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Y mientras Índigo permanecía inmóvil, aturdida y repentinamente asustada, en el centro de la habitación, Calpurna llegó hasta ella e, insustancial como el humo, la atravesó y siguió adelante por la habitación.

Índigo lanzó un grito agudo de sorpresa, y despertó envuelta en un sudor helado en medio de un revoltijo de mantas desordenadas.

—Avisaremos a tío Choai que necesitas al menos tres días de descanso, ¡y si no le gusta la idea que haga lo que le parezca! —El tono de Calpurna era firme, y depositó el desayuno de Índigo sobre la mesa con un golpe lleno de energía antes de dirigir una penetrante mirada al rostro de su huésped—. Querida, tienes un aspecto horrible. ¿Estás segura de que no deberías tomar alguna pócima para dormir por la noche?

—Si necesita una, cariño, es totalmente capaz de recetársela a sí misma —dijo Hollend.

Calpurna le lanzó una cáustica mirada, pero Índigo insistió en que no necesitaba tal cosa.

—De veras, Calpurna, dormí bien. —Sonrió—. Mi único problema fueron los sueños, y no creo que exista un médico en el mundo que conozca un remedio para ellos.

—¿Sueños? —La expresión de Calpurna se tornó Comprensiva—. Ah, bueno, eso es algo que nunca nos molesta; ¿no es cierto, Hollend?

Hollend lanzó un gruñido de asentimiento y luego añadió:

—No recuerdo cuándo fue la última vez que soñé. Debe de haber sido hace años. —Alzó una elocuente mirada en dirección al cielo—. Y doy las gracias por haberme librado de ellos.

—Koru todavía padece alguna que otra pesadilla, pero es que aún es muy pequeño — siguió Calpurna, para añadir con toda tranquilidad—: No tardará en dejar de tenerlas, estoy segura. Bueno, Índigo, deja que te sirva un poco de este nuevo pan de semillas. Ha sido Ellani quien lo ha cocido y está muy ansiosa porque lo pruebes.

Ellani, sentada al otro extremo de la mesa, enrojeció, e Índigo se dio cuenta de que una vez más Calpurna había pasado con toda destreza de lo que parecía ser un tema de conversación indeseable a terreno más seguro. A su memoria vino lo que Koru le había contado, de modo que pensó que quizá sería mejor dejar el tema... a no ser por un extraño detalle: un recuerdo del sueño que no la dejaba tranquila y no hacía más que resonar en su cerebro.

Dio un mordisco al pan que Calpurna había colocado frente a ella. Era muy bueno — Ellani poseía un creciente talento para la cocina— y lo alabó profusamente, sin dejar de notar al mismo tiempo la expresión de profundo alivio que apareció en el rostro de Calpurna. Luego, como por casualidad, dijo:

—Ah, Calpurna, quería preguntarte: ¿has oído hablar de alguien llamado el Benefactor?

Había esperado encontrar o bien perpleja incomprensión u otro de aquellos repentinos silencios tensos. Pero ante su sorpresa Calpurna sonrió de oreja a oreja, y Hollend se echó a reír.

—Bien, bien, ya veo que no han perdido el tiempo. ¿Quién te ha estado ensalzando las virtudes del Benefactor? Choai, ¿verdad? ¿O fue esa adolescente que te han asignado, Thua o como quiera que se llame, que intenta ganarse unas cuantas fichas extras consiguiendo más clientes para la Casa?

—¿La Casa? —Índigo estaba asombrada—. ¿Qué es eso?

—Santo cielo, tres días en Alegre Labor ¿y aún no ha oído hablar de la Casa? ¡Los comités se vuelven negligentes! —Hollend hizo una mueca mientras se servía otro pedazo del pan de Ellani—. Esto es muy bueno, hija; muy bueno. Mejoras rápidamente. —Dio un mordisco; luego agitó el cuchillo en dirección a Índigo y siguió hablando con la boca llena—. Hablando en serio, Índigo, podría valer la pena que le hicieras una visita. Todo el mundo lo hace más tarde o más temprano, y tienen expuestos algunos artículos interesantes.

La curiosidad —y algo más, algo indefinible— empezó a importunar a Índigo como un dolor de muelas.

—Pero ¿qué es la Casa? —inquirió—. ¿Y qué tiene que ver con el Benefactor?

—Bueno, verás, todo sucedió hace cientos de años, o eso es lo que dicen los del lugar... — empezó Hollend, pero Calpurna lo interrumpió.

—Hollend, no hables mientras comes; te estás haciendo tan maleducado como los nativos. ¿Qué pensará Índigo de ti? —Y, volviéndose hacia ésta, continuó—: Si intenta explicártelo estarás aquí sentada hasta después del mediodía, así pues te lo contaré yo. La Casa, y lo cierto es que en este caso el término no es tan exagerado incluso para los criterios de estos lugares, se encuentra a dos kilómetros de la ciudad, sobre una colina que da a los campos situados más al sur, y es lo que podrías llamar un museo...

—Más bien un mausoleo —interpuso Hollend, con la boca llena todavía.

—Museo o mausoleo, como tú prefieras. Los nativos se sienten muy orgullosos de él, ya que dicen que fue la casa de un gran líder, un rey o takhan; no sé qué título utilizaban en este país. Nadie parece saber su nombre, pues vivió hace siglos, pero se refieren a él como el Benefactor. , «Todos conocen al Benefactor. Todos deben responder ante mí... Las palabras del hombre de su sueño resonaron en la mente de Índigo, y ésta reprimió un ligero escalofrío.

—¿Era su gobernante? —preguntó. —Eso parece. Sé lo que piensas; resulta difícil imaginar que un país tan infestado de comités tuviera a un solo hombre que gobernara sobre todos ellos, pero parece que las cosas eran distintas entonces. Sea como sea, sienten una gran estima por este Benefactor... —Casi devoción, se podría decir —intervino Hollend. — Bien, sí, supongo que se podría decir así... —Calpurna pareció algo perpleja por el vocablo pero luego regresó a su tema—. Y cuando murió conservaron su casa como monumento conmemorativo suyo. Existe un comité especial, formado con el único propósito de mantener la Casa en buen estado. Están muy orgullosos de ella, y muy deseosos de mostrarla a los visitantes; en especial a los extranjeros, claro. Afirman que hoy en día tiene exactamente el mismo aspecto que tenía cuando el Benefactor murió. Hollend, masticando aún, dejó escapar un sonido de desacuerdo y se tragó precipitadamente el pedazo de pan para acotar:

—No, querida, en eso te equivocas. El Benefactor no murió, desapareció. Eso forma parte de la historia. ¿No recuerdas nuestra visita a la Casa?

—Oh... sí, ahora que lo mencionas me parece recordarlo... Bueno, de todos modos, hiciera lo que hiciera, tanto si se murió, desapareció o se fue a vivir a otra parte, las gentes de aquí han conservado su casa como una pieza de exhibición. Lo cierto es que deberías ir y verla, Índigo. Resulta muy educativo.

Se vieron interrumpidos en ese momento por la llegada de Koru, con Grimya avanzando silenciosa tras él. La loba tenía tendencia a despertar y sentirse inquieta al amanecer, y Koru, con la ilimitada energía de los pequeños, no tenía el menor inconveniente en acompañarla a dar vueltas por el enclave para hacer ejercicio de buena mañana. Ahora dio los buenos días con toda educación a Índigo y a su familia, y se encaramó a su silla para devorar hambriento el desayuno que su madre colocaba ante él. Hollend, con una sonrisa cariñosa, se inclinó hacia adelante para pellizcar la mejilla de su hijo.

—Tienes unos colores muy saludables esta mañana, Koru. ¡Está claro que la compañía de Grimya te hace mucho bien! Koru le devolvió la sonrisa.

—Es estupenda, papá. Ojalá yo pudiera tener un perro. —Bueno, ya veremos. Todo depende de si podemos encontrarle una buena utilidad, ¿no es así? —Se me ocurren cantidad de cosas. Por ejemplo... —Sí, cariño, estoy segura de que puedes —intervino Calpurna, apaciguadora—, pero no ahora. Come tu desayuno, o llegarás tarde a tus lecciones. Imagino que Grimya también estará hambrienta, Índigo. Si quieres traerla a la cocina cuando hayas terminado, queda todavía gran cantidad de la carne de ayer.

Grimya irguió las orejas al instante y agitó la cola, lo que hizo que Hollend y Koru lanzaran una carcajada. —Creo que te ha entendido, querida. —Hollend sacudió su delicada servilleta de hilo (otro artículo importado de Agantia) y la dobló con cuidado—. ¿Sabes, Koru? Le hablábamos a Índigo de la Casa del Benefactor, y de que debería verla.

Koru dejó de masticar, y sus ojos se iluminaron. —¡Oh, sí! ¡Oh, Índigo, claro que debes! —Se retorció en la silla, olvidado de momento el desayuno—. Papá, ¿no podría llevarla yo? ¡Ya sabes lo mucho que me gusta la Casa! ¡Déjame, por favor!

Hollend sonrió de oreja a oreja.

—Ésa es una idea muy acertada, Índigo, ¿permitirás que Koru sea tu acompañante? Te aseguro que resultará un guía mucho más interesante que los cadáveres ambulantes del Comité de la Casa.

—Vamos, Hollend —amonestó Calpurna, desaprobadora—. Koru tiene sus clases y su trabajo.

Al igual que todos los niños de Alegre Labor, Koru y su hermana pasaban la mitad de cada día estudiando y la Otra mitad trabajando. Las tardes de Ellani estaban ocupadas con lo que Alegre Labor consideraba deberes «adecuados» para una muchacha, mientras que Koru, demasiado joven para resultar de mucha ayuda práctica en las transacciones comerciales de Hollend, trabajaba con otros chicos del enclave en los campos de labor situados fuera de la ciudad, recibiendo como pago por su esfuerzo una parte de la producción.

—Vamos, un día de fiesta no le hará daño. Sólo tiene Ocho años, querida; necesita algún respiro de vez en cuando.

—Yo trabajaré hoy —dijo Ellani con cierto resentimiento—, y no veo por qué no tiene que hacerlo Koru.

—Muy bien, jovencita, también tú puedes ir. —Hollend hizo como si no viera el ceño de su esposa; pero Ellani negó con la cabeza.

—No, gracias. No me gusta ese lugar.

Consciente de la tensión creada en la familia, y violenta al sentir que era ella el motivo, Índigo se apresuró a intentar calmar el enojo de Calpurna y Ellani.

—No quiero ser una molestia... —empezó.

Hollend desechó sus protestas.

—¡No, no, no eres tal cosa! Un día de ocio no estropeará a Koru, y los tíos pueden refunfuñar todo lo que quieren. Si desea ir contigo a la Casa, puede hacerlo. Y, si te acompaña con educación y contesta a todas tus preguntas, entonces lo llamaremos trabajo y yo le pagaré la pieza que le corresponde. ¿De acuerdo? —Levantó los ojos hacia Calpurna.

Calpurna intentó reprimir la risita divertida que pugnaba por aflorar a sus labios, pero

fracasó.

—Oh, muy bien. Además, seguramente beneficiará a Índigo el que la vean visitando la Casa. Las gentes de aquí lo interpretarán como una indicación de que desea aprender sus costumbres. —Sonrió a Índigo—. Te pondré en una bolsa unos cuantos panecillos de carne y una botella de zumo de fruta. La ascensión a la colina es bastante ardua, y la visita guiada es larga y pesada. Koru puede llevar suficientes piezas para pagar tu entrada.

Sus últimas palabras, aunque pronunciadas con despreocupación y naturalidad, provocaron en la mente de Índigo un aguijonazo culpable. Hacía ya tres días que disfrutaba de la hospitalidad gratuita y generosa de la familia, sin que jamás se hubiera mencionado cómo podía compensarlos por su bondad... si es que en realidad podía. Y, fuera como fuese que tío Choai y los suyos consideraran la cuestión, Índigo sintió que ya era tiempo de recompensarlos.

Así lo dijo, y la acallaron inmediatamente. Hollend y Calpurna no querían oír ni hablar de ello. Su simple compañía, insistieron, era pago más que suficiente; y además —sin que quisieran ofenderla— ¿qué podía ella ofrecerles que ellos no poseyeran ya? Según los patrones de Alegre Labor eran gente rica; no necesitaban dinero, pues ya tenían más que suficiente para comprar cualquier cosa que este país pudiera ofrecer, y lo que Alegre Labor no podía facilitar era ampliamente cubierto por los cargamentos procedentes de Agantia. Habían hecho una nueva amiga de cuya compañía disfrutaban; eso era un pago, afirmaron, más que suficiente.

Índigo se sintió conmovida por sus palabras y por la sinceridad que sabía las había inspirado, pero de todas formas no podía en conciencia dejar la cuestión de ese modo. Fue así como dijo aquello que, más tarde, le heló el estómago al recordarlo.

—Bien —les dijo, medio riendo, cohibida ante sus exagerados argumentos—, si eso es cierto, entonces os doy las gracias. Pero a lo mejor todavía existe algo que pueda hacer, aunque la Madre sabe que no es mucho. —Señaló tímidamente en dirección a la escalera—. En mi habitación tengo un arpa. No soy un bardo, pero toco bastante bien, y también canto. Si no puedo hacer otra cosa, ¿quizá podría al menos cantar a cambio de mi cena?