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No era más que una figura plana -un recorte de sombra- que le miraba con un reflejo de sus propios ojos inmóviles. Estaba de pie, quieta, como si hubiera llegado al borde del río y dudase. El perfil de un hombre. De un hombre desarmado, pensó con aquella conciencia instantánea que parecía imponer el flujo rápido del agua.

Dejó de sentir el vértigo a medida que la imagen iba entrando y llenando el ojo. A pesar de mirarle, el cuerpo del hombre no le apuntaba directamente. Enseñaba su costado derecho, con las piernas separadas en el gesto de echar a andar enseguida hacia la misma derecha o de retroceder por el camino que el río había obstaculizado. La noche era menos densa fuera del extraño. Cabía más oscuridad en aquel recorte que la que estaba repartida por lo inmediato. Sin embargo, podía sentir su mirada y la postura que ya no era la de alguien que duda ante lo imprevisto, sino la del que ha llegado a un punto en el que puede calcular.

Se dio cuenta de que ya no estaba sentado cuando retrocedió el primer paso. El otro había separado una mano y hecho un movimiento que la primera vez no pudo interpretar. La mano voló por el aire del costado y después se volvió hacia el pecho. Por la postura del extraño, el movimiento no era demasiado visible. El gesto dejaba un codo de luz exterior entre el brazo y el cuerpo.

Lo repitió varias veces sin cambiar de posición, como si fuera una señal acordada que se reconocía con indicios y no hubiera más posibilidad que interpretarla de una única manera. El extraño creía, entonces, estar comunicándose con alguien conocido o, por lo menos, con alguien esperado. Un paso atrás. La mano seguía moviéndose. Él era un soldado. ¿Un soldado? Nubes de polvo y ruido de pedrea. ¿Quién sería entonces el que le conocía o le esperaba? ¿Otro soldado? No fue capaz de distinguir, metidos en el recorte de sombra, ni las cartucheras, ni los bolsillos grandes, ni el color de la ropa. A un soldado le espera otro soldado. Pero esa conclusión se quedó volando en la incertidumbre de lo demás.

El extraño había cambiado el paso y ahora miraba de frente, por encima de la corriente de agua, olvidando el camino de la derecha y el camino que volvía. Las manos empezaron a subir desde la cadera y a tocar -casi seguro que tocaban- el pecho en un gesto más perentorio que antes, con la fuerza de estar levantando un peso invisible en el ascenso y con una brusca descarga de ese peso cuando llegaban arriba. ¿Un desafío? ¿Era decir ven aquí y ven aquí si puedes? ¿O sólo decía vamos, vamos de una vez?

Miró alrededor y retrocedió otro paso. En alguna parte habría, por mínima que fuese, la indicación de un sitio al que se pudiera llegar. El reconocimiento del principio, mientras solamente despertaba, tuvo que perder cosas. Quizá sólo descubrió lo que necesitaba para levantarse y echar a andar, lo imprescindible para un cuerpo inseguro que esconde los daños en la inmovilidad. Habría algo en alguna parte. Aunque también quedaba la noche y su forma de envolver lo que existía en alguna parte. Un pasillo -en la oscuridad ligeramente resplandeciente- que comunicara con la zona marcada, árboles, montañas, con tránsito de pies humanos, de cosas humanas. En esa inspección de lo que le rodeaba y que se tradujo en precavidos giros de la cabeza, sintió ya el lazo tenso, hipnótico, que le comunicaba con la orilla opuesta.

Sólo vio la misma noche y el mismo brillo que se apagaba en la tierra lisa, la misma ingravidez del islote colgado de un cielo esférico. Nada adonde ir o adonde escapar fuera de la presencia del visitante. Antes había pensado en el río, en realidad había estado pensando en el río todo el tiempo mientras buscaba algún destino en aquel paisaje igual. Los ríos vienen de un sitio y van a otro pasando por granjas o ciudades. Quizá no había visto más que un río cortándole el paso cuando debería haber visto la flecha en movimiento que señalaba corriente abajo y corriente arriba. Ante sus ojos y al nivel de los pies. Y ahora el río era el río del extraño, no una marca o una flecha, sino el extraño. Era sólo el reflejo de dos manos y dos brazos que le decían ven de una vez o ven si tienes valor.