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Capitulo 31

Pero el día no iba a finalizar como un colchón de rosas. Kyle regresó malhumorado de la partida de caza a la que había salido con cuatro de sus hombres. Al parecer, uno de ellos se había despistado y un venado que podía haberles proporcionado carne para al menos una semana, consiguió escapárseles.

Aquella noche Josleen prefirió no bajar a cenar con los demás y decidió hacerlo a solas. El enfado de Kyle provocó que Elaine rogara a Serman aguardar a mejor ocasión para hablar con el joven laird y ella estaba segura de que si le tenía delante acabaría tirándole una jarra a la cabeza. Además, las constantes atenciones de Evelyna para con Kyle la ponían enferma.

Jugueteó distraídamente con las viandas sin ganas de ingerirlas realmente, mientras su mente daba vueltas y más vueltas a los últimos acontecimientos. Sonrió al ver el pastel que le habían llevado; recién hecho, cuando ella sabía ya que en Stone Tower solamente hacían pasteles los fines de semana y para contentar al pequeño Malcom. Era una muestra de gratitud que ella agradeció encantada. Su posición había cambiado desde el episodio del río. Todos parecían empezar a estimarla aún cuando seguía perteneciendo a un clan enemigo. Todos, salvo Evelyna Megan. Entendía que ella la odiara, sin embargo. A fin de cuentas la había arrebatado la atención de Kyle.

¿Qué maldición había caído sobre ella para peder la cabeza? ¿Por qué condenada causa dejó que Kyle la sedujera? Lo había liado todo y las consecuencias podían ser nefastas. Pero no podía remediarlo. Estaba enamorada de Kyle.

Con una imprecación en los labios se levantó y caminó hasta la ventana. Abajo, en el patio, los hombres de guardia estaban tan quietos como estatuas, pero alertas al menos movimiento. Por un segundo se preguntó si no debería tratar de escapar. Pero de inmediato el recuerdo de sus amigos encerrados en las mazmorras le hizo desestimar la tonta idea. Estaba segura, sin embargo, de que Kyle no tomaría represalias contra ellos pero, aún cuando consiguiera alejarse lo suficiente de Stone Tower, estaba convencida de no poder atravesar las tierras de los McFersson antes de que los hombres de Kyle la dieran alcance de nuevo. Él no iba a desperdiciar un suculento rescate, eso estaba claro. Él la deseaba, pero no la amaba. No era más que una prisionera por la que conseguirían una buena cantidad de caballos y cabezas de ganado.

– ¿Entonces por qué me ha hecho el amor? -se preguntó en voz alta.

Nadie podía responderle a eso y la angustia cubrió sus ojos de lágrimas de desdicha. Se irguió. No iba a llorar. ¡No lo haría, condenación! Kyle la había perdido. Ahora nadie querría casarse con ella, su hermano no podría arreglar su unión con otro clan que afianzase el poder McDurney. Soltó un taco muy feo y se sentó en el lecho.

– Maldito si me importa.

Dejó escapar la risa. Oh, Dios, comenzaba a volverse loca. Empezar a hablar consigo misma era un síntoma clarísimo. Pero era cierto, la importaba muy poco si ningún hombre deseaba desposarla ya. Siempre soñó en casarse y tener hijos, claro, pero hasta entonces no había conocido a ningún hombre por el que pudiera sentir algo más que afecto. Jamás amó a nadie. ¡Y ya era imposible que eso ocurriese después de enamorarse de Kyle!

– Bastardo -susurró. Se levantó y comenzó a caminar por la amplia habitación a grandes pasos. De haberlo tenido delante en ese momento le hubiera arrancado los ojos. Kyle tenía la culpa de todos sus males. La había hecho prisionera, la mantenía allí con la estúpida amenaza de vengarse en los hombres de su hermano, la había deshonrado… Se le escapó un gemido y se tapó la cara con las manos- ¿Por qué he tenido que enamorarme de ti?

Le maldijo hasta que le dolió la garganta, de modo que más tarde, cuando la puerta se abrió, el humor de Josleen era algo así como un volcán a punto de estallar.

Kyle se quedó, una vez más sin respiración al mirarla. La luz del único candelabro a su espalda la envolvía en un halo dorado, su cabello relucía cayéndole sobre los hombros. Y la luz de la luna provocaba la ilusión de que tenía el rostro de alabastro.

Ella no se volvió a mirarlo pero Kyle imaginó que no era más que una treta femenina y que ella sabía que, en aquella postura, resultaba avasalladoramente hermosa. Bueno, el coqueteo de una hembra no le desagradaba, mientras no resultase agobiante. Cerró la puerta y entró mientras su cuerpo respondía al suave perfume que impregnaba el cuarto y que, indudablemente, provenía de Josleen.

Frunció el ceño viendo que ella apenas había probado la cena, pero tampoco él había cenado demasiado pensando en placeres mayores. Se acercó hasta Josleen y tomó una guedeja de cabello entre sus dedos, frotándolo y maravillándose de nuevo de su textura.

Josleen reaccionó como si la hubiera picado una serpiente. De un manotazo, le apartó y puso distancia entre ambos. Kyle alzó una ceja y esperó el sermón con una sonrisa. Había tardado mucho en subir, aunque su deseo más ferviente hubiera sido estar allí con ella, teniéndola desnuda entre sus brazos, desde hacía horas. Le fue imposible, sin embargo, desembarazarse de sus obligaciones cuando llegaron dos hombres del clan Galligan. Y aunque no había comido mucho, por deferencia a sus invitados, había ingerido más bebida de la prudente, de modo que se encontraba un poco risueño.

– No quise dejarte tanto tiempo sola -se disculpó.

– ¡Ojalá te hubiese tragado la tierra! -estalló la muchacha, dejándole perplejo.

Kyle se envaró.

– ¿Qué diablos te pasa?

– Quiero un cuarto para mi sola -le dijo Josleen.

– ¡Y un cuerno!

– Insisto en ello McFersson.

Él se quiso afianzar en su idea de que todo era un juego para seducirle. Una buena bronca y después una mejor reconciliación.

– No hay habitaciones libres, señora mía.

– Dudo mucho que eso sea cierto en una torre como esta. Búscala.

Su insistencia comenzó a irritarle. Se quitó la chaquetilla y cuando la emprendió con la camisa dijo:

– Sólo quedan libres algunas mazmorras y no me imagino que quieras…

– Una mazmorra, entonces -cortó Josleen-. La soportaré hasta que Wain venga a buscarme.

Kyle la miró como si estuviera loca, como si acabara de confirmar que el mundo había desaparecido por completo. ¿Qué mosca le había picado?

– No estás en tus cabales.

Josleen, irritada ante su pasividad se arrojó hacia él y trató de golpearle. Acabó atrapada entre sus brazos.

– Quiero salir de este cuarto, McFersson.

– ¿Se te ha olvidado mi nombre? Esta mañana lo pronunciabas con mucho ardor, mujer.

– Esta mañana -dijo ella entre dientes, notando el bochorno al recordar que habían estado revolcándose como posesos sobre la cama- no tenía las ideas claras.

– ¿Y ahora sí? -gritó él- ¿Pidiendo una celda?

– ¡Cualquier sitio en el que no estés tú, maldito seas mil veces!

Kyle la soltó como si quemara. Parpadeó, sin entender qué demonios había sucedido para que ella hubiera cambiado tan repentinamente. Al despertar, con el cuerpo delgado y cálido de Josleen junto al suyo, una fiebre de deseo le atacó sin piedad. Había comenzado a acariciar su espalda desnuda y ella, medio en sueños medio despierta, gimió y se entregó a sus besos. Se unieron de un modo salvaje y él había partido de caza de un humor inmejorable. Cada instante del día deseó reunirse de nuevo con aquella mujer que le había robado el alma. Sin embargo, ahora se le mostraba como una arpía, deseosa de perderle de vista.

– Te quedarás aquí. Punto -dijo con voz ronca.

– Entonces tú te irás a otro lado.

– Ni lo sueñes, princesa. La torre es mía, el cuarto es mío y lo que hay dentro me pertenece y no voy a dejarlo.

– Llévate tus baúles entonces. Y tu cama -se le enfrentó-. Yo puedo dormir en el suelo.

Kyle encajó los dientes y trató de ser paciente.

– Me refiero a ti, Josleen.

– ¡Yo no te pertenezco!

– ¡No me ha parecido eso cuando te he hecho el amor!

La joven le miró fijamente y luego se echó a reír.

– ¡Amor! ¿Qué puede saber un hombre como tú de amor? Alguien que no se preocupa de las necesidades de su madre, que no atiende a su hijo cuando éste desea más que nada en el mundo estar a tu lado. ¡Pero dices que a mí me haces el amor! -quiso soltar una carcajada pero le salió un gemido de agonía- ¡Eres como un pavo real, orgulloso de sus plumas, pero al que no le importa si el suelo que pisa está lleno de excrementos! No, McFersson. Tú no me haces el amor. Sólo me utilizas para que caliente tu cama y sacie tu verga. Por eso prefiero una mazmorra que seguir en este cuarto.

Una nube roja arrasó la cordura de Kyle. El deseo de agarrarla del cuello y zarandearla para hacerla entrar en razón fue tan fuerte que incluso dio un paso hacia ella. La mirada de odio que Josleen le regaló acabó por derrotarle. Ya había pasado por eso otra vez y no estaba dispuesto a que se repitiera. De modo que su furia también estalló.

– ¡Sea, entonces! Tendrás lo que quieres, mujer. ¡Y que el diablo te lleve! -de dos zancadas llegó a la puerta y la abrió golpeando el muro- ¡¡Seil!!

A la carrera, un hombre de aspecto imponente se acercó.

– Lleva a la prisionera McDurney a las mazmorras.

La orden de Kyle le dejó mudo.

– ¿No has oído lo que dije?

– Claro, laird, pero…

– Que ocupe la que está al lado de su escolta -miró a la muchacha y se encogió de hombros-. Imagino que, al menos, me aceptarás esa concesión.

Josleen sintió el sabor de la hiel en la garganta. Se había enamorado de aquel imbécil, pero quedaba claro que él no lo estaba de ella. De acuerdo que le había gritado, que le había insultado y dicho cosas atroces, pero podía haber intentado calmarla, demostrarla que la quería. Sin embargo apenas había hecho falta una discusión para que él la alejara. Soportó las ganas de pedirle perdón porque deseaba, más que nada en el mundo hacerlo y volver a estar entre sus brazos. Así que, asintió con gesto seco y pasó a su lado con aires de reina destronada sin siquiera mirarle.

– Seil, lleva su baúl. Seguramente nuestra "invitada" deseará cambiarse de ropa para las cuatro paredes de su celda.

Josleen estuvo a punto de echarse a llorar. Pero no lo hizo.