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Despertó al sentir frío y gotas en la cara. Abrió los ojos sin entender dónde estaba. Después comprendió que estaba en el bosque y que había empezado a llover. Era de día. Detrás de una masa de nubes grises el sol resplandecía como una mancha mate. Volvió a cerrar los ojos sin moverse.
Algo en él le obligó a levantarse. Sin reflexionar, eligió una dirección determinada. Apoyándose en la escopeta, se arrastró por colinas, trepó por encima de vallas, tropezó en hondonadas fangosas. Pasó ante un cobertizo, pero no se detuvo. Tenía la sensación de que no debía apartarse de su camino. Veía la lluvia que caía con fuerza sobre él como a través de un velo. La percepción del tiempo había desaparecido. Ignoraba si llevaba andando una hora o cuatro… no lo sabía.
Un valle se abrió ante sus ojos. Distinguió casas. Primero reconoció el restaurante. No sintió el menor alivio. Percibía el viento y la lluvia sobre la piel.
Abrió bruscamente los ojos. A su alrededor no se veía ningún árbol. No estaba en el bosque. Yacía delante de la verja del jardín de la casa de vacaciones.
Se levantó, bajó la vista para mirarse. Tenía la ropa hecha jirones. Los antebrazos cubiertos de pequeños rasguños rojos. Las uñas tenían rebordes negros, como si hubiera manipulado aceite para motores. Le faltaba el sombrero. Pero por lo visto estaba ileso. Y sin dolores.
La puerta del jardín chirrió. Mientras caminaba por el sendero de gravilla hacia la puerta de la casa, se dio cuenta de que había desaparecido la escopeta. Apretó los puños inconscientemente.
– ¡Eeeeeeh!
Su voz se perdió en la casa.
Metió la cabeza en el trastero, en el cuarto del pimpón. Nada había cambiado. Irrumpió en todos los dormitorios. Todo permanecía inalterado.
En el cuarto de baño rehuyó su rostro en el espejo. Pero el breve momento en que se cruzaron sus miradas bastó. Vio que llevaba algo escrito en la frente.
El cristal bajo sus dedos lo sintió liso y frío cuando dirigió los ojos a la cara del espejo. Leyó lo que alguien había escrito en su frente con escritura invertida, de forma que él lo leyera bien: MUDJAS.
No sabía qué significaba Mudjas.
Contempló las letras con más atención. Parecían escritas con un rotulador, e incluso estaba seguro de conocerlo. Lo encontraría fuera, en la cabina del camión.
Clavó los ojos en las letras reflejadas.
¿Será él el verdadero y yo sólo un reflejo?
Se lavó la cara con la mano libre sin apartar los dedos del cristal. Primero lo intentó con el jabón corriente. Cuando las letras palidecieron un poco, tomó un cepillo tirado en el suelo con el que antes debían de fregarse los azulejos. Lo mantuvo bajo el chorro de agua caliente y a continuación se restregó la frente.
Después de haberse duchado sin pensar en la bestia lobuna, tiró a la basura sus ropas destrozadas y se puso ropa limpia. Cuando su mirada cayó sobre sus pertenencias de la maleta, recordó que la última vez que había estado allí así, mirando la maleta, aún no sabía lo que le esperaba. No sabía que se pasaría dos días vagando por el bosque. La maleta había permanecido allí, sobre la mesa, todo ese tiempo. No se había movido, había esperado. No había sido vista ni utilizada.
Puso a recargar su teléfono móvil en la cocina del restaurante. Comprobó, sorprendido, que el reloj digital situado junto al fogón marcaba las cuatro de la tarde. La lluvia había cesado, pero el cielo estaba cubierto de nubes y no se veía el sol.
Mientras la cazuela con agua para los guisantes crepitaba encima del fogón, Jonas buscó objetos que recordase. Todos los electrodomésticos de la cocina eran nuevos, al igual que el televisor que estaba unido mediante un cable a la antena parabólica emplazada encima del tejado. La sopera de un estante se le antojó conocida. La cogió, le dio vueltas entre las manos. Era tan honda y tan ancha que casi habría podido meter la cabeza dentro.
Cayó en sus manos una jarra de cerveza azul con la inscripción Lotta. Era curioso, pero desde que estaba allí no había pensado ni una sola vez en Lotta. Y sin embargo había dado muchas veces de comer a las gallinas con la criada coja. Al parecer ésa era su jarra personal. Sí, recordaba que ella bebía cerveza.
Volvió a recorrer la casa despacio. A veces rozaba un objeto, cerraba los ojos y grababa el momento en la memoria. Dentro de días, semanas, acaso meses, cerraría los ojos y se imaginaría cómo había tocado aquella lámpara o aquel sacacorchos, recordando lo que había pensado y sentido mientras tanto. Y el momento entonces transcurrido hacía mucho, era ahora. Justo ahora.
Se preocupó de cerrar todas las ventanas. Cogió de la barra una cuchara con mango de madera como recuerdo. En una bolsa metió cerveza. Con las posaderas apoyadas en la vieja estufa de leña comió los guisantes salados y aliñados con perejil. Fregó. La campanilla de la puerta repiqueteó de nuevo. Luego se encontró en la terraza.
Sabía que no regresaría jamás.
Llevó el bastón a la leñera y lo colocó detrás de la puerta. Lo contempló un momento, después lo saludó con una inclinación de cabeza y salió.
Cerró la puerta de la casa de vacaciones. Sacó del cuarto del pimpón un sillón que arrimó contra la puerta. Era consciente de que esa medida servía más bien para mantener viva la ilusión de que todavía no había renunciado del todo al guión.
Se sentó encima del arcón de la cocina americana y se tomó una cerveza.
Allí enfrente había jugado a las cartas y al Memory.
En ese banco había escuchado a los mayores mientras charlaban y bebían vino.
En aquel arcón se había escondido del tío Reinhard jugando.
Colocó la botella vacía detrás de la puerta, con las demás, y tomó otra nueva. Sacó la cámara del dormitorio, la enchufó y rebobinó. Cuando manipulaba los cables, recordó el sueño que debía haber tenido en algún momento de las últimas cuarenta y ocho horas.
Vagaban por una vasta pradera Marie, él y centenares de personas. Jonas no hablaba con nadie, y nadie hablaba con él. No veía ni siquiera las caras de la gente. Pero estaban allí, corriendo de un lado a otro.
Un monstruo venía de camino. Según contaban había sido visto en aquella cuesta. Algunas personas afirmaban -sin palabras-, que se encontraba en un huerto al otro lado del valle. De cuando en cuando se oía una vibración sorda, seguida de un temblor del suelo, como el producido por una explosión. Eso significaba que correteaba por ahí, cazando gente.
Entonces lo vio. La bestia tenía joroba, parecida a la de un camello, pero era mucho más ancha y pesada y caminaba medio erguida. Unas alas atrofiadas asomaban por su espalda. Con más de tres metros de altura, pateaba un huerto agradable. Las personas en fuga gritaban aterrorizadas. Lo peor eran los temblores de tierra, que demostraban el colosal tamaño de aquel ser y el peligro que emanaba de él.
Jonas se encontraba a unos veinte metros de distancia. El oso alado cazaba personas, y además a una velocidad que parecía imposible con un cuerpo tan gigantesco.
No, lo peor no era verlo. Ni los temblores, como había pensado al principio, ni el peligro. Lo peor era el hecho de que esa bestia existía de verdad. Que pateaba el mundo echando por tierra todo lo que él había considerado imaginable.
Oso alado, escribió en su cuaderno de notas. 1.500 kg. Sin voz, pataleo, cerca.
Echó una ojeada a las notas sobre otros sueños. Trataban a menudo de animales. O de seres parecidos. Eso le asombró. Los animales nunca habían sido importantes para él. Los respetaba como cohabitantes del planeta, pero jamás le habría pasado por la mente hacerse con un animal doméstico, por ejemplo.
Algo en las anotaciones le irritó. No descubrió qué. Leyó una y otra vez. Hasta que lo averiguó.
Era la letra.
Parecía haber sufrido una transformación casi imperceptible. Estaba un ápice más inclinada a la izquierda que antes y escrita con más fuerza. También veía por primera vez algunos ganchitos en las ges y en las eles. Ignoraba lo que eso significaba y a qué se debía.
Una profunda somnolencia lo invadió.
Abrió la ventana que daba al jardín. Sólo se oía el viento. Colocó la falleba y bajó las persianas.
Fue al dormitorio de puntillas, cerró la puerta del balcón y las contraventanas de madera. Revisó las demás ventanas, después cerró con llave la puerta de acceso a la planta baja y quitó la llave.
Tras presionar la tecla de reproducción de la cámara, se sentó en el arcón.
Se vio pasar junto a la cámara y deslizarse debajo de la manta. Pronto escuchó una respiración regular. El durmiente yacía en la cama en cuanto él se metió en ella.
Jonas miraba fijamente la pantalla. La cerveza atenuaba un poco su excitación. No obstante, miraba sin cesar por encima del hombro. Hacia atrás, donde se encontraba la ancha y vieja mesa de comer. Las cuatro sillas. La banqueta de tres patas. La estufa de leña.
El durmiente se levantó, saludó a la cámara y dijo:
– Soy yo, no el durmiente.
Se oyó abrirse la puerta. Los pasos se alejaron. Un minuto después oyó tirar de la cadena en el cuarto de baño. Jonas se vio saludando de nuevo a la cámara y deslizándose bajo la manta.
Rebobinó. No contempló al durmiente en los minutos antes de que se levantase y fuese al baño. Era él, estaba despierto y cavilaba. Se levantó, fue al baño y se acostó de nuevo. Su aspecto era idéntico al del durmiente.
Jonas dejó que la cinta siguiera su curso. El durmiente roncaba, el brazo delante de los ojos, como si la luz le deslumbrase. Antes del final de la cinta se cambió de lado otras dos veces. No sucedió nada más digno de mención.
Devolvió la cámara al dormitorio. Introdujo una nueva cinta. Se desvistió. En el baño, se lavó los dientes sin dar ni un solo segundo la espalda a la puerta. Tampoco se miró al espejo.
Sus últimos pensamientos antes de dormirse fueron para Marie. Habían estado separados con frecuencia y a Jonas apenas le importaba que ella se pasase unos cuantos días en Australia entre el vuelo de ida y el de vuelta. Estaban tan lejos el uno del otro que cualquier simultaneidad desaparecía. Si alzaba la mirada hacia el sol, no podía contar con que en ese momento se encontrasen sus miradas. Eso era lo más duro. Ya que estaban separados, al menos deberían poder unir sus miradas. Él se había consolado pensando que ella le enviaba el sol hacia occidente. Seguido por su mirada.
¿Se habrían cruzado ese día sus miradas en el cielo?