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Mi madre ha muerto. Mi madre ha muerto y Paige Marshall es una lunática. Todo lo que me dijo era inventado. Incluyendo la idea de que yo era, oh, no puedo ni decirlo: Él. Incluyendo lo de que me amaba.
Bueno, vale, le gusto.
Incluyendo la idea de que soy una persona de naturaleza bondadosa. No lo soy.
Y si la maternidad es el nuevo Dios, lo único sagrado que nos quedaba, entonces he matado a Dios.
Es el jamais vu. Lo contrario en francés al déjà vu, en donde todo el mundo es un extraño sin importar lo mucho que creas conocerlo.
Lo único que puedo hacer es ir a trabajar y deambular por el Dunsboro colonial, reviviendo el pasado una y otra vez en mi mente. Oliendo el pudín de chocolate que sigo teniendo en las manos. Estoy atrapado en el momento en que el corazón de mi madre dejó de dar sacudidas y la pulsera de plástico de Paige me reveló que era una interna. Era Paige y no mi madre quien deliraba.
Era yo el que deliraba.
En aquel preciso momento, Paige levantó la vista de la pasta de chocolate que había por toda la cama. Me miró y dijo:
– Corra. Váyase. Salga de aquí.
Véase también: el vals El Danubio azul.
Y lo único que yo pude hacer fue mirarle la pulsera.
Paige vino a mi lado de la cama, me agarró el brazo y me dijo:
– Que piensen que lo he hecho yo. -Me arrastró hasta la puerta y me dijo-: Que piensen que lo ha hecho ella sola. -Miró a un lado y otro del pasillo y dijo-: Borraré sus huellas de la cucharilla y se la pondré en la mano. Le diré a la gente que usted dejó aquí el pudín ayer.
Al acercarnos a las puertas se fueron cerrando automáticamente. Era por su pulsera.
Paige me señaló una puerta exterior y me dijo que no se podía acercar más o no se abriría para dejarme salir.
Y me dijo:
– Usted no ha estado aquí hoy, ¿lo entiende?
Dijo un montón de cosas más, pero ahora no importan.
Nadie me quiere. No tengo un alma hermosa. No soy una persona generosa y de naturaleza bondadosa. No soy el salvador de nadie.
Todo es falso ahora que ella está loca.
– La he asesinado -le dije.
La mujer muerta, a quien asfixié con chocolate, ni siquiera era mi madre.
– Fue un accidente -dijo Paige.
Y yo le dije:
– ¿Cómo puedo estar seguro de eso?
Detrás de mí, mientras salía, alguien debió de encontrar el cuerpo, porque se pusieron a anunciar una y otra vez:
– Enfermera Remington a la sala ciento cincuenta y ocho. Enfermera Remington, por favor, venga de inmediato a la sala ciento cincuenta y ocho.
Ni siquiera soy italiano.
Soy huérfano.
Deambulo por el Dunsboro colonial con los pollos deformes de nacimiento, los ciudadanos drogadictos y los niños de excursión que creen que este jaleo tiene algo que ver con el pasado real. Uno puede fingir. Uno puede engañarse, pero no se puede recrear lo que ya terminó.
El cepo en medio de la plaza del pueblo está vacío. Ursula pasa a mi lado llevando una vaca lechera. Las dos huelen a humo de porro. Hasta la vaca tiene los ojos dilatados e inyectados en sangre.
Aquí siempre es el mismo día, todos los días, y eso debería resultar reconfortante. Igual que en esos programas de televisión en los que la misma gente está atrapada en la misma isla desierta temporada tras temporada y nunca envejecen ni los rescatan, solamente llevan más maquillaje.
Esto es el resto de tu vida.
Un rebaño de niños de cuarto de primaria pasa corriendo y gritando. Detrás de ellos van un hombre y una mujer. El hombre lleva en la mano un cuaderno amarillo y dice:
– ¿Es usted Victor Mancini?
La mujer dice:
– Es él.
El hombre me enseña el cuaderno y dice:
– ¿Es esto suyo?
Es el cuarto paso de mi terapia con el grupo de adictos al sexo, mi inventario moral completo e implacable. El diario de mi vida sexual. Todos mis pecados recogidos.
Y la mujer dice:
– ¿Y bien? -le dice al hombre del cuaderno-. Arréstelo ya.
El hombre dice:
– ¿Conoce a una interna de la Residencia Asistida Saint Anthony llamada Eva Muehler?
Eva la ardilla. Debe de haberme visto esta mañana y les ha contado lo que he hecho. He matado a mi madre. Bueno, a mi madre no. A esa anciana.
El hombre dice:
– Victor Mancini, está usted arrestado por sospechoso de violación.
La chica de la fantasía. Debe de haber presentado denuncia. La chica a quien le estropeé la colcha de seda rosa. Gwen.
– Eh -digo yo-, fue ella quien quiso que la violara. Fue idea suya.
Y la mujer dice:
– Miente. Es mi madre a quien está insultando.
El hombre empieza a recitar la advertencia Miranda. Mis derechos.
Y yo digo:
– ¿Gwen es su madre?
Viendo su piel, se nota que esta mujer es como unos diez años mayor que Gwen.
Hoy el mundo entero debe de estar delirando.
Y la mujer grita:
– ¡Eva Muehler es mi madre! Y dice que usted la hizo callar y le dijo que era un juego secreto.
Ahí está.
– Ah, ella -le digo-. Pensé que se refería a otra violación.
El hombre interrumpe la advertencia Miranda y me dice:
– ¿Está usted escuchando sus derechos?
Está todo en el cuaderno amarillo, les digo. Lo que hice. Simplemente estaba asumiendo la responsabilidad de todos los pecados del mundo.
– Verán -digo-, durante un tiempo creí realmente que yo era Jesucristo.
El tipo se saca unas esposas de detrás de la espalda.
La mujer dice:
– Cualquier hombre que quiera violar a una anciana de noventa años tiene que estar loco.
Yo pongo cara de asco y digo:
– No me diga.
Y ella dice:
– Ah, así que ahora está diciendo que mi madre no es atractiva, ¿no?
Y el hombre me cierra las esposas en torno a la muñeca. Me hace darme la vuelta, me junta las manos detrás de la espalda y dice:
– ¿Y si vamos a algún sitio y aclaramos todo esto?
Delante de todos los perdedores del Dunsboro colonial, delante de los drogatas y los pollos lisiados y de los niños que creen que están recibiendo una educación y de su alteza real lord Charlie el gobernador colonial, soy detenido. Igual que a Denny en el cepo, pero de verdad.
Y en otro sentido, quiero decirles que no se crean que son distintos.
Aquí todo el mundo está detenido.