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Ya está oscuro y empieza a llover cuando llego a la iglesia y me encuentro a Nico esperándome en el aparcamiento. Se pone a forcejear con su abrigo y durante un momento deja que una manga cuelgue vacía, luego vuelve a meter el brazo en ella. Por fin mete los dedos en el puño de la otra manga y saca algo blanco y con encajes.

– Aguántame esto -dice, y me pasa un amasijo caliente de elásticos y encaje.

Es su sujetador.

– Solamente un par de horas -me dice-. No tengo bolsillos. -Sonríe con la comisura de la boca y con los dientes de arriba mordiendo ligeramente el labio inferior. La lluvia y las farolas le centellean en los ojos.

No le voy a coger sus cosas, le digo, no puedo. Ya no.

Nico se encoge de hombros y se vuelve a meter el sujetador en la manga del abrigo. Todos los adictos al sexo han entrado ya en la sala 234. Los pasillos están vacíos, con sus suelos relucientes de linóleo encerado y sus tablones de anuncios en las paredes. Hay noticias de la iglesia y proyectos artísticos infantiles colgados por todas partes. Retratos de Jesucristo y los apóstoles pintados con los dedos. De Jesucristo y María Magdalena.

Voy caminando un paso por delante de Nico en dirección a la sala 234 cuando ella me agarra de la parte de atrás del cinturón y me empuja contra un tablón de anuncios.

Las punzadas en las tripas, la hinchazón y los calambres cuando me estira del cinturón, el dolor me provoca un eructo ácido en el fondo de la garganta. Tengo la espalda contra la pared, ella me mete una pierna entre las mías y me rodea la cabeza con los brazos. Sus pechos se interponen blancos y cálidos entre nuestros cuerpos. La boca de Nico se encaja en la mía y los dos respiramos su aroma. Tiene más lengua dentro de mi boca que dentro de la suya. Su pierna no está frotando mi erección, sino mi intestino atascado.

Los calambres podrían significar cáncer colorrectal. Podrían significar apendicitis aguda. Hiperparatiroidismo. Insuficiencia adrenal.

Véase también: obstrucción intestinal.

Véase también: cuerpos extraños colorrectales.

Fumar cigarrillos. Morderse las uñas. Mi cura para todo solía ser el sexo, pero ahora tengo a Nico magreándome y no puedo hacer nada.

Nico dice:

– Vale, busquemos otro sitio.

Ella retrocede y el dolor en las tripas me hace doblarme por la mitad. Me alejo tambaleándome hacia la sala 234 con Nico hablándome entre dientes.

– ¡No! -dice entre dientes.

En la sala 234, el líder del grupo está diciendo:

– Esta noche vamos a trabajar en el cuarto paso.

– Aquí dentro no -dice Nico hasta que los dos estamos de pie en el umbral a la vista del grupo de gente sentada a la mesa grande y baja, manchada de pintura y pringada de arcilla seca. Las sillas son miniaturas de plástico tan bajas que todo el mundo tiene las rodillas delante del pecho. Todos se nos quedan mirando. Todos esos hombres y mujeres. Esas leyendas urbanas. Esos adictos al sexo.

El líder del grupo dice:

– ¿Hay alguien aquí que todavía esté trabajando en el cuarto paso?

Nico se pega a mí y me susurra en el oído, me susurra:

– Si entras ahí con todos esos perdedores -dice Nico-, nunca más volveré contigo.

Véase también: Leeza.

Véase también: Tanya.

Y yo me acerco a la mesa y me dejo caer en una sillita de plástico.

Con todo el mundo mirándome, digo:

– Hola, soy Victor.

Mirando a los ojos de Nico, digo:

– Me llamo Victor Mancini y soy un adicto al sexo.

Y les cuento que llevo algo así como una eternidad atascado en el cuarto paso.

No me siento tanto al final de algo como en un nuevo principio.

Y sin moverse del umbral, ya no con lágrimas en los ojos sino con lagrimones, lagrimones negros de rímel cayéndole por la cara, Nico se restriega los ojos con una mano. Luego grita:

– ¡Pues yo no! -Y el sujetador se le sale de la manga del abrigo y se le cae al suelo.

La señalo con la cabeza y digo:

– Y esta es Nico.

Y Nico dice:

– Por mí que os folien a todos. -Recoge el sujetador y se marcha.

Es entonces cuando todos dicen hola, Victor.

Y el líder del grupo dice:

– Muy bien.

Y dice:

– Como estaba diciendo, la mejor forma de exploraros a vosotros mismos es recordar dónde perdisteis la virginidad…