37568.fb2 Ciegas esperanzas - читать онлайн бесплатно полную версию книги . Страница 6

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– Tienes que ir, Martin -aunque también había otros que decían sólo Marti, con una dificultad extraña en la pronunciación-. Nosotros vamos contigo, te lo juramos, pero tú tienes que ir, Martin.

Martin iba mirando a las caras que le estaban hablando. Era más delgado que los otros chiquillos, pero también mucho más alto. Al final, Martin se quedó fijo en la de uno que se parecía a él. Sólo se parecía en la piel blanca, pero eso bastaba para que los dos se distinguieran del resto de los muchachos, de piel casi negra y pelo duro y crespo. También les distinguía la ropa. Los muchachos oscuros llevaban camisas y pantalones de persona mayor.

– ¿Tú qué dices, Jorge? -preguntó.

– Nehedid, Larbi y yo hemos estado hablando antes de que tú llegaras. Pensamos lo mismo. Falta lo que diga Abdellah -la forma de contestar de Jorge dejaba bien claro que Martin no podría apoyarse en él para esquivar el asunto.

– Hay que darle a los Comerciantes -sentenció-. Pero pregúntale a Abdellah. Abdellah puede decírtelo.

Abdellah era el más pequeño de todos. Llevaba una pierna encogida y una muleta. En esa pierna, el pantalón flotaba.

– Pues habla, Abdellah -dijo Martin suavemente.

– Yo no tengo nada que decir. Lo que digáis todos -el chiquillo miraba a la goma donde se apoyaba la muleta y jugaba con ella como si quisiera escribir un mensaje en el polvo de la callejuela de casas bajas y azules.

Jorge adelantó un paso hacia él.

– ¿Que no tienes nada que decir? ¿Eso lo dices tú? -gritó fuera de sí.

– Aquí no vendrán los Comerciantes -murmuró el cojo-. En el zoco estamos seguros.

Jorge y los otros dos le miraron con un gesto de repugnancia. Abdellah dejó de jugar con la muleta y la pegó a su cuerpo como si alguien hubiera amenazado con quitársela.

– Por lo menos, cuéntale a Martin lo que pasó -Jorge había cerrado los puños con los brazos tensos hacia abajo, en una postura algo militar.

– Tienes que hablar, Abdellah -dijo Martin poniéndose a la altura de Jorge y desplazándole un poco con el hombro.

El cojo le miró desde lo más profundo de su muleta, de una forma con la que Abdellah parecía expresar una culpa escondida, no por algo particular, sino por muchas cosas y, sobre todo, por ser Abdellah.

– No fue nada. Fue una broma como muchas veces. Nada.

– ¿Nada? -volvió a gritar Jorge -. Larbi te vio. ¿Quieres que lo cuente Larbi?

– ¡Calla! -ahora fue Martin el que gritó-. Lo va a contar Abdellah. Déjale en paz.

El cojo estaba a punto de llorar. Llegó a hacer un puchero raro, de niño mucho más pequeño que él.

– Yo estaba a la puerta de la tienda de Yibari a ver si me mandaba a por algo, como todas las mañanas. Ahora Yibari no quiere que entre en la tienda y que espere allí. Dice que tengo que esperar en la puerta. Y no en la misma puerta, sino en el soportal.

– ¡Eso ya lo sabemos!

– ¡Tú también te callas, Nehedid! -ordenó Martin sin dejar de mirar a Abdellah.

– Entonces llegaron los Comerciantes. Estaban Botho, José Mari y Curro. Pasaron por delante sin hacerme nada, pero vi que el alemán me miraba de reojo. Después dieron la vuelta al jardín de la plaza, yo no les veía, pero sabía que iba a pasar algo.

– ¿Por qué no te fuiste? -preguntó Martin.

– ¿Adonde? -el cojo hizo una pausa larga antes de continuar-. Si tenían una idea, yo no iba a poder escapar.

– Entonces, haberte metido en la tienda de Yibari.

– No, eso no. Él me ha dicho que no entre. Quiero hacer recados para Yibari.

– ¿Y si te hubiera pasado algo grave? -Primero son los recados para Yibari -Abdellah miró al suelo para decirlo-. Me escondí en la pilastra, pero eso es una tontería -continuó el tullido-. De pronto aparecieron por detrás del jardín y Botho llevaba un orinal en la mano. Yo no sabía lo que había dentro del orinal. Corrí todo lo que pude, pero me cazaron. Yo quería llegar al zoco, lo tenía cerca, pero ellos se dieron cuenta y atajaron.

– ¿Tú no estabas allí? -preguntó Martin de pronto, con un reproche claro, al que llamaban Larbi.

– Yo no estaba, no estaba -Larbi movía mucho las manos, más que moverlas las agitaba como si tuvieran un motor aparte del cuerpo-. Sólo estuve al final, cuando se lo dijeron. Fui corriendo a ver lo que le había pasado a Abdellah que estaba en el suelo. Ellos ya se iban marchando. Y también a mí me lo dijeron.

– Pasaban corriendo y hacían como que me volcaban el orinal en la cabeza pero nunca me lo volcaban. Yo daba gritos y pedía socorro.

– Yo escuché los gritos desde detrás del café de don Pedro -dijo Larbi -. Gritaba como un bicho degollado.

– Pero nadie vino a ayudarme. La gente le tiene mucho miedo a los Comerciantes. A los padres de los Comerciantes. Dan trabajo y pueden no dar trabajo. Sólo algunos les decían cosas, pero desde lejos, sin ponerse en medio.

– ¿Y Yibari no salió?

– No, no salió -el que contestó fue Larbi, porque a Abdellah le había desconcertado la pregunta y estaba pensando.

– No había nada en el orinal -seguía pensando con el gesto en lo de antes -, pero yo no lo sabía. Hubiera preferido que hubiese algo en el orinal, porque así sólo me lo habrían tirado una vez y yo sólo habría chillado una vez. Al final, me tiré al suelo y me quedé esperando. Fue entonces cuando me lanzaron el orinal y vi que no había nada. Dijeron que nos esperaban ahora al principio del puente del Lucus, para que tú te pelees con Botho.

– Botho dijo que tú le tienes miedo, Martin, y que, si no, se verá. Y que podemos ir los cinco y que ellos llevarán también a cinco.

– ¡Pero no hay que ir! -chilló Abdellah-. En el zoco estamos seguros.

– ¡No vengas tú si no quieres, cojo! -chilló aún más fuerte Jorge, crispando las mandíbulas y con ojos de fiera.

– No vuelvas a llamarle cojo en tu vida, Jorge – dijo Martin con una tranquilidad extraña, como si ya hubiera decidido lo que haría con Jorge en caso de que volviese a llamar cojo a Abdellah.

– ¿Y eso qué más da? ¡Soy cojo! ¡Sí, soy cojo! ¡A mí qué me importa! -Abdellah tenía lágrimas en los ojos, pero eran lágrimas que no iban a saltar-. ¡A mí qué me importa! ¡A ver si os enteráis de que no me importa nada! Pero no hay que ir porque es una trampa. Los Comerciantes siempre dicen una cosa y hacen otra.

– Si es una trampa, la veremos desde el puerto. En el sitio del puente no pueden esconder nada -dijo Jorge, más calmado.

– La veremos -repitieron Nehedid y Larbi a coro.

– ¡Es que no es eso! – Abdellah lo dijo con la voz de alguien que llora, pero las lágrimas no aparecían.

– Entonces, ¿qué es, Abdellah? -preguntó Martin apoyando una mano en su hombro.

– Nada -contestó el cojo mirando al lado contrario de donde había caído la mano de Martin.

– ¿Qué es, Abdellah? -repitió Martin.

– He dicho que nada.

– Vas a decir qué es -el tono de Martin se hizo duro y la mano se soltó del hombro.

Abdellah se agarró a la muleta con las dos manos y retrocedió un paso. No se atrevía a mirar a Martin y desvió la vista hacia la parte donde terminaba la callejuela, con serones dejados a la entrada y hombres con chilaba sentados en los quicios. La calle tenía un raíl de arena negruzca en el centro y olía a sumidero. El aire espeso y caliente parecía haber sido respirado muchas veces.

¾ ¡Abdellah!

La escena se quedó parada un momento. Todo estaba hecho y dicho y nada nuevo iba a cambiar las cosas. Pero aquel silencio constante de los que le miraban acabó por aplastar al muchacho raquítico que se escurrió imperceptiblemente hacia abajo y movió los labios varias veces antes de que pudiera escucharse la primera palabra.

– Botho te va a matar. Tú sabes -sólo se dirigía a Martin- que es mucho más fuerte que tú. Y lo que me da rabia es que todos los de aquí lo saben. Todos lo saben y yo no sé qué quieren ver. Ir al puente para que Botho te mate. Tú nunca te has peleado. Tú eres mi amigo. ¿Para qué quiero ver cómo te pegan? ¿Y para qué quieren verlo éstos? Pero yo no quiero que pienses, tú nunca tienes que pensar eso, que creo que eres un cobarde o un débil. Tú no eres esas cosas y por eso además no tienes que ir a pelear al puente.

– Abdellah -la voz de Martin acarició la cara atormentada y esquelética al mismo tiempo que una mano la levantó por la barbilla-. Escúchame. Tenemos que ir. Vamos a ir ahora.

– Sí, Martin.

Salieron del zoco y caminaron por una avenida con casas altas y plátanos, por la que circulaban coches. Aquél parecía un mundo muy distinto al de la callejuela. Luego torcieron por la esquina de una casa grande donde había corros de hombres en los bancos de una explanada. Bajaron por una calle de repente muy estrecha y volvieron a encontrar casas bajas, pero más adecentadas que las del zoco. Terminaron en una barrera de piedra, con una lengua de mar debajo y las revueltas impresionantes de un río sobre una extensión verde de kilómetros, a la derecha.

Bajaron la cuesta hasta el puente, dejando la barrera a la izquierda, con la precaución de una patrulla en territorio enemigo. Les vieron enseguida. Eran también cinco y estaban acodados con aire indiferente en la barandilla. Las casas de los pescadores estaban silenciosas a esa hora de la tarde.

– No hay nadie más -dijo Jorge.

– Sería mejor esperarles aquí -murmuró Abdellah echando una mirada recelosa a las fachadas de la derecha.

– Tú quédate, Abdellah -dijo Martin mirándole con resolución.

– No hagas eso. Por favor, no hagas eso.

– Soy yo el que te pide favor -dijo Martin.

– Han dicho cinco. Si me dejas aquí, ya no valdré lo mismo que cualquiera. No valdré por uno. No valdré nada. Déjame elegir.

Martín se paró y estuvo observando durante varios segundos la figura contraída y apoyada en la muleta. Tenía la esperanza de que los otros hablaran para convencer a Abdellah. Pero nadie dijo nada.

– Elige -contestó tristemente.

Dieron la vuelta a un recodo. Entonces, el puente quedó casi debajo y un poco a la izquierda. Los reflejos del sol eran más anchos en las dos clases de agua que se mezclaban en el puente. Abdellah no miraba a ese lado. Las casas corridas de los pescadores tenían ahora cortes estrechos y pendientes que se empinaban hacia la medina.

Al siguiente recodo, el grupo quedó completamente de espaldas a lo que Abdellah seguía mirando y de frente a los de la barandilla, que parecían haber estudiado su indiferencia hasta el final. Sólo tenían que bajar unas decenas de metros, por una cuesta de suelo socavado y descompuesto, para encontrarse en el lugar de la cita.

El grupo aminoró el paso. Martin debió de darse cuenta.

– Vamos -dijo con una firmeza demasiado tensa como si la boca no se hubiera abierto del todo.

La orden no tuvo el efecto que esperaba. Notó que estaba delante y solo y que había dejado de sentir la compañía retrasada del grupo. No es que se hubieran quedado detrás, es que, al decir «vamos», todo se fue parando a su espalda. Él mismo se detuvo después de dudar y dudó varias veces antes de pararse porque le parecía que dudar y pararse era también hacer dudar a los demás por culpa de haber dudado él mismo. Y si, además, la duda no estaba después confirmada por la realidad, eso quería decir que el temor era solamente suyo: no podía hacer temer a los otros, pero era mucho peor que temiera él, el que tenía que pelear y defenderse con una convicción absoluta, sin vacilaciones. Si él mismo se sentía en peligro, entonces el peligro era mucho mayor de lo que habían pensado todos juntos y, por tanto, se habían equivocado al acudir a la cita del puente.

Pero al final se paró. Se volvió despacio como si tuviera que dar tiempo a que una mano fuera quitando los visillos de lo que nadie quería ver.

– Martin, Martin -lo primero que vio fue la boca de Abdellah moviéndose como la de un pez que la lleva abierta mucho antes de llegar al alimento y después la cierra con un golpe amortiguado.

Después, y del más cercano al más lejano, fueron Jorge, Larbi y Nehedid, detenidos en la postura común de alguien al que han llamado desde atrás, con los pies mirando al lado contrario de la cara. Abdellah estaba pegado a la barrera, fuera del grupo. Pero más allá, todavía sin mirarlas, notó la presencia de sombras en una formación de barrera que iba a dar a la barrera que defendía el camino del acantilado. Tampoco hacía falta mirarlas, bastaba con saber que estaban allí, que habían llegado hasta allí para hacer algo que tampoco necesitaba consideraciones.

Miró al puente y descubrió que los cinco se habían separado de la barandilla, pero que se habían separado hacía rato, porque avanzaban ya sobre la cuesta con paso decidido.

Todos se miraron. Un instante de caras atónitas, pero atónitas no por la aparición de algo previsto, sino por todo lo contrario, por todo lo que habría estado demasiado previsto si hubieran pensado un momento en lo que Abdellah decía en vez de pensar en lo que Abdellah era. Hubiese sido tan fácil no haber llegado hasta allí y parecía tan increíble estar allí entonces.

– Martin, Martin -seguía diciendo la boca torcida del tullido.

Larbi y Nehedid fueron los primeros en salir disparados, cada uno a un extremo del camino como si desconfiaran por principio de la dirección que había tomado el otro. Abrieron la perspectiva de golpe y Martin vio cómo la formación de barrera, tal vez eran siete y tal vez alguno llevaba algo que levantó en el aire, hizo un movimiento de onda antes de estrellarse contra los dos que escapaban. Después fue Jorge. Después fue Abdellah, que corría mirando para atrás, mirando a Martin mientras Martin sentía pasos rápidos que subían por la cuesta.

Tardó mucho en empezar a correr. Se había quedado mirando, sin saber por qué, la forma en que Abdellah corría. La muleta se quedaba detrás, lanzando a la pierna buena y cuando la pierna buena se había fijado en el suelo entonces, mucho antes de que continuara la muleta, la pierna raquítica, la pierna encogida, apoyaba la punta del pie en el suelo, estirándose como nunca Martin la había visto estirarse, como un gusano de alambre que tocaba el suelo y escondía enseguida el hocico. Luego llegaba otra vez la muleta, pero cuando llegaba la muleta, Abdellah ya había hecho el paso con sus dos piernas y todo el tiempo parecía que Abdellah iba corriendo con dos piernas sanas. Martin no podía dejar de mirar eso. Tenía la visión de un Abdellah igual a cualquier otro muchacho, sabía que no, pero también sabía que él lo estaba viendo en ese momento y que le gustaría que ese momento fuera muy largo para que Abdellah siguiera corriendo como cualquiera, sólo con la diferencia de una pierna que se encogía muy rápido, pero también con la sensación de que la muleta no era la segunda pierna, sino la tercera, sólo un soporte, un pequeño ajuste en un cuerpo levemente tocado y no en un cuerpo amputado. La pierna con la pernera flotante se movía en la visión de Martin con la rapidez y la fuerza con que Martin quería empujar a Abdellah hacia adelante, ahora que Jorge, Larbi y Nehedid habían abierto huecos por los que muchos Abdellah podrían pasar.

Pero precisamente entonces dejó de verlo todo y se encontró con la cara encajada en la barrera de piedra, casi de rodillas y llevándose las manos a un punto entre el cuello y la nuca. Los gritos y quejas que se escuchaban en aquel trozo de cuesta parecían adultos, como si las voces de todos hubieran crecido de repente con el contacto de algo extraño a la vida de simples muchachos.

Cuando se tiró por la barrera, sin mirar a Abdellah, sin mirar a nadie, y sin saber tampoco dónde estaba el suelo que le esperaba, sólo quería huir de aquellos lamentos que le parecían monstruosos y que no tenían nada que ver con la cita en el puente. Quizá llegó a pensar si alguno de ellos podía haber salido de la boca de Abdellah, pero el aire por el que estaba cayendo sin ser un pájaro podía meter ese pensamiento o cualquier otro y llevárselo después volando. Quería escapar, sólo eso. Botho y los demás tuvieron que ver a un Martin desesperado, agarrándose a la barrera de piedra y dando el salto con los ojos fijos de alguien esclavo de su miedo y que deja de pronto de pertenecer al mundo, a sus amigos, para pertenecer sólo a una idea cobarde. La cobardía de querer ser sólo uno, cuando la vida está poblada de muchos.

Cayó entre dos rocas y una brecha de arena que amortiguó el golpe. Corrió sin mirar atrás, pero con la corazonada de que le estaban persiguiendo por el camino de arriba. Encontró, con la ceguera de un borracho que encuentra lo que desea y no sabe por qué, una escalera natural de peldaños. Subió por ella hasta la parte más alta del puerto. Miró por encima de la barrera, tratando de reconocer algo en la línea de edificios que se perdían en una ensenada con casas distintas a las de los pescadores. Algo suyo, su casa, quizá. Sin embargo, enfiló por un camino distinto y semejante al camino por el que habían bajado los cinco.

Llegó otra vez a la casa grande con la explanada y los hombres y siguió corriendo por la avenida de plátanos hasta un edificio con una cúpula de cerámica dorada. La puerta estaba abierta. Una nave grande, con filas de bancos y velas encendidas en el fondo oscuro. No había nadie. Se sentó en los bancos de delante.

– Aquí no me perseguirán, aquí no me puede perseguir nadie -dijo en voz alta, mirando la cruz de metal que colgaba sobre la mesa de mármol con un mantel blanco-. Aunque la puerta esté abierta, pero esa puerta no la atravesarán -dijo después.

Las paredes eran paredes desnudas y encaladas. Muy altas, con unos ventanucos por donde entraba luz turbia que iba haciendo franjas hasta llegar a la penumbra del suelo. A medida que esa penumbra se fue elevando y que los ventanucos fueron nada más que reflejos en los que se estrellaba la claridad, el muchacho parecía estar sentado en un apoyo invisible que lo empujaba hacia arriba.

– Estoy solo y nadie puede entrar -y al decirlo se tapó los oídos y, luego, los ojos.

La nave se fue quedando a oscuras. Sólo algunos brillos aislados en la parte de la bóveda y en el metal de la cruz. Los ojos de Martin seguían esos brillos con la sensación de no estar en el suelo, sino en algún sitio intermedio de lo que podía ser un cielo con astros, navegando por un aire oscuro muy lejos de la tierra.

– ¿Dónde está Abdellah? -preguntó.

De la oscuridad no salió ninguna respuesta, pero esa misma oscuridad -que dejaba más solo a Abdellah donde quiera que estuviese- también protegía a Martin de tener que buscar y de tener que mirar en el mundo de gente como los Comerciantes, de gritos monstruosos como los que salieron de las bocas de sus amigos, de chiquillos que se hacían mayores de golpe en un trato repentino con una especie dura del dolor y del miedo. La oscuridad del templo le alejaba de Abdellah, para mal de Abdellah y para bien suyo.

Mientras estaba allí, no tenía que buscarle y Martin prolongó ese tiempo, dejando escapar de vez en cuando, igual que escapa el palpito de una herida en la que sólo el palpito obliga a pensar en ella, la pregunta en la que no quería pensar.

– ¿Dónde está Abdellah?

Mucho más tarde, alguien empezó a mover la puerta del templo y le dijo algo. Martin salió sin mirarle. Afuera era de noche. Apartándose de la avenida de plátanos, que iba a la plaza y al pasadizo del zoco, se metió por callejuelas de arena, iluminadas por faroles muy separados en los que no ardía más luz que la de una vela, hasta detenerse en un terraplén – era un terraplén, no una escollera o un acantilado- con el mar debajo. Había parejas y hombres solos sentados entre los matorrales, a los que se distinguía con la dificultad de las luces de la calle de atrás. Abdellah no estaba allí.

Se volvió y estuvo meditando delante de una casa de dos pisos, con decorados de escayola, un balcón largo de piedra con macetas robustas y una verja.

De pronto echó a correr, abrió la cancela de un golpe, casi el mismo con el que empujó después la puerta y apareció en un salón pequeño, donde un hombre bastante mayor, de rasgos consumidos y vestido con un traje gris, estaba leyendo un periódico. Se frenó a escasos centímetros del hombre mayor y gritó:

– ¡Padre, tienes que proteger a Abdellah!

El hombre mayor hizo un gesto de incomprensión, que parecía más dirigido a la conducta del hijo que a las palabras que decía.

– ¡Muchos les protegen! ¡Nosotros vamos a proteger a Abdellah!

Y entonces Martin respiró hondo, como si al decirlo se hubiera descargado de algo más que de lo dicho.