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Ella ha estado en coma durante días, errante en su delirio. Preocupado, temeroso, el capitán mantiene una sombría vigilia a la cabecera de la cama. A veces, ella parece despertar a la conciencia; balbucea unas palabras inteligibles, incluso frases enteras, procedentes de su sueño. Habla de luz, de un brillo blanco insoportablemente brillante, de arcos de energía, de intensas erupciones solares. Una estrella me retiene, murmura. Le dice al capitán que ha estado conversando con una estrella. ¡Qué poético!, piensa el capitán; ¡qué metáfora tan maravillosa! Hablando con una estrella. Pero ¿dónde está ella? ¿Qué le está sucediendo?
El rostro de Noelle aparece encendido; sus ojos se mueven con rapidez de un lado a otro, precipitándose como peces atrapados bajo los párpados cerrados. De mente a mente, murmura, la estrella y yo, de mente a mente. Empieza a tararerar algo… es un sonido agudo, que asciende hasta hacerse casi inaudible, cercano a la alta frecuencia. Al capitán le produce dolor escucharlo: una dura radiación áurea. Después, ella permanece en silencio.
Su cuerpo se pone rígido. ¿Una convulsión de alguna clase? No. Se está despertando. El capitán observa rayas de percepción relampagueando a través de la temblorosa musculatura de Noelle, como una rana galvanizada, retorciéndose en sus extremidades. Sus pestañas tiemblan. Produce un pequeño sonido, como un gemido.
Abre los ojos y le mira.
Con suavidad, el capitán le dice:
—Tienes los ojos abiertos, Noelle. Creo que ahora puedes verme. Tus ojos me están siguiendo, ¿verdad?
—Puedo verte, sí.
Su voz es vacilante, se desvanece, resulta ajena por un momento, como si fuera una voz extraña; pero después se hace más su propia voz, cuando pregunta:
—¿Cuánto tiempo he estado fuera?
—Ocho días de navegación. Estábamos preocupados.
—Tienes un aspecto exactamente igual a como me lo imaginaba —dice ella—. Tu rostro es duro, pero no es sombrío. No es un rostro hostil.
—¿Quieres hablar sobre dónde estuviste, Noelle?
—Estuve hablando… —sonríe—…con un ángel.
—¿Ángel?
—En realidad, no es un ángel, capitán. No es un ser físico tampoco, ni nada de una especie extraña. Se trata más bien de las criaturas energéticas de las que habla Heinz. Pero mayores. Mucho mayores. No sé lo que es, capitán.
—Me dijiste que estabas hablando con una estrella.
—…¡una estrella!
—En tu delirio. Eso fue lo que dijiste.
Los ojos de Noelle brillan, llenos de excitación.
—¡Una estrella! ¡Sí! ¡Sí, capitán! Creo que hablé con ella, ¡sí!
—¿Pero qué significa eso de hablar con una estrella?
—Pues —dice, sonriendo—, significa hablar con una estrella, capitán. Una enorme bola de gas, y tiene una mente, tiene una conciencia. Creo que eso es lo que es. Ahora estoy segura. ¡Estoy segura!
—¿Pero cómo puede una…?
La luz desaparece abruptamente de los ojos de Noelle. Vuelve a estar viajando; ya no está con él.
El capitán espera, junto a la cabecera de la cama. Transcurre una hora, dos. Medio día. ¿En qué poderoso reino ha penetrado Noelle? Su respiración es distante, con una monotonía impersonal. Ahora se halla tan lejos, tan lejos de cualquier lugar que él sea capaz de comprender… Finalmente, los ojos de Noelle vuelven a parpadear. Los abre. Su rostro parece transfigurado. Al capitán le parece que ella sigue estando parcialmente en ese otro mundo situado más allá de la nave.
—Sí —dice ella—. No es un ángel, capitán. Es un sol. Un sol vivo e inteligente —los ojos de Noelle están radiantes—. Un sol, una estrella, un sol —murmura—. He tocado la conciencia de un sol. ¿Cree lo que le digo, capitán? He encontrado una red de estrellas que viven, que piensan, que tienen mentes, que tienen almas. Que se comunican. Todo el universo está vivo.
—Una estrella —dice él sordamente—. Las estrellas, ¿tienen mentes?
—Sí.
—Todas ellas? ¿Incluyendo a nuestro propio sol?
—Todas ellas. Hemos llegado al lugar de la galaxia donde vive esta estrella y está emitiendo en mi misma longitud de onda, y su energía empezó a perturbar mi conexión con Yvonne. Esa era la interferencia, capitán. La gran estrella estaba emitiendo.
Esta conversación ha tomado para él la textura de un sueño. Ahora, pregunta tranquilamente:
—¿Y por qué el sol de la Tierra no se interfirió entre tú e Yvonne cuando estabais allí?
—No tiene la edad suficiente —contesta ella, encogiéndose de hombros—. Se tarda… no lo sé, miles de millones de años… hasta que han madurado, hasta que pueden transmitir. Nuestro sol aún no tiene la edad suficiente, capitán. Ninguna de las estrellas cercanas a la Tierra tiene la edad suficiente. Pero aquí…
—¿Estás ahora en contacto con él?
—Sí. Con él y con muchos otros. Y con Yvonne.
—¿Con Yvonne también?
—Ella ha vuelto a establecer contacto conmigo. Está en el circuito —Noelle se detiene un momento—. Puedo hacer entrar a otros en el circuito. Podría conectarte a ti, capitán.
—¿A mí?
—Sí, a ti. ¿Te gustaría tocar una estrella con tu mente?
—¿Qué me ocurrirá? ¿Me hará daño?
—¿Acaso me ha hecho daño a mí, capitán?
—¿Seguiré siendo yo mismo después?
—¿Sigo siendo yo misma ahora, capitán?
—Tengo miedo.
—Ábrete a mí. Inténtalo. Observa lo que sucede.
—Tengo miedo.
—Toca una estrella, capitán.
Él coloca su mano sobre la de ella.
—Adelante —dice el capitán.