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La medialuna nos mira, reflejada en una lata plateada llena de cerveza. Denny y yo estamos de rodillas en un jardín ajeno y Denny aparta los caracoles y babosas dando golpecitos con el dedo índice. Denny levanta la lata llena hasta arriba, acercando cada vez más su reflejo y su cara de verdad hasta que sus labios falsos tocan sus labios de verdad.
Denny se bebe la mitad de la cerveza y dice:
– Así es como beben cerveza en Europa, tío.
¿En trampas para babosas?
– No, tío -dice Denny. Me pasa la lata y dice-: Desbravada y caliente.
Beso mi reflejo y bebo, con la luna mirándome por encima del hombro.
Esperándonos en la acera hay un carrito de bebé con las ruedas más separadas en la parte trasera que en la delantera. La parte trasera del carrito toca el suelo y envuelta en la manta rosa de bebé hay una roca de arenisca demasiado grande para que Denny o yo la levantemos. En el extremo superior de la manta hay colocada una cabeza de bebé de goma rosácea.
– Eso de practicar el sexo en una iglesia -dice Denny-, dime que no lo hiciste.
No es que no lo hiciera. Es que no pude.
No pude follar, taladrar, perforar, meterla, hincarla. Todos esos eufemismos que no lo son.
Denny y yo somos dos tíos normales que sacan a su bebé a dar un paseo a medianoche. Un par de simpáticos jóvenes de este bonito vecindario de casas grandes, cada una rodeada de su respectivo jardín. Todas estas casas con sus petulantes espejismos de seguridad autocontenida y climáticamente controlada.
Denny y yo, tan inocentes como un tumor.
Tan inofensivos como un hongo de psilocibina.
Es un vecindario con tanta clase que incluso la cerveza que dejan para los animales es importada de Alemania o de México. Saltamos la verja hasta el siguiente jardín y husmeamos bajo las plantas en busca de la siguiente ronda.
Agachado para mirar debajo de las hojas y los matorrales, digo:
– Tío -digo-, a ti no te parece que tengo un buen corazón, ¿verdad?
Y Denny dice:
– Qué va, tío.
Después de unas cuantas calles, de la cerveza de todos estos jardines, sé que Denny está siendo sincero. Le digo:
– ¿No crees que yo en realidad sea una manifestación sensible y cristiana del amor perfecto, verdad?
– Ni en coña, tío -dice Denny-. Eres un capullo.
Y yo le digo:
– Gracias. Solamente me estaba asegurando.
Y Denny se pone de pie moviendo las piernas a cámara lenta. En las manos sostiene una lata redonda en la que se ve otra vez reflejado el cielo nocturno, y me dice:
– Bingo, tío.
Acerca de lo de la iglesia, le cuento que estoy más decepcionado con Dios que conmigo mismo. Tendría que haberme fulminado con un rayo. Quiero decir que Dios es Dios. Yo soy un capullo. Ni siquiera le quité la ropa a Paige Marshall. Con su estetoscopio colgando del cuello, balanceándose entre sus pechos, la empujé sobre el altar. Ni siquiera le quité la bata.
Con el estetoscopio colgando sobre el pecho, me dijo:
– Vaya rápido -dijo-. Quiero que sincronice sus movimientos con mi corazón.
No es justo que las mujeres no tengan que pensar cosas para no correrse enseguida.
Y yo no pude. Aquella idea de Jesucristo fulminó mi erección.
Denny me pasa la cerveza y yo bebo. Denny escupe una babosa muerta y me dice:
– Es mejor que bebas con los dientes cerrados, tío.
Ni siquiera en una iglesia, ni siquiera tumbada sobre un altar y sin ropa, no quise que Paige Marshall, la doctora Paige Marshall, se convirtiera en un polvo más.
Porque nada es tan perfecto como lo que uno imagina.
Porque nada es tan excitante como tu fantasía.
Inspire. Espire.
– Tío -dice Denny-, esta es la última para mí. Cojamos la piedra y volvamos a casa.
Y yo digo: Una manzana más, ¿vale? Una ronda de jardines más. No estoy lo bastante borracho para olvidar el día que he tenido.
Este es un vecindario con clase. Salto la verja del siguiente jardín y aterrizo de cabeza sobre un rosal. En alguna parte ladra un perro.
Todo el tiempo que pasamos encima del altar, yo intentando que el rabo se me pusiera duro, aquella cruz de madera clara y barnizada nos estuvo mirando. Sin hombre torturado. Sin corona de espinas. Sin moscas volando alrededor ni sudor. Sin hedor. Nada de sangre ni sufrimiento, no en aquella iglesia. Nada de lluvia de sangre. Nada de plaga de langostas.
Sin quitarse el estetoscopio de las orejas, Paige escuchaba los latidos de su corazón.
Los ángeles del techo estaban tapados con pintura. La luz que entraba por la vidriera coloreada era densa, dorada e inundada de polvo. La luz entraba en un haz denso, un haz cálido y espeso que nos enfocaba a nosotros.
Atención, por favor, que el doctor Freud haga el favor de coger el teléfono blanco de las visitas.
Un mundo de símbolos, no un mundo real.
Denny me ve enredado y sangrando por culpa de las espinas, con la ropa rasgada y caído encima del rosal, y dice:
– Vale, lo digo en serio -dice-. Dejémoslo estar por hoy.
El olor a rosas, el olor a incontinencia en Saint Anthony.
Un perro ladra y rasca con las uñas en la puerta trasera de la casa. Una luz se enciende en la cocina y alguien aparece en la ventana. Luego se enciende la luz del porche trasero y es asombroso lo deprisa que desprendo el culo del rosal y corro hasta la calle.
En la dirección opuesta por la acera viene una pareja, arrimados y rodeándose con el brazo mientras caminan. La mujer frota la mejilla en la solapa del hombre y el hombre le da un beso en la coronilla.
Denny empuja el carrito tan deprisa que las ruedas delanteras se quedan encalladas en un agujero de la acera y la cabeza de goma del bebé sale despedida. Mirándolo todo con los ojos de cristal muy abiertos, la cabeza rosácea rebota al lado de la pareja feliz y cae en la alcantarilla.
Denny me dice:
– ¿Tío, me la puedes coger?
Con la ropa hecha jirones y pringosa de sangre y la cara llena de espinas clavadas, paso al lado de la pareja y pesco la cabeza de entre las hojas y la porquería.
El hombre da un grito y retrocede.
Y la mujer dice:
– ¿Victor? Victor Mancini. Oh, Dios mío.
Debe de haberme salvado la vida, porque no sé quién coño es.
En la capilla, después de haber renunciado, mientras nos estábamos abrochando los botones de la ropa, le dije a Paige:
– Olvídese del tejido fetal. Olvídese del resentimiento hacia las mujeres fuertes -le digo-, ¿Quiere saber la verdadera razón por la que no quiero follar con usted?
Mientras me abrocho los botones de las calzas, le dije:
– Tal vez la verdad es que quiero que me guste.
Y con ambas manos en la cabeza, tensando de nuevo el cerebro de pelo negro, Paige dijo:
– Tal vez el sexo y el afecto no son mutuamente excluyen tes.
Y yo me reí. Atándome el fular con las manos, le dije que sí. Que sí que lo son.
Denny yo llegamos al número setecientos de la calle que el letrero identifica como Birch Street. Le digo a Denny, que va empujando el carrito:
– Nos equivocamos de dirección, tío. -Señalo a nuestra espalda y digo-. La casa de mi madre está por ahí.
Denny sigue empujando. La parte posterior del carrito chirría contra el suelo. La pareja feliz permanece boquiabierta, mirándonos todavía un par de casas por detrás de nosotros.
Yo camino a su lado, pasándome la cabeza rosácea del muñeco de una mano a otra:
– Tío -le digo-, volvamos atrás.
Denny dice:
– Primero tenemos que ver el número ochocientos.
¿Qué hay ahí?
– Se supone que nada -dice Denny-, Mi tío Don era el propietario.
Las casas se terminan y el ochocientos es un solar vacío con más casas en la manzana siguiente. Hay hierba alta plantada en los contornos del terreno y manzanos viejos con la corteza arrugada y los troncos retorciéndose en la oscuridad. Más allá de la maleza, de las zarzamoras y los matorrales con las ramas atiborradas de espinas, el centro del solar está limpio.
En la esquina hay un letrero de contrachapado pintado de blanco con una foto en la parte superior de casas adosadas de ladrillo rojo y gente saludando con la mano desde ventanas con macetas de flores. Debajo de las casas pone en letras negras: «Próximamente casas unifamiliares Menningtown Country». Debajo del letrero, el suelo está nevado de virutas de pintura blanca. De cerca se ve que el letrero está doblado y que las casas unifamiliares de ladrillo están resquebrajadas y descoloridas.
Denny empuja la piedra fuera del carrito y la piedra aterriza sobre la hierba alta junto a la acera. Sacude la manta rosa y me da dos esquinas de la misma. Entre los dos la doblamos y Denny dice:
– Si quieres lo contrario a un modelo de conducta, ese sería mi tío Don.
Denny deja caer la manta doblada en el carrito y empieza a empujarlo en dirección a casa.
Yo lo llamo:
– Tío, ¿ya no quieres esta piedra?
Y Denny dice:
– Esas madres que protestan contra los que conducen bebidos, te aseguro que hicieron una fiesta cuando supieron que se había muerto el viejo Don Menning.
Se levanta un poco de viento y dobla la hierba. Aquí no vive nadie más que las plantas, y al otro lado del corazón a oscuras de la manzana se ven las luces de los porches de las casas del otro lado. En medio se ven las siluetas negras zigzagueantes de los viejos manzanos.
– ¿Entonces esto es un parque? -digo.
Y Denny dice:
– En realidad, no. -Sin dejar de caminar, me dice-: Es mío.
Le tiro la cabeza del muñeco y digo:
– ¿De verdad?
– Desde que hace dos días me llamaron mis padres -dice. Coge la cabeza y la mete en el carrito. Caminamos bajo las farolas, frente a las casas a oscuras.
Con las hebillas de los zapatos relucientes y las manos en los bolsillos, digo:
– Tío -digo-, tú no crees que yo sea Jesucristo ni nada parecido, ¿verdad?
Le digo:
– Di que no, por favor.
Seguimos caminando.
Y mientras empuja el carrito vacío, Denny dice:
– Afróntalo, tío. Casi practicaste el sexo sobre el altar de Dios. Ya eres una vergüenza de primera magnitud.
Seguimos caminando y el efecto de la cerveza se disipa. El aire nocturno está sorprendentemente frío.
Y yo digo:
– Por favor, tío, dime la verdad.
No soy bueno ni amable ni cariñoso ni ninguna de esas mierdas felices.
No soy más que un perdedor inconsciente y descerebrado. Puedo vivir con eso. Es lo que soy realmente. Un puto adicto al sexo recalcitrante perseguidor de agujeros, meneador de rabo y taladrador de chichis.
Le digo:
– Dime otra vez que soy un cabrón insensible.