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Al acabar la tarde, Kyle se dio cuenta de cuánto había disfrutado, simplemente, por observarla.
Josleen había conseguido hacer de aquella primera clase de natación una verdadera fiesta para los chiquillos, que gritaron, se zambulleron y rieron sin pausa. Las madres vigilaban atentamente a sus vástagos, pero animadas por el curso de la clase y por el amor y dedicación que la McDurney regalaba a cada pequeño. Tanto ellas como Josleen participaron en el jolgorio de la chiquillería y terminaron tan empapadas como los niños.
Cuando dio la primera clase por finalizada, Kyle supo que las mujeres de su clan irían a la guerra si Josleen se lo pedía. La protestona hermana de Wain se había metido a todas en el bolsillo.
No le sorprendió el modo en que la acogieron entre ellas, porque a él le había robado el corazón hacía tiempo.
Lo que le pilló desprevenido fue que corriera hacia él y le estampara un beso en la boca mientras reía y estrujaba su falda chorreando.
Y más aún le asombró, cuando al entrar en el salón, se encontró a toda la familia aguardándoles.
James y Duncan sonreían como idiotas, Elaine se había acicalado como hacía tiempo que no se arreglaba y estaba radiante y joven, mucho más joven porque sus ojos tenían un brillo de alegría que Kyle creyó perdido para siempre. En cuanto a Malcom… Parecía un hombrecito y no apartó la mirada de él, como solía a hacer con frecuencia. Para su total regocijo, el pequeño decidió que su lugar era a su lado derecho, cuando hasta entonces había preferido sentarse lo más alejado posible, protegido por las faldas de su abuela.
La cena -aquella noche caliente y jugosa- transcurrió entre bromas sobre la clase de natación y cuando surgió en la conversación el nombre de Wain, Josleen tuvo la prudencia de no sacar a colación el tema de su rescate. Si Kyle ya se sentía atraído por ella, cuando todos se marcharon y les dejaron a solas, se encontraba completamente fascinado. Por supuesto no quiso aceptar que se había enamorado y se intentó convencer de que era solamente un capricho transitorio.
En silencio, subieron las escaleras. Sin tocarse. Casi como dos extraños. Kyle, rabiando por estrecharla entre sus brazos; Josleen, agobiada por si él decidía darle una habitación particular. ¡Era un idiota! Porque al mirarle de soslayo, viéndole caminar con ese aire seguro, gatuno, saboreando el poder que emanaba sin proponérselo, se preguntó si sería capaz de decirle que había estado equivocada y no quería ya ocupar otro maldito cuarto. Le deseaba de un modo irracional y puesto que ya había perdido su honra en su lecho, ¿tenía mucha importancia volver a caer, cuando toda ella vibraba por abrazarlo?
Kyle hizo honor a su palabra y la condujo hacia una habitación al final de la galería. Abrió la puerta y tras tomar una antorcha de la galería, entró, dejó la luz en una de las argollas de la pared e hizo un ademán invitándola a pasar. Josleen tragó saliva e inspeccionó la pieza. Sus pies estaban varados. No era un cuarto demasiado grande, pero sí cómodo. La cama era amplia, había un bonito cofre a los pies y el baúl con sus pertenencias descansaba bajo la ventana abierta, por la que entraba una suave brisa y el olor agradable e inconfundible de los brezos.
– Gracias -musitó, totalmente decepcionada.
Se volvió, extrañada de que él no dijese palabra. Y el aliento se le escapó. Kyle la miraba con los ojos cargados de deseo. Había apoyado un pie sobre el cofre y tenía los brazos cruzados sobre la rodilla. Los ojos de Josleen volaron hacia los músculos tensos y de nuevo se dio cuenta de que todo en él la embrujaba. Se le secó la boca al pensar en volver a acariciar aquel cuerpo imponente, pasar sus dedos por los brazos, por el pecho medio desnudo, por las caderas y las piernas. Recordó sus prietas nalgas y casi se ahogó con su propia saliva. Todo en Kyle gritaba vitalidad y virilidad. Era puro sexo. Y ella era vulnerable, aunque no quería serlo.
Al verle sonreír le maldijo mentalmente. Era inhumano ser tan atractivo. De nuevo disculpó los celos de Evelyna Megan, porque ella los sentía ahora con pensar que alguna otra mujer lo había tenido antes.
– ¿Me darás un beso de buenas noches?
Su voz, aterciopelada y sensual, envió aguijones de deseo a su vientre. La sangre comenzó una alocada carrera por sus venas. Besarle. ¡Dioses, si era lo que estaba deseando!
– No lo creo necesario -respondió de todos modos, tratando de controlar su nerviosismo.
Kyle suspiró y su pecho se dilató tanto como las pupilas de Josleen al mirarlo. Danzarinas mariposas revolotearon en su estómago. Se hubiese lanzado de cabeza hacia él.
– Que descanses entonces, Josleen. Y gracias por hacer felices a los pequeños.
Ella asintió con un gesto y caminó tras él cuando se dirigió a la puerta, para cerrarla, llorando ya su estupidez al dejarle marchar. Kyle traspasó el umbral y ella sujetó la madera mientras aguantaba las ganas de echarse a llorar. Sabía que en cuanto cerrara aquella puerta, se echaría sobre la cama y berrearía como una mema.
Por su parte, a pesar de su aparente indiferencia, Kyle bramaba por dentro. ¿Ella iba a salirse con la suya? ¿Era tan mezquino que no podía pedirla perdón? ¿Incapaz de suplicarla que volviera a dormir con él?
Una lágrima resbaló por la mejilla de Josleen y aquella minúscula perla le obligó a reaccionar. Un segundo antes de que la puerta se le cerrara en la cara la atrapó por la cintura, la pegó a su cuerpo y bajó la cabeza. Su boca, como brasa ardiente, incendió la de Josleen. Y el fuego de la pasión les consumió otra vez a ambos en un instante, sin que ninguno pudiera escapar, sin que ninguno de los dos opusiera resistencia. El enardecimiento les enloquecía, les embriagaba, les cegaba. Ya no había nada más que la boca del otro, el cuerpo del otro. La ambición de poseerse mutuamente, de entregarse, de dejarse arrastrar por un empeño común: amarse.
Las manos masculinas estaban en todos lados: en su cara, en su nuca, en su cuello, en los hombros, en la cintura… Llegaron a las caderas y él la apretó contra la muestra de su deseo. Las de Josleen, con vida propia, le acariciaron la espalda, apretaron sus nalgas, resbalaron por los muslos…
Incompetentes ya para escapar del incendio que arrasaba cada fibra de sus cuerpos, Kyle cerró la puerta de una patada y la tomó en brazos.
A Josleen se le olvidó la decencia y buscó, entre los dos cuerpos, su virilidad. Aunque todo acabara después, cuando la devolviese a su hermano, atesoraría aquellos momentos triunfantes y los recordaría mientras viviera. Porque ahora, era toda suya.
El lecho les recibió como un nido acolchado y ella se abandonó por entero mientras, en loco afán, empezaba a desnudarle.
Los ojos de Kyle, dorados e hipnotizantes, brillaban al mirarla.
Su boca recorrió el cuerpo de Josleen sin dejar un sólo hueco por acariciar, dejando rastros de fuego, haciéndola gemir y retorcerse. Kyle deseba alargar el momento de la unión. Ella trató de atraerle, de sentirle hundirse en su carne, pero sus manos la retuvieron y le puso los brazos por encima de la cabeza mientras seguía besándola, mordisqueando aquí y allá, volviéndola loca.
Porque amar a McFersson sólo podía acarrearle la locura.
No pudo controlar un grito prolongado cuando el orgasmo la alcanzó como un rayo, tan pronto Kyle la penetró.
Kyle dejó que los últimos espasmos de ella le regalaran la imagen devastadora para su belleza. Su miembro le apremiaba pero consiguió mantenerse dentro de ella. Quería hacerla sentir el placer una y otra vez. Necesitaba vaciarse, pero daría la vida por hacerla sentir de nuevo el volcán de la dicha.
Josleen suspiró al regresar al mundo real y todo su cuerpo sufrió una sacudida. Le miró con ojos somnolientos. Y le sintió. Cómo no hacerlo. Era un dios pagano.
Le amó.
Le odió.
Le amó de nuevo.
Poco a poco, él empezó a embestir de nuevo su intimidad, excitándola otra vez.
– No voy a poder… -gimió.
– Podrás. Te lo dice un McFersson.
Casi se rió por aquella muestra de engreimiento.
Pero segundos después confirmó que aquel hombre no era para nada, para nada engreído, porque la volvió a llevar a las alturas. Y juntos, escaparon hacia las estrellas.