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El cosmopuerto central se encontraba en África del Norte, en el lugar de un antiguo desierto. Y la astronave se precipitó hacia allá, rasgando la atmósfera terrestre, bañada de sol.
Grandes planchas de plástico transparente servían de cristales a una ancha terraza cubierta que daba al mediodía, al mar.
La luz pálida y mate del techo no rivalizaba con el claror de la luna, sino que lo completaba, atenuando la brusca negrura de las sombras. Casi todo el personal de la expedición marítima se había congregado allí. Únicamente los más jóvenes se divertían jugando en el mar, argentado por la luna. El pintor Kart San estaba allí con su bellísimo modelo. Frit Don, jefe de la expedición, agitando con bruscos movimientos de cabeza sus largos cabellos dorados, hablaba del caballo descubierto por Miiko. El estudio del material de la estatua, para averiguar el peso de ella, había dado resultados imprevistos. Bajo la capa exterior, de una aleación indeterminada, había oro puro. Si el caballo era macizo, incluso descontando la masa de agua desplazada por él, su peso ascendería a cuatrocientas toneladas. Para sacar aquel monstruo, harían falta grandes barcos dotados de aparatos y máquinas especiales.
Algunos preguntaron cuál era la razón de aquel absurdo despilfarro del precioso metal, y un colaborador científico de la expedición les recordó una leyenda, hallada en los archivos históricos, sobre la desaparición de las reservas de oro de todo un país en los tiempos en que este metal equivalía al coste del trabajo. Los criminales gobernantes, que habían tiranizado y arruinado al pueblo, antes de huir a otro país — por aquel entonces, entre los pueblos existían unas barreras artificiales denominadas fronteras —, recogieron todo el oro del Estado y lo fundieron, haciendo con él una estatua que fue puesta en la plaza más populosa de la principal ciudad. Y nadie pudo encontrarlo. El historiador suponía que persona alguna había adivinado entonces qué clase de metal se ocultaba bajo la capa de aleación barata.
El relato suscitó animación. El hallazgo de aquella enorme cantidad de oro era un espléndido regalo a la humanidad. Aunque el pesado metal amarillo no era ya, desde hacía tiempo, el símbolo del valor, continuaba siendo muy preciso para la electrotécnica, la medicina y, especialmente, para preparar el anamesón.
En un rincón de la parte exterior de la terraza, estaban sentados, en estrecho corrillo, Veda Kong, Dar Veter, el pintor, Chara Nandi y Evda Nal. Junto a ellos tomó asiento con timidez Ren Boz, después de haber buscado en vano al desaparecido Mven Mas.
— Tenía usted razón al afirmar que el pintor, mejor dicho, el arte en general, va siempre, inevitablemente, a la zaga del impetuoso progreso de la ciencia y la técnica — decía Dar Veter.
— No me ha entendido usted — replicó Kart San —. El arte ha corregido ya sus errores y comprendido cuál es su deber ante la humanidad. He dejado de crear formas monumentales, deprimentes, de representar el fausto y la grandeza, que en realidad no existen, pues eso es lo exterior. El más importante deber del arte consiste en desarrollar el lado emotivo del ser humano. Sólo el arte tiene poder de preparar y disponer nuestra psique para las impresiones más complejas. ¿Quién no conoce esa maravillosa facilidad perceptiva que da una preparación previa con ayuda de la música, los colores, la forma?…
¡Y hasta qué punto es inaccesible, cerrada, el alma cuando se trata de penetrar en ella brutalmente, con violencia! Ustedes, los historiadores, saben mejor que nadie cuántas calamidades ha soportado la humanidad en su lucha para desarrollar y cultivar el lado emotivo de la psique.
— En el pasado lejano, hubo un período en que el arte tendía hacia las formas abstractas — indicó Veda Kong.
— El arte tendía hacia la abstracción, imitando a la razón, que tenía ya una primacía evidente sobre todo lo demás. Pero las artes no pueden ser expresadas abstractamente, a excepción de la música, que ocupa un lugar especial y es también absolutamente concreta a su manera. Aquél era un camino falso.
— ¿Y cuál es, a su parecer, el verdadero?
— Yo creo que el arte es el reflejo de la lucha e inquietudes del mundo en los sentimientos de las gentes; a veces, una ilustración de la vida, pero bajo el control de la conveniencia debida. Esta conveniencia es precisamente la belleza, sin la cual yo no concibo la dicha ni el sentido de la vida. De lo contrario, el arte degenera fácilmente en caprichosas invenciones, sobre todo cuando no se tienen suficientes conocimientos de la vida y de la historia…
— Pues yo he deseado siempre — intercaló Dar Veter — que el arte se aplique a vencer y transformar el mundo, en vez de limitarse a percibirlo.
— ¡De acuerdo! — exclamó Kart San —. Pero a condición de que eso se refiera no sólo al mundo exterior, sino, fundamentalmente, al mundo interior de las emociones del hombre. A su educación… haciéndole comprender todas las contradicciones…
Evda Nal puso sobre la mano de Dar Veter la suya, firme y cálida.
— ¿A qué sueño ha renunciado usted hoy?
— A uno muy grande…
— Entre nosotros — prosiguió el pintor —, todos los que han visto obras del arte de masas de la antigüedad, como películas cinematográficas, grabaciones de representaciones teatrales o de exposiciones de pintura, aprecian, por comparación, la maravillosa finura, belleza y exquisitez de nuestros espectáculos, danzas y cuadros modernos, depurados de todo lo superfluo… Sin hablar de las épocas de decadencia.
— Es inteligente, pero prolijo — comentó en un susurro Veda Kong.
— Al pintor le es difícil expresar con palabras o fórmulas los complicadísimos fenómenos que ve y elige de lo que le rodea — explicó Chara Nandi, y Evda Nal asintió con la cabeza.
— Yo quisiera — continuó diciendo Kart San — recoger y unir en una sola imagen los granos puros de la bella sinceridad de los sentimientos, de las formas y de los colores esparcidos en diferentes individuos. Quisiera reconstituir los tipos antiguos en la más alta expresión de la belleza de cada raza del pasado remoto, de cuya mezcla se ha formado la humanidad contemporánea. Así, « La hija de Gondwana » es la unión con la naturaleza, el subconsciente conocimiento de la relación entre las cosas y los fenómenos, una psicología hondamente penetrada aún de instintos…
— En cuanto a « La hija de Tetis, o del Mediterráneo », son sentimientos ya muy desarrollados, de una amplitud intrépida y una infinita diversidad, pues aquí se trata ya de otro grado, superior, de fusión con la naturaleza a través de las emociones, y no de los instintos. La fuerza de Eros, franca y netamente sometida a la elevación del ser humano.
Las antiguas civilizaciones de la cuenca del Mediterráneo, la cretense, la etrusca, la helénica, la protohindú, de cuyo seno surgió el tipo humano capaz de crear esa emotiva cultura. Cuan grande ha sido mi suerte de encontrar a Chara: en ella se entrelazan, casualmente, los rasgos de los antiguos greco-cretenses y de otros pueblos posteriores de la India Central.
Veda sonrió satisfecha de haber acertado, y Dar Veter le dijo en voz queda que sería difícil encontrar mejor modelo.
— Si me sale bien « La hija del Mediterráneo », ejecutaré, indefectiblemente, la tercera parte de mi proyecto: una mujer nórdica, de cabellos de oro o color castaño claro, ojos serenos y límpidos, que miran con fijeza al mundo, alta, un poco lenta de ademanes, semejante a una de esas mujeres antiguas de los pueblos ruso, escandinavo o inglés.
Solamente después de ello podré pasar a la síntesis, a la creación de la imagen de la mujer actual, que reúne los mejores rasgos de estas tres antepasadas suyas.
— ¿Y por qué pinta usted sólo « hijas », y no « hijos »? — preguntó Veda, sonriendo.
— ¿Es que hay que explicar que la belleza es siempre más acabada en la mujer y más refinada por las leyes fisiológicas?… — repuso el pintor, frunciendo el ceño.
— Cuando vaya usted a pintar su tercer cuadro, fíjese bien en Veda Kong — le aconsejó Evda Nal —. Es poco probable que…
El pintor la interrumpió, levantándose de un salto.
— ¿Cree usted que no lo veo? Mas lucho conmigo mismo para que no penetre en mí su imagen ahora, cuando estoy pleno de otra. Pero Veda…
— Sueña con la música — dijo ésta, enrojeciendo un poco —. ¡Lástima que el piano de aquí sea solar y esté enmudecido por la noche!
— ¿Es del sistema que funciona a base de semiconductores que canalizan la luz solar?
— inquirió Ren Boz, inclinando el cuerpo sobre el brazo del sillón —. En ese caso, yo podría adaptarlo a la corriente del receptor de radio.
— ¿Eso requiere mucho tiempo? — preguntó Veda, alegrándose.
— Una hora como mínimo.
— No vale la pena. Dentro de una hora empieza la transmisión de las últimas noticias por la red universal. Embebidos en el trabajo, hace dos noches que no enchufamos el receptor de radio.
— Entonces, cante usted algo, Veda — le rogó Dar Veter —. Kart San tiene ese eterno instrumento musical con cuerdas que data de los Siglos Sombríos de la sociedad feudal.
— Una guitarra — aclaró Chara Nandi.
— ¿Y quién va a acompañarme?… Probaré yo, tal vez pueda…
— ¡Yo sé tocarla! — dijo Chara, y se ofreció a ir por ella al estudio.
— Vayamos los dos — le propuso Frit Don.
Chara echó hacia atrás, con arrogancia, sus cabellos negros, abundantes y espléndidos. Sherlis tiró de una palanca y corrió la pared lateral de la terraza, dejando al descubierto un paisaje de la orilla oriental del golfo. Frit Don partía ya a grandes zancadas y saltos. Chara, la cabeza erguida, corría también. Y aunque la muchacha se rezagó al principio, ambos llegaron juntos al estudio. Desaparecieron por la negra boca de la puerta, y, al cabo de un segundo, volvían raudos, bordeando el mar a la luz de la luna, compitiendo tenaces en velocidad. Frit Don alcanzó el primero la terraza, pero Chara, irrumpiendo por la abertura lateral, se encontró en su interior antes que él.
Veda aplaudió entusiasmada:
— ¡Ha vencido a Frit, al campeón de las pruebas primaverales de decatlón!
— Chara Nandi ha cursado en la Escuela Superior de Baile sus dos facultades: la de danzas antiguas y la de bailes modernos — comentó Kart San, en el mismo tono admirativo.
— Veda y yo también hemos estudiado danza, pero sólo en la escuela elemental — dijo Evda Nal, dando un suspiro.
— Como todo el mundo — replicó maligno el pintor.