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Lo que tengo que hacer esta noche es esconderme en el armario del dormitorio mientras la chica se da una ducha. Luego, cuando ella salga reluciente de sudor, en medio de la atmósfera impregnada de vapor, laca y colonia, saldrá desnuda salvo por un albornoz de encaje. Entonces yo salgo con una media tapándome la cara y unas gafas de sol puestas. La tiro encima de la cama. Le pongo un cuchillo en la garganta. Luego la violo.
Así de simple. La espiral de vergüenza continúa.
Solamente hay que preguntarse todo el tiempo: ¿Qué NO haría Jesucristo?
Lo que pasa es que no la puedo violar en la cama, me dice, porque la colcha es de seda rosa clarito y se puede manchar. En el suelo tampoco porque la alfombra le rasca la piel. Acordamos hacerlo en el suelo, pero sobre una toalla. No una toalla buena para los invitados, me ha dicho. Me ha dejado una toalla vieja en el tocador y yo tengo que extenderla en el suelo previamente para no romper la atmósfera.
Me deja la ventana del dormitorio abierta antes de meterse en la ducha.
Así que me escondo en el armario, desnudo y con toda su ropa del tinte pegándose a mí, con la cabeza enfundada en la media, las gafas de sol y llevando en la mano el cuchillo menos afilado que he encontrado, esperando. La toalla extendida en el suelo. La media da tanto calor que se me llena la cara de sudor. El pelo pegado al cráneo me empieza a picar.
Junto a la ventana no, me ha dicho. Y tampoco cerca de la chimenea. Me ha dicho que la viole cerca del ropero, pero no demasiado cerca. Que intente extender la toalla en una zona de paso frecuente donde la alfombra no se vea tan gastada.
Ella es una chica llamada Gwen que he conocido en la sección de autoayuda de una librería. Es difícil decir quién ligó con quién, pero ella estaba fingiendo que leía un libro de terapia de doce pasos sobre la adicción sexual y yo llevaba mis pantalones de camuflaje de la suerte, rondaba a su alrededor con un ejemplar del mismo libro y me estaba preguntando qué más daba otra relación peligrosa.
Los pájaros lo hacen. Las abejas lo hacen.
Necesito el subidón de endorfinas. Para tranquilizarme. Me muero por la péptido feniletilamina. Eso es lo que soy. Un adicto. Porque, a ver, ¿quién lleva la cuenta?
En la cafetería de la librería, Gwen me dice que consiga una cuerda, pero no una cuerda de nailon porque hace daño. El cáñamo le produce sarpullido. La cinta aislante negra también sirve, pero no en la boca, y que no sea cinta de aluminio para tuberías.
– Que te arranquen cinta de aluminio -me explica- es tan erótico como que te depilen las piernas.
Consultamos nuestras agendas y el jueves queda descartado. El viernes tengo mi reunión de adictos al sexo. Esta semana nada de recibos. El sábado lo paso en Saint Anthony. Casi todos los domingos por la noche ella ayuda en el bingo de su parroquia, así que quedamos el lunes. El lunes a las nueve, no a las ocho porque ella trabaja hasta tarde y a las diez tampoco porque yo tengo que trabajar temprano por la mañana.
Y llega el lunes. La cinta aislante está lista. La toalla extendida, pero cuando salto encima de ella con el cuchillo va y me dice:
– ¿Esas medias que llevas son mías?
Le retuerzo un brazo detrás de la espalda y le pongo el filo helado en la garganta.
– ¡Por el amor de Dios! -dice-. Esto es demasiado. Te dije que podías violarme. No te dije que pudieras estropearme las medias.
Con la mano del cuchillo le agarro la parte de delante del albornoz e intento desnudarle los hombros.
– Para, para, para -dice, y me da una palmada en la mano-. Déjame que lo haga yo. Te lo vas a cargar. -Se aparta.
Le pregunto si me puedo quitar las gafas de sol.
– No -dice, y se quita el albornoz. Luego va al armario abierto y lo cuelga de una percha acolchada.
Pero es que casi no veo.
– No seas egoísta -me dice. Desnuda, me coge la mano y me la cierra en torno a una de sus muñecas. Luego se coloca el brazo detrás de la espalda y se gira para apretar la espalda desnuda contra mí. El rabo se me pone más y más duro y la raja cálida y resbaladiza de su culo se me pega. Y me dice-: Necesito que seas un atacante sin rostro.
Le digo que me da demasiada vergüenza comprar un par de medias. Un tío que compra medias es un criminal o un pervertido. En cualquiera de los dos casos, es difícil que la cajera te acepte el dinero.
– Joder, deja de quejarte -dice-. Todos los violadores con los que he estado se compraban sus medias.
Además, le digo, cuando miras la estantería de las medias resulta que las tienen de todos los tamaños y colores. Color carne, negro, beige, castaño, negro mate, cobalto, y ninguna es de la «Talla cabeza».
Ella frunce la cara y gime:
– ¿Te puedo decir algo? ¿Te puedo decir una sola cosa?
Le pregunto qué.
Y ella dice:
– El aliento te huele fatal.
En la cafetería de la librería, mientras elaborábamos el guión, me dijo:
– Acuérdate de meter el cuchillo en la nevera antes. Necesito que esté realmente frío.
Yo le pregunté si no podíamos usar un cuchillo de goma.
Y ella me dijo:
– El cuchillo es muy importante para mi experiencia total.
Y me dijo:
– Lo mejor es que me pongas el filo del cuchillo en la garganta antes de que esté a la temperatura ambiente.
Y dijo:
– Pero ten cuidado, porque si me cortas por accidente -se inclinó hacia mí por encima de la mesa, adelantando la barbilla-, si se te ocurre hacerme un arañazo, te juro que estás en la cárcel antes de que te puedas poner otra vez los pantalones.
Tomó un sorbo de su chai de hierbas, volvió a poner la taza en el platillo y dijo:
– Mis fosas nasales te agradecerían que no usaras ninguna clase de colonia, aftershave ni desodorante de olor fuerte. Soy muy sensible.
Estas adictas al sexo tan salidas tienen una tolerancia altísima. Todo les está bien con tal de que se las folien. No pueden parar, no importa lo degradante que se vuelva el rollo.
Dios, cómo me gusta ser codependiente.
En la cafetería, Gwen se puso el bolso sobre el regazo y buscó en el interior:
– Ten -me dijo, y desenrolló una lista fotocopiada de los detalles que quería incluir. Encima de la lista ponía:
La violación es una cuestión de poder. No es algo romántico. No te enamores de mí. No me beses en la boca. No esperes quedarte después del acto. No uses mi cuarto de baño.
El lunes por la noche en su dormitorio, desnuda y apretada contra mí, me dice:
– Quiero que me pegues -dice-. Pero ni demasiado fuerte ni demasiado flojo. Lo justo para que me corra.
Con una mano le sujeto el brazo detrás de la espalda. Ella frota el culo contra mí. Tiene un cuerpecillo superbronceado, pero su cara está pálida y tiene textura de cera por culpa del exceso de crema hidratante. En el espejo de la puerta del armario la veo por delante y veo mi cara asomando por encima de su hombro. El pelo y el sudor se le acumulan en el espacio donde están pegados mi pecho y su espalda. Su piel tiene ese olor a plástico caliente de las camas de rayos UVA. Con la otra mano sostengo el cuchillo, así que le pregunto si quiere que la golpee con el cuchillo.
– No -dice-. Eso sería apuñalamiento. Pegar a alguien con un cuchillo es apuñalamiento -dice-. Deja el cuchillo y usa la mano abierta.
Y yo tiro el cuchillo.
Y Gwen dice:
– En la cama no.
Así que dejo el cuchillo en el cajón. Luego levanto la mano para pegarle. Me resulta muy raro desde atrás.
Y ella dice:
– Pero en la cara no.
Así que bajo un poco la mano.
Y ella dice:
– Y no me des en los pechos, porque luego salen bultos.
Véase también: mastitis quística.
Me dice:
– ¿Por qué no me abofeteas el culo?
Y yo le digo que por qué no se calla y me deja violarla a mi modo.
– Si eso es lo que te apetece, ya puedes coger tu picha diminuta y largarte corriendo a casa.
Como acaba de salir de la ducha, tiene el vello púbico suave y tupido, no aplastado como cuando le quitas la ropa interior a una mujer. La mano libre se la meto entre las piernas y le noto un tacto falso, como de goma y plástico. Demasiado liso. Un poco grasiento.
Le digo:
– ¿Que le pasa a tu vagina?
Gwen se mira y dice:
– ¿Qué? -dice-, Ah, eso. Es un femidón, un condón femenino. Los bordes sobresalen así. No quiero que me contagies nada.
Debo equivocarme, le digo, pero yo pensaba que la violación era más espontánea, ya sabes, un crimen pasional.
– Eso demuestra que no sabes ni una palabra sobre violar a la gente -dice-. Un buen violador planea su crimen meticulosamente. Ritualiza hasta los pequeños detalles. Esto tendría que ser casi una experiencia religiosa.
Lo que sucede aquí, dice Gwen, es sagrado.
En la cafetería de la librería me pasó la hoja fotocopiada y me dijo:
– ¿Puedes aceptar todas estas condiciones?
La hoja decía: No me preguntes dónde trabajo.
No me preguntes si me estás haciendo daño.
No fumes en mi casa.
No esperes quedarte a pasar la noche.
La hoja decía: La palabra de seguridad es GARBEO.
Le pregunté qué quería decir «palabra de seguridad».
– Si la escena se vuelve demasiado fuerte o no funciona para alguno de los dos -dice-, uno dice «garbeo» y la acción se detiene.
Le pregunté si podía correrme.
– Si es tan importante para ti… -dijo ella.
Estas patéticas adictas al sexo. Todas hambrientas de polla.
Sin ropa está un poco flaca. Tiene la piel caliente y húmeda y parece que al apretarla vaya a salir agua caliente con jabón. Tiene las piernas tan delgadas que no se tocan hasta llegar al culo. Sus pechos diminutos parecen adherirse a su caja torácica. Sujetándole todavía el brazo detrás de la espalda y viéndonos en el espejo de la puerta del armario, ella tiene el cuello largo y los hombros caídos, como una botella de vino.
– Para, por favor -dice-. Me haces daño. Por favor, te daré dinero.
Le pregunto cuánto.
– Para, por favor -dice-. O gritaré.
Le suelto el brazo y retrocedo.
– No grites -digo-. Haz el favor de no gritar.
Gwen suspira, toma impulso y me da un puñetazo en el pecho.
– ¡Imbécil! -dice-. No he dicho «garbeo».
Es el equivalente sexual de «Simón dice».
Se da la vuelta para que la agarre otra vez. Luego camina sin soltarse de mí hasta la toalla y dice:
– Espera. -Va al cajón y vuelve con un vibrador de plástico rosa.
– Eh -le digo-, no intentes usar eso conmigo.
Gwen se estremece y dice:
– Claro que no. Es el mío.
Y yo digo:
– ¿Y qué pasa conmigo?
Y ella dice:
– Lo siento, la próxima vez tráete un vibrador para ti.
– No -le digo-. ¿Qué pasa con mi pene?
Y ella dice:
– ¿Qué pasa con tu pene?
Yo digo:
– ¿Cómo encaja en todo esto?
Sentándose en la toalla, Gwen niega con la cabeza y dice:
– ¿Por qué hago esto? ¿Por qué siempre elijo a tíos que lo único que quieren es ser amables y convencionales? Lo siguiente que querrás hacer es casarte conmigo -dice-. Por una sola vez me gustaría tener una relación violenta. ¡Por una vez!
Ella dice:
– Puedes masturbarte mientras me violas. Pero solo en la toalla y solo si no me salpicas.
Ella extiende la toalla alrededor de su culo y da unas palmadas en una zona de toalla que tiene al lado:
– Cuando llegue el momento -dice-, puedes dejar tu orgasmo aquí.
Su mano da unas palmaditas.
Ah, vale, le digo, ¿y ahora qué?
Gwen suspira y me planta el vibrador en la cara:
– ¡Úsame! -dice-, ¡Degrádame, estúpido! ¡Ultrájame, subnormal! ¡Humíllame!
No tengo muy claro donde está el interruptor, así que ella me tiene que enseñar cómo encenderlo. Luego vibra tan fuerte que lo suelto. Luego se pone a saltar por el suelo y tengo que atrapar el puto chisme.
Gwen levanta las rodillas en el aire y las deja caer a los lados igual que se abre un libro. Yo me arrodillo en el borde de la toalla y meto la punta zumbante dentro de los bordes de plástico de su vagina. Con la otra mano me acaricio el rabo. Sus tobillos están afeitados y desembocan en unos pies curvados con pintauñas azul. Está tumbada de espaldas con los ojos cerrados y las piernas abiertas. Con las manos unidas y extendidas por encima de la cabeza de forma que sus pechos forman cúpulas perfectas, dice:
– No, Dennis, no. No quiero esto, Dennis. No. No, no puedes tomarme.
Yo le digo:
– Me llamo Victor.
Ella me dice que me calle y la deje concentrarse.
Yo intento que los dos nos lo pasemos bien, pero ese es el equivalente sexual de frotarse el estómago y rascarse la cabeza. O me concentro en mí mismo o me concentro en ella. En cualquier caso el resultado es tan malo como un trío que no funciona: siempre hay uno que se queda fuera. Además el vibrador resbala y es difícil sujetarlo. Se está recalentando y empieza a despedir un olor acre a humo como si algo se estuviera quemando dentro.
Gwen abre un ojo solamente un poco, me ve cascarme el rabo y dice:
– ¡Yo primero!
Me sacudo el rabo. Hurgo dentro de Gwen. Hurgo dentro de Gwen. Me siento menos un violador que un fontanero. Los bordes del femidón no paran de meterse dentro y tengo que pararme y sacarlos con dos dedos.
Gwen dice:
– Dennis, no. Dennis, para, Dennis. -La voz le sale de las profundidades de la garganta. Se tira del pelo y traga saliva. El femidón se vuelve a meter dentro y yo ya paso de él. El vibrador lo hunde más y más. Ella me dice que juegue con sus pezones con la otra mano.
Le digo que necesito la otra mano. Mis pelotas se tensan, listas para disparar y digo:
– Oh, sí. Sí. Oh, sí.
Y Gwen dice:
– No te atrevas. -Y se chupa dos dedos. Clava su mirada en la mía y se mete los dedos húmedos entre las piernas, desafiándome.
Lo único que tengo que hacer es imaginarme a Paige Marshall, mi arma secreta, y la carrera se termina.
Un segundo antes de correrme, en ese momento en que sientes que el ojete empieza a tensarse, justo entonces me vuelvo hacia el lugar de la toalla que me ha indicado Gwen. Sintiéndose estúpidos y tratados como perros amaestrados para hacer sus necesidades, mis soldaditos blancos salen despedidos y, tal vez por accidente, equivocan la trayectoria y aterrizan sobre la colcha rosa. Sobre su enorme y suave paisaje mullido de color rosa. Formando un arco después de otro, llueven goterones calientes de todos los tamaños sobre la colcha, los cubrealmohadas y los faldones de seda rosa de la cama.
¿Qué NO haría Jesucristo?
Grafitis de semen.
«Vandalismo» no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.
Gwen está tumbada en la toalla, jadeando con los ojos cerrados y el vibrador zumbando a su lado. Con los ojos en blanco, chorrea entre los dedos y murmura:
– Te he ganado…
Murmura:
– Hijo de puta, te he ganado…
Me pongo los pantalones y cojo la chaqueta. Hay soldaditos blancos por toda la cama, las cortinas y el papel de la pared, y Gwen está ahí tumbada, jadeando, con el vibrador sobresaliéndole en ángulo oblicuo entre las piernas. Un segundo más tarde, se le sale y cae en el suelo como un pescado mojado y gordezuelo. Es entonces cuando Gwen abre los ojos. Empieza a incorporarse apoyándose en los codos antes de ver los desperfectos.
Ya tengo medio cuerpo fuera de la ventana cuando digo:
– Ah, por cierto…
Digo «garbeo» y oigo a mi espalda su primer grito de verdad.