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Se despertó con el chapoteo y sintiendo en seguida la ropa pegada con un sudor frío y extenso como el de la fiebre. Lo había escuchado detrás, galopando hacia su cabeza. Se revolvió desde el suelo y allí estaba, apartando el río con una embestida que empezaba a comprimir el aire entre los dos.
No debía asustarse. Aunque tampoco le quedaba mucho para sacudirse el sueño -se había quedado solo en un sitio del que no podía levantarse- y estar preparado para el que venía a buscarle -una resistencia que haría más furioso al otro-. No debía asustarse, pero la cabeza lo repitió con gritos que iban a hacer que estallara. Ponerse de pie y luchar, ¿saldría tan rápido de la impotencia que todavía le estaba empapando? Intentó algo y descubrió que no se había movido.
Todo lo que le faltaba parecía haber ido a reunirse con el extraño y alimentarle: la espuma saltaba y le elevaba, con el efecto de estar pisando surtidores, por encima del agua. Era aún peor para su miedo, el miedo que no debía sentir, el silencio que acompañaba al extraño y en cuyo lugar debiera oírse el ansia de la fiera, el aliento roto y lanzado a la captura. Pero aquella energía venía con silencio y la sonoridad de ese silencio abarcaba más de lo que veían los ojos.
El extraño saltó del agua y se paró bruscamente. Martin, a veinte pasos de distancia, con la cara a ras de tierra, fue subiendo por el pantalón chorreando y las piernas rocosas, por el tronco transparente de la camisa blanca, hasta el rostro donde los ojos desproporcionadamente pequeños le miraron con un destello apagado, vaciados de intensidad y más colosales en la impenetrabilidad despojada que la masa estriada de los músculos. Pero no le reconoció.
Volvió a subir por las piernas y el tronco hasta el lugar de la mirada, en un gesto equivalente al de frotarse los ojos. Nada cambió. Estaban los arañazos – ahora con un relieve de cicatriz exagerado con un maquillaje grumoso-, pero lo demás se había organizado de otra manera en torno a las señales conocidas. Desde aquella distancia, y contando con el reluz del aquel cielo, no pudo precisar lo que había cambiado. Sólo pudo darse cuenta de que estaba ante algo más exangüe y menos lleno que lo que esperaba.
El extraño echó a andar. En el agua había corrido y saltado, pero ahora arrastraba los pies hundiéndolos hasta los tobillos y el polvo se apartaba a su paso como una marea de tierra dividida.
Llegó envuelto en una nube de restos y Martin no consiguió verle hasta que esa nube se posó en el suela y sobre el propio Martin, blanqueado de pronto por la mezcla de polvo y sudor. Los ojos doloridos, con la sensación de haberse llenado de espinas pequeñas, vieron al extraño justo encima, con las piernas abiertas a cada lado del cuerpo tendido, encerrándole en un arco también blanquecino y empapado.
– Empieza a levantarte, amigo -dijo la cara irreconocible con una voz también diferente, expulsada por alguna cavidad, no como la voz que parecía estar aprendiendo en una garganta sin hacer.
– ¿Eres tú? -se atrevió a decir, mientras proyectaba aquellas facciones sobre las facciones que recordaba, sobreponiendo las dos caras.
El extraño se acercó con un movimiento de cintura, dejando las piernas en el sitio.
– ¿Y tú? ¿Eres tú? -contestó socarronamente, añadiendo una mueca agresiva de desprecio que le arrugó la nariz y la boca.
– Sí -murmuró estúpidamente, intentando borrar aquel desprecio con un espectáculo de mansedumbre.
No surtió efecto. La cara se le acercó más y escupió:
– Levántate y piensa en defenderte.
En esa proximidad en la que era posible sentir la saliva de las palabras, empezó a reconocer -dentro de la máscara blanca del polvo- el rostro enemigo de las noches anteriores. Pero ese reconocimiento tuvo que atravesar antes láminas de desfiguración, en un esfuerzo parecido al que se hace con quien no se ha visto en años y al que se va recomponiendo mediante la intuición de las carencias y novedades que deja en cualquiera la factura del tiempo. Era la misma cara, estaba seguro, pero la misma cara envejecida, azotada y violentada por una madurez difícil, no por la parsimonia de un transcurrir sin asaltos. No era exactamente un viejo: era alguien en quien la vejez queda determinada antes de tiempo, con señales que sólo tienen una clase de final y ninguna clase de marcha atrás.
La cara envejecida y prematura unida, sin embargo, al cuerpo de atleta profesional que no había sufrido variación desde que lo vio llamándole la primera noche desde la orilla de enfrente: como si la fuerza fuera lo único capaz de permanecer intacto, mientras la parte de la dirección y el sentido, caducaba. No se trataba de un fallo físico, de una masacre del tiempo, sino de una consunción alojada en otro sitio, el sitio del que la carne podía ser su reflejo remoto y exacto.
Instintivamente, tocó su propia cara. No notó nada especial. Tampoco era raro. Su tiempo estaba hecho y concluido, y ya no cabía varianza. Pero había visto envejecer a su enemigo y podía deducir, en ese periodo en que lo tuvo a la vista, su transcurso. Pero ¿cuál? ¿Cuáles habían sido las escalas de ese tiempo? ¿Acaso cada una de las noches en que no consiguió hacerle cruzar? ¿Aquella cara había cumplido los años de sus negativas a pasar al otro lado?
– He dicho que te levantes. O tal vez prefieras que te pise en ese suelo que quieres tanto. Que te pise como inevitablemente se pisa a un reptil. Inevitablemente, ¿lo entiendes?
Contempló de cerca la inflamación en el rostro del viejo y la lluvia de gotas resplandecientes que saltó de su boca.
¿Tenía que luchar otra vez? ¿Otra vez como en el callejón de carros para recibir golpes que sólo conseguirían hacerle más semejante a lo que ya era? Pero también sentía pavor físico al cuerpo roto y despreciado, igual que lo había despreciado Elisa. No era, evidentemente, la gravedad de las heridas lo que ahora le importaba -ahora que estaba viviendo la indecisión de su eternidad-, sino la señal profunda de los golpes, la señal que no deshojaba ningún calendario.
Apenas unos minutos atrás había escapado de esa miseria. No estaba dispuesto a repetirla. Nunca lo estaría. Ahora que había despertado de la congoja de ese sueño, tenía la impresión de que el miedo y la impotencia que se habían deslizado de la pesadilla y permanecido en la vigilia de la llanura eran más poderosos y reales, como si, al revés de lo que se espera, el sueño los hubiera atenuado y fuera la realidad quien les daba medida.
– Eres un cobarde. Siempre has sido un cobarde. ¿No es eso, Martin? -le pareció imposible haber reconocido a aquel ser que se desfiguraba con cada amenaza.
– No puedo levantarme. Te digo la verdad. No puedo. Es posible que sea un cobarde y que lo haya sido siempre -recordó que una vez le dijeron que utilizaba su cobardía, que era su forma de compasión o de que le quisieran.
– ¿No te levantarás? -No. No puedo -musitó.
– Está bien. No te levantes. Pero entonces, repta.
– ¿Qué quieres decir? -tuvo una conciencia completa de su cuerpo en el suelo, blanqueado de polvo y empapado de pánico.
– Quiero decir que camines como un animal sin patas. Con la cara en la tierra -la crueldad relajada en la cara del extraño, hallada al fin la expresión con la que volvía a su ser verdadero, a su ser sin Martin, sin el despojo humano que no consiguió llevar a la otra orilla durante noches que ya ninguno contaba-. Con la cara en la tierra -repitió.
Martin se volvió de espaldas y empezó a empujarse con las piernas, utilizando las manos para ayudarse en el rumbo.
– Baja la cabeza. Nada de manos -gruñeron por detrás.
Se detuvo un instante y continuó reptando sin salirse de las órdenes. Toda la carga tráctil fue a parar a su abdomen y a sus nalgas. Notaba que el culo circulaba ridículamente por encima de su cabeza y que los pies del extraño le seguían en una cabalgadura humillante. Toda su libertad consistía en escupir el polvo que se iba amontonando en la boca apretada.
– Adelante, cobarde. Adelante -no le importaban los insultos, ni la vejación, sólo la tierra a la que estaba pegado.
Todo, menos levantarse y pelear con el extraño. Todo, menos golpes.
– ¿Sabes adonde vas? -preguntó alegremente el que le cabalgaba.
– Vamos hacia el río -contestó Martin.
– ¿Hacia el río? -un segundo de meditación casi sonoro -. ¿Hacia el río, eh? Espera, espera un poco. Creo que no me he dado cuenta: estamos ante una decisión. ¿Has decidido, Martin? No, nada de eso. Lamento contradecirte. No vamos al río. Sólo estás reptando. Sólo eso, ¿comprendes?
– Sólo eso, sí.
Martin había visto la corriente a mitad de la distancia anterior. Por el río no podía arrastrarse. ¿No había allí una escapatoria? ¿Una esperanza? Pero no podía pensar qué clase de esperanza. Cuánta esperanza. ¿Sólo dejar de reptar?
Se movió más deprisa, aunque con la rapidez el cuerpo se hizo más ridículo y más evidentes las exigencias humillantes. Entraba en lo posible que una vez alcanzada la orilla, le mandara dar media vuelta y le tuviese arrastrando la noche entera. Pero el río era más que un simple accidente del que podían desviarse, una simple interrupción o modificación de órdenes ante una barrera casual. Si llegaba hasta el río, podría hablar y persuadir, porque ninguno de los dos se quedaría indiferente ante el río, ni disimularían como si no viesen el río.
– ¿Estás yendo más deprisa? -le preguntaron.
– No. Cumplo tus órdenes. Sin manos y con la cara en el suelo.
– Mientes. Vas más deprisa.
– Si voy más deprisa, no me he dado cuenta. Te lo juro.
– Juras en vano. Eso es que ya sabes hacer algo. Me pregunto cuántas cosas estás aprendiendo mientras te arrastras.
Adivinó el silencio de la cavilación y el plazo involuntario que le daba para seguir avanzando con todas sus fuerzas hasta el límite persuasor de las aguas. La nariz y la boca se llenaron de arena, pero no se molestó en escupir. Incluso contuvo la respiración porque sabía que muy pronto, quizá ya, tendría todo el tiempo que quisiera para respirar y escupir, pero antes tendría que estar todo lo cerca que pudiera de aquella orilla de la que tanto había huido.
– Espera un momento. ¡Espera! -el plazo terminaba.
No quiso escuchar.
– ¡Párate! ¡Te ordeno que te pares!
Se arrastró con una velocidad que convertía la cadencia humillante del cuerpo en un aliado terco y descarado del propósito, mientras urdía, a mayor velocidad aún, la respuesta que ampliara el plazo en décimas o milésimas.
– ¿Es que no te obedezco? ¿No estoy haciendo lo que tú querías?
No tenía manos, ni peso, ni cabeza: sólo se deslizaba. Rápida, muy rápidamente. En un líquido favorable. Un pez veloz, una forma en fuga.
– ¡Detente!
El río a pocos pasos. Tres, cuatro, como mucho cinco de un hombre vertical. Metería la cabeza en el agua, cuando llegase metería la cabeza en el agua para estar seguro de que era el río y de que no sería fácil volver.
– Soy el reptil. Mira bien. El reptil que no se ha ganado ni que le pisen.
De repente, tuvo la sensación de que la cabeza ganaba terreno, pero fuera del cuerpo. Que la vista seguía atrayendo el río y corriendo hacia él, pero que la masa completa que debería alcanzarlo se había quedado detrás, inmóvil.
– Te equivocas -dijo el extraño-. Se lo ha ganado.
Le costó torcer el cuello lo mínimo y contemplar a su dominador a través del pie que apretaba con los mismos dedos prensiles de una mano estranguladora.
– Está bien. Ya no voy deprisa. Estoy quieto como tú has mandado -aunque sintiendo la humedad que con un golpe más de abdomen habría llegado a su cara, la humedad que debía estar al alcance de su propio brazo si lo estiraba.
Decidió alargar ese brazo, meter la mano en el agua y arrojarla como un conjuro defensivo contra el que pisaba su cuello. Decirle de esa manera que él ya estaba en el río y que, ni siquiera los que venían de la otra orilla, eran capaces de hacer que retrocediera ese hecho.
Maniobró con el brazo visible hasta tocar el pie de su cuello. Eso le distraería. La mano contraria empezó a recorrer el suelo igual que un gusano imperceptible, mortal y lento, completamente separado del organismo agujereado que abandonaba. Martin consiguió aislarse de ese brazo y comunicarse con él sólo a través de una voluntad concentrada y única.
Todavía no sabía por qué quería -al menos con una claridad manipulable- meterse en el río, ni por qué eso sería destructor para el extraño.
La mano estaría ya a la altura de la cabeza. Quizá un poco más allá. Pronto tocaría el agua y él debería estar preparado para la reacción contra aquella pisada que le había dividido en mitades fantasmales.
Estudió al extraño y le pareció notar una rigidez -una rigidez en la silueta oscurecida con el reluz a la espalda- en la que no quiso o no se atrevió a pensar. Estaba completamente erguido y pisándole con una rectitud que se parecía a la del cazador desprendido de la pieza y pendiente únicamente de la pose victoriosa. Movió su mano en el pie tratando de que el otro notara algo y actuase.
Al principio, le pareció que el extraño quería echarse a volar. El pie que tenía apoyado en tierra se levantó muy alto en el aire, sin desplazar el de su cuello, aunque aplicando la punta como si hiciera un hoyo. Después, lanzó un paso y Martin vio la planta a una altitud irreal, también irrealmente cortando un espacio de materia visible y blanda que se despegaba de la planta.
La mano no rozó ningún agua. Por el contrario, quedó clavada por un peso agudo. Vio el talón pisando su mano gracias a una torsión del cuello que le hizo hundir la cara en el polvo y bucear por él hasta el comienzo de una asfixia. El río estaba allí, a un círculo de distancia del talón. Pero el talón no era suyo. Sólo era suya la mano que estaba debajo.
Cuando el extraño habló, comprendió que el extraño llevaba mudo demasiado tiempo, que la silueta oscurecida le había estado observando todo ese tiempo y que también había comprendido.
– Ibas a alguna parte -dijo con una tranquilidad tensa, pero desviada de cualquier violencia-. Quiero escuchar adonde ibas.
– Iba al río -contestó Martin con una conciencia de la imposibilidad que empezaba a volverle casi indiferente a cualquier pretensión, por peligrosa que fuera.
– Eso ya lo sé. Quiero algo nuevo -dijo el otro imitando, dentro de la voz madura, una música imperturbable.
Martin meditó. Tampoco él había sabido mucho del río. Quería llegar. No quería más vejaciones, más golpes, más extraños.
– Iba a pasar al otro lado -contestó de una forma automática, acaso la única con la que podía enfrentarse a las palabras de su propósito.
– Está muy bien. Pasar al otro lado. De repente. En una noche de entre muchas resistiendo. ¿No es eso, Martin?
– ¿De repente? ¿Es ésa la pregunta?
– Sí, amigo -acomodado con un resto de dureza en el papel sereno.
– No queda un sitio al que volver. No quiero seguir durmiendo. Tú tienes un sitio que no conozco. Nada es peor, a no ser que se insista -seguía automáticamente, pero acertaba con su deseo.
– Perfecto, perfecto. Excepto que no sé qué esperas del otro lado.
– Tú querías llevarme.
– Naturalmente. Pero ahora quiero que me digas adonde.
– ¿No es eso lo que yo preguntaba otras veces?
– No recuerdo. Dime adonde.
¿Para qué aprendía ahora de sus preguntas inútiles? Pero sigue aprendiendo, pensó. No es tan viejo. No es tan distinto.
– ¿Eres algo parecido a un dios? -preguntó dando un rodeo por lo que podía haber sido una conclusión.
– ¿Qué es algo parecido a un dios? -contestó el extraño cargando el tono justo hasta el límite de su exigente teatralidad.
– ¿Eres un dios? ¿Un ángel? -Yo no hablo de nombres.
– ¿Ni siquiera del tuyo?
El extraño cargó ahora su silencio.
Martin necesitaba esa conversación. Volvió al hilo antes de que el otro lo perdiera o lo desfigurase con un ataque rectificador y voluble como sus sentimientos.
– Supongo que lo que hay más allá -miró hacia el horizonte de cielo abovedado y tierra aislada que no le envió ninguna señal que pudiera confirmar o, al menos, pulir la desmesura en la que estaba entrando- será una especie de infierno o una especie de paraíso.
El que no hablaba de nombres sonrió pacíficamente y retiró los pies del cuerpo de Martin. Luego se acuclilló encima de la cara del que todavía era su prisionero, inclinándose en un estudio del envoltorio del que salían las palabras.
– Veo que ya conoces tu muerte. No está mal, amigo. ¿Fue difícil?
– En el momento de saberlo, supe que lo había sabido siempre.
– Y yo, ¿cuántas veces te lo dije?
– Eso es distinto. Estábamos luchando.
– ¿Y por qué luchábamos?
– Yo era un soldado. Tú parecías otro.
– Me pregunto por qué no sabías lo que tenías que saber. ¿El sufrimiento nos apega a la tierra, Martin?
Echó aire por la nariz. En el rostro emergieron marcas endurecidas que adelgazaban la vejez.
– Debería juzgarse el tránsito -prosiguió el extraño-. Pero sólo se juzga la vida. Ahora quieres ir a la otra orilla, ¿verdad? Ahora mismo.
– Sí.
– ¿Sin saber lo que te espera?
– Nada puede ser peor.
– A no ser que se insista, eso dijiste. Quizá merezcas la insistencia.
– ¡No! Tú has dicho que sólo se juzga la vida. No este tránsito. Me has humillado y reconozco mi culpa. Seguiré humillándome ante ti siempre que me lo exijas. Pero en la otra parte. Sé lo que tengo que saber. Tu obligación es hacer justicia.
– ¿Y qué pasa conmigo? Yo también he padecido -acercó su nariz hasta tocar la nariz de Martin -. Has resistido y alguna vez me has vencido. También yo tengo mi daño y también yo necesito justicia.
– ¿Tú? ¿Por qué tú necesitas justicia?
Martin trató de esquivar la presión de la cara del extraño para incorporarse. Pero el otro le empujó con la frente hasta que la nuca del hombre volvió a hundirse en tierra.
– ¿Es que no eres más poderoso que un hombre? ¿Es que la justicia no protege la debilidad? ¿A qué viene esto? Tienes tu potencia y yo no tengo nada. Pero quieres tu justicia. Eso no es la justicia, eso es tu ley.
– ¡Cállate!
Pero aquí también se cumplía un plazo para llegar al río, reptar con sus palabras hasta las aguas de donde el otro no pudiera hacerle volver.
– Tal vez sea sólo tu ley. Y tal vez ese paraíso o ese infierno al que me puedes llevar no sean más que mundos separados por la clase de dolor y unidos por la clase de mandato. ¿Todo lo que das a elegir es tu ley con dolor o tu ley sin él?
Había ido apartando cortinas sin darse cuenta. Quería convencerle por si no bastaba su mansedumbre. Pero para convencer usaba cosas que convertían al extraño en alguien. En alguien definido y cuyo nombre le habría costado aceptar a través de sentidos claros o de creencias.
– ¡Calla, reptil! -los ojos intensamente vacíos se agrandaron y Martin notó la profundidad que le abarcaba-. Gracias a eso eres algo. Gracias a eso puedes levantarte de la tierra y ningún pie indiferente te ha hundido en la desaparición. ¿Nunca has escuchado las esferas de tu propio silencio, viniendo de un espacio que ni siquiera concibes y arrastrando tu oído adonde no puede oírse? Te he dado más de lo que eres gracias a eso que tú llamas mi ley.
– Gracias a eso he tenido que vivir y se me ha impuesto la vida. ¿Por qué tengo que deberte ningún infierno ni ningún paraíso? Y ahora ni siquiera eres capaz de cumplir tu raquítica justicia y llevarme a la orilla que tú mismo estableciste.
Eran las palabras las que le llevaban hasta el alguien. No él. Él no las pensaba, él sólo quería que le llevaran. Alguien.
– ¡Tienes que callarte!
La frente de Martin se hizo añicos y los ojos bajaron a una profundidad de polvo que por el otro extremo se elevaba igual que una columna. Allí se quedó la otra frente, la del extraño, con la marca caliente del golpe, enrojeciendo y dibujando la circunferencia de la embestida. En el cerebro seguía sonando, con forma de ondas infinitas, la orden de callar, callar, callar.
El alguien retrocedió un paso sin dejar las cuclillas. Se tocó la frente y luego miró la mano que la había tocado con un gesto de sorpresa y de duda ante el hecho constatado de una agresión rastrera.
Cuando Martin consiguió incorporarse hasta quedar sentado, el otro todavía buscaba en la palma la identidad del que había dado el cabezazo.
– Sólo hablo para que me lleves. No quería discutir tu ley, no la discuto. Escucha, sólo quiero que me escuches. Llévame al otro lado. Tú mandas. Me has dado la oportunidad de vivir. No me debes nada. Gracias a ti no voy a desaparecer. Te lo pido. Pásame a la otra orilla -no era su voz, era un gemido que salía a partes iguales de la frente destrozada y del miedo a que le dejaran abandonado.
La cara envejecida dejó la mano y le miró con el horror de un ser que sabe que se está trasformando a la vista de otro, con piel que se deshace en los dedos o carne que se derrite, mientras la encarnadura del pasajero que surge de los restos enseña su forma monstruosa.
– Escucha -estaba hablando el horror, el horror del alguien al que el cabezazo puso delante de un espejo en el que vio, por las noches alargadas de aquella resistencia, de aquel combate y también de las humillaciones que él mismo había infligido, el ser en que aquel hombre, aquel Martin, le había convertido-. Escúchame bien. Nunca dejaré de preguntarme por qué no sabías lo que debías saber cuando llegaste aquí. Por qué luchaste desde la primera noche. Por qué luchaste. Creo que conozco tu vida tanto como tú. Pero desde esa noche no entiendo. No sé qué clase de criatura es capaz de apartarse de esa manera de todo conocimiento posible.
– Sólo quiero que me lleves -murmuró aplastado por la fuerza de aquel horror que escuchaba y en el que había intervenido.
– Oye. Lo peor de mí ya no puede ser la venganza. Lo peor que yo pueda ver después de estas noches. Así que voy a vengarme. Te diré qué hay en la otra orilla. Un paso después del río está lo que sólo puede desearse. No hay ningún infierno desde aquí: sólo el paraíso de tu condición. Todo lo que has perdido. ¿Entiendes, Martin? Sí, entiendes. Has estado luchando para no entrar en tu paraíso. Y también te diré otra cosa: hoy no lo conocerás. Permanecerás en tu insistencia sobre lo que ni tú ni yo comprendemos.
– Llévame contigo -suplicó.
– Cuando te lleve, para mí será ya cualquier día. El que contaba es el primero. Te quedarás.
– Entonces, lo cruzaré.
– La corriente ya es más fuerte que tú.
Se levantó y empezó a irse mientras Martin apretaba su cara para no dormirse. La claridad salía con una línea del horizonte.
Cuando se volvió, el extraño había desaparecido.
– Dios, ayúdame -suplicó.