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El martes 14 de octubre, los ocho miembros de la misión de Quebec aguardaban el embarque a bordo del boeing 747, despegue a las dieciséis cuarenta, llegada prevista a medianoche, las dieciocho hora local. Adamsberg sentía cómo aquel término de «llegada prevista», repetido por la voz adormecedora de los altavoces, provocaba las náuseas de Danglard. Le vigilaba con atención desde que, hacía dos horas, daban vueltas por el aeropuerto de Roissy.
El resto del equipo experimentaba una regresión; la brigada se había transformado en un grupo de adolescentes nerviosos. Lanzó una ojeada a la teniente Froissy, una mujer de espíritu bastante alegre aunque tocado, aún, por un episodio depresivo: mal de amores, por lo que había oído decir en la Sala de los Chismes. Aunque ella no participara en la agitación infantil de sus colegas, aquel paréntesis parecía distraerla y la había visto sonreír de vez en cuando. Pero no a Danglard. Nada parecía poder arrancar al capitán de sus fúnebres augurios. Su largo cuerpo, ya blando naturalmente, se licuaba a medida que se acercaba la hora de la partida. Como si sus piernas no pudieran aguantarlo ya, no abandonaba su asiento metálico moldeado, que parecía retenerlo como una jofaina el agua. Por tres veces, Adamsberg le había visto hurgar en su bolsillo y llevarse un comprimido a los descoloridos labios.
Conscientes de su malestar, sus colegas le ignoraban por discreción. El escrupuloso Justin, que siempre dudaba en dar su opinión por temor a dañar al otro o alterar una idea, alternaba bromas típicas y una febril revisión de las insignias quebequesas. Al revés que Noël, pura acción, que participaba en todo y demasiado deprisa. Cualquier movimiento era bueno para Noël y ese viaje no podía dejar de gustarle. Al igual que a Voisenet. El ex químico y naturalista esperaba de aquella estancia algunos hallazgos científicos pero también emociones geológicas y fáunicas. Para Retancourt, naturalmente, ningún problema; era la adaptación hecha mujer, zambulléndose con excelencia en la situación que se le planteara. En cuanto al joven y tímido Estalère, sus grandes ojos verdes, asombrados, sólo pedían posarse en cualquier nueva fuente de curiosidad. Saldría de allí más asombrado aún. En resumen, se dijo Adamsberg, cada cual encontraba en el viaje cierto provecho o libertad, produciendo una ruidosa excitación colectiva.
Excepto Danglard. Sus cinco hijos habían sido confiados a la generosa vecina del sexto, con la Bola, y todo iba bien por ese lado salvo por la perspectiva de dejarlos huérfanos. Adamsberg buscaba un modo de arrancar a su adjunto del creciente pánico, pero la degradación de sus relaciones le dejaba poco margen para el consuelo. O tal vez, se dijo Adamsberg, fuera preciso atacar por otro lado: provocarle, obligarle a reaccionar. ¿Y qué mejor que el relato de su visita a la casa del fantasma del Schloss? Sin duda eso haría que Danglard montara en cólera, y la cólera es mucho más estimulante y distraída que el terror. Pensaba en ello desde hacía un rato, sonriendo, cuando la llamada a los pasajeros del vuelo a Montreal-Dorval les arrancó de sus asientos.
Sus plazas formaban un grupo compacto en mitad del boeing y Adamsberg se las arregló para que Danglard quedara a su derecha, lo más lejos posible de la ventanilla. Las instrucciones de supervivencia gestualizadas por una joven azafata, en caso de explosión, de despresurización de la cabina, caída al mar y alegre salida por los toboganes, no arreglaron la cosa. Danglard buscó tanteando su chaleco salvavidas.
– Es inútil -le dijo Adamsberg-. Cuando esto estalla, sales por la ventanilla sin darte cuenta, echo picadillo como el sapo, paf, paf, paf, y explosión.
Nada, ni un brillo en el rostro lívido del capitán.
Cuando el aparato se detuvo para hacer rugir sus reactores a plena potencia, Adamsberg creyó que iba a perder realmente a su adjunto, exactamente como al jodido sapo. Danglard sufrió el despegue con los dedos incrustados en los brazos del asiento. Adamsberg aguardó a que el avión hubiera concluido su ascenso para intentar distraerle.
– Aquí tiene usted una pantalla -le explicó-. Suelen poner buenas películas. También hay una cadena cultural. Mire -añadió consultando el programa-, un documental sobre los comienzos del Renacimiento italiano. No está mal a fin de cuentas. El Renacimiento italiano.
– Me lo sé -murmuró Danglard con el rostro fijo y los dedos atornillados aún a los brazos de la butaca.
– ¿También los comienzos?
– También me los sé.
– Si conecta su radio, hay un debate sobre el concepto de la estética en Hegel. Es algo que vale la pena, ¿no?
– Me lo sé -repitió sombrío Danglard.
Bueno, si ni los comienzos del Renacimiento ni Hegel podían cautivar a Danglard, la situación era casi desesperada, estimó Adamsberg. Le echó una ojeada a su vecina, Hélène Froissy, que, con el rostro vuelto hacia la ventanilla, se había dormido ya o volvía a sus tristes pensamientos.
– Danglard, ¿sabe usted lo que hice el sábado? -preguntó Adamsberg.
– Me importa un bledo.
– Fui a visitar la última morada de nuestro juez fallecido, cerca de Estrasburgo. Morada que abandonó como si saltara la tapia seis días después del crimen de Schiltigheim.
En los abatidos rasgos del capitán, Adamsberg percibió un leve respingo que le pareció alentador.
– Voy a contárselo.
Adamsberg hizo que el relato se alargara, sin omitir detalle alguno, el desván de Barba Azul, su establo, su pabellón, su cuarto de baño, y denominando al propietario sólo como «el juez» o «el muerto» o «el espectro». A falta de cólera, un interés sin entusiasmo recorría el rostro del capitán.
– Es interesante, ¿no? -dijo Adamsberg-. Ese hombre invisible para todos, esa impalpable presencia.
– Misántropo -objetó Danglard con voz contenida.
– Pero ¿un misántropo que borra cada una de sus huellas? ¿Que sólo deja tras de sí, y además por mala suerte, algunos pelos blancos como la nieve?
– Nada podrá hacer con esos pelos -murmuró Danglard.
– Sí, Danglard, puedo compararlos.
– ¿Con qué?
– Con los que están en la tumba del juez, en Richelieu. Bastaría con solicitar una exhumación. El pelo se conserva mucho tiempo. Con un poco de suerte…
– ¿Qué es eso? -interrumpió Danglard con voz alterada-. ¿Ese silbido que se oye?
– Es la presurización de la cabina, normal.
Danglard se apoyó de nuevo en el respaldo con un largo suspiro.
– Pero me resulta imposible recordar lo que dijo usted sobre el significado de Fulgence -mintió Adamsberg.
– De fulgur, «el rayo», «el relámpago» -no pudo resistirse Danglard-. O del verbo fulgeo: «lanzar relámpagos», «brillar», «relucir», «iluminar». En sentido figurado, «brillar», «ser ilustre», «manifestarse con fulgor».
Adamsberg almacenó, de paso, los nuevos significados que su adjunto sacaba de sus bobinas de erudición.
– ¿Y Maxime? ¿Qué diría usted de Maxime?
– No me diga que no lo sabe -masculló Danglard-. Maximus: «el mayor», «el más importante».
– No le he revelado con qué nombre compró el Schloss nuestro tipo. ¿Le interesa?
– En absoluto.
Danglard, en realidad, se daba perfecta cuenta de los esfuerzos que Adamsberg desplegaba para distraerle de su angustia y, aunque contrariado por la historia del Schloss, le estaba agradecido por su atención. Ya sólo seis horas y doce minutos de vuelo. Estaban ahora sobre el Atlántico, y por un buen rato aún.
– Maxime Leclerc. ¿Qué le parece eso?
– Que Leclerc es un apellido muy corriente.
– Tiene usted mala fe. Maxime Leclerc: «el más grande», «el más claro», «el fulgurante». El juez no pudo decidirse a tomar un nombre común.
– Con las palabras podemos jugar como con las cifras, hacerles decir lo que deseemos. Pueden retorcerse hasta el infinito.
– Si no se agarrara usted a su racionalidad -insistió Adamsberg por puro deseo de provocación-, admitiría que hay cosas interesantes en mi punto de vista sobre el asunto de Schiltigheim.
El comisario detuvo a una bienhechora azafata que pasaba con unas copas de champán ante la inconsciente mirada del capitán. Froissy la había rechazado, él tomó dos y las puso en las manos de Danglard.
– Beba -ordenó-. Las dos, pero sólo una por vez, como se lo tenía prometido.
Danglard hizo un movimiento con la cabeza como gesto de leve gratitud.
– Pues, desde mi punto de vista -prosiguió Adamsberg-, no es que sea verdadero, pero tampoco falso.
– ¿Quién se lo dijo?
– Clémentine Courbet. ¿La recuerda? Fui a visitarla.
– Si elige usted las sentencias de la vieja Clémentine como punto de referencia, toda la brigada se precipitará al abismo.
– Nada de pesimismo, Danglard. Pero es cierto que podríamos jugar con los nombres hasta el infinito. Con el mío, por ejemplo. Adamsberg, «la montaña de Adán». El primero de los hombres. Eso le sienta bien a un tipo, ¿no? Y en una montaña, además. Me pregunto si no vendrá de eso la…
– Catedral de Estrasburgo -interrumpió Danglard.
– ¿Verdad? ¿Y su nombre, Danglard, qué hacemos con él?
– Es el nombre del traidor en Montecristo. Un verdadero cabrón.
– Es interesante, evidentemente.
– Y hay algo mejor -dijo Danglard, que se había ventilado las dos copas de champán-. Viene de D’Anglard, y Anglard viene del germánico Angil-hard.
– Vamos, amigo, traduzca.
– Angil, dos raíces cruzadas: «espada» y «ángel». Por lo que a hard se refiere, significa «duro».
– Lo que produce una especie de ángel inflexible con espada. Mucho más grave que el pobre primer hombre gesticulando a solas en su montaña. La catedral de Estrasburgo parece demasiado menesterosa para oponerse a su ángel vengador. Y además, la han tapado.
– ¿Ah, sí?
– Sí, con un dragón.
Adamsberg lanzó una ojeada a sus relojes. Sólo cinco horas y cuarenta y cuatro minutos y medio de vuelo.
Sentía que iba por buen camino, pero ¿cuánto tiempo podría aguantar así? Nunca había hablado siete horas seguidas.
De pronto, el buen camino se vio cortado en seco por las señales luminosas que parpadearon en la parte frontal de la cabina.
– ¿Qué pasa ahora? -se alarmó Danglard.
– Abróchese el cinturón.
– Pero ¿por qué he de abrocharme el cinturón?
– Turbulencias, no pasa nada. Puede moverse un poco, eso es todo.
Adamsberg rogó al primer hombre de la montaña que procurara que las sacudidas fueran mínimas. Pero, entregado a otros asuntos, al primer hombre la cosa parecía importarle un pimiento. Y, por desgracia, las turbulencias fueron de gran intensidad, lanzando al aparato a unos baches de varios metros. Los viajeros más veteranos tuvieron que dejar de leer, las azafatas se sujetaron a los estribos y una muchacha lanzó un grito. Danglard había cerrado los ojos y respiraba con mucha rapidez. Hélène Froissy le observaba con inquietud. Por una inspiración, Adamsberg se volvió hacia Retancourt, sentada detrás del capitán.
– Teniente -le dijo en voz baja entre los asientos-, Danglard no va a aguantarlo. ¿Sabría hacerle un masaje que le durmiera? ¿O cualquier otro truco que le atonte, que le embobe, que le anestesie?
Retancourt asintió, sin que a Adamsberg le sorprendiera demasiado.
– Funcionará -dijo ella-, siempre que no sepa que procede de mí.
Adamsberg inclinó la cabeza.
– Danglard -le dijo tomándole la mano-, mantenga los ojos cerrados, una azafata se encargará de usted.
Indicó a Retancourt que podía empezar.
– Desabróchese tres botones de la camisa -solicitó ella soltando su cinturón.
Luego, con la punta de los dedos, como si sólo posara la yema en una danza rápida y pianística, Retancourt la emprendió con el cuello de Danglard, siguiendo el trayecto de la columna vertebral e insistiendo en las sienes. Froissy y Adamsberg observaban la operación entre las sacudidas del avión, contemplando alternativamente las manos de Retancourt y el rostro de Danglard. El capitán pareció tranquilizar su respiración, luego sus rasgos se relajaron y, menos de quince minutos después, dormía.
– ¿Ha tomado calmantes? -preguntó Retancourt separando uno a uno sus dedos de la nuca del capitán.
– Todo un carro -dijo Adamsberg.
Retancourt miró su reloj.
– No ha debido de pegar ojo en toda la noche. Al menos dormirá cuatro horas, estaremos tranquilos. Cuando despierte, sobrevolaremos Terranova. La tierra tranquiliza.
Adamsberg y Froissy se miraron.
– Me deja pasmada -murmuró Froissy-. Acabaría con una pena de amor como con un pulgón en el camino.
– Nunca son pulgones, Froissy, sino altos muros. No es deshonroso que el ascenso parezca difícil.
– Gracias -murmuró Froissy.
– Ya sabe usted, teniente, que a Retancourt no le gusto.
Froissy no lo desmintió.
– ¿Le ha dicho por qué? -preguntó él.
– No, nunca habla de usted.
Una torre de ciento cuarenta y dos metros puede vacilar por el simple hecho de que una gorda Retancourt no considere ni siquiera necesario hablar de ti, pensó Adamsberg. Echó una ojeada a Danglard. El sueño le devolvía los colores y las turbulencias iban apaciguándose.
El avión estaba en plena aproximación cuando el capitán despertó, sorprendido.
– Ha sido la azafata -explicó Adamsberg-. Es una especialista. Por suerte, estará aquí en el vuelo de regreso. Aterrizamos dentro de veinte minutos.
Salvo dos reflujos de angustia, cuando el aparato sacó ruidosamente el tren de aterrizaje y cuando las alas desplegaron sus frenos, Danglard, aún bajo los efectos del masaje lenificante, pasó casi correctamente la prueba del aterrizaje. Al llegar, era un hombre nuevo, mientras los demás miembros mostraban un aspecto entumecido. Dos horas y media más tarde, cada cual había aparcado en su habitación. Teniendo en cuenta la diferencia horaria, el cursillo no comenzaría hasta el día siguiente, a las dos de la tarde, hora local.
A Adamsberg le había correspondido un estudio doble en el quinto piso, tan nuevo y blanco como un piso piloto, y con un balcón. Privilegio gótico. Se asomó largo rato para contemplar el inmenso río Outaouais que corría, abajo, entre sus salvajes riberas y, más allá, al otro lado del río, las luces de los rascacielos de Ottawa.