
—Se requiere tu testimonio ante mi capitán respecto a la muerte de la malicia. Lo cual es cierto. Si preguntan más, me pondré todo digno y diré que son asuntos de los Andalagos.
Fawn agitó la cabeza.
—No querrán dejar que me vaya contigo.
—Ya veremos. No puedes planear las acciones de otros; sólo las tuyas. Si lo intentas, sólo conseguirás acabar del revés por todos los problemas que te crearás. Hey. —Se inclinó y le besó el cabello—. Si te encadenan a la pared con remaches de hierro, prometo liberarte.
—¿Sin manos?
—Soy muy ingenioso. Y si no te encadenan, entonces puedes salir caminando. Todo lo que hace falta es valor, y sé que no te falta.
Ella sonrió, consolada, pero admitió:
—En mi corazón no tengo, no de verdad. Ellos… No sé cómo explicar esto. Tienen modos de hacerme pequeña.
—No sé cómo serán ellos, pero tú no eres como eras antes. De uno u otro modo, las cosas serán distintas a como esperas.
En serio.
Agotados, doloridos e inquietos, no hicieron el amor esa noche, pero se abrazaron, muy juntos en el pequeño y sofocante cuarto del albergue. El sueño tardó en llegar.
El sol del verano caía de nuevo por el oeste cuando Fawn detuvo a su yegua y se quedó mirando la colina donde un camino descendente se cruzaba con la carretera. Había sido una cabalgata de veinte millas desde Lumpton Market, y Dag tenía que admitir, aunque sólo para sí mismo, que su brazo derecho estaba más hinchado y dolorido de lo que le hubiera gustado, y que el izquierdo, haciendo un trabajo desacostumbrado, no estaba mucho mejor. Habían cogido la carretera recta hacia el norte, a lo largo de la cresta entre los ríos durante casi quince millas antes de torcer hacia el oeste. Descendieron al valle de la rama occidental y cruzaron un vado pedregoso antes de girar de nuevo al norte a lo largo de la carretera del río. Un atajo, afirmó Fawn, para evitar tener que retroceder una milla hacia el pueblo de West Blue con su puente para carreteras y su molino.
Y ahora estaba en casa. Su esencia era un complicado remolino en ese momento, pero apenas hacía falta el sentido esencial para ver que su emoción predominante no era la alegría.
Azuzó su caballo para ponerse junto a ella.
—Creo que de momento prefiero mi mano social —murmuró.
Ella asintió y se inclinó para abrirle la bolsa del cinturón y cambiar su garfio por la menos útil pero menos chocante mano postiza. Se detuvo a peinarse el cabello y sujetarlo de nuevo en la coleta rizada con la cinta de colores, y luego se puso de pie en los estribos para peinarlo a él también; él bajó la cabeza para el, en su tácita opinión, inútil intento de darle mejor aspecto. Entendió perfectamente su determinación de entrar en su casa orgullosa y con buen aspecto, no apaleada y desaliñada. Sólo deseaba, por ella, poder tener más aspecto de valiente protector en vez de algo que el gato hubiera arrastrado a casa. Has tenido peor aspecto, viejo patrullero. Adelante.
Fawn tragó saliva e hizo que Grace enfilara el camino, que serpenteaba ladera arriba durante casi un cuarto de milla, flanqueado por los ubicuos muros de piedra en seco. Pasaron un bosquecillo de arces y nogales, apareció un viejo granero derruido a su derecha, y otro granero más grande y nuevo a la izquierda. Más allá del granero nuevo había un par de casetas, incluyendo un ahumadero; de sus aleros se elevaban leves rizos de humo, y la nariz de Dag captó el agradable aroma de brasas de nogal. Había un pozo cubierto en el extremo del patio y, hacia la derecha, se veía la vieja granja.
Su núcleo era un edificio rectangular de dos pisos construido con piedras amarillentas, con porche y una puerta en el centro que miraba al valle. En el extremo norte, una ampliación de una planta parecía contener dos habitaciones. En el extremo más cercano había una excavación en curso, con pilas de nuevas piedras aguardando, evidentemente otro añadido para hacer juego con el primero. Hacia el oeste había otro añadido circundado por un largo porche cubierto que recorría la casa a lo largo, obviamente la cocina. No se veía a nadie.
—Es hora de cenar —dijo Fawn—. Deben estar todos en la cocina.
—Ocho personas —dijo Dag, cuyo sentido esencial no le dejaba lugar a dudas.
Fawn respiró hondo, largamente, y desmontó. Ató ambos caballos al porche trasero y guió a Dag escalones arriba. Sus leves pisadas y las más de Dag, más pesadas, resonaron brevemente en el piso del porche. Las mitades superior e inferior de una puerta doble estaban abiertas de par en par y enganchadas a remaches en el muro, pero tras ellas había otra puerta más ligera con una pantalla de gasa. Fawn empujó la puerta mosquitera y entró, sujetándola para que él entrara. Él posó brevemente su mano de madera en el hombro de ella, antes de dejarla caer a un costado.
Ocho personas, sentadas a una larga mesa que llenaba casi toda la mitad derecha de la habitación, se volvieron a mirarlos. Dag intentó rápidamente unir las caras con los nombres e historias que le habían contado. Pudo reconocer de inmediato a Tía Nattie, una mujer muy bajita y regordeta con enredados rizos grises y ojos tan lechosos como perlas, que ahora inclinaba la cabeza para escuchar. Los cuatro hermanos eran más difíciles de distinguir, pero creyó reconocer a Fletch, el mayor y más fornido, Reed y Rush, los mellizos diferentes, uno de pelo castaño y ojos marrones, y el otro rubio ceniza y de ojos azules, y Whit, de pelo negro como Fawn, flaco, y el menor aparte de ella. No pudo reconocer a una joven rechoncha sentada junto a Fletch. Los padres de Fawn, Sorrel y Tril Bluefield, no fueron difíciles de identificar, un hombre canoso a la cabecera de la mesa que se había levantado tan deprisa que había tirado su silla, y al otro extremo una mujer baja de mediana edad que se levantaba torpemente, gritando.
Los padres de Fawn descendieron sobre ella en tal torbellino de alegría, alivio y furia que Dag tuvo que cerrar su sentido esencial para no quedar abrumado. Los hermanos, por detrás, sonreían aliviados, y Tía Nattie preguntaba con impaciencia «¿Qué? ¿Es Fawn, decís? ¡Os dije que no estaba muerta! ¡Ya era hora!».
Fawn, con la cara casi inexpresiva, soportó ser abrazada, besada y zarandeada a partes iguales; la humedad en sus ojos no era, pensó Dag, sólo por contagio de las emociones a su alrededor. Dag se puso un poco tenso cuando su padre, tras levantarla en un abrazo de oso, la dejó y luego hizo amago de pegarle; pero aunque su alivio paternal era muy real, parecía que sus amenazas no lo eran, porque Fawn no se sobresaltó en absoluto.
—¿Dónde has estado, niña? —La voz de su madre preguntó finalmente, alzándose entre la algarabía.
Fawn retrocedió un poco, alzó la barbilla, y dijo a toda prisa:
—Fui a Glassforge a buscar trabajo, y lo hubiera encontrado, pero primero tengo que ir con Dag, aquí presente, a Hickory Lake para ayudar con el informe a su capitán respecto a un dañiespectro que matamos.
La familia miró a Fawn como si hubiera empezado a delirar por la fiebre; Dag sospechó que lo único que habían captado era Glassforge.
Fawn siguió, un poco sin aliento, antes de que pudieran empezar de nuevo:
—Mamá, papá, éste es mi amigo, Dag Redwing Hickory. —Hizo su característica cortesía, e hizo avanzar a Dag. Él asintió, e intentó encontrar una expresión agradablemente neutral—. Es un patrullero Andalagos.
—Cómo están —dijo Dag amablemente, a todos en general.
El silencio le contestó, y muchas más miradas, con los cuellos inclinados hacia atrás. La baja estatura era normal en la familia de Fawn, evidentemente.
Confirmando la sospecha de Dag, la madre de Fawn, Tril, dijo:
—¿Glassforge? ¿Por qué querrías ir allí a buscar trabajo? ¡Hay montones de trabajo aquí!
—Que nos dejaste a nosotros —interpuso Fletch, inoportuno.
—¿Y no hubiera sido mejor ir a Lumpton Market, que está más cerca? —dijo Whit en tono de juiciosa crítica.
—¿Sabes los problemas que has causado, niña? —dijo Papá Bluefield.
—Sí —dijo Reed, o quizá Rush; no, Rush, el rubio, correcto—, cuando no apareciste para cenar la noche del día de mercado, nos imaginamos que estarías vagueando y soñando despierta por los bosques como siempre, pero cuando se hizo la hora de dormir y no viniste, papá nos hizo salir a todos con antorchas a buscarte y llamarte. El granero, las letrinas, los bosques, por el río… ¡Nos hubiéramos ahorrado un montón de gritos y tropezones en la oscuridad si Mamá hubiera contado tus ropas un día antes!
Los labios de Fawn temblaron por algo en esa parrafada, algo sobre lo que Dag decidió que preguntaría más tarde.
—Lamento las molestias —dijo, en tono cuidadosamente formal—. Debería haber escrito una nota, para que no tuvierais que preocuparos de que hubiera tenido un accidente.
—¡Y cómo hubiera hecho eso que no nos preocupáramos, niña tonta! —La madre de Fawn lloró un poco más—. Insensata, egoísta…
—Papá me hizo ir todo el camino hasta la Tía Wren, por si habías ido allí, y también hizo ir a Rush a Lumpton a preguntar por ti —dijo Reed.
A continuación vino un estallido de quejas y lamentaciones de toda la familia. Fawn lo soportó sin discutir, y Dag se mordió la lengua. Las airadas palabras no llevaban mala intención, y Fawn, que aparentemente tenía como lengua materna el extraño dialecto de esta familia, pareció tomarlas por su intención y dejó pasar casi todas las pullas. Sus ojos brillaron con resentimiento sólo una vez, cuando la chica gordita junto a Fletch habló para apoyar uno de sus comentarios más duros. Pero Fawn sólo dijo:
—Hola, Clover. Yo también me alegro de verte. —Lo que redujo a la chica a un silencio perplejo.
Hubo una conspicua ausencia de cualquier mención a Sunny Sawman. De modo que Fawn demostró tener razón respecto a eso. Demasiado pronto para imaginar las consecuencias…
Dag no estaba seguro de cuánto tiempo seguiría el tumulto, pero entonces Tía Nattie se levantó, cogió un bastón, y renqueó rodeando la mesa hasta llegar junto a Fawn.
—Déjame verte, niña —dijo en voz baja, y Fawn la abrazó, el primer abrazo que Dag había visto partiendo de ella, y dejó que la ciega le pasara las manos por la cara.
—Huh —dijo Tía Nattie—. Huh. Ahora preséntame a tu amigo patrullero. Hace mucho tiempo que no me encuentro con un Andalagos.
—Dag —dijo Fawn, volviendo a su jadeante y nerviosa formalidad—. Ésta es mi tía Nattie, de la que te he hablado. Le gustaría tocarte, si lo permites.
—Por supuesto —dijo Dag.
La pequeña mujer se acercó, alzó las manos, y sus dedos toparon con la clavícula de Dag.
—Cielos, muchacho, ¿dónde estás?
—Di algo —susurró Fawn con urgencia.
—Hum… Aquí arriba, Tía Nattie.
Su mano subió más, hasta tocar su barbilla; él bajó solícitamente la cabeza.
—¡Muy arriba! —Se maravilló ella.
Los dedos secos y nudosos pasaron con firmeza por sus rasgos, deteniéndose ante el leve calor de los moratones de ayer en su cara, rodeando sus pómulos y mentón en inexplicable aprobación, trazando sus labios y párpados.
Dag se dio cuenta, con un leve sobresalto, que esta mujer poseía un sentido esencial rudimentario, probablemente desarrollado a la sombra de su ceguera, y dejó que el suyo emergiera para tocarlo.
Ella contuvo el aliento.
—Ah, Andalagos, ciertamente.
—Señora —respondió Dag, sin saber qué otra cosa decir.
—Buena voz, también —comentó Nattie, Dag no supo a quién. No llegó a mirarle los dientes como a un caballo, aunque en este punto Dag apenas habría parpadeado si lo hubiera hecho. Ella le tocó el cuerpo, sus manos dudando brevemente sobre las tablillas y el cabestrillo; enarcó las cejas cuando palpó el arnés del brazo a través de su camisa, y estrechó brevemente su mano de madera. Pero sólo añadió—: Buena voz, profunda.
—¿Habéis comido? —preguntó Tril Bluefield, y cuando Fawn dijo que no, que habían cabalgado todo el día desde Lumpton, retornó a lo que Dag supuso que sería su normal carácter maternal, haciendo que un par de sus hijos dispusieran sillas y cubiertos. Sentó a Fawn junto a sí, y Fawn insistió para que pusieran a Dag junto a ella, a su derecha.
—Porque prometí ayudarle con su brazo roto.
Se instalaron por fin. Clover, presentada por fin como la prometida de Fletch, también fue reclutada para ayudar, poniendo frente a ellos platos y vasos llenos de algo que olía a sidra. Dag, que para entonces estaba sediento, estaba sobre todo interesado en la bebida. La comida era un guisado muy sabroso, y Dag se alegró en silencio de que fuera algo que pudiera comer por sí solo, aunque se preguntó quién en la casa tendría mala dentadura.
—El tenedor-cuchara, me parece —murmuró al oído de Fawn, y ella asintió y lo buscó en la bolsa del cinturón.
—¿Qué le ha pasado a tu brazo? —preguntó Rush, sentado frente a ellos.
—¿A cuál? —preguntó Dag. Y aguantó el inevitable momento de cuellos estirados, movimiento, y miradas mientras Fawn desenroscaba tranquilamente su mano y la sustituía por el más útil cubierto—. Gracias, Chispa. ¿Me das de beber? —Le sonrió cuando ella alzó el vaso hasta sus labios. Era sidra recién hecha, acida, hecha con las manzanas nuevas del verano—. Y gracias de nuevo.
—De nada, Dag.
Se lamió la gota del labio para que ella no tuviera que limpiarla con la servilleta, aún.
Rush encontró de nuevo su voz, más o menos.
—Eh… Iba a preguntar por el, eh, cabestrillo…
Fawn respondió, vivaz:
—Un ladrón en Lumpton Market me robó el hatillo ayer. Dag lo recuperó, pero le rompieron el brazo en la pelea, antes de que los ladrones se asustaran y huyeran. Pero Dag dio una buena descripción a la gente de Lumpton, así que a lo mejor los cogen. —Tensó un poco la mandíbula—. De modo que estoy en deuda con él por el brazo.
—Oh —dijo Rush. Reed y Whit miraban desde el otro lado de la mesa con renovado aunque amilanado interés.
Tril Bluefield, mirando a su recuperada hija con expresión ansiosa y con más atención, frunció el ceño y llevó la mano a la mejilla de Fawn, donde los cuatro cortes paralelos eran ya pálidas cicatrices rosadas.
—¿Qué son esas marcas?
Ella miró de reojo a Dag, que se encogió de hombros, Adelante.
—Son de cuando me golpeó el hombre de barro —dijo.
—¿El qué? —dijo su madre, arrugando la expresión.
—Una… especie de bandido —Fawn repasó la frase—. Dos bandidos me atraparon en la carretera cerca de Glassforge.
—¿Qué? ¿Qué pasó? —jadeó su madre. Los hermanos se irguieron; Dag sintió cómo Fletch, a su derecha, se tensaba.
—No gran cosa —dijo Fawn—. Me maltrataron, pero Dag, que los estaba persiguiendo, llegó entonces y, hum… Los hizo huir. —Le miró de nuevo, y él bajó los párpados en señal de agradecimiento. No deseaba especialmente empezar su relación con su familia con una lista de todos los cadáveres que había dejado por los alrededores de Glassforge, al menos los humanos. Demasiados humanos, esta última vez—. Así es como nos conocimos. Su patrulla había sido llamada a Glassforge para ocuparse de los bandidos y del dañiespectro.
—¿Qué pasó con los bandidos, después de eso? —preguntó Rush.
Fawn se volvió hacia Dag, que respondió sencillamente:
—Nos ocupamos de ellos. —Se dedicó al guisado, buena comida de granja, esperando poder evitar dar más explicaciones al respecto.
La madre de Fawn inclinó la cabeza, entrecerrando los ojos; alargó de nuevo la mano, esta vez al lado izquierdo del cuello de Fawn, hacia la profunda marca roja y las tres feas costras negras.
—Entonces, ¿qué son esas cosas tan desagradables?
—Hum… Bueno, eso fue después.
—¿El qué fue después?
Con voz desesperadamente animada, Fawn replicó:
—Por ahí me levantó el dañiespectro. Dejan ese tipo de marcas; su toque es mortal. Era grande. ¿Cómo de grande, dirías, Dag? ¿Ocho pies de alto, quizá?
—Siete y medio, me parece —dijo él suavemente—. Unas cuatrocientas libras. Aunque no lo vi desde el mejor ángulo. Ni con la mejor luz.
Reed, en tono de incredulidad creciente, dijo:
—Entonces, ¿qué pasó con este supuesto dañiespectro, si era tan mortal?
Fawn pidió ayuda con la mirada, de modo que Dag replicó:
—También nos ocupamos de él.
—Venga ya, Fawn —dijo Fletch burlonamente—. ¡No esperarás que nos traguemos tus trolas!
Dag dejó que su voz se hiciera muy suave y baja.
—¿Está llamando mentirosa a su hermana… señor? —dejó implícito el ¿y a mí?
Las espesas cejas de Fletch se unieron en sincera confusión; no era un hombre que captara las implicaciones, supuso Dag.
—Es mi hermana. ¡Puedo llamarla lo que quiera!
Dag tomó aire, pero Fawn susurró:
—Dag, déjalo. No importa.
No hablaba todavía el dialecto de esta familia, se recordó a sí mismo. Le había preocupado cómo ocultar el extraño accidente con el cuchillo de vínculo; no imaginó una curiosidad tan débil, ni tan clara incredulidad. No convenía a sus intereses, ni capacidades actuales, empezar a hacer chocar las cabezas de los Bluefield entre sí y gritar, El valor de vuestra hermana me salvó la vida, y a docenas, quizá miles, más. ¡Honradla! Lo dejó estar e indicó con la cabeza que quería más sidra.
Cambiando descaradamente de tema, Fawn preguntó a Clover por los preparativos de la boda, escuchando la larga respuesta con interés bien simulado. La ampliación al extremo sur de la casa, al parecer, era para los inminentes recién casados. El auténtico objetivo de la pregunta —camuflaje— se reveló a Dag cuando Fawn añadió, sin darle importancia:
—¿Se sabe algo de los Sawman desde la boda de Daree?
—No mucho —dijo Reed—. Sunny ha pasado mucho tiempo en casa de su cuñado, ayudando a quitar tocones para el nuevo campo.
La madre de Fawn la miró con los ojos entrecerrados.
—Su madre me dijo que Sunny se prometió con Violet Stonecrop a mediados de verano. Espero que no estés decepcionada. Hubo un momento que pensé que te estaba empezando a gustar.
Whit intervino con un nasal canturreo fraternal:
—A Fawn le gusta Su-nniii, a Fawn le gusta Su-nniii…
Dag se estremeció ante el torrente de negrura que atravesó la esencia de Fawn. No lo sabe, se recordó a sí mismo. Ninguno de ellos lo sabe. Aunque no estaba seguro respecto a las sospechas no articuladas de Tril Bluefield, porque ahora dijo con una voz severa que no había usado hasta el momento, y que no admitía réplica:
—Ya vale, Whit. Ni que tuvieras doce años.
Dag vio moverse los músculos de la mandíbula de Fawn cuando aflojó los dientes.
—No me gusta en absoluto. Creo que Violet merece algo mejor.
Whit pareció decepcionado por no obtener una reacción más espectacular de su hermana ante su experto cebo, pero, mirando a su madre, no reanudó las burlas.
—Quizá —sugirió suavemente Dag— deberíamos ir a ocuparnos de Grace y Mocasín.
—¿Quién? —preguntó Rush.
—El caballo de la señorita Bluefield, y el mío. Han estado esperando pacientemente fuera.
—¿Qué? —dijo Reed—. ¡Fawn no tiene caballo!
—Hey, Fawn, ¿de dónde has sacado tú un caballo?
—¿Puedo montarlo?
—No. —Fawn echó atrás su silla.
Dag se levantó más discretamente, a la vez.
—¿De dónde has sacado un caballo, Fawn? —preguntó Papá Bluefield con curiosidad, mirando de nuevo a Dag.
Fawn se irguió.
—Fue mi parte por ayudar con el dañiespectro. Ése en el que Fletch no cree. Debo haber cabalgado todo el camino desde Glassforge en un caballo de mentiras, ¿eh?
Agitó la cabeza y salió. Dag dedicó un saludo con la cabeza a la mesa en general, recordó añadir un «Buenas noches, Tía Nattie», y la siguió. Tras él, oyó gruñir al padre:
—Reed, ve a ayudar a tu hermana y a ese hombre con sus caballos —lo cual ocasionó un éxodo de Bluefields al porche para examinar el nuevo caballo.
Grace fue examinada y comentada en profundidad. Finalmente Dag se hizo poner de nuevo el garfio y escapó con su caballo al viejo granero, donde había establos libres. Se quedó un rato mirando por encima de la partición del establo, manteniendo un leve contacto con su sentido esencial para que el castrado no se revolviera y atacara a Reed, su desconocido mozo de establo. Mocasín no se llamaba así sólo por su color castaño, a pesar de las apariencias.Cuando ambos caballos estuvieron cepillados, abrevados y alimentados, Dag volvió a la casa a la luz del crepúsculo con Fawn, momentáneamente sin parientes a la escucha.
—Bueno —dijo ella para sí—, podría haber ido peor.
—¿En serio? —preguntó Dag.
—En serio.
—Aceptaré tu palabra. A decir verdad, encuentro a tu familia un poco extraña. A mis parientes cercanos, les desagrada a menudo lo que digo, pero ciertamente escuchan lo que les digo, no otra cosa completamente distinta.
—Son mejores uno a uno que en grupo.
—Hum. Entonces… ¿qué era eso de la noche del día de mercado?
—¿Qué?
—Cuando Rush dijo que te echaron de menos la noche del día de mercado.
—Oh. No es nada. Salvo que me fui el día de mercado cuando aún estaba oscuro. Me pregunto dónde pensarían que estuve todo el día.
Unos cuantos Bluefields se habían reunido en el salón delantero, incluyendo a Tía Nattie, hilando con un huso, y la madre de Fawn. Dag dejó las alforjas en el suelo y dejó que Fawn sacara los regalos. Fletch, que estaba a punto de acompañar a su prometida de vuelta a su granja, se quedó a mirar.
Tril sostuvo a la luz de la lámpara de aceite el reluciente cuenco de cristal, asombrada.
—¡Has estado de verdad en Glassforge!
Fawn, que durante toda la noche había estado vacilando entre intentar poner buena cara y lo que a Dag le parecía un nada familiar encogimiento silencioso, se limitó a decir:
—Es lo que te he dicho, Mamá.
Fawn puso en manos de su tía la botella de agua de colonia y la animó a que se echara un poco en las muñecas, lo que ella hizo, sonriendo amablemente.
—Muy bonito, cariño, pero estas coqueterías son para que las chicas casaderas atraigan a los chicos, no para viejas gordas como yo. Es mejor que se lo des a Clover.
—Eso es cosa de Fletcher —dijo Fawn, con una sonrisa a su hermano que tenía un filo más propio de Chispa—. Y además, todo el mundo lo lleva en Glassforge, entre ellos patrulleros y patrulleras.
Reed, que había estado merodeando, resopló ante la idea de hombres poniéndose perfume, pero Nattie se mostró dispuesta y alivió el corazón de Dag cuando se echó un poco más sobre sí y su hermana pequeña Tril, y también le puso un poco a Fawn.
—¡Así! Qué amable al pensar en mí, cariño.
Fuera oscurecía. Los chicos se fueron a sus diversas tareas vespertinas, y Clover se despidió de su futura familia política. Las dos jóvenes, Clover y Fawn, se miraron con algo de tensión mientras Clover felicitaba de nuevo a Fawn por su regreso sana y salva, y Dag meditó de nuevo sobre las extrañas costumbres de los granjeros. La única hija de un Andalagos hubiera heredado la tienda de su familia, pero aquí ese puesto lo ostentaba Fletch; y sería Clover, no Fawn, quien ocuparía el puesto de Tril como cabeza femenina del hogar, a su debido tiempo. Dejando a Fawn… ¿dónde?
—Imagino —dijo Papá Bluefield un poco a regañadientes— que si tu amigo tiene un saco de dormir, puede ponerlo en el altillo del granero. Para vigilar a su caballo.
—No seas bobo, Sorrel —dijo Tía Nattie inesperadamente—. No puede trepar por la escalera del altillo con el brazo roto.
—Necesita estar cerca de mí para que pueda ayudarle —dijo Fawn con firmeza—. Dag puede poner su saco en el cuarto de tejer de Nattie.
—Buena idea, Fawn —dijo Nattie alegremente.
Fawn dormía con su tía; los chicos compartían habitaciones escalera arriba, igual que sus padres. Papá Bluefield tenía aspecto de estar pensando intensamente, de golpe, sobre las implicaciones de dejar a Fawn y a Dag abajo con una carabina ciega. Y luego, inevitablemente, sobre las implicaciones de cuánto tiempo habrían pasado Dag y Fawn juntos en el camino. ¿Sabría algo sobre el sentido esencial de su anciana cuñada?
—Mañana intentaré no cortarte otra vez con la navaja de afeitar, Dag —dijo Fawn.
—He perdido más sangre en peores causas —le aseguró él.
—Probablemente deberíamos intentar salir temprano.
—¿Qué? —dijo Papá Bluefield, saliendo de sus ceñudas cogitaciones—. ¡No vas a ir a ningún sitio, niña!
Ella se volvió hacia él, tensándose.
—Te lo dije al principio, papá. Tengo la obligación de prestar testimonio.
—¡Eres imbécil, Fawn!
Dag contuvo el aliento ante la dura y negra perturbación que atravesó la esencia de Fawn; buscó a Nattie con la mirada, pero ella no exteriorizó reacción alguna, aunque tenía la cara orientada hacia los dos.
Papá Bluefield continuó:
—¡Tus obligaciones están aquí, aunque te hayas escapado y les hayas dado la espalda durante el último mes! ¡Ya has deambulado bastante por una temporada, créeme!
Dag interrumpió en voz baja y sin faltar a la verdad:
—En realidad, Chispa, no tengo el brazo muy bien esta noche. No me importaría descansar durante un día o dos.
Ella le miró ansiosamente, insegura de si lo que oía era apoyo o traición. Él le dedicó un pequeño gesto con la cabeza para tranquilizarla.
Papá Bluefield miró a Dag de reojo.
—No hay problema en que tú sigas tu camino, si tienes que hacerlo.
—¡Papá! —saltó Fawn, yendo de una apariencia tensa a llameante sinceridad—. ¡Ni se te ocurra! Dag me salvó la vida tres veces, dos con grave riesgo de la suya, una de los bandidos, otra de la malicia, el dañiespectro, y otra vez la noche después de que el dañiespectro… me hiriera, porque me hubiera desangrado en los bosques si no me hubiera ayudado. ¡No consentiré que se le eche al camino con los dos brazos mal! ¡Qué vergüenza! ¡Vergüenza para esta casa si te atreves! —Dio con el pie en el suelo; el piso del salón sonó como un tambor.
Papá Bluefield había retrocedido. Su mujer miraba a Dag con los ojos abiertos de par en par, abrazada estrechamente al cuenco de cristal. Nattie… era asombrosamente difícil de leer, pero en sus labios había una extraña sonrisita.
—Oh. —Papá Bluefield se aclaró la garganta—. No habías dejado eso claro, Fawn.
Fawn dijo, cansada:
—¿Cómo podría? Nadie me deja terminar una historia sin decirme que me lo debo estar inventando.
Su padre miró a Dag.
—Él no habla mucho.
Dag no podía tocarse la sien; tuvo que conformarse con un breve saludo de cabeza.
—Estoy pensando. Señor.
—¿En serio?
En la casa de los Bluefield, al parecer, no era posible terminar una discusión. Pero cuando finalmente la riña decayó a murmullos inconexos, dispersándose escalera arriba o por los pasillos en la oscuridad, Dag terminó con su saco extendido junto al telar de la Tía Nattie, con un impresionante montón de colchas y almohadas para su comodidad. Podía oír a las dos mujeres más bajitas de la familia afanarse en la habitación de al lado, preparándose en voz baja para la cama, y luego el crujido de los somieres cuando se acostaron.
Dag colocó como pudo el brazo, que le latía, agradecido por las almohadas. Aparte de la noche en el suelo de la cocina de los Horseford, nunca había dormido en una casa de granjeros, ciertamente no como huésped, aunque sus patrullas se habían acordado a veces alojamiento en graneros. Esto era mejor que el altillo de un granero con la nieve colándose por todos los huecos. Antes de conocer a la familia de Fawn, no hubiera entendido por qué ella querría huir de todas estas comodidades.
No estaba seguro de si era peor ser amado pero no apreciado o apreciado pero no amado, pero sin duda era mejor ser ambas cosas. Por primera vez, empezó a pensar que el tesoro más preciado de una granja no tenía que ser robado furtivamente; podía ser ganado honestamente. Pero la esperanza que se estaba gestando en su mente tendría que esperar a ser puesta a prueba mañana.