126912.fb2
Las dosis de champaña estaban cuidadosamente diseñadas, como todo en la misión. Envasado a la presión que se hacía en la tierra hubiera producido un chorro de dos metros, sin embargo el envase plástico se adaptaba perfectamente a las condiciones de la Ares y la espuma se derramaba de una forma más o menos controlada.
– Venga, reparte Luca.
– Voy, cantidades exactamente iguales para todos.
El habitáculo 2, la zona de laboratorios, tenía una gran área despejada entre los equipos. Habían decidido tácitamente que aquel sería un espacio común que usar en reuniones como aquella, el cumpleaños de Fidel.
Los miembros de la tripulación del Ares se repartían en el suelo o en las sillas delante de las consolas de los experimentos.
– ¿Cuántos Fidel?
– Humm, muchos más que tú Jenny. No quieras saberlos.
– Vamos, lo puedo mirar en tu ficha médica.
Fidel, sentado en el suelo hizo ademán de darle un capón a Jenny. En frente suyo Susana comía su ración de tarta deshidratada y le dio por reír y atragantarse.
– Vamos Fidel, en esa postura de padre recriminador estas muy aparente.
– No tienes más edad que yo, Fidel.
– ¿No André? ¿Paleozoico superior o inferior?
Todos rieron de buena gana. Cuando se acallaron las risas, Lowell compuso un gesto adusto, elevó su vaso de champaña y entonó un brindis.
– Por la reina.
Luca sonrió y dijo:
– Pero Lowell… ¡Que hace diez años que ya no tenéis monarquía…!
– Una tradición es una tradición.
Y mientras lo decía, muy serio, todos vieron en sus gestos que bromeaba, pero sólo en parte.
Susana tomó la palabra:
– Y yo brindo por nuestros dos científicos, Fidel y Herbert. Ellos son la carga útil de esta nave, y tenemos que cuidarlos como valioso material que son. Sus mentes serán las que trabajarán para traer de vuelta resultados… Porque si no, me parece que estamos perdiendo el tiempo.
Jenny alzó su champaña y se sumó al brindis de Susana:
– Por nuestros científicos. Que encuentren de una vez a esos puñeteros marcianos…
Los demás asintieron con sonrisas. Vishniac que ya se había tomado su ración, se levantó con delicadeza. Al principio del viaje, ese movimiento le hubiera llevado casi hasta el techo. La gravedad inducida por el giro del habitáculo era de 1/6 de la terrestre, la misma de la Luna.
– Bueno, tengo que hacer mi turno de comprobaciones en cabina. Felicidades Fidel.
– Gracias.
– Susana, ocúpate de revisar el estado del combustible en el módulo.
– Lo hice ayer. Tengo en el cuadrante…
– Repítelo, esta mañana tuve unas lecturas muy raras.
Luca torció el gesto de la forma burlona en que solía hacerlo y fue a decir algo, pero se reprimió al ver la cara de Susana.
Susana permaneció quieta en el suelo. Jenny le dio un beso en la mejilla a Fidel y desapareció. El resto también se fue, a ocuparse en sus tareas felicitando efusivamente a Fidel. En cuanto se quedaron solos, Fidel le habló a Susana.
– Deberías ir.
– Lo haré, pero ahora no, dentro de diez minutos cuando comienza mi turno de trabajo.
Ambos se callaron. Fidel, como un oso grande y barbado, ocupaba con su presencia casi toda la sala. Susana no le miraba directamente, tenía la vista perdida en el vacío.
– ¿Por qué te molesta tanto?
Susana se volvió con violencia, pero se calmó antes de responder.
– ¿Por qué lo hace? Siempre soy yo, Susana siempre es la que tiene que ponerse el traje, la que tiene que comprobar circuitos, la más ocupada y la que siempre tiene trabajo.
– Bueno, ya sabes como es André. No creo que lo haga por fastidiarte. La misión es lo más importante y quizá la persona más indicada para esas tareas seas tú.
– Ya. Y él y Lowell en cabina contándose chistes. Ya me conozco yo eso. Vengo del ejército ¿recuerdas?
– No digo que no haya algo de eso, Susana, pero date cuenta que llevamos ya 170 días de viaje. Las relaciones se erosionan con el tiempo. Abajo, durante el entrenamiento la tensión era alta, pero ni la mitad que aquí. Es lógico que tengamos roces. Más si lo vuestro no funcionó como debiera.
– Sí, eso contribuye, he herido su orgullo de hombre de acero.
Susana se rió quedamente.
– ¿De que te ríes?
– Bueno… pareces tan razonable… y luego Luca te saca de tus casillas con una facilidad pasmosa.
– Ja, Luca… -Fidel había fruncido el ceño y parecía que se iba a enfurecer, pero recapacitó en medio segundo y volvió la afabilidad-. Sí, yo también soy sensible a eso. Es mucho tiempo, pero, cuanto lleguemos a Marte, las cosas serán más fáciles. Tendremos todo un mundo que explorar.
– Y eso que el planning de trabajo apenas nos deja dos horas libres al día. Si no hubiesen incluido tantos experimentos y tantas comprobaciones nos habríamos matado en dos semanas.
– ¿Y por qué te crees que han sobrecargado de experimentos una misión en la que el peso era crítico?
Susana volvió a sonreír, esta vez con toda la cara. Se acercó y le dio un beso en la mejilla a Fidel.
– Tienes razón. Voy a ver ese tanque del módulo. Quizá sea una avería, dependemos de ese combustible para frenar.
Susana se levantó, y con pasos largos y precisos, casi un ballet que había perfeccionado a lo largo de los casi cinco meses a bordo, se dirigió hasta la salida del módulo, una escotilla en lo que parecía el techo.
Por ella ascendió hasta el siguiente módulo, los habitáculos dónde dormían y descansaban las pocas horas que teman libres. Los dos módulos, unidos por los costados, giraban al extremo de una estructura de soporte. Contrapesando esa masa, había otros dos módulos de igual peso que contenían más laboratorios, el pequeño hospital y el gimnasio. Todo ese conjunto giraba a 4 r.p.m. con el fin de generar la pequeña gravedad que les resultaba indispensable para no llegar a Marte con los músculos completamente atrofiados.
Susana se deslizó, volvió a entrar por una escotilla en el techo y accedió al tubo de conexión. Le parecía subir interminablemente. Con cada peldaño, al acortar la distancia al eje de giro, se sentía más ligera. Al llegar al fin del tubo se encontró en ingravidez dentro de un habitáculo cilindrico que giraba lentamente sobre si mismo.
En sus dos bases había compuertas. Entró en una, en dirección a la popa de la Ares, y accedió a otro tubo similar al anterior, pero en total ingravidez. Lo recorrió hasta llegar al módulo de potencia del Ares, la popa donde se alojaban los tanques criogénicos y los motores que les habían empujado a la órbita transmarciana y que les sacarían de ella al llegar.
Aquel módulo, una vez fuese usado en el frenado se abandonaría, pero hasta ese momento era algo muy valioso que había que mimar. Susana sonrió interiormente. Habían repetido tantas veces aquello de «de esto dependen nuestras vidas» que ya era una frase gastada. De casi todo lo que había a bordo de la Ares dependían sus vidas. Lo sabían y procuraban no pensar mucho en ello. El conducto acabó en una esclusa de vacío. En la pared colgaba un traje. Más allá de ese punto la Ares no estaba presurizada.
Se puso el traje con rapidez y eficacia. Sólo tenía que introducirse por la parte trasera y ajustar el casco. Los trajes de vacío habían ganado mucho con el transcurso del tiempo. Los modelos nuevos no necesitaban de ayuda para ser ajustados y tampoco de engorrosos trajes interiores refrigerados y/o calefactados. En el grosor de la piel había multitud de capas capaces de trabajar eficacisimaniente evacuando, transfiriendo el calor, o actuando de barrera contra erosiones mecánicas, micrometeoritos, radiación y, por supuesto, evitando que la presión de aire se perdiese.
Susana se ajustó los guantes, esperó el ok del traje y pulsó el botón de vaciado. El aire fue absorbido de la sala y cuando se alcanzó atmósfera cero, Susana abrió la exclusa exterior y accedió a las tripas del Ares.
Encendió las luces. Apenas un pasillo entre estructuras metálicas intrincadas conducía al tanque que tenía que inspeccionar, un receptáculo enorme y abombado donde se almacenaba el oxígeno líquido. Recordó la expresión de Vishniac «aún así revísalo». Torció el gesto. Manejándose con la agilidad de un mono entre aquella maraña de tubos y soportes, Susana se acercó a su objetivo. El tanque medía siete metros de diámetro y la empequeñecía, era un obeso gigante metálico que almacenaba en su estómago el poder del fuego. Comenzó a recorrerlo buscando algún chorro de vapor que delatara una fuga. No lo encontró. Falsa Alarma de nuevo.
En cabina recibieron la señal del traje EV-3 como un agudo pitido intermitente. En dos de los paneles de control se iluminaron señales localizadoras. El traje parecía inmóvil en el módulo de potencia, entre los tanques de oxígeno e hidrógeno.
De inmediato Vishniac tomó la radio.
– EV-3, ¿Susana? ¿Me recibes?
Lowell estaba atento a la telemetría del traje. Las señales parecían normales, no había un porcentaje inadecuado de mezcla, la reserva de aire era buena, y no había perdidas. El corazón del usuario latía normalmente. Lowell amplió los parámetros biomédicos. La presión arterial estaba por los suelos.
– Hay algo raro, André.
– EV-3 ¿me recibes?
– Tensión arterial muy baja.
– Ya veo. Jenny, Herbert, acudid al módulo de potencia. Hay una señal de alarma en el EV-3. Es Susana.
Herbert y Jenny estaban en diferentes zonas de la nave, pero corrieron a la zona de entrada al módulo con el corazón en un puño.
– Herbert, Jenny, informad en cuanto la encontréis.
– Aún estamos llegando.
Se movieron por la estructura aún más rápido de lo que lo había hecho Susana. Seguían las indicaciones de posición en las viseras del casco. Dieron la vuelta a los grandes tanques de hidrógeno y esquivaron estructuras, bombas y anclajes. Al fin vieron al EV-3, Susana, al lado del tanque de oxígeno en el pequeño rincón que formaba este con el fuselaje. Trabajaba con una linterna moviéndola sobre la superficie metálica. No vio llegar a Herbert y Jenny, y sólo los advirtió cuando los destellos de sus linternas la hicieron volver la vista. Los saludó con la mano y enseguida notaron que trasteaba en su equipo de control, en el guante, para intentar que la radio dejase de estar muda. Les hizo un signo con la mano indicando que la radio estaba rota.
Un rato después todos volvían a estar reunidos en el laboratorio. Susana permanecía apoyada en una nevera y miraba al suelo con los brazos cruzados.
– No entiendo como ha podido pasar algo así. -Vishniac estaba visiblemente preocupado, casi enfadado.
– Espera que Luca termine de mirar el traje. -le respondió Herbert.
– Se supone que los equipos de comunicaciones están hechos a prueba de fallos.
– A mi no me saltó ninguna alarma. -La voz de Susana era fría como el hielo.
– Bueno, lo peor no es eso. Es un fallo mecánico que puede suceder -intervino Jenny-. Lo que más me preocupa es lo de tu tensión. Estaba muy baja, aún sigue estándolo.
Susana se tocó inconscientemente el brazalete que tenía a la altura del bíceps. Era de color negro y en él brillaban un par de luces verdes y una roja. Jenny miraba en su cuaderno electrónico cómo las gráficas de tensión arterial y venosa y el pulsar rítmico del corazón se cruzaban y descruzaban en una compleja danza.
– Me voy a adelantar al calendario de control.
Todos se removieron inquietos. Eso significaba un par de días de monitorización, análisis de muestras, control de placas de absorción de radiación, una molestia vamos.
– Luego habrá que comunicarlo a la Tierra.
– Si, pero no creo que nos digan nada útil, Fidel. Una fallo en una unidad de comunicaciones, algo muy normal.
En ese momento Luca asomó la cabeza por la escotilla en el techo. Haciendo una cabriola saltó y ejecutó un doble mortal. Aterrizó lentamente en el suelo y abrió los brazos como un artista de circo reclamando un aplauso. Pero el ambiente no estaba para aplausos. Luca miró a todos, y un poco decepcionado, se dirigió a Vishniac y le entrego una pieza del tamaño de una moneda.
– El chip, está frito.
– ¿No se supone que los trajes llevan dos radios?
– Sí, pero ese chip no es el de la radio, es el control de potencia. Por eso tampoco saltó la alarma, el ordenador estaba offline. Menos mal que desactivado la batería sigue proporcionando energía al soporte vital, si no hubiera sido así… -Luca hizo un gráfico gesto con la mano cortándose ficticiamente el cuello.
– No lo entiendo -dijo Vishniac.
– Yo sí. ¿No tenías una graduación en ingeniería? -replicó Luca.
– La entropía, Murphy, las cosas son así, y es mejor aceptarlas -sentenció Lowell-. Se pueden producir fallos aún en la Ares, en la que está todo cuidadosamente diseñado. Quizá un átomo ultraenergético, un rayo gamma ha tenido la mala suerte de impactar contra el chip, quizá un transistor fluctuó y se fundió e inició una cadena de fallos catastróficos.
– Así es -admitió Luca-. Pero para saberlo con certeza habría que meter ese chip en un laboratorio mejor de los que tenemos aquí.
Susana se acercó y tomó el chip de manos de Vishniac. Lo miró de cerca, como preguntándose algo. Luego se lo devolvió y se fue hacia la escala que conducía a la escotilla.
– Tengo muchas cosas que hacer. Supongo que este asunto está resuelto ¿no?
Cuando ya Susana había desaparecido, Vishniac dijo en voz baja:
– Sí, parece que sí. Bueno, cada uno a lo suyo entonces. Jenny quédate un momento por favor.
Cuando todos hubieron salido, Vishniac miró a Jenny en silencio. Durante un momento Jenny creyó ver dudas en aquella mirada impenetrable. Luego la impresión pasó.
– Jenny ¿qué puede ser esa caída de tensión?
– Oh, puede no ser importante. Un desarreglo hormonal por la menstruación, un ciclo metabólico un poco bajo, el efecto de la ingravidez y de la masa circulatoria. Tengo que verlo más despacio.
– Pero también puede ser…
– ¿Cáncer? No lo creo. Podría ser síntoma de un cáncer linfático, sí, pero no lo creo.
– ¿Qué dosis de radiación llevamos absorbida?
– Aproximadamente la misma que si hubieses vivido diez años al lado de una masa granítica. No es preocupante aún.
Jenny, hay algo que me preocupa. El protocolo para una enfermedad grave.
– Todos lo conocemos André, todos.
Ya, pero una cosa es saberlo y otra el efecto que tendrá en nosotros si tenemos que aplicarlo.
– Eso es cierto, pero todos aceptamos un riesgo al subir. Estamos en manos de Dios. Él no nos dejará morir. Y si lo quiere, será porque encaja en sus planes. No hay que preocuparse de eso. No creo que la idea de la muerte propia, y la de otros, no haya sido considerada por cada uno de nosotros.
– Sí, tienes razón. Además de qué vale preocuparse por los problemas antes de que lleguen.
– Sí. Ya te informaré de los resultados.
Jenny partió hacia la unidad médica, un pequeño espacio en el módulo opuesto al de reunión que ocupaban. Se conocía el trayecto de tal modo que podía hacerlo hasta con los ojos cerrados. Recorrió los dos tubos, uno hasta el eje subiendo, y otro hasta el laboratorio, bajando, y sólo cuando se sentó enfrente de la computadora médica, se dio cuenta de que había llegado y estaba sola. Lentamente elevó la mano hasta la altura de los ojos. El pulso le temblaba ligeramente.
«André tiene razón -pensó-una cosa es saber algo y otra aceptarlo». Y ella no lo aceptaba. Había mentido, pero la presión enorme que sentía sólo con pensar en contradecirse de aquel modo. No había sido consecuente, tenía que haber declarado sus creencias, pero no lo hizo, el viaje era muy importante, lo era todo.
Sin saber por qué recordó a su padre. Había muerto dos años atrás, en un accidente aéreo en El Salvador. Le hubiera gustado que supiese de aquel viaje, aquella aventura en que su hija, callada y tímida, había conseguido enrolarse. Lo echaba de menos, siempre lo haría, pensó. De algún modo había algo más, algo relacionado con su padre que aún le dolía. Sabía que aquello la había impedido mantener una relación el suficiente tiempo como para que hubiese alguien en la Tierra, fuera de los amigos, que la esperase al regreso. Aquello dolía y lo apartó con prisa de su mente. Tenía mucho trabajo, un largo viaje por delante. Ya habría tiempo de solucionar aquello más adelante.
Lentamente, casi con renuencia, comenzó a preparar el equipo para un exhaustivo control de la salud de toda la tripulación incluida ella misma.