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Esta vez el mensajero traía algo escrito en la cara. Seguía siendo el mismo fanático de la noche anterior en sus gestos y en su aspecto, pero la belleza de mayorías, que ahora le resultó aún más inerte, estaba partida por un rictus fijo de la boca. Era la casi sonrisa que ya le había visto, de labios apretados que en realidad servían a una expresión desdeñosa, pero clavada en el rostro como si el rostro hubiera hecho demasiados esfuerzos inútiles por quitársela de encima. Como si la casi sonrisa se hubiera estado mirando en un espejo tratando de convencer a su dueño de que era el único gesto posible con aquella pobre humanidad resistente y malvestida de soldado que tenía delante, pero como si, al mismo tiempo, el hecho de trabajar con la sonrisa en el espejo hubiera confundido al que lo hacía, por la sencilla razón de no haberlo hecho nunca.
La cara del mensajero y la cara del soldado tenían una expresión común: ninguno creía lo que estaba pasando. El mensajero no creía que tuviera que hacer un segundo intento para llevarse a aquella piltrafa y la piltrafa no creía que el mensajero estuviese allí.
Estaban de nuevo frente a frente, aliento con aliento, en lo que parecía un único espacio, cada uno viendo en el otro el gesto de incredulidad y aumentando esa misma incredulidad por estar viéndola en el otro.
También en esta ocasión el tiempo muerto fue más breve en el soldado. Tuvo que ver con algo reflejo, porque ni siquiera había pensado: enseñó la uñas a la altura de la cara y las movió sobre la del extraño sin llegar a tocarle. No fue un gesto de ferocidad, de garras y rugido detrás de las garras, sino más bien un ramalazo de histeria tampoco muy convencida de lo que va a pasar a continuación.
El extraño dio un paso atrás, el paso de alguien cohibido más que el paso de quien se protege o esquiva. Parecía no haber sido adiestrado para esa clase de estallidos y, quizá, para ninguna clase de estallido. Su entrenamiento -si se estudiaba bien ese paso, y el soldado lo estudió aún más de lo que había estudiado el aspecto- parecía haber sido organizado en la creencia de que todo debía dejarse a la manifestación contundente de la fuerza. Tal vez no contundente, tal vez sólo persuasiva.
El soldado trató de aprovechar esa retirada momentánea, sospechando que podría ser la única oportunidad que le quedaba.
– Puedo arañarte -fue lo que salió de su boca y ya desde el principio le pareció una pérdida de tiempo, si no una auténtica estupidez.
Su cabeza estaba todavía ocupada en el paso atrás del enemigo y esas palabras confirmaban una intuición. De hecho, la casi sonrisa tembló a punto de desdibujarse durante una centésima de segundo.
– No tenemos que luchar. Puedes decirle a tus jefes que me has cazado, pero que tuviste que matarme – ahora sí le parecía estar diciendo lo que quería-. Es fácil decirlo y no hay que dar muchas explicaciones. No creo que te pidan que les lleves el cadáver. ¿Eh?
El extraño echó la cabeza hacia adelante, como si tuviera que asegurarse del sitio por el que habían salido las palabras. Después la hizo volver a la posición de partida y la casi sonrisa ya no estaba.
– ¿Qué quieres decir? -los labios del extraño se abrieron en la forma de soltar aire retenido.
El soldado escuchó el timbre de una voz muy joven, pero perfectamente joven y que no esperaba tiempos de maduración, establecida en esa edad e incluso luchando por no pasar de ella.
– ¿Qué quieres decir? -repitió mucho más bajo, echando el último soplo de aire.
El soldado recordaba que no era alguien a quien se pudiera convencer -era sólo alguien que venía a cumplir una misión y que no podía volver con las manos vacías-, pero se dejó animar por esa mínima esperanza que era haberle escuchado por vez primera. Tenía que aprovecharlo, no siempre le bastaría con los arañazos y el miedo frenético.
– He dicho que no tienes que llevarles el cadáver.
– ¿Por qué no?
– Porque basta con decir que me has matado.
– ¡Yo no tengo que matarte! -los dientes se apretaron y el tableteo de la mandíbula hizo dos marcas en la cara.
Le llegó el turno de retroceder. Pero tenía que seguir hablando -a pesar de la confusión que el otro arrojaba sobre lo que se decía- porque hablar era su única oportunidad.
– Tranquilo, amigo. Si no tienes que matarme, entonces es todo mucho más simple. Tienes sólo que demostrar que me has vencido. ¿No es cierto? Espera, espera. Yo puedo darte todo lo que necesitas para demostrar eso. No hay ningún problema.
– Tengo que llevarte -la voz del hombre joven se ablandó de pronto-. ¿Tú no lo entiendes?
– Lo entiendo, no te preocupes por eso. Voy a decirte lo bien que lo entiendo. Tanto si me matas como si no me matas, lo que les importa a tus jefes es que yo no pueda seguir combatiendo. Muerto o no muerto, ésa es la cuestión: quedar fuera de combate. Y lo mismo pasa con el asunto de llevarme contigo. No es nada más que otra garantía como la de estar muerto. Estamos hablando de lo mismo. Bien, lo que yo te propongo es darte la garantía a cambio de que tú me dejes en paz.
– La garantía… -dijo el otro como si se estuviera mirando en un charco que la idea hubiese hecho delante suyo.
Pero el soldado no le escuchó. Había empezado a quitarse la ropa y a echarla a los pies del que tenía enfrente. Poco después estaba desnudo. El extraño miró la ropa caída y el cuerpo del que había salido esa ropa. Luego se quedó observando las botas que el soldado no se había quitado todavía.
– Entiendo -dijo con una seña cómplice-. Las botas, también.
Se desató las hebillas y se las sacó de una patada. Las botas volaron en dirección al hombre joven con puntería suficiente como para que tuviera que esquivarlas con precisos y algo imperceptibles movimientos de la cintura. Esa esquiva no pareció desviar su atención de la piel desnuda y del sexo desnudo -colgando de un esqueleto que a los ojos del tipo joven no podía tener más entidad que la de una percha que había dejado de ser útil- en que se había convertido el soldado.
El soldado interpretó la pasividad del otro, el profundo detenimiento que se traducía en golpes de ojo que parecían querer reconstruir el cuerpo antes de la desnudez, como un estado previo al del que va a estar completamente persuadido.
– Ésta es la garantía. Nadie sobrevive desnudo en un sitio como éste. La temperatura le acabará matando, el calor del día y el hielo de la noche, ¿no es así? -no le parecía suficiente, quería insistir-. Un sol de plano que va abriendo el cuerpo y un frío que se queda después en las heridas hasta que la carne se seca. ¿Cuánto? Un día, dos. Tres, ¿tú crees? Coge la ropa y llévatela. Y con eso ni siquiera tendrás que dar explicaciones. Algo para ti y algo para mí. Tú sabes que si salgo de ésta, y yo no sé si llegaré a saber cómo se sale, va a ser difícil que me vuelva a vestir de soldado. Y a mí me queda la oportunidad de no tener que morirme ahora mismo. Puede que no esté pensando en salir, puede que sólo esté pensando en no morirme ahora mismo. Algo para ti y algo para mí, ¿eh, amigo?
– Tú no lo entiendes, ¿verdad? -fue la respuesta del otro, una respuesta que contradijo todo lo que el soldado creía haber conseguido.
Estaba desnudo ante alguien a quien podía haber convencido con esa desnudez. No tenía nada más que quitarse, pero no había ganado nada. Sólo debía evitar la desesperación. Olvidarse de que estaba desnudo y seguir pensando. Por lo menos, no le había atacado. Y eso era mucho si lo comparaba con la noche anterior. Se agarró a esa idea y dejó que su cuerpo desnudo flotara agarrado a esa idea.
– Quieres decir que no es suficiente. Está bien. Aguarda un momento -dijo mientras trataba de ordenar su cabeza y pensaba que si ahora estuviera vestido tendría más reflejos.
– Tienes que venir -dijo el mensajero.
– Ya lo sé, ya lo sé. Aguarda.
– Tengo que llevarte.
– Sé lo que quieres decir. La ropa puede ser de cualquiera, puede comprarse o encontrarse, ¿no es eso? A la ropa le falta el cuerpo de la ropa. El cuerpo de la ropa -pensó deprisa, deprisa-. Bien. Ya está. Puedes llevar algo mío. Algo que rebaje mi oportunidad y mejore tu garantía.
Pero ahí el soldado se detuvo. Imaginó lo que estaba diciendo y sintió miedo. Un miedo estúpido en comparación con la otra posibilidad de sentir miedo. Era una contestación inmediata de la carne, nada más, pero los labios se cerraron obedeciendo a la carne y no a lo que era lógico. El extraño se dio cuenta y enseñó la dentadura de una sonrisa que descansaba de la tensión anterior.
– ¿Por ejemplo? -dijo, sin que pudiera saberse entre qué dientes se había escapado la pregunta.
El soldado sintió que cada segundo de silencio era un paso que el otro avanzaba hacia él.
– ¡Una mano! Llévate una mano. Es una parte del cuerpo, es cuerpo. Si te llevas la mano y la ropa, ya no habrás comprado o encontrado la ropa. Y yo tendré que hacer más cosas para durar. Y es seguro que no volveré a ser un soldado. Puedes arrancarla y yo me las arreglaré para no morir ahora mismo. Algo para ti y algo para mí. ¿Quién puede vivir aquí desnudo y sangrando?
– Tengo que llevarte -dijo el mensajero con una resignación que se acercaba a la indiferencia.
– Una mano es como el cuerpo entero para un soldado. Si tuvieras mil manos, tendrías mil cuerpos o mil muertos. No puedes tener más.
– ¿No puedo tener más? -el soldado detectó un brillo nuevo en los ojos del tipo joven.
– No. Ni nadie puede darte más -pero sabía que no le estaba convenciendo.
– ¿Y por qué no un brazo? -la mirada ansiosa de un niño que quiere que el juego empiece ya.
– ¿Un brazo? -pensaba deprisa, deprisa. -Eso es. Así se rebaja tu oportunidad y mejora mi garantía. ¿No estábamos hablando de eso?
No, no estaban hablando de eso, no estaban hablando de nada. El soldado sintió que la noche volvía a empezar.
– Tienes que llevarme, ¿no es cierto?
– Nada más cierto, amigo -tuvo la impresión de que el otro empezaba a reflejarle, de que usaba sus palabras, de que se le metía dentro.
Al principio, había desconcertado al extraño, pero después el extraño había ido aprendiendo y nadie más que el soldado podía haberle hecho aprender. Él enseñaba muy bien y el otro aprendía rápido. Demasiado. Se preguntó si, en la vida anterior de la que no se acordaba, también había dejado que los demás aprendieran demasiado rápido de sus intenciones y si lo que ahora pasaba no era más que una revelación de esa vida anterior. Una especie de maestro de sí mismo conducido fatalmente, por culpa de esa transparencia, al fracaso en cualquier desafío.
– Dime adonde, por lo menos -lo preguntó sin mucho interés, pero con la certeza de que así iba a desviar la conversación que daba por perdida.
– ¿Adonde? -con un gesto que ya había visto antes, antes de que el extraño quisiera jugar.
– ¿Es que no lo sabes? -notó que los labios se le movían y, aunque no podía ver la mueca, le pareció gracioso que esa mueca pudiera parecerse a la que trajo la cara del extraño.
– ¡Ven aquí! -otra vez las marcas de la mandíbula.
– De acuerdo, no me digas adonde. Pero dime por qué quieres llevarme.
El otro dio un paso adelante y pareció que en ese paso iban a moverse los brazos y caer sobre el soldado igual que cuando le habían arrastrado al río y después quisieron levantarlo como un fardo. Pero los brazos se quedaron quietos y abajo y la masa musculada se detuvo como si la pregunta hubiera hecho un muro.
– ¡Tú no puedes hacerme esa pregunta! ¡Tú no entiendes que no puedes hacerme esa pregunta!
No supo qué le había asustado de repente, pero el soldado enseñó las uñas a la altura de la cara en un gesto reflejo que le devolvía al refugio de su propio cuerpo. No eran sólo las uñas contra el extraño, eran también las uñas que le separaban de lo que no quería ver. No las movió sobre la otra cara. Simplemente, las dejó allí, ocupando un lugar en la noche que empezaba.