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– Estás muerto -dijo el extraño con la suavidad de un saludo, cruzando el último tramo de agua y observando al hombre que no tomaba precauciones.
El extraño salió a la orilla y se quedó a distancia, adoptando el aire casi indiferente del otro -detenido ante el río que transportaba las aguas con la fuerza innecesaria de siempre-. En el silencio que llegó enseguida, produciendo una continuidad deforme con las palabras que habían sonado, debieron sentir, sentir y sostener de nuevo, el contraste entre la corriente poderosa y las presencias inactivas y separadas por un suelo inmóvil.
– Ya he escuchado eso antes. Sólo estoy cansado -dijo el hombre de las cartucheras vacías, levantando la cabeza y recorriendo la noche igual de un extremo indistinto al otro.
– ¿Cansado? Has dormido dos días seguidos -contestó el extraño.
– No es esa clase de cansancio. -Entiendo.
El soldado le miró por vez primera esa noche. Decía que entendía.
– No estoy muy seguro de que entiendas -dijo.
– Yo tampoco hablaba de esa clase de cansancio.
Tuvo la impresión momentánea de que ese trozo de conversación pasaba de otro lado, de la ciudad donde Salima decía: siempre te preocupa que entienda. La ciudad donde vivía Martin.
– Ahora entiendes y quieres hablar. Supongo que se trata de una estrategia nueva. ¿Ya no estoy muerto?
Buscó en el extraño, de la forma un poco automática en que busca el desconcierto, algo que se pareciera a lo que ya era distinto, a aquella mansa compañía que a media docena de pasos le contemplaba con laxitud. Apenas distinguió las cicatrices de la cara, pegadas a la piel y sin relieve, sumidas en el brillo mate de las facciones. A esa distancia, casi podía parecer el hombre joven y sin marcas de la primera noche, con una diferencia: algo envolvente -hasta radiante si la memoria de la lucha y de los golpes no estuviera tan próxima- que parecía estar completamente sometido, en él, el guerrero que llevaba la propia guerra a cuestas, a quien le miraba.
– Todo el mundo sabe responder a esa pregunta -dijo el desconocido jugando con la contestación, pero separando con el juego la contestación de la pregunta.
El hombre vio los dientes en el dibujo exacto de una sonrisa, no una mueca o una doblez, sino el gesto desplegado de una satisfacción o de una conquista generosamente expuesto.
– Pero no todo el mundo tiene la suerte de escucharla -se estaba entregando al juego de las respuestas sin poder evitar el contagio de la cara, de los dientes, de la boca que pronunciaba desde la orilla igual que la cara, los dientes y la boca de Salima se habían vuelto tras una fuga en otra orilla-. Has dicho que estoy muerto. Si la muerte es escuchar eso, quizá no sea tan mala.
El extraño no dijo nada. Se agachó y empezó a escribir con un dedo en la superficie pulverizada.
– Me gustaría saber quién eres -dijo el soldado sin ningún énfasis y siguiendo las evoluciones del dedo, pensando en un reflejo posible entre el nombre del extraño y lo que escribía en el suelo.
– Tú sabes quién soy -contestó sin mirarle y en el mismo tono difuso en que se realiza un intercambio desinteresado.
– ¿Y tú sabes quién soy yo? -preguntó el soldado a su vez como si todo consistiera en mantener viva la conversación y convertir las dificultades en simples infracciones del logro de continuar hablando.
– Tú estás aquí -dijo el extraño, levantando la vista y mirándole con una profundidad que dejó el dedo en suspenso.
El soldado notó el latido eléctrico con que algo de adentro salía a buscar aquella mirada. La misma corriente que se establece con la felicidad o el afecto y que sale de repente de un cuerpo a otro.
– Me llamo Martin -dijo sin contenerse.
– Está bien. Martin -la cara del extraño registró, aunque no fue más que una borrosidad en la sonrisa y en los ojos intensos, la emoción del soldado al decir su nombre.
El visitante nocturno se sentó con lentitud, como si descargara una especie de intuición o de peso sin alterar la postura relajada. Fue un movimiento suave que alargó la distensión hasta el punto de reposo en el suelo y señaló un lugar de espera, de recibimiento, para lo que Martin había empezado a decir diciendo su nombre.
Martin, a través de lo que le esperaba -la cara radiante, de espaldas al agua, que cada vez se alejaba más de la verdadera cara del extraño señalada por golpes-, sintió que la llanura empezaba a perder la fuerza de las sensaciones, mientras la figura sentada a la que había dicho su nombre se iba transformando en el paisaje real. El sitio en el que podía seguir hablando, tener miedo y buscar. Un cuerpo y, como siempre, un sitio.
– No te oigo bien -la cara del extraño interceptó con un golpe de corriente la corriente de pensamientos de Martin.
– Creo que no he dicho nada. No he dicho nada -Martin no tuvo entonces la garantía de no haber seguido hablando, pero podía tener la seguridad de que, tocado el umbral, no importaba el antes y el después de lo que estaba siendo traspasado.
– Es mejor que te acerques -dijo el extraño.
– Es mejor que me acerque -no supo cómo había sonado su voz, pero el sentimiento era el de haber estado escapando hasta ese instante justo o, más concretamente, el de haber estado al extremo de un hilo que no se había atrevido a recoger hasta su origen.
Caminó hasta la figura sentada y se quedó de pie.
– No sé quién eres -pero se limitaba a mirar hacia abajo, alrededor de un espacio pequeño.
– Ibas a contarme algo -la cabeza levantada hacia él y la sonrisa que había visto antes llamándole y llamándole.
– Es cierto. Iba a contarte algo. He estado pensando todo el tiempo que tenía que contártelo -sabía que las palabras pasaban de otro lado y sabía que el cuerpo que las escuchaba era real y estaba allí en ese momento y en ese lado.
– Entonces es mío. Sólo tienes que separar los labios y es mío.
Notó la carga repentina que bajaba hasta las piernas, las rodillas débiles, el contacto extendido de la piel por el suelo pulverizado y con forma de lecho. Y la presencia del extraño que ya no era extraña y que se deslizaba de la ciudad donde vivía Salima hasta esa otra ciudad igual donde Martin necesitaba ser escuchado y tocar. Porque su ciudad acababa siendo el cuerpo en que se metía.
Creyó que sólo había intentado sentarse, pero cuando llegó abajo encontró a la presencia esperándole como un gran hueco. No podía levantarse o marcharse. Tampoco quería. Aquella simple bajada al suelo tuvo forma de vértigo: había bajado de la aversión al contacto. En ese descenso algo pasó con la naturaleza de las cosas dentro y fuera de él, igual que una gota de agua que se convierte en gas a través del espacio.
Le pareció lógico sentir en la cabeza los dedos suaves que se movían como peines y también el tope duro del cuerpo que le acogió. Había cerrado los ojos desde el momento de vértigo, por eso pudo ver ahora la ciudad, la mujer corriendo, la línea de espuma, una mancha de arena luminosa, aquella cara volviéndose con la felicidad de un lugar hallado.
– Ibas a contarme algo -oyó decir en su cueva.
Estaba a punto de alargar una mano y hacer que subiera por la pierna de Salima, también estaba a punto de decir «quisiera tocarte entera», pero una presión distinta de los dedos le comunicó la urgencia de lo que había escuchado -sin que esa presión distinta alterase la sensación de cobijo, de isla hecha de instantes que se han separado de la tierra del tiempo.
Tardó en contestar porque su mano, desde algún recoveco, tal vez cerrada y guardando la búsqueda para más adelante, sintió a distancia la piel que no había tocado, el polvo de un sueño magnético pegado a las palmas.
– Tengo que volver a casa. Tenemos que volver juntos, porque solo no puedo encontrar el camino. Sé que solo no puedo encontrarlo.
Los dedos pequeños y juntos, la piel oscura, la cara con la tristeza inversa de los ojos, de la boca, los dientes perfectos al reírse no como los de las otras muchachas, mientras el pelo caoba le tendía una cortina protectora.
– Te entiendo, Martin. Tenemos que volver los dos juntos. Donde hay dos, hay siempre un camino. A casa. ¿Por dónde quieres ir, Martin?
Ella le había dicho «te he sentido como al frío». Él, en cambio, sintió sus labios como una flor caliente que se abría y se hacía grande más allá del sitio que tocaba.
– Hay que cruzar una meseta. Después, un mar y después, un desierto. Está allí, sobre un arrecife. Hay un río -dijo.
– Hay un río. Quizá baste con cruzar el río. Entonces llegaremos a casa.
La muerte del padre y la entrada en Salima estaban unidas, se habían unido entonces, quizá por eso Salima sentía el frío. Él se quedaba dentro mucho tiempo, pensando que ellos podían estar muriendo también, hasta que Salima vuelve a besar cada parte que tiene que revivir. Cuando lo hacen la segunda vez, él tiene los ojos muy abiertos, no está pensando en el padre, pero sabe que cuando vuelvan a la ciudad y Salima se despida, las calles estarán vacías, las casas estarán vacías y entonces habrá perdido a Salima y a su padre. Mientras escucha los murmullos de Salima, piensa que aquel amor y aquella muerte se parecen: van a dejarle un espacio infinito y sin señales para toda la vida. Un amor y una muerte están hablando de lo que desaparece.
– ¿Sólo con cruzar el río? No. Es un viaje más largo. El río sólo se cruza al final.
Siente que los dedos se mueven más lentamente en su cabeza y entonces mira al fondo de los ojos verdes de Salima para adivinar qué piensa. Salima está aquí. Descansa para un viaje tan largo.
– ¿Qué esperas encontrar en casa? -los dedos vuelven a moverse como en el inicio.
– Espero volver -dice -. Espero volver pronto.
– Yo creo que quieres encontrar lo que perdiste. Piensa un poco, Martin. La casa es lo que has perdido.
Los labios de Salima lo dicen, pero él sigue escuchando mucho después de que esos labios se hayan quedado quietos. Ahora es él quien la besa para dejar de escuchar.
– Quiero volver -no está seguro de poder decir más, como si en medio de una borrachera tuviese que hablar con alguien lúcido o como si Salima quisiera discutir cuando él está bebiendo todavía en su cuerpo.
– Cruzas el río y allí están todos. ¿No es así, Martin? Todos los que has perdido. El río que está al final.
– Sí.
– Entonces, más vale empezar enseguida. Levántate y vamos.
– Estoy bien aquí. Sólo un momento. Se está bien aquí -una punta de oscuridad metida en la cabeza-. Además, no tengo fuerzas todavía.
– Tienes fuerzas, Martin. Tienes las fuerzas que necesitas. ¿Creíste que esto iba a ser un camino recto del principio hasta el final? No es un camino, son muchos que se cruzan.
Lo sabe. Lo ha oído antes con esa misma voz, pero en realidad lo está escuchando por vez primera. Salima se lo dice. Quisiera tocarte entera, piensa.
– Tienes las fuerzas que necesitas -le repite -. Y puede que ni siquiera las necesites. Yo estoy aquí.
– ¿Me llevarás tú?
– Te llevaré. En cuanto lo pidas.
– Pero será como acompañar a un muerto. Seré un muerto arrastrado a mi casa.
Las manos se detienen en la cabeza. Oye la respiración que llena de aire la cueva de los cuerpos, uno encorvado y el otro encogiéndose en el suelo bajo la curva protectora. Lejos, lejos. ¿Por qué no se quedan así? ¿Fue él quien habló del viaje?
– Alguien me dijo que estoy muerto -continúa diciendo Martin-. Y ahora que hay que volver a casa, estar muerto me parece posible. Estoy seguro de que es el camino más largo del mundo.
– Todos los que has perdido.
– Un viaje hacia allí, un viaje imposible. -Cruza el río. El río del final.
– Por eso es la muerte.
– Cruza el río.
El aire de esas palabras le ha tocado desde cerca. Casi vuelve a ser otro beso.
– Estoy muerto -dice.
– Pero tienes fuerza. Además, tienes mi fuerza.
Le han agarrado una mano. Corre por el camino de arriba del espigón. Están corriendo hacia una orilla. Cruza el río. Tiene una impresión extraña: la impresión de haber corrido hasta la línea de espuma otras veces en esa noche, la impresión de haber entrado en Salima antes de que ella le agarrase de la mano y escapar de Temsamani, la impresión de tiempos trastocados, hacia adelante y hacia atrás. Ella quiere irse. Nota la presión en su mano, pero no siente la presión en la suya.
– Vamos. Vamos, ahora.
Es un viaje imposible. Él está muerto. ¿Por qué tanta prisa?
– ¿Ahora? -ha intentado deshacerse de la mano y no ha podido.
Recuerda que alguien le ha arrastrado otras veces, pero en el mismo momento en que empieza a recordarlo siente la boca que persigue la suya, los contactos que en vez de abrirse como una flor caliente son pequeños como espinas y le hacen un daño reducido. Muchas veces muchas bocas en vez de una vez la única boca.
– No hay nada que esperar. Estoy aquí y puedes volver. ¿Prefieres seguir esperando otras noches?
No son sólo las manos, no son sólo las bocas, es también un caparazón de músculos que se está cerrando sobre Martin. Nervios duros donde antes ascendían las curvas de Salima.
– Apártate para que pueda levantarme -su propia voz le suena distinta.
Hay una descarga de besos y el abrazo duele.
– Yo te llevaré. Ya te he dicho que voy a llevarte.
– Es para ver el camino por el que vamos a ir -está convenciendo.
– Es por el río del que hablaste. El río que está al final.
– Pero antes había una meseta, un mar y un desierto – la sensación de su propia consciencia, nítida, de cristal.
– Eso ya lo has cruzado, Martin.
Una noche distinta a la de la llanura se ha cerrado ya sobre él. La cueva de Salima tiene paredes heladas y se pegan a la piel.
– Está bien, está bien -siente un miedo reconocible, pero también tiene miedo de que ese miedo sea reconocido-. Quiero ir andando. No quiero que me arrastren a casa.
– ¿Andando? ¿Estás seguro? -el abrazo se afloja, pero desde esa liberación le observan y calculan si hará el camino cuando le suelten del todo.
– Estoy seguro. No es más que un río. Eso es lo que has dicho.
– Nada más -está libre de pronto, aunque siente la precaución muy cerca, a su espalda.
Están sentados y Martin no puede verle. Podría levantarse y correr inmediatamente después de alguna frase tranquilizadora. Cualquier cosa que distrajese los reflejos de la presencia. La presencia que es el extraño, está convencido, aunque ha sido Salima durante mucho tiempo esa noche. El extraño con el cuerpo de Salima, las palabras de Salima y, sobre todo, con el Martin de Salima. Una maniobra de distracción y echarse a correr. Pero entonces duda y sigue sentado. Salima ha estado allí con él y le cuesta separarse. No ha sido más que una trampa del extraño o una trampa que Martin se ha hecho a sí mismo con el extraño. Pero la sensación de Salima no ha sido una trampa. La nota en las manos, en la boca, en el sexo. La nariz respira su olor. Y está pensando en salir corriendo. Quizá el extraño tiene razón y pueda volver con el extraño adonde está Salima y están los demás. De hecho, ha estado con ella gracias al extraño. ¿Por qué marcharse, entonces? Sólo ha sido una ilusión, una trampa. Lo sabe y se lo repite muchas veces. Tiene que elegir entre esa ilusión y la llanura tal vez eterna. ¿Eterna? Pero su boca le ha hecho daño y su abrazo le ha hecho daño. No, no es Salima, nunca será Salima. Espera un momento, Martin. ¿No ha sido, al menos, un poco de Salima? ¿No es mejor ese poco de Salima que nada de Salima y tal vez para siempre?
– Te he sentido como al frío -dice de pronto el extraño, acercándose lo justo para que Martin pueda sentir la proximidad total de las caricias falsas y pueda sentir también que el extraño acaba de apostarlo todo de golpe, en el momento más crítico, abusando de su disfraz y equivocándose, porque a Martin hubiera podido bastarle con un poco de lo que quería, pero no podría resistir la mentira absoluta de lo que aún le falta.
– ¿Como al frío? -hace la pregunta y una décima después recoge las piernas, toma impulso y corre hacia el interior.
Está corriendo, oye su jadeo y las pisadas sordas sobre el suelo que se hunde. Se ha alejado muy deprisa y el cuerpo no le pesa. Muy deprisa. Nunca ha llegado tan lejos escapando del extraño. Nunca le ha sentido tan a distancia. De hecho, no escucha el ruido de la persecución, no escucha nada del otro.
Hasta que una carcajada resonante le adelanta y llega adonde él no podría llegar aunque estuviera corriendo durante días. Una carcajada de atrás a adelante que le ha cazado con la velocidad de un tiro y sigue su curso de bala hasta cualquier sitio al que él pudiera llegar, más incluso.
Martin se para. Sabe que esa carcajada vale tanto como los brazos y los golpes del extraño. Se vuelve. Le ve cruzando el río y con la boca abierta y estridente mirando en su dirección. Cuando llega a la otra orilla, el rostro se calma y le dice:
– Tú lo has dicho, amigo: estás muerto.
Y Martin sabe que dice la verdad. Le aguarda un espacio infinito y sin señales para viajar adonde están los que ha perdido. Y esa noche, por primera vez desde que combate en la llanura, ha sido derrotado. El extraño se marcha, pero se marcha con su victoria.
Mañana puede regresar a por lo demás.