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Todo es exactamente igual: la luz a través de las cortinas, el zumbido distante del tráfico, el ruido del agua hirviendo. Podría ser el día de la marmota, salvo que mi cuerpo está más cansado, mi piel es más transparente. Soy menos que ayer
Adam está en la cama plegable.
Intento incorporarme, pero no tengo fuerzas.
– ¿Por qué has dormido ahí?
Me toca la mano.
– Anoche tenías dolores.
Abre las cortinas igual que hizo ayer. Se queda en la ventana mirando fuera. El cielo está pálido y acuoso.
Hemos hecho el amor veintisiete veces y hemos compartido cama sesenta y dos noches y eso es mucho amor.
– ¿Quieres desayunar? -pregunta.
No quiero estar muerta.
No me han amado de esta forma el tiempo suficiente.