37361.fb2 Atlas de geograf?a humana - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 46

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—Ya está bien, mamá.

—No. No está bien, no está bien… —me precedió hasta el salón y me señaló una butaca, justo enfrente de la que ella escogió para sentarse, como un inequívoco preámbulo de la sesión de tortura que había diseñado para mí—. Ana Luisa, hija, ¿qué te pasa? Es que no lo entiendo… Tú siempre has sido una loca, eso sí, una loca impulsiva y una tonta, perdona que te lo diga, pero es que es verdad, tonta perdida es lo que eres, que no hay más que verte… Pero siempre habías sido una madre estupenda, las cosas como son, eso lo he dicho yo desde el principio, desde que dejaste a Félix y sacaste a Amanda adelante tú sola, una madre ejemplar, ésa es la verdad, y ahora, en cambio… Pero ¿cómo puedes hacer una cosa así? ¿Tú sabes cómo está tu hija? Deshecha, enferma, triste, hecha polvo, y tú, en cambio… ¡Hala! Pensando solamente en acostarte por ahí con ese cabrón que…

—¡Mamá! —chillé—. Como digas una palabra más, me levanto y me voy.

—Pues la voy a decir… —me levanté y empecé a atravesar el salón—. Te lo voy a decir bien claro, que por ahí no vas a ninguna parte, que está jugando contigo, que estás haciendo el imbécil, que nunca va a dejar…

Salí al descansillo dando un portazo que mutiló piadosamente el final de su discurso, y me apoyé en la puerta para echarme a llorar de rabia, y de cansancio, y de hartazgo de aquella frase maldita que me perseguía por todas las esquinas de mi vida como un sabueso infaliblemente entrenado para destrozarme con sus dientes antes o después.

Pero, a veces, las cosas cambian.

Parece imposible, es increíble pero, a veces, pasa.

Yo lo sé porque el doce de octubre, fiesta, antiguo Día de la Raza, sonó el timbre de mi puerta a las dos menos cuarto de la mañana, justo en el instante en el que creía haber empezado a dormir. Amanda se había acostado casi una hora antes, y por eso salté de la cama deprisa, y me puse mi bata de pagodas y doncellas chinas para correr por el pasillo sin pensar siquiera en quién estaría al otro lado de la puerta, pendiente sólo de que un segundo timbrazo no llegara a despertarla, y al abrir me encontré con Javier, absurdamente enfundado en una gabardina gris en una noche de cielo limpio y luna llena.

—Siempre te despierto… —dijo, mientras atravesaba el umbral—. Lo siento.

—No importa —le aseguré, sonriendo—. Me encantaría que me despertaras todas las noches.

—¿Sí? —me preguntó con una sonrisa, mientras deslizaba la mano izquierda dentro de mi bata, un segundo antes de besarme en los labios—. Pues estás de enhorabuena… Porque acabo de decirle a Adelaida que me voy de casa.

ÍNDICES Y MAPAS

Cuando Marisa rne advirtió que tenía los ojos raros, al mismo tiempo que fabricaba sobre la marcha aquella tonta excusa sobre el cepillo del rímel y el algodón empapado en desmaquillados me di cuenta de que ya estaba mucho mejor, y ni siquiera lamenté el pequeño duelo que había celebrado a solas conmigo misma en el cuarto de baño, como si pudiera presentir que aquel rito íntimo e inútil encerraba al mismo tiempo el final de la peor época de mi vida adulta, la odiosa tiranía de una debilidad que se había hecho fuerte en mi interior a costa de dejarme casi definitivamente exhausta. Aunque habían pasado ya dos meses y medio desde que mi hermana Natalia pagó mi invitación a comer con la confidencia más nimia y más deslumbrante, la definitiva prueba del método favorito de mi marido para emplear el tiempo libre, y aunque ella se hubiera cansado de interrogarme con los ojos en las comidas familiares, la verdad es que lo tenía todo rigurosamente controlado, y cada pieza, cada detalle, cada elemento del plan que diseñé casi sobre la marcha para irlo perfeccionando después poco a poco, había ido ocupando el lugar previsto con tanta facilidad como si me tocara por fin cobrar los intereses de aquel inmenso capital de fe que antes había depositado en el destino sin ningún resultado. La enorme cantidad de trabajo que los índices de la colección, como el rompecabezas más desquiciante, depositaba cada mañana sobre mi mesa, me ayudó a pensar y a hacerme invisible en casa por las noches, porque nada resulta más convincente que advertir que una está agotada cuando el cansancio se lee sin dificultad en cada esquina de su rostro. Siempre había pensado que lo mejor sería irme de viaje con los niños justo después de devolver a mi marido la libertad precisa para follar con otras en su propia cama, y Fran había decidido que, como el cierre del último fascículo del Atlas coincidía con la primera semana de abril, podíamos tomarnos las vacaciones de Semana Santa cinco días antes de lo previsto. A Ignacio padre, que en aquel preciso momento debió de empezar a repasar de memoria su agenda de teléfonos, le había parecido muy bien, y en el colegio, el tutor de Ignacio hijo, que ya me había advertido de ciertos indicios de una misteriosa reconciliación del niño con las matemáticas, no vio ningún inconveniente en mi proyecto de acortar el segundo trimestre en cuatro días lectivos, y ni siquiera me miró mal cuando le anuncié que tenía la intención de separarme de mi marido. Hubo un momento incluso en el que sospeché, mientras me contaba que él también estaba separado y me daba ánimos para el futuro, que me estaba mirando bien, y no sé si acerté o no, pero el caso es que salí de su despacho con un humor estupendo, agradeciendo por dentro aquel empujón tanto si había sido real como figurado. Los niños, por supuesto, estaban encantados de venirse conmigo a Roma. Había tenido suerte con la hora del vuelo, con la situación del hotel y hasta con las tarifas que escogí en la agencia de viajes, por eso me afectó tanto que una mañana apacible y soleada del mes de marzo, cuando absolutamente todo se encaminaba con pasos medidos, tranquilos, mansos, hacia su fin, la voz de Adela me anunciara desde el interfono que tenía una llamada de un tal Nacho Huertas, fotógrafo.

No tuve que forzar ni siquiera la voz para pedirle a mi secretaria que le dijera que estaba muy ocupada, que le llamaría yo cuando tuviera un momento libre, y después no dudé ni un instante de haber hecho no ya lo correcto, sino lo único posible, pero no pude evitar recordar, y fantasear un rato con el desconcierto en el que mi respuesta debía de haber sumido a un hombre que tendría que aprender ahora a que yo le rechazara, e incluso imaginé un último encuentro, una última sesión en la que yo fuera quien decide, quien elige, quien controla, y sin embargo, antes de que me atreviera a sugerirme que tal vez no me vendría mal un polvo póstumo, yo misma me abofeteé con los dedos

de mi memoria y me prohibí con éxito seguir por ese camino, por muy inofensivo que, de puro imaginario, me pareciera hasta a mí misma. No devolví esa llamada ni entonces ni nunca, y no esperaba que Nacho volviera a llamar, pero lo hizo, una semana más tarde, y entonces hablé con Ana, le pedí que le llamara expresamente en mi lugar, que le dijera que yo estaba muy liada y ella dispuesta a resolver cualquier pega que hubiera surgido, y pensé que eso sería suficiente, porque Ana me confirmó lo que las dos sabíamos ya, que Nacho no tenía ningún problema, que simplemente quería hablar conmigo. Estaba decidida a que no lo lograra nunca más cuando, en el salón de mi casa, aquella misma tarde, mientras Lobezno buscaba frenéticamente por los túneles del subsuelo al científico loco capaz de proporcionarle un antídoto para el veneno que estaba paralizando sus mutantes vísceras después de haber sumido ya a Júbilo en una especie de letargo mortal, sonó el teléfono y lo cogí sin curiosidad alguna por la voz que iba a escuchar al otro lado de la línea.

Vaya, Rosita, ¡por fin!, empezó, pero yo estaba ya inmunizada contra sus diminutivos y aquel tono festivo me molestó más de lo que podría haber llegado a suponer, así que no contesté, ¿dónde te metes?, insistió él, estoy viendo una serie de dibujos animados con mis hijos, le informé, ¡qué divertido!, pues sí, nos estamos divirtiendo mucho, desde luego… En la pausa que se abrió a continuación me pregunté si se atrevería a pasarse de listo, pero no tuve suerte, me parece que no te apetece hablar conmigo, dijo solamente, sí, te parece bien, respondí, y colgué el teléfono sin despedirme, pero no llegué a enterarme de los efectos del líquido verdoso de la ampolla de cristal que el hombre–lobo estaba a punto de inyectarse en su peludo y moribundo brazo, no comprobé si le devolvía o no a esa vida que le abandonaba por momentos, porque miré el reloj y me dije que por una vez no estaría mal que me arreglara con tiempo, y estaba tranquila cuando me levanté, tranquila y conforme conmigo misma, y esa sensación no me abandonó cuando cerré la puerta del cuarto de baño, me hizo compañía mientras me duchaba, mientras me vestía, mientras me daba un poco de colorete con una brocha, pero cuando tenía ya el cepillo del rímel en la mano, me di cuenta de que mis ojos brillaban demasiado, y aunque hace años que mi cara no me sorprende ni siquiera cuando me corto el pelo, tuve que admitir que estaba a punto de echarme a llorar.

A cambio, me di cuenta de que mi plan tenía un fallo gravísimo, y aunque cogí antes de salir el sobre que dormía en el cajón de mi escritorio desde hacía casi dos meses, entre las fotos de los niños y las facturas desordenadas, aunque llegué incluso a ponerle uno de esos sellos que llevo siempre en el monedero, comprendí que nunca debería haber escrito esa carta de despedida, una trampa tan pobre como esas otras cartas de amor que habían compuesto la crónica más dolorosa y más feroz de mi desesperación por Nacho Huertas. Porque entre la nobleza de la resistencia y la vileza de la cobardía sólo hay un paso, no me quedaba más remedio que hablar con Ignacio aquella misma noche, no podía hacer otra cosa que decírselo todo a la cara antes de marcharme. Ése era el precio justo de la paz.

Después de descubrir que Rosa estaba muy rara y que Fran estaba rarísima, tuve que preguntarme si no sería más bien yo misma quien se estaba comportando de una manera extraña. Motivos tenía, desde luego. Al salir de la editorial había pasado por la agencia para recoger los billetes y el programa de mi viaje. A la mañana siguiente, inauguraría una semana de vacaciones suplementarias marchándome a Cartagena de Indias, Colombia, nada menos. Era la última vez, por eso no me importaba tirar la casa por la ventana. Y sonaba estupendamente, desde luego, pero no había escogido aquel lugar por la exótica belleza de su nombre, sino porque fue el más lejano que encontré entre los clubs de vacaciones situados en países donde se habla español. Aquel detalle, al que Alejandra Escobar no habría concedido jamás ninguna importancia, a mí me parecía fundamental, en cambio, porque no podría tomar ninguna decisión verdaderamente importante si no llegaba a enterarme bien de todo lo que me decían. Ya sabía que, por mucho que estuviera decidida a viajar con su nombre, ella nunca volvería a ser del todo yo, y yo seguiría siendo más yo que nunca

para siempre, pero esa íntima reconciliación con mi identidad, lejos de tranquilizarme, empezó a proyectar las sombras más negras sobre mi conciencia desde que metí los billetes en el bolso, y aunque los dejé en la mesa del recibidor al salir de casa, más por perderlos de vista que por temor a perderlos de verdad, aquel peculiar presentimiento de la catástrofe salió conmigo del coche, entró como mi sombra en el restaurante, y se sentó a mi lado, entre Rosa y Fran.

Ya me había resignado a que aquella voz oscura y detestable que gobernaba mis actos por anticipado fuera tan mía como las decisiones que la desmentían, y no la distinguí entre el barullo de gritos, burlas y advertencias más o menos sombrías que atronaban entre mis sienes desde días antes, un estridente coro que había logrado controlar con éxito hasta aquel momento, que era el último, pero cuyo tono se elevó hasta rozar el límite de un estruendo ensordecedor mientras miraba la pequeña, elegante y escogida carta de aquel restaurante sólo por mirar a alguna parte. Entonces, precisamente porque no habría ya otro momento después, no encontré una manera de esquivar los pronósticos más negros, aquellas preguntas cargadas de un desprecio familiar, el que solamente yo he podido llegar a acumular durante cuarenta y un años de vida conmigo misma, ¿adonde vas, Marisa?, me preguntaban aquellas voces, ¿adonde vas, hija mía?, que mira que eres imbécil…, y yo intentaba contestar al principio, a Colombia, afirmaba, pero no me creían. ¿A Colombia…?, repetían sin piedad, no. Vas mucho más lejos, o mucho más cerca, según se mire, porque en realidad no tendrías por qué moverte de Madrid, todos los días compras el periódico, eso sería suficiente, ciento veinticinco pesetas nada más, las páginas de anuncios por palabras están repletas de reclamos de hombres apasionantes que sólo quieren hacerte feliz, chicos jóvenes, guapos, sobrios, y entrenados para susurrarte en el oído que eres una mujer muy especial, rubia, rubia… Basta ya, basta ya, basta ya, no es eso, no es eso, no es eso, ¿ah, no?, claro que es eso, no, no es eso, sí, sí lo es, tu casa respira, Marisa, toma aire primero, como una persona, y lo expulsa después, muy despacio, eso son las vigas de madera, viejas, y el cañizo que sostiene las escayolas, mi primo Arturo me lo contó una vez, y es arquitecto, los muros se hunden cada día en el suelo, las casas antiguas nunca dejan de asentarse, tu casa respira, Marisa, como una persona, demasiado silencio, en e! silencio absoluto los ruidos se escuchan mejor, eso no tiene nada que ver, y además no voy a hacer nada malo, me voy a Colombia, de vacaciones, una semana, nada más, te vas sola, sí, sola, ¿y qué?, y nada, siempre es igual, ya sabes, vacaciones para ti sola, Navidades para ti sola, cumpleaños para ti sola, alguien te enterrará, eso seguro, no van a dejar que te pudras en un tercer piso de la calle Santísima Trinidad, un vecino llamará a los bomberos, o algo así, no te preocupes, cállate, no quiero, callaos de una vez, no queremos, callaos, me voy a Colombia, no, a Colombia no, sí, a Colombia, a Colombia, a Colombia… Muy bien, a Colombia, ¿y qué esperas encontrar allí? En el peor de los casos, ya sabes, nada de nada, siempre ha sido así, siempre, excepto aquella vez, ¡y qué suerte tuviste!, un tunecino de veintiocho años casado y con dos hijos, que apenas sabía leer y tardaba dos minutos en correrse, y no has vuelto a saber nada de él, por supuesto, porque las turistas feas, rubias y solas nunca se agotan, no habrá tenido tiempo siquiera para acordarse de cómo te llamas, claro que nunca llegó a saber en realidad cómo te llamas, en fin, ¡menudo chollo!, cállate, no quiero, no lo entiendes, claro que lo entiendo, yo estaba allí, ¿ya no te acuerdas?, déjame en paz, no es eso, sí lo es, me voy a Colombia, Foro te quiere, cállate, Foro te quiere, ¿y qué?, no voy a hacer nada malo, me voy una semana de vacaciones, nada más, Foro te quiere, ya lo sé, la vida pasa factura por los errores que cometen los imbéciles como tú, eso no es verdad, sí lo es, Foro te quiere, imbécil, me voy a Colombia, en Colombia nadie te quiere, no es eso, sí lo es, pero yo no estoy enamorada de Foro. Y en el silencio repentino de la nada absoluta, lo pensé otra vez, lo repetí despacio, marcando las sílabas, como si lo estuviera diciendo en voz alta. Yo no estoy enamorada de Foro.

Tal vez, si ahora te quedas, dentro de un año lo estarás… Aquella voz solitaria, principal, la más oscura, me mintió entonces con un acento muy distinto del que solía escoger para martirizarme. No me insultó, imbécil, imbécil, imbécil, no abusó de su superioridad sobre mí, no quiso maltratarme. Entonces comprendí que no había podido distinguirla de las demás porque no había querido intervenir hasta entonces en aquella insoportable sesión de tortura sonora. Y no añadió una sola

palabra más, pero proyectó una serie de imágenes concretas, pequeñas, apacibles, sobre la atormentada pantalla de mi memoria. Dos zapatos marrones, viejos y sucios, deformados por el uso, a punto de reventar por las costuras, cuidadosamente alineados a los pies de mi cama, con su correspondiente calcetín dentro, como los zapatos de un niño que se ha acostado esperando la llegada de los Reyes Magos. La foto de un adolescente dentro de una funda de plástico, en una cartera de piel tan desgastada que parecía de cartón. Dos vestidos rojos, uno corto, que descubrí en un escaparate por azar, mientras volvía a casa andando por la calle Goya, y otro mucho más elegante y ceñido, con tirantes, el primer vestido largo hasta los pies que he tenido en mi vida. Una tartera de plástico blanco, con la tapa amarilla, encima de un mantel de papel, en una mesa de hierro de ese merendero de la Casa de Campo que está justo enfrente del lago. Un ventilador moviéndose despacio sobre mi cama, en la sofocante oscuridad de las noches de verano. Una caja de música como la que nadie me ha regalado jamás.

Rosa le estaba contando a Fran que se iba a Roma con los niños al día siguiente. Cuando me preguntó a qué hora salía mi avión, por si llegábamos a coincidir en el aeropuerto, le dije que a lo mejor, después de todo, acababa quedándome en Madrid.

El pliegue de la nuca de mi hijo medía seis milímetros.

El jefe de servicio movía el detector del ecógrafo sobre la piel de mi vientre, apenas abultado en la decimosexta semana de embarazo, cuando pronunció aquel dato en voz alta, con un acento estrictamente neutral. Creo que entonces dejé de notar el tacto gélido, viscoso, de la gelatina transparente con la que me había embadurnado la tripa antes de empezar, y fue entonces desde luego cuando distinguí por fin, nítida, inequívocamente, la cabeza de mi hijo, reproducida a una escala más que gigantesca en un enorme monitor situado frente a la camilla donde yo estaba tumbada. A su izquierda, la cabeza de Martín, que lo miraba con la boca abierta, era casi del mismo tamaño. Yo escuché aquello, pliegue de la nuca, seis milímetros, y una enfermera, tan pendiente como nosotros de la pantalla, apuntó algo en un impreso donde antes había escrito sólo mi nombre, mis dos apellidos y mi edad, Francisca Antúnez Martínez, 39 años. A mi izquierda, una genetista auxiliar presenciaba la escena en silencio, y le pregunté casi sin pensarlo, ¿qué significa eso? Ella me miró, sonriendo, antes de contestarme, eso quiere decir que no es un Down.

El dios de la bata blanca empezó a mover el detector más deprisa, mientras pronunciaba en el mismo tono neutro, pero apacible, una larga serie de palabras que interpreté sin esfuerzo. Veamos, dijo primero, corazón, pulmones, hígado, riñón izquierdo…, espera, a ver…, y riñón derecho, la enfermera lo apuntaba todo con diligencia, sin interrumpirle en ningún momento, vesícula, prosiguió él, aparato genital…. Entonces se dirigió a mí. ¿Quieren conocer el sexo? Yo apenas me atreví a mover la cabeza de arriba abajo pero Martín contestó en voz alta, sí queremos. Es un varón, dijo él sin ningún énfasis, ¡bien!, mi marido no logró reprimir una expresión de ánimo que hizo sonreír a todos los presentes. Esto es un pene, añadió el genetista, mirándome por debajo de las gafas, y uno…, y dos testículos, y prosiguió tranquilamente, vamos hacia la cabeza, columna vertebral única, de desarrollo normal, estructuras cefálicas completas, cara…, le estamos viendo la cara, aclaró, y era cierto. En esa grisácea masa de un líquido de apariencia extrañamente sólida, donde aquel ser diminuto nadaba sin saberlo, como una rana simple y feliz de su simpleza, se destacaban entonces los huecos de los ojos, la prominencia mínima de una nariz, la línea de la boca. Yo le miraba sin acabar de creérmelo del todo, primípara añosa dividida entre el pánico, que se resistía a ceder, y la emoción de comprobar que aquel hijo que aún no había logrado sentir efectivamente existía, más allá de la masa borrosa de las primeras ecografías convencionales, existía porque tenía cara, porque yo la estaba viendo. Vamos a medir la frecuencia cardíaca, dijo el médico entonces, y añadió algunas cifras indescifrables antes de levantar el detector de mi tripa y encajarlo en el aparato donde había tecleado todo el tiempo con la mano izquierda. Está todo muy bien, me dijo, ahora vamos a extraer el líquido amniótico.

La genetista situada a mi izquierda volvió a embadurnarme con gel y posó el detector de un ecógrafo distinto exactamente encima del feto. El jefe de servicio se inclinó sobre mí con una gran jeringa entre sus dedos enguantados. Esto no le va a doler, me aclaró, es sólo un pinchazo. El niño, porque ahora ya era un niño, se movía con gestos graciosos de puro torpes, como un mal bailarín en una película rodada en cámara lenta. Hasta que la aguja penetró en mi vientre. Entonces, mientras el ecógrafo nos consentía ver su extremo afilado a través de las paredes de mi cuerpo, se quedó quieto, inmóvil, como si se hubiera muerto. ¿Por qué se ha parado?, pregunté. Es pequeño, pero no es tonto, me contestaron, en su hábitat acaba de entrar algo extraño y él, por si las moscas, prefiere pasar desapercibido… Luego, cuando la jeringa estuvo llena de un líquido blanquecino, misteriosamente turbio, y la aguja desapareció de la pantalla, mi hijo, ignorante aún de lo satisfecha que su madre estaba de su instinto, volvió a moverse para recuperar el dominio de su territorio. Si hubiera estado sola, en aquel momento habría liberado las lágrimas que mantenía a raya, estancadas, inmóviles, un milímetro más allá de mis ojos, pero siempre me ha dado mucha vergüenza llorar delante de extraños.

Mientras esperaba a que llegaran las demás, sentada a la mesa de aquel restaurante, leí una vez tras otra el informe que había recogido del buzón antes de salir de casa. Allí estaban todos los resultados del estudio genético prenatal, consignados uno por uno, con el detalle que no había obtenido un par de semanas antes, cuando llamé por teléfono para que me informaran concisamente de que todo estaba bien y de que ya no había ninguna duda de que era un varón. Ahora, en cambio, podía leer y leer hasta aprenderme de memoria toda una larga lista de nombres incomprensibles, todos aquellos ignorados síndromes reconfortantemente descartados por la palabra situada a su derecha, negativo, negativo, negativo, todas aquellas insospechadas proteínas felizmente consagradas en la misma columna por una palabra diferente, pero con las mismas sílabas, positivo, positivo, positivo, y el resumen de la ecografía de alta precisión, pulmones, sí, corazón, sí, hígado, sí, riñón izquierdo, sí, riñón derecho, sí, estructuras cefálicas, sí, cara, sí. Porque le habíamos visto la cara.

Creo que ningún compromiso de todos a los que me he sentido obligada en mi vida, incluido aquel ya remoto psicoanálisis de los jueves, ha llegado a resultarme tan arduo como aquella cena, por más que la hubiera dispuesto yo misma como una cita festiva, hasta triunfal. Habíamos acabado con el Atlas, lo habíamos liquidado. Nunca había albergado el menor temor de que no llegáramos a conseguirlo, pero lo habíamos conseguido y había que celebrarlo. Sin embargo, no me apetecía nada estar allí, agradeciendo el esfuerzo de mi equipo, más que cenando, y no veía el momento de volver a casa para enseñar a Martín aquel prodigioso rosario de fórmulas milagrosas, todos aquellos negativos y positivos, los síes y los noes que recompensaban a tiempo su fe, una certeza que se había impuesto a todas mis dudas, a todas las suyas, hasta el punto de que, mucho antes de conocer los resultados de la amniocentesis, él le había anunciado mi embarazo a todo el mundo y yo todavía no me había atrevido a contárselo a nadie. Y sin embargo, aquella misma noche debería hablar del tema con las demás, porque seguramente llegaría un momento en que tendría que abusar de ellas. La fecha prevista de parto coincidía con las vacaciones, primera semana de agosto, pero ya había decidido cogerme el permiso de maternidad tan íntegramente como cualquier secretaria, lo que significaba que no me reincorporaría al trabajo hasta el mes de diciembre. Y habría trabajo. Ésa sería la segunda noticia de la noche.

Todavía no había decidido por dónde empezar cuando Rosa me ofreció un pitillo por segunda vez mientras Ana ocupaba por fin el sitio libre que quedaba a mi derecha. ¿Has dejado de fumar?, me preguntó, extrañada. Sí, contesté, y además tengo que contaros un par de cosas…

Nunca me había resultado fácil ir de compras con mi madre, pero aquella tarde estuve a punto de dejarla sola en el probador, con los veinte o veinticinco modelos de bañador que había ido desechando uno por uno después de estudiar minuciosamente el efecto que producían sobre su cuerpo. Todos le hacían tripa porque tenía tripa, todos le marcaban arrugas en el escote porque tenía arrugas en el escote, ninguno le señalaba la cintura porque ya no tenía cintura, pero me cuidé mucho

de advertírselo en voz alta porque no estaba dispuesta a comprometer por nada, ni por nadie, el esplendoroso bienestar que, como una buena borrachera, tenaz y perpetua, me mantenía flotando muy por encima de las cabezas de los miserables habitantes de este mundo, toda esa pobre gente capaz de desesperarse en el probador de una tienda al principio de la temporada. Cuando se lo conté a las demás, para justificar mi retraso, Rosa me preguntó si yo también iba a aprovechar mis quince días de vacaciones para marcharme a alguna parte, y contesté que no, porque no tenía un puto duro. Eso era tan rigurosamente cierto como que me daba igual no tenerlo, conclusión que Marisa extrajo en voz alta del acento con el que acababa de confesar mi indigencia. La verdad es que ningún viaje al lugar más maravilloso de este, o de cualquier otro planeta, podría apetecerme más que el plan que Javier y yo habíamos diseñado para las dos siguientes semanas, y que consistía en encerrarnos en casa para follar mucho, leer mucho, ver muchas películas por la televisión, cenar muchas porquerías después de la medianoche y salir a la calle a tomar muchas copas de licor nacional inmediatamente después. Ésa era la fórmula de la felicidad, y era barata.

La separación de Javier le había dejado en la ruina, pero yo nunca creí que nadie pudiera llegar a disfrutar tanto pagando facturas como disfrutaba yo entonces, cuando seguí haciéndome cargo de todos los gastos de mi casa, igual que antes, aunque ahora él durmiera en mi cama todas las noches y Amanda hubiera regresado al dormitorio del final del pasillo. Cada peseta de la que me desprendía encerraba un pequeño triunfo, a medio camino entre el premio y el desafío, y a fin de mes, cuando mi cuenta corriente rozaba los números rojos, en lugar de preocuparme, murmuraba para mí, no vais a poder conmigo… La pobre Adelaida había sido implacable, y el correspondiente juez de familia —que confirmó mi vieja intuición de que a los altos estamentos de cualquier Estado, por muy laico y progresista que se declare, le jode que la gente se divorcie— le había asignado una pensión compensatoria temporal, durante un periodo de diez años, a pesar de que, en la práctica, no era solamente una mujer trabajadora, sino hasta una mujer empresaria. En la sentencia provisional se reconocía de forma tácita que era lícito valorar económicamente el dolor moral de la demandante, y que ésta, al coger el teléfono, recoger la correspondencia del buzón y hacer la cena cada vez que había invitados, había contribuido esencial e indiscutiblemente al éxito profesional del demandado, y en consecuencia tenía derecho a compartir sus ganancias. Mi primera reacción, al leer aquella sarta de barbaridades, fue echarme a reír, y hasta hice bromas sobre la compensatoria que Angustias podría pedirme a mí cuando decidiera dejar de ser mi asistenta, pero la verdad es que el asunto tenía muy poca gracia y Javier, cada vez que se acordaba, echaba humo por la nariz. Sin embargo, ni siquiera su certero discurso sobre el putrefacto imperio de la reacción arteramente maquillado con vagos enunciados feministas logró echar a perder ni un solo minuto de un tiempo incalculablemente nuevo y precioso.

Aunque la circunstancia de cobrar cada mes apenas una cuarta parte de su sueldo obligó a mi novio a viajar muchísimo, para asistir a todas las conferencias, mesas redondas, congresos o cursos de doctorado que cualquier amigo suyo pudiera proporcionarle en cualquier facultad de Geografía, dentro o fuera de España, y aunque yo casi nunca podía viajar con él, la verdad es que a aquellas alturas, cuando llevábamos ya seis meses viviendo juntos, lo único que no acababa de cuadrar eran los números. Amanda, después de todo, había aceptado a Javier sin dificultad, y había colaborado de una forma decisiva en la adaptación de los hijos de Adelaida a una situación que era necesariamente mucho más conflictiva para ellos que para sí misma, aunque la hubieran conocido tres meses después que mi hija. A pesar de esta y de otras precauciones, las cosas no fueron nada fáciles al principio. Javier hijo, el mayor, tenía once años y estaba muy bien educado, pero aunque quería mucho a su padre, a veces llegué a pensar que me odiaba. Carlitos, el pequeño, acababa de cumplir siete y, a cambio, tuve la impresión de haberle caído tan bien desde el primer momento como él a mí. Pero los dos adoraban a Amanda, que los llevaba al cine, y a cenar hamburguesas, y jugaba con ellos al fútbol en el parque, y quedaba con sus primos pequeños para organizar sesiones de escondite que abarcaban toda la casa sin quejarse nunca por ser siempre la que buscaba, y les contaba cuentos de miedo por las noches, renunciando cada quince días a planes de fin de semana

que a la fuerza tenían que seducirla mucho más que aquellas improvisadas tareas de niñera perfecta. Yo le daba las gracias de todas las maneras que se me ocurrían, aumentando su paga y dejándola llegar más tarde por las noches, pero ella, sin dejar de agradecer mis concesiones, quiso aclararme enseguida su posición, yo también soy hija de padres separados, mamá, sé muy bien lo mal que se pasa.

En cualquier otro momento de mi vida, esa sucinta confesión me habría hecho tanto daño como el que sólo llega a producir cualquier verdad amarga e indudable, pero mi amor por Javier, que me había hecho por una parte extrañamente consciente del valor de las cosas, del paso del tiempo, de los pequeños placeres domésticos, de la edad de mi cuerpo, y hasta de la muerte que llegaría un día para arrebatarme todo cuanto he poseído, me había sumergido a la vez en una extraña suerte de insensibilidad por cualquier cosa que ocurriera fuera de mí misma, de mi amor por él, hasta el punto de que cada vez me costaba más trabajo indignarme frente al mundo que nos cobijaba. Misteriosamente dividida entre una generosidad tan plena que implicaba mi propia anulación, y un egoísmo tan exacerbado que me impedía mirar con atención cuanto me rodeaba, nada de lo que hacía mecánicamente, obedeciendo a una rutina apenas soportable de puro cotidiana, me interesaba en lo más mínimo si no me abocaba por fuerza a la memoria, al nombre, al cuerpo de aquel hombre. Entre los objetos de ese desinterés se incluía desde luego la cena conmemorativa del final del Atlas. Antes de llegar al restaurante ya había decidido marcharme a casa inmediatamente después del postre, sin aceptar la menor prórroga alcohólica, pero la verdad es que nunca me arrepentí de haber asistido, porque sobre mi futuro inmediato, por mucho que yo me negara a pensar en ello, pendía una amenaza concreta, inminente y temible, que era precisamente la que Fran conjuró en la pausa que precedió a la llegada del segundo plato.

—¿Qué dices? —Ana sonreía—. Si estoy sin un puto duro…

Cuando la escuché, sentí que mis piernas se vaciaban de golpe aunque no tuvieran que soportar peso alguno.

—Bueno, no parece importarte mucho… —Marisa comentó su respuesta en un murmullo en el que llegué a detectar un impreciso punto de rencor.

—No, la verdad es que no me importa nada.

Ana, que seguía sonriendo, me miró.

—Pues a mí sí que me va a importar —dije, sin haberlo previsto previamente, y todas me miraron a la vez, pero ninguna se atrevió a preguntar nada—. Me voy a separar de Ignacio.

—Me parece muy bien —Ana me daba la razón con la cabeza.

—A–a mí también —Marisa se sumó enseguida, cabeceando al mismo ritmo. Fran no dijo nada, pero insinuó un gesto parecido, y yo agradecí cada uno de estos signos, aunque supiera de sobra que no me iban a servir para nada cuando tuviera a mi marido delante.

—Bueno… —continué, sin embargo, porque lo único que tenía ya sentido era seguir hasta el final, y porque repasar mis planes en voz alta me prestaba un raro consuelo—. Por eso me voy a Roma con los niños, para quitarlos de en medio al principio, porque… Ignacio todavía no lo sabe. Le había escrito una carta, lo típico, querido Ignacio, no te extrañe luego de que empiece llamándote querido porque en el momento de escribir estas palabras te quiero de verdad, pero ya no puedo seguir viviendo contigo… En fin, ya sabéis. Se la pensaba mandar mañana por correo, desde el aeropuerto, pero me acabo de dar cuenta de que eso es una tontería. Intentaré hablar con él esta noche, o mañana, antes de salir, en el desayuno, no lo sé… A lo mejor lo de la carta no era tan mala idea, porque la verdad es que esa conversación me da pánico…

—No te preocupes —Ana me puso una mano encima del brazo—. Con el tiempo, acaba saliendo callo.

—Pero te quedarás con la ca–asa, ya te digo… —supuso Marisa en voz alta.

—No, no —y moví la mano en el aire para negar dos veces, como si esa sola suposición bastara

para aterrarme—. Desde luego que no. Odio esa casa. Odio Capitán Haya. Odio a mi portero. Odio a mis vecinos y odio el alto estanding… Quiero volver a mi barrio de cuando era pequeña, entre Recoletos y Hortaleza, más o menos. Barquillo, Fernando VI, Almirante, Conde De Xiquena, Bárbara de Braganza, Piamonte… La calle me da lo mismo, pero quiero una casa con techos de tres metros. Intentaré convencer a Ignacio de que vendamos el piso y nos repartamos el dinero, y si no quiere, le diré que me compre mi parte, aunque tenga que pedir un crédito, porque lo que no puedo es cobrársela a plazos, que es lo que va a intentar, que lo sé porque le conozco. Pero el viaje a Roma ha dejado mi cuenta corriente más bien… escueta, y ahora que se acaba el Atlas… Ya sé que no me voy a morir de hambre, pero de todas formas…

—Vamos a ser vecinas —no tuve tiempo de prestar atención al comentario de Ana porque la voz de Fran se impuso milagrosamente sobre sus palabras.