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La carretera parecía desfilar junto a Jonas sin que él se moviera del sitio. Su coche no producía el menor ruido, los carriles pasaban volando a su lado, el paisaje cambiaba, pero él parecía estar quieto.
El auto sin ruedas pasó lanzado a su lado. Jonas, rígido, levantó el brazo. No podía agitarlo. Se volvió y miró cómo el coche sin ruedas se empequeñecía. Cuando volvió a mirar hacia delante, reparó en que el paisaje desfilaba ahora mucho más despacio. Pisó de nuevo el acelerador y todo volvió a ser como era.
Poco antes de oscurecer se detuvo cerca de Northampton para comer algo. Registró la cocina de un local, pero no encontró más que tostadas pasadas, tocino rancio y unos huevos que no se atrevió a tocar. Al darse la vuelta para irse, descubrió unas latas de conserva en un estante. Vació su contenido en una cazuela, sin importarle de qué se tratara.
Estaba oscuro. Se dio cuenta de que viajaba. Parecía acostumbrarse a las consecuencias del medicamento y a sus efectos secundarios. Estaba despierto y despejado, ni rastro de cansancio. Su corazón latía desbocado y tenía la frente empapada de sudor. Si se lo limpiaba, la película volvía a aparecer diez segundos después. Pronto Jonas sólo se limpiaba por pura costumbre.
Poco a poco iba recuperando su capacidad intelectual. Sabía que se dirigía hacia el norte, que era de noche y que llevaba horas viajando. Sabía que había parado y comido en Northampton. Por el contrario se le había olvidado qué había comido y si había bebido algo. O si se había detenido allí más tiempo y había hecho alguna cosa más. Pero eso carecía de importancia.
Viajaba.
En cierto momento necesitó hacer una pausa. Se detuvo en medio de la carretera y echó el asiento hacia atrás. No existía el menor peligro de que se quedara dormido, no estaba somnoliento, sólo necesitaba relajar los miembros.
Cruzó las manos delante del pecho y cerró los ojos.
Volvieron a abrirse.
Los cerró.
Se abrieron de nuevo.
Cerró convulsivamente los párpados. Sus ojos ardían. En sus sienes latían las venas, sentía y oía.
Los ojos volvieron a abrirse.
Durante un rato permaneció como un búho, la mirada clavada en el techo del coche. Después colocó el asiento en su posición normal y prosiguió el viaje. Se limpió la frente y los ojos.
Cuando se detuvo en una gasolinera en Lancaster, ya se adivinaba la aurora en el horizonte. Salió del coche. Hacía frío. Buscó en el maletero algo que ponerse, pero contenía únicamente una lámina de plástico sucia.
Esperó saltando y frotándose los brazos mientras la gasolina fluía hacia el depósito. Iba despacio. Algo fallaba en el dispositivo de llenado. Se sentó en el coche, cerró la puerta y observó desde el interior cómo giraba el tambor de números en el indicador.
Notó una cierta extrañeza.
Tenía la impresión de haber estado antes allí, lo que naturalmente no era cierto. Pero no podía desembarazarse de la sensación de que ya había visto una vez esa pequeña gasolinera con el techo plano de hormigón y la chimenea en forma de embudo… cuando aún se encontraba en otro lugar. Era como si hubieran arrancado un lugar que él conocía y lo hubiesen transplantado allí.
Miró hacia fuera por los cristales. Nada. Por lo que acertaba a ver no había nada ni nadie cerca. Desde hacía seis semanas no había estado nadie allí.
Una trampa. Ese dispositivo de llenado increíblemente lento era una trampa. Para él. Ya no podía bajar del coche. Tenía que marcharse de allí.
Tras bajar la ventanilla lateral trasera, se volvió de repente. No había nadie a su espalda. Se asomó por la ventana y retrocedió dando un respingo. Ninguna mano se metió dentro. Volvió a sacar la cabeza. Se giró. Nadie detrás de él. Ningún ser extraño, ninguna bestia lobuna. A pesar de que él lo vio. En las fracciones de segundo que miró por la ventana, había algo a su espalda. Había algo detrás de él y miraba su espalda.
Alargó la mano por la ventana, soltó la pinza de la espita, dejándola caer al suelo. Cerró la tapa del depósito sin enroscar el cierre. Subió la ventanilla, se instaló en el asiento del conductor, aceleró.
Miró por el retrovisor.
Nadie.
Encendió la luz interior, se volvió.
Tapicería sucia. Porquerías. Un CD.
Apagó la luz. Miró por el retrovisor.
Se limpió la frente.
Escuchó.
Las ocho de la mañana. Smalltown.
El sol estaba en el cielo, pero Jonas tuvo la impresión de que era un sol de película, una imitación. Como si el firmamento fuera una lona pintada, igual que en un estudio cinematográfico. No percibía los rayos del sol. Tampoco el viento.
Contempló la casa, el número, la valla. En un cartel anunciador una joven hacía publicidad de un producto del que nunca había oído hablar.
Se tomó otra pastilla sin pensárselo dos veces. De repente se preguntó cómo había llegado allí. No es que no se acordara del viaje, pero se había vuelto todo tan irreal… Nada parecía real, ni el viaje, ni el coche, ni su entorno. Esas pastillas… tan fuertes…
Apoyó las manos en el volante. Tú. Eres tú. Aquí y ahora.
Smalltown. Allí vivían la hermana de Marie, que se había casado con un sacristán, y su madre, que tras la muerte de su marido se había ido a vivir con su hija menor. Allí pasaba Marie unas cortas vacaciones dos veces al año. Él nunca la había acompañado, pretextando el trabajo, pero en realidad Jonas sentía desde siempre aversión a conocer a los padres de sus novias.
Ésa era la casa. El número era correcto, y la descripción se correspondía con la que le había ofrecido Marie. Un edificio de ladrillo de dos plantas en un barrio de las afueras.
Jonas abrió de una patada la puerta del coche, pero no bajó. Examinó a la mujer del cartel. Le recordaba a una actriz que había admirado mucho. Por su culpa había aplazado reuniones y cancelado citas en la época en que aún no disponía de vídeo. Él siempre había albergado un profundo sentimiento de gratitud por haber podido ser contemporáneo suyo.
Muchas veces se había imaginado qué habría ocurrido si hubiera nacido en otra época, con otros contemporáneos. En el siglo XV, o hacia el año 400, o mil años antes de Cristo. En África o en Asia. ¿Habría sido el mismo?
Era casualidad con quién convivía uno. El camarero del local, el carbonero, la maestra, el vendedor de coches, la nuera. Ellos eran sus contemporáneos. La cantante, el presidente, el científico, el presidente de la junta directiva, ésas eran las personas con las que uno compartía el planeta en su época. Dentro de cien años las personas serían diferentes y otros los contemporáneos. En el fondo los contemporáneos, aunque habitasen en otra región del mundo, eran algo casi privado. Igual de bien habrían podido vivir quinientos años antes o después. Pero vivían ahora, con él. Así lo experimentaba Jonas, que había sentido lisa y llanamente agradecimiento hacia algunos contemporáneos por el mero hecho de vivir en la misma época, de respirar el mismo aire, de presenciar la misma mañana que él, la misma puesta de sol. Y le habría gustado decírselo.
En determinados momentos había especulado: ¿Era Marie la mujer que le tenía reservada el destino? ¿La habría encontrado en cualquier circunstancia? ¿Habrían podido encontrarse también diez años más tarde? ¿Con idéntico resultado? ¿Existía quizá en algún lugar del mundo alguien destinado para él? ¿Habría quizá perdido por los pelos a esa persona? ¿Había estado con él en el autobús? ¿Se llamaba Tania, vivía con Paul, era desgraciada con Paul, tenía hijos con Paul, meditaba ella si habría habido alguien distinto?
¿O vivió en otros tiempos una mujer con la que él debía estar unido? ¿Acaso había vivido ella ya, había sido contemporánea de Haydn o de Schönberg? ¿O no había nacido aún y él había llegado allí demasiado pronto? Él no había excluido nada de esas reflexiones. En el fondo le interesaba más la respuesta que la pregunta.
Respiró hondo y se apeó del coche. Se dirigió a la puerta del edificio para leer en el portero automático los nombres de los vecinos.
T. Gane / L. Sadier
P. Harvey
R. M. Hall
Rosy Labouche
Peter Kaventmann
F. Ibanez-Talaverá
Hunter Stockton
Oscar Kliuna-ai
P. Malachias
Ése era el nombre. Malachias. Así se llamaba el hombre que se había casado con la hermana de Marie. El sacristán.
Jonas volvió a respirar hondo, después abrió la puerta. No pensó en buscar un arma. A pesar de que estaba oscuro y de la luz mortecina de la escalera, no abrigaba el menor temor. Le impulsaba una mezcla de nostalgia y desesperación y nada le habría obligado a dar media vuelta, aunque se topase con algo desagradable.
La vivienda estaba en el segundo piso. Presionó el picaporte. Estaba abierto.
Encendió la luz. Lo primero que captó su mirada fueron los zapatos de ella. En ese mismo momento recordó que los habían comprado juntos en una tienda de Judengasse. Se frotó los ojos.
Cuando alzó la vista, divisó su chaqueta colgada del perchero. La cogió. Acarició la tela. Enterró el rostro en ella, aspiró su aroma.
– ¡Eh! -exclamó con voz átona.
Recordó el resto de sus vestidos. Los que estaban en ese instante en Brigittenauer Lände. Qué lejos… A miles de kilómetros.
Era una vivienda espaciosa. De la cocina accedió al cuarto de estar y desde allí a un dormitorio que debía ser el de la hermana de Marie y su marido. La habitación siguiente estaba claramente ocupada por una señora mayor. Se notaba en los diferentes objetos, pero también en el orden y en el olor.
La última habitación estaba al final del pasillo. Una mirada le bastó para tener la certeza. La maleta de Marie junto a la pared. Su bolsa de cosméticos sobre la cómoda. Sus zapatillas, que se llevaba a todas partes, delante de la cama. Encima, su camisón. Sus vaqueros, su blusa, sus joyas, su sujetador, su perfume. Su móvil, al que había llamado tantas veces, en cuyo buzón de voz había dejado sus noticias. La batería estaba descargada. Y él no sabía el PIN de Marie.
Tiró la maleta encima de la cama, abrió de golpe los armarios, empaquetó todo lo que pudo, prestando tan poca atención a la raya del pantalón como a la posibilidad de que las suelas de los zapatos manchasen las camisas.
Hizo una ronda de inspección. No encontró nada más. Arrodillándose encima de la maleta, cerró la cremallera.
Estaba tumbado en su cama, la cabeza encima de su almohada. Le calentaba su manta. Su aroma le envolvía. Le parecía extraño que ella estuviera allí mucho más presente que en la vivienda en la que vivían. Seguramente se debía al hecho de que éste había sido su último hogar.
Oyó un ruido, de procedencia ignota. No se asustó.
No había consultado el reloj, así que tampoco podía decir cuánto tiempo había permanecido acostado. Era después de mediodía. Sacó la maleta al coche, regresó por última vez y buscó algo que le hubiera pasado desapercibido. En la papelera encontró una lista de la compra manuscrita. Era la letra de Marie. Tras alisar la nota, se la guardó.
Conducía con indiferencia. De vez en cuando giraba la cabeza, pero no por preocupación de que pudiera haber alguien sentado en el asiento trasero, sino para cerciorarse de que la maleta estaba realmente allí. Se detuvo para comer y beber, y apiló en el asiento del copiloto botellas de agua mineral. Desde esa mañana lo atormentaba una sed casi insaciable, seguramente otro efecto secundario de las pastillas. Cuando orinaba, el chorro tenía un color rojizo. Sacudiendo la cabeza, Jonas sacó otra pastilla más del paquete. Sentía los hombros entumecidos.
Pronto dejó de saber el tiempo que llevaba viajando. Las distancias parecían relativas. Lo que figuraba en los rótulos indicadores carecía de significado. Acababa de pasar por Lancaster, y poco después tomó la salida a Coventry. Sin embargo el tramo entre Northampton y Luton parecía precisar horas. Se miró los pies que pisaban los pedales.
Cuando era joven, los suicidios de estrellas musicales y cinematográficas le habían planteado interrogantes. ¿Por qué se mataba alguien que lo tenía todo? ¿Por qué se suicidaba gente que ingresaba millones en el banco, que celebraba fiestas con otras celebridades, que se acostaba con las personas más famosas y deseadas del planeta? Porque eran personas solas, decía la respuesta, solas y desdichadas. Qué tontería, se decía Jonas, uno no se mata por eso.
Esa cantante de entonces no habría debido cortarse las venas, sino telefonearle. Él habría sido un buen amigo suyo. La habría escuchado, la habría consolado, la habría acompañado en avión de vacaciones. Ella habría tenido un amigo que no habría podido encontrar entre sus colegas estrellas. Él habría estado por encima de esas cosas, habría recompuesto su mente, con él ella habría sentido suelo firme bajo los pies.
Así pensaba Jonas. Más tarde comprendió por qué se mataban esas personas: pues por la misma razón que la gente corriente y los pobres. No estaban contentos consigo mismos. No soportaban estar a solas, y se habían dado cuenta de que la compañía ajena mitigaba el problema, lo relegaba a segundo plano, pero no lo resolvía. Ser uno mismo veinticuatro horas al día, nunca otro, era en algunos casos una merced, en otros una condena.
En Sevenoaks, al sur de Londres, cambió el coche por un scooter. Éste ofrecía espacio suficiente para sujetar la maleta entre las piernas y el manillar. ¿Resistiría cincuenta kilómetros de ese modo? Eso era harina de otro costal. Pero necesitaba un vehículo de dos ruedas, no tenía ganas de atravesar el túnel a pie. El sol del crepúsculo contribuyó a su búsqueda. Jonas había querido ahorrarse cruzar Dover sumido en la oscuridad.
Mientras viajaba en el scooter por la autopista a ochenta o noventa kilómetros por hora, intentaba encontrar cada pocos minutos una postura más cómoda para las piernas. Las acercaba al pecho y colocaba los pies con cuidado encima de la maleta, ponía los muslos sobre la maleta y bamboleaba los pies, incluso cruzó una pierna. No encontró una postura relajada. Cuando se hizo de noche, encajó las piernas entre la maleta y el asiento. Y así se quedó.
Era como si el viento de la marcha refrescase su discernimiento. Pronto se sintió más despejado y se desvaneció la sensación de moverse debajo del agua. Podía reflexionar sobre lo que se avecinaba. Primero cruzar el túnel, después Francia, Alemania. Recoger las cámaras. Todo eso con las pastillas. A toda mecha.
Ya no volvería a dormir nunca más.
Poco antes de llegar a su destino reconoció, a pesar de la oscuridad, un silo de cereal. Desde allí apenas faltaban dos kilómetros hasta la entrada del túnel. Pero si doblaba a la derecha llegaría al prado en el que había pasado la noche.
No supo por qué lo hizo. Algo en su interior le obligó a virar. Cuando el cono de luz del scooter acarició la hierba por delante de él, automáticamente todos sus músculos se pusieron en tensión. El viento arreciaba. El silencio pareció tornarse más natural, y era justo eso lo que le desagradaba. Sin embargo no dio la vuelta. Algo lo atraía. Al mismo tiempo sabía que actuaba de manera insensata, que no había ningún motivo para esa escapada.
Apagó el motor delante de la tienda, pero dejó encendida la luz. Se apeó.
La motocicleta con las ruedas pinchadas. La extensión de la tienda. Esterillas tiradas, una colchoneta hinchable sin aire, un mapa de carreteras roto. Dos sacos de basura. Y sus ropas, donde las había dejado. Las recogió, estaban casi secas. Se despojó de las prendas ajenas y se puso el pantalón y la camiseta. Los zapatos, sin embargo, estaban inservibles. El cuero había encogido con la humedad, ni siquiera podía ponérselos.
Apagó la luz del scooter para no quedarse allí inmovilizado sin batería.
A pesar de su tremenda resistencia, se introdujo en la tienda. Con la mano palpó la linterna. La encendió. Dos mochilas. Latas de conservas. El hornillo de gas. El discman y los CDs. El periódico. La revista erótica.
Había pernoctado allí cinco días antes.
Ese saco de dormir había estado allí solo cinco días. Y anteriormente, antes de que él llegase por primera vez, más de un mes. El saco de dormir. Solo. Y desde ese momento estaría allí solo.
Algo rozó ligeramente el doble techo de la tienda.
– ¡Eh!
Oyó un ruido rasposo. Sonaba como si alguien buscase la entrada por el lugar equivocado. Jonas esforzó los ojos, pero no logró distinguir nada, ni figuras, ni contornos. Sabía que era el viento, que sólo podía ser el viento. No obstante tragó saliva. Tosió.
No hay que asustarse de lo que tenga voz, se dijo entre dientes.
Abandonó la tienda esforzándose por moverse con tranquilidad. El aire era claro. Respiró hondo. Puso en marcha el scooter sin girar la cabeza. Saludó levantando el brazo.
Nunca más. Nunca más en su vida regresaría a ese lugar.
Estas ideas ocupaban su mente mientras se encaminaba hacia el túnel y cuando se sumergió en el tubo negro y el ronco zumbido del motor inundó el espacio que le rodeaba. Había visto esa tienda, esos sacos de dormir, esos CDs por última vez, nunca volvería a verlos, se había acabado, acabado, algo tenía un final. Era consciente de que se trataba de objetos irrelevantes, elegidos al azar. Para él sin embargo tenían importancia, aunque sólo fuera porque los recordaba mejor que otros. Eran objetos que había tocado, cuyo contacto sentía aún, y de los que se acordaba con la misma nitidez que si los tuviera delante. Y que no volvería a sentir. Punto final. Acabado.
Se abrió paso entre el tren y la pared del túnel. Tras el último vagón se ayudó con los brazos. Cogió el manillar de la DS. Cuando se sentó, salió aire del asiento con un siseo, como de costumbre. Un ruido familiar. Sonrió.
– Hola -susurró.
El ciclomotor esperaba desde que lo había dejado. Había permanecido en ese lugar bajo el mar mientras él viajaba por Inglaterra. No había oído ni visto nada, había estado allí detrás del tren. Había estado allí en la oscuridad cuando él había llegado a Smalltown. Había estado. Allí. Con ese manillar y ese asiento y ese reposapiés. Clac-clac. Con ese cambio de velocidad. Allí. Mientras él había permanecido muy lejos.
Ahora el scooter estaba al otro lado del tren. Y seguiría allí durante mucho tiempo. Hasta que se convirtiera en chatarra de puro viejo. O hasta que se desplomase el techo del túnel. Años y años. Solo en la oscuridad.
Sujetó la maleta entre su cuerpo y el manillar. En el scooter tenía más sitio, pero la DS bastaba para viajar en línea recta en un túnel. Pisó el pedal de arranque. El motor petardeó y la luz se encendió de nuevo.
– ¡Ah! -exclamó Jonas en voz baja.
Cuando llegó al otro lado, las estrellas titilaban por encima de su cabeza y se sintió en la obligación de saludarlas una a una. La luna brillaba, el aire era tibio. Reinaba el silencio.
Encontró el camión donde lo había dejado. Golpeó la pared con el puño. Dentro no se movió nada. Esperó un minuto. Abrió la portezuela posterior con suma cautela. Atisbo dentro. Oscuridad.
Se izó hasta la caja. Sabía más o menos dónde encontrar una linterna. Mientras la buscaba a tientas, cantaba a grito pelado una canción de la guerra que le había enseñado su padre. Cuando no podía recordar la letra, improvisaba con tacos marciales.
Encendió la linterna. Buscó por todos los rincones de la caja, alumbró el suelo incluso por debajo de los asientos. No le habría extrañado encontrarse un paquete de explosivos o meter la mano en un baño de ácido, pero no descubrió nada que le pareciera sospechoso.
Rodó la DS hasta el espacio de carga. Cuando quiso fijarla a la barra, el suelo pareció oscilar bajo sus pies. Al mismo tiempo escuchó un tintineo.
Bajó a tierra de un salto. Allí percibió una oscilación aún más fuerte. Sintió mareos. Se tumbó.
Un terremoto.
Mientras lo pensaba, ya había concluido. No obstante permaneció en el suelo, con los brazos y piernas estirados. Esperó unos minutos.
Un terremoto. Pero leve. Sin embargo, un terremoto en un mundo en el que sólo existía una persona, inducía a la reflexión. ¿Era un fenómeno habitual de la naturaleza que obedecía a un proceso que no estaría concluido todavía dentro de millones de años, concretamente a la deriva de las placas continentales? ¿O era un mensaje?
Después de haber pasado diez minutos tumbado en el suelo desnudo y de que hubieran vuelto a mojarse sus ropas en el prado, se atrevió a retornar al camión. La puerta trasera se levantó con un zumbido. Encendió todas las luces. Se quitó la ropa mojada. Sacó pantalón y zapatos de un armario.
Mientras se mudaba, recordó lo que habían informado hacía años sobre otro terremoto. No había sido en la Tierra, sino en el Sol. Su intensidad fue de 12 en la escala Richter. El terremoto más fuerte medido nunca en la tierra había alcanzado los 9,5. Como a pesar de todo nadie podía imaginarse algo de intensidad 12, los científicos explicaron que el terremoto solar sería comparable al que se produciría cubriendo todos los continentes de la Tierra con un metro de altura de dinamita y detonando ese explosivo al mismo tiempo.
Un metro de altura de dinamita. En todo el mundo. Explotando a la vez. Eso era intensidad 12. Sonaba formidable. Pero ¿quién podía imaginarse de verdad la devastación que causaría una explosión de 150 millones de kilómetros cúbicos de dinamita?
Él se había imaginado ese terremoto, en el Sol. Nadie había estado allí para verlo. El Sol había temblado sólo para sí mismo. Con una intensidad 12. Sin Jonas. Sin testigos. Nadie había visto ese terremoto, al igual que nadie había visto aterrizar el robot en Marte. Pero había sucedido. El Sol había temblado, el robot de Marte había flotado hasta la superficie del planeta. Había sucedido. Y había ejercido influencia sobre otros acontecimientos.
Al amanecer recogió en Metz la primera cámara. Se convenció alborozado de que no había llovido y de que el aparato funcionaba. Rebobinó. Parecía haber grabado. Habría preferido ver la cinta en el acto, pero no tenía tiempo.
A pesar de que los ojos le ardían cada vez más, prosiguió su viaje. De momento renunció a tomarse otra pastilla. Su cuerpo no luchaba con el cansancio, sino con problemas mecánicos: los ojos, las articulaciones… Era como si le hubieran extraído la médula de los huesos. Se tomó un Parkemed.
Miraba fijamente la banda gris que había ante él. Ése era él, Jonas. En la autopista, camino de Viena. De casa. Con la maleta de Marie. Con enigmas.
Pensó en sus padres. ¿Le estarían viendo ahora? ¿Estarían tristes?
A él siempre le entristecía ver sufrir a alguien: pensaba en los padres del afectado. Se imaginaba qué sentirían viendo así a su hijo.
Si veía trabajando a una limpiadora se preguntaba si su madre se afligiría porque la hija tuviera que desempeñar un trabajo tan ínfimo. O cuando veía los calcetines sucios, rotos, de un vagabundo que dormía la mona en un banco. También él había tenido una madre y un padre y seguro que ambos se habían imaginado diferente el futuro de su hijo. O el obrero que perforaba el asfalto de la calle con el martillo neumático. O una tímida mujer joven que esperaba, temerosa, el diagnóstico en la consulta de un médico. Sus padres no estaban presentes. Pero si pudieran ver a su hija, se sentirían desgarrados por la compasión. Era una parte de ellos. De la persona que habían criado, a la que habían cambiado los pañales, a la que habían enseñado a hablar y a andar, con la que habían superado enfermedades infantiles, a la que habían llevado al colegio. Ellos habían guiado su vida desde el primer día y la amaban desde el primer segundo hasta el último. Ahora esa persona se encontraba en apuros. No llevaba la vida que ellos le deseaban.
Jonas siempre pensaba en los padres cuando veía a un niño en el arenero del parque molestado por otro mayor. Cuando veía a los obreros de rostros demacrados y uñas sucias, tosiendo, los cuerpos consumidos, las mentes abotargadas. Cuando veía a los fracasados. A los dolientes. A los temerosos. A los desesperados. Se les notaba la pesadumbre de sus progenitores, no sólo la propia.
¿Lo verían sus padres en ese momento?
Después de haber recogido otra cámara en Saarbrücken, se tomó la siguiente pastilla. Escuchaba el rumor de una cascada que sólo existía en su imaginación. Miró a su alrededor. Estaba sentado al borde de la caja bamboleando las piernas. Una botella de agua mineral se había volcado a su lado y el líquido había caído a la carretera. Bebió y cerró el tapón.
Viajaba, cargaba cámaras. A ratos meditaba con plena consciencia sobre las dificultades que le esperaban, después volvía a dejar volar la imaginación. De este modo se deslizaba a veces en un mundo que le desagradaba y tenía que abandonarlo a la fuerza, proyectando en su mente imágenes y temas que daban buen resultado. Imágenes de un desierto helado. De la playa.
Viajaba a toda velocidad. Comprendía que de noche le costaría encontrar las cámaras que había colocado en la carretera. Tuvo que detenerse tres veces: una para ir al baño, otra por hambre y la tercera porque ya no soportaba ir sentado y le dio la impresión de que iba a volverse loco si no bajaba inmediatamente y daba un paseíto.
Llegó a Regensburg. Cargó la cámara. En el área de descanso en la que había comido a la ida recorrió despacio la tienda de la gasolinera observando los estantes repletos de dulces y aperitivos. No le apetecía nada de eso, sólo quería andar y dejar volar su mente.
Hojeó revistas deportivas. Intentó comprender el contenido de un artículo de un periódico turco. Jugó con los botones del cuadro de mandos de la luz. Empujó una cesta metálica llena de botellas de aceite para motores delante de la gasolinera y la contempló en la pantalla de la cámara de vigilancia. Se situó delante de la cámara haciendo muecas. Regresó junto al monitor. Vio la cesta con las botellas.
Antes de rayar el día, retornó a la cabina del camión. Cerca de Passau estaba tan claro que reconoció el almacén de la Dirección General de Carreteras cuando pasó justo por delante.
En la frontera austríaca sintió que se había quitado un peso de encima. Antes también había experimentado a menudo esa sensación, pero sólo cuando viajaba en la otra dirección. Ahora casi había terminado. Dos cámaras más. Luego, a Viena. Después haría el resto.
Miró la maleta que estaba detrás de él, en la litera. Eso había sido ella. Ella, con la que había sentido que formaba parte de algo grande. No necesitaba confirmación ajena para saber que Marie había sido la elección correcta. Pero para otras cosas habría deseado un oráculo similar. ¿Cuándo en su vida había estado en gravísimo peligro de muerte sin darse cuenta? La respuesta habría debido ser más o menos: el 23 de noviembre de 1987, cuadro eléctrico no garantizado, no abierto por casualidad. O: 4 de junio de 1992, había querido decirle algo agresivo al hombre descarado en el bar, pero finalmente se tragó el enfado, de lo contrario habría resultado muerto en la pelea. También le habrían interesado cosas más profanas: ¿Qué profesión hubiera debido elegir para hacerse rico? ¿Cuándo, dónde y qué mujer se habría ido inmediatamente a casa con él? ¿Se había topado con Marie antes de su primer encuentro, sin recordarlo? O ¿había en algún lugar del mundo una mujer que lo buscaba exactamente a él? Respuesta: Esther Kraut en la calle talycual de Ámsterdam, ella te habría visto y se habría lanzado inmediatamente a por ti.
No, eso era demasiado barato. La respuesta habría sido: Tú ya la has encontrado.
Pregunta: ¿Qué mujer famosa se habría enamorado de mí si yo hubiera hecho algo? Respuesta: La pintora Mary Hansen, si en la noche del 26 de abril de 1997 en el vestíbulo del Hotel Orient de Bruselas le hubieras regalado espontáneamente y sin palabras un amuleto de la suerte.
Pregunta: ¿Quién habría podido ser mi mejor amigo? Respuesta: Oskar Schweda, calle Liechtenstein 23, 1090 Viena.
Pregunta: ¿Cuántas veces me ha engañado Marie? Respuesta: Ninguna.
Pregunta: ¿Con quién habría tenido los hijos más guapos? Respuesta: Con tu masajista, Lindsay, habríais tenido a Benny y Anne. Qué sabía él.
Sacó otra pastilla de la caja y la deglutió con cerveza.