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¿Es ésa la imagen de un rostro en el cielo?

Sí, es el rostro de una mujer. ¿Irene? Los rasgos son confusos. Pero finalmente los veo, sí, balanceándose a unos pocos cientos de metros sobre el agua, como si fueran proyectados por la piel del océano; un brillo, un resplandor, que tiene la forma de un rostro delicado: las ventanas de la nariz, labios, cejas, mejillas… Sí, se trata de un rostro, y no sólo de uno, porque con la intensidad de mi fija mirada lo divido, y lo vuelvo a dividir, de modo que una hilera de rostros permanece suspendida en el aire, diez rostros, cien, mil rostros, rostros por todas partes, un mar de rostros. Parecen bastante serios.

¡Sonreíd! Ante mi orden, los rostros sonríen. Mucho mejor. Hasta el aire se hace más luminoso con esa sonrisa. Los rostros se mezclan, se hacen borrosos, nítidos, de nuevo borrosos, se superponen en parte, danzan, tiemblan, se fusionan, fluyen. Ilusiones nacidas del corazón. Hijas del sol. Dulces espejismos.

Miro más allá de ellos, más alto, hacia las zonas claras del cielo sin nubes. ¡Halcones!

¿Halcones aquí? ¿No debería estar viendo gaviotas? Las aves giran y planean, como figuras oscuras contra el cielo cegador, con las alas extendidas, con plumas como dedos. Veo sus feroces picos curvados. Atrapan grandes escarabajos del aire vaporoso y remontan el vuelo, deglutiendo. Después ya no hay aves, sólo rostros que aún sonríen. Les doy la espalda y me muevo lentamente a través de la maleza baja para inspeccionar a qué clase de lugar me ha arrojado el mar.

Mientras permanezco cerca de la orilla, no tengo dificultades para moverme; pero atravesar la densa vegetación del interior ya puede ser otra cosa. Giro hacia la izquierda, siguiendo la mordisqueada línea de la playa. Antes de haber dado cien pasos más. hago un nuevo descubrimiento: la isla está a la deriva.

Mirando hacia el mar, observo que en el horizonte hay una costa oscura, bordeada por negras montañas triangulares, a uno o dos días de navegación. Hace unos minutos sólo veía mar abierto en esa dirección. Quizá las montañas han surgido en este preciso momento, pero es más probable que la isla, girando con lentitud en las corrientes, sólo se haya vuelto, permitiéndome ver las montañas. Esa debe ser la respuesta. Me quedo quieto durante un largo rato y me parece que ahora observo esas montañas desde un ángulo y poco después desde otro distinto. ¿De qué otra forma explicar esos efectos de paralaje? La isla va libremente a la deriva. Se mueve, y yo me muevo con ella, sobre el pecho del mar invariable.

El famoso y joven terapeuta norteamericano Richard Björnstrand inició su tratamiento experimental de Miss April Lowry el 3 de agosto de 1987. Quince dias después se había identificado el punto de perturbación y el doctor Björnstrand recomendó un tratamiento de penetración de conciencia, una técnica que ha ido ganando popularidad en los Estados Unidos. Inicialmente, el médico de cabecera de Miss Lowry se opuso a la sugerencia, pero posteriores consultas demostraron el valor potencial de tal aproximación y los procedimientos de entrada se iniciaron el 19 de septiembre. Esperamos otros informes del doctor Björnstrand a medida que se desarrolla el proyecto.

—¿Pero qué ocurrirá si te enamoras de ella? —preguntó Leonie.

—¿Y qué? —repliqué yo—. Los terapeutas siempre se están enamorando de sus pacientes. Reich se casó con una de sus pacientes y lo mismo hizo Fenichel, y docenas de otros analistas tuvieron asuntos amorosos con sus pacientes. Hasta Freud, que no los tuvo, se sabe que observó…

—Freud vivió hace mucho tiempo —dijo Leonie.

Ahora ya he dado la vuelta a la isla. He tardado cuatro horas en circunvalarla, puesto que el sol estaba casi directamente sobre mí cuando empecé, y ahora ha descendido más de medio camino en el horizonte. Supongo que en estas latitudes el sol se pone bastante pronto, quizás a las seis y media, incluso en verano.

Durante toda mi caminata de esta tarde la isla mantuvo un curso firme, con uno de sus lados vuelto constantemente hacia el mar, y el otro hacia esa oscura costa bordeada de montañas. Sin embargo ha seguido a la deriva, puesto que se han producido pequeñas oscilaciones en la posición de las montañas con respecto a la isla, y porque la propia costa montañosa parece ir acercándose gradualmente, aunque eso puede ser una ilusión. Los rostros aparecen y desaparecen y vuelven a surgir en las zonas bajas del cielo, sin ningún programa predecible de acontecimiento o identidad: April, Irene, April, Irene, Irene, April, April, Irene. A veces me sonríen, otras veces no. En una de esas ocasiones creí ver a Irene guiñándome un ojo; volví a mirar y el rostro era el de April.

La isla, aunque bastante pequeña, posee varias zonas geográficas distintas. En el lado al que llegué primero procedente del mar, hay una hilera de palmeras muy apretadas cuyas copas se tocan, más allá de la cual la playa desciende hacia el mar. Arbitrariamente he considerado que esa parte de la isla es el este. La parte occidental es baja y seca, y la vegetación es una maraña de matorrales bajos. En la parte norte hay una elevada cresta de coral, de cara aplanada y torcida hacia dentro, que desciende profundamente en el agua. Pequeñas olas blancas baten incansablemente contra las redondeadas agujas y bóvedas de ese elevado muro de coral.

La costa sur de la isla tiene dunas muy similares a las del Sahara, con sus crestas amarillo-rosadas desplazándose muy ligeramente mientras las observo. Hacia el interior, la isla se eleva hasta un pequeño pico que quizás tenga cincuenta metros sobre el nivel del mar, y evidentemente hay profundas bolsas de agua de lluvia retenida en la piedra arcillosa, porosa y erosionada de la zona situada bajo la superficie, porque la vegetación es profusa y vigorosa. En varios puntos he emprendido breves inspecciones hacia el interior, llegando en un sitio a una zona pantanosa de ruidosas y sorbentes arenas movedizas, en otro lugar a un frío y oscuro claro entrecruzado con túneles y túmulos de termitas, y en otro a un bosquecillo de árboles de ramas anchas y frutos pequeños.

En conjunto, el lugar es maravilloso. Dispondré de alimentos y bebida suficiente, y también hay refugios. Pero a pesar de todo, ya suspiro por llegar al fin del viaje. Los desnudos y agudos picos de las montañas del continente se acercan cada vez más; algún día llegaré a la costa, y entonces empezará mi verdadero trabajo.

La esencia de la terapia de esta clase es el riesgo. El terapeuta debe estar preparado para enfrentarse con fuerzas que están mucho más allá de su propia resistencia, esforzándose por resolver los problemas sabiendo que éstos pueden muy bien vencerle. La paciente, por su parte, tiene que aceptar el conocimiento de que la intrusión del terapeuta en su conciencia puede producir amplias alteraciones de la personalidad, y no todas ellas para mejorar.

Un día desconcertante. El amanecer ha estado manchado de rojo con venas púrpuras, y mostraba un cielo hinchado, grotesco, traumático. Después se levantaron grandes vientos; las palmeras se doblaron y rozaron, y muchas palmas fueron arrancadas. Siguió luego un período de calma. Temía que hubiera árboles derribados y grandes olas de marea, y penetré hacia el interior de la isla durante media hora, instalándome finalmente en una especie de anfiteatro natural de viejo coral muerto, como un amplio cuenco erosionado por el tiempo y surgido del mar hacía milenios. Aquí esperé la mañana.

Hacia el mediodía unas nubes grises y espesas oscurecieron el cielo. Tuve una sensación de amenaza, como si unos poderes irresistibles estuvieran reuniendo sus fuerzas, tal y como siento a veces cuando escucho ese tenso y corto pasaje orquestal en el Agnus Dei de la Missa Solemnis. Instantes después descendían sobre mí el granizo, la lluvia, aguanieve, viento fuerte, furioso calor, incluso nieve… Toda clase de meteoros a la vez. Pensé que la tierra iba a abrirse lanzando sobre mí su magma.

Pero pasó todo en cinco minutos, y se desvaneció todo rastro de la tormenta. Las nubes se abrieron. Salió el sol, con aspecto suave e inocente; pájaros de muchos plumajes revoloteaban en el aire, gorjeando dulcemente. Los rostros de Irene y April, infinitamente reduplicados, parpadeaban contra el fondo del cielo. La costa montañosa parecía clavada en el horizonte, sin acercarse más, sin alejarse tampoco, como si los tumultos del día hubiesen hecho que la aterrorizada isla echara raíces.

Lluvia durante la noche, cálida y vaporosa. Nubes de mosquitos. Un diabólico sonido zumbante, resbaladizamente resonante, invadiéndolo todo. Me quedé finalmente dormido. Me despertó un sonido como un poderoso trueno, y observé un sol enormemente distorsionado elevándose lentamente por el oeste.

Estábamos sentados ante la mesa de madera roja, en el patio de Donald: Irene, Donald, Erik, Paul, Anna, Leonie y yo. Paul y Erik bebían bourbon, y el resto de nosotros sorbíamos shine, la nueva bebida, esencia de cannabis mezclada -creo- con gaseosa y jarabe de fresa. Estábamos muy entonados.

—No hay razón alguna —dije— para que no aprovechemos los últimos progresos técnicos. Aquí está esta joven desafortunada, sufriendo una enfermedad psicológica indeterminada pero paralizadora, y dispongo de la posibilidad de penetrar en su alma y…

—¿Entrar dónde? —preguntó Donald.

—En su conciencia, en su ánimo, en su espíritu, en su mente, en su como quieras llamarle.

—No le interrumpas —dijo Leonie, dirigiéndose a Donald.

—Por lo menos —preguntó Irene—, ¿estarás dispuesto a traérsela a Erik para que dé primero una opinión imparcial?

—¿Y qué te hace pensar que Erik es imparcial? —preguntó Anna.

—Al menos trato de serlo —dijo Erik con frialdad—. Sí, tráemela, doctor Björnstrand.

—Sé muy bien lo que me dirás.

—De todos modos, tráemela.

—¿No es esto terriblemente peligroso? —preguntó Leonie—. Quiero decir, supón que tu mente se queda empantanada en medio de la suya, Richard.

—¿Empantanada?

—¿No es eso posible? En realidad, no sé nada sobre el proceso, pero…

—Sólo penetraré en ella en el sentido más metafórico —dije.

Irene se echó a reír. Anna preguntó:

—¿Crees de veras en eso?

Dirigió una tímida mirada hacia Irene y ésta se limitó a sacudir la cabeza.

—No me preocupo por la fidelidad de Richard —dijo, arrastrando las palabras.

Hoy, su rostro llena el cielo. April, Irene, quien sea. Ella eclipsa el sol e ilumina el día con su propia y extraordinaria luminosidad.

El curso de la isla se ha invertido, y ahora navega a la deriva hacia el mar. Durante tres días he observado cómo las montañas del continente se fueron haciendo cada vez más pequeñas. Evidentemente las corrientes han cambiado, o quizás hay zonas de resistencia cerca de la costa, destinadas a mantener alejadas a las islas errantes como la mía. Tengo que encontrar un camino para enfrentarme con esto. Estoy convencido de que no puedo hacer nada por April a menos que llegue al continente.

He penetrado en un lugar tranquilo donde el mar es un espejo y el aire sofocante refleja las imágenes reflejadas, en una regresión infinitamente desconcertante. Ahora, no veo ningún otro rostro excepto el mío, y lo veo en cualquier parte. Un millón de versiones de mí mismo danzando en la vaporosa neblina. Mis mandíbulas muestran barba de varios días, y hay una luminosa banda roja de quemadura solar a través de mi nariz y de la parte superior de mis mejillas. Sonrío burlonamente, y las multitudinarias imágenes me sonríen burlonamente. Extiendo la mano hacia ellas, y ellas extienden las manos hacia mí. No hay tierra a la vista, no hay otras islas… no hay nada, a excepción de este muro de reflexiones. Me siento como si estuviera acorralado dentro de una caja de metal pulimentado. Mi brillante imagen infesta la ardiente atmósfera. Tengo una constante sensación sofocante; me siento invadido por una terrible languidez; rezo para que se produzcan huracanes, trombas de agua, convulsiones del lecho oceánico, cualquier clase de cataclismo que rompa esta salvaje tensión de claustrofobia.

¿Es Irene mi esposa? ¿Mi amante? ¿Mi compañera? ¿Mi amiga? ¿Mi hermana?

Estoy dentro de la conciencia de April, e Irene es una quimera.

Se me ha empezado a ocurrir que esto puede ser mi terapia, antes que la de April.

Me he puesto a trabajar para crear maquinaria que me devuelva hacia el continente. Durante toda esta semana he estado derribando concienzudamente palmeras utilizando una serie de blandas hachas de mano despuntadas, tomadas de bloques de coral muerto. Llevando los árboles hacia un promontorio situado en la cara sur de la isla, enlazándolos con lianas, colocándolos en el agua de modo que se proyectaran desde ambos lados del promontorio, forman como los remos de una galera. Tirando de una liana insólitamente gruesa que corre por el centro de toda la construcción, soy capaz de hacerlos funcionar como remos; y he atado esa liana maestra a una palmera insólitamente masiva que surge del risco central del promontorio. En realidad, lo que he construido es una especie de máquina que se impulsa a sí misma; las corrientes, agitando las copas de mis palmeras caídas, imprimen una tensión a las lianas que las unen, y la resistencia del enorme árbol central al estirón de la liana maestra hace que los árboles caídos barran el agua, impulsando a toda la isla hacia la costa. A través de una actividad llena de propósito, dijo Goethe, justificamos nuestra existencia a los ojos de Dios.

Los «remos» trabajan bien. Una vez más, me dirijo hacia el continente, muy rápidamente hacia el continente. Incluso parece que demasiado rápidamente. Creo que puedo haberme visto atrapado en una poderosa corriente.

La corriente ha tomado definitivamente por su cuenta a mi isla, y estoy siendo impulsado rápido, lo quiera o no. Me aproximo a la isla donde espera Escila. Esa es seguramente Escila: esa criatura que está ahí delante. No hay forma de evitarla; la fuerza del agua es inexorable y mis desamparados remos cuelgan lánguidamente. El monstruo de muchos cuellos está sentado a la vista, sobre una roca desnuda, enrollado en sí mismo, esperando. ¿Dónde me ocultaré? ¿Debo arrastrarme hasta quedar situado debajo de los matorrales y acurrucarme allí hasta que haya pasado junto a ella?

Mira ahí: seis cabezas, cada una de ellas con tres filas de dientes puntiagudos y doce extremidades tortuosas. Supongo que podría ocultarme, pero qué cobarde, qué inútil sería. Me mostraré a ella.

Y permanezco de pie en la orilla. Escucho sus terribles ladridos. ¿Cómo puedo defenderme contra los colmillos de Escila? Irene me sonríe desde las bajas y lanosas nubes. Hay un camino, parece decirme. Agarro una nube y le doy forma, hasta convertirla en un simulacro de mí mismo. Mirad: aquí hay otro Björnstrand, tostado por el sol, medio desnudo. Hago una segunda réplica, una tercera, completas, hasta la barba; completas, hasta los lunares. Hago una docena. Son réplicas pasivas, vacías, sin alma. ¿Lograrán engañarla? Ya veremos.