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Cuando llega la grúa del club automovilístico, la chica del mostrador delantero tiene que salir y yo le digo que le vigilo el mostrador.

En serio, cuando el autobús me ha dejado hoy en Saint Anthony he visto que su coche tenía dos neumáticos deshinchados. Tenía las dos ruedas de atrás apoyadas en las llantas, le digo, y me obligo a mí mismo a mirarla a los ojos todo el tiempo.

El monitor de seguridad muestra el comedor, donde un montón de viejas están comiendo diferentes tonos de papilla gris para almorzar.

El dial del intercomunicador está colocado en el uno y se oye música de ascensor y agua corriente procedente de alguna parte.

El monitor muestra la sala de manualidades vacía. Luego la sala de estar comunal, con el televisor apagado. Diez segundos más tarde, la biblioteca, donde Paige está empujando la silla de ruedas de mi madre entre las estanterías de libros viejos y ajados.

Hago girar el control del intercomunicador hasta que las oigo en el número seis.

– Ojalá tuviera el valor para dejar de luchar contra todo y dudar de todo -dice mi madre. Extiende un brazo y toca el lomo de un libro, diciendo-: Ojalá, una sola vez, pudiera decir: «Esto. Esto ya me está bien. Porque yo lo he elegido».

Saca el libro, mira la portada y lo devuelve a la estantería negando con la cabeza.

Y su voz se oye chirriante y amortiguada en el altavoz:

– ¿Cómo decidió hacerse médico?

Paige se encoge de hombros.

– Una tiene que cambiar su juventud por algo…

El monitor da paso a la imagen de una zona de carga y descarga vacía detrás de Saint Anthony.

Ahora la voz en off de mi madre dice:

– Pero ¿cómo aceptó ese compromiso?

Y la voz en off de Paige dice:

– No lo sé. Simplemente un día quise ser médico… -Y luego se desvanece al pasar a otra sala.

El monitor da paso a una imagen del aparcamiento de la entrada, donde están la grúa aparcada y el conductor arrodillado al lado de un coche azul. La chica del mostrador de entrada está de pie a un lado con los brazos cruzados.

Muevo el dial de un número a otro y escucho.

El monitor cambia y me muestra a mí sentado con la oreja pegada al altavoz del intercomunicador.

En el número cinco se oye el tableteo de alguien escribiendo a máquina. En el ocho se oye el zumbido de un secador de pelo. En el dos, oigo la voz de mi madre diciendo:

– ¿Conoce esa vieja frase que dice «Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo»? Bueno, creo que aquellos que recuerdan el pasado están peor todavía.

La voz en off de Paige dice:

– Los que recuerdan el pasado tienden a no entender una mierda de la historia.

El monitor cambia y las muestra a ellas dos yendo por un pasillo y a mi madre con un libro abierto en el regazo. Está leyéndolo y sonriendo.

Vuelve la vista atrás en dirección a Paige, que va empujando su silla, y dice:

– En mi opinión, aquellos que recuerdan el pasado viven paralizados por él.

Paige empuja su silla y dice:

– ¿Qué le parece: «Aquellos que pueden olvidar el pasado van muy por delante del resto de nosotros»?

Y sus voces se desvanecen de nuevo.

Alguien está roncando en el número tres. En el diez se oye el chirrido de una silla de ruedas.

El monitor pasa a enseñar el aparcamiento de la entrada, donde la chica está firmando algo sobre un sujetapapeles.

Antes de que yo pueda encontrar otra vez a Paige, la chica del mostrador de entrada habrá vuelto y estará diciendo que a sus neumáticos no les pasa nada. Y me mirará de reojo otra vez.

¿Qué NO haría Jesucristo?

Resulta que algún gilipollas se los ha deshinchado.