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No estaba allí. El cielo era un capote de estrellas limpias. Recordó algo que le recitó Alí, el marabú: nosotros descubrimos a Dios en las contadas estrellas que miramos, no detrás de vuestros millones. Debajo estaban las naves aplastadas del cuartel, con las paredes de cal y el suelo de tierra, a espaldas del campo de carros formando callejones. El cielo le salvaba del rectángulo de muros y del callejón en el que estaba detenido con gente a los lados y gente enfrente.
– Quítense la guerrera y remánguense la camisa -dijo una voz cercana que pronunciaba palabras secas y deformes en una lengua que se parecía a la de todos los días.
No estaba allí. Para no seguir estando allí, se vio saliendo del callejón de carros, atravesando el patio de armas y escuchando las bisagras del portalón y sus pasos en una acera libre hasta la ciudad de hombres sin uniforme. Mientras se veía afuera, se desabrochó la guerrera y entregó el cinturón con la pistola.
– La camisa, mi capitán -insistió la voz.
Miró al hombre que estaba enfrente, más cerca que los otros, y que hacía lo mismo que él. Era bastante más bajo, con hombros rectos y grandes por los que parecía que resbalaba la cabeza que se movía de un lado a otro, como la de un boxeador.
– Las piernas no sirven. Sirve todo lo demás. Compórtense de acuerdo con su rango.
La voz había bajado. El otro seguía acercándose. Dentro de poco, su cuerpo estaría con el suyo y se sentirían en los puños, en los codos, en las uñas, atados en un nudo rabioso. Ese contacto le pareció lo más repulsivo de todo. No eran los golpes, la sangre, el dolor: era el contacto de los que se repelen. El sudor común, la piel común, los vertidos comunes. En medio del asco y de deseos de irse.
No quería pelear. Por fin se lo confesó a sí mismo con la claridad que le robó el acatamiento casi indolente -al menos indolente en la forma de entender su necesidad y su valor- a los pasos que condujeron de la ofensa al duelo. Dio esos pasos disciplinadamente, sin la conciencia de que el recorrido tenía un final y de que lo llevaba consigo en cada uno de los tramos.
Pero ¿qué había ocurrido?, ¿quién era el hombre que también se había quitado la guerrera? Recordaba datos técnicos, pero no recordaba lo necesario para estar allí. Todo lo que recordaba pudo haber tenido un destino diferente del que ahora le parecía desprendido de cualquier causa.
– Preparados. ¿Preparados? Usen sus armas.
Lo único propio que había conseguido en cierto punto del indolente y disciplinado recorrido es que esas armas no fueran mortales o, cuando menos, fulminantes. Una muerte, suya o del otro, estaba por encima de las posibilidades del inanimado tránsito hacia aquel final. Inanimado, absurdamente inevitable: trataba de componer ese sentido cuando el hombre de la cabeza redonda se abrazó a él.
No estaba allí. Notó el olor, que era un olor a serrín, y el bufido que dejó una mancha caliente en el cuello. Vio, por encima de la cabeza que le clavaba huesos, las siluetas quietas de los testigos y el recorte de los acorazados sobre un trozo de cielo. Si aquel hombre hacía lo que había decidido hacer, terminarían pronto. Se dejaría tocar y romper mientras se iba al otro lado de un cristal donde los golpes y los roces se sentían tras una frialdad transparente.
No era tan fácil. La furia del hombre le entraba hasta adentro, le mojaba como una penetración amorosa, le sorbía y le manchaba, por mucho que negara esa violencia con una dejadez absoluta.
Por un momento pensó en sus propios músculos y en la posibilidad de una descarga. Pero su resistencia o su iniciativa no haría más que alimentar el placer violento, repudiado, que le entraba.
¿Y su placer? ¿Lo obtendría gracias al abandono, a dejarse hacer? Después de todo, en el fondo de la aversión, de la contrariedad, de su falta de fuerzas en medio de un despliegue contrario, había una confirmación de lo que era. Vestía un uniforme al que no había conseguido parecerse y que alguien -aquel padre incapaz de ponérselo y que lo guardó como la herencia intacta de un desarraigo- le había dado con medidas que no eran suyas. Paseaba su vida por una ciudad en la que cada paso le echaba fuera, pero en cuya pared siempre rebotaba como el animal en sus límites aunque hayan sido derribados. Hacía proyectos con una mujer con la que compartía un pasado que nunca vivieron juntos, proyectos que soportaban espalda con espalda, unidos por la parte en que no podían verse ni mirar en la misma dirección. Y lo demás, aquello que hubiera cambiado una simple prueba de energía, no era otra cosa que un agujero por el que ojos débiles miraban la caída ininterrumpida de lo que, anodinamente, sin alarma, se tragaba el tiempo.
¿Por qué no podía sentir el placer de golpes que, finalmente, sólo modelaban la fisonomía del hombre que los encajaba?
Si no hubiera estado allí, todo se habría quedado en una violación de su cuerpo y en el diagnóstico de culpas y explicaciones acerca de un duelista inactivo, de los que podría recuperarse, ante los otros y ante sí mismo, con los artificios de una conciencia experimentada en desdecir los hechos. Un trabajo pasable convertiría la humillación del combate en un resguardo moral y sin coladuras. Era fácil, demasiado. Bastaba aparentar la máxima indiferencia y abanderarse con ella.
Era distinto quedarse allí, aceptar los golpes y la propiedad que sobre ellos tenía. Admitir que cada puñetazo y cada torsión se aplicaban sobre él y no sobre la sombra que había puesto en su lugar mientras el auténtico Martin observaba por la cristalera.
¿Por qué tanto miedo al daño cuando gracias a él podía gozar de un contundente y memorable reconocimiento de sí mismo? La pelea en el Lucus, en realidad la huida del Lucus, quedaba muy atrás.
Mientras se levantaba por tercera o cuarta vez del suelo, se arrodillaba y apuntalaba con una pierna el peso que no parecía poder reunirse ya sobre un solo eje, viendo las piernas abiertas y el tronco convencido del adversario, llegó a la conclusión de que el hombre que ahora se incorporaba había crecido del niño que se arrodilló en la iglesia de don Elías: había crecido para saber que el daño vivía en su casa y que no tenía que temerle más de lo que temía a la habitación en que se acostaba, la mesa en que comía o la puerta que cerraba al salir.
Con la conclusión se precipitó la imagen del niño Abdellah sonriendo entre sus heridas y la de Salima tosiendo disimuladamente mientras le abrazaba en la arena del espigón. Se sintió cerca de ellos, pero no con la proximidad melancólica del recuerdo o del desamparo, sino con la cercanía física de su presencia real y viéndoles en las «contadas estrellas» que miraba. Ahora vivían en la misma ciudad y sabía, como nunca había sabido, dónde buscarles. No necesitaba moverse. Larache no estaba en otro continente y Madrid no era el lugar que Salima y Abdellah nunca habían pisado. Las distancias se habían reunido en una línea delgada por la que iban tres pasajeros doloridos que acababan de encontrarse. No necesitaba moverse. Eran suficientes los golpes del adversario cada vez más borroso en la noche del callejón y los tanques. Se reconocía en el daño y el daño le traía a Salima y Abdellah.
El vértigo pasó eléctricamente por la cabeza. Tuvo miedo de perder el sentido y de perder a los que acababa de encontrar. Sus amigos quedaron rodeados de una luz fuerte que les escondía. Quedaban ellos. Había desaparecido la cabeza redonda, el callejón, el cuartel y los testigos. Se preguntó cuánto tardarían en irse también Salima y Abdellah. Todavía se preguntaba, cuando les vio marcharse en un aire negro y reducidos al tamaño de puntos luminosos. Se agarró a algo duro con lo que había tropezado la mano. El cuerpo desfallecido colgó de ese algo con la sensación de desprenderse del suelo. Tenía que levantarse otra vez, regresar a la verticalidad de los golpes y abrir los ojos que le reconocerían a él y a sus amigos. Pero la voz ordenó:
– ¡Basta! ¡Ha terminado! ¡Apártense!
Las luces amarillas que corrían por el cristal estaban altas y lejanas. Pero no eran las del cielo.
– Te has dejado pegar, Martin -escuchó a su lado.
Tardó en asentar la nube de luces en los focos sobre los que danzaba. La boca se llenó de líquido espeso y apretó los labios. Después tragó.
– Era una buena ocasión para que callaran un rato. Pero dejándote pegar no creo que hayas ganado mucho. Pensaba que ibas a seguir su juego hasta el final. Aunque ahora nadie sabrá por qué empezaste. Distinguió el ruido del motor como un ruido exterior a las vísceras y del que podía prescindir.
– Una pregunta, Martin. ¿Por qué te hiciste militar? -notó que le observaban.
El automóvil se inclinó y bajaron a un túnel de luces anaranjadas. El ruido envolvente del agujero se amplificó en sus oídos y continuó más allá del túnel.
– Está bien. Ya me lo contarás otro día. Supongo que vas a tu casa. ¿Tu mujer no se impresionará?
– ¿Impresionarse? -necesitaba mayor claridad para traducir eso-. No sé.
Hizo un esfuerzo por adivinar cómo sonaría su voz, que él sentía pegajosa y resbaladiza al mismo tiempo, en Elisa.
Cuando abrió la puerta, había luz en la casa. A pesar de ello, se movió con sigilo y sacó cuidadosamente la llave de la cerradura. Tuvo la impresión de caminar de puntillas, sin saber qué esperaba de aquella precaución, excepto que nadie le interrumpiese hasta encontrar un sitio seguro, con el cuerpo defendido por una posición estable.
Pero al pasar delante del cuarto de baño, escuchó ruido de agua y nadando en ella la voz de Elisa.
– ¿Eres tú?
En contra de lo previsto, llegó a coger el pomo de aquella puerta, pero desistió en el momento de hacerlo girar. Algo parecido a un pudor sin situar -su cara marcada, Elisa bañándose y su cara marcada, la desnudez diferente de los dos coincidiendo en un cuarto íntimo- le hizo continuar hasta la sala.
– Sí. Soy yo.
Mientras se acercaba al sofá vio el reflejo turbio de su imagen en la cristalera del balcón. Se paró justo delante y trató de hacerse una idea útil del estado del rostro. Pero en la proximidad, la noche del otro lado cuajaba más que la luz interior, ocultando lo que de lejos parecía posible. Sólo apreció el abultamiento de la zona derecha de la frente, bajando hacia el pómulo con un relieve brillante.
Se dejó caer en el sofá. La alteración se estaba concentrando en el estómago. El resto estaba desvitalizado -una especie de gas sensitivo que rodeaba un centro.
La resaca de los golpes, una vez pasado el entusiasmo intoxicador con que los había recibido, estaba devolviendo al cuerpo su temor y su falta de control.
Echó la cabeza hacia atrás y trató de extender el cuerpo hacia puntos de equilibrio. En cuanto el reposo le dio la primera seguridad, se dio cuenta de que no aguardaba allí para descansar, sino para que viniera Elisa. No para recibir cuidados o aliviarse con explicaciones, sino para ofrecer a su mujer las señales. Los golpes significaban mucho y tenía la seguridad de que no habían agotado su poder de revelar cosas.
Escuchó la puerta del cuarto de baño y los pies descalzos que venían. Mientras ella se secaba el pelo con la toalla y aparecía con un albornoz apretado en la cintura, la siguió por el reflejo del balcón.
Cuando se sentó en el sillón de enfrente la miró con toda la conciencia de su carne maltratada.
– ¿Puedo saber qué te ha pasado? -la toalla se paró dos segundos que se entretuvo en contar, antes de seguir frotando la cabellera rubia.
Contempló el cuerpo quieto de Elisa y su asombro -dosificado como si tuviera prisa en salir de la emoción- en la distancia del asiento.
– Me han pegado -contestó, eligiendo entre una variedad distinta de respuestas menos inquietantes y, sobre todo, menos comprometidas a la hora de un intercambio entre los dos
– ¿Te han pegado? -Elisa miró la toalla que acababa de extender sobre las palmas, como si examinara un documento que tenía que contrastar con el que declaraba.
Después le buscó abiertamente y los rasgos de la cara retrocedieron a una disposición anterior al asombro y anterior a la llegada de Martin. Martin creyó reconocer el gesto encerrado, inexpugnable, de la tarde en que acabó paseando por la mediana de la carretera.
No contestó. Estaba convencido de que no hacía falta.
– ¿Puedes explicarlo un poco más? -dijo ella sin mover apenas los labios, economizando el aire que salía por ellos.
Le habría gustado descubrir la carne que tapaba el albornoz, su frialdad, su tensión o su ira. Pero no fue capaz de traspasar el tejido denso de la prenda, ni de averiguar otra presencia que no fuese la del albornoz a dos metros de distancia.
– ¿Qué quieres saber?
Pero no bastaba con eso para acercarle sus golpes:
– ¿Qué importa lo que sepas?
Elisa desvió los ojos y empezó a doblar lentamente la toalla sobre la mesita que les separaba. Martin volvió a seguirla por el reflejo del balcón. La boca de la mujer se apretaba a medida que iba haciendo pliegues en el paño.
Más tarde, se levantó y fue hacia la cristalera sin mirarle. Martin, animado por la claridad que estaba llegando a su mente en una noche de tiniebla, pensó que Elisa había sido incapaz de acercarse desde el principio, pero que el camino ciego de su diálogo la alejaba cada vez más. Mientras que aquel silencio de Elisa a su pregunta convertía la pregunta, para los sentimientos del herido, en algo más general que lo sucedido esa noche. ¿Qué quieres saber? Un silencio que equivalía a todo lo que no estaba pronunciando.
La mujer parecía haber obtenido la postura definitivote, asomada a lo de fuera, para empezar a salir de la escena.
– Haz el favor de mirarme -en cambio él no estaba tan cerca de la conclusión y en cualquier caso de consentirá en la salida-. Te daré las explicaciones que quieras, pero haz el favor de mirarme. ¡Mírame! -terminó exigiendo en un tono que sabía que no funcionaría, igual que no funcionarían las suplicas, ni otra clase de llamada.
– No quiero ninguna explicación -respondió ella sin obedecerle, atenuando el acento de las palabras y por el mismo camino de salida.
– ¿Tienes asco de mi sangre? -dijo de repente, sintiendo las pisadas lejanas de una intuición que no tenía la forma de lo que acaba de decir, pero a la que, sin embargo, lo que acababa de decir abría las puertas.
Elisa se volvió con los brazos cruzados, ostensiblemente recta y mirando a Martin, pero a través de Martín, apartándole con aquella forma de atravesarle y seguir después de él.
– No es asco, no es tu sangre. Yo no puedo entenderte, Martin -dijo de un modo claramente disuasorio.
– Quieres decir otra cosa.
– ¿Qué otra cosa?
– Que ya no me quieres
Esta vez le miro y se quedó en él. Hubiese jurado que la cara de Elisa tenía el sentimiento más parecido al agradecimiento. El labio inferior se distendió y dejo en medio una línea de oscuridad que liberaba algo de adentro.
– Tú no estás vivo -¿Para quién sueñas este sueño, Martin? – No sé lo que te mantiene en pie. Puede que sea la amargura, el no ser feliz con nada. Es lo único puede tenerte pegado todavía a la tierra.
Meditó un segundo y miró sus brazos cruzados.
– Yo no soy así -concluyó.
Ésa era la intuición. Las heridas de esa noche eran para Elisa la prueba visible y esperada -la prueba de la que Martin ya no podía deshacerse y con la que su mujer podía hablar sin entrar en materiales difíciles de la vida compartida- de lo que Martin representaba para ella.
Sintió que ella se había agarrado con las uñas a sus golpes y de que volvían a dolerle como si los estuviera recibiendo de una forma neta, sin abandonos analgésicos.
Las heridas, volvió a decirse con otras palabras, valían más que el duelo irreconocible que las había provocado.
– No me amas -repitió inconsistentemente.
– Deja de hablar de esa manera -Elisa cogió aire y lo soltó rápidamente -. Los dos hemos obedecido a un padre. Sin saberlo o sin quererlo. Quizá sabiéndolo y queriéndolo hasta el punto de olvidarlo. Para ti no es difícil saber lo que has hecho. Basta con que te mires. A mí también me basta mirarte para saber lo que he hecho yo. Mi padre no soportaba que hubieran roto su vida, quería una prolongación, quería seguir en Larache. Quizá pensé que él estaría más cerca de Larache si yo me casaba contigo. Aunque supongo que no lo pensé mientras tú y yo nos acercábamos. Además, tú estabas aquí, tenías una carrera, hacías algo de aquí. Me pareció que había una manera de que todo estuviera bien y eso fue todo.
– ¿Eso fue todo?
– ¿Crees que tú has hecho algo distinto? Martin no dijo nada, pero comenzó a perseguir el rastro de su dolor en la carne, tratando de concentrarse en él y no en lo que decía Elisa.
– Para mí es importante que todo esté bien. Sé que soy así. Ahora no puedo mirarte sólo por mi padre. Creo que tengo derecho a desviarme de tanta lástima. No soy como tú, Martin. Ni como mi padre. Quiero estar en el mundo. No seguiré obedeciendo a la pena de otros.
Elisa avanzó entre la mesilla y el sillón midiendo el ritmo de los pasos. Al llegar a la esquina del sofá, dijo:
– Vamos a tener un hijo.
Levantó la cabeza para ver cómo Elisa recogía la toalla y empezaba a desaparecer por la puerta del dormitorio.
– Pero eso no puede cambiar nada -la oyó decir cuando ya no la veía.