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24

Dejó escapar una sonrisa cuando la silueta apareció en la otra orilla. A él le quedaba paciencia para mucho más. La fuerza para esperar en el tiempo indefinido estaba intacta. Quizá se había equivocado con el extraño y la costumbre de la eternidad no tuviera que ver con las fuerzas para aguantar el tiempo, esas fuerzas sólo naciesen de la experiencia pequeña y mortal.

¿Cuánto había pasado? Nada. Pero allí tenía al impaciente, al borde del agua.

La silueta se detuvo en el centro de la rendija. Vio que la cabeza se movía a los lados, buscándole. El resto del cuerpo permanecía muy quieto, como si la búsqueda lo hubiese parado de una forma especial.

– Ahora tienes que cruzar -dijo en voz alta en su agujero-. Tienes que cruzar sólo para verme.

De pronto, la silueta giró y se puso a mirar el camino por el que había llegado. No al suelo o a las zonas del suelo, sino a algún origen situado entre el horizonte y la bóveda. No se movía. No estaba intentando volver. Simplemente miraba a aquel punto como esperando señales o instrucciones. Martin miró también en la dirección, echándose a los lados del agujero y asegurándose de que lo estaba viendo todo: la llanura, el cielo, el resplandor de siempre con el río atravesando esa fijeza que parecía el producto endurecido de un pensamiento incapaz de añadir nada.

– No es por ahí -volvió a decir en voz alta-. ¿Qué te pasa? ¿Crees que he cruzado y me he perdido en la otra parte? Un momento. La jugada es nueva. No olvidemos al que está jugando. Cuidado. Yo no voy a salir de aquí.

La silueta continuaba vuelta hacia la profundidad sin avisos. Clavada en el suelo, con una especie de pasividad agotada que necesitaba el exterior para reanimarse.

– No voy a salir. Puedo esperar mucho todavía. No importa que esté aquí. También debo estar preparado para eso -murmuró deprisa, como si tuviese que aprender deprisa.

Cuando volvió a concentrarse en la silueta, vio algo. Estaba lejos. El agujero tenía más de cien pasos hasta la orilla. Lo que se movió no fue claro, aunque se repetía: en la mitad del cuerpo, separándose, volviendo, quizá una seña. No para él, escondida de él.

Trató de no mirar más que eso, allí, en la cintura, poco más que un temblor, y de borrar lo que quedaba fuera, el cuerpo que no era aquel temblor.

Arrugó los ojos en un gesto tan reflejo como el que retiró el techo lentamente hacia atrás, dejando descubierta la mitad del agujero y buscando más visibilidad, más campo, para apreciar lo casi invisible. Aplastó, con la misma necesidad de espacio para la vista, arena del cerco que no le molestaba y al final se quedó agarrado al borde.

¿Eran manos? ¿Manos que estaban diciendo algo a nadie?

Estaba lejos. Tenía miedo de adivinar y de caer luego en la trampa de lo que adivinaba. No era una seña para él, quizá tampoco era nada. No había que averiguar.

– Cuidado. Nada le impide darse la vuelta y cruzar. Yo le conozco -ahora, el murmullo pareció quedar aislado de la expresión que miraba.

Había descubierto el temblor claramente separado del cuerpo, con luz que se metía por medio y dejaba una sombra pequeña enfrente de la sombra grande. La silueta movió los pies. No era enfrente, era a los lados, dos sombras pequeñas despegadas y con un gesto que palpitaba fuera del tronco.

Eran manos. Manos haciendo algo en dirección al horizonte y la bóveda. Abiertas. Manos abiertas. Separadas. ¿Separadas para preguntar a distancia? ¿Para decir que esperaban? Cuidado. La curiosidad y la trampa. No tenía que adivinar, ni que averiguar.

La expresión de su cara cambió de repente. Igual que una onda en el agua que iba alejando las arrugas del gesto intrigado. Moviéndolas hacia los bordes y poniendo en su lugar una limpieza un poco atónita que apenas duró y que era ya una limpieza vaciada, inmóvil, de carne aplastada por un molde. Los puños cogieron arena y se quedaron arriba, en el sitio de antes. Lo demás fue un escalofrío de retirada que se detuvo antes de la pared.

Fue otra vez a la sombra. De las manos al cuerpo despegado. Lo recorrió de arriba abajo. Muchas veces. No pudo ver más de lo que había visto antes. Sin que a la silueta llegara ninguna claridad, datos. Clavada en la otra orilla, indiferente a él.

Tenía la sensación de estar paralizado dentro de un agujero cavado por su propia parálisis. El agujero ofensivo, no protector, y ahora sólo agujero de hombre congelado.

Pareció que sus ojos ganaron un resto de vida cuando, cansado de mirar en la silueta impasible, dentro de la sombra que no le mostraba más que oscuridad, empezaron a resbalar por los contornos de la figura con la luz débil que se detenía en ellos. El pelo, los hombros, los brazos, la cadera, hasta llegar a los pies y después volviendo a subir buscando aquellas manos separadas, la curva de las yemas, el lugar donde los dedos se juntaban con la palma. Muchas veces y cada vez más lento, tropezando más en cada recorrido como si cada punto de la línea sobre la que antes era fácil resbalar, se estuviera convirtiendo en algo rocoso.

Cerró los ojos sin apretarlos, en un gesto de alivio y descarga. Cuando volvió a abrirlos, no fueron a la otra orilla, sino al fondo del agujero. Subieron más tarde por la pared y al llegar arriba arrastraron al hombre que estaba dentro y que apareció en la llanura con un salto demasiado elástico, demasiado despierto contra su propia cara vaciada que había estado agotándose y mirando.

No fue más que un rapto de energía que le permitió trasladarse desde la pasividad del hoyo al exterior del hoyo.

Al principio, la figura estuvo quieta. Martin notó que las manos habían vuelto a su sitio y no se habían despegado más. La inmovilidad ya no buscaba en su origen, sino que permanecía allí, con la conciencia de un espacio ocupado, en la proximidad del río, de espaldas a la zona en la que no le encontró. Estaba vuelta, pero él tenía la seguridad de que la espalda miraba y sentía.

No podía ser el peso de las cartucheras llenas de tierra lo que le hacía caminar doblando las piernas, el cuerpo vencido – aunque la cabeza le seguía vertical y fija- y los brazos empujando y sacándole a alguna superficie. No era el peso de las cartucheras, sólo podía ser el peso de un camino hecho contra la voluntad y en el que cada zancada dejaba en el aire una estela de paso hacia atrás, de sentido contrario. No saldría del agujero y salió. No adivinaría y adivinó. Podía seguir esperando y salía al encuentro. Le cazaría con un arma y marchaba hacia él desarmado.

Estaba seguro de que miraba y sentía, y lo estuvo más cuando alcanzó la orilla y el cuerpo de enfrente no se movió. Él utilizó ese tiempo para recomponerse con ademanes de estar esperando delante de un espejo a que salieran por una puerta que estaba a punto de abrirse. Trató de enderezar las piernas y desde ahí poner derecho lo demás. Luego empezó a sacudir el uniforme y a revisarlo con la extrañeza ante una cosa descubierta. Las manos lo hicieron con incertidumbre, cuello, arrugas, botones, y retirándose deprisa, como si la piel o la prenda estuvieran demasiado deshechas. Después tocó los sitios de la cara y el pelo.

La silueta quizá había esperado a que terminara todo eso. Giró la cabeza y los ojos grandes le miraron hasta atravesarle de cristal azul. Duró así: sólo la cara vuelta, la mirada y el cuerpo, de espaldas. Él extendió los brazos como si quisiera que le mirase entera y también -sin dar un paso, sin tocar el río- como si estuviera acercándose o la acercara hasta él.

La sombra se volvió entonces del todo, imitando los brazos de la otra orilla, la forma de acercarse sin dar un paso. Aquella cara quizá se iluminó con los destellos del río y apretó los labios para tragarse una emoción que, en cambio, dilataba las pupilas con un brillo frenético. Era la cara que podía correr hacia él y que, sin embargo, no se movía.

La boca del hombre se abrió varias veces, pero se limitó a buscar aire y a llevarlo adentro. Los brazos hicieron gestos de coger, abrazar, oprimir, palpar en la distancia del río interpuesto. Manoteando lastimosamente, vacíos.

Acabó mirando esos brazos y los brazos se vinieron abajo con toda su ansiedad inútil. Se puso a correr por la orilla en las direcciones de un animal encerrado, deteniéndose y regresando a la figura que le veía en su prisión voluntaria, sin entender por qué no cruzaba el río, con una silenciosa llamada de desesperación que separó los labios y miró mientras le perdía, aunque sólo fuera durante el espacio breve y de un lado a otro de la carrera.

En un alarde igual de impotente, llegó a quitarse el cinturón y a lanzarlo lejos. Pero después no supo qué hacer. Ni siquiera siguió corriendo. Ni siquiera hizo el intento de asomarse al río. Se quedó libre del peso, aunque también inerte, despojado de la gravedad que le tenía en el suelo y con la que se trasladaba.

Se quedó del río a una distancia que no decía nada, ni que se estuviera yendo, ni que fuera a cruzarlo: la carne descolgada de un cuerpo sin esqueleto, los brazos caídos, la cara inexpresivamente absorta, de pie, aunque en una postura no recta, de materia amontonada.

La imagen del otro lado reprodujo el desfallecimiento con un retraso gradual, pero todavía con la expresión frenética que se resistía a no llamarle, a no suplicarle. Ven, ven.

– Cruza. Cruza tú -consiguió decir Martin-. ¡No! No he querido decir eso.

Un dolor retorcido se puso en su cara, desfigurándola hasta que cualquier cosa pudiera pasar con esa cara.

– ¿Qué harías aquí? Soy yo el que tiene que estar. Soy yo también el que debería cruzar. Tú, no. Tú no tienes que hacer nada. ¿Qué harías aquí conmigo? -continuó, hablando consigo mismo más que pretendiendo ser escuchado en la distancia-. ¿Qué estoy diciendo? ¿De qué hablo? -miró al otro lado, sorprendido de sus propias palabras y tratando de borrarlas -. Tú no puedes pasar. Tú estás allí.

Se paró de pronto y los rasgos se ablandaron casi hasta desaparecer.

– Tú estás allí. Allí. ¿Cuánto tendré que repetírmelo? – lo último ya salió con un sabor salado que le sorprendió en la boca y le desconcertó durante segundos.

En cuanto pudo, se tocó la cara intentando apartar aquella humedad que no recordaba de antes, pero que podía empaparle igual que un miedo.

Mientras lo hacía, observó borrosamente que la cara iluminada de la otra orilla abría y cerraba los labios, diciendo algo que no era capaz de escuchar o que no salía con fuerza suficiente. Un solo sonido. Un solo sonido mudo repetido muchas veces. Un mensaje de un solo carácter que explotaba de labios oprimidos a la abertura grande del aire. Un ruido de disparo, si no fuera porque la boca se quedaba tiempo abierta, más tiempo que oprimida, y la sequedad de lo que habría sido un disparo se difundía y se alargaba. Pam, plaf, pa…

– ¿Papá?

Lo escuchó claramente, aunque al extremo lejano de un hilo, y lo sintió igual que la bala.

– ¿Papá?

La misma claridad de escucharlo iluminó otras partes de aquel cuerpo. Vio el vestido blanco que le dejaba libres las manos y las piernas, los dedos que había vigilado muchas noches hasta que se cerraron en la habitación de la que Elisa vino a llevársela, la totalidad menuda que estaba allí y que él había tocado siempre que había querido.

– Amelia…, niña.

La expresión ansiosa se borró de la cara de la chiquilla, los ojos se fueron aplacando y la boca enseñó todos los dientes de una sonrisa, la hilera pequeña y junta que parecía limada.

Amelia volvió a extender los brazos y a moverlos: ven, ven. Pero sin hablar, como si lo que pudiera decir hubiera sido dicho. Él sabía que estaban lejos y que no llegarían todas las palabras. Quizá Amelia dijo más cosas, incluso las estuviera diciendo, pero no llegaban. A pesar de ello, dijo, en un tono indeciso entre las dos orillas:

– No puedo. No puedo ir contigo. No puedo pasar solo la corriente.

Lo dijo sin atreverse a mirarla, buscando alrededor de ella un punto de reposo. ¿Por qué la estaba mintiendo? ¿Por qué la mentía si ni siquiera estaba seguro de que pudiese escucharle? Sintió la vergüenza de una mentira inútil, que le reducía al hombre cobarde y quieto de su propia orilla.

Entonces buscó sus ojos, los grandes cristales azules que habían mirado un mundo redondo y siguió viendo su cara de felicidad, sus brazos convencidos de que le estaban llevando.

– No voy a ir -tampoco ahora le escucharía mejor-. No quiero ir. Te costaría entenderlo. Mi amor pequeño. Estoy luchando en esta orilla contra el que viene a llevarme. Él no es más fuerte que yo. Quiero que lo sepas. Guárdalo para ti, pero si alguien te pregunta – desvió ligeramente la vista al horizonte sin fondo-, contéstale con eso.

No le había escuchado: la felicidad de la niña parecía más intensa, rozando de nuevo, aunque con una emoción contraria, el límite frenético de antes.

Las manos decían algo otra vez. Apuntaban hacia abajo, con los índices señalando, con la precisión infantil que lo descubría, un lugar exacto.

Señalaban el río. Primero, la parte de la orilla y después una dirección hacia dentro. Martin siguió aquellos dedos fijos.

Una lumbre blanca, fuerte, subía desde el fondo del agua. La forma de una marca insegura, temblando, que unía con el resplandor el sitio de Amelia y el suyo. 41 ascender se fue haciendo más ancha y refugiándose en límites sólidos. Llegó cerca de la superficie y se quedó quieta con una lámina de agua por encima. Martin siguió la señal hasta los pies de Amelia y hasta donde Amelia volvía a decirle: ven, ven.

Los dos miraron el río al mismo tiempo. La escala de piedra brillante se había elevado y tendido -una curva en el centro, uno o dos palmos arriba- en la corriente. Un resplandor de formas alargadas que iban y venían en un tránsito continuo, por los laterales, sin ocupar nunca el espacio del centro, iluminó la noche en lo alto de la escala.

Martin no se sorprendió. Creía saber algo de aquella escala y del tránsito de las figuras. Se quedó observando el movimiento y los peldaños a la medida de un hombre. Pensó en lo fácil que sería pisarlos, cerrar los ojos y dejar que le llevaran. Amelia estaba al final.

– No iré -empezó a decir, aunque en la voz baja que aceptaba que la niña no podía escucharle -. No es más fuerte que yo. Mi paraíso está aquí. Puede que algún día acabe matándolo. Ese día iré a buscarte. Estaremos juntos. No es más fuerte que yo.

Amelia no le escuchó, pero eran demasiadas palabras y ningún gesto de pisar la escala. La niña dio un paso y se metió en ella.

– ¿Papá?

Se paró con un pie delante y otro detrás, echó los brazos rígidos hacia él, manteniendo la rectitud compulsiva, mientras una sombra cruzaba la sonrisa, los ojos felices y se quedaba allí como un pájaro que mueve las alas, pero no vuela, no sabe irse.

– No vengas. No puedes venir. No hagas eso -dijo él retrocediendo con las manos puestas como una pantalla.

La niña dio el paso que le faltaba para llegar al pie adelantado. Borrada la sonrisa, casi sin ojos, marchándose a una oscuridad distinta de la que veían.

– No puedo verte así. Regresa. Nos encontraremos.

Dio media vuelta, pero se quedó sin moverse, con el cuerpo encogido de frío, la cabeza entre los hombros, las manos metidas en el regazo.

– No quiero verte.

– ¿Papá?

Se tapó los oídos.

Todavía permaneció en la postura de frío y en el sitio más de lo que su dolor aguantaba. Parecía estar demostrando -si no fuera por el empequeñecimiento brutal- que no escuchaba a su hija si se tapaba los oídos, que no la oía aunque estuviera cerca, que podía quedarse si quería.

Echó a andar con las manos sujetando la cabeza, dando los tumbos de un vértigo que al final le había traspasado y herido en lugar de la voz de la niña.

Llegó a caerse, pero las manos no se despegaron de lo que cegaban. Hasta que llegaron al agujero que esas manos habían cavado antes y lo cubrieron con la guerrera.

Se sentó en el fondo, sordo mientras las voces de la niña subida en la escala se repetían en la llanura y rozaban el agujero cubierto.

– ¿Papá?