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23

Estaba metido hasta la cintura, pero no bastaba. En ese agujero tenía que aguardar tanto como el extraño tardara en volver -y podía tardar tanto como él, acostumbrado a fracciones del tiempo, no llegaba a imaginar-. Hurgaba y arañaba en el fondo con el deseo de estar enterrando el tiempo sin medida.

Un agujero para vivir. También, un arma. Preparada para cualquier instante de la serie infinita. Se había equivocado al pensar que un agujero sólo protegía a distancia, que sólo protegía. Valía más. Valía para quedarse, valía para esperar, valía para ver y no ser visto.

Sacaba puñados del suelo descompuesto. Los ponía en el cerco amontonado de afuera y cuando ganaba altura lo empujaba hacia atrás. El suelo no se hacía más duro. Le habría gustado encontrar esa dureza, clavar los dedos y sacar pedazos. Pero la única sensación era la de restos entre las uñas y la carne.

Avanzaba deprisa. Pronto habría acabado. No tenía que dormir ni despertar nunca más. Sólo esperar durante vigilias. Era distinto, muy distinto a quedarse esperando en la superficie de la llanura.

¿Echaría de menos el otro lado? Se paró un momento y se miró las manos sucias. ¿Qué no sabía? ¿Echar de menos? Podía recordar. Recordaría, porque eso era también un arma. Pero volver, no.

En la piel y en las vísceras quedaban garfios de aquel sitio, tirando de él como si tuviesen cogida una herida. Estiró los dedos y volvió a hundirlos. Más que cavar, se agarró al polvo. Volver, no. Tenía el agujero y las manos que lo hacían. ¿Qué tuvo allí?

Miró por encima del cerco que estaba ya a la altura de los ojos. Apartó un lado del montón y trepó afuera. Luego se quitó la guerrera y la extendió. Enterró las mangas bajo pilas de arena y el resto lo camufló con una capa delgada.

Volvió a meterse en el agujero, cogió dos puntas de la prenda y se cubrió con un techo hasta la rendija que le permitía ver la ribera a distancia.

Ya estaba esperando.

Adelante, amigo.