122646.fb2 Espectros - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

Espectros - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

invadido por un revoltijo de impresiones.

La calle principal de Alegre Labor —no tanto calle como camino ancho, pensó Índigo— se extendía en línea recta en dirección a la plaza situada en el centro de la población. Uno de sus lados tenía una estrecha franja pavimentada con losas de piedra toscamente talladas, pero el resto de la calzada no era más que tierra batida de color marrón rojizo. En cuanto a los edificios, resultaba imposible saber si las construcciones de un solo piso que bordeaban la calle eran lugares de residencia o de trabajo, ya que todos eran idénticos; sin adornos, sin pintar, con sencillas puertas de madera y ventanas sin cortinas que no facilitaban pistas sobre lo que se ocultaba tras las fachadas.

Sin mediar palabra, Thia condujo a Índigo hacia la plaza. Tomó un camino que las mantenía todo lo apartadas que era posible de la franja enlosada, e Índigo comprendió el motivo cuando dos mujeres con bandas verdes pasaron junto a ellas, en dirección opuesta, andando por encima de las losas. La acera, al parecer, estaba reservada a las personas de categoría superior; los individuos de rango inferior —y los extranjeros— debían mantener una respetuosa distancia. Las mujeres les dirigieron una mirada de reojo al pasar, tomaron nota de la banda blanca y volvieron el rostro al otro lado con indiferencia. Índigo empezó a desear no haber convencido a Grimya de que se quedase junto a Calpurna. Sin la loba para hacerle compañía parecía que no iba a encontrar una sola palabra o rostro amigos hasta que regresara al enclave; pero Hollend le había aconsejado que era mejor que la loba no la acompañara. Los animales de compañía, explicó, no eran bien vistos a menos que tuvieran una utilidad clara, e incluso una criatura con la inteligencia de Grimya no encontraría en qué ocuparse en la consulta de un médico.

Thia apresuró el paso. La calzada se volvía cada vez más concurrida. Mujeres con cestos a la espalda empezaban a converger en la plaza del mercado; dos hombres que empujaban una carreta cargada siguieron a un muchacho que conducía ante sí una bandada de aves de corral, y un grupo más reducido de niños cargados de herramientas agrícolas pasaron corriendo en pos del primero. Dos carromatos, uno tirado por bueyes y el otro por un poni desnutrido, pasaron traqueteando junto a ellas. Por lo que se veía, esto era el corazón de Alegre Labor, y, cuando salió a la plaza misma siguiendo a Thia, Índigo aminoró el paso para abarcar la escena que se presentaba ante ella.

La plaza era un ruedo de arena apisonada, sin rasgos distintivos excepto una enorme y voluminosa bomba de agua en su centro. Esta quedaba rodeada por todas partes por más ejemplares de las impersonales casas del pueblo, cuya uniformidad sólo era rota por un edificio, de mayor tamaño que el resto pero igualmente gris, con una puerta doble que permanecía bien cerrada.

El mercado parecía estar en pleno apogeo. Mesas montadas sobre caballetes y colocadas en hileras apretadas exhibían productos alimenticios, utensilios del hogar, ropas o burdos muebles de madera; tras los mostradores, los propietarios de las paradas contemplaban vigilantes a los potenciales clientes, con un aire de desconfianza que rozaba la hostilidad. Al penetrar en esta escena como forastera, como una intrusa, Índigo sintió una alarmante sensación de no pertenecer al lugar, como si hubiera penetrado no sólo en otro país sino también en otra dimensión, y mientras su mente absorbía las imágenes que se deslizaban ante ella comprendió de improviso cuál era el problema. Concurrida como estaba la plaza, bulliciosa y llena de actividad, en ella reinaba un silencio casi total. Se señalaban las mercancías en silencio, los discos de madera cambiaban sin mediar palabra, las compras se guardaban en el interior de los cestos o se echaban a la espalda y el comprador se alejaba del lugar sin que se cruzara entre vendedor y cliente más que un ligero movimiento de cabeza a modo de saludo. Nadie cantaba, nadie silbaba; no había ningún comerciante que proclamara a voz en grito que sus mercancías eran mejores que las de sus vecinos, ni se veían grupos de hombres conversando, mujeres de cotilleo o niños revoltosos. Resultaba un violento y chocante contraste con los mercados de todos aquellos otros países visitados por Índigo —los caóticos y ruidosos bazares de Huon Parita, las espléndidas ferias comerciales de Khimiz, incluso las modestas reuniones de granjeros que se celebraban en época de cosecha en los pueblos del continente occidental como Bruhome—, y mientras permanecía inmóvil, observando, una peculiar sensación de irrealidad la asaltó, trayendo con ella un terror amorfo e ilógico.

Thia volvió el inexpresivo rostro diminuto en dirección a Índigo.

—Por favor, no te demores —dijo con gélida educación—. Malgastar el tiempo resultaría muy improductivo.

Con un gran esfuerzo, Índigo se sacudió de encima la inercia que se había apoderado de ella y, en cuanto la muchachita empezó a cruzar la plaza, corrió tras ella. Lanzarse al centro de aquella muchedumbre silenciosa y taciturna poseía una cierta cualidad amilanante, pero la oleada psíquica de hostilidad que Índigo preveía no se materializó. Una o dos miradas se posaron brevemente sobre la banda echada sobre su hombro, pero ni siquiera estas miradas resultaron abiertamente hostiles. Los habitantes del lugar sentían tan poco interés por la forastera como parecían sentirlo por cualquier otra cosa que no fuera algo que les atañera directamente.

Thia la condujo al extremo opuesto de la plaza, hasta una casa sobre cuya puerta sin pintar habían clavado un triángulo de madera. La adolescente golpeó la puerta con los nudillos con una seguridad que sorprendió a Índigo, y al cabo de un instante ésta fue abierta por una mujer menuda y arrugada. No lucía ninguna banda, y al ver a Índigo le dedicó una obsequiosa reverencia.

—Ésta es la viuda del doctor Huni —dijo Thia sin saludos ni preámbulos—. Ahora ya no tiene un puesto útil y por lo tanto dentro de poco abandonará la casa. Ejercerás tus artes curativas en la habitación que perteneció al doctor Huni. —Se volvió hacia la anciana—. Agradeceré nos muestres el camino.

Sin una palabra, la mujer se volvió hacia el interior de la casa, y ellas la siguieron. La anciana las hizo subir por una oscura escalera de estrechos peldaños, al final de la cual una puerta daba a una habitación de gran tamaño. Dos taburetes de madera, una mesa y una desvencijada alacena de dos puertas eran su único mobiliario; las paredes y el suelo estaban desnudos y la solitaria lámpara que ardía sobre la mesa despedía un olor malsano además de una tenue luz amarillenta. Había una ventana, pero daba directamente a la pared de otra casa. Toda la atmósfera de la habitación resultaba depresiva.

La anciana volvió a inclinarse y habló ahora por primera vez, aunque se dirigió a Thia y no a Índigo.

—Los primeros pacientes esperan abajo.

—Envía al primero... —empezó a decir Thia, pero Índigo la interrumpió. Se sentía repentinamente furiosa; furiosa ante el comportamiento arrogante de la chiquilla para con la viuda de Huni, y furiosa también ante la presunción de aquella criatura de que ella, Índigo, carecía de mente o voluntad propias.

—Gracias, Thia —dijo con aspereza—. Soy perfectamente capaz de responder por mí misma. —Sonrió a la viuda, y le dedicó una inclinación tan cortés que la anciana se mostró claramente sobresaltada.

«Necesitaré cinco minutos para instalarme, señora —declaró—. Luego, si sois tan amable, recibiré a mi primer paciente.

La viuda de Huni parpadeó perpleja. A lo mejor, pensó Índigo, no había esperado que una extranjera hablara tan bien su idioma. Luego, la anciana se encogió de hombros ligeramente.

—Será como desees —respondió, y se retiró acto seguido.

Índigo depositó su bolsa de hierbas sobre la mesa. La breve llamarada de cólera había descendido ahora por debajo del punto de ebullición, pero la actitud de Thia aún le dolía, por lo que se volvió hacia ella.

—Thia, te agradecería que en el futuro te mostrases menos descortés con la viuda del doctor Huni.

La chiquilla se mostró tan sorprendida como se había mostrado la mujer antes.

—¿En qué forma fui descortés, por favor, doctora?

—¿En qué forma? —repitió Índigo con incredulidad—

Hablarle a ella como si se tratara de una criada, hablarme a mí de ella como si ella no se encontrara presente, y no molestarte siquiera en presentarnos; ¡a eso me refiero, Thia!

La expresión de Thia no se alteró un ápice, y de improviso Índigo comprendió que su desconcierto era genuino.

—Pero —protestó la chiquilla— ¿qué función puede desempeñar la viuda del doctor Huni? Es demasiado vieja para realizar un trabajo útil.

«Madre Tierra de mi vida —pensó Índigo—. De modo que ése es el quid de la cuestión: función, utilidad, valor práctico... » Recordó algunas de las palabras utilizadas por tío Choai, primero cuando se encontraron en la carretera y luego en casa de Hollend; se había referido a «una profesión útil y valiosa» y había prometido «una estimación de su utilidad». Un realista sentido práctico que era casi una religión entre estas gentes; en realidad, pensó, esto podría ser literalmente cierto, ya que no parecían venerar a ningún dios o poder espiritual. Así pues la desdichada viuda del doctor Huni, demasiado vieja —como había dicho Thia— para poder realizar un trabajo, había sido degradada a la muerte de su esposo a la categoría de una molestia superflua y potencialmente onerosa. Y, lo que era peor, la anciana parecía aceptarlo sin dudas ni objeciones. Éste era el motivo de que se hubiera mostrado tan estupefacta ante la cortesía con que se le había dirigido Índigo.

—Creo —dijo Índigo en voz alta y con una sonrisa glacial— que tengo mucho que aprender sobre Alegre Labor.

Thia inclinó la cabeza.

—Esto les sucede a todos los extranjeros, doctora. Pero tío Choai ya ha dicho con gran sabiduría que los usos correctos se aprenden con el tiempo.

Índigo enarcó una ceja ante la clara implicación de que Choai había hablado de ella con Thia. Podría ser una adolescente, pero estaba claro que la muchacha poseía suficientes atributos «útiles» como para que se le otorgara mucha más categoría que a una simple extranjera. No obstante, le abstuvo de hacer comentarios y se volvió hacia la alacena. No estaba cerrada pero su contenido resultó una decepción: sólo dos vendas arrolladas, sin lavar desde la última vez que se utilizaron, y una colección de pequeños tarros de barro y botellas que contenían los restos de no se sabe que extrañísimos curalotodos a base de hierbas. Índigo volvió a cerrar la alacena apresuradamente. Tendría que arreglárselas lo mejor que pudiera con sus propias provisiones; al menos, se dijo con ironía, parecía que no tendría que

preocuparse demasiado por mantenerse al nivel del doctor Huni.

Bien, no había motivos para posponer lo inevitable más de lo necesario. Había llegado el momento de pagar a tío Choai por el bastoncillo de madera y demostrar su valía.

Abrió la bolsa y se sentó en el más cercano de los dos taburetes.

—Muy bien, Thia —anunció—. Estoy lista. Ve a buscar a mi primer paciente, por favor.

Cuando por fin anocheció aquel día, Índigo se encontraba completamente agotada. Treinta pacientes, había dicho Choai, pero la verdad es que habían sido unos cincuenta. La mayoría no padecían más que indisposiciones o lesiones menores; fiebres poco severas, toses persistentes, o pequeñas heridas recibidas en los campos que necesitaban atención si se quería evitar que se infectaran y robaran al paciente valioso tiempo laborable. A pesar de ello, Índigo se sentía totalmente exhausta, no por el trabajo en sí, ni tampoco por el número de pacientes que habían desfilado por su consulta, sino por la carga de tensión que suponía tener que tratar con las gentes de Alegre Labor.

Para empezar, estaba claro que desconfiaban de ella. Lo percibía en sus miradas, en la repentina reserva que aparecía en sus rostros cuando se daban cuenta de que debían explicar sus enfermedades a una forastera y no a uno de los suyos. Sin embargo, esta involuntaria actitud de atrincheramiento chocaba frontalmente con la deferencia —casi de orden reverencial— que el protocolo exigía que se demostrase a un médico como una cuestión de principios. Así pues uno tras otro se sentaban tiesos y silenciosos, o removiéndose nerviosos y en actitud evasiva, al otro lado de la mesa, mientras Índigo recurría a toda la paciencia que podía reunir para convencerlos de que le revelasen cuál era su problema. Pero resultó que, en contra de lo que esperaba, tuvo motivos para sentirse agradecida por la presencia de Thia; pues aquellos pacientes —y hubo unos cuantos— que se negaron en redondo a hablar directamente con la curandera extranjera estaban dispuestos a describir sus síntomas a la muchacha, y se estableció un procedimiento por el cual Thia transmitía con toda solemnidad a Índigo lo que le explicaban, y ésta indicaba a aquélla qué hierbas recetar como bebida o mezclar como cataplasma. La situación resultaba tan grotesca que Índigo sentía un enorme deseo de echarse a reír, aunque controló Con firmeza tal impulso. Thia, por su parte, no parecía encontrar nada de gracioso en aquella pantomima.

Después del mediodía, Índigo había insistido en una pequeña pausa en el trabajo. Esto, una vez más, fue algo que Thia pareció encontrar incomprensible, pero obedeció sin chistar. Hambrienta y sedienta a aquellas alturas, Índigo ofreció a la muchacha una pieza de madera que Calpurna le había dado, y le pidió que fuera al mercado y comprara algo de comer y beber para ambas. Recibió una mirada de perplejidad y la información de que tales cosas no podían obtenerse en el mercado. Cada ciudadano de Alegre Labor se ocupaba de su propio sustento; comida preparada y bebida no eran artículos que se vendieran.

—Tengo, no obstante, una empanada que será mi ración para hoy —añadió Thia—. La compartiré contigo, si lo deseas.

De una mochila que colgaba de su hombro sacó un objeto envuelto en una tela limpia, y se lo mostró. Se trataba de un pedazo plano de masa grisácea en cuyo interior había trozos de carne y verdura; por su aspecto y olor daba U impresión de estar sin condimentar y además medio crudo. Índigo forzó una sonrisa mientras intentaba no establecer comparaciones con la deliciosa cocina de Calpurna.

—Gracias, Thia, pero no te privaré de tu ración —respondió—. Me las arreglaré sin comer. Aunque quizá podrías pedir a la esposa del doctor Huni si sería tan amable de darme un vaso de agua...

—Como desees, doctora Índigo —repuso Thia con una inclinación.

Así pues, mientras Thia masticaba su poco apetitosa empanada, Índigo intentó entre sorbo y sorbo de agua salobre hacer hablar un poco a la jovencita y averiguar más cosas sobre su hogar y su familia. No tardó en darse cuenta de que también esto constituía un concepto nuevo para la mente de Thia. El arte de la conversación por la conversación era totalmente extraño a la muchacha, y ésta estaba convencida de que la curiosidad de Índigo debía de obedecer a algo más que un simple esfuerzo por ser amable. De todos modos y aunque de mala gana, facilitó algunos retazos de información. Thia, al parecer, era la mayor de cuatro hijas: algo que parecía satisfacerla pues significaba que sin un hermano que le disputara la precedencia ella era el eje central del orgullo y la ambición de sus padres.

—A los diez años ya sabía leer, escribir y contar, y por lo tanto pude empezar a realizar un trabajo útil sin perder tiempo —contó a Índigo—. Soy más inteligente y diligente que otras de mi edad, y por lo tanto me irá muy bien en la vida.

Índigo disimuló una sonrisa ante este total desprecio por cualquier cosa que se pareciera a la modestia.

—¿Qué es lo que haces cuando no me estás ayudando? —preguntó.

—Lo que sea que los tíos quieran que haga. Existen muchas tareas útiles para alguien con mis habilidades, aunque todavía soy una adolescente. Copio documentos para los tíos y para la Oficina de Tasas para Extranjeros; se me asigna a recién llegados, como tú, para que los ayude a realizar sus tareas; llevo cartas y mensajes a personas de alto rango, y desde luego ayudo a mi madre en las tareas de la casa. —Sonrió de improviso—. Aunque el año que viene me casaré y entonces tendré mi propia casa que gobernar.

—¿Te casarás? —Índigo estaba perpleja.

—Sí —respondió Thia alegremente—; se me ha escogido como esposa del hijo mayor del sobrino de tío Choai. Es más joven que yo, pero cuando tenga dieciocho años y sea un adulto tendrá un lugar en la Oficina de Comercio y seis parcelas de terreno para su uso particular. Su color será el naranja, y ése es un color muy importante.