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Capitulo 30

Serman Dooley.

Ese era el nombre del guerrero que bebía los vientos por Elaine McFersson.

Josleen le observó mientras se encargaba de dirigir a una cuadrilla que ponía en orden las caballerizas. Al levantar la cabeza, la silueta de la madre de Kyle se escondió de inmediato tras la cortina de uno de los ventanales de la torre.

Sonrió. Ya no le cupo duda de que la señora del bastión estaba interesada por Serman. Y él era un tipo noble a pesar de su aparente rudeza, que desaparecía de inmediato cuando estaba próximo a la dama.

La muchacha decidió que si Kyle era ciego a las necesidades de su madre, ella bien podría poner unas gotitas de romanticismo para tratar de apañar el asunto. Pensó en el mejor modo y después de cavilar mucho supo que lo mejor sería una cita en la que ninguno de los dos podría escapar. Josleen había notado que apenas se cruzaban palabra, sólo miradas que lo decían todo para alguien que no fuera idiota.

Se acercó a Serman y le llamó.

– Esta tarde necesitaría ayuda para recoger unas hierbas -dijo la joven.

Serman alzó las cejas, sin entender.

– ¿Hierbas?

– Soy una experta trabajando con ellas. Liria, la cocinera, tiene molestias en la espalda y yo puedo prepararle una mezcla que la alivie. Pero no deseo salir sin protección, ya sabéis que el laird no permite que vaya sola más allá del río. Me han dicho que en el bosque puedo encontrar lo que me hace falta.

– Entiendo -asintió Dooley, aunque la observó con cierta intranquilidad.

Josleen se echó a reír.

– Las hierbas medicinales no son brujería, Serman.

El guerrero acabó por asentir.

– Ya. Imagino que sería un bonito detalle para Liria. Me gustará ayudaros, milady, aunque sólo sea sirviendo de guardián.

– ¿A las seis, entonces? Junto a la entrada norte

– Allí estaré, señora.

Con una sonrisa melosa, Josleen se alejó y él volvió a sus quehaceres. La primera parte estaba conseguida.

Luego, subió a la torre en busca de Elaine. La encontró en las cocinas, indicando a unas criadas el mejor modo de hacer velas, muy escasas en esa época y caras si habían de comprarse. Cualquier dama que se preciara debía conocer el modo de confeccionar velas para iluminar los aposentos. Ella aún recordaba las tardes que pasó junto a su madre aprendiendo el trabajo. Elaine estaba explicando en ese momento el modo en que se debía mezclar extracto de azahar con la cera, de modo que cuando se encendiesen los cirios desprendieran un olor agradable. Con toda seguridad, eran velas para una ocasión especial.

Acercó la nariz al recipiente del azahar y aspiró con deleite.

– Huele de maravilla.

– Será aún mejor cuando ardan las velas -repuso la madre de Kyle.

Josleen aguardó a que la mujer acabase de dar las indicaciones y luego dijo:

– ¿Podría acompañarme esta tarde, señora? Me gustaría recoger algunas hierbas medicinales.

– ¿Entendéis de medicina?

– Mi madre me enseñó. Liria tiene problemas con su espalda.

– Ciertamente. Y la pobre empeora bastante durante los meses de invierno. Estaré encantada de acompañaros.

– ¿A las seis junto a la torre norte?

– Perfecto.

Felicitándose por su astucia, Josleen salió de las cocinas. Aquellos dos tórtolos acabarían por hablarse cuando no les quedase otro remedio.

Apenas comió por los nervios del encuentro y por la atención de que fue objeto por parte de Evelyna, que parecía dispuesta a no marcharse de Stone Tower hasta conseguir de nuevo los favores de Kyle. La enemistad entre ambas resultaba cada vez más tangible.

Por fortuna, Kyle apenas habló con Eve y no quitó la mirada de Josleen desde que se sentaron a la mesa.

La joven agradeció que Malcom acercara su asiento a ella y charló con el niño animadamente, tratando de olvidar las dagas lanzadas por los ojos de su contrincante. También notó, con mucho agrado, que James y Duncan procuraban portarse en la mesa decentemente. No se lanzaron nada y apenas se mancharon los dedos.

Se le hizo eterna la espera hasta las seis de la tarde.

El tiempo no parecía pasar. Josleen se encaramó a la torre y se asomó a uno de los ventanales procurando no ser vista.

Serman ya aguardaba, apoyado en un árbol, junto a la torre norte y ella se cubrió la boca ahogando una risita cuando la madre de Kyle apareció por la esquina del torreón y se encaminó directa hacia donde se encontraba él.

Por un largo minuto, ambos se miraron sin decir palabra. Josleen vio que Elaine tenía las mejillas enrojecidas. En cuanto a Serman, parecía no saber qué hacer.

Josleen esperó, con el alma en un hilo, a que uno de los dos dijera algo. Los segundos corrían y ellos seguían mudos. A punto estuvo de lanzarles algo a la cabeza cuando vio que Serman cambiaba por décima vez su postura y Elaine se arreglaba el bajo de las faldas una vez más. Casi se le escapó un grito de alegría cuando el guerrero suspiró hondo y se encaminó hacia la mujer.

– Dios bendito -susurró en voz baja-. Creí que nunca iba a atreverse.

Dooley carraspeó. Elaine alzó la mirada, pero la bajó de inmediato.

– Señora.

– Dooley.

Otro largo silencio. Josleen les maldijo en silencio desde su posición. ¿Era todo cuanto iban a decir? Pero de repente, él estiró la mano hacia el rostro de la dama. Se la paró el corazón, aguardando la reacción de Elaine.

– Milady, tenéis una brizna de paja en el cabello.

Elaine se echó de inmediato la mano a su recogida cabellera y enrojeció aún más.

– Estuve en la bodega… -tartamudeó-. Hacía falta vino para la cena y…

Serman sonrió y Josleen, desde su escondite, observó el modo sublime en que su adusto rostro rejuvenecía. No podía disimular el placer que representaba para él poder estar al lado de la dama. Retiró la brizna de los sedosos cabellos y ella se removió, inquieta y azorada como una muchachita.

– ¿Son las seis? -la escuchó preguntar Josleen.

– Eso creo.

– ¿No tenéis nada que hacer?

– Prometí a la joven McDurney acompañarla a recoger hierbas medicinales. Parece que sabe como mezclarlas para que…

– Para que Liria encuentre mejoría en su afección de espalda -acabó la frase Elaine.

Serman Dooley alzó una ceja.

– ¿Os lo dijo?

Elaine miró su gesto huraño y soltó una carcajada. Josleen, desde el ventanal, se fijó en la adoración que iluminaba los ojos de él.

– ¿Qué resulta tan gracioso, señora? -preguntó, mientras la madre de Kyle se limpiaba las lágrimas con la manga de su camisola.

– Creo, Dooley, que hemos caído en una trampa.

– No os comprendo.

– Bueno, es fácil adivinar. Josleen os citó a vos aquí, para recoger hierbas. A mi me citó para lo mismo, pero… ¿la veis por algún lado?

– Empieza a tardar -gruñó Serman.

– No vendrá -la dama volvió a reírse con ganas-. Oh, Dios, esa muchacha es un diablillo. ¿No os dais cuenta de lo que pretende?

Él chascó la lengua.

– Tal vez se le olvidó.

– No. No se le olvidó. Yo creo que no piensa venir.

– Entonces, tal vez debamos seguir con nuestros quehaceres.

– Tal vez -sonrió la dama.

Serman la miró largamente. Para él, aquella mujer había sido siempre la más hermosa. La amaba desde hacía tanto tiempo. En silencio. En la lejanía. Estiró la mano y acarició con tanto cuidado su cabello que a Josleen se le saltaron las lágrimas.

– O tal vez deberíamos aprovechar este encuentro para dar un paseo y llevarle las hierbas que necesita -dijo él-. ¿Sabéis vos cuáles son?

– No tengo la menor idea. Pero lo del paseo me parece bien -repuso ella, colorada de nuevo.

Serman sonrió.

– Sois tan hermosa cuando os sonrojáis, señora -murmuró-. Pero sobre todo, cuando reís. Deberíais hacerlo más a menudo.

Elaine volvió a acomodarse el ruedo de las faldas.

– Qué cosas decís, Dooley.

– ¿Os agrado un poco, mi señora?

Desde su escondite, Josleen suspiró. ¡Ahí estaba la pregunta! Respiró, aliviada. Por fin parecía que Serman había tomado el camino correcto. ¡Y ahora qué! Se le paró el corazón aguardando la respuesta.

– No me desagradáis en absoluto, Dooley -y bajó los ojos.

La sonrisa de él fue sublime. Josleen dió unos pasos de baile y hasta se permitió darse un beso en los dedos y ponérselos en la mejilla. Ya no le cupo duda de que aquellos dos estaban enamorados.

– Si mi posición fuese más ventajosa…-dudó él-. Acaso me atrevería a…

Los ojos azules de Elaine se clavaron en el rostro de Serman.

– Pensé que erais un guerrero más atrevido.

– Tengo tierras, lo sabéis. No son muchas, claro. Apenas unas cuantas hectáreas. El laird ha sido generoso conmigo. También tengo caballos, unas cuantas ovejas… alguna vaca…

Elaine soltó una risita nerviosa.

– ¿Por qué me enumeráis vuestras posesiones, Dooley?

Serman carraspeó y guardó silencio. Josleen volcó medio cuerpo por la ventana y ahogó la risa al ver que ahora era él quien estaba sonrojado.

– Quiero saber si mi poca fortuna y mi persona son suficientes para una mujer de vuestro rango, señora.

Un gorjeo de felicidad escapó de la garganta de Elaine.

– Vuestra sola persona ya me es suficiente, Serman. No hace falta que la adornéis con tierras ni ovejas.

– Elaine… -dijo, en una oración.

Josleen se asomó aún más. Si Dios no lo remediaba podía acabar rompiéndose la crisma si caía, pero no quería perderse nada de lo que estaba pasando. Ellos desaparecieron de su vista al acercare al muro y soltó un taco entre dientes. Pero cuando consiguió verles de nuevo rió en voz alta. Serman Dooley tenía abrazada a Elaine McFersson y ella no parecía sentir deseos de apartarse. Poco a poco, Serman agachó la cabeza y la besó con delicadeza.

– Hablaré con vuestro hijo -prometió él tras un largo suspiro de satisfacción.

– Cuanto antes, Serman -suplicó ella.

Josleen corrió hacia el exterior, bajó las escaleras de cuatro en cuatro y casi arrolló a Duncan cuando salía de la torre.

– ¿Donde diablos vas tan aprisa? -gritó el joven.

– Disculpa -gritó ella a su vez, entre risas-. Ahora no tengo tiempo de explicarte.

Cuando llegó abajo la pareja seguía mirándose a los ojos y ella apenas podía respirar.

– Buenas tardes -saludó desde una distancia prudencial.

Se separaron de inmediato, Elaine con las mejillas arrobadas y él como si le hubieran pillado en falta.

– Deben disculparme pero me quedé dormida. ¿Vamos a buscar las hierbas?

Serman y Elaine la miraron azorados.

– Vos me indicaréis los lugares donde se encuentran las que necesito para hacer la pócima a Liria -le dijo a la madre de Kyle-. Y vos, Dooley, nos serviréis de escolta.

Asombrados pero internamente divertidos y agradecidos por la treta de la joven, la siguieron. Durante más de una hora, estuvieron recogiendo aquí y allá lo que Josleen necesitaba y ella disfrutó en grande observando de reojo a ambos mientras se lanzaban miradas de cariño o se tocaban con comedimiento. Mientras los tres regresaban al bastión, Josleen se sintió dichosa. Al menos había conseguido arreglar algo en aquel lugar. Su madre se reiría cuando se lo contase.