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Una hora antes del crepúsculo, Stanislaw Palieski se unió a un grupo de hombres que se encontraban farfullando con indignación ante las puertas del hammam Celebi, uno de los mejores baños de la ciudad del barrio viejo de Estambul.
Se levantaba al pie de una colina, bajo una red de atestados callejones cuya relativamente generosa amplitud sugería que aquél era, con todo, un distrito próspero, ni tan atestado que los salientes de sus casas sobresalieran casi tanto que tocaran los de sus vecinos al otro lado de la calle, ni tampoco tan grandiosas que quedaran ocultas detrás de las murallas, sino un barrio de acaudalados comerciantes y administradores a los que les gustaba deambular de noche por las calles, y sentarse a discutir las noticias del día en los numerosos cafés y casas de comidas. No estaba lejos, en realidad, de Kara Davut, y fue con la idea de pararse a tomar un baño, de camino hacia la cena del jueves con Yashim. Palieski cruzó el puente de Gálata, en paz con el mundo, y con dos botellas de vodka, muy frías, bien protegidas en su envoltorio, en el fondo de su maletín.
El hammam Celebi estaba inesperadamente cerrado para proceder a su limpieza. Decepcionados bañistas agarraban sus bolsas de ropa limpia y fulminaban a la dirección del local.
– ¡Dicen que volvamos dentro de una hora, o incluso dos! -se quejaba un hombre con un turbante-. ¡Como si nos pudiéramos pasar toda la noche subiendo y bajando por las colinas transportando ropas como un vendedor ambulante!
– ¡Y como si hoy no fuera jueves! -añadió otro hombre.
Palieski ponderó este oscuro argumento. Pues cla ro: el día siguiente era una jornada destinada al descanso y la plegaria, una jornada para abordarla inmaculadamente limpio, al menos en el aspecto exterior. El jueves por la tarde, los baños siempre estaban muy ocupados.
– Perdonen que les interrumpa -dijo cortésmente-. No comprendo muy bien de qué se trata.
Los hombres se dieron la vuelta para mirarlo de arriba abajo. Si se sentían sorprendidos o disgustados por encontrar a un extranjero -y ferenghi, por si fuera poco- ferenghi con la clara intención de entrar en su baño, estaban demasiado bien educados para demostrarlo. Y cuando se trataba del baño, el procedimiento era, según una larga tradición, un procedimiento democrático. Las horas en que los hombres usaban el hammam eran horas en que podía ser usado por todos los hombres, infieles o creyentes, extranjeros o del barrio viejo de Estambul.
Un tercer frustrado bañista, un hombre de pequeña barriga y algunos rizos grises que asomaban de su turbante, le ofreció cortésmente a Palieski una explicación.
– Por alguna razón que ninguno de nosotros puede entender, al personal del establecimiento se le ha metido en la cabeza limpiar el hammam en mitad de la tarde en lugar de hacerlo por la noche.
Un cuarto hombre habló con calma.
– Tal vez sea una enfermedad. Nunca había ocurrido. Quizás deberíamos estar alabando al encargado de los baños en vez de enfurecernos tanto. Deberíamos seguir su consejo y volver dentro de un rato. En cuanto a tener que llevar la ropa arriba y abajo, hay muchos cafés decentes en el distrito donde uno puede pasar el rato. ¿No es verdad?
El grupo se disolvió lentamente. Palieski no pudo decir si seguían pensando en volver, después de que el último hombre hubiera mencionado la posibilidad de una enfermedad. Pensó que sí. Los turcos, a fin de cuentas, son fatalistas. «Como yo.»
Que los baños pudieran ser clausurados a causa de alguna enfermedad le sorprendía más que la probabilidad de que todo el mundo regresara a pesar de ello.
Se preguntó qué debía hacer. Por un lado, había estado esperando quitarse la sustancia ennegrecedora de los pies. Por otro, aunque el retraso quizás no le haría llegar tarde con Yashim, no era tan fatalista como los turcos en cuestión de enfermedades.
Resolvió sentarse y tomar un café en alguna parte, sin dejar de vigilar el hammam. Si lo volvían a abrir, y eso parecía, decidiría si ir o no. En caso negativo, simplemente iría a ver a su amigo a la hora fijada y reservaría sus pies para la bomba de agua más tarde. O para el día siguiente por la mañana, recordó pensando en todo el vodka que llevaba en su bolsa.
Se dio la vuelta, anduvo un corto trecho colina arriba y eligió un café desde donde podía observar la puerta del hammam. Podía ver incluso más allá de la cúpula de los baños, y por encima de los tejados de detrás, para observar la puesta de sol en el mar de Mármara, bañando con su luz dorada los tejados y minaretes, las cúpulas y los cipreses.