37568.fb2 Ciegas esperanzas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 5

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3

La sombra se metió en la corriente y empezó a caminar hacia él. Levantando de la superficie brillos que iluminaban el cuerpo de arriba. No se movió. Antes había retrocedido, pero ahora no se movió. Se había concentrado en la imagen sacada de los destellos del agua, movedizos como los de llamas a punto de apagarse: un antebrazo, una línea del mentón, un trozo de tela.

Empezó a componer al hombre que se iba acercando. No era fácil y no era sólo la luz -para ver algo que se resiste, ayuda mucho una idea anterior o una sospecha -. Él no tenía mucho. «Soldado» era lo que tenía, pero «soldado» era suyo, demasiado suyo como para salir afuera y juntarse con lo diferente.

El extraño había pasado la mitad de la travesía. Se detuvo y repitió los gestos. Primero lo hizo de frente y después -como si hubiera convertido en recurso lo que al principio fue un gesto espontáneo, y también tal vez producto de una rutina que el que le estaba viendo desde la orilla no podía descifrar- de costado y volviendo a apuntar a la derecha y atrás.

Un movimiento claro de la cabeza, que el extraño ejecutaba por primera vez, le indicó sin lugar a dudas que el propósito era que fuese con él, que se acercara y pasase a la otra orilla. No era como antes un mensaje a la espera de un intercambio, cuya respuesta podría haber sido una negativa, por ejemplo, sino una declaración de que el mensajero tenía que llevar a cabo un propósito. Ese mensajero ya no invitaba -al que creía conocido o al que esperaba -, sino que estaba cumpliendo una misión de la que no podía regresar con las manos vacías. Tendría que ir con él o tendría que resistirle. Eso le estaba diciendo el que venía mientras el agua rebasaba su cintura.

Ahora le descubrió. No es que le viese mejor – aunque ciertamente estaba descubriendo más partes de aquel cuerpo y el puzzle de reflejos empezaba a componer la imagen sin espíritu de una descripción física-, sino que la claridad del mensaje debió de alumbrar la idea que organizaba lo roto y disperso.

Lo que descubrió se parecía a lo que esperaba, pero también era distinto de lo que esperaba. Era un soldado, sí, pero no era un soldado como él. No se trataba sólo de la indumentaria, en la que no vio nada compartido: estaba seguro de que aquel hombre no era un hombre de su misma clase de mundo. Podía compararlo a un extranjero no sólo distinto en rasgos físicos, sino también en la forma de hacer con esos rasgos. Sin tener una conciencia nítida de cómo era él mismo -apenas unos caracteres del tipo piel blanca, vello más bien oscuro, complexión ligeramente asténica-, decidió que el otro era un extranjero y que el país del que venía estaba del suyo a la máxima distancia posible.

El rostro se compuso antes que lo demás. Era el de un hombre bastante joven, no más de veinticinco años, con pelo rubio y muy corto. La cara tenía una regularidad adolescente, sin los datos que deja el paso del tiempo. Y era también la regularidad de una cara dibujada para ser perfecta y perfecta en el sentido más convencional. Del tipo que puede gustar a muchos en un primer vistazo y que evita exámenes gracias a un equilibrio votado por la mayoría. Una cara de muchacho atractivo y sin expresión al que le basta cómo es y que no se mira en los espejos donde los demás entrenan sus posibilidades. No se miraba en espejos, no tenía nada que comprobar o defender todos los días, tal vez porque con las miradas aprobatorias de los otros le bastaba. Le pareció curioso que, precisamente por eso, si aquel rostro se proponía una amenaza, esa amenaza tuviera algo de inevitable, de convicción con la que no se podía discutir. Y el temor a ella, fuera un temor multiplicado por el mismo proyecto implacable que había modelado la perfección de los rasgos. Finalmente, una especie de fanática serenidad consigo mismo construida a base de algún código de honor o de valor acostumbrado a no fallar en momentos decisivos.

Llevaba una camisa blanca, remangada cuidadosamente cerca del hombro, que dejaba ver unos músculos armónicos y trabajados por algún entrenamiento específico, más que por un oficio que le hubiera obligado a utilizarlos. Podía sospechar, bajo el agua, un pantalón oscuro pegado a la misma clase de músculos.

Acabó con que era la indumentaria de un uniforme. Una sencillez calculada y cierta facilidad para convertirse en ropa de serie. Quizá, si hubiera que uniformar a todos los habitantes del planeta de un día para otro, ésa sería la vestimenta que, en la carrera contra el tiempo, terminaría decidiéndose.

No llevaba símbolos. También había en eso algo fanático. La ropa de un soldado está machacada de detalles, escudos, galones, insignias, diseñados contra la confusión. El uniforme del extraño no parecía considerar la necesidad de identificarse. Tal vez nadie le había confundido nunca o tal vez creía estar en el único ejército del mundo.

Podía tener el aspecto de un miliciano o de un granjero, eso no importaba, lo importante era que detrás de él se sospechaba un ejército gobernado por una idea, miliciana o granjera o ambas, y que esa idea parecía más poderosa cuanto menos visible.

De repente, el extraño bajó los brazos y se quedó en una inmovilidad instantánea, como si estuviera tensando una cuerda interna. Y cuando esa cuerda alcanzó su tope, el cuerpo inexpresivo, entrenado, saludable y fanático, se lanzó contra la corriente y la fuerza de uno y de otra chocaron en una carrera de espuma.

Él no se movió, pero no estaba seguro de que le hubiera dado tiempo a moverse. Tampoco tenía donde escapar. Podía echar a correr, aunque sólo sería eso, correr, no escapar. Además, si se iba, no seguiría viendo al extraño apartar las aguas con la fuerza que parecía contemplarse a sí misma en una especie de demostración profesional. Seguir viendo, sobre todo, el peligro que se echaba encima y verlo con los ojos muy abiertos, con el miedo fascinante a algo para lo que uno se ha estado preparando mucho tiempo y sabe que tiene que suceder. Lo que él supo entonces, y al saberlo se iluminó de un fogonazo la vida de la que en cambio no se acordaba, es que venía de un lugar en el que se había estado preparando para ese instante como si nunca hubiera hecho otra cosa. Le pareció que ese descubrimiento era nuevo y le decía más que «soldado», sin quitarle nada a «soldado». Con los ojos muy abiertos por el miedo y también por la avidez de no perderse nada de ese miedo mientras pudieran continuar mirando.

Quizá no fuera a morir, quizá lo que el extraño quería era simplemente llevarlo con él. Eso no cambiaba las cosas, porque sabía, por la violencia de la carrera y por los uniformes distintos, que tenía que resistir hasta el final: esa violencia decía que el extraño no podía convencerle con palabras y esa violencia estaba vestida de otra manera y, por tanto, la diferencia de vestido era también, al final, violencia.

El agua llegó hasta el pecho del enemigo y, aun así, pudo sentir la potencia de los músculos arrastrando la profundidad del agua. Enseguida, las piernas emergieron igual que si estuvieran subiendo peldaños en el interior de la corriente, con los muslos pegados al pantalón oscuro. Y, casi en el mismo momento, estuvieron pateando la superficie del río como si se hubieran elevado sobre él, muy cerca ya de la orilla, en la misma orilla.

Vio abalanzarse al extraño con la sensación de que alguien le había empujado por detrás y lo había levantado por encima del suelo. Cayó tan cerca, que tuvo la impresión de que los cuerpos compartían en muchos lados el mismo espacio. Pero ahí el extraño se quedó completamente detenido, con los brazos colgando y una mirada repentina de curiosidad, pero de curiosidad distante con la que se reconoce un objeto problemático y perfectamente inocuo en apariencia. Sintió en la piel el recorrido de dos bolas azules, pequeñas en comparación con las otras proporciones del rostro lavado de expresión, que señalaban la dirección del escalofrío.

Una curiosidad que tenía que ver con cosas, no con alguien y mucho menos con alguien que pueda reaccionar. Los ojos del extraño le daban vuelta como si estuvieran buscando una etiqueta de envío o algo parecido.

– ¿Qué quiere? -le salió una voz aguda que no era la suya y que, de haber dicho más, se habría roto en algún sitio.

El otro había bajado la vista hacia un punto de sus pies y no la levantó. Luego, fue subiendo hasta la cara del que esperaba una contestación y se quedó en ella con un gesto que estaba entre la repugnancia y la sorpresa.

– Dígame qué quiere -tuvo la sensación de que cada sonido bailaba en su boca como una burbuja y que explotaba antes de salir.

El extraño no era más alto, pero su envergadura era el doble. Olía a arena mojada. Su aliento, en cambio, no olía a nada, a pesar de tener la boca y la nariz encima de su boca y de su nariz. Ahora la cara no le pareció tan perfecta, aunque fuera aquella perfección inexpresiva y tópica con el pelo rapado. Se le había deformado en una especie de perplejidad embrutecida, con la boca abierta y los ojos empequeñecidos como los de un miope que hace esfuerzos. Viene a cumplir una orden, no es alguien con quien pueda hablar, pensó.

– Dígame qué quiere…, por favor -dijo a pesar de todo y supo que lo dijo a cambio de no echar a correr.

Entonces sintió la mano que le cogió de la manga, no del brazo, de la manga.

– ¿Qué está haciendo? ¿Qué hace? -chilló de pronto, como si hubiera estado esperando chillar desde hacía mucho y sintiera la completa liberación de hacerlo.

La mano dio un tirón y el cuerpo cazado sintió la sacudida. Las piernas se movieron un paso en el aire para hincarse después de rodillas. El extraño pegó media vuelta de una forma casi marcial y el que estaba arrodillado se fue a tierra de golpe. Mientras le arrastraban, gritó y pataleó como si no tuviera otra fuerza en el cuerpo que la de la garganta y los pies. Iba tragando arena y cada alarido y cada coz era también un esfuerzo por escupirla. Ya estaban en la orilla.

El extraño, seguro de su poder, dio un nuevo tirón a la manga, quizá con la intención de cargárselo al hombro o de llevarlo en vilo sobre el agua, y lo que consiguió fue desenfundarla del brazo con una limpieza a la que contribuyó la posición de bruces y totalmente vencida del hombre arrastrado. Los dos dudaron un segundo. El extraño observó la manga esperando encontrar un brazo dentro y el otro observó la manga preguntándose dónde estaba su brazo. Pero el segundo del arrastrado fue más breve. Con un giro brusco, más desaforado que preciso, se quedó en posición de librarse también de la manga, que era la manga de la cazadora, que todavía tenía enfundada. Sólo tuvo que volver el cuerpo y dar un golpe de hombro. Enseguida estuvo libre y rodando por el suelo, mientras su adversario se quedaba con la cazadora en la mano viéndole dar vueltas.

Echó a correr. El otro tardó en hacerlo y, cuando lo hizo, se llevó con él la cazadora, dispuesto a no perder nada de lo que había venido a llevarse.

Estaba encima pocos metros después. Sin soltar la prenda, le agarró por el cinturón de las cartucheras y le atrajo con una facilidad contra la que nada pudo el intento, ya enloquecido, de seguir corriendo y de arrastrar con esa carrera la masa íntegra de músculos sujeta al cinturón. Durante un tiempo, quizá breve en la cabeza del extraño e inesperadamente largo en la suya, llegó a estar convencido de que al final conseguiría arrastrarlo.

Poco después estaba exhausto. De espaldas al que le agarraba, resollaba como un animal al que le han estrangulado los pulmones. Él mismo se volvió mansamente hacia el perseguidor y el perseguidor le recibió con algo parecido a una sonrisa que en realidad era una boca apretada y desdeñosa. Se quedó mirando ese rictus, mirando la cazadora y mirando la mano del cinturón, igual que si leyera en un documento que la propiedad de su persona había cambiado de manos. No supo por qué pensó entonces que eso también tenía relación con la vida de la que no podía acordarse. Una vida que, fuera cual fuese, ahora estaba en otras manos.

Como en esa mano que le agarraba el cinturón y que de pronto el soldado empezó a arañar con una furia histérica, hasta sentir que la piel se abría y que nuevos tejidos aparecían en el filo de las uñas.

Volvió a correr y volvió a ser cazado. Muchas veces en esa noche. Pero el extraño no quiso nunca soltar la cazadora y eso le dio siempre una ventaja: la ventaja de enloquecer contra una única mano que tenía al otro extremo un ser completamente convencido de que con una mano bastaba. La de saber que su locura y su miedo podían resistir a una única mano del enemigo. Aunque no supiera durante cuánto.