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42. Adiós, Depresivos

La culpa, como el agua, se calma. La policía no pudo procesarlos al no haber encontrado pruebas contra ninguno de ellos, a pesar incluso de las pesquisas a medianoche. Sin embargo, todos los que habían estado envueltos en el incidente fueron amonestados de forma oficial. Después de que el verano hubiera pasado, tuvieron que pensar en los exámenes finales. Si Sam y Clive se pusieron a estudiar aquel año fue por deferencia hacia Alice.

Debido a las heridas que se había inflingido, Alice no pudo hacer los exámenes, de modo que repitió un año para pasarlos a la vez que Sam y Clive. Con el tiempo las heridas se curaron, pero no tenían buen aspecto. Al menos, las cicatrices en forma de escalera que tenía en el brazo izquierdo y sobre el lado derecho de las costillas podían cubrirse con la ropa casi siempre. El caso era que Sam y Clive de algún modo sentían que debían ponerse a estudiar en serio para ayudar a Alice.

Funcionó porque todos aprobaron los exámenes con unas notas más que respetables. Fue un alivio que algo por fin hubiese funcionado. Aunque nunca se había dudado de ello, Clive iría a Oxford para estudiar Microbiología. Sam estaba preparado para estudiar Astrofísica en una universidad de Londres, si es que podía abandonar a su hermana pequeña a su suerte. Alice había suspendido su carrera académica por un tiempo, aunque se había asegurado un lugar en una facultad de Magisterio en Sheffield. Con frecuencia hablaba de tomarse un tiempo para viajar.

Terry no consiguió llegar a ser futbolista profesional, al no entrar en las alineaciones ni del Coventry City ni del Aston Villa, pero se mostraba bastante animado con el trabajo. Disfrutaba de la sensación de tener dinero en el bolsillo gracias a su trabajo como pintor y era generoso cuando llegaba la hora de pagar rondas en el Gate Hangs Well y el club de folk. Ian Blythe fue el único adulto que nunca los acusó por lo que había ocurrido, aunque les dio algunos consejos una noche mientras recogían las sillas tras el cierre del club.

Un poco embotado por haber tomado unas cuantas pintas de Guinness, los reunió a los cuatro.

– Escuchad-dijo-. Escuchad. Miradme. La mayoría de las drogas convierten en estúpidos a la mayoría de las personas. Así es.

Entonces asintió juiciosamente, en absoluta concurrencia con esta opinión, eructó y se fue tambaleándose hacia el baño.

El que iba a ser el último verano en Redstone pasó entre nieblas y una ola de calor. Los cuatro se fueron de vacaciones juntos, a una caravana en Norfolk, para ignorar de manera escrupulosa el decreto de Blythe sobre las drogas. Clive quería probar aquella droga que había causado tantos problemas.

– Simplemente para averiguar qué es lo que salió mal -dijo una vez que Alice estaba fuera de la caravana.

Sam y Terry le contestaron con miradas hostiles.

– Vale -dijo Clive-. No era más que una idea.

A veces Sam de verdad no sabía si él estaba soñando a la duende o si, como ella afirmaba, ella era la que lo soñaba a él.

– ¿Aún piensas en suicidarte?

– Sí -dijo Sam-. Porque así te mataría. Y al hacerlo, protegería a los demás. Ahora he visto cómo lo haces. Le hablas a la gente para que se destruya. Probablemente le dijiste al padre de Terry que se suicidara y matara a toda su familia. También le dijiste a Derek que se estrellara. Se lo dijiste a Alice, y lo habría hecho si no hubiese llegado la ambulancia.

– Estás equivocado. Tú eres el responsable de lo que le pasó a Alice, no yo. Tú le diste la cuchilla.

– Mientes -dijo Sam con una mueca de dolor-. Vi cómo le dabas la cuchilla.

– Pero yo solo actúo según tus órdenes -dijo la duende-. Por entonces odiabas a Alice. Te hacía sentir celoso. Yo respondí a eso. Recuerda todas las veces que vine a por ti cuando estabas enfadado, o asustado, o herido.

Sam echó la mirada atrás.

– ¿Te alimentas de cosas así, igual que te alimentas de dientes?

– Es una compensación. Siempre obtienes algo a cambio. Pero es una asociación injusta, Sam. Tú nunca das nada de ti. Por eso a veces se tuercen las cosas.

– ¿Qué? ¿Qué es lo que supone que yo debo dar?

La duende se encogió de hombros.

– Los dientes, el alma, amor.

Miró a la duende, sentada en el alféizar. Parecía triste, exhausta y vacía.

– De todas las veces en que me he dado a ti, ¿cuántas has estado satisfecho por simplemente tenerme? Me tumbo en tu cama. Sé Linda, dices. Sé Alice. Sé esta, sé aquella. Nunca quieres que sea yo. Y siempre que tu necesidad me llama, vengo. Estoy encadenada a ti, Sam. Ya te lo dije, eres mi pesadilla.

– Pero si soy tu sueño, ¿dónde estás cuando despiertas? ¿Adónde vas?

– De eso se trata. No te ofreces a mí. Así que nunca irás al lugar donde yo voy.

– Eso no es verdad.

La duende se incorporó. Pareció que de repente se fortalecía.

– ¿Lo harías? ¿Vendrías conmigo? ¿Ahora?

– Sí. Sí lo haría.

Y el mundo dio un tumbo. Y el mundo se reinventó a sí mismo.

Sam se encontró en el bosque de Wistman. Pero estaba cambiado. En lugar de árboles por los que se extendiesen senderos, había pilares de luz blanca en forma de árbol, brillantes como una bengala de magnesio, por los que caminar, y el espacio que debería haber existido entre los árboles era impenetrable. Podía moverse saltando de un punto de luz a otro punto de luz. Y los helechos, los senderos impracticables, el suelo lleno de hojas secas y el espacio entre los pilares con forma de árbol eran de un color lila y malva. Si intentaba caminar más allá de los pilares de luz, se le cortaba el paso y el color se introducía en su piel hasta que también él era lila y malva.

Sintió la garra de la ansiedad en sus entrañas. Podía sentir que la duende estaba cerca de él pero no podía verla. Y sentía que le pesaban los dientes. Como si fuesen de un extraño metal introducido en las encías lila, y cuando los rozaba con la lengua, sabía que estaban afilados en punta.

Por fin la encontró, iluminada dentro de un pilar de luz con la forma de un árbol que extendiese sus ramas. Le sonrió, y en su boca no había puntas de dagas. Estaba radiante. Nunca la había visto con un aspecto tan hermoso. Las ropas que habían parecido raídas en su mundo ahora eran prístinas y resplandecientes, y emitían una luz estroboscópica de rayos iridiscentes. Ella le hizo un gesto para que la siguiera.

Avanzaron por el bosque, saltando de luz en luz. Entonces se detuvieron y, tomándolo de la mano, señaló una extraña flor que crecía de un tazón roto de luz. La flor de largo tallo tenía forma de trompeta y era de un blanco ácido. Dentro de la trompeta de pétalos había un estambre con forma de tubérculo del color de una sombra lila. En la antera del estambre había un polvillo amarillo de aspecto ponzoñoso. La duende extendió la mano, agarró el tubérculo lila y recolectó el polvo amarillo con el dedo. Miró a Sam, se puso el dedo en la boca y lo chupó hasta limpiarlo. Cogió más cantidad con el dedo y se lo ofreció a Sam.

Lamió la sustancia que tenía en el dedo. Burbujeó en su lengua. La duende ladeó la cabeza, encantada con su sorpresa. Recogió más cantidad de aquel extraño polen, se la volvió a ofrecer y de nuevo burbujeó en su boca. En esta ocasión sintió vapores que le subían al cerebro.

Mientras se reía, la duende se quitó la ropa. Avanzó con pasos cohibidos hacia él y lo desnudó. Agitó más polen de la flor, se lo extendió por el pecho y los brazos, y se lo frotó por los muslos. Entonces insertó parte del material en su vagina. Sam sintió que se excitaba, pero al hacerlo se le entumeció el cuerpo, como si toda la piel se le estuviese llenando de sangre.

La duende presionó su cuerpo contra el de él. Su piel vibró llena de luz, caliente.

– ¿Quién quieres que sea? -se oyó a sí mismo decir. Su voz sonaba como un viento extraño. -Sé tú mismo.

Tenía los pezones erectos como briznas de hierba, y al apretarse contra él, sintió que penetraban en la hinchada piel de su propio pecho. Hubo una repentina liberación de presión y le entró el pánico. Se sintió traicionado y de repente el miedo lo paralizó. Las hojas de sus pezones abrieron su pecho mientras ella movía sus senos en el interior de su torso. Al percibir su terror, ella se detuvo, lo miró a los ojos con dulzura, el dulce rostro ansioso por tranquilizarlo. Las incisiones dolían, pero solo de manera momentánea. De las heridas brotó sangre pero muy poca. Ella continuó abriéndole la piel desde el esternón, a lo largo de todo su tembloroso cuerpo, sobre sus muslos, acabando en los dedos de los pies.

Cuando hubo acabado, continuó desollando su propio cuerpo con las afiladas uñas. Entonces salió de su piel, revelando una nueva e idéntica versión de sí misma, de una luminiscencia delicada, que brillaba levemente con una pureza virginal. Se giró hacia él y lo ayudó a salir de su piel como si fuese un traje. En un estado de conmoción, accedió. La nueva epidermis era tan sensible que apenas podía soportar el susurro de una leve brisa. Su nueva piel bullía efervescente.

Entonces la duende lo besó en la boca; y con diestros pasos de bailarina, se montó encima de él, empalándose con lentitud en su pene erecto. Por dentro quemaba. El fuego como de miel era abrumador, insoportable, como una energía abrasadora y dulce que ascendiese hasta el cerebro. Se movió sobre él, pidiéndole que la penetrara más profundamente, y vio que se alzaban lentamente del suelo del bosque. Sam se reía descontrolado, de forma histérica, loco por el placer. Por fin eyaculó dentro de ella. Una especie de anhelo milenario se desprendió como un diente suelto.

– Te has entregado -le susurró al oído mientras temblaba y lloraba de alegría-. Te has entregado.

Perdió la consciencia.

Cuando volvió en sí, estaba tumbado desnudo sobre la moqueta de su dormitorio. Estaba llorando y tenía la nariz magullada por la pinza de cocodrilo del interceptor de pesadillas. La alarma al otro extremo del cable estaba sonando. No recordaba haberse colocado el aparato.

Un par de semanas antes de que Clive y Sam tuvieran que marcharse de Redstone para comenzar los estudios, Blythe anunció que había preparado algo especial para la noche de despedida. La dueña del pub, Gladys, estaba preparando bocadillos, animó a los habituales del club a que estuvieran allí, incluso se invitó a los padres.

– Os vamos a dar una buena despedida -prometió Blythe.

Cuando llegó el momento, en la habitación trasera del Gate habían colgado un enorme cartel. Rotulado con pintura roja se podía leer: «Adiós, Depresivos». El cartel había sido pintado y colocado por Alice y Linda. El club estaba ya lleno cuando llegó Sam. La cerveza se servía en cantidad, y se pasaban bocadillos en grandes platos de cerámica y un par de cantantes rendían tributo a «los jóvenes que realmente se ocupaban del club mientras Ian Blythe no movía el culo y se bebía los beneficios».

– No es justo -dijo Blythe, señalando con razón que había tenido muchos problemas consiguiendo músicos decentes para aquella noche.

Y lo había conseguido, una banda de folk irlandés llamada Deviltry, muy respetada en el circuito.

– ¿No conseguiste una banda de blues? -dijo Clive, poco agradecido.

Blythe se rió y lo palmeó en la cara antes de ir a presentar a la banda.

Deviltry causó sensación. Con guitarra, banjo, violín y bodhran tocaron gigas animadas y rapidísimas, y también reels que hicieron que el grifo de cerveza no dejara de funcionar. Hacia Clive y Sam no paraban de flotar espumosas pintas de cerveza, que se consumían tan pronto como aparecían. Los Deviltry descansaron para tomarse ellos mismos unas cervezas.

– No tienes que bebértelas porque te las ofrezcan -le dijo Connie a Sam al oído.

– ¡Mamá! ¡Qué alegría que hayas venido! ¿Está papá aquí? Habían reclutado a la tía Madge como niñera para que cuidase de la hermana de Sam.

– ¿Conoces a Ian Blythe?

Sam dejó a Blythe hablando con su madre.

– Solo decía que no tiene por qué beber por el mero hecho de que lo tenga a mano -oyó Sam que decía mientras se alejaba.

Buscaba a Alice. Había estado muy cerca de Terry aquellos días. Tenía cosas que decirle antes de irse.

– Dice tu madre que te diga -dijo Alice- que no tienes que…

– Lo sé, lo sé.

– ¡Mira a Linda! -Linda se había reunido con Ian Blythe en la barra.

Juntos escuchaban las recomendaciones de Connie. Linda, sonrojada por la bebida, se apoyaba en Blythe.

– ¿Crees que esos dos van a acabar juntos?

– Creo que sí -dijo Sam-. ¿Te has dado cuenta de que ha dejado de beber? Está intentando causar una buena impresión.

– Tengo que hablar contigo -dijo Alice.

– Claro.

– Fuera.

Mucho antes de llegar a la terraza Sam presentía que no iba a oír lo que quería.

– Quería decírtelo -dijo-. Terry y yo. Estamos planeando irnos juntos. Viajar. A Grecia o la India, o algún lugar así.

Sam bajó la cabeza. Sobre la hierba se había formado una capa de rocío.

– Has elegido a Terry. De algún modo siempre supe que lo harías.

– No estás enfadado, ¿verdad? Teme que te enfades.

– Hay una parte de mí que está enfadada, decepcionada. Parte de mí está contenta por ti y Terry.

– Todavía me importas. A los dos nos importas.

– ¿Podemos volver adentro?

– Estás enfadado.

– ¡Alice, no me tortures más!

La banda había comenzado de nuevo, y Alice lo besó con pasión en la boca. Entonces lo condujo al interior de la mano. Sam evitó a Terry y fue a por cerveza. Mientras tanto Clive parecía estar emborrachándose.

Sam se bebió otra pinta y se limpió un bigote de espuma que se le había formado sobre el labio. El violinista tocó un aire muy rápido, el ritmo del tambor de guerra se aceleró. La música se acompasó con los latidos de su corazón. Entonces el violinista tocó una nota aguda, chillona, que le provocó una mueca de placer. La combinación de la cerveza y la música del violín tan chillona le atravesaron la sangre y le produjeron un hormigueo en la parte de atrás de la cabeza.

Alguien cerca del grupo comenzó a bailar en el pequeño espacio entre la banda y la primera fila de mesas. Al momento la mitad del público se puso en pie, y bailó con movimientos extáticos. Un brazo con una pulsera lo agarró, la cerveza se le derramó al ser arrastrado entre los que bailaban. Era Linda. Consiguió pasar el vaso a otra persona y lo hizo girar, ambos enganchados por los antebrazos. Cuando lo liberó salió catapultado al suelo, para ser alzado por Ian Blythe, de nuevo agarrándolo por el antebrazo.

Gladys Noon les gritaba a todos que parasen de bailar.

– ¡No tengo licencia de baile! -protestaba, una aclaración que por alguna razón todos encontraron hilarante.

Ian Blythe liberó a Sam y se puso a bailar con la dueña, quien paró de quejarse y se unió mientras agitaba la mano libre en el aire. Sam estaba mareado. Miró a través de las cabezas del público que no paraban de agitarse. O estaba alucinando o una neblina de calor salía de la muchedumbre. Alice bailaba con Terry, y Linda con Clive. Su madre bailaba con Betty Rogers y Nev movía los pies con fuerza junto a la tía Dot. Meneando la cabeza, Sam avanzó hasta el bar y pidió otra pinta. El violín chilló y bajó en picado, y el dulce aguijón de la música le encendió la sangre. Le dio un buen trago a la cerveza y se unió a la refriega.

Fue lanzado de un compañero de baile a otro mientras la cerveza le daba vueltas en la cabeza. Alice le entrelazó con los brazos, los ojos le brillaban, el pelo a un lado de la cabeza. Lo liberó, y navegó libre hasta que su madre lo cogió del brazo. El rostro de Nev, hinchado como un globo, apareció cerca, así como las facciones sudorosas y de borracho de Clive. Entonces Terry lo agarró con el brazo bueno, también lo agarró Linda y, de repente, del tumulto surgió la duende, bailando, sonriendo, agarrándolo por el antebrazo ella también.

– Te veo luego -le susurró al oído.

Se detuvo, se liberó, y salió del tumulto descontrolado de bailarines. La duende había desaparecido de nuevo.

Los rostros aparecían y desaparecían, con los labios hinchados, rostros bulbosos, colorados, sudorosos y distorsionados por la luz ambarina del bar. Recordó tropezar con una mesa llena de vasos, los oyó romperse antes de que todo el sonido se convirtiese en un rugido apagado en sus oídos.

Cuando volvió en sí, estaba sentado en la terraza exterior. Alice le estaba desabrochando el cuello de la camisa. Terry y Clive lo estaban incorporando.

– Deprimido -dijo Sam.

– Vamos -dijo Terry mientras ponía a Sam en pie-. Vamos a dar un paseo a ver si se te pasa. Vosotros dos volved dentro.

– ¿Estás seguro? -dijo Alice.

– Sí. Deja que Sam y yo demos una vuelta.

Así que, sostenido por Terry, Sam se alejó del bar dando bandazos. Terry lo condujo por el camino de detrás de las casas. Sam se detuvo para mear en los arbustos. Alzó la vista hacia el cielo nocturno.

– Las estrellas están muy brillantes -gritó.

Terry no dijo nada.

– ¡Oye! ¿No te importa dejar a Clive y a Alice juntos?

– No. Quiero que hable con Clive. Igual que ha hecho contigo.

Terry tenía cara de póquer, los ojos claros muy penetrantes.

– Que te jodan. Amo a esa Alice.

– Todos la queremos. Curioso, ¿verdad? Así que ahora me odias.

– Sí. No. Oh, no sé.

Sam se agachó al borde de la cuneta al lado de la carretera y rebuscó un cigarrillo. Terry se arrodilló junto a él y le ofreció fuego.

– Terry, ¿no te sientes como si estuviésemos embarcados en un viaje largo y extraño?

– Y cada vez se vuelve más y más extraño.

Sam exhaló una nube de humo.

– No, no puedo odiarte, aunque lo intentase. Simplemente estoy celoso y tengo ganas de llorar. Nada me sale bien.

– ¿Nada te sale bien? ¿A ti? -Los párpados de Terry comenzaron a aletear como siempre que ocurría cuando se le cruzaba cierto pensamiento.

Entonces el aleteo cesó y Terry estaba enfadado, con los ojos muy abiertos. Se puso de pie enfurecido.

– Un lucio me arrancó medio pie. Después mi padre le voló la cabeza a mi madre. Después mató a los gemelos. Después se voló su propia cabeza. Después me volé la mano. ¿Y tú dices que nada te sale bien? He perdido cosas durante toda mi vida, y por una vez tengo una carta ganadora. ¡No me envidies por Alice!

Sam contempló a su amigo con asombro. Era la primera vez que Terry había hablado abiertamente de aquellos incidentes. Dejó a Sam sin habla.

Terry aún temblaba por la rabia.

– ¡Y ahora te pierdo a ti y a Clive! -dijo con amargura.

– No nos vas a perder.

– Sí. ¿Has notado algo que ocurre en este lugar? Se llevan a los más brillantes, a los mejores, a los más bellos. Se llevaron a Linda, ¿verdad? Y ahora…

– No…

Terry le cortó de inmediato.

– Escúchame. Es nuestra última noche juntos, y quiero decir esto, pienses lo que pienses. Tú y Clive vais a la universidad. Os veré de vez en cuando, y después de un año o dos comenzaréis a aparecer por aquí pronunciando palabras complicadas y con muchas ideas, y si tengo suerte, no, si tengo mucha suerte, no me miraréis por encima del hombro y…

– ¡Terry!

– … Puede que no me miréis por encima del hombro y puede que hablemos de los viejos tiempos, pero las cosas serán diferentes entre nosotros para siempre. Lo sé. Durante toda mi vida me he tenido que acostumbrar a perder. La vida no es algo que puedas agarrar en la mano. Tienes que acostumbrarte a perder cosas. Es lo único que sé. Y ahora te estoy perdiendo, y todo lo que te pido es que recuerdes esta conversación.

Ahora Sam no podía mirar a Terry a la cara. Simuló mirar las estrellas.

– Oh, mierda, Terry.

– No llores, tío. Es el alcohol. Intento mantener algo de ti, eso es todo. Oh, mierda. -Se levantó y alzó a Sam-. Volvamos antes de que todo acabe. Hay mucha gente que quiere despedirse de ti.

Volvieron en silencio al bar. Deviltry aún estaba armando un buen jaleo en la parte trasera, y el baile no mostraba signos de remitir.

– No te pongas a beber otra vez -fueron las últimas palabras de Terry antes de irse en busca de Alice.

De manera instantánea alguien golpeó a Sam en la espalda y le puso un vaso de güisqui en la mano.

– Para adentro -dijo Sam a nadie en particular.

Entonces la dueña pasó cerca bailando. Lanzó una mano al aire y meneó la cabeza de manera absurda.

Una red de fríos dedos se extendió por su mejilla.

– ¿Nos vamos a ver en Londres cuando vayas a la Facultad?

Era Linda.

– Claro. Me refiero a que, ¿vas a volver?

– Claro. Puedo empezar de nuevo. Esta vez será diferente. Dios, Sam, pensar que os llevaba a los tres al colegio.

Las luces se encendían y apagaban.

– Están cerrando. Déjame que te pida algo, Linda.

La banda tocó un bis. Se produjo una ovación estridente. Finalmente Gladys Noon comenzó a despedir a la gente. La madre de Sam quería acompañarlo hasta casa, pero él declinó la oferta. Demasiado borracho como para ser útil, estuvo por allí mientras se le pagaba a la banda y sacaban el equipo. Vio cómo se alejaban en la furgoneta. Alice y Terry, Linda y Ian Blythe, todos se ofrecieron a acompañarlo, pero se resistió. No quería irse a casa. La cabeza le daba vueltas, no estaba listo para irse a la cama. Los otros se fueron juntos, y volvió caminando desde el bar con Clive que iba igual de borracho, juntos se apoyaban uno en el otro para no caerse. Caía una fina llovizna. Clive se detuvo para rebuscar en el bolsillo. Sacó un porro ya liado y aplastado.

– ¿Uno para el camino?

Un golpe de viento hizo que la lluvia les golpeara en el rostro. A Sam se le ocurrió dónde podían ir.

– Vamos.

Condujo a Clive al lugar donde Terry había vivido en la caravana. La casa estaba a oscuras, al igual que el camino de entrada. Clive lo siguió a ciegas. Cuando llegaron al viejo garaje de Morris, Sam le dijo a Clive que esperara. Se abrió camino por el lateral y entró por la ventana medio suelta. Abrió una puerta para que entrase Clive.

– ¿Has estado aquí últimamente? -Hace tiempo.

Se sentaron a oscuras, y Sam le ofreció fuego con un Zippo. El lugar estaba en silencio y el polvo estaba calmado. Por un tiempo solo se oyó la lluvia sobre el tejado, a ellos dándole caladas al porro y cada vez que exhalaban nubes de humo.

Sam rompió el silencio.

– Deprimido. En aquella ocasión, hace muchísimos años, fuiste tú el que pintó las paredes, ¿verdad, Clive?

– ¿Y qué? ¿Cómo lo supiste? -resopló Clive.

– Por el bote de pintura en tu jardín -dijo Sam arrastrando las palabras-. Lo pusiste allí para que todo el mundo pensara que era demasiado obvio que fueras tú. Quisiste que pensáramos que fue Alice la que te había inculpado a ti. Fuiste demasiado listo. Siempre intentabas estar un paso por delante de los demás.

– Es verdad-dijo Clive-. Es verdad. Sobrestimé la imbecilidad de los demás.

– Simulaste estar furioso con Alice. Como si te hubiese colgado el mochuelo. -Sam vio que Clive caía dormido-. Escondías tus verdaderos sentimientos.

– No quiero entrar en el baúl de los recuerdos, ¿vale?

Un golpe de viento azotó la lluvia a través de las goteras del tejado del viejo garaje. Algo respiraba de manera agria en la oscuridad, y Sam se puso rígido. Alcanzó el mechero Zippo, hizo girar la rueda dentada y la pequeña explosión de luz hizo que la negrura de la oscuridad retrocediera unos metros. Allí estaba Clive, como un saco, apoyado contra la fría pared y los ojos cerrados. El porro, aún agarrado entre los dedos, se había apagado. El mechero iluminó el bigotillo de pelo adolescente que bordeaba su labio superior. Sam acercó de forma peligrosa la llama al débil bigote de su amigo, quien abrió los ojos justo a tiempo para ver cómo se acercaba la llama. Lo interpretó como una invitación a volver a encender el canuto.

– Te has dormido -balbució Sam-. Estás borracho.

Clive chasqueó los labios intentando humedecerse la boca que sentía muy seca. Miró alrededor con inquietud.

– No me gusta este sitio. Nunca me gustó. ¿Por qué hemos venido aquí?

– Ella nos ha tenido a todos, ¿sabes? De un modo u otro.

Desconcertado, Clive chupó con fuerza del porro.

– Lo compartiría contigo -graznó a través de sus hinchados pulmones-, pero ya has tenido más que suficiente. Vámonos.

– Me ha tenido a mí. Ha tenido a Alice. A Terry. A Morris. A Linda. Incluso a Derek, ¿lo recuerdas? También a Skelton. Y te ha tenido a ti. En aquel examen en el que se te fue la cabeza. Fue ella.

Sam encendió de nuevo el porro, iluminando con su amargo brillo los ojos de Clive, quien lo aplastó contra la suela del zapato y se puso en pie con dificultad. La lluvia azotaba el techo del cobertizo.

– Me voy. No me quedo. Esto es como una tumba.

– Estaré bien.

– Vete a casa, Sam. No te quedes dormido en este lugar.

Clive arrastró los pies antes de girarse con decisión y salir empujando la puerta. Su presencia en el cobertizo fue reemplazada por una corriente de frío y lluvia. Sam tenía miedo de quedarse solo allí pero sabía que era el único lugar donde podría obtener una respuesta. Estaba allí, de algún modo. La respuesta llegaría en el viejo taller de Morris.

Sus sentidos se pusieron en alerta por un olor familiar, un rastro de alguien más en el cobertizo que lo acompañaba. Una mezcla de tabaco, güisqui y gomina y un olor más elusivo que asociaba con la mente de Morris trabajando a toda velocidad. Sam notó cómo se quedaba dormido, y al hacerlo, sintió algo fuera, esperando, amenazante, como si estuviera quieto bajo la superficie de un espacio de agua conocido.

Se movió. Recordó haber mantenido una conversación con Clive, pero no podía recordar si lo había visto marcharse. Tan solo pensó que tenía algunas preguntas que hacerle a la creciente oscuridad.

Sam cerró los ojos y permitió que el sueño lo sobrecogiera. No supo cuánto tiempo había pasado antes de ser despertado por un leve movimiento al otro extremo del cobertizo. El aire de repente era frío y fétido, como el de una tumba recién abierta. Había alguien con él.

De la mesa le llegó un leve brillo. Medio en sombra, un hombre estaba sentado a ella, trabajando, dibujando con instrumentos geométricos. Sam reconoció la figura de Chris Morris, el padre de Terry.

– Señor Morris -respiró.

Chris Morris dejó el compás y la regla sobre la mesa y se giró lentamente. Al ver a Sam, se puso un dedo en la sien, como si fuera una pistola. Sam lo contempló horrorizado y maravillado a la vez, el hombre bajó la mano, extendió el índice y el pulgar, y se pellizcó con fuerza en la aleta de la nariz.

– Suicidio -dijo Sam con voz temblorosa-. Usted también tenía un duende. Por eso lo hizo. ¿Es la única salida?

Morris abrió la boca y movió con lentitud la mandíbula, pero no salió ningún sonido. Finalmente hizo un movimiento sinuoso con las manos y por segunda vez se pellizcó la aleta de la nariz con el pulgar y el índice. Al instante, de algún lugar detrás de él, surgió un leve zumbido. Morris desapareció, el zumbido se intensificó, más furioso, atronador. Sam vio que procedía de un tarro que estaba sobre la mesa donde había estado Morris. El tarro temblaba lleno de avispas furiosas. De manera casi instantánea el ruido y la visión del tarro desaparecieron, y Morris había vuelto. Con la boca formó una «O», como si le doliera mover la mandíbula. «Déjalas salir», dijo una voz. «Entran pero no pueden salir.» Morris de repente pareció horriblemente desconcertado, y la aparición se desvaneció.

Sam tuvo arcadas antes de que sus miembros se liberaran. Se puso en pie y salió del cobertizo a toda velocidad. Fuera, la lluvia aún caía suavemente. Tembló, se subió el cuello y volvió a casa.

En la oscuridad de la habitación, la duende lo esperaba. Parecía exhausta y agotada. La ropa que llevaba parecía más destrozada y hecha jirones que de costumbre. Se preguntó si su último encuentro en su mundo había causado todo aquello.

– Creí que nunca llegarías a casa -dijo en voz baja.

– Ha sido una noche muy larga. Pero me alegro de verte -susurró Sam mientras se desvestía-. La última vez. En tu mundo. ¿Lo soñé? ¿O era real?

– ¿Cuántas veces, Sam? ¿Cuántas veces me lo vas a preguntar?

– No muchas más. Esto no puede seguir así, ¿verdad?

– No.

– No -dijo Sam con dulzura-. No puede. Esta noche ha sido una noche de despedidas. De decir adiós a Alice y a otras personas. ¿Te metes en la cama conmigo?

Ella accedió, se quitó las ropas hechas jirones, la túnica y las mallas a rayas, y se quedó desnuda frente a él. La fina piel brillaba azul y blanca, y exageraba la oscura vid de pelo púbico. Sam la tomó de la mano y aspiró profundamente el olor sexual y como a tierra antes de tumbarse juntos.

– Durante todo este tiempo la gente me ha estado diciendo qué hacer para librarme de ti. Pero aunque pensé que no estaba del todo en mi poder, nunca lo deseé de verdad, ¿no es así?

Ella no dijo nada. Sus oscuros ojos brillaban mientras él la acariciaba y le susurraba.

– Incluso tú me lo dijiste, ¿verdad? Por eso me llevaste a tu mundo. Fue nuestra última vez.

Ella cerró los ojos y él la abrazó hasta que percibió que se estaba quedando dormida en sus brazos, como había ocurrido en tantas ocasiones.

– Nunca me di cuenta de que me agarraba a ti. Al menos hasta aquella vez en tu mundo, cuando por fin me entregué.

Extendió la mano bajo la cama y alcanzó el reloj del interceptor de pesadillas. Lo alzó con cuidado, los cables colgando. El sensor de cocodrilo estaba almohadillado con algodones.

– Y tengo una hermanita de la que ocuparme. Después de todo, ayudé a crearla. Y aunque me vaya, ella te ataría a este mundo, ¿verdad? Entiendes que te tenga que dejar marchar, ¿a que sí? Por Linda Alice. No puedo permitir que ella pase por todo esto.

La duende estaba dormida.

– Me dijiste cómo podía hacerlo cuando insistías en que tú no eras mi sueño, sino que yo era el tuyo. Lo que pasaba es que no escuchaba con atención. Y esta noche Chris Morris me ha mostrado cómo hacerlo.

Abrió el muelle de la pinza de cocodrilo y la cerró con cuidado, no sobre su propia nariz, sino, esta vez, sobre la de la duende.

– Durante todo este tiempo he tratado de despertarme de una pesadilla. Pero me equivocaba. Es hora de permitirte que te despiertes tú de la tuya.

Se removió ligeramente pero no se despertó. Sam, con cuidado, extendió los cables y colocó el despertador en la mesita de noche. Entonces posó la cabeza en la almohada y la sostuvo hasta que se quedó dormido.

Por la mañana se despertó y vio que la pinza del interceptor de pesadillas estaba en la cama, los cables se extendían por la almohada donde había estado la cabeza de la duende. Aún se podía ver la huella de su cuerpo sobre el colchón. Su perfume seguía en la almohada. Creyó haber oído el despertador sonar en mitad de la noche. La ventana de la habitación estaba firmemente cerrada.

Supo que nunca más vería a la duende.