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Lo que apareció anoche en las noticias fuimos yo gritando y agitando los brazos delante de la cámara, Denny a poca distancia detrás de mí, trabajando para colocar una piedra en la pared, y Beth a poca distancia detrás de él, golpeando un bloque de piedra con un martillo e intentando esculpir una estatua.

En la tele salgo amarillento como si tuviera ictericia y encorvado por culpa de la hinchazón y la inflamación de mis tripas, que se me están descomponiendo por dentro. Inclinado hacia delante, levanto la vista para mirar a la cámara y el cuello se me dobla entre la cabeza y el cuello de la camisa. Con el cuello tan flaco como un brazo, la nuez de Adán me sobresale como si fuera un codo. Esto tuvo lugar ayer después del trabajo, de modo que todavía llevaba mi camisa de lino del Dunsboro colonial parecida a una blusa y las calzas. Ni los zapatos de hebilla ni el fular ayudan en estas situaciones.

– Tío -dice Denny, sentado junto a Beth en el apartamento de Beth donde estamos viéndonos a nosotros mismos en la tele-, no tienes muy buena pinta.

Me parezco al Tarzán regordete del cuarto paso de mi terapia, el que estaba agachado con el mono y los cacahuetes tostados. El salvador gordezuelo de la sonrisa beatífica. El héroe a quien no le quedaba nada que ocultar.

Lo único que yo intentaba en la tele era explicar a todo el mundo que no había ninguna controversia. Convencer a la gente que yo había llamado al ayuntamiento diciendo que vivía al lado y que un chiflado estaba construyendo sin permiso, no sabía el qué. Y que la zona de obras representaba un peligro para los niños del vecindario. Y que el tío que estaba construyendo no parecía muy sano. Y que sin duda estaba construyendo una iglesia satánica.

Luego llamé a los de la cadena de televisión y les expliqué lo mismo.

Y así fue como empezó todo.

Lo de que hice todo aquello para conseguir que Denny me necesitara, eso no lo expliqué. No en la televisión.

En serio, todas mis explicaciones se quedaron en la sala de montaje, porque en la tele parezco simplemente un maníaco sudoroso e inflado que intenta tapar la lente de la cámara con la mano, que le grita al reportero que se largue y que le da manotazos al micrófono de jirafa que cuelga durante toda la toma.

– Tío -dice Denny.

Beth ha grabado en vídeo mi pequeño momento fosilizado y lo miramos una y otra vez.

Denny dice:

– Tío, pareces poseído por el demonio o algo así.

La verdad es que he sido poseído por una deidad distinta. Estoy intentando hacer el bien. Estoy intentando hacer algunos milagros pequeñitos para poder pasar después a los grandes.

Sentado aquí con un termómetro en la boca, me lo saco y veo que pone treinta y ocho grados y medio. No paro de sudar y le digo a Beth:

– Lo siento por tu sofá.

Beth coge el termómetro para echarle un vistazo y luego me pone la mano fría en la frente.

Y le digo:

– Siento haber creído que eras una pedorra estúpida y cabeza hueca.

Ser Jesucristo comporta ser sincero.

Y Beth dice:

– No pasa nada. Nunca me ha importado lo que pensaras tú. Solamente me importa Denny. -Agita el termómetro y me lo vuelve a poner debajo de la lengua.

Denny rebobina la cinta y vuelvo a aparecer yo.

Esta noche me duelen los brazos y tengo las manos despellejadas de trabajar con la cal en el mortero. Le pregunto a Denny qué se siente al ser famoso.

Detrás de mí en la pantalla, las paredes de piedra ascienden y se extienden formando la base de una torre. En el interior del amplio portal se ve una escalera ancha que sube. En otras direcciones arrancan más paredes, sugiriendo los cimientos de otras alas, otras torres, otros claustros, columnatas, estanques elevados y patios hundidos.

La voz del reportero pregunta:

– ¿Esta estructura que están construyendo es una casa?

Le digo que no lo sabemos.

– ¿Es alguna clase de iglesia?

No lo sabemos.

El reportero entra en el plano, es un tipo con el pelo castaño peinado en una onda rígida por encima de la frente. Me acerca el micrófono de mano a la boca y pregunta:

– Entonces, ¿qué están construyendo?

No lo sabremos hasta que hayamos puesto la última piedra.

– ¿Y cuándo será eso?

No lo sabemos.

Después de tanto tiempo viviendo solo, es agradable poder hablar en plural.

Denny me observa mientras digo esto por la tele, me señala y dice:

– Perfecto.

Denny dice que cuanto más tiempo podamos aguantar construyendo, más podremos permanecer creando y más cosas serán posibles. Más tiempo podremos soportar el hecho de ser incompletos. Postergar la recompensa.

Imagina la idea de una Arquitectura Tántrica.

En la tele, le digo al reportero:

– Lo importante es el proceso. No se trata de terminar nada.

Lo gracioso es que realmente creo estar ayudando a Denny.

Cada piedra es un día que Denny no desperdicia. El granito liso de río. Los bloques de basalto negro. Cada piedra es una pequeña lápida, un pequeño monumento a cada día en que el trabajo de la mayor parte de la gente simplemente se evapora o expira o caduca instantáneamente en el momento de hacerse. No le menciono estas cosas al reportero ni le pregunto qué pasa con su trabajo en el momento en que está en el aire. En el aire. Es emitido. Se evapora. Queda borrado. En un mundo donde trabajamos por escrito, donde hacemos ejercicio con máquinas, donde el tiempo, el esfuerzo y el dinero pasan por nuestras manos sin que podamos conservar casi nada, el hecho de que Denny ensamble piedras parece normal.

No le cuento todo esto al reportero.

Ahí estoy yo, saludando con la mano y diciendo que nos hacen falta más piedras. Si la gente nos trae piedras se lo agradeceremos. Con el pelo rígido y pringado de sudor y la barriga hinchada en la parte delantera de las calzas, explico que lo único que no sabemos es lo que acabará siendo. Y además, no lo queremos saber.

Beth entra en la cocina americana para hacer palomitas.

Me muero de hambre, pero no me atrevo a comer.

En la tele aparece un último plano de los muros, las bases para una larga columnata que algún día soportarán un techo. Pedestales de estatuas. Pilones de fuentes. Las paredes se levantan trazando perfiles de contrafuertes, gabletes, chapiteles y cúpulas. Se levantan arcos que algún día soportarán bóvedas. Torretas. Algún día. Ya están creciendo algunos de los matorrales y los árboles que algún día esconderán y sepultarán nuestra construcción. Las ramas penetran por las ventanas. La hierba y los matojos crecen hasta la altura de la cintura en algunas salas. Todo esto aparece ante la cámara, he ahí los cimientos de algo que tal vez no veamos terminado en toda la vida.

Eso no se lo digo al reportero.

Desde fuera de plano se oye gritar al cámara:

– ¡Eh, Victor! ¿Te acuerdas de mí? ¿Del Chez Buffet? Aquella vez que estuviste a punto de asfixiarte…

El teléfono suena y Beth va a cogerlo.

– Tío -dice Denny, y vuelve a rebobinar la cinta-, lo que les has dicho va a volver loca a alguna gente.

Y Beth dice:

– Victor, son los del hospital de tu madre. Han estado buscándote.

Yo grito:

– Un minuto.

Le digo a Denny que vuelva a pasar la cinta. Ya estoy casi listo para hablar con mi madre.