125155.fb2 Nave-hermana, estrella-hermana - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 3

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Están en la sala de la nave. Se desarrollan cuatro juegos: Elliot y Sylvia, Roy y Paco, David y Heinz, Mike y Bruce. Aquella ligera mala cara le fascina: un gesto tan de niña pequeña, tan encantador, tan humano. Parece encontrarse hoy mucho mejor, aún cuando hubo problemas de nuevo con la transmisión, con Yvonne quejándose de que el informe de la mañana le habia llegado confusa y ruidosamente. Noelle ha llegado a la conclusión de que el ruido se debe a alguna especie de fenómeno local, algo así como un efecto de manchas solares, y que se desvanecerá en cuanto se hayan alejado lo suficiente de este sector del no-espacio. Él no se siente tan seguro al respecto, pero probablemente ella comprende esas cosas mucho mejor.

—Enséñame, capitán —insiste—. De veras que quiero aprender a jugar. Ten fe en mí.

—Está bien —admite él; después de todo, quizás el juego sea relajante para Noelle, como una distracción pasajera—. Éste es el tablero. Tiene diecinueve lineas horizontales y diecinueve líneas verticales. Las piedras se juegan en las intersecciones de estas líneas, no en los cuadrados que forman.

Le toma la mano y, con la punta de los dedos de Noelle, va trazando el modelo de las líneas que se cruzan. Han sido impresas con una tinta espesa, fácilmente discernibles de la plana uniformidad del tablero.

—A estos nueve puntos se les llama salidas —le dice—. Sirven como puntos de orientación —y hace que las puntas de los dedos de ella toquen las nueve estrellas—. Numeramos las líneas en esta dirección, del uno al diecinueve, y a las otras líneas, en esta otra dirección, les damos letras, de la A a la T, dejando fuera la I. De este modo podemos identificar las posiciones en el tablero. Ésta es la B10, ésta la D18, ésta la J4, ¿me sigues?

El capitán siente desesperación. ¿Cómo podrá ella memorizar todo el tablero? Pero ella no parece tener el menor problema mientras recorre con su mano a lo largo de los bordes del tablero, murmurando:

—A, B, C, D…

El curso de los otros juegos se ha detenido. Todos los presentes en la sala les están observando. El guía su mano hacia las dos filas de piedras, la blanca y la negra, y le muestra la forma tradicional de coger una piedra entre dos dedos y dejarla caer contra el tablero.

—Los jugadores más fuertes utilizan las piedras blancas —le dice—. Las negras siempre mueven primero. Los jugadores juegan alternativamente la colocación de las piedras, una en cada ocasión, situándola en una intersección no ocupada. Una vez que se ha colocado una piedra ya no se puede mover, a menos que sea capturada, en cuyo caso es apartada inmediatamente del tablero.

—¿Y cuál es el propósito del juego? —pregunta ella.

—Controlar la zona más amplia posible con el menor número posible de piedras. Se construyen muros. La media se obtiene contando el número de intersecciones vacías situadas dentro de los muros propios, más el número de prisioneros que has cogido.

Metódicamente, le va explicando la técnica del juego: la colocación de las piedras, la valoración del tamaño del territorio ocupado, el apresamiento de las piedras del adversario. Lo ilustra imaginando situaciones ficticias sobre el tablero, nombrando en voz alta la situación de cada piedra a medida que las coloca:

—Negras tienen P12, Q12, R12, S12, T12 y también P11, P10, P9, Q8, R8, S8, T8. Las blancas tienen…

De algún modo, ella va visualizando las posiciones; repite el modelo que forman las piedras sobre el tablero, y hace preguntas que demuestran que ve el tablero con toda claridad en su mente. Al cabo de veinte minutos ya ha comprendido las estratagemas básicas. En varias ocasiones, al describirle maniobras, él le ha dado una coordenada errónea —después de todo, el tablero no está marcado con números y letras, y de vez en cuando se equivoca—, pero en cada ocasión ella le corrige con suavidad, diciendo: «¿N13? ¿No querrás decir N12?»

—Creo —dice ella finalmente— que ahora ya lo puedo seguir todo. ¿Te gustaría jugar una partida?

Considera tu situación cuidadosamente. Tienes veinte años, eres mujer y ciega. No te has casado nunca, ni has formado nunca una pareja básica. Tu único contacto realmente humano lo has mantenido con tu hermana gemela, que es como tú: soltera y ciega. Su mente está totalmente abierta a la tuya. La tuya es de ella. Tú y ella sois dos mitades de una misma alma, inexplicablemente personificada en cuerpos separados. Con ella ―y sólo con ella― te sientes completa. Te han pedido que formes parte de un viaje hacia las estrellas sin ella, un viaje que estás segura te apartará de ella para siempre. Te han dicho que si abandonas la Tierra a bordo de esa nave espacial, no hay posibilidades de que vuelvas a ver de nuevo a tu hermana. También te han dicho que tu presencia es importante para el éxito del viaje, porque sin tu ayuda se necesitarían décadas, e incluso siglos, para que las noticias de la nave espacial llegaran a la Tierra, mientras que si tú estás a bordo sería posible mantener una comunicación instantánea a través de cualquier distancia. ¿Qué debes hacer? Piénsalo. Considéralo.

Y lo consideras. Y te presentas voluntaria para ir, desde luego. Se te necesita; ¿cómo podrías negarte? En cuanto a tu hermana, evidentemente perderás toda oportunidad de tocarla, de estrecharla entre tus brazos, de obtener un consuelo directo de su presencia. Pero, por lo demás, no pierdes nada. ¿No volver a «verla» nunca más? No. Tú puedes «verla», incluso desde una distancia de un millón de años luz, del mismo modo que la puedes ver desde la habitación contigua. De eso no puede haber la menor duda.

La transmisión de la mañana. Noelle, sentada de espaldas al capitán, escucha lo que él lee y lo transmite a través de un abismo de más de dieciséis años luz.

—Espera —dice ella—. Yvonne me pide que repita. Desde «metabólico».

El capitán se detiene. Retrocede y lee de nuevo:

—Los equilibrios metabólicos permanecen normales, aunque, como ya se ha informado antes, algunos de los miembros de mayor edad de la expedición han empezado a mostrar deficiencias de manganeso y potasio. Estamos dando los pasos correctores necesarios, y…

Noelle le detiene con un gesto brusco. Él espera, mientras ella se inclina hacia adelante, con la frente contra la mesa y las manos fuertemente apretadas contra las sienes.

—Otra vez la estática —dice Noelle—. Y hoy es peor.

—¿Estás consiguiendo pasar?

—Si, estoy consiguiendo pasar; pero tengo que empujar, empujar, empujar. Y aún así, Yvonne me pide que repita. No sé lo que está sucediendo, capitán.

—La distancia…

—No.

—Mejor que dieciséis años luz…

—¡No! —vuelve a negar ella—. Ya hemos demostrado que los efectos de la distancia no son un factor. Si no se produce el menor debilitamiento de la señal después de un millón de kilómetros, de un año luz, de diez años luz, si con esas distancias no se ha notado ningún descenso perceptible en la claridad y exactitud…, entonces no debería producirse una repentina disminución de calidad a los dieciséis años luz. ¿Acaso no crees que ya hemos pensado en esto?

—Noelle…

—La atenuación de la señal es una cosa, y la interferencia otra. Una curva de atenuación es un declive gradual, pero Yvonne y yo hemos mantenido un contacto perfecto desde el día en que abandonamos la Tierra, hasta hace sólo unos pocos días. Y ahora… No, capitán, ¡no puede ser atenuación! Tiene que tratarse de alguna clase de interferencia. Algún efecto local.

—Sí, como las manchas solares, lo sé. Pero…

—Empecemos de nuevo. Yvonne está pidiendo la señal. Continúa a partir de manganeso y potasio.

—…manganeso y potasio. Estamos dando los pasos correctores necesarios y…

El jugar al Go parece aliviar la tensión de Noelle. Hacía años que él no jugaba, y al principio se muestra un poco tosco; pero al cabo de pocos minutos recupera las antiguas asociaciones y se encuentra disponiendo cadenas de piedras con habilidad. Aunque espera que el juego de Noelle sea pobre, por lógicas dificultades al recordar los modelos del tablero después de los primeros movimientos, ella demuestra no tener la menor dificultad en mantener todo el despliegue de piezas en su mente. Sólo en un aspecto se ha sobreestimado: a pesar de toda la precisión de su coordinación, es incapaz de colocar las piedras con exactitud, tendiendo a perturbar las piedras ya situadas sobre el tablero cuando hace sus movimientos. Al cabo de un rato Noelle admite su fracaso en este sentido, y a partir de entonces pronuncia en voz alta las jugadas que desea hacer: MI7, Q6, P6, R4, C11; él le coloca las piedras en el lugar correspondiente.

Al principio el capitán juega sin la menor agresividad, suponiendo que, como novata que es, ella jugará un poco tanteando y con debilidad; pero no tarda en darse cuenta de que Noelle está extendiendo y protegiendo hábilmente su territorio, al mismo tiempo que lanza un ataque en profundidad contra el suyo. Entonces empieza a buscar estrategias más atrevidas. Juegan durante dos horas, y él termina por ganar con una diferencia de dieciséis puntos: un margen bastante cómodo, pero nada de lo que poder fanfarronear, considerando que fue un jugador experto y adicto y que ella es la primera vez que juega.

Los otros se muestran escépticos en cuanto a la habilidad instantánea de Noelle.

—Claro que juega bien —murmura Heinz—. Está leyendo tu mente, ¿no? Puede ver el tablero a través de tus ojos y sabe lo que estás planeando.

—La única mente que le está abierta es la de su hermana —replica el capitán con vehemencia.

—¿Cómo puedes estar seguro de que dice la verdad?

—Juega tú mismo con ella —dice el capitán, frunciendo el ceño—. Ya verás si se trata de habilidad o de lectura de mente.

Heinz, con aspecto malhumorado, asiente. Esa misma noche desafia a Noelle; más tarde, acude a ver al capitán, avergonzado.

—Juega muy bien. Casi me derrota, y lo hizo honradamente.

El capitán juega una segunda partida con ella. Noelle permanece sentada, casi inmóvil, con los ojos cerrados, los labios apretados, pronunciando las coordenadas de sus movimientos con un tono monótono y tranquilo, como si se tratara de una especie de mecanismo jugador. Raras veces tarda mucho tiempo en decidir sus movimientos, y no comete equivocaciones que tenga que corregir después. Su capacidad para imaginar modelos de juego ha aumentado de modo asombroso; en esta ocasión, casi le arroja del centro del tablero, pero él recupera la iniciativa y se las arregla para lograr una estrecha victoria. Más tarde, Noelle vuelve a perder con Heinz, aunque despliega una creciente capacidad, y por la noche ya consigue derrotar a Chiang, que es un jugador respetado.

Finalmente, se convierte en la jugadora invencible. Participa en dos o tres partidas al día y vence sobre Heinz, Sylvia, el capitán y León; el Go se ha convertido en algo inmenso para ella, en algo mucho más importante que un simple juego, que una simple prueba de fortaleza; enfoca su energía en el tablero con tal intensidad, que su juego se aproxima al nivel de una disciplina religiosa, de una especie de meditación. Al cuarto dia derrota a Roy, el campeón de la nave, y lo hace con tal holgura que todos quedan asombrados. Roy apenas si puede hablar de otra cosa. Exige la celebración de una nueva partida… y vuelve a ser derrotado.

Cuando la nave se elevó de la Tierra, Noelle se preguntó si realmente podría mantener el contacto con Yvonne a través de la vasta extensión del espacio interestelar. No disponía más que de la fe para apoyar su creencia en que el poder que unía sus mentes no quedaría en modo alguno afectado por la distancia. A menudo se habían hablado la una a la otra desde puntos opuestos del planeta, pero… ¿sería así de sencillo cuando estuvieran a media galaxia de distancia? Durante las primeras horas del viaje mantuvieron un contacto casi continuo, y la señal permaneció clara y nítida, sin ningún descenso perceptible en la recepción a medida que la nave se alejaba. Salieron de la órbita lunar, atravesaron la marca del millón de kilómetros, pasaron la órbita de Marte: claro y nítido, claro y nítido. Habían pasado, pues, la primera prueba: la claridad de la señal no era una función cuantitativa de la distancia.

Pero Noelle siguió mostrándose insegura sobre lo que podría ocurrir una vez que la nave abandonara el poder impulsor convencional y se lanzara hacia el no-espacio para alcanzar una velocidad superior a la de la luz. Entonces se encontraría en el espacio, alejada de Yvonne; de hecho, estaría en otro universo… ¿Seguiría siendo capaz de alcanzar la mente de su hermana? La tensión aumentó en su interior a medida que se aproximaba el momento de la maniobra, pues no tenía la menor idea de cómo podría ser la vida para ella en ausencia de Yvonne. Enfrentarse con ese terrible silencio, encontrarse inmersa en un aislamiento tan terrible…

Pero no sucedió nada de eso. Penetraron en el no-espacio, y su conciencia de Yvonne ni siquiera parpadeó. «Aquí estamos, estemos donde estemos», dijo ella, y momentos depués le llegaba la respuesta de Yvonne, un cariñoso saludo desde el viejo continuum. Claro y nítido. Claro y nítido. La señal tampoco se atenuó durante las semanas que siguieron. Clara y nítida, clara y nítida… hasta que empezó a notarse la perturbación estática.

El capitán visualiza el contacto entre las dos hermanas como una flecha que silba de una estrella a otra, como fuego avanzando a toda velocidad a través de un tubo brillante, como un río de pura fuerza que sigue el curso de una onda-guía celestial. Ve la unión de esas dos mentes como una corriente de luz pura, que pone en contacto el lejano mundo madre con la nave en movimiento. A veces sueña con Yvonne y Noelle, y el brillante lazo que se extiende entre las hermanas emite una radiación tan brillante que se agita, gime y aprieta la frente contra la almohada.

La interferencia empeora; ni Noelle ni Yvonne pueden explicarse lo que está sucediendo. Noelle se aferra sin demasiada convicción a su analogía de la mancha solar. Aún consiguen establecer contacto dos veces al día, pero eso representa un creciente esfuerzo para los recursos de las dos hermanas, puesto que cada frase debe repetirse dos o tres veces y ahora hay bloques enteros de palabras que no consiguen pasar. Noelle tiene un aspecto delgado y agotado. El Go la reconforta, o al menos la distrae de este descenso de sus poderes. Se ha convertido en una verdadera maestra del juego, concediendo a Roy incluso una ventaja de dos piedras; aunque pierde ocasionalmente, su juego siempre se distingue, siempre resulta extraordinariamente original en su concepción y alcance. Cuando no juega, muestra tendencia a sentirse remota y reservada. Se ha convertido, en todos los aspectos, en una persona más esquiva de lo que lo era antes de la iniciación de esta crisis de comunicación.