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Vio la polvareda y el techo de luz. Lo vio mientras decía: no ha venido. Regresó otra vez a su fondo y aquello se quedó, dentro de su cabeza, en la misma lejanía en que lo había visto. Polvo y resplandor en el origen del horizonte y la bóveda. Tuvo que avanzar dentro de esa cabeza y brillar en los ojos del hombre sentado, para darse cuenta de que se acercaba, de que estaba allí.

Se incorporó, apartó la guerrera más allá de la rendija y descubrió la mancha luminosa que se estaba aproximando a la ribera.

Era como si el suelo se hubiera echado a arder con llamas trasparentes. Quitó la guerrera del todo y descubrió que la luz se había detenido a lo largo de la otra orilla, de extremo a extremo, hasta donde alcanzaban los ojos. Una mancha infinita que seguía más allá de donde podía ver y que venía de donde el río empezaba, en la lejanía contraria.

Pero había luz y polvo. Luz que se movía por el suelo, que arrastraba y que dejaba señal de su paso.

Trepó por el agujero y se quedó afuera sin ponerse de pie, medio arrodillado y las manos protegiéndole del resplandor fuerte que le cegó enseguida.

Cuando la vista se acostumbró, se puso a caminar hacia la orilla. Las piernas le llevaron con un esfuerzo entumecido, venciendo la resistencia de su inmovilidad en el agujero y también la de aquella luz que empujaba la noche, a él con ella, hacia atrás.

Se había detenido justo en el río, pero no era una luz quieta. Por dentro, temblaba. Un estremecimiento continuo de muchas llamas juntas que recorría la orilla como si las llamas trataran de hacerse sitio.

A medida que iba llegando, notó que el temblor se hacía más violento y que sacudía el resplandor de un lado a otro. Al mismo tiempo, dentro del brillo que cavaba una herida en los ojos, empezó a ver líneas de oscuridad, apretándose y cambiando de lugar, moviéndose en el espacio compartido con otras líneas, con su propia inquietud dentro de la marea interminable.

Llegó al río arrastrando los pies, la sensación de una pesadez completa al moverse en la luz que le iluminaba del todo, y las manos por delante, defendiéndole como pantallas.

En el último paso, las manos se cruzaron sobre la cara y los ojos se cerraron. Volvió a abrirlos, pero sólo una ranura que se coló entre los dedos y que fue suficiente para mirar a lo que le miraba desde el otro lado.

Las llamas trasparentes tenían forma de cuerpo y las líneas oscuras las recortaban en el movimiento incesante, cuerpos fundidos en cuerpos, cuerpos dejando sitio a otros cuerpos, retirándose y sustituyéndose en un movimiento de oleaje que venía del fondo de un mar al que no alcanzaba.

La multitud blanca pareció correr entonces hacia el centro que ocupaba el hombre del agujero. Vio cómo se adelgazaban las orillas lejanas, dejando detrás el horizonte de la noche, y se amontonaba la luz enfrente de él, ganando altura igual que una pirámide.

Cerró los ojos otra vez y dio un paso atrás. Más tarde, cuando sintió que el rayo no podía hacer más daño en su cuerpo, después de atravesar los párpados y los tejidos hasta la última fibra, volvió a despegarlos.

Con un dolor que ya no podía superarse, fue buscando -en las caras blancas que le miraban con una atención incrédula, enviadas a un paisaje de estupor donde un hombre se quedaba solo- algo conocido, un gesto, un resto, una señal.

Al principio, pasó de un rostro diferente a otro, pero no tardó en ver lo mismo, repetido muchas veces, como si la vista se hubiera agotado con las diferencias y no le quedaran fuerzas excepto para el gesto atónito, la luz que lo empapaba y el movimiento permanente de los contornos. La misma máscara repartida por la muchedumbre infinita.

La mancha empezó a replegarse. Primero, se extendió uniformemente sobre la orilla, abandonando el centro del escenario con el hombre solo, y luego inició el retroceso sin dejar de mirarle ensanchando la oscuridad que la iba separando de la orilla.

Poco después volvió a ser la polvareda y el techo de luz.

Menos la sombra que se había quedado quieta y que le estaba mirando, casi confundida en la noche dejada por la multitud, vuelta hacia los que se iban, pero detenida y torciendo la cabeza como si tuviera que despedirse de algo de atrás.

Le devolvió la mirada y el extraño, el hombre joven de la primera noche, echó a andar detrás de la multitud con un paso tan fatigado como el del hombre que regresó a su agujero y se sentó en él después de cubrirlo con la guerrera.