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No tenía armas, pensó automáticamente al abrir los ojos. Y tiempo quizá tampoco. Miró en la dirección del río. El extraño no había aparecido. Se levantó y comenzó a caminar hacia el interior. Mientras caminaba y se alejaba del territorio inmediato del que vendría, podría pensar. Pensar y conseguir una perspectiva que no estuviera chocando todo el tiempo con la proximidad de las aguas.
Llevó las manos al cinturón de las cartucheras y de la funda de la pistola. Sabía que estaban vacíos. De todas maneras, como si eso le diera firmeza y algún tipo de seguridad estratégica, soltó los cierres y fue registrando. Miró para atrás. Seguía sin aparecer.
Estaba seguro de que el río no le servía y de que no era un problema alejarse. Un cinturón con cartucheras, pantalones, camisa, guerrera, botas: enumeró. Un poco teatralmente, pero de nuevo tratando de afirmar los movimientos y la clase de decisión más que la decisión misma, metió la mano en los bolsillos de la ropa. Las posibilidades quedaron reducidas al cuerpo que había debajo de las prendas y a la extensión de la llanura. Aunque no pasó de ser una constatación de límites, le bastó la maniobra de cálculo para tranquilizarle. Era más de lo que había hecho hasta entonces. Se había defendido y alguna vez había ganado. Pero fue con gemidos, arañazos, súplicas, golpes ciegos y más temerosos que los arañazos y las súplicas. Ahora, en cambio, se sentía dueño de lo que vendría. Cada cálculo llevaba a otro cálculo y ese camino era de piedra, de piedra por la que andaban sus botas.
Sintió una alegría oscura, ponzoñosa. Se deshizo de ella enseguida.
Ya había utilizado su cuerpo otras veces, pero no la llanura, excepto para escapar. La llanura sólo tenía superficie y polvo. Tal vez tuviese fondo, pero no le pareció eficaz pensar en un agujero. Un agujero protegía a distancia y él no disponía de algo que mantuviera la distancia.
Le quedaba la superficie, el polvo. No parecía mucho.
Volvió a mirar hacia atrás. Las orillas, desiertas.
Midió la separación. Tres, cinco minutos, a paso vivo. Podía llegar a los siete o a los diez. Bastaría para no temer el agua. Mientras pensaba «tres, cinco, siete, diez», entró en los oídos el compás de las hebillas de las botas y, más arriba, el de la hebilla del cinturón. Metal. También cosas metálicas.
Polvo, superficie, cuerpo, metal: reunía materiales y tendría que hacerlos explotar después. Pero con este recuento el mundo se redujo ya a lo indispensable y esta reducción tuvo algo de paso definitivo y adelante que reforzó los otros pasos, los que se metían en la llanura. El camino era bueno. Había marcas y avanzaba.
Polvo en todas partes, extendido, pero fuera de él. Tenía la superficie -la distancia con el río-, el metal y el cuerpo. Los tenía encima, disponibles. Faltaba el polvo. Con el mismo instinto de refuerzo que había buscado en los bolsillos vacíos, empezó a coger puñados del suelo pulverizado y a cargarlo en las cartucheras. Seguía caminando. Se agachaba y cargaba. Las llenó hasta que se hincharon.
Notó el peso que se fue poniendo en las caderas, la sensación de hombre que marchaba con las armas a cuestas. La sensación de hombre armado. Todo estaba ya a su alcance. Y todo eso, que aún no sabía cómo usar, tenía que haber transformado al hombre que lo llevaba en un hombre distinto del que había despertado en la ribera, del hombre inane de los combates y de las noches anteriores, del hombre sin nada.
Aquel suelo se le había quedado en las palmas y en las uñas con una aspereza pegajosa. Se detuvo. Tal vez necesitara más. Se fundía con la piel, igual que cristales absorbidos por la sangre. Se observó como si fuese a descubrir los agujeros que hacían las puntas de ese polvo. No es que necesitara más. Era sólo que necesitaba seguir tocando, tenerlo en las cavidades de las manos, introducirlo en él. Sin saber muy bien qué estaba haciendo, comenzó a reunir un montículo pequeño y después uno grande sobre el anterior. Estaba arrodillado delante y moviendo los brazos en una recogida amplia. No se dio cuenta de que lo iba haciendo cada vez más deprisa, ni siquiera se dio cuenta de que estaba pensando en la hija, de que la cantidad era la cantidad de Amelia, ni de que las manos recogían, colocaban y aplastaban algo que era más que aquel polvo y que era ese polvo.
– Bien. Vámonos -oyó que le decían por detrás.
Los brazos, que seguían reuniendo cada vez más deprisa, dieron con un tope y frenaron.
Se volvió cautelosamente, dejando las manos sobre el montículo.
Allí estaba la cara vieja y sus músculos, jadeando como si hubieran corrido por el puente de tiempo en que Martin no volvió a mirar.
– ¿Vámonos? -repitió preguntando.
El viejo tragó aire y pareció preocuparse únicamente de que llegara hasta el fondo.
– Eso es. Vámonos. Pero deja aquí el polvo que has guardado. El polvo no pasa.
– No pasa -siguió repitiendo Martin sin moverse del montón.
La postura del extraño, que daba un costado a Martin y otro al río, y que apremiaba, giró lentamente y le enfocó.
– Es lo que he dicho. Ayer pediste que te llevara. Vengo a llevarte. ¿Suena raro?
– Suena muy bien. Pero hoy no es ayer. Hoy no he pedido nada -respondió mirando las manos en el montículo.
El extraño lanzó un paso y se quedó clavado en él, con todo el cuerpo volcado y contenido en ese paso. Martin se puso en guardia, pero no se movió. Se quedó tan quieto y tan clavado como el otro en su paso.
– ¿Tenemos novedades, Martin? -el aire sonó entre dientes.
– ¿Novedades? Tú vienes a llevarme y yo te miro. No veo novedad por ninguna parte -le quedó la duda de si las mandíbulas encajadas habrían formado las palabras.
El extraño se retiró ligeramente sin cambiar el paso. Esquivando o protegiéndose de una racha que llegaba sin aviso.
– ¿Es por lo de las cartucheras? -preguntó con una mueca de expectación un poco destemplada.
– ¿Qué es por lo de las cartucheras? -la guardia se endureció.
– ¿Tengo que decirlo yo?
– ¿Qué tienes que decir tú?
Vio el salto y la polvareda, pero antes había visto la flexión de las piernas, la arruga de los labios, la retracción de las pupilas. Si hubiese querido, habría visto la onda del cerebro que daba la orden y hasta el temblor de la primera célula. Podría haber cazado ese movimiento volátil igual que una mosca con el puño.
El extraño cayó sobre el lado del montón en el que había estado Martin y, después de unos cuantos manotazos en la polvareda, mirando hacia abajo, buscándole entre las piernas, le descubrió al otro lado de la pirámide de polvo, tenso e inmóvil como un arco en el límite, y con el cinturón en las manos.
Se quedó fijo en el cinturón que ahora estaba en las manos de Martin, con el hierro de las hebillas colgando de los extremos y oscilando como un arma elástica.
Hizo algo que no había hecho nunca: se sacudió y se recompuso. Al final, se pasó las manos por el pelo, que seguía siendo el mismo pelo rubio, pero desgreñado y apelmazado en la frente.
– Está bien -dijo poniendo las manos por delante en una especie de aplacamiento-. Está bien. Empecemos por el principio. ¿Eh, Martin? Por el principio. No hace falta que te quedes ahí, con eso. Hablemos tranquilamente. Tranquilos, ¿de acuerdo?
En Martín no varió nada. El extraño vio el gesto decidido en el rostro lavado de expresión, casi hueco, deformado por una claridad fanática. Parpadeó. ¿Quién era aquél? ¿Aquel que se parecía a Martin y que le miraba como si le conociese? ¿Un soldado? ¿Un loco que hacía su propia guerra?
– Ha terminado, Martin. Ha terminado tu vida y estás aquí. Al otro lado del río hay un camino para que sigas. ¿O es que quieres insistir en tu sueño? Acuérdate de lo que dijiste: nada es peor. Volvamos a la noche de ayer. Agárrate a mi espalda y estarás allí antes de que te des cuenta -dijo con cierta aprensión, como si dudara de que la lengua del soldado fuese la suya.
– ¿Antes de darme cuenta? Prefiero darme cuenta. El extraño tuvo la evidencia de que sus palabras rebotaban y de que Martin se limitaba a tirar de flecos.
– Haz lo que quieras. Y ahora, nos vamos -dijo tan inflexiblemente como le permitió la incertidumbre, los ojos espiando la oscilación del arma.
– Te propongo otra cosa: quédate conmigo. Quédate conmigo para siempre -el extraño estudió los rasgos que le hablaron desde el otro lado del montón de polvo, buscando la burla que escondían, la burla que tenía que estar en alguna parte de ese rostro.
– No sé qué quieres. No sé dónde quieres que me quede.
– Aquí. Es aquí. No te vayas. No te vayas cuando claree. Quédate. Te dejaré soñar con mi vida.
– La conozco de sobra.
– ¿Lo conoces todo?
– Incluso lo que no recuerdas.
– Entonces, ¿sabes también qué me defiende de ti?
El viejo le miró con un cansancio defensivo. Se volvió hacia el río y luego volvió otra vez al hombre del cinturón. ¿Qué estaba pasando? Había venido a llevárselo, pero aquel Martin, aquel extraño, se estaba cerrando sobre él.
– No digas tonterías -la voz se endureció intentando recuperar un tono perdido y, a su través, el lugar perdido de lo demás.
– Podías haberme llevado mientras dormía y no lo hiciste. Estoy seguro de que me veías durmiendo y te marchabas.
Una intermitencia en los ojos del ser, los ojos azules que se habían ido perdiendo, dejando una órbita despojada y oscura. Un rayo breve, un intento consumido en el momento de encenderse.
– Quería llevarte despierto. No tengo necesidad de trampas. No juegues conmigo. No me retes.
– Yo diría que ha sido un error grave -dijo sin preocuparse de la amenaza y relajando la tensión del cinturón que quedó colgando de una mano inerte-. Un error de tu soberbia. El mismo de ayer cuando no me llevaste sólo porque te lo estaba pidiendo. Sólo porque te lo estaba pidiendo, ¿no fue eso?
El extraño abrió los brazos, como si quisiera abarcar lo que había y dentro de ello a Martin. Luego dio un paso y hundió la montaña de polvo. Martin miró el pie destructor y se quedó esperando el crujido de todo lo que estaba pisando, pero sólo escuchó el ruido que salió de la boca y que puso un eco en la bóveda.
– ¡Vagabundo maldito! ¡Puedo lanzarte adonde ni tú mismo te veas! ¡Más lejos todavía! ¿Escuchas?
El viejo se quedó parado en la resonancia de su voz que se perdía como una piedra echada a un vacío, pero Martin le contestó con una mirada fija.
– No puedes -dijo en el tono justo para que le oyera -. No podrás.
Dejó de escucharse y bajó hasta la presencia del hombre con las cartucheras. Le midió con el esfuerzo de una potencia que acababa de atravesar el universo, constreñida de pronto al relieve de uno de los átomos, un relieve punzante y capaz de resumir con su punzada ese mismo universo atravesado.
– ¿No puedo? ¿No podré? Tú qué sabes. Tú no puedes conocerme -respondió como si se quitara algo simplemente pegajoso.
– No puedes y te conozco.
El extraño movió el otro pie y subió al montículo. Desde esa altura, pareció sentir una satisfacción exclusivamente física, que detenía con su escala sensible el desorden creciente.
– No podré. Está bien. No corramos tanto. Hablaste de un error. Grave, por lo visto. Pero no me has dicho en qué consiste ese error.
– Te lo he dicho. Mi vida me defiende de ti.
– ¿Una vida te defiende de lo que es más fuerte que tú? ¿Es una adivinanza, Martin?
– No dije una vida. Dije mi vida. Porque en realidad es una vida que me has dejado vivir dos veces. El error es la repetición. Una vida no es lo mismo que dos veces esa vida. De una, se huye, se llega aquí corriendo y se pasa a la orilla de tu río.
– ¿Y de dos no se huye más?
– ¿Aún no lo sabes? La primera vez que encuentras la cara del miedo, no quieres verla. Entonces, escapas. Es estúpido, pero común.
– ¿Es estúpido escapar de lo que se teme?
– Es estúpido, porque no se escapa. Siempre te quedas viendo esa cara, siempre hasta el final de tus días. Piensas que aparecerá otra vez, piensas que eres débil, piensas que será débil siempre que aparezca. La cara es fugaz, pero el temor es extenso. No hay nada más ridículo que ver a un hombre agotar sus piernecillas mientras huye de lo que sólo está en él. Es igual que cargar con una bomba para llevarla a explotar al sitio en el que no estabas antes. Quedarse no cansa tanto.
– ¿Y la segunda vez? -el rostro empezaba a comprender sombríamente.
– Esa oportunidad me la diste tú, dejando que durmiera.
– ¡Ya sé que te la he dado yo! ¿Y esa vez?
– Aunque te aprovechaste de eso. Te metías dentro y anotabas como una chismosa. La soberbia no te dejaba pensar en que esa vida te volvería débil. Nada tuyo es más fuerte que tú. Y tú, ¿te conoces?
– ¡La segunda vez, Martin!
– Podría callarme ahora y estallaría el globo inflado que tengo delante. Pero te diré qué hay en la otra orilla, en la mía, te diré el infierno de tu condición. Lo peor ya no puede ser la venganza. ¿No decías eso anoche?
– ¡La segunda vez!
– La segunda vez sabes que ha habido una primera vez.
Martin calló y sonrió a la estatua elevada.
– Sigue hablando.
– ¿No basta con eso?
– No basta hasta que lo escuche todo.
– Entonces, repta.
Martin se entretuvo en el cuerpo que contenía, con los labios apretados y una inmovilidad maltratada, las convulsiones del interior.
– Está bien, no reptes. Después de todo, no es más que tu infierno.
Aguardó un silencio más.
– Ya te lo he dicho. La segunda vez sabes que correr no es mejor que quedarse parado. Te quedas quieto y notas algo que sólo puedes notar si la otra vez has estado corriendo. Es el mismo miedo, pero pervertido. ¿Lo entenderás? Estás con él, no con su ilusión. Te hace daño, pero has escogido mirarle. Le miras y piensas. Piensas todo el tiempo, mientras lo que se mueve alrededor es pánico. Cuanto más duele el miedo, más piensas. Entonces atraviesas el miedo, lo atraviesas. Su cara es una cara, está en un sitio, alguien la ha puesto. Piensas en eso y, lo más gracioso, sin dejar de tener miedo. La diferencia está en que la cara no puede hacer que vuelvas a correr. Igual que tú no puedes hacerme pasar a la otra orilla. He visto mi vida, la he vivido dos veces y no voy a salir corriendo a tus brazos.
– Tal vez no tengas que correr. Hazlo con el paso que elijas -dijo el extraño, rumiando todavía lo anterior, hablando sin haber comprendido del todo.
– Sabes que no iré.
– Dame una razón. Una razón y no volverás a verme.
– ¿Darte una razón? -Martin sonrió mirando a otra parte -. Todas son tuyas. Sólo tienes que quedártelas.
El extraño se apeó del montículo y se paseó por la semicircunferencia opuesta, moviendo la cabeza como alguien que hablara solo, pero sin decir palabra. Desde el extremo más alejado dijo:
– ¡Vamos! Creo que ya entiendo. Me he convertido en responsable de tu vida. Sólo es eso. Yo también soy estúpido. En responsable de lo que has elegido. Pero tú mismo has dado a entender que se puede elegir y que hay una elección peor. ¡Vamos! ¿De eso soy culpable? ¿De haberte dado a elegir? ¿De haberte dado tu vida?
Continuó moviéndose, como si ya no le interesara ninguna respuesta y cabeceando igual que antes.
– Tú no eres culpable de mi vida -Martin consiguió controlar una explosión tras el tono bajo y justo para alcanzar al otro sin perseguirle -. Eres culpable de las que has quitado, de necesitar de dolor de otros para cumplir tu mundo. No son esas muertes, no es mi vida. Es lo que necesitas.
– ¡Ah! -dijo el extraño sin detenerse-. Sólo se trata de un poco de dolor.
Martin le miró como si estuviera rehaciendo las partes del que estaba delante.
– ¿De un poco de dolor? -murmuró perplejo.
– De bastante poco, aunque lo hayas vivido dos veces -se miró los pies filosóficamente, dando tiempo a que el otro fuera aproximándose a una verdad que a él le resultaba evidente.
– ¿Es poco que tú necesites hacer daño? ¿Es poco que desaparezca lo poco que se tiene, quedarse mirando cómo lo tumba una jugada de bolos?
– ¡Casi nada! -cortó el que se paseaba, enardecido por el golpe que estaba guardando-. ¿Cuánto es ese tiempo del que hablas? ¿Cuánto es ese dolor comparado con el tiempo que queda? Basta de tonterías, vagabundo. No se renuncia a una eternidad sin daño por un daño que comparado con ella no tiene antes ni después, no dura.
– Ese error es también tuyo -dijo Martin con una tranquilidad real.
– Ya veo. Las matemáticas están equivocadas. Lo insignificante equivale a la totalidad. La nada es mucho. ¡Cielos!, es cierto: hay razones extrañas -contestó el viejo, parándose frente a Martin y levantando la voz como si se dirigiese a un auditorio que estaba esperando esas palabras.
– Lo has explicado mejor que yo. Lo único que debes lamentar es no entender lo que tú mismo dices.
– Oh, ya lo estoy lamentando. ¿Tengo que seguir así mucho tiempo? No es que me disguste, es pura curiosidad.
– No te vendría mal un poco de curiosidad. ¿De dónde sacas tú que lo limitado es breve? Eso no vale con el sufrimiento. El sufrimiento tiene su propia eternidad. Puede que no sea la tuya, pero está hecha de lo mismo. El dolor no piensa en el tiempo anterior, ni en el tiempo que vendrá después. Dentro de él y fuera, sólo está él. No se siente que ha empezado una vez, no se siente que va a terminar. Cuando duele, siempre ha sido así y seguirá siéndolo. ¿Crees que los desesperados piensan que hubo un comienzo y, por tanto, que habrá una salida y que se quedan esperando tranquilamente a que transcurra el dolor, igual que transcurre un vendaval o un camino en mal estado? Entonces la naturaleza del dolor no llevaría a la desesperación, sino a la esperanza. Todo el mundo querría sufrir, porque todo el mundo querría estar allí donde se espera algo mejor y donde sólo hay que sufrir la espera. El dolor ya es eterno y tú me ofreces más de lo mismo.
– Ésa es la diferencia, Martin -se apresuró a decir el extraño con la ansiedad del que ha estado cayendo y cuelga de repente de una rama-. Al otro lado no hay dolor.
– ¿Eres tú, gran especialista, la garantía final? -contestó despectivamente, mirando el surco que dejaba el cinturón al ser arrastrado en un juego del aburrimiento.
– La vida es una prueba. Se juzga la prueba. Es la prueba lo que ha sido diseñado, no el dolor -continuó el extraño con la ansiedad que ya estaba escuchando el chasquido de la rama.
– ¿Y cómo lo olvidaré?
– Estarás con los que has perdido y más tarde se reunirán contigo los que te perdieron.
– Pero ¿cómo olvidaré?
– Con ellos. Después de mil veces el plazo de tu vida, será un comienzo. No recordarás.
– ¿Será empezar?
– Sí.
– Entonces, ¿para qué todo lo anterior?
– Era la prueba, te lo he dicho.
– ¿La prueba para empezar por el principio?
– Eso es.
Martin dejó de arrastrar el cinturón y lo enrolló lentamente en una mano.
– Un camino largo para llegar ahí.
– No tanto.
– Una eternidad sólo para poder olvidarla.
– Vamos, Martin, vamos -dijo zalameramente el ser-. Has sido el único que ha resistido. Ya estás complacido. Ahora vuelve a los tuyos.
– Hubo otro que también combatió -dijo Martin con una mueca amarga, pero distendida-. No me adules.
El ser se acercó. Tenía las mandíbulas apretadas y le goteaba la frente.
– Eso no fue lo mismo -dijo, apuntándole.
– ¿,Es falso que luchó contigo?
– El luchó para tener un pueblo.
– Quizá yo luche para tener a los que son como yo.
El extraño dio media vuelta y pareció marcharse durante unos pasos. Se detuvo con brusquedad y habló sin volverse.
– Vámonos, Martin. Te estoy esperando.
– No iré.
– Te aseguro que vendrás. Tarde o temprano. Ven ahora.
– Reniego de tu prueba. No hay orillas para mí.
– ¿No será que quieres salvar tu cobardía, no tu dolor, con un acto heroico, con una lucha que vas a perder?
– No fui cobarde sin dolor, fui cobarde con él. Nada ha cambiado. Soy criatura.
– Entonces, vendrás.
Mientras el extraño se marchaba hacia el río, Martin desenrolló el cinturón de la mano y lo hizo girar por encima de la cabeza. Las hebillas silbaron.