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Luna Muy Fina estaba sentada en la chimenea -el único sitio del cuarto de estar en donde no estorbaba- con la mejilla apoyada en los nudillos. Le habría gustado hacer algo más, pero las cosas que se le ocurrían eran fútiles, y la mayoría indecorosas. Siguió con la mirada a Aliseda Búho, que iba y venía sobre el suelo de pizarra entrando en el cuarto de estar, la despensa o el lavadero para salir de inmediato. Aliseda llevaba en las manos un montón de cosas en cada una de sus idas y venidas: ropas limpias, un queso, viburno y matricaria secos, un yesquero, un manto de lana. Su rostro, redondo y sonrosado, tenía un leve gesto ceñudo, y Luna comprendió que estaba repasando listas para sus adentros.
– No puedes meter todo eso en la mochila -dijo Luna.
– Tú no podrías -repuso Aliseda-. Pero yo tengo cincuenta años más de práctica. Ah, no te olvides de secar las calabazas antes de meterlas, o sólo habrá cebollas para comer durante todo el invierno. Y, si las ardillas anidan en el bálago del tejado, hay un conjuro que…
– Ya me lo dijiste -suspiró Luna. Se movió un poco para que la lumbre le tostara otra parte de la espalda-. Si lo olvido, puedo buscarlo. Es una insensatez que partas ahora. Puede que nieve la semana próxima.
– Si fuera así, entonces caminaría a través de ella. Pero no nevará hasta dentro de un mes, por lo menos. -Aliseda envolvió tres jarras de gres en franela y las metió en el cesto de mimbre.
Luna abrió la boca, y lo que tanto empeño había puesto en no decir durante tres días salió a relucir:
– Lleva perdido desde antes del solsticio de verano. ¿Por qué tienes que irte ahora? ¿Por qué tienes que ir, en primer lugar?
Aliseda Búho se irguió y la contempló severamente.
– Tengo responsabilidades. Deberías saberlo.
– Pero ¿qué tienen que ver con él?
– Es el príncipe del reino de Hark Final.
Luna se puso de pie. Era más alta que Aliseda, pero bajo su fiera mirada se sintió muy poquita cosa, y frunció el entrecejo para disimularlo -y vivimos en Hark Final. Como cientos, miles de personas más. Incluso muchas de ellas son brujas, y no han ido todas a recorrer los caminos como una cuadrilla de niños aventureros.
Aliseda tenía muchas arrugas en el rostro, que se marcaban más cuando estaba a punto de sonreír, como ocurría en estos momentos.
– Para empezar, los niños nunca se marchan a la aventura en cuadrilla. En segundo lugar, todas las brujas que valen han intentado encontrarlo del modo que mejor les ha parecido. Todas, menos yo. No lo hice antes porque quería estar segura de que podrías arreglártelas sin mí.
Luna Muy Fina guardó silencio un momento, asimilando sus palabras. Después volvió a sentarse con un ruido sordo y enlazó los dedos sobre las rodillas dobladas.
– Oh -exclamó, a medio camino entre un respingo y una risa.
Qué injusto. ¡Te vales de mi amor propio para ganarme!
– Sí, mi pimpollo, y tienes mucho. Sabes que he de ir. No me lo hagas más difícil.
– Ojalá pudiera hacer algo para ayudarte -dijo Luna al cabo de un momento.
– Espero que hagas todo tu trabajo, y además el mío. ¿No es suficiente?
– Aliseda echó la solapa de la mochila y tensó la cuerda que la cerraba.
– Sabes que no. ¿No podría acompañarte?
Aliseda sacó un taburete de debajo de la mesa con el pie y se sentó; puso las manos sobre las rodillas.
– Cuando mi espíritu viaja para pedir un favor a Grandeva -dijo-, no puedes ir conmigo.
– Por supuesto que no. Entonces ¿quién tocaría el tambor para guiarte de vuelta?
– Mi pimpollo, qué lista eres -sonrió Aliseda-. Abre el armario de 'encima de la repisa y tráeme lo que encuentres dentro.
Lo que encontró Luna era un tambor. No se parecía en nada al tambor de viajes, ancho y bajo, de piel de vaca, cuyo lenguaje retumbaba en sus huesos y era como el latido de un corazón bajo sus dedos, cuya voz podía oírse en el mundo donde no había voces. Este era un cilindro vertical, no mayor que un jarro de litro. Estaba hecho con una clase de madera blanca, y las pieles de los dos extremos eran muy suaves y estaban adornadas con mechones de pelo blanco muy fino alrededor de las ataduras. Tenía un lazo de cuero para sostenerlo, y un palillo con el percusor de piel sujeto por el lazo. Luna sacudió la cabeza.
– Éste no sonaría lo bastante fuerte para hacerte volver desde la aguatocha, cuanto menos desde… ¿Adónde vas?
– Adondequiera que tenga que ir. Tráemelo.
Luna le llevó el tambor, y Aliseda Búho lo sostuvo por el lazo de cuero y lo golpeó una vez. El ruido que hizo fue un toc fuerte, resonante, como el golpe de un pájaro carpintero.
– La madera es de un fresno plantado cuando nací. Las pieles son de una oveja nacida el mismo día. Crié a la oveja y regué el fresno, y en mi decimosexto cumpleaños les pedí que me dieran sus vidas y ellos accedieron de buen grado. Por muy lejos que vaya, la voz del tambor llegará hasta mí., Cuando no pueda oírla, dejará de sonar.
»Mañana, al amanecer, partiré -continuó Aliseda-. Mañana, al crepúsculo, cuando el último filo del sol se meta tras la línea de las Colinas Abundancia, y todos los anocheceres sucesivos, golpea el tambor una vez, como yo lo he hecho.
Luna estaba un poco asustada por la solemnidad de todo el asunto.
Pero recobró la presencia de ánimo y repitió:
– Cada día, al anochecer. Una vez. Lo recordaré.
– Ajá. Bien. -Aliseda levantó los hombros, como si la solemnidad fuera un chal del que pudiera desprenderse con ese leve movimiento-. Mañana siempre llega pronto. Es hora de acostar al fuego.
– Iré a recoger las cosas del jardín -se ofreció Luna. Se echó la capa y salió del cuarto de estar a la noche.
Su tocaya estaba fuera, y creciente. Aliseda tendría buena luz si necesitaba viajar por la noche. Pero haría frío; la escarcha tapizaba las hojas, las enredaderas y las baldosas del camino como si fuera talco. Luna se estremeció y suspiró.
– ¿De qué sirve tener una aprendiza joven y fuerte si no sacas provecho de todo ese vigor? -rezongó al frío de la noche. El viento se llevó sus palabras, que se perdieron en la oscuridad.
Cortó un capullo del crisantemo amarillo, y un tallo de hepática de su abrigado arriate. Cuando regresó a la casa vio que Aliseda ya había atizado el fuego, asentado los troncos con el atizador, y traído un cuenco con agua. Luna echó las flores en él.
– Procurador de bienestar, protégenos de la oscuridad invernal-dijo Aliseda al fuego, como siempre, como si estuviera hablando con un viejo amigo. Removió el agua con los dedos y continuó-: Compañero y colaborador, nutriente de cuerpo y espíritu, acecha y vigila, y no dejes que ninguna chispa errabunda salte del hogar hasta que el sol ocupe tu lugar.
El resplandor del fuego acarició el arrugado paisaje del rostro de Aliseda Búho, arrancó un destello dorado de sus oscuros y penetrantes ojos, tornó el blanco de su pelo en marfil. «Mañana por la noche -pensó Luna-, no estará aquí. Estaré sola.» Só10 una parte de su ser lo creía, donde se guardan las cosas no experimentadas. El resto de su ser, mente y corazón y plantas de los pies, lo negaba.
Aliseda sacudió la mano mojada de agua sobre la chimenea, y las gotitas se evaporaron. Después tendió el cuenco a Luna, y ésta echó las flores al fuego.
Tras un respetuoso silencio, Luna dijo:
– Es agua. -Era la reanudación de una vieja controversia-. Y los troncos eran árboles que crecieron de la tierra y se nutrieron con agua, y el fuego mismo se alimenta de ellos y del aire. Eso significa los cuatro elementos. No puedes separarlos.
– Es la hora del fuego, y es a él al que honramos. En las horas adecuadas honramos a los otros tres, y, si dices cosas así en público, ninguna persona comedida del pueblo te dirigirá la palabra. -Aliseda retiró el cuenco de las manos de Luna y le apretó los dedos con fuerza entre los suyos, todavía húmedos-. Mi pimpollo, mi tallo de milenrama, ya no eres una niña. Cuando me marche, serás una mujer adulta a los ojos de los demás, ya que no a los tuyos. Lo que la gente interpreta en boca de los niños como una bobería, se convierte en algo más en labios de una mujer ya adulta: sacrilegio, o rencor, o locura. Haz lo que tengas que hacer del modo que creas más conveniente, pero sé discreta con tus opiniones, y mantén a distancia el fuego del agua y la tierra del aire.
– Pero…
– Vacía el cuenco, y ve a la cama.
Luna salió al jardín otra vez y arrojó el agua del cuenco, hacia el sur, porque estaba consagrada al fuego. Después se quedó un rato en el frío, sintiendo un dolor espantoso en el pecho; un dolor que estaba más allá de la tristeza, más allá de las lágrimas. Aspiró hondo para congelarlo y exhaló fuerte para expulsar sus fragmentos. Pero era inmune al frío y al viento.
– Me gustaría ser mujer -musitó-. Pero preferiría seguir siendo una niña, aquí contigo, que una mujer separada de ti.
El sonido de las palabras, la certeza de que eran verdad, hizo lo que el frío no logró. El terrible dolor saltó en pedazos, se licuó, y se vertió en angustiadas lágrimas. Poco a poco, el reconfortante orden que la rodeaba, los arriates y cuadros de jardín que había hecho Aliseda, detuvo su fluir, y el amable viento frío las enjugó de sus mejillas.
Al alba, cuando los primeros rayos de sol se enredaban en las copas de los árboles, Aliseda se colocó la mochila a la espalda y salió por la puerta delantera. Luna fue con ella hasta la puerta del cercado del jardín. En medio del indefinido entorno del neblinoso amanecer, Aliseda era una figura só1ida, real, arrebujada en la raída capa de lana púrpura, su cabello plateado y negro metido bajo el sombrero verde ladeado.
– Creo que no deberías llevar el sombrero -dijo Luna, forzando a pasar la voz a través del nudo que tenía en la garganta-. Pareces una berenjena.
– Me gusta. Soy una anciana y puedo llevar lo que me plazca. Se marchaba. ¿Qué decirle, salvo «adiós», que era lo que menos deseaba decir Luna?
– ¿Cuándo volverás?
– Cuando lo encuentre. O cuando sepa que no es posible encontrarlo. -Siempre me dices que no intente demostrar las negaciones. -Hay formas de probar ésta -repuso Aliseda, con una mirada de soslayo.
Luna Muy Fina se estremeció bajo el débil sol. Aliseda la miró con los ojos entrecerrados mientras le pellizcaba suavemente la mejilla. Luego cerró tras ella la puerta del cercado y echó a andar colina abajo. Luna la siguió con la mirada -verde y púrpura, ridícula y firme- hasta perderla de vista tras los árboles.
Secó las calabazas antes de guardarlas en el sótano. Honró a los elementos, cada uno a su hora. Hizo queso y vino, y colgó las últimas hierbas. Sacudió las alfombras, enceró los suelos para protegerlos del barro del inminente invierno. Reparó el techo de bálago y la cerca, podó los manzanos y removió los cuadros del jardín, encontrando consuelo en mantener el orden que Aliseda había establecido.
Luna se ocupó también de otras cosas establecidas. Para cuando cayó la primera nevada, sus vecinos habían empezado a acudir a ella con sus dolores y malestares, a buscarla cuando un niño tenía fiebre, a llamarla para entablillar la pierna rota de un perro o coser la herida abierta en el flanco de un caballo. Le preguntaban qué día era mejor para firmar un contrato, y si había algún conjuro para evitar que creciera el beleño en el campo de heno. A cambio, le llevaban muérdago y corteza de sauce, un saco de harina de centeno, una cubeta de mantequilla.
No le importaba el trabajo. La habían educado para ello; era algo tan natural como levantarse de la cama por la mañana. Pero descubrió que le molestaba el pago. Cuando el chico del vecino más próximo, Fell, entró trotando por la puerta de la cerca montado en su burro, con un saco de harina echado sobre las ancas del animal, y le dio las gracias y se lo entregó, faltó poco para que Luna lo rechazara con brusquedad. Aliseda Búho le había dado la destreza y la había dejado allí para prestarles servicio. El pago debería haber sido el de Aliseda. Pero quién sabía cuál aparecería primero, si Aliseda o el fondo del saco. -Qué pinta tienes -dijo Fell.
– La tuya es peor -replicó Luna, porque ella le había enseñado a trepar a los árboles y a pescar, yeso le daba el privilegio-. ¿Conoces esas cosas hechas de madera o hueso, con una hilera de dientecillos colocados muy juntos? Se llaman «peines».
– Ja, ja. -Señaló la harina-. Espero que la uses toda para hacer pasteles y te pongas gorda. -Sonrió con malicia y volvió hasta donde estaba el burro a grandes zancadas. Levantaron la nieve a su paso mientras subían la colina, y el chico agitó la mano desde la cima.
Luna se sintió mejor. Aliseda Búho nunca habría tenido esa conversación.
Cada tarde, al anochecer, cogía el pequeño tambor del armario de encima de la repisa. Lo miraba y lo acariciaba para imaginársela abrigada, a salvo, y bien, con una comida caliente ante ella y una compañía agradable cerca. Por fin, cuando el último resquicio de sol se metía tras la lejana línea de las colinas, golpeaba con el palillo la fina piel de la base, y el tambor emitía su sonido de pájaro carpintero.
En cada ocasión Luna se preguntaba: ¿podría Aliseda oírlo realmente? y si podía, ¿qué pasaría si Luna lo golpeaba otra vez? Si lo golpeaba tres veces, ¿pensaría Aliseda que algo iba mal y regresaría a casa?
Pero nada iba mal, y Luna guardaba el tambor hasta el siguiente ocaso.
Llegó la Noche Larga, y visitó a sus vecinos, como también sus vecinos la visitaron a ella. Les llevó ramas de abeto atadas con dulcamaras, y caramelos de miel, y pronunció el conjuro de felicidad y de prosperidad a las puertas de sus casas. Vio el paisaje deshelarse y congelarse, deshelarse y congelarse. Llegó el Día de las Velas, y fue al pueblo, que estaba empapado y reanimado con una racha de tiempo más cálido, para presenciar el encendido de las lámparas del año nuevo con la llama de las viejas. Tal vez, decían los aldeanos, nadie encontrara al príncipe jamás. Tal vez, el Rey de las Piedras lo había llevado bajo tierra, y ahora yacía allí, sin respirar, en silencio, para siempre. Y ¿había sabido algo de Aliseda Búho? y ¿no hacía ya mucho tiempo que se había marchado?
Sí, decía Luna, hacía mucho tiempo.
El jardín empezaba a despertar, casi de modo imperceptible, como un gato pensando en el desayuno mientras aún duerme. El rumor del fluir del agua se oía por todas partes, aunque la nieve parecía no haber sufrido alteración y el hielo era tan espeso como antes. De pronto, como si la naturaleza hubiese abierto una puerta de par en par, llegó la primavera, y Luna se encontró agobiada de trabajo. El nacimiento de nuevos corderos la hizo recorrer una y otra vez los caminos embarrados de las colinas entre la cabaña y las granjas de los alrededores. Las yeguas empezaron a parir también. Dio gracias a la sabia naturaleza de que las mujeres y los hombres, al menos, no tuvieran temporada de cría.
Había estado con la baya pura sangre de Tansy Aguavasta desde últimas horas de la mañana. El porro se había dado la vuelta en el vientre de la yegua y se había enredado en el cordón, y Luna casi se quedó paralizada pensando en el valor de los dos animales cuyas vidas estaban en sus manos. Estaba manchada de sangre hasta los codos y ronca de tanto entonar conjuros, pero, por fin, Tansy y ella intercambiaron una mirada triunfante por encima de la cruz del potro que estaba amamantándose.
– Ven a casa a tomar una taza de té caliente -le ofreció Tansy mientras Luna se aclaraba el jabón de las manos y los brazos-. De todas formas, no querrás atravesar el bosque hasta que salga la luna.
La joven alzó los ojos, sobresaltada, hacia la puerta abierta de la cuadra. Las Colinas Abundancia ceñían el sol como un cíngulo.
– Tengo que irme -dijo-. Lo siento. No me pasará nada. -Se dirigió a la senda a todo correr.
Las piedras rodaban bajo sus botas, y el hielo a medio derretir estaba resbaladizo como mantequilla en las sombras. Bajo los árboles era ya casi de noche. Se lanzó colina abajo y remontó la siguiente, y de nuevo cuesta abajo, resbalando, a veces avanzando a gatas. Sentía los huesos quebradizos como ramas quemadas, los tobillos frágiles y expuestos a sufrir una torcedura. Le daba miedo mirar otra vez el sol.
La puerta de la cerca, al final del camino, estaba ya a su alcance. Sollozó de alivio. Tan cerca… Atravesó corriendo el jardín; el aire frío era como fuego en sus pulmones. Se debatió frenética con la puerta principal, hasta que recordó que estaba cerrada por dentro, que había salido por el cuarto de estar. Entró por la puerta trasera con tanta violencia que los cacharros de las baldas tintinearon. Corrió a la chimenea y abrió la puerta del armario de un tirón…
El tambor ya estaba en sus manos, y a través de la ventana el borde del sol, fino como un hilo, asomaba sobre las colinas. Había llegado a tiempo. Cuando el horizonte se cerró como el párpado de una serpiente sobre el disco dorado, Luna golpeó el tambor.
No hubo ningún sonido.
Luna miró de hito en hito el tambor, el palillo, sus manos. Había errado el golpe; tenía que ser eso. Volvió a tocar la piel tensada. Le habría dado igual golpear lana contra lana. No hubo golpe de pájaro carpintero, no sonó la clara y penetrante llamada. Había sentido el palillo entrar en contacto con la piel, lo había visto. ¿Qué había hecho mal?
Lentamente, las palabras de Aliseda acudieron a su memoria: «Cuando no pueda oírlo, dejará de sonaD>. Luna siempre había pensado que el tambor se oiría con dificultad. Pero nunca que enmudeciera. «Dime que no puedes oír esto», pensó enloquecida. Algo más habían dicho cuando se marchaba, algo sobre demostrar las negaciones: que había maneras de probar que el príncipe no podía ser encontrado.
Si estuviese muerto, por ejemplo. Si no fuera más que un montón de huesos bajo la tierra y Aliseda, fuera del alcance de la voz del tambor, podría haberlo seguido incluso en eso, bajo el dominio del Rey de las Piedras.
Pensó en tocar repetidamente el tambor; podía imaginarse a sí misma haciéndolo, golpeándolo hasta que sonara o se rompiera. Pensó también en ponerse a llorar; podía gritar y chillar y romper cosas, y finalmente caer agotada, exhausta y abatida.
Lo que hizo fue quedarse sentada ante la mesa, con el tambor sobre las rodillas, contemplando la creciente oscuridad que se filtraba en el cuarto y lo llenaba todo a su alrededor. La tristeza y la desesperación aumentaban y disminuían en su interior a un ritmo lento, como los días se alargan y se acortan. Cuando la pesadumbre alcanzaba su apogeo, estaba a punto de estallar en llanto, a punto de gritar, a punto de arrojar el tambor. Después empezaba a atenuarse, y pensaba, «no, puedo soportarlo», hasta que volvía a crecer otra vez.
N o haría nada, decidió, hasta que se le ocurriera algo que fuera de utilidad. Si era preciso, esperaría hasta que las arañas la envolvieran con sus blancas telas. Pero haría algo mejor que llorar, que romper cosas.
Las ataduras de cuero del tambor de Aliseda se clavaban en sus dedos crispados. A la mortecina luz del fuego moribundo, el objeto de madera y piel no era más que una mancha informe y pálida sobre su regazo. ¿Cómo era posible que la magia de Aliseda hubiese quedado reducida a esto: un tambor sin voz? ¿Qué voz llegaría ahora hasta ella? y Luna se respondió a sí misma, sobrecogida: «Grandeva».
No podía. Nunca había ido a hablar con Grandeva. ¿Y cómo iba a viajar ella allí, sin nadie que tocara el tambor para ella cuando se hubiera ido? Podría perderse para siempre, deambulando a través de las enmarañadas raíces de los árboles de Grandeva.
Aun así, se puso de pie y echó a andar, entumecidas las articulaciones, hacia el cuarto de estar. Cogió carbón, mirto seco y cedro. Vertió sidra en una taza de madera, y echó dentro una semilla de jazmín azul. Era una serie de pasos preliminares que le eran familiares. Lo había hecho antes para Aliseda. Descolgó la piel de oveja de lana negra de la pared, junto a la puerta, la extendió en el suelo, y colocó al lado la sidra y el incienso; la sidra hacia el este, el carbón hacia el sur. Otro viaje, para coger sal y el pequeño cuchillo con mango de hueso: tierra al norte, el montoncito cónico de sal; y el cuchillo al oeste, por el aire. (La sal procedía del mar, dijo su mente rebelde, y el metal del cuchillo se había extraído de la tierra y había sido templado con el fuego y el agua. Pero temía caer en la herejía ahora, temía dudar del conocimiento en el que debía confiar las vidas que estaban a su cuidado, de modo que hizo las cosas como le habían enseñado.)
Por último sacó el tambor grande, el tambor de viajes, de su caja de mimbre y lo puso sobre la piel de oveja. Le serviría de ayuda durante parte de su viaje. Pero, cuando cruzara la frontera, tendría que dejar cuerpo, dedos, tambor, todo, al cruzarla, y el tambor se callaría. Necesitaba tan poco… Sólo un tap, tap, tapo En fin, tendría que bastarle con su corazón.
Luna se sentó cruzada de piernas sobre la piel de oveja. Con la mano derecha cogió el cuchillo y trazó una línea en el suelo a su alrededor, como si fuera un compás. Se pasó el cuchillo a la mano izquierda por detrás de la espalda, con cuidado, y la punta del cuchillo no perdió contacto con la pizarra del suelo ni un solo momento. Hubo un tiempo en que le resultaba difícil, cuando aprendía a coger el cuchillo que Aliseda le pasaba. Dibujó el círculo por segunda vez, en esta ocasión con los granos de sal que iba soltando con ambas manos; lo repitió con el cedro y el mirto, que humeaban y chisporroteaban al arder sobre el trozo de carbón. Por último, trazó el círculo mojando los dedos en la sidra y sacudiéndolos, y se bebió el resto. A continuación cogió el tambor.
Intentó captar el ritmo de su respiración, de su corazón, el ritmo que siempre estaba en su interior. Sólo cuando estuvo segura de ello, dejó que sus dedos se movieran al compás, golpeando el tambor. El instrumento vibró bajo sus dedos, emitiendo notas graves. Cuando sus manos se sintieron seguras sobre la piel tensada, Luna cerró los ojos.
Un árbol. Luna sabía que ése era el inicio del viaje; tenía que empezarlo en la punta de una rama del enorme árbol. ¿Pero qué clase de árbol? ¿Era de día o de noche? ¿Debería imaginarse a sí misma como un pájaro o un insecto, o como era en realidad? ¿Y cómo podía pensar en todo eso y al mismo tiempo tocar el tambor?
Tenía el cuello tenso, y empezaba a dormírsele un pie. «Piensas de masiado», se reprendió. Aliseda nunca había tenido este problema. Aliseda tampoco le había sugerido nunca que hubiese cosa tal como pensar demasiado. Si se pensara más, habría dicho, se arreglarían la mayoría de los problemas que había en el mundo.
Bien, entonces se sentiría libre de pensar cuanto quisiera. Se centró en el sonido del tambor, imaginando que la envolvía por completo, como un cobertor de plumas.
Un árbol demasiado grande para verlo entero con una sola mira da; uno más de un bosque de árboles iguales. Un árbol con una copa tan ancha como un cielo nocturno visto desde la cima de una colina. Entonces era de noche. Era un roble, llegó a la conclusión, pero verde fuera de temporada. Imaginó las hojas correosas, de color verde plateado, a su alrededor, y la áspera y negra corteza, centelleante con el rocío a la luz de la luna. La luz venía del final de la rama. Abrazado por las hojas, había un semicírculo blanco plateado, una nueva luna liberada de la sombra de la vieja. Le proporcionaba luz para seguir su viaje.
La áspera calzada de corteza se ensanchó a medida que se acercaba al tronco. Imaginó pájaros que rebullían en sueños, y el corto y quejumbroso chillido de una ardilla al despertar en su nido. El viento soplaba a través del dosel de hojas y las hacía titilar. Luna escuchaba sus pisadas sobre la madera, regulares y constantes: la voz del tambor.
Avanzó tronco abajo, hacia la maraña de raíces: el intrincado reflejo de las ramas en lo alto. Los troncos de otros árboles la rodeaban por doquier, y las ramas entrelazadas interceptaban la luz de la luna. Avanzar costaba más trabajo ahora, al ir a contracorriente de la vida del árbol, que siempre se movía hacia arriba. El latido de su corazón era un golpeteo apagado y regular en sus oídos.
Estaba demasiado oscuro para distinguir en qué dirección se iba hacia abajo; demasiado oscuro para distinguir nada. Luna no sabía si había llegado a las raíces o no. Quería gritar, llamar a Grandeva, pero había dejado su cuerpo atrás, y su lengua con él.
Una luz diminuta apareció frente a ella y creció lentamente. Tenía dibujos, colores, formas… Distinguió la puerta de la cerca del jardín, y el camino que se dirigía al bosque. En el camino -¿era el que tan bien conocía?; ahora estaba bordeado de salvia- vio una figura, hecha con el ondear de un viejo paño negro y descuidados mechones de cabello blanco, que se alejaba de ella. Una forastera, pensó Luna; intentó dad e alcance, pero parecía estar clavada en el mismo sitio. Al llegar a la linde del bosque, la figura se volvió, alzó una mano, y la llamó por señas. Después desapareció bajo el dosel de la espesura.
El espíritu de Luna, como un pajarilla asustado, se puso bruscamente en movimiento, hacia arriba. Sus ojos se abrieron en el cuarto de estar de la cabaña. Estaba de pie, tambaleante, sobre la piel de oveja, con el tambor de viaje a sus pies. El corazón le palpitaba contra las costillas como un palo arrastrado contra las tablas de una valla, y se sentía dolorida, irritada y febril. Trastabi1ló hacia atrás, perdido el equilibrio, y tomó asiento.
– Bueno -dijo, y el sonido de su voz la hizo dar un brinco. Se pasó la lengua por los labios y añadió-: Eso no ha sido en absoluto como se supone que debe hacerse.
Temblando, recogió los objetos utilizados y lavó el cuenco de madera, y lo guardó todo. Ya había cogido la piel de oveja y giraba hacia la pared para colgada de nuevo en su sitio, cuando su voz volvió a sorprendida:
– Pero funcionó -dijo. Se quedó muy quieta, apretando contra sí las guedejas de lana-. Funcionó, ¿verdad?
Había viajado y había hecho una pregunta, y se le había dado una respuesta; y aunque ni la una ni la otra se hubiesen producido en unos términos conocidos para ella, no por ello dejaban de ser una pregunta y una respuesta. Yeso era todo cuanto necesitaba. Luna se apresuró a colgar la piel de oveja. De repente, había mucho que hacer.
A la mañana siguiente llenó su mochila con provisiones y ropas, yesquero y medicinas, y colocó el tambor de fresno, el tambor de Aliseda, encima de todo. Se calzó sus botas más fuertes y se puso su capa de fieltro. Apagó el fuego de la chimenea, cerró todos los postigos, y dejó una nota a Tansy Aguavasta en la que le pedía que cuidara la casa.
Finalmente se cargó la mochila y recorrió en cuatro zancadas el camino, cruzóla puerta de la cerca, bajóla colina, y entró en el bosque.
Luna ya había viajado antes, con Aliseda. Sabía cómo orientarse y cómo hacer una buena hoguera y cocinar sobre ella; había dormido al raso y también en posadas y granjas. Estas cosas eran lo mismo si se viaja a solas. No tenía motivo para sentirse rara, pero no lo podía remediar. Se sentía como una impostora, y esperaba que cualquier viajero con el que se encontrara por casualidad le preguntara si era lo bastante mayor para andar sola por los caminos.
Creía que había estado sola en la cabaña; creía que había aprendido el significado de la soledad en todo su alcance. Ahora sabía que sólo había explorado un pequeño rincón de aquélla. Caminar le daba tiempo para pensar y para contemplar el paisaje: retoños de helecho asomando entre la tierra esponjosa, corolas amarillentas de azafranes silvestres, sorprendidas por el sol, y unos cuervos cortejando a las hembras. Pero no tenía sentido señalar y gritar, «¡mira!», porque los únicos ojos presentes ya lo habían visto. Su aislamiento hacía que todo tuviera un cierto aire de irrealidad. Cada noche se le hacía más penoso encender un fuego, y se sentía inapetente. Pero cada día, al anochecer, golpeaba el tambor de Aliseda. Cada anochecer, seguía callado, y resurgía en ella la misma congoja, consecuencia de ese silencio.
Caminó durante seis días a través de pueblos, bosques y tierras de cultivo. El tiempo se había mantenido seco y claro, algo atípico en primavera, durante las primeras cinco jornadas; pero al sexto día se levantó un viento muy frío y el cielo se encapotó. La calzada era más ancha ahora, y más llana, y estaba más transitada: carretas y carros, jinetes, otros caminantes que iban en una y otra dirección. A mediodía se detuvo en una posada, más grande y más concurrida que cualquiera de las que había visitado hasta entonces.
El chico que puso una taza de té frente a ella tenía una mata de pelo rubio que enmarcaba un rostro alegre y cansado.
– La empanada fría es buena -dijo, sin darle tiempo a preguntar-. Es de conejo y setas. Por otra parte, hay sopa de calabaza. Pero no pida jamón. Creo que es de un verraco que no se curó bien. Está asqueroso.
Luna no sabía si reír o quedarse boquiabierta.
– Entonces, la empanada, por favor. No quiero parecer estúpida, pero
¿dónde estoy?
– En Hark Pequeño -respondió-. Pero no se haga ilusiones. Hark Grande está a una semana de distancia hacia el oeste, a pie. ¿Se dirige hacia allí?
– No lo sé. Supongo que sí. Estoy buscando a alguien.
– ¿En Hark Grande? Ja. Bueno, también puede encontrar una hormiga en un hormiguero, si no busca una en concreto.
– ;-¿Tan grande es? -preguntó Luna.
El asintió con gesto compasivo.
– A menos que busque al rey o a la reina -comentó.
– No. A una mujer… más bien anciana, con el cabello algo más canoso que negro, y cara redonda y sonrosada. Más baja que yo. Regordeta. -Le resultaba difícil describir a Aliseda Búho; era una mujer de aspecto corriente-. Llevaba una capa de color berenjena. Es bruja.
La expresión del chico cambió lentamente.
– ¿Es de esas de «hazme caso y obedece por tu propio bien», un poco marimandona? ¿Con una mochila de mimbre? ¿Que trata los granos de la cara con hamamelis y rábano picante?
– Parece ella, sí… ¿Qué otra cosa se utilizaría para los granos?
– No lo sé, pero el rábano picante funciona bastante bien. Estuvo aquí, si es que era ella. Pero de eso hace varios meses.
– Sí, en efecto -dijo Luna.
– Iba hacia Hark Grande, así que va por buen camino. Buena suerte. Cuando el chico volvió con la empanada de conejo, le dijo:
– La siguiente población que encontrará es Burnton del Páramo; está a dos días andando. Después de eso no tardará en dejar atrás las praderas. Entonces tendrá suerte si ve el sol antes de encontrarse a tiro de piedra de Hark Grande.
Luna se tragó un trozo de empanada sin apenas masticarlo.
– ¿De veras? ¿Por qué?
– Bueno, tiene que cruzar el Mar de la Espesura, ¿no?
– Ah, ¿sí?
– No sabe mucho de geografía -comentó entristecido.
– Sé que nunca he oído decir que ese bosque es tan tupido que el sol no penetra en él. ¿Has estado allí alguna vez?
– No. Pero todos los que han estado dicen que es verdad. Y, trabajando aquí, escucho lo que hablan los viajeros.
Luna abrió la boca para comentar que había oído más insensateces en las salas de las posadas que las que caben en todo el mundo, cuando una voz de mujer gritó desde la cocina:
– ¡Estornino! ¿Trabajas aquí o vas a alquilar un cuarto esta noche?
El chico rubio esbozó una sonrisa de disculpa.
– Buena suerte, de todos modos -le dijo a Luna, y se fue corriendo a la cocina.
Luna terminó su comida y la pagó con una moneda en la que estaba acuñado el rostro del príncipe. La miró ceñuda cuando la dejó sobre la mesa. «Todo es culpa tuya», le dijo. Después cogió su mochila y se encaminó hacia la puerta.
– Empiezan a caer gotas -le advirtió el chico desde lejos-. Estará lloviendo a cántaros dentro de una hora.
– Entonces me mojaré -respondió-. Pero gracias de todas formas.
Hacía frío en el camino, pero al menos estaba en marcha. La información la impulsaba a continuar adelante.
El chico tenía razón con lo del tiempo. La lluvia venía de distintas direcciones, arrastrada por las ráfagas de viento, de manera que entró bajo la capa, dentro de la capucha y por todas las costuras de sus botas. Cuando, a fuerza de tenacidad, llegó por fin a lo alto de los cerros cercanos a Hark Pequeño, estaba empapada y helada, y soñando con techos abrigados, fuegos crepitantes y camisones limpios y secos. El panorama que la aguardaba en lo alto del sendero dispersó sus fantasías.
Había esperado otro valle. Esto no era una cuenca, sino un paraje llano henchido de hierba ondulante, dorada, y ella se encontraba al borde. A través de la lluvia, Luna miró con los ojos entrecerrados al frente y a ambos lados, buscando el extremo opuesto, pero la hierba continuaba hasta perderse en el horizonte, sin que nada rompiera su uniformidad salvo las ondulaciones del terreno. Presumió que, aun en el caso de que hubiese hecho buen tiempo, no por ello habría alcanzado a ver el final de la pradera.
Aquella tarde-acampó en medio del océano de hierba, puesto que era la única alternativa. No había leña para el fuego. Había tenido en cuenta esta posibilidad antes de internarse en la llanura, pero toda la leña que podría haber recogido estaba empapada. Así pues, levantó una especie de cobertizo con una lona untada con grasa para resguardarse un poco de la lluvia, recogió un montón de hierba húmeda y reluciente, y se puso manos a la obra. Tampoco perdía de vista el sol; en el momento oportuno, sacó el tambor de Aliseda y lo tocó, acurrucándose bajo la lona para que no se mojara. El instrumento no tenía nada que decir.
Al cabo de media hora tenía trenzado un grueso aro de paja. Lo puso en el círculo de suelo que había dejado limpio de hierba, y sacó de la mochila el yesquero y tres manzanas, arrugadas y dulces después de estar almacenadas durante el invierno. Eran los últimos víveres de las provisiones que tenía de casa.
– Todo procede de ti -dijo Luna mientras colocaba las manzanas dentro del aro de paja y ponía más hierba mojada encima, haciendo un pequeño cono-. He cogido alimento y sostén, hálito y calor, agua para calmar la sed. Todo te lo ofrezco, con mi amor y mi respeto, a cambio de que me otorgues de nuevo tu amparo.
Dicho esto, hizo saltar una chispa sobre el cono de hierba. Por un instante, creyó que el trueque no había sido aceptado. Había invocado a todos los elementos, en lugar de sólo al fuego, y el fuego podía haberse ofendido. Entonces una minúscula llama azulada prendió un tallo, y luego un segundo. En pocos minutos cuidaba una pequeña y agradable fogata abrazada por el aro de paja y alimentada a lo largo de la noche con las manzanas de Aliseda.
Estuvo sentada largo rato, acurrucada bajo el cobertizo de lona, envuelta en su capa, y con el pequeño fuego entre los pies. Iría a Hark Grande porque pensaba que Aliseda se habría dirigido allí. Pero también cabía la posibilidad de que no lo hubiese hecho. Aliseda podía haberse encaminado hacia el sur desde aquí, por Cystegond. O al norte, a las frías y escarpadas formaciones rocosas de los Huesos de la Tierra. Podría haber tomado cualquier dirección, y Luna nunca lo sabría. Había preguntado, pero no había insistido en que le dijera su punto de destino ni que la llevara con ella, y tampoco había intentado seguirla. Sólo le había dicho adiós. y ahora no sabía qué camino tomar.
– ¿Qué estoy haciendo aquí? -susurró Luna. No tuvo respuesta, salvo el constante sonido de la hierba agitada por el viento, un susurro imperativo que la instaba a guardar silencio. Finalmente, entró en calor y pudo dormir.
Por la mañana el sol regresó, desvaído y tímido. A su luz pudo ver en toda su extensión el inmenso océano ocre y dorado a través del cual se abría paso. A su espalda divisó los montes tras los que estaba Hark Pequeño. Al frente sólo había hierba.
Fue un día largo, sin otra cosa que mirar que el monótono paisaje, y se obligó a buscar algo distinto. Vio los nuevos brotes de hierba al pie de los tallos de la vieja, las hojas todavía enrolladas prietamente unas en torno a las otras, como el abrazo de unos amantes. Un cardo abría su roseta de hojas punzantes reclamando la tierra, pero todavía no había crecido su tallo. También vio las huellas de cascos de caballo, y estiércol, y una vez se cruzó en su camino una ancha franja de hierba aplastada, como el cauce de una corriente excavado en el pasto, la tierra fangosa y marcada con huellas de cascos. Mientras caminaba, el sol subió en el cielo y evaporó la lluvia de su capa.
Por la tarde llegó a la ciudad de Burnton del Páramo. Sí, le dijo el dueño de la hostería, otro día de camino la llevaría bajo las ramas del Mar de la Espesura. Tendría que ir con cuidado, porque estaba lleno de ladrones, fantasmas y animales salvajes.
– Los ladrones no se molestarán en parar a alguien como yo -repuso Luna-, y no creo tener ninguna pendencia con los muertos, así que me concentraré en los animales salvajes. Pero muchas gracias por la advertencia.
– Mal sitio es ése, el Mar de la Espesura -añadió el posadero. Luna pensó que era normal que la gente que vivía en medio de una inmensidad de hierba tuviera miedo de un bosque, pero se limitó a decir:
– Busco a alguien que quizás haya pasado por aquí hace unos meses. Se llama Aliseda Búho, e iba en busca del príncipe.
Después de que Luna la describiera, el posadero frunció los labios.
– Me suena familiar. Es posible que pasara por aquí, y siguiera hacia el oeste. Pero, como usted bien dice, han pasado meses y creo que no la he vuelto a ver.
«Qué manera de animar a la gente. Da una de cal y dos de arena», pensó Luna, taciturna, y reanudó su cena.
Al día siguiente, por la tarde, llegó al Mar de la Espesura. Todo cambió: los olores, el color de la luz, la temperatura del aire. A despecho de la advertencia del posadero, Luna no pudo negar la sensación de gozoso alivio que le levantaba el ánimo. El subrepticio aroma de los restos orgánicos de pinos se levantaba a su paso, y las oscuras ramas bajas de los árboles estaban llenas de pájaros alborotadores. Oyó el sonido cercano de una corriente de agua; se dejó guiar por él hasta un riachuelo y el manantial que lo alimentaba. El agua estaba fría y tenía un vivificante sabor ácido a pino; llenó su cantimplora y se lavó la cara.
Se quedó un poco más junto al arroyo. Luego se quitó la mochila de la espalda y buscó en su interior hasta encontrar la bolsita de tela en la que guardaba sus cosas de más valor. De ella sacó un broche de plata que representaba una rana saltando. Lo había lucido en los días festivos, prendido en su chal verde. Era un regalo de Aliseda, aunque, pensándolo bien, todo lo era. Lo echó al manantial.
¿Había hecho bien? Sí, la rana era una criatura acuática, aunque respirara aire la mitad del tiempo. Y la plata era un metal del agua, a pesar de que se extraía de la tierra y se la trabajaba con fuego, y se ponía negra tan deprisa en el agua como en el aire. ¿Cómo podía estar basada la magia en la comprensión de la verdadera naturaleza de las cosas si hacía caso omiso de tanto?
Una burbuja subió a la superficie y estalló ruidosa. Se echó a reír.
– No hay de qué, e igualmente -dijo, y se puso otra vez en marcha.
El Mar de la Espesura le proporcionó lecho con su acopio de agujas, planas y secas, caídas a lo largo de cien años, y madera en abundancia para encender fuego. Hacía frío bajo su techo de ramas bajas, pero eso podía remediarlo. Mantuvo la hoguera bien alimentada con ese propósito, y también para defenderse de carnívoros demasiado debilitados por el invierno para ir tras los caballos de Burnton del Páramo.
Un día más de viaje, y otro más. Si trepara a la copa de uno de los pinos más altos, ¿ofrecería el Mar de la Espesura el mismo panorama que la inmensa pradera, ondulante, casi infinito? Al tercer día, cuando los contados rayos del sol que alcanzaban el suelo del bosque eran oblicuos y alargados, se levantó el viento. Luna oyó el crujido de los viejos troncos, allá arriba, y a las ramas bajas chascar y agitarse como escobas manejadas por unas manos furiosas, y decidió acampar.
En el Mar de la Espesura nunca se veía ponerse al sol. Para entonces, bajo el dosel de los árboles, ya estaba oscuro. En consecuencia, Luna preparó una hoguera y puso agua a cocer antes de sacar el tambor de Aliseda de su mochila.
Los árboles bramaban en lo alto, pero a nivel del suelo Luna sólo sentÍa una brisa racheada. Se arrebujó en su capa y golpeó el tambor.
No sonó, pero en lo alto Luna oyó una especie de trueno estrepitoso y sintió una ráfaga de aire en la cara. Se echó hacia atrás sobresaltada. El tambor se le escapó de las manos.
Una forma difusa se posó en una rama baja, al otro lado de la hoguera. La luz se reflejó de manera irregular en sus enormes ojos amarillos, en los altos penachos de plumas que le coronaban la cabeza, en el pálido pecho. Un búho.
– Uh -dijo, más fuerte que el atronador viento-. Uuju.
Sin quitarle los ojos de encima, Luna se inclinó hacia adelante y alargó la mano hacia el tambor.
El búho batió las alas con estruendo y abrió mucho el pico.
– Uuuh, pipooollo -gritó-. Milraaama. Milraaama.
Luna palideció. El búho descendió de la rama, veloz y recto, como
una piedra al caer. Sus garras se cerraron en las ataduras del tambor. Las enormes alas batieron una vez, dos, y el ave desapareció tragada por la oscuridad.
Luna cayó de rodillas, jadeante. La voz del búho resonaba todavía en sus oídos como un eco; el eco de otra voz. «Pimpollo. Milenrama. Milenrama.»
Unas lágrimas ardientes le humedecieron las mejillas.
– Oh, mi pimpollo, mi tallo de milenrama -repitió en un susurro-.
¡Vuelve! -gritó a la noche. No hubo más respuesta que el viento. Se llevó las manos a la cara y lloró hasta quedarse dormida.
Con la llegada del nuevo día, el Mar de la Espesura cerró filas a su alrededor como había hecho antes, rebosante de cantos de pájaros y placidez, pérfido y descarado. En una cosa, al menos, su espíritu compaginaba con el suyo. La luz bajo los árboles era grisácea, lúgubre, y se oía el golpeteo de la lluvia en las ramas altas. Luna atizó las cenizas de su fuego interno y esperó a que su corazón se deshelara. Iría a Hark Grande, y más allá si era preciso. Aún podía haber alguna esperanza. Y, si no era así, al menos cabía la posibilidad de un ajuste de cuentas.
A lo largo de todo el día, el sendero la condujo cuesta abajo, y caminó hasta que los muslos le ardieron y el estómago se le contrajo de hambre. La lluvia cayó con más fuerza, empapándola cuando el viento sacudía las ramas. Tenía intención de dejar atrás el Mar de la Espesura antes de volver a dormir, aunque para ello tuviera que caminar toda la noche. Pero los árboles empezaron a clarear al final del día, y poco después vio una elevación pelada al frente. La remontó y contempló el panorama que se extendía a sus pies.
El valle estaba cubierto con una niebla baja que se arremolinaba lentamente con la lluvia. Sobresaliendo de la niebla, asomaba la ciudad más grande que Luna había visto jamás. Estaba rodeada por una muralla de piedra, con los portones de roble y hierro; los tejados, de pizarra y tejas, hablaban de su prosperidad. En todos los torreones de la muralla ondeaban pendones, con los colores oscurecidos por la lluvia y apagados por la mortecina luz. En el centro de la ciudad había un edificio alto, blanco, y con tejados rojos, con cuatro torres redondas en las esquinas, iguales a las de la muralla.
El chico también tenía razón en que nunca encontraría información sobre una persona en un sitio así, a menos que esa persona fuera el rey o la reina. Luna se inclinó para resguardarse del azote de la lluvia, que había cambiado otra vez de dirección.
¿Por qué no? Aliseda había salido en busca del príncipe. Tal vez hubiese ido a palacio a exponer su propósito y proseguir con sus indagaciones desde allí. ¿Por qué no hacer lo mismo?
Se sacudió el agua que le empapaba la capa y echó a andar sendero abajo. Quedaba otra hora de camino para llegar a las puertas, y quería estar dentro de la ciudad al anochecer.
Por fin la muralla se alzó ante ella, opresivamente alta, oscura y reluciente por la lluvia. Encontró los enormes portones de acceso abiertos; el apresurado trasiego de carretas, caballos y gentes a pie en una y otra dirección la impresionó. Nadie pareció fijarse en ella cuando se unió a la oleada de gente que iba y venía. Se abrió paso entre la muchedumbre y, por más que miró y miró, no vio a nadie que tuviese una apariencia más oficial que el resto. De hecho, todo el mundo parecía muy ocupado e importante. «Así que ésta es la vida de ciudad», pensó Luna, y salió del aglomerado fluir de gente para echar un vistazo en derredor.
Sabía que, sin tenerlo a vista de pájaro, no encontraría el palacio a no ser por casualidad. En consecuencia, preguntó cómo llegar hasta él a una mujer y un hombre que estaban descargando un carro lleno de balas de heno.
La miraron y parpadearon, como si estuviesen demasiado agotados para pensar; estaban tan empapados como Luna, y parecían tener menos esperanza de encontrar lo que buscaban. Sus expresiones de sorpresa eran tan semejantes que Luna se preguntó si no serían parientes, y, de hecho, sus ojos eran muy parecidos, de un color verde grisáceo como la salvia. El hombre llevaba una chaqueta pardusca, con un roto en el codo; la mujer se cubría los hombros y la canosa cabeza con un chal negro y largo.
– Siguiendo la muralla, por allí -respondió el hombre finalmente-, hasta que llegue a una calle ancha, pavimentada con ladrillos. Siga por ella, colina arriba, hasta que lo vea.
– Gracias. -Luna miró de soslayo el carro de heno, que aún estaba casi lleno. «El trabajo es un bálsamo para el corazón», decía Aliseda-. ¿Quieren que les eche una mano? Podría subirme al carro y echar las balas.
– Oh, no -repuso la mujer-. No se moleste.
Luna sacudió la cabeza.
– Habla como mis vecinos. Con ellos estaría discutiendo sin parar quince minutos hasta convencerlos. En lugar de eso, vaya empezar a descargar balas de heno.
Sin añadir una palabra más, se encaramó al carro y levantó una bala. Cuando se volvió para pasársela al hombre y a la mujer, los vio intercambiando una mirada perpleja antes de que el hombre le cogiera el heno que le tendía.
Era un trabajo que hacía sudar, y la paja mojaba y picaba. Cuando el carro estuvo vacío, se dieron las gracias los unos a los otros y Luna echó a andar hacia palacio. En el camino vio que el ojo del sol se cerraba tras la línea de los montes.
La calle pavimentada con ladrillos trazaba un recorrido sinuoso, como el cauce seco de un río. No divisó el palacio hasta que recorrió la última curva y se encontró frente a los blancos muros y otras puertas. Éstas tenían tallas pintadas que representaban una bandada de pájaros alzando el vuelo, y estaban cerradas.
Dos hombres montaban guardia, uno a cada lado. Eran jóvenes, altos y de hombros anchos, y Luna llegó a la conclusión de que eran el tipo de hombres que hacían tartamudear a las chicas de aldea. Estaban firmes, muy derechos, y llevaban capas verdes y casacas que, en opinión de Luna, tenían demasiados adornos dorados. Se acercó al que estaba más próximo.
– Disculpe -dijo-, me gustaría hablar con los reyes.
El guardia parpadeó más a fondo que la pareja del carro de heno.
y tenía sus razones, comprendió Luna; ahora no sólo estaba empapada y sucia del camino, sino que también estaba manchada con el polvo y las pajitas del heno. Suspiró, lo que pareció incrementar el desconcierto del joven.
– Empezaré desde el principio -le dijo-. Vengo buscando a mi maestra, que partió a finales del pasado otoño para buscar al príncipe. ¿Recuerda a una bruja llamada Aliseda Búho, de un pueblo que está a dos semanas de viaje, al este de aquí? Creo que cabe la posibilidad de que viniese a palacio para hablar de ello con los reyes.
El guardia sonrió. Luna se dijo que ya no sentiría tanto desdén cuando una chica tartamudeara en su presencia.
– Supongo que puedo hacer llegar un mensaje a sus majestades -dijo al fin-. Alguien de palacio puede haber conocido a su maestra. ¡Eh, Vehemente! -llamó al otro guardia-. Esta mujer busca a su maestra, una bruja que salió en busca del príncipe. ¿A quién le puede preguntar?
Vehemente se dirigió hacia ellos con largas zancadas, la capa ondeando. Miró a Luna y arqueó las cejas.
– Todas las brujas de Hark Final han ido en busca del príncipe antes o después. ¿Cómo recordar a una entre un montón?
Luna se irguió cuanto le fue posible y descubrió que era casi tan alta como él. Arqueó sólo una ceja, gesto que siempre le había dado resultado con Fell.
– Siento que su memoria no sea tan buena como a usted le gustaría que fuese. ¿Le ayudaría si le hago la aclaración de que esta bruja aún no ha vuelto para dar cuenta de sus pesquisas?
– No hay ninguna de ésas. Todas regresan, con el rabo entre las piernas y barro en los zapatos, diciendo: «Lo siento, mi señor», y «Lo lamento terriblemente, mi señora». Se podría comprar y vender a ese puñado de charlatanes con el bronce de mi vaina.
– Los soldados tampoco sirven de mucho -le replicó Luna con aspereza.
– Más que cualquiera de los que lo ha buscado hasta ahora. Ojalá encomendaran a mi unidad…
– Lo amabas, ¿verdad? -preguntó, mirando fijamente su rostro, joven y severo.
Los labios del guardia se apretaron y el dolor de sus ojos lo hizo parecer por un instante tan joven como Fell. Era un reflejo de su propio pesar.
– Todos lo amaban. Era… es el corazón del propio reino.
– Mi maestra significa lo mismo para mÍ. Por favor, ¿puedo hablar con alguien?
El guardia amable miraba alternativamente a uno y a otro, alarmado. Vehemente se volvió hacia él con el entrecejo fruncido.
– Llévala con… ¡cielos benditos!, no lo sé, inténtalo con el mayor domo. Presume de estar enterado de todo.
Así, la Puerta de los Pájaros se abrió para Luna Muy Fina. Siguió al guardia amable a través de un patio pavimentado y protegido entre los amplios y altos brazos del palacio, y rodeado por una columnata con tallas que representaban animales y flores. En cada columna ardía una antorcha en su soporte, siseando con la lluvia e iluminando el patio como un escenario. Era muy hermoso, pero algo triste.
El guardia hizo un gesto invitándola a entrar por una pequeña puerta forrada con hierro; daba a un salón bonito y ordenado. En la chimenea de ladrillos había encendido un fuego, y a su luz Luna vio las alfombras y tapices, las paredes revestidas con entrepaños de madera oscurecida con el paso de los años. El guardia tiró de un llamador bordado que. estaba cerca de la puerta y luego se volvió hacia Luna.
– He de regresar a la puerta. Cuéntele al mayordomo, lord Leyan, lo que sabe sobre su maestra. Si le pueden dar alguna ayuda aquí, él se encargará de que la reciba.
Cuando se marchó, Luna se envolvió en su capa mojada y se preguntó si debería sentarse. Entonces se oyeron unas pisadas y se abrió una puerta en la que no había reparado.
Un hombre muy alto y con la espalda muy tiesa entró por ella. Tenía el cabello blanco y espeso, y le llegaba a los hombros, donde se unía con una casaca de terciopelo forrada con satén. N o pareció sorprendido por su aspecto, cosa que Luna interpretó como buena señal. -¿En qué puedo ayudarla? -preguntó.
– ¿Lord Leyan?
Él hizo un gesto de asentimiento.
– Me llamo Luna Muy Fina y vengo del este en busca de mi maestra, la bruja Aliseda Búho, que partió el pasado otoño para encontrar al príncipe. Ahora creo que… no daré con ella. Pero he de intentarlo. -Muy a su pesar, sintió que las lágrimas acudían a sus ojos.
Lord Leyan cruzó la habitación con pasos largos y le agarró las manos.
– No llore, querida. Recuerdo a su maestra. Era una mujer muy sorprendente, pero nos dio esperanza a todos. Entonces ¿tampoco ha vuelto a casa?
Luna tragó saliva y sacudió la cabeza.
– Ha hecho un largo viaje. Tomará un baño, dispondrá de ropas limpias, y cenará. Entretanto yo me enteraré si alguien puede decirle algo más acerca de su maestra.
Antes de que Luna supiera con certeza cómo había llegado allí, se encontró en una hermosa habitación con dosel de terciopelo en la cama y una chimenea aún más grande que la del salón; una mujer de rostro rubicundo y cabello alborotado vaciaba cubos de agua en una bañera que tenía la forma y los colores de un cisne.
– Es la cosa más absurda que he visto en mi vida -dijo Luna, boquiabierta.
La mujer de cara rubicunda esbozó una sonrisa.
– ¿Sabe? Tiene razón. Y puede que haya nobles damas y caballeros que piensen lo mismo, aunque no se atrevan a decirlo.
– Tuvo que haber uno que pagara por ello.
– Eso es cierto. En fin, nadie nace teniendo buen gusto. Tome su baño, y yo mientras le traeré un vestido para que se cambie.
– No es necesario. Llevo ropa limpia en mi equipaje.
– Sí, pero ¿tiene puntillas y bordados de flores en todas las costuras?
Si no es así, mejor será que le traiga ese vestido, pues se comenta que cenará con los reyes.
– ¿Quién, yo? -exclamó, horrorizada, Luna-. ¿Por qué?
– Lord Leyan habló con ellos y dijeron que querían verla. No me mire así; se le van a salir los ojos. La cosa no tiene remedio.
Luna se restregó hasta que toda la piel se le puso roja, e impregnada del perfume a violetas del jabón. Se lavó tres veces el cabello, se recortó un poco las ya cortas uñas, y miró su imagen reflejada en el espejo con desaliento. No creía que su aspecto hiciera que nadie vomitara la cena, pero no cabía duda de que quien veía en el espejo era Luna Muy Fina, una chica alta, morena y franca.
– Aquí tiene -dijo la mujer de cara rubicunda, que entraba en ese momento por la puerta-. Pensé que éste le sentaría bien, sin que se sienta ridícula con él. ¿Qué le parece?
Doblado sobre los brazos llevaba un vestido de lino de color ámbar, sencillo, de cuello alto, con un ropón de terciopelo rojo. El repulgo y el escote llevaban bordadas en oro las planas corolas de la milenrama. Luna las miró de hito en hito, y alzó los ojos hacia la rubicunda mujer. En su expresión no había nada de especial.
– Es…, es precioso. Tal vez demasiado, pero…
– Pero es lo mínimo que puede ponerse para cenar en el salón. Vamos, tiene que vestirse.
La mujer la ayudó a ponérselo, pasando por encima de su cabeza los pliegues de la tela que olía a lavanda. Después le cepilló el cabello, se lo trenzó, y lo sujetó con un prendedor de oro.
– Muy bien -dijo la mujer-. Sigue pareciendo usted misma, pero ataviada para la ocasión, que es como debe ser. La acompañaré al comedor.
Luna echó un último vistazo al espejo, y no le pareció que fuera ella misma. Aturdida, salió del cuarto siguiendo a su guía.
Cuando se acercaban al salón, lo supo. De él salían unos aromas que le recordaron a Luna que había pasado por alto tres comidas. Ya en la puerta, la mujer rubicunda la paró un momento.
– Saldrá airosa, creo. Con todo… no diga mentiras, aunque tal vez se las digan a usted. Mire a todos a los ojos, aunque puede que ellos prefieran que no lo haga. Y tome con la mano derecha cualquier cosa que le ofrezcan. Nunca está de más. -Dicho esto, la mujer dio media vuelta y desapareció en el laberinto de corredores.
Luna irguió los hombros y, sintiendo una punzada en el estómago por el hambre y el nerviosismo, penetró en el comedor.
Se quedó boquiabierta. No pudo evitarlo, a pesar de que se había prometido no hacerla. El comedor tenía la altura de dos pisos, y era tan amplio como un trigal. Había dos inmensas chimeneas, lo bastante grandes para que cupiera un buey dentro de ellas. De todas las vigas colgaban pendones, bordados con figuras de bestias, pájaros y cosas que no sabía nombrar. No había velas suficientes en todo Hark Final para alumbrarlo de punta a cabo, ni bastante madera en el Mar de la Espesura para calentarlo, de manera que, al igual que el gran patio, era hermoso y triste.
Las mesas estaban colocadas en «U», la principal situada entre los dos brazos. A sus ojos aturdidos, parecía que todos los sitios estaban ocupados. Cenar con los reyes ya era bastante comprometido, pero ¿cómo no había imaginado que también estaría presente la corte? En la mesa principal el rey se levantó, sonriente.
– ¡Nuestra invitada! -anunció en voz alta-. Acércate, hay un sitio para ti a mi lado y al de mi dama.
Luna sintió que le ardían las mejillas mientras se encaminaba a la mesa principal. La corte la observó al pasar, pero no hubo murmullos, ni manos que se alzaran para ocultar unos labios moviéndose. Se sintió agradecida por ello, pero le extrañó.
La silla estaba, en efecto, colocada junto a las de los reyes. El monarca tenía el cabello blanco y unos anchos hombros; su sonriente rostro denotaba franqueza, y sus manos eran grandes. El cabello de la reina era rubio y canoso, y sus ojos eran grandes y grises como una tormenta. También ella sonreía, pero en su gesto se atisbaba un pesar que intentaba ocultar, como si aborreciera compartirlo con otros.
– Lord Leyan nos contó tu historia -dijo la soberana-. Recuerdo a tu maestra. ¿Llevas viviendo mucho tiempo con ella?
– Toda mi vida -contestó Luna.
Le fueron presentando platos para que pudiera servirse: carne asada, ensaladas, pan, compotas, verduras, salsas, lonjas de queso. Podía limitarse a tomar un bocado de cada cosa y todavía dejaría la mesa repleta de comida. Mantuvo la mano izquierda sujeta entre las rodillas por miedo a olvidarse y coger algo con ella. Todos los platos estaban buenos, pero no tanto como prometía su aspecto.
– Entonces ¿también tú eres bruja? -preguntó el rey.
– No lo sé. He aprendido de una, y me ha enseñado los secretos de su arte. Pero también me enseñó jardinería y carpintería.
– ¿Esperas encontrarla?
Luna lo miró y reflexionó seriamente sobre ello por primera vez desde aquella noche en el Mar de la Espesura.
– Espero descubrir si, en efecto, ha sido transformada, y, en tal caso, ser capaz de devolverla a su ser. Pero creo haberla visto la última noche que pasé en el bosque, y me resulta difícil mantener esa esperanza.
– Pero ¿quieres seguir adelante? -insistió la reina-. ¿Qué harás?
– Lo único que se me ocurre es hacer lo que ella se proponía cuando partió: encontrar a vuestro hijo.
Luna no entendía la razón por la que sus palabras hicieron palidecer
a la reina.
– Oh, querida, desiste -dijo el rey-. Nuestro hijo desapareció, tu maestra desapareció… ¿Qué provecho puede haber en que te arriesgues a correr su misma suerte? Descansa aquí, y después regresa a casa, y vive. Hemos perdido a nuestro hijo.
Era un salón lujoso, bello, y el rey era un hombre regio y apuesto. Pero todo estaba apagado, como si una capa de hollín cubriese todo el palacio y sus ocupantes.
– ¿Qué aspecto tenía el príncipe?
El soberano frunció el entrecejo. Fue la reina quien sacó un dije pequeño de debajo del corpiño de su vestido, pasó la cadena por su cabeza y se lo tendió a Luna. Guardaba, no la costosa miniatura que esperaba ver, sino un boceto a lápiz, hecho rápidamente. Era la primera cosa sencilla que recordaba haber visto en palacio.
– No soportaba sentarse y permanecer inmóvil para que lo pintaran -comentó, pensativa, la reina-. A uno de sus amigos le gusta dibujar. Me dio esto después de… Después de que mi hijo desapareciese.
Tal vez había estado leyendo mientras su amigo aprovechaba ese momento de quietud para plasmar sus rasgos. La frente, alta, se recostaba en una mano de dedos largos; los ojos miraban hacia abajo, y los párpados los ocultaban. La nariz era recta, y la boca, grande y severa. El cabello era apenas un esbozo; claro u oscuro, caía revuelto en torno a la mano en la que se apoyaba. Aun dejando de lado el ojo benevolente de la amistad que había dirigido el lápiz, Luna entendió que las chicas de aldea se volvieran locas por éste. Cerró el dije y lo devolvió.
– Ignoráis qué le ha ocurrido. ¿Cómo podéis darlo por perdido sin saberlo?
– Hay muchas cosas en el mundo que jamás sabré -replicó el rey con aspereza.
– Conocí a un hombre en las puertas que todavía llora a su príncipe. Lo llamó el corazón del reino. Nada sobrevive sin corazón.
La reina respiró hondo y bajó la vista a su plato, pero guardó silencio.
– Basta -dijo el monarca-. Si tienes que llevar a cabo la búsqueda, entonces hazlo. Pero quiero tener paz en mi mesa. Vamos, criatura, ¿corresponderás a mi brindis por ello?
Sobre la mano derecha de Luna, posada en el blanco mantel, puso la suya, y le tendió su copa de vino.
Ella se quedó muy quieta, contemplando fijamente la plata cincelada y su imagen reflejada en ella. Después levantó los ojos hacia los del monarca.
– No -contestó.
Se hizo un silencio aplastante en el salón.
– ¿No brindarás conmigo?
– No os brindaré paz. Aquí no la hay, por mucho que todos intenten disimularlo. Lo siento. -Al decirlo, supo que era cierto-. Disculpadme -añadió mientras sacaba la mano de debajo de la del rey, que era grande, pero suave-. Me retiro. Tengo intención de partir mañana muy temprano.
Se levantó y cruzó el salón, esta vez acompañada de otra clase de silencio.
Un sirviente se cruzó con ella en el pasillo y la condujo a sus aposentos. Allí encontró sus ropas, limpias, secas y dobladas; el fuego, atendido; la cama, abierta. La mujer de rostro rubicundo no estaba en el cuarto. Se quitó el elegante atavío, lo colocó con cuidado sobre una silla, y se puso su viejo camisón. Luego fue hacia el espejo para soltarse y cepillarse el cabello.
Tenía el prendedor en la mano y lo iba a soltar cuando vio lo que era. Una rana saltando. Pero era de oro.
Era el suyo. Las patas extendidas, los ojos saltones, hasta la más pequeña irregularidad… Era su prendedor. Corrió a la puerta y la abrió bruscamente.
– ¿Hola? -llamó-. ¡Oh, cielos!
Regresó al interior del cuarto, y buscó y finalmente encontró el tirador de la campanilla disimulado como una tira de tapicería.
Al cabo de unos minutos, una chica de pelo negro y ojos brillantes llegó a la puerta.
– ¿Sí, señora?
– La mujer que me ayudó, la que me preparó el baño y me trajo el vestido, ¿está aún aquí?
La chica parecía apurada.
– Lo siento, señora. No sé quién la atendió. ¿Cómo era?
– Aproximadamente de mi estatura, la cara rubicunda y el pelo alborotado.
– Señora, ¿está segura? -La chica la miraba fijamente-. Aquí no hay nadie así.
Luna se dejó caer con pesadez en la silla más cercana.
– ¿Por qué será que no me sorprende? Muchas gracias. No quería molestarla.
La chica hizo una breve inclinación y cerró la puerta tras ella. Luna apagó las velas, se metió en la cama, y yació despierta mucho tiempo.
En el gris y húmedo amanecer, se vistió, se cargó la mochila y, por el simple procedimiento de bajar todos los tramos de escalera que encontró, llegó a una puerta que conducía al exterior. Era un pequeño postigo que daba a una huerta y a un patio con los lavaderos, con el vallado de piedra. A un lado del camino, había un hombre agachado junto a una carretilla de madera, arreglando una rueda.
– ¡Eh, señorita! -llamó, y el sonido de su voz fue como una pala al hincarse en un montón de grava-. Sostenga en alto este eje, ¿quiere?
Luna suspiró. Quería marcharse, echar a andar, porque moverse sería casi como empezar a hacer algo. Y quería salir de esta hermosa ciudad que había perdido su corazón. Saltó por encima de una planta de ruibarbo, se arrodilló y sostuvo en vilo el eje.
Lo que quiera que hubiese estropeado la rueda había roto el eje; la parte astillada de la madera se le clavó en la mano derecha. Luna gritó y retiró la mano bruscamente. La sangre manaba de un corte en la palma y goteó un poco sobre los tallos del ruibarbo. Entonces dejó de fluir.
Luna alzó la vista, asustada, hacia el hombre.
– Era el del carro de heno: cabello blanco, los ojos del color verde grisáceo de la salvia. Tenía un semblante rubicundo, sombrío. Rubicundo, como la mujer que…
La mujer que la había ayudado anoche era la mujer del carro de heno. ¿Cómo no se había dado cuenta? Pero ahora lo recordó, y recordó también los ojos verdes de la mujer, e incluso una paja enganchada en el cabello alborotado. Luna retrocedió de un brinco.
El viejo le cogió la mano.
– El ruibarbo purga, y significa consejo. Dé media vuelta. Sus intereses están allí. -Apuntó con un dedo áspero, enrojecido, al palacio, a lo alto de la torre más próxima. Luego se incorporó, se sacudió los pantalones, echó a andar camino adelante, y se marchó.
Luna abrió la boca, cosa que hasta entonces no había podido hacer. Todavía sentía la mano del hombre, cálida y encallecida. Bajó la vista. En la palma que él había tocado había un renuevo de hisopo, un pequeño manojo de retama y un tallo espiral de corregüela.
Luna regresó corriendo hacia la puertecilla por la que había salido, y subió por la primera escalera que encontró hasta llegar al final de los escalones. Entonces lanzó una ojeada en derredor, furiosa. ¿Por dónde se iba a esa maldita torre? Localizó su posición mirando a través de las ventanas del corredor. Podía ser esa puerta, pensó. Giró el pestillo, pero no se abrió.
«Podría haberse guardado su ramillete de flores y haberme dado una llave -pensó iracunda, y enseguida se dijo-: Es lo que hizo.»
Estiró el tallo de correhuela, lo metió en la cerradura, y musitó:
– Date media vuelta, gírate, en sentido contrario al curso del día.
Lo que hierro giró para cerrar, la planta girará en sentido inverso.
Se oyó el roce de metal contra metal, y el picaporte cedió a la presión de sus dedos.
El cuarto de un hombre joven, donde el tiempo parecía haberse detenido. Un jubón de cuero, acolchado, tirado en una silla; una estantería de libros, las encuadernaciones alineadas en brillantes hileras; una flauta de madera y un par de guantes de cuero, sobre un arcón de cedro taraceado; una cama deshecha, la colcha caída a medias en el suelo al haberse deslizado hacia un lado.
Un cuarto paralizado en un cuadro de atrocidad y acusación. Luna podía sentir lo que se había hecho aquí, lo que todavía se estaba haciendo, porque la habitación había permanecido cerrada, sin tocar nada. La belladona y el estramonio, el beleño y el helecho, crecido pálido y raquítico bajo la piedra. Luna captó sus olores y su retorcida fuerza en derredor, el poder del trabajo que habían hecho y la vergüenza que los había mantenido en secreto.
Sobre el dintel de la puerta había un polvillo de hojas y flores desmenuzadas, así como en los antepechos de las ventanas, y en los pliegues del dosel de la cama, donde se apelmazaba formando rayas. Luna retó el puño con fuerza, sobre las plantas que guardaba en la palma, a inundarla una cólera creciente.
Con el manojo de retama y el hisopo limpió el polvo del dintel, de las ventanas, de los cortinajes.
– ¡Alegre o triste, lo último o lo primero -entonó mientras manejaba sus armas, escupiendo con rabia cada palabra-, seas en la huida desterrado, o seas maldecido si te quedas!
– ¿Qué estás haciendo? -dijo una voz desde la puerta, y Luna giró veloz sobre sus talones, enarbolando el ramillete de plantas como si fuese una daga.
Era el rey, con el cabello despeinado y la chaqueta torcida. Su faz estaba blanca como la de un cadáver, y sus ojos muy abiertos, como quien contempla la horca y sabe que el lazo corredizo es para él.
– Vos sois el responsable de esto -susurró Luna, que añadió en tono más alto-: Se lo entregasteis al Rey de las Piedras con vuestras propias manos.
– Tuve que hacerlo -musitó el rey-. Me hizo suplicar una gracia.
Mi hijo fue la prenda que pidió a cambio.
– Lo encerrasteis bajo tierra. Y permitisteis que mi maestra fuera hacia… hacia su muerte para pagar vuestra deuda.
– ¡Era su vida o la mía!
– ¿Sabe vuestra esposa lo que hicisteis?
– Su esposa lo ayudó a hacerla -dijo la reina mientras salía de las sombras del corredor. Mantenía la compostura y su rostro estaba sereno, como si aceptara el lazo corredizo de buen grado-. Porque él era su amado y el otro, sólo su hijo. Porque temía perder el poder de una reina. Porque era necia, y débil. Después guardó el secreto, porque su corazón estaba destrozado, muerto, y pensó que no podía hacerse más mal del que ya se había hecho.
– Contádmelo -exigió Luna, volviéndose hacia el rey.
– Había salido a cazar, solo -comenzó el monarca con voz temblorosa-, y levanté una pieza, un jabalí. Tenía…, tenía el orgullo de un hombre joven, y el brazo débil de un viejo, y el verraco fue demasiado para mí. Quedé tumbado, sangrando, y torturado por el dolor. Casi había perdido la vista cuando oí unas pisadas. Pedí ayuda.
»«Estás muriendo», me dijo, y yo lo negué, llorando. «No quiero morir», repetí una y otra vez. Le prometí cualquier cosa si me salvaba la vida. -La voz del monarca se quebró.
– ¿Dónde? -preguntó Luna-. ¿Dónde ocurrió eso?
– En el bosque que hayal pie del Escarpado del Saúco. Cerca de
la cascada que alimenta el arroyo llamado la Joven Risueña.
– Señaladme en qué dirección -ordenó.
El cielo estaba brumoso por la calina, y el aire, caliente y cargado.
Luna se enjugó el sudor de la frente al tiempo que caminaba. Podría haber pedido un caballo, pero había hecho a pie el resto del viaje, y esta caminata era apenas nada comparado con ello. Había confiado en que haría más fresco bajo los árboles.
No lo hacía; y los mosquitos y tábanos la acosaban con empeño. Luna los espantaba con la mano mientras trepaba por las piedras. El tiempo se le hizo muy largo hasta que oyó el rumor de la cascada; poco después la veía. Recorrió con la mirada los alrededores, buscando el claro, y se preguntó si habría muchos. ¿O sólo habría uno, y tan pequeño que podía pasar de largo sin reparar en él? La caída de agua producía un ruido sordo y continuo, como un tambor, como el latido de un corazón.
Bajo un haz de sol vio una mancha cremosa: una cabezuela, redonda y plana, empequeñecida por un florecimiento temprano. Alzó la vista y descubrió que se encontraba al borde de un claro, y que no estaba sola.
Él vestía una armadura, de piezas trabajadas con fantásticos relieves y con un lustroso acabado negro. Llevaba encima una capa gris, retirada de los hombros, pero con la capucha puesta y bien echada hacia adelante. Luna no atisbaba sus rasgos.
– Tengo por norma ir en busca de aquellos a quienes deseo ver -dijo con voz reposada, vibrante-. No estoy acostumbrado a que me visite gente que no ha sido invitada.
La armadura estaba hecha con pizarra y obsidiana, ya que era el Rey de las Piedras.
Luna se sentía incapaz de pronunciar una palabra. Podía hablar al rey de Hark Final con tono imperativo, pero éste no era un monarca que hubiese alcanzado su rango por el hecho fortuito de pertenecer a un linaje o por aclamación de algunos mortales. Era un poder encarnado, una fuerza inanimada que infundía sobrecogimiento y terror.
– He venido a buscar el cuerpo y el alma de un hombre -susurró-. Le fueron arrebatados injustamente.
– Yo no tomo nada injustamente. ¿Estás segura?
Luna sintió arderle la cara y luego quedarse pálida al pensar en sus palabras: lo había acusado.
– No -admitió, con voz quebrada por el miedo-. Pero sé que fueron entregados injustamente. El no les pertenecía, para que dispusieran de él.
– Te refieres al príncipe de Hark Final. Ellos eran sus padres. ¿Permitirías que alguien te dijese que no puedes dar lo que has hecho?
Los labios de Luna se abrieron para responder, pero se quedó paralizada por el horror. Su mente era un torbellino que daba vueltas a la lógica de su pregunta, intentando llegar a su raíz.
El puso voz a los pensamientos que le rondaban la cabeza.
– Tú has asistido a la muerte de un niño, un aborto provocado para salvar la vida de la madre. ¿Qué diferencia hay?
– ¡Es diferente! -gritó-. Él era un hombre adulto, y lo que era estaba moldeado por sus actos, por sus decisiones.
– Tenía la risa de su madre, la nariz de su abuelo. Su padre le enseñó a montar. ¿Qué parte de él no había sido hecha por otra persona? Dímelo, y veremos si te devuelvo esa parte.
Luna se llevó los dedos a la boca, como si de ese modo pudiera obligarse a pensar antes de hablar.
– Su padre le enseñó a montar -repitió-. Si el caballo rehúsa cruzar un vado, ¿qué hace que el padre utilice las espuelas, y que el hijo desmonte y conduzca al animal por la brida? Tenía la risa de su madre… Pero ¿qué hace que ella ría por una cosa, y él ría por otra?
– Sí, ¿qué? -preguntó el Rey de las Piedras-. En favor de ese argumento he de decir que puede discutirse la pertenencia de su mente y su corazón. Pero ¿qué me dices de su cuerpo? -Los cuerpos crecen con alimento y ejercicio -repuso Luna. Este era un terreno en el que se sentÍa segura-. ¿Creéis que el rey y la reina hicieron esas cosas por él?
El Rey de las Piedras echó atrás la encapuchada cabeza y prorrumpió en carcajadas; fue un sonido frío, retumbante, que hizo que Luna cobrara de nuevo conciencia de su terror. Retrocedió un paso, pero se encontró con la espalda contra el tronco de un árbol.
– ¿Y su alma? -preguntó finalmente el Rey de las Piedras. -Eso no les pertenecía ni a su padre ni a su madre -contestó Luna, en un hilo de voz que apenas resultó audible a sus propios oídos-. Si pertenecía a alguien, aparte de él mismo, no creo que se la ganaseis a Ella.
El silencio reinó largos segundos en el claro.
– Estoy bien aleccionado. No obstante, se hizo un trato, y se prestó un servicio, y ambas partes sabían a lo que se habían comprometido y lo que ello significaba. Según la ley, el contrato se cumplió.
– Eso no es cierto. Inducido por el miedo, el rey os prometió cualquier cosa, ¡pero no se refería a la vida de su hijo!
– En tal caso, podría habérmela negado, y morir. Dijo «cualquier cosa», y lo dijo en serio, incluyendo la vida de su hijo, la de su esposa, y todo su reino.
La había conducido a un punto muerto en el debate. Pero, aunque agotadas e inútiles las palabras, aún sentía una ardiente ira en su interior por lo que se había hecho, e indignación por algo que sabía, más allá de las palabras, que era injusto.
Por lo tanto, dijo en voz alta:
– Es injusto. Fue una injusticia hacer ese contrato, cuanto más cumplirlo. Lo sé.
– ¿Qué te dice que sea así?
– Mi criterio. Mi mente. -Luna tragó saliva-. Mi corazón.
– Ah. ¿Qué sabes de tu criterio? ¿Es bueno?
La joven se frotó los ojos con los dedos. El Rey de las Piedras había hablado con tono intrascendente, pero ella sabía que la pregunta no se había planteado a la ligera. Tenía que responder con sinceridad; tenía que decidir qué era la verdad.
– No es perfecto -respondió de mala gana-. Pero, sí, creo que es tan bueno como el de la mayoría de la gente.
– ¿Tienes la suficiente confianza en él para ponerlo a prueba? Luna alzó la cabeza y 10 miró alarmada.
– ¿Qué?
– Pondré a prueba tu criterio. Si juzgo que es bueno, te dejaré que liberes al príncipe de Hark Final. Si no, me quedaré con él, y tú regresarás a tu casa llevándote tu ira, tu indignación y la certeza de tu fracaso para que los nutras el resto de tu vida como si fuesen niños.
– ¿Es eso una profecía? -preguntó Luna con voz ronca. -Puedes comprobarlo, si quieres. ¿Te someterás a mi prueba? La joven hizo una inhalación honda, temblorosa, antes de contestar: -Sí.
– Aproxímate más, pues. -Dicho esto, se retiró la capucha.
Debajo no había un yelmo de piedra, ni una cabeza monstruosa, sino el rostro de un hombre de tez blanca, todo hueso, tendón y dureza, y cabello negro y largo aprisionado por la capucha. Los ojos permanecían ocultos en las sombras de las cuencas, aunque la luz que se derramaba en el claro debería haberle iluminado todo el rostro. Luna 10 miró y se sintió más asustada de 10 que lo habría estado por una deformidad, pues comprendió que nada de esto -armadura, rostro, ojos- tenía que ver con su verdadera forma.
– Antes de que empecemos -dijo con esa voz suave y fría-, queda otra vida por la que aún no has intercedido, una por la que creí que rogarías en primer lugar.
A Luna le dio un vuelco el corazón, y cerró los ojos.
– Aliseda Búho.
– Ésa no puedes recobrarla. Ahí no hay traición. A ella, al menos, la tomé justamente, pues me saludó por mi nombre y dijo que era bien recibido.
– ¡No! -gritó Luna.
– Tenía una enfermedad incurable, incluso cuando se separó de ti. Pero me pidió que le diese alas durante una noche para hacértelo saber. Le concedí su deseo de buen grado.
Creía que había llorado cuanto podía llorar por Aliseda. Pero esto era una muerte definitiva, la de su absurda esperanza, y lloró por ambas, su esperanza y Aliseda, con lágrimas silenciosas, incontenibles.
– Bien, empecemos con la prueba. -Tendió las manos enfundadas en guanteletes de malla, con los dedos cerrados sobre lo que quiera que hubiese en cada palma-. Tienes que elegir -dijo. Abrió los dedos para mostrarle dos anillos, uno de plata, otro de oro.
Luna los miró y después levantó de nuevo la vista a su rostro; él debió descubrir algo por su expresión.
– Eres bruja -dijo el Rey de las Piedras-. Interpretas símbolos y los haces, y los transformas en redes para capturar la verdad con ellos. Esto es lo esencial de tu enseñanza: reconocer la verdadera naturaleza de una cosa. Aquí tienes unos símbolos; elige entre ellos. Escoge el más verdadero. Escoge el mejor.
Tendió primero una mano y después la otra.
– ¿Plata u oro? ¿Derecha o izquierda? -lo oyó mofarse de ella otra vez-. ¿Noche o día, luna o sol, agua o fuego, creciente o menguante, hombre o mujer? ¿Me olvido de algo?
Luna se enjugó las lágrimas y miró los anillos con el entrecejo fruncido. Eran unos simples aros de metal bruñido, no realmente anillos para adornar unos dedos. Círculos, completos en sí mismos, sin el menor deslustre de arañazo o mancha.
Plata u oro. Extraídos de la tierra, forjados por el fuego, enfriados en agua, penetrados por el aire. El oro era más escaso, la plata más dura, pero ambos eran metales puros. ¿Debería elegir lo menos común? ¿La dureza? ¿El color más claro? Pero el destello de ambos era brillante. ¿El color de la luna? Pero también había visto al satélite, bajo en el horizonte, tan dorado como un melocotón. Y la luz de la luna era la que reflejaba del sol, cuyo color era amarillo aunque brillara ardiente en el cielo, y cuyo metal era el oro. No había elección.
La sangre se le agolpó en las mejillas, y las manos enfundadas en guanteletes, con los dos anillos, flotaron ante su vista. Era cierto. Siempre lo había pensado así. Sus ojos se alzaron súbitamente hacia el rostro del Rey de las Piedras.
– Es una elección falsa. Son iguales.
Mientras pronunciaba las palabras, el corazón le dio un vuelco, aterrado. Se había equivocado. Era una necia, y había sido derrotada. Los dedos del Rey de las Piedras se cerraron de nuevo sobre los aros.
– Senda adelante, hasta un peñasco de granito, y luego entre dos ave llanos -dijo-. Allí lo encontrarás.
Estaba sola en el claro.
Luna echó a andar por la senda con pasos inseguros, tropezando, aturdida por el alivio y la descarga de la tensión soportada. Encontró el peñasco, y los dos jóvenes avellanos, esbeltos y con frágiles rebrotes verdes, y pasó entre ellos.
Se zambulló repentinamente en un paraje extraño, bañado por la luz del sol. Otro claro, alfombrado con hierba alta y las pinceladas de flores primaverales, rodeado de árboles en plena floración… Pero los árboles que están florecidos no están también cargados de fruta, como muchachas presumidas que se ponen todas sus baratijas a la vez. Vio manzanas, cerezas y peras bajo el impetuoso empuje de sus floraciones pálidas, en plena sazón, sin máculas. Al otro lado del claro había una repisa de piedra que se alzaba sobre la hierba. Sobre ella, como si estuviese dormido, yacía un hombre joven, elegantemente vestido.
«Cabello dorado -pensó-. Por eso estaba esbozado con trazos tan ligeros. Como ámbar, como miel." El bello rostro era muy parecido al boceto que Luna recordaba, como también lo era la mano, propia de un hombre cultivado, que estaba extendida con la palma hacia arriba. Luna se acercó.
Aliado de la piedra, las negras ramas de un árbol se alzaron, apartándose de sus vecinas, y del tronco… No era un árbol, sino un ciervo, que salió al claro esparciendo flores de manzano con su enorme cuerna. Era negro como el carbón, y las puntas de los cuernos, doce o más, brillaban como azabache. Sus ojos eran muy grandes y rojos.
Resopló y bajó la cabeza, de manera que Luna lo contempló a través de un bosque de puntas de dagas negras y pulidas. Pateó la hierba con su pezuña hendida.
«¡Superé la prueba!", gritó para sus adentros. ¿Acaso no había ganado? ¿A qué venía esto? «Allí lo encontrarás», había dicho el Rey de las Piedras. La asaltó una cólera abrumadora al recordar lo que le había dicho: «Te dejaré que liberes al príncipe de Hark Final».
¿Qué demonios se suponía debía hacer? ¿Matar al ciervo con sólo sus manos? ¿Espantarlo con un gesto ceñudo? ¿Convertirlo en…?
Se le escapó un pequeño grito de sorpresa ante la idea, y el ciervo se sobresaltó y se lanzó a la carga. Luna se refugió tras el esbelto tronco de un cerezo. Se oyó el desgarrón de una tela cuando el ciervo se libró de un tirón de su capa.
La figura tendida en la repisa de piedra no se había movido. Luna la observó, aunque sabía que no debía apartar los ojos del ciervo, esperando ver el leve movimiento de una respiración.
– ¡Oh, qué treta tan estúpida! -gritó al aire, y luego se dirigió al ciervo-: Flor y hoja y tallo, a ellos y a ti os invoco, que vuelva a ser lo que tiene que ser. Cuerpo humano y mente humana expulsan los de ciervo o cierva.
– Lo que, pensándolo bien, era una tontería decir, puesto que saltaba a la vista que no era una cierva.
Yacía boca abajo en la hierba, desnudo, con el dorado cabello revuelto. Sus ojos estaban cerrados, pero sus cejas se fruncieron, como si se esforzara por despertar. Una mano larga, curtida por el sol, se cerró y se abrió. Sus ojos se abrieron bruscamente, desenfocados; los dedos volvieron a cerrarse; y, finalmente, se los miró, como si se obligara a hacerla, temeroso de lo que podía ver. Luna oyó su respingo de sorpresa. Sobre la repisa de piedra no había nada.
Un movimiento al otro lado del claro atrajo la atención de Luna, que levantó la vista. Entre los árboles estaba el Rey de las Piedras, con su armadura gris. La luz del sol se reflejaba en ella y en su adusto semblante, y penetraba en las sombras de las cuencas oculares. Vio que sus ojos eran verdes como la salvia.
El príncipe se había incorporado sobre los codos. Luna vio que le temblaban los brazos y la espalda. Se quitó la desgarrada capa de los hombros y lo cubrió con ella.
– ¿Podéis hablar? -le preguntó. Levantó de nuevo la vista. No había nadie en el claro, salvo ellos dos.
– Eh… sí -respondió, como un apagado graznido, y soltó una queda risa. Alzó una mano temblorosa-. Dime, no ves una pezuña, ¿verdad?
– No, pero teníais cuatro. Resultáis mucho menos impresionante con este aspecto.
Él volvió a reír, esta vez más sonoramente.
– Ah, eso es porque no me has visto todo engalanado con satenes y abalorios, como un elefante de feria.
– Doy las gracias por ello. ¿Podéis incorporaros? Apoyaos en mí si queréis, pero debemos marchamos de aquí cuanto antes.
Él se agarró a su hombro -sus dedos de estudioso eran muy fuertes y se incorporó con esfuerzo; luego se arrebujó más en la capa.
– Tú dirás hacia dónde.
La marcha a través del bosque fue ardua para ella, pues sabía lo duro que tenía que ser para él, descalzo, desorientado, sacado bruscamente de otro tiempo y espacio. Tras un tropezón particularmente violento, se recostó tambaleante contra un árbol.
– Espero que esto se pase. Puedo recordar imágenes fugaces de este bosque, pero como si mis ojos estuvieran a ambos lados de la cara.
– Los recuerdos se irán perdiendo, no os preocupéis.
Levantó la vista bruscamente hacia ella, con una expresión de dolor en su semblante.
– ¿De veras? -Sacudió la cabeza-. Lo siento. ¿Te he preguntado cómo te llamas?
– No. Soy Luna Muy Fina.
– ¿Estás en creciente o en menguante? -le preguntó con actitud seria.
– Depende del momento.
– Eso tiene sentido. ¿Querrás llamarme Robin y tutearme?
– Si es lo que deseáis…
– Te lo ruego. Me encanta volver a tener un nombre.
Por fin los árboles clarearon, y, en un pliegue de la verde ladera de una colina, encontraron una granja. Había un hombre a la puerta de la casa, observándolos mientras se acercaban. Cuando estaban lo bastante cerca para distinguir su cabeza calva y su zamarra de lana, se movió de la puerta, dio tres pasos vacilantes en el jardín, y gritó mientras corría hacia ellos. Una mujer, alta y rolliza, apareció en la puerta, estrujando su delantal. Después, también ella echó a correr.
El hombre se detuvo a corta distancia de ellos, boquiabierto; su expresión era una mezcla de alegre esperanza y temor de que esa esperanza le fuera arrebatada.
– ¿Alteza?
Robin asintió con la cabeza.
La mujerona llegó junto al hombre. Las lágrimas le corrían por las mejillas.
– Teazle -dijo con tono calmado-, no los tengas de pie en el patio. Por su aspecto parecen que los hayan arrastrado entre endrinos, y probablemente estén más hambrientos que lobos. -Se adelantó y su mano tocó con timidez la mejilla del príncipe-. Habéis vuelto -susurró.
– He vuelto.
Los atiborraron de comida, y Robin se vistió con ropas de lino y cuero pertenecientes al hijo mayor de Teazle.
– Hemos de partir -dijo el príncipe finalmente, con pesar. -Por supuesto -se mostró de acuerdo Teazle-. Oh, qué alegres estarán en palacio al veros.
De nuevo, Luna vio una sombra de dolor asomar fugaz al rostro de Robin.
Caminaron con el sol a la espalda, pasando entre los rebrotes de helechos.
– Preferiría… -Robin tartamudeó y empezó de nuevo-. Preferiría no llegar a palacio esta noche. ¿Te importa?
Luna estudió su rostro con detenimiento.
– ¿Prefieres estar a solas?
– ¡No! He estado solo… ¿cuánto tiempo? ¿Un año? Es más que suficiente. A menos que no desees pasar la noche en descampado.
– Sería absurdo dejar de hacerla ahora, justo cuando empiezo a acostumbrarme -respondió Luna con buen humor.
Acamparon al abrigo de una colina, cerca de un arroyuelo, mientras el cielo oscurecía y las estrellas asomaban, resplandecientes como escarcha. N o necesitaban cocinar, pero Luna preparó una hoguera de todas formas. Era consciente de la mirada de él; cuando él la miraba, ella lo advertía, y le sorprendió notarlo tanto. Cuando oscureció por completo y Robin estaba tumbado contemplando las llamas, Luna dijo:
– Entonces ¿lo sabías?
– ¿Cómo me…? Sí. Justo antes de… Hubo un instante en que supe lo que había pasado, y quién lo hizo. -Sus morenos dedos se posaron sobre su boca, y guardó silencio un rato; luego añadió-: ¿No sería mejor si no regresara?
– ¿Harías eso?
– Si fuese para bien, sí.
– ¿Qué harías, en ese caso?
El suspiró.
– Irme a cualquier parte y cultivar manzanas.
– Bueno, pues no sería mejor -replicó, desesperada, Luna-. Tienes que volver. No sé qué encontrarás cuando llegues. Invoqué una maldición y el destierro sobre tus padres, y no sé qué harán al respecto.
Él alzó la vista; sus ojos echaban chispas.
– ¿Hiciste eso? ¿A los reyes de Hark Final?
– ¿Crees que no se lo merecían?
– Ojalá no se lo mereciesen. -Cerró los ojos y apoyó la barbillaen los puños.
– En verdad eres el corazón del reino -dijo Luna con admiración. Sus ojos volvieron a abrirse otra vez.
– ¿Quién dijo eso?
– Un guardia, a las puertas de palacio. Probablemente caerá de rodillas cuando te vea.
– Qué gran consuelo -dijo el príncipe-. Tal vez pueda colarme a hurtadillas por la puerta trasera.
Se separaron al día siguiente, con las murallas de Hark Grande a la vista.
– No puedes dejarme para que me enfrente solo a esto -protestó Robin.
– ¿En qué te iba a ayudar? Sé menos de este asunto que tú, aunque lleves un año de retraso.
– En ese tiempo pasan muchas cosas -dijo suavemente.
– y no pasan otras muchas. Lo superarás bien. Recuerda que todos te aman y te necesitan. Piensa en ellos y así no te preocuparás por tí.
– ¿Hablas por propia experiencia?
– En cierto modo. -Luna tragó saliva para deshacer el nudo que tenía en la garganta-. Pero yo soy una bruja de aldea, y mi sitio está en el campo. Un viaje de dos semanas a pie, hacia el este, nada más cruzar el río del Herrero. Si alguna vez pasas por allí con tu séquito, para a tomar una taza de té.
Dio media vuelta y echó a andar antes de que cualquiera de los dos dijese o hiciese alguna tontería.
Durante las siguientes semanas, Luna se preguntó cómo podía haberle parecido tan raro el viaje. Si el Mar de la Espesura estaba lleno de fantasmas, ninguno la acosó. La pradera era impresionante, y resultaba trabajoso cruzarla, pero sólo era hierba. Paró en Hark Pequeño para hacer noche, y el chico rubio la reconoció.
– ¿Encontró a su maestra? -preguntó.
– No. Murió. Pero necesitaba saberlo. y su muerte no fue en vano.
Elchico ya estaba enterado del regreso del príncipe; todo el mundo
lo sabía, como si la noticia hubiese volado de un rincón al otro del reino arrastrada por el viento como las pelusillas de las asclepias. Ella no lo mencionó.
Llegó a casa y empezó a poner las cosas en orden. No le llevó mucho tiempo.
Eljardín no sería una maravilla este año, pero sería suficiente; estaba lleno de rebrotes de las semillas caídas el año anterior. Se volcó en el trabajo, y fue un bálsamo para su corazón. Mantuvo su mente ocupada en las necesidades de sus vecinos, para así no pensar en las suyas. Y ahora ya sabía que su teoría era correcta, que la tierra y el aire, el fuego y el agua eran parte unos de otros, todos conectados, como la plata y el oro. Como la alegría y el dolor.
– Has crecido -le dijo Tansy Aguavasta, pero con un tono especulativo, como si se refiriese a algo más que unos simples centímetros de estatura, y no precisamente como un cumplido.
Elaño alcanzó la plenitud del verano y su suntuoso despliegue de vida. Luna fue al pueblo para el baile de la Víspera del Solsticio, y aguantó el jolgorio y el ambiente festivo durante una hora antes de emprender el camino de regreso colina arriba. Se sentía tremendamente vieja. ElDía del Solsticio se puso el delantal y se fue a arrancar las malas hierbas que crecían entre las baldosas del camino.
Sintió la vibración en la tierra antes de oírlo: trapaleo de cascos, que subían por la colina. Se incorporó.
Elcaballo era castaño, y el jinete tenía el pelo dorado como miel. Tiró de las riendas al llegar al portón del jardín y desmontó, y la miró con una expresión interrogante en los ojos. Ella no sabía exactamente cuál era, pero sí que se trataba de una pregunta.
Finalmente fue capaz de hablar.
– ¿Viajando con tu séquito?
– Ni por asomo. -Su voz sonaba tal como la recordaba cada vez que no tenía el sentido común de hacer suficiente ruido para apartarla de su mente-. Aun así, ¿puedo tomar una taza de té?
Las manos se le habían quedado heladas, y apretaban con fuerza el delantal.
– ¿Con menta?
– Sí, está bien. -Ató las riendas del caballo a la cerca y cruzó la puerta.
– ¿Cómo han ido las cosas? -Su respiración era agitada, y maldijo su boca por estar tan seca.
– Mal, en lo concerniente a la parte que no podía ser de otra manera. Mis padres eligieron el exilio. Los echo de menos… o echo de menos lo que fueron una vez. Todo lo demás va bastante bien. Este reino ha tenido siempre súbditos buenos y sensatos.
Ahora que lo veía más de cerca, Luna reparó en su nerviosismo, y en que su pulgar daba vueltas y más vueltas al anillo que llevaba en el dedo corazón.
– Luna -dijo de repente, con voz suave, como si fuera la primera palabra que pronunciaba. Sacó algo de su casaca y se lo tendió-. Esto es para ti. -Luego, con un tono más ligero, añadió-: Te sorprendería saber lo difícil que resulta encontrarlo cuando lo buscas. Así que pensé cogerlo cuando era la época y entregártelo prensado y seco, o de otro modo me encontraría con las manos vacías.
Ella miró fijamente el tallo recto y verde, el apretado racimo de flores azul oscuro, y percibió el tenue aroma dulzón a vainilla. Sus dedos se apretaron en la tela del delantal.
– Es heliotropo -consiguió articular.
– Sí, lo sé.
– ¿Sabes…? ¿Sabes lo que significa?
– Sí.
– Significa «amor».
– Lo sé -dijo Robin. Seguía mirándola a los ojos, como había hecho desde que pronunció su nombre, pero ahora asomó a su rostro cierta vacilación-. Un poco aplastado y seco, pero tuyo, si lo aceptas.
– Soy una bruja de aldea -repuso Luna en un tono más fuerte de lo que era su intención-. Y no tengo intención de dejar de serlo.
Robin esbozó una sonrisa; una sonrisa extraña y triste.
– No he dicho que tengas que hacerla. Pero la flor es tuya, la aceptes o no. Y desearía que la aceptases, porque se me empieza a cansar el brazo.
– ¡Oh! -Luna soltó el delantal y tendió las manos-. ¡Oh! ¿Es que no hay en este condenado jardín una planta que signifique «yo también te amo»? ¡Cielos!
Se arrojó en sus brazos, y él la ciñó entre ellos.
Érase una vez un reino llamado Hark Final, gobernado por un rey joven y apuesto, bueno y sabio, y, responsable del crecimiento de seis variedades nuevas de manzanas. Erase una vez, en ese mismo tiempo, una reina en Hark Final que resolvió la adivinanza de los anillos de plata y oro: que todas las cosas están unidas en un todo sin principio ni final, y que no puede existir la comprensión hasta que todas las cosas divididas se unan. No vivieron felices para siempre, pues nada vive eternamente; pero vivieron tantos años como es natural, y después pasaron juntos a la tierra donde los árboles florecen y dan fruto a un mismo tiempo, y donde las flores de primavera nunca se marchitan.