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22

Las nubes de polvo corrían en sentido contrario, arrojadas desde las cornisas de la ciudad que estaba encima, manchadas de hierro rojo. Las dos hileras marchaban pegadas a los pretiles, con cabezas encogidas como si pasaran por un techo bajo y una cautela que a distancia parecía inmovilidad. Hacia la parte del mar, la polvareda descubría a veces un par de acorazados de través con los cañones alzados y ahora silenciosos.

No olía a ribera ni a mar. Olía a aquel polvo que metía en la nariz restos sólidos. Esos restos hacían quizá el ruido permanente de pedrea que rodeaba a la columna.

Un hombre cruzó a la carrera al otro pretil, con el arma abrazada en el estómago.

– Hay un mensaje, coronel. Los barcos van a seguir ablandando.

– ¿Y dónde creen que estamos? Casi hemos entrado -el coronel miró al oficial desde una altura escuálida, algo enferma, sin pararse.

– Ya lo saben. Dicen que busquemos un resguardo.

– Mande las gracias por el consejo. Y, de paso, dígales que apunten -el coronel sonrió detrás de la barba y el oficial le devolvió una mueca parecida-. El único sitio son esas rocas, antes de la escalera del final. Empezamos por este lado. Usted y yo bajaremos los últimos.

El oficial volvió a agarrarse el estómago y regresó a su pretil. Las hileras avanzaron aún hasta la cuesta en la que terminaba el puente y se detuvieron en la barrera de piedra que defendía el camino del acantilado. El coronel dio el alto y meditó algo. Tocó la superficie de la piedra y miró hacia abajo. Después la vista recorrió el sendero de arena hasta los peldaños. La cuesta estaba desierta y las casas del fondo, silenciosas. Había empezado a murmurar, pero el murmullo fue apagado de pronto por las baterías que retumbaron en la abertura del mar. La columna se arrodilló instintivamente y las manos apretaron los cascos. El coronel se quedó de pie mirando en la dirección del ruido.

– ¡A las rocas! -gritó haciendo señales como si no pudieran oírle.

Su hilera comenzó a saltar, encogiéndose y desapareciendo por el sitio de la barrera. Los del otro lado cruzaron en bloque y ocuparon el lugar de los que ya corrían por el sendero de arena. La polvareda se hizo más densa. Dejaron de ver la ciudad del arrecife y los barcos se escondieron en humaredas. A las tandas de cañonazos sucedieron explosiones cercanas que sonaban a oquedad, como si la onda quedara encerrada en agujeros o muros. Luego el aire parecía ir partiéndose en pedazos lentos, astillados de una bóveda que podría desplomarse.

– Le toca a usted -dijo el oficial al jefe de la columna, vuelto hacia la cuesta y averiguando en lo que no se veía.

– Ya voy -dijo el militar escuálido, volviendo hacia el otro ojos que se habían detenido en una visión.

El coronel saltó, cayó en la arena y se fue adelante con una torsión rara. El oficial había empezado a correr, pero al no sentirle miró hacia atrás. Le vio llegar cojeando.

– ¿Está usted herido?

– Lo justo para acordarme… -se interrumpió y movió la cabeza para negar lo que estaba diciendo- para acordarme de la edad que tengo.

– No bromee. Está en plena forma -contestó el oficial haciendo lo posible por disimular el examen de la figura consumida, de piel traslúcida y ojos afiebrados que pasaba renqueante.

Todavía se quedó unos segundos observándole, con la expresión de estar haciéndose preguntas.

Los hombres se habían resguardado en las paredes verticales de piedra gris, fuera de los cañones y del campo de tiro de la ciudad. El coronel cojeó hasta la escalinata, por la parte expuesta de la arena. El oficial le siguió echando vistazos prevenidos a lo de arriba. Un par de veces el acantilado retumbó y grupos de soldados corrieron a la orilla. El oficial repitió las órdenes a gritos antes de encontrarse con el que le esperaba en los peldaños y un plano sobre las rodillas.

– Se han asustado un poco -dijo el oficial, explicando innecesariamente los gritos con los que se había acercado-. Nos ha cogido a todos por sorpresa. Ayer, nadie esperaba esto y hoy estamos aquí.

– No se preocupe. Antes de llegar arriba ya nos habremos acostumbrado -respondió el coronel con el mapa de cara al que acababa de sentarse un peldaño más abajo.

El otro no miró el mapa. Necesitaba decir algo todavía.

– La mayoría tiene una idea vaga de dónde está. Pero saben que hay muchos frentes, que es una guerra demasiado grande para saber qué está pasando en cualquier momento. Yo creo que eso asusta más que los cañonazos. Morir sin saber qué está pasando.

– Es lo habitual. Todos morimos sin saber qué va a pasar y sin estar seguros de lo que ha pasado.

El coronel estiró el mapa en las piernas y miró abiertamente al que tenía debajo. Vio a un capitán que se acercaba a la treintena, con el rostro barrido por un temor controlado. También debió hacerse preguntas.

– Será mejor que no pensemos en ningún final y nos limitemos a vivir cada paso que damos. Lo absurdo no merece pensarse. Así que atienda -dijo el hombre escuálido con una frialdad que no tuvo nada de paternal, sino de poso amargo y resistente acostumbrado a ser escupido.

– Aquí encontraremos el meollo -continuó, señalando con el dedo un círculo pintado-. Subiremos juntos hasta la avenida. Usted y los suyos la cruzarán y se pondrán a limpiar esta zona de callejas hasta que les pare el mar. Nosotros ocuparemos el zoco y la plaza. Antes o después, usted o yo, enlazaremos con los que vienen del Sur y del Este. Cada uno garantiza su paso. No se trata de llegar o de llegar pronto, sino de asegurar el camino. Esto es importante y la clave del asunto. Casa por casa, si hace falta. Vaya dejando controles y que la línea de mando tenga clara la operación. Hay que estar listos en cuanto despeje. Subiremos por aquí y nos separaremos en estos dos callejones que dan a la avenida. Esto no puede durar mucho. Todo preparado.

El tono del coronel fue el del que recita un prospecto de memoria en la voz baja y desalentada que parece comunicarse con la enfermedad bajo la excusa del remedio. Cuando el oficial se despidió, el hombre mayor levantó la vista del plano y la dirigió a un punto de enfrente. La tempestad de polvo y humo se movía sobre la superficie del entrante como una cortina en sentido contrario a los cañones del mar. Por encima, se distinguía una franja de cielo azul inexplicablemente limpio, mientras debajo la corriente de agua tenía una opacidad estancada. De vez en cuando, un jirón de aire comunicaba el agua y el cielo y dejaba ver de pronto detalles de lo que había en la otra orilla. Rocas brillantes en una escollera, fachadas sin tejado, igual que patios, una punta de espigón, quizá una playa, hacia la izquierda. Una nave blanca y chata, como una fábrica, con letras negras que llenaban un lateral y un nombre, un monte amarillo con ruinas, en el otro extremo del puente. El coronel contemplaba las trasparencias de la polvareda -que desaparecían y cambiaban de sitio- con el interés de las imágenes azarosas que descubrían. Claras y de pronto fundidas en polvo, como escenas interrumpidas de un paisaje total que se componía más tarde en la imaginación y que mientras tanto la impresionaban con pedazos rebeldes.

El silencio que vino bruscamente le despertó como si el ruido del bombardeo hubiera tenido una relación secreta con el ritmo de aparición y desaparición de las trasparencias y al perderse, se perdiera también un cierto flujo de las imágenes.

Miró hacia arriba en un gesto que parecía buscar la causa del silencio en la elevación repentina del estruendo a otra altura.

La columna empezó a subir por la escalinata con la lentitud del vacío inseguro que se había quedado en la cabeza, liberándose todavía del sueño atronador que percutía en la carne. Cruzó un paseo empedrado y se dividió hacia dos callejuelas de casas blancas y bajas que se empinaban en una cuesta. El grupo del coronel se repartió lateralmente, vigilando las puertas y ventanas que se habían cerrado sobre toda señal de vida. Ahora los soldados hacían movimientos nerviosos, pegándose de pronto a una fachada, apuntando con los fusiles a una altura oblicua, quietos durante segundos inútiles y trotando para recuperar el terreno perdido en una amenaza invisible, pero suspendida sobre ellos en una estrechez pegajosa. Sólo el coronel caminaba como si supiese que la calle tenía un final y que pronto verían otra cosa.

Se paró al llegar a la avenida y levantó una mano que estuvo quieta hasta que el capitán asomó cien metros a la izquierda, por la bocacalle. Luego, la palma de esa mano se volvió al capitán y los hombres que estaban a su espalda salieron del callejón a la carrera, buscando la protección de los plátanos, de los portales y de los bancos. Se quedó observando -unos segundos en lo que todo parecía preparado para algo, pero nada se movió- la iglesia con la cúpula brillante y la explanada de una casa grande, más adelante en la misma acera. Después, en unos segundos más rápidos, los edificios de enfrente, con balconadas, varias plantas y portales amplios. Algunos parecían oficiales. No se escuchaba nada. La ciudad que veía parecía afantasmada tras un bombardeo del que tampoco había pruebas visibles. El jefe de la columna calculó algo en aquella inmovilidad exagerada y bajó la mano en un gesto definitivo de balance.

Los de la otra calle empezaron a saltar en grupos y a desaparecer al otro lado. Durante minutos se escuchó el traqueteo metálico de los equipos agrandado en un desierto de amanecer, de amanecer falso y ojos escondidos de un cielo de polvo alto mezclado con una luz intemporal y turbia.

Luego volvió la quietud, la quietud que ponía espesor en el aire y que se endurecía al tocarla. Los soldados arrodillados en los plátanos, tendidos bajo los bancos o enseñando un perfil reducido desde los portales, se quedaron mirando el lugar por el que habían desaparecido los otros, quizá con el sentimiento de la primera soledad o la primera pérdida de un día organizado por esos temores.

El coronel fijó una dirección con el brazo extendido y después movió circularmente la mano al final del trayecto de ese brazo. Un suboficial corrió a su lado y murmuraron deprisa. El suboficial corrió otra vez y tomó la cabeza en la fila de castaños. Los soldados comenzaron a saltar posiciones, avanzando hacia la plaza con jardines y soportales, a unos quinientos metros. El hombre mayor metió las manos entre las correas del subfusil que colgaba del cuello y se puso a caminar con una tranquilidad distanciada del reflejo protector de los portales, los bancos o los árboles. Apenas cojeaba. Cuando llegaron a la iglesia, el suboficial le mandó un gesto interrogativo. El coronel señaló, con una especie de rebote de la barbilla, el otro lado de la calle. Varios pelotones la cruzaron y se quedaron a cubierto.

La puerta pequeña estaba entornada. El hombre mayor la empujó lentamente. Sonaron carreras a su espalda.

– Vuelvan a la posición. Aquí no hay nada -dijo sin mirar.

La empujó hasta el tope y dejó una mano indecisa sobre la puerta. En la penumbra de dentro, brillaron los atriles con velas a los lados de un altar, bajo una cruz de hierro. Ahora sí miró hacia atrás y, sin dejar de mirar, entró. Se paró en los bancos y levantó la cabeza al rayo de luz que se difundía por los ventanucos del ábside. La luz hacía franjas hasta morir en el suelo. Las paredes desnudas parecían elevarse por encima de ese suelo y el hombre con ellas. Entrecerró los ojos como si la claridad no le dejara ver.

– No hay nada -repitió murmurando.

Dos detonaciones secas, extrañamente cercanas, llegaron a la nave y la atravesaron. El cuerpo se contrajo, pero no se agachó ni esquivó.

– Aquí no entrarán. A continuación llegó un tiroteo disperso que pareció tantear en el templo y buscarle.

– No se atreverán.

Sintió la humedad de las manos y el cosquilleo en otras partes del cuerpo.

Avanzó un paso y giró como si rechazara algo. Observó el paño de luz de la puerta por la que había entrado. Tocó un banco y notó que lo había mojado. Cuando descubrió la silueta en el contraluz, hizo un gesto de frío.

– ¡Están en las terrazas, mi coronel! -chilló la silueta.

– Ya voy -contestó tocándose la frente y desviando la humedad de los párpados.

Cuando salieron a la calle, el fuego cesó un momento.

– Por allí -indicó el suboficial, en cuclillas y extendiendo una mano.

Las cabezas oscuras se movían en lo alto de los edificios. El coronel siguió la línea de terrazas hasta la plaza.

– ¿Sólo en ese lado?

– Hasta ahora, sí.

– Hay que entrar, pero cuidando también la trasera. Que se ocupen los de ese lado. Nosotros continuaremos hasta la plaza. Hable con el enlace.

El grupo del coronel avanzó con la mirada dividida entre las terrazas, el objetivo silencioso del fondo y las partidas de hombres retrasados que se apostaban en las puertas y luego se lanzaban adentro. Sonaron ráfagas y tiros en el interior amortiguado de los edificios, mientras la calle se volvía tranquila y las cabezas oscuras desaparecían de lo alto. Ese ruido de peligro oculto se reflejó en las caras de la calle con una ansiedad que pedía lo mismo y no aquella impasibilidad equivocada y distante que las obligaba a mirar en una dirección en la que no ocurría nada. El propio coronel caminaba casi vuelto, con los ojos enrojecidos -que parecían haber encontrado el lugar al que pertenecían- observando las maniobras de los que se habían quedado detrás.

Cuando alcanzaron la plaza, ya no quedaba nadie visible en la otra acera. La lucha se los había llevado al interior de las casas y las ráfagas y los tiros se prolongaban ahora en un rumor continuo al que resultaba más fácil acostumbrarse que a las detonaciones aisladas que convertían la quietud en algo extraordinario.

El coronel apoyó una rodilla en el suelo del primer soportal, junto a una columna, dando la espalda a un arco pequeño y a un letrero que decía «Bazar de Yibari». Había llegado a ese suelo, menos como resultado de una precaución -coherente con la tranquilidad sospechosa de la plaza en la que no se sentía ni un alma- que del peso aplastante de duda que le hizo bajar la cabeza y aislarse. Poco a poco, en un ángulo extraño casi por debajo del hombro, el rostro fue girando hacia la espalda y la vista pasó con dos golpes diferentes a la tienda de Yibari y al arco pequeño. Los cascos de los soldados salteaban los resguardos de la avenida en una formación que había ido empujando a los de la cola y apretándolos con los de delante, como si el vacío que había quedado detrás fuera más inquietante que el porvenir de la plaza. Hubo movimiento de patrullas en la otra acera, gritos de ayuda, carreras y finalmente la desaparición dentro de las casas y el clamor estancado de las detonaciones.

Volvió a mirar delante, pero no pareció una mirada concentrada y especulativa, sino un deslizamiento por detalles observados a distancia e incapaces de contenerla: un jardín central y despoblado, con troncos desnudos clavados igual que lanzas, fachadas con grietas y desconchados, puertas sin color, cristales rotos, portales sellados con una suciedad diversa de cajas, arena, aperos y papeles.

– A la orden -dijo el suboficial en su oído.

En algún tramo de aquella atención resbaladiza, debía de haberle llamado.

– Voy a entrar con un pelotón por ese arco. Usted y el resto esperarán a que yo salga por esa puerta de ahí delante, ¿la ve? Si los de enfrente terminan antes, empiecen el asalto a las casas. Dejen un hombre en cada terraza. Ésa es la dirección del mar.

– Huele a podrido ahí dentro. ¿Qué es?

– Eso es el zoco.

– Espero que acaben antes de que los mate el asco.

El coronel se quedó muy cerca de la otra cara.

– No me pierda de vista.

Una calle de fachadas amorfas y con restos azules, cerradas con tableros grandes, divididas por un regato enlodado y con orillas que avanzaban hacia los agujeros de las puertas. Nubes de moscas con un silencio pesado sobrevolando aquella especie de sumidero y las esquinas negras de los callejones poco más anchos que un hombre. Contemplaron aquello con la curiosidad de un cambio súbito. Durante segundos no parecieron hombres armados, sino simples extranjeros sorprendidos y desorientados.

– Adelante -dijo el coronel sin moverse, con una orden apagada.

Antes de que la orden tuviera algún efecto sobre el momento dudoso, una serie de golpes secos deshizo el pelotón como si alguien hubiera soplado en el centro de un puñado de polvo.

El coronel se limitó a dar un paso lateral que no le protegía de nada, pero que pareció el máximo esfuerzo de que era capaz para moverse de lo que veía.

La alarma de los golpes no dio paso a otra cosa. Tal vez fueran ventanas. El zoco continuó absorto en su pestilencia, aunque ahora con hombres tumbados en el regato y la cara negra, y hombres con posturas extrañas en los ángulos de las paredes, algunos sentados y con las piernas recogidas como si hubieran huido del lodo antes que de la otra amenaza.

El coronel permanecía quieto, con los brazos caídos, examinando por delante los callejones, los tableros, los agujeros sin puerta, la paz de aquella miseria completa y abandonada que respiraba su propio aire. Utilizaba su propia quietud para introducirse en una quietud que no dejaba escapar señales y que les estaba encerrando en una pequeñez asfixiante recorrida por la peste.

Todos debieron sentir la proximidad acechante -una proximidad que se estrechaba a medida que las sensaciones eran más adversas- de las puertas y de sus agujeros a una distancia en la que podrían oler a sus enemigos, el olor de los dedos y del hierro de los gatillos, igual que ahora estaban oliendo el regato.

El coronel no miraba atrás y no veía la repulsión de las caras, la emoción distinta del miedo, pero encaramada al miedo, tocando la descomposición con carne que aún estaba viva. Los soldados parecían inmovilizados en una huida sin fuerzas, apresados por el mismo rechazo.

Empezó a caminar y los soldados le miraron con el gesto de tener todavía un plazo para seguirle. Dos ratas cruzaron parsimoniosamente desde el callejón de la derecha. El coronel cambió de lado y se asomó al hueco de una puerta sin llegar a detenerse. Lo hizo pocos pasos más allá, en el callejón del que habían salido las ratas y dándose la vuelta enseguida como si hubiera pasado por alto alguna cosa en el camino ya hecho. Volvió a examinar los tableros, las fachadas abombadas y hendidas, incluso el cielo que se estaba depositando -un último cierre en la estrechez- sobre el agujero del zoco.

En la prolongación de aquella inmovilidad -distinta a la de la avenida, cargada de olor, de cercanía y de rechazo y también sin parapetos- podían sentir el movimiento de lo que era hostil y la presencia humana que se escondía en lo que les expulsaba. No veían a nadie, pero no estaban lejos: esa intuición no tenía que ver con el rumor que sonaba en la avenida, o con las cabezas oscuras que habían visto, sino con el acoso impasible de lo que tenían delante y que demostraba su fuerza en silencio.

La mirada rebotó en la zona de los soldados y repitió el trayecto hasta quedar enfrente del callejón de las ratas. Luego, se introdujo en el callejón y enseguida buscó en el final de la calle grande, con otro arco a la izquierda y una continuación angosta que terminaba en una convergencia falsa. La cabeza del coronel se movía a todas partes, pero el cuerpo estaba paralizado. Estaba a veinte o treinta pasos del pelotón. De pronto, reparó en esa distancia como si fuera a decir algo, pero antes de decirlo descubrió, por una esquina del ojo que quizá estaba esperando, con una rapidez que se anticipó a lo que aparecía, la mancha blanca de un vestido, la pelambrera negra y suelta que caía sobre los hombros y el volumen completo de la presencia que surgió en su mismo lado.

– ¡No! -gritó con la conciencia de que ese grito estaba siendo sepultado por un estrépito más rápido que su voz y sus ojos.

Aún tuvo tiempo de ver, bajo el humo de la descarga que se elevó en un silencio que le obedecía demasiado tarde, el chirrido de los tableros empujados de golpe igual que viseras y el otro humo, el humo a la altura de un hombre, que salió de todos los agujeros de la calle y que puso una niebla tranquilizadora, aliviando la fetidez y la angustia, en lo que ya no miraba.

Siguió escuchando disparos y pisadas más tiempo, hasta que todo empezó a irse por un callejón más largo. No vio el final del callejón, pero pensó que sería infinito.

Cuando abrió los ojos, se encontró con un cielo de polvo uniforme y una sensación ardiente en la piel. Estuvo así un rato, reposando en una incertidumbre que le ofrecía con la misma claridad una vida y una muerte posibles. Después ladeó la cabeza y reconoció las casas con el piso de lodo en el nivel de su cara.

Se sentó agarrándose la cintura que le estaba abrasando y que extendía calor al resto del cuerpo. En esa postura, que parecía atar dos partes iguales y separadas, miró alrededor. Detrás había soldados inmóviles: unos, tendidos en el regato con la cara levantada y dormida en el arma y otros, sentados contra la pared, las piernas recogidas y los rostros indiferentes a puntos del suelo.

Se arrodilló, inclinando el cuerpo abrasado, y se levantó. Antes del primer paso, los oídos quedaron abiertos a la calma exterior y espesa de la que habían desaparecido los rastros: no había voces, ni disparos, ni rumor físico de cosas. Miró hacia el arco de atrás y se puso a caminar en el otro sentido sin quitar los brazos que pegaban las mitades, con pasos pesados que chapoteaban en el regato y la cabeza rígida en la única sujeción que le quedaba a la gravedad creciente del organismo.

El bulto blanco había quedado tendido casi en el centro, reunido junto a la prominencia del tronco, en una forma abrigada de la humedad y del detritus. Fue desviándose de la salida del arco que quedaba a la izquierda y acercándose al resto humano. Los pies empezaron a arrastrarse en la proximidad de un cuerpo negro y enorme, con la cabellera larga y estrellada en barro que subía lentamente por ella. Apretó más los brazos y se agachó. Una de las manos tendió los dedos sin separarse apenas de lo que sujetaban, en dirección a la cabellera. Se inclinó hasta que estuvo a punto de rozar al hombre tendido, pero los dedos no llegaron. Hicieron entonces el gesto de tener algo entre ellos y acariciarlo como una trenza inacabable, mientras no dejaba de mirar con los ojos líquidos de un pájaro posado encima, la nariz aplastada y la boca con una cuchillada central del grosor justo de una moneda.

Más tarde, cuando medía las fuerzas para incorporarse y cuando la vista le dirigía hacia el arco, escuchó de la boca que no pudo ver y que tampoco se habría atrevido a mirar:

– El carnero…, el carnero blanco.

Tenía la impresión de estar corriendo, pero sabía que la plaza se alargaba más que su prisa, que necesitaba correr y la electricidad de esa carrera. Aunque estuviera dejando la misma huella de sueño que la plaza desierta, desierta para él solo y desierta para que corriese sin obstáculo a su final.

Vio la calle que tardaba en acercarse y que su deseo apresurado quizá estaba empujando hacia atrás, hacia otra ciudad con la misma calle que no alcanzaría nunca. Trató de asegurar detalles, de fijarse a ellos con una voluntad que hacía nudos y que tiraría de él con cuerdas hacia el sitio de los nudos. El farol, la esquina, aquello le bastaba. Y tendría que bastarle sobre todo ahora en que manchas acidas entraban por los laterales de la visión y hacían borrones en los contornos. Un farol, una esquina.

Las casas abandonadas o cerradas, con la señal de muchos abandonos y cierres que consumía los materiales, y las calles sin gente, dejaron pasar al hombre mayor vestido de militar que hacía los esfuerzos de una carrera, pero que se movía con una lentitud dolorosa, agitando una carne sin nervios, avanzando y deteniéndose a golpes, como si tirase de él una fuerza distraída que sólo a ratos se acordaba de que había alguien en el extremo.

El farol y la esquina. Estaba allí. Se paró con la boca abierta por algo que ya no era jadeo, sino un simple ruido incapaz de mover el aire que se quedaba a las puertas del agujero.

Entonces, dudó. Podía verse la duda en los ojos que se adelantaban a la cara o en la cara que se retraía de esos ojos apuntando a direcciones casi opuestas. Una, hacia un fondo oblicuo y otra, hacia la bocacalle de la esquina. Esa doble fijeza le inmovilizó del todo y fue cargando sus pies en el suelo, descolgando el cuerpo hacia un lecho irremediable.

Le quedaron energías para separar los brazos y verlos empapados de sangre. No miró el lugar de la herida, sólo su presencia en los brazos, antes de despedirse, con una mirada que todavía pudo ser triste, del fondo oblicuo, más allá de la calle y quizá de otras calles.

Se dejó caer por la derecha. Tal vez había llegado rodando o tal vez se había levantado en ese momento, pero estaba de pie, delante de una casa con verja, balcones de piedra y decorados de escayola, dando la espalda a un mar tan callado como lo demás.

La verja estaba abierta. La grama del jardín parecía entera y tan verde como si la estuviese recordando. La puerta de la casa también estaba abierta. Pensó que atravesaría el pasillo y llegaría a un fondo de luz congelada donde le estaban esperando.

– Abdellah -fue todo lo que dijo.

Y, mientras lo decía, le dio tiempo a pensar que ya no podría decir nada más.

Detrás del hombre caído sobre la grama, inerte y agarrado a sí mismo, quedó un terraplén y un mar callado.