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En el verano de 1642 en Plymouth, Massachusetts, un adolescente fue acusado de sodomizar a una yegua, una vaca, dos cabras, cinco ovejas, dos terneros y un pavo. Está en los libros de Historia. De acuerdo con las leyes bíblicas del Levítico, después de que el chico confesara fue obligado a ver cómo los animales eran sacrificados. Luego lo mataron y su cuerpo fue enterrado junto con los animales muertos en una fosa sin lápida.

Aquello fue antes de que hubiera reuniones de terapia oral para adictos al sexo.

El cuarto paso de la terapia de aquel chaval habría sido un reportaje sensacionalista sobre el corral.

Pregunto:

– ¿Alguien tiene alguna pregunta?

Los alumnos de cuarto se me quedan mirando. Una niña de la segunda fila dice:

– ¿Qué es sodomizar?

Le digo que se lo pregunte a su profesora.

Cada media hora se supone que tengo que dar clase a otro rebaño de alumnos de cuarto acerca de una mierda que nadie quiere aprender, como, por ejemplo, la manera de encender un fuego. Cómo hacer muñecos con manzanas. Cómo hacer tintura de nogal negro. Como si todo eso les fuera a ayudar a conseguir plaza en una buena universidad.

Además de deformar a los pobres pollos, estos alumnos de cuarto se dedican a pasear por aquí sus microbios. No es un misterio que Denny siempre se esté sonando la nariz y tosiendo. Piojos, lombrices intestinales, clamidiasis, tiña: en serio, estos niños de excursión son los jinetes en miniatura del apocalipsis.

En lugar de los rollos útiles de la época de los pioneros, les cuento que su juego del corro de la patata está basado en la epidemia de peste bubónica de 1665. La Peste Negra le causaba a la gente unos puntos negros duros e hinchados conocidos como «bubas» y rodeados de un círculo de color claro. Por eso se llama «bubónica». A la gente infectada se la encerraba en su casa para que se muriera. En seis meses, cien mil personas fueron enterradas en enormes fosas comunes.

Los «ramilletes en el bolsillo» [1] era lo que la gente de Londres llevaba para no oler los cadáveres.

Para encender un fuego, hay que amontonar palos y hierba seca. Se consigue una chispa con un pedernal. Luego se le da al fuelle. Ni siquiera sueñes que este método de encender fuegos consigue iluminarles los ojos. A nadie le impresiona una chispa. La primera fila se compone de niños en cuclillas, apiñados en torno a sus videojuegos. Te bostezan en las narices. Se ríen y se pellizcan entre ellos y ponen los ojos en blanco cuando ven mis calzas y mi suciedad.

En cambio, les cuento que en 1672 la Peste Negra llegó a Nápoles, Italia, y mató a unas cuatrocientas mil personas.

En 1711, en el Sacro Imperio Romano, la Peste Negra mató a quinientas mil personas. En 1781, la gripe mató a millones de personas de todo el mundo. En 1792, otra plaga mató a ochocientas mil personas en Egipto. En 1793, los mosquitos llevaron la fiebre amarilla a Filadelfia y murieron miles de personas.

Un niño de las últimas filas murmura:

– Esto es peor que la rueca.

Otros niños abren las fiambreras y miran el interior de sus bocadillos.

Al otro lado de la ventana, Denny está en el cepo. Esta vez por pura costumbre. El ayuntamiento ha anunciado que lo van a desterrar después de la hora de comer. El cepo es el sitio donde se siente más a salvo de sí mismo. No está cerrado y los candados están abiertos, pero está ahí inclinado con las manos y el cuello metidos donde han estado durante los últimos nueve meses.

Mientras venían de casa del tejedor a aquí, un niño le ha metido un palo a Denny por la nariz y luego ha intentado metérselo en la boca. Otros niños le han frotado la cabeza afeitada para que les diera suerte.

Encender un fuego solamente mata quince minutos, así que después se supone que tengo que enseñarle a todos los rebaños de niños las ollas enormes, las escobas de paja, las colchas y mierdas por el estilo.

Los niños siempre parecen más grandes en una habitación con el techo de dos metros de altura. Un niño de las filas del fondo dice:

– Nos han vuelto poner la puta ensalada de huevo.

Aquí, en el siglo xviii, estoy sentado junto a la enorme chimenea abierta equipada con las habituales reliquias de cámara de torturas, los ganchos de hierro para las ollas, los atizadores, los morillos y los hierros de marcar el ganado. Mi enorme fuego está ardiendo. Es un momento perfecto para sacar las tenazas de hierro de las brasas y fingir que examino su punta al rojo vivo. Todos los niños retroceden.

Y yo les pregunto: Eh, niños, ¿alguien puede explicarme cómo la gente del siglo xviii violaba a niños desnudos hasta matarlos?

Esto siempre consigue llamarles la atención.

Nadie levanta la mano.

Sin dejar de examinar las tenazas, digo:

– ¿Nadie?

Sigue sin haber manos en alto.

– De verdad -les digo, y empiezo a abrir y cerrar las tenazas-, seguro que vuestra profesora os ha contado que por entonces mataban a los niños.

La profesora está esperando fuera. Lo que ha pasado es que hace un par de horas, mientras su clase estaba cardando lana, esa profesora y yo hemos intercambiado un poco de semen en el ahumadero y me temo que ella se ha creído que esto iba a acabar en algo romántico, pero alto. Con mi cara hundida en la blandura maravillosa de su culo, es asombroso lo que una mujer puede entender cuando dices por accidente «Te quiero».

Diez veces de diez, lo que el tío quiere decir es: «Esto me encanta».

Te pones una camisa de lino con chorreras, un fular y unas calzas y el mundo entero se quiere sentar en tu cara. Mientras compartíamos mi salchicha gorda y caliente, podríamos haber sido la portada de alguna novelita erótica barata. Yo le he dicho:

– Oh, nena, hendid vuestra carne con la mía. Oh, sí, hendidla, nena.

Guarradas del siglo xviii.

La profesora se llama Amanda o Allison o Amy. Algún nombre con una vocal.

No hay que parar de preguntarse: «¿Qué no haría Jesucristo?».

Ahora delante de la clase de ella, con las manos todas negras, devuelvo las tenazas al fuego, y luego hago una señal con dos dedos negros a los niños, lo cual en el lenguaje internacional de signos quiere decir acercaos.

Los niños de las últimas filas empujan a los de las primeras. Los de las primeras miran a su alrededor y un niño dice:

– ¿Señorita Lacey?

Una sombra en la ventana indica que la señorita Lacey está mirando, pero en cuanto miro en su dirección ella desaparece.

Les hago otra señal a los niños para que se acerquen más. La vieja canción sobre Georgie Porgie, les cuento, trata del rey de Inglaterra Jorge IV, que nunca tenía bastante.

– ¿Bastante de qué? -pregunta un niño.

– Preguntadle a vuestra maestra.

La señorita Lacey sigue merodeando.

Les digo:

– ¿Os gusta este fuego que tengo aquí? -Y señalo las llamas con la cabeza-. Pues hay que limpiar la chimenea todo el tiempo, lo que pasa es que las chimeneas son muy pequeñas por dentro y lo manchan todo, así que la gente obligaba a los niños a trepar por el interior y rascar las paredes.

Y como los tiros eran tan estrechos, les digo, los niños se quedaban encallados si llevaban ropa.

– Así que igual que Santa Claus… -les digo-, trepaban por la chimenea… -digo, y levanto un atizador calentado por el fuego- desnudos.

Escupo en el extremo al rojo vivo del atizador y la saliva chisporrotea haciendo mucho ruido en la habitación en silencio.

– ¿Y sabéis cómo se morían? -les digo-. ¿Alguien lo sabe?

Nadie levanta la mano.

Les digo:

– ¿Sabéis lo que es el escroto?

Nadie dice que sí ni siquiera asiente, así que les digo:

– Preguntad a la señorita Lacey.

Durante la mañana que pasamos en el ahumadero, la señorita Lacey se dedicó a masajearme el rabo con un buen montón de saliva. Luego nos chupamos las lenguas, sudando mucho e intercambiando saliva, y ella se apartó para echarme un vistazo. Bajo aquella luz tenue, estábamos rodeados por completo de jamones falsos de plástico. Ella estaba toda empapada y montada encima de mi mano, con fuerza, y jadeando entre palabra y palabra. Se secó la boca y me preguntó si tenía protección.

– Tranqui -le dije-. Es mil setecientos treinta y cuatro, ¿te acuerdas? El cincuenta por ciento de los niños mueren al nacer.

Ella sopló para apartarse un mechón rebelde de la cara y dijo:

– No me refiero a eso.

La lamí entre los pechos, subí por su garganta y luego abrí la boca alrededor de su oreja. Sin dejar de masturbarla con los dedos empapados, le dije:

– ¿Es que tenéis alguna afección maligna que yo deba conocer?

Ella me apartó, se metió un dedo en la boca para humedecerlo y dijo:

– Creo en protegerme a mí misma.

Y yo dije:

– Mola.

Le dije:

– Me pueden echar por esto. -Y me puse un condón en el rabo.

Ella me metió el dedo por el ojete, con la otra mano me dio una palmada en el trasero y me dijo:

– ¿Cómo crees que me siento?

Para evitar correrme, me puse a pensar en ratas muertas, calabazas podridas y letrinas. Le dije:

– Es porque todavía falta un siglo para que inventen el látex.

Ahora señalo a los alumnos de cuarto con el atizador y les digo:

– Aquellos niñitos salían de las chimeneas cubiertos de hollín. Y el hollín se les metía en las manos, las rodillas y los codos, y como no tenían jabón estaban negros todo el tiempo.

Así era como vivían por entonces. Todos los días alguien les obligaba a trepar por una chimenea y se pasaban el día entero reptando en la oscuridad con el hollín metiéndoseles por la boca y la nariz y nunca iban a la escuela y no tenían televisión ni videojuegos ni cartones de zumo de mango y papaya. Y no tenían música ni chismes con mando a distancia ni zapatos y todos sus días eran iguales.

– Aquellos niños -les digo, y señalo con el atizador de un lado a otro del grupo de niños- eran niños como vosotros. Exactamente como vosotros.

Mi mirada va de un niño a otro y busca las miradas de todos ellos.

– Y un día los niños se despertaban sintiendo un dolor en sus partes íntimas. Y aquellos dolores no se curaban. Luego se metastatizaban y subían por la vesícula seminal hasta el abdomen de los niños, y entonces… -les digo- ya era demasiado tarde.

He aquí los desechos de mi educación en la facultad de medicina.

Y les cuento que a veces intentaban salvar a los niños cortándoles el escroto, pero aquello era antes de que hubiera hospitales y medicinas. En el siglo xviii seguían llamando a aquella clase de tumores «verrugas del hollín».

– Y aquellas verrugas del hollín -les digo a los niños- fueron la primera forma de cáncer que se inventó.

Luego les pregunto si alguien sabe por qué lo llaman cáncer.

Ninguna mano en alto.

Les digo:

– No me obliguéis a elegir a uno.

En el ahumadero, la señorita Lacey se peinó los nudos del pelo mojado con los dedos y me dijo:

– Así pues -y como si fuera una pregunta inocente, dijo-: ¿tienes una vida fuera de aquí?

Estaba enrollando sus medias como hacen las mujeres para meter las piernas dentro y me dijo:

– Este tipo de sexo es síntoma de un adicto al sexo.

Prefiero pensar en mí mismo como un playboy estilo James Bond.

Y la señorita Lacey dijo:

– Bueno, tal vez James Bond era un adicto al sexo.

Se suponía que debía decirle la verdad. Admiro a los adictos. En un mundo en el que todo el mundo espera un desastre ciego y arbitrario o una enfermedad repentina, el adicto tiene la tranquilidad de saber con toda probabilidad lo que le espera al final del camino. Ha asumido cierto control sobre su destino final y su adicción evita que la causa de su muerte sea una sorpresa total.

En cierta forma, elimina la incertidumbre de la muerte. Uno puede en efecto planificar su propia despedida.

Véase también: doctora Paige Marshall.

Véase también: Ida Mancini.

La verdad es que el sexo no es sexo a menos que uno tenga una pareja nueva cada vez. La primera vez es la única sesión en que están presentes tanto la cabeza como el cuerpo. Incluso en la segunda hora de esa primera vez, la cabeza te puede empezar a devanear. Ya no se consigue la cualidad plenamente anestésica del buen sexo anónimo cuando se tiene por primera vez.

¿Qué NO haría Jesucristo?

Pero en vez de decirle todo eso, mentí a la señorita Lacey y le dije:

– ¿Cómo puedo ponerme en contacto contigo?

Ahora les cuento a los alumnos de cuarto que se llama cáncer porque cuando empieza a crecer dentro de ti, cuando te atraviesa la piel, parece un enorme cangrejo rojo. Luego el cangrejo se abre y por dentro es todo sangriento y blanco.

– No importaba lo que intentaran los médicos -les cuento a los niños callados-. Todos los niños terminaban sucios, enfermos y dando unos gritos de dolor terribles. ¿Y quién puede decirme que pasaba después?

Nadie levanta la mano.

– Está claro -digo-. Se morían, claro.

Y vuelvo a poner el atizador en el fuego.

– Así pues -digo-. ¿Alguna pregunta?

Nadie levanta la mano, así que les cuento aquellas investigaciones prácticamente falsas en las cuales los científicos afeitaban a ratones y los impregnaban con esmegma de caballo. Aquello debía demostrar supuestamente que los prepucios causaban el cáncer.

Se levanta una docena de manos y yo digo:

– Preguntadle a vuestra maestra.

Qué trabajo de mierda debía de ser afeitar a aquellos pobres ratones. Y luego encontrar un montón de caballos sin circuncidar.

El reloj de la chimenea dice que nuestra media hora ya casi se ha terminado. Al otro lado de la ventana, Denny sigue en el cepo. Solamente le queda hasta la una. Un perro perdido del pueblo se detiene a su lado, levanta la pata y el chorro de líquido amarillento y humeante va directo al zapato de madera de Denny.

– Y además -les digo-, George Washington tenía esclavos y nunca cortó ningún cerezo y en realidad era una mujer.

Mientras se dirigen a empujones hacia la puerta les digo:

– Y no os metáis más con el tío del cepo -les grito-. Y dejad de agitar los putos huevos de las gallinas.

Solamente para revolver el patio, les digo que vayan a preguntarle a la quesera por qué tiene los ojos enrojecidos y las pupilas dilatadas. Que le pregunten al herrero qué son esas líneas asquerosas que le suben y le bajan por la parte interior de los brazos. Les grito a esos pequeños monstruos infecciosos que todos los lunares y pecas que tienen son un cáncer que está esperando para salir. Les grito:

– El sol es vuestro enemigo. Evitad la parte de la calle donde da el sol.


  1. <a l:href="#_ftnref1">[1]</a> «Ring a ring of roses / A pocket full of posies» (‘Un círculo de rosas / y ramilletes en el bolsillo’) es el principio de la canción con que los niños ingleses acompañan el juego tradicional del corro. (N. del T.)