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El hombre mayor, el que era padre de Martin, estaba comiendo con los que debían de ser Martin y Abdellah. No eran los mismos, ahora parecían dos presencias adultas, sentadas en el extremo de una mesa alargada -demasiado juntos y sólo en eso niños todavía- que presidía el padre. Una mujer más oscura que Abdellah, pero alta y grande, con un pañuelo blanco en la cabeza, iba de un lado a otro del comedor y a veces se quedaba quieta, con los brazos cruzados, como si vigilara una operación decisiva. La cabeza de Martin sobresalía de las otras con una ligera inclinación de animal cuellilargo, tan delgado como antes y algo de pájaro deslumbrado en el perfil y en los ojos. Abdellah, en cambio, parecía haber crecido a lo ancho de una forma poco natural, aplastado por una fuerza de arriba que sólo le había dejado escapar por los laterales. El aparador, los sillones de la ventana, la mesa de madera pulida en la que estaban comiendo, los cuadros con paisajes de montaña, las pantallas de macramé de los rincones, aislaban esa habitación del mundo del terraplén y del zoco, del mundo de las callejuelas de tierra y de las explanadas con hombres sentados.
– ¿De qué te ríes, Martin? -el padre apoyó el tenedor en el plato y se estiró, pero ese movimiento sencillo que consistía en mirar de frente pareció costarle un gran esfuerzo.
– No me estaba riendo, padre. Miraba a Abdellah. Abdellah levantó la vista, pero sin apartar la cara del plato y dejando la cuchara suspendida en el aire. El ojo izquierdo tenía una pequeña cicatriz entre la ceja y el párpado que lo cerraba poco después de la mitad. La boca siguió entreabierta, como si de momento las palabras de Martin no fueran suficientes para renunciar a lo que había en la cuchara.
– ¿Le mirabas? -insistió el padre sin cambiar la postura rígida en la que le había dejado el esfuerzo y que ponía distancia con el plato y en general con el hecho de tener que alimentarse.
– Come igual que el primer día -dijo Martin, quizá sin darse cuenta de que todo lo decía con una sonrisa.
El padre miró a Abdellah. Abdellah dirigió la vista a uno y otro varias veces.
– A toda velocidad, como si le fueran a quitar el plato antes de que terminara.
– Martin… -empezó a decir el padre en lo que a continuación habría sido un reproche.
– Por ejemplo, nunca le hemos convencido de que coja los garbanzos con el tenedor. ¿Verdad, Zora? Dice que en la cuchara entran más.
Ahora fue Abdellah el que sonrió con la misma sonrisa que había en la cara de Martin sin que quizá Martin se diera cuenta.
– Este niño aprenderá muchas cosas, pero en la comida no va a aprender nada -dijo la mujer negra y alta que estaba quieta desde hacía un rato detrás del padre, sonriendo también.
Abdellah siguió comiendo de forma más exagerada que antes, con una especie de orgullo por haber provocado la conversación, bajando la cabeza hasta el plato y con la mirada fija en un punto del mantel más allá del plato, desde el que parecía controlar movimientos extraños que pusieran en peligro lo que llegaba a su boca. La cicatriz que medio le cerraba el ojo le daba un aire todavía más precavido. A través de la barba incipiente y del rostro ancho y más trabajado que el de Martin -comenzaba a hincharse como el de un hombre maduro-, podía verse al niño Abdellah, desvalido y raquítico, que suplicaba que Martin no fuera a pelear con la misma desolación con la que estaba comiendo. El mismo niño al que, tal vez, la noche de la encerrona, habían tenido que coser heridas en todo el cuerpo -heridas como la de aquel ojo- y al que Martin fue a ver con la conciencia tranquilizada del que quiere resarcir una desgracia de la que no se siente ajeno del todo.
Abdellah, Martin y el padre salieron al paseo del terraplén. Iban por el mismo camino, en la dirección contraria al Lucus, siguiendo la costa de mar abierto y cielo amarillo que se extendía en cortes calcinados. El padre, con el traje gris oscuro y un paso vivo que daba la impresión de querer salir cuanto antes de la calle y del sol -más que la impresión de tener prisa por llegar a un sitio-, se fue alejando insensiblemente y sin despedida de los dos muchachos, que tampoco prestaron atención a una forma de separarse a la que debían de estar acostumbrados.
Martin parecía una torre al lado de Abdellah y Abdellah parecía la sombra en el suelo de esa torre cuando el sol le cae justo encima.
– Esta tarde vamos a tu casa -dijo Martin.
– A mi casa, no -murmuró el cojo, mirando al terraplén.
– No digo a tu casa, ya sabes lo que quiero decir.
– Hoy es la tarde en que ayudo a tu tío en los garajes.
– Yo te espero en la puerta del Grupo, hasta que llegues.
– A lo mejor, tardo.
– ¿Qué quieres decir con «tardo»?
– Que tardo, Martin, que tardo -Abdellah se estaba enfadando-. Quiero hacer lo que me mande tu tío, eso es lo primero.
Torcieron hacia dentro. Había mujeres echando baldes de agua detrás de una verja. El edificio tenía abiertas las puertas de una nave oscura de la que salía olor a mercado. Abdellah se quedó mirando.
– ¿Para qué quieres conocer a Salima? -preguntó de repente, como si las mujeres con los vestidos mojados y acarreando cubos con las dos manos hubieran alentado la pregunta- ¿Vas a ayudarla?
– Sólo quiero conocerla y no sé lo que voy a hacer. ¿A qué viene tanto jaleo? ¿Es que te gusta?
– No seas cabrón, Martin -dijo Abdellah pegándose a la muleta con su gesto de niño-. Lo que pasa es que sólo la has visto una vez.
– ¿Es que hay que verla muchas veces para pensar algo? Y, oye Abdellah, no soy un cabrón. Te lo he preguntado en serio.
Doblaron por la esquina del mercado y avanzaron por una calle amplia, arenosa y rojiza, donde gente invisible hablaba en los portales y en los patios refrescados por la sombra. Las voces llegaban a la calle con bastante claridad. Abdellah y Martin las escuchaban sin decirse nada.
Llegaron a un edificio blanco, de una sola planta, del que colgaba un cartel con fondo negro y letras de bronce que decía «Misión cultural española Luis Vives».
– A las seis estaré aquí -dijo Abdellah sin mirarle y siguiendo con su paso de cojera, mientras Martin se detenía en la puerta.
– Abdellah…
– Qué.
– ¿No quieres que vea a Salima?
El tullido giró sobre la muleta y le lanzó su mirada escondida de arriba abajo.
– No sé -contestó con la mirada y media cargada de sinceridad y de prevención, antes de volver a girar y desaparecer.
Martin atravesaba un patio de plantas umbrías y altas con una fuente en el medio. Estaba rodeado de ventanales de los que salía el runrún laborioso de las aulas llenas de muchachos. Abrió una cristalera y se introdujo en una clase en la que su padre daba instrucciones a treinta o cuarenta alumnos varios años más jóvenes que Martin. Se sentó ante una mesa separada del resto de los pupitres, al lado de la mesa de la tarima. Colocó un paquete de libros encima y se quedó observando las evoluciones del padre por el pasillo central.
Paseaba arriba y abajo repitiendo una especie de cantinela, con las manos en los bolsillos y la mirada siguiendo la puntera de los zapatos. Los chavales escuchaban con el plumín suspendido sobre libretas engordadas por la tinta. De vez en cuando se paraba delante del ventanal y contemplaba el jardín en silencio, durante un tiempo en el que nada se movía en el aula. Luego, volvía la cantinela y el ruido de pasos, siempre en un tono que parecía no querer alterar la cosas -no alterar el jardín, no alterar la voz, no alterar lo que había fuera de los tabiques de la escuela- y también hacer que las cosas fueran aterrizando sobre el sitio que les correspondía hasta quedar sujetas a él para la eternidad restante.
El Martin que observaba todo eso -igual que el Abdellah que comía era el Abdellah de la desolación y la pelea- no era distinto del chiquillo que se refugió en la iglesia de cerámica dorada, en la oscuridad que le fue liberando de tener que buscar afuera. Una atención fija en el perfil de pájaro con los ojos demasiado grandes, de color verde líquido, siempre sorprendidos. Sorprendidos o asustados: quizá con una capacidad extrema de sorprenderse y de fijarse a causa de un temor anterior que se quedaba siempre en el origen de la expectación.
Y el aspecto del padre no contradecía esas sensaciones. La carne consumida, el tinte amarillento de la piel, los ojos arrugados, grandes pero escondidos por las arrugas, los labios muy finos que apenas se movían para hablar, el esqueleto desgarbado y sedentario que Martin había heredado, no eran los caracteres de un hombre cansado o envejecido, sino los de un hombre que se había construido frente a los demás y que había llegado al grado más alto de ajuste entre cuerpo y conciencia. La clase de hombre a la que nada puede tocar y, con toda seguridad, nada o nadie había tocado. Que está por encima de la exageración y de la sangre, igual que su traje gris estaba por encima de la vestimenta que sale elegida de un armario con muchos trajes.
– ¿Qué vas a hacer ahora? -el padre estaba delante de Martin, examinando el lomo de los libros que había sobre la mesa.
– Sólo me queda acabar la Química.
– ¿Cuándo tienes que ir a Tetuán?
– El martes, pero tengo tiempo de sobra.
– ¿Seguro?
– Seguro. El jueves por la tarde ya no habrá más bachillerato para mí -dijo Martin en un tono triunfal que esperaba una respuesta del padre.
Pero el padre se había dado la vuelta hacia la tarima y la mesa con la rapidez del maestro que ha encargado la última tarea.
– Padre…
– Dime, Martin -contestó el maestro sentándose arriba.
Martin se levantó y subió a la tarima. Apoyó levemente los brazos en la mesa en un gesto de alumno privilegiado que consulta.
– Voy a preguntar también por lo de Magisterio.
– ¿Maestro? -dijo el padre levantando la cabeza, al mismo tiempo que se ponía unos lentes estrechos y abría un libro.
– Ya hemos hablado de ello -contestó el muchacho en un tono que daba a entender que no le importaba seguir hablando.
El padre echó un vistazo a la clase por encima de los lentes. Se detuvo un instante en un sitio fijo en el que no había nada, sólo pared, antes de volver a mirar a Martin.
– Después de que preguntes, podemos seguir hablando – dijo.
Martin regresó a su mesa con aire satisfecho y permaneció un rato con la vista perdida en el pasillo central, en las cabezas de los que se aplicaban sobre las libretas -había cabezas de muchachos oscuros y de muchachos más blancos mezcladas en una proporción casi igual -, en el ruido de los tinteros, en el murmullo del jardín. Luego, abrió el libro de Química y estuvo leyendo en la misma línea mucho tiempo, en la postura un poco rígida con la que el padre miraba también el libro que las manos sostenían casi enfrente, una postura con aire de familia y consciente – mesa incluida- del lugar que ocupaba en el aula.
Empezaba a oscurecer. El cielo tenía una resistencia roja que alumbraba detrás de manchas negras. En la plaza, los corros de gente parecían detenidos en esa luz indecisa que borraba gestos y movimientos de los que solamente hablaban. La mayoría estaba de pie y el rumor que se levantaba de la plaza redonda, sin jardines ni calzada y media docena de bancos llenos hasta los respaldos, no era más fuerte que el de la brisa que empujaba restos de polvo y de plantas en dirección al mar.
Martin y Abdellah estaban apoyados en una fachada ocre, distanciados de la masa de chilabas que ocupaba el centro de la plaza. Lo más cercano era un grupo de muchachas árabes, vestidas como los demás, pero a las que la ropa amplia y basta ocultaba de una forma especial. Parecía como si sobre los cuerpos elásticos y con energía hubiera caído un manto uniforme de secreto que sólo permitía expresarse a las manos y a la cara.
Era un corro más agitado que los que se veían detrás. En realidad, ni siquiera formaban un corro. Se trataba más bien de dos filas enfrentadas de cuatro o cinco muchachas que se reían a golpes y el ritmo de esos golpes parecía manejarlo una que caminaba entre las filas diciendo cosas y tocando los cuerpos que se contraían y a veces reculaban. Algunos hombres miraban hacia allí regularmente. A diferencia de las otras, la que se movía por en medio llevaba la cabeza sin cubrir, con una melena corta de color caoba oscuro que acompañaba estratégicamente la resolución de los gestos intrigantes y algo perversos con que agitaba al grupo. Era distinta en más cosas. Su tez era menos oscura sin dejar de serlo: en cualquier caso bastante blanca como para dejar asomar dos rosetones que le encendían la cara por encima de la mancha tostada de la piel. Los labios carnosos, pero dentro de líneas alargadas y de un rojo diferente, enseñaban con la risa permanente una dentadura brillante. Después estaban los ojos, con párpados semitristes, de color pardo verdoso, que chispeaban y se hacían más grandes de lo que eran en una cara de perfiles rectos, pero de estatua conmovida. Era bella. Bella como para tragarse ella sola toda la luz que quedaba en la plaza redonda y para iluminar también a los que querían estar cerca. Bella como para quedarse aparte del paisaje. Más extranjera que Martin, el pájaro perplejo de ojos líquidos que no podía mirar a otro sitio.
– Vámonos, ya -dijo Abdellah -. Se va a dar cuenta todo el mundo y después van a mirarme a mí.
Martin no le escuchaba.
– No parece de aquí. Me habría fijado antes -murmuró.
– Es de aquí -contestó el cojo con cansancio-. A ella le gusta decir que su padre era francés y que su familia es fasí o de Casablanca, según le da, pero ha estado toda su vida en la casa que está pegada a la mía.
– Me habría fijado antes -seguía repitiendo el larguirucho.
– El año pasado era distinta. Las mujeres crecen de una vez. Hoy son niñas y mañana están sosteniendo el pez en el zapato. Y ahora vámonos. Podemos esperarla en la puerta de mi casa. Tiene que volver enseguida.
– ¿De verdad trabaja en el Lucus? -Martin había puesto un brazo delante de Abdellah, que empezaba a marcharse.
Salima continuaba revoloteando entre las otras muchachas. La cara se le había ido encendiendo, pero seguía yendo de un lado a otro como si el juego la excitara cada vez más en vez de fatigarla. No miraba a Martin y Abdellah, pero los muchachos estaban suficientemente cerca y formaban parte de un público que ella metía sin querer en su juego, igual que metía las miradas furtivas pero intensas de los hombres de los corros. La mirada de Martin, por su parte, era de las que esperan una contestación y esa espera le retenía contra la incomodidad de Abdellah.
– De verdad trabaja en el Lucus, pero tú no sabes qué es el Lucus -gruñó Abdellah.
– ¿No es la fábrica de conservas? -preguntó distraído y tratando de alargar el ultimátum que le había dado su amigo.
– No sé qué quieres de Salima -dijo el cojo mientras empujaba sin convicción el brazo que le cortaba el paso-. La fábrica de conservas, sí. Muchas mujeres esperan a la puerta hasta que cae alguna de dentro. ¿Qué crees que es Salima, Martin?
Martin no podía responder a eso. Salima estaba allí, demasiado cerca como para ser distinta a lo que los ojos de Martin estaban viendo. No podía descubrir nada de ella que no estuviera en la plaza, la figura delgada sobre los pies ligeros, el pelo caoba, los ojos y la boca que nunca hubiera podido imaginar por su cuenta, extraña en un paisaje de rumor polvoriento.
Habría danzado así en su memoria de esa noche y de muchas noches más, si Salima no se hubiera parado de repente y se hubiera puesto a toser con una mano en la boca y otra en el estómago. Las otras muchachas también se pararon. Salima se apoyó en un hombro y después empezó a respirar con la boca muy abierta. Hizo un gesto gracioso con la mano, como si se diera aire y se despidió del grupo con una sonrisa. Pasó por delante de ellos sin mirarles, con la cara enrojecida y la piel brillando de sudor.
– Va a su casa -dijo Abdellah.
– Vamos detrás.
La encontraron sentada en la puerta, con los brazos rectos apoyados y la mirada perdida en la pared de enfrente. Martin y Abdellah se quedaron una puerta antes y se sentaron también después de que el cojo echase un vistazo al portal.
– Voy a hablar con ella -dijo Martin.
– Está en la puerta de su casa -advirtió Abdellah.
– Sólo hablar.
– Yo vivo aquí -dijo Abdellah apretando los dientes.
El larguirucho había hecho el gesto de levantarse y permaneció en ese gesto, echado hacia adelante con la mirada de pájaro fijo, a punto de caer y de volar al mismo tiempo.
La postura inmóvil de la muchacha, por cuyo perfil de estatua perfecta y extranjera debieron de estar resbalando con la parsimonia de una caricia los ojos verdes y líquidos, se descompuso con un nuevo golpe de tos. Fue extraño. En el primer acceso, ella se volvió y miró a Martin como si acabara de descubrir que él estaba allí y Martin se retiró como el que se cubre de un fogonazo. Ella echó rápidamente las manos a la cara y esas manos también fueron extrañas, porque resultaron ser mucho más negras que el resto del cuerpo, sobre todo las uñas, donde el tinte oscuro corría por canales amarillentos. Martin arrugó ligera, pero perceptiblemente, el ceño y durante ese tiempo no debió ver el cuerpo sacudido por una queja seca, de perro, que llenaba la calle y entraba en los portales, porque durante ese tiempo sólo vio uñas negras.
Durante ese tiempo, por la postura del cuerpo retirado y la arruga frontal que parecía hacer preguntas al resto de la cara y al cerebro que la movía, Martin parecía haber sido desconcertado por la simple aparición de unas manos capaces de esconder todo lo que Martin había visto. De esconderlo para descubrir que la mujer que había visto tal vez no era distinta de las demás y que las uñas negras eran la única realidad después de toda su imaginación. ¿Quién crees que es Salima, Martin?
En aquella confusión -instantánea, pero que quedó marcada en una expresión nueva- Martin no se fijó en el muchacho un poco mayor que ellos, con el mismo rostro de Salima aunque de una oscuridad entera, que había empezado a hablar con Abdellah en español y que sólo quería hablar con Abdellah.
– Ya lo ha visto todo, Abdellah. Ahora se puede ir -estaba diciendo el desconocido, de pie y casi encima del cojo.
– Nadie está viendo nada, Temsamani. Estoy en la puerta de mi casa. Déjale en paz -Abdellah miraba a la goma de su muleta, pero con una firmeza que Martin estuvo a punto de agradecerle allí mismo.
– Comes en su casa y vives de su casa. Pero no le traigas a mirar a la mía. ¿Eres su perro, Abdellah?
– ¡Eh, tú! Espera un momento -empezó a decir Martin.
– No estoy hablando con usted. Estoy hablando con mi vecino. Le pido que se esté usted callado. Sabes lo que pasa, pues si sabes lo que pasa ¿a ti te gustaría? -siguió el llamado Temsamani, mientras se escuchaban las quejas de Martin, que no conseguía levantarse del quicio.
– No vuelvas a llamarme perro, Temsamani. No vuelvas -la muleta del cojo pegó en el suelo con una fuerza que hizo retroceder al que estaba de pie-. O por Alá vivo que no te van a bastar las dos piernas que tienes. Te he entendido y ahora nos vamos. Ahora nos vamos, Martin.
Cuando se levantaron, Salima había desaparecido.
– Es culpa mía -dijo Martin, más adelante, en una de las callejuelas que desembocaba en el terraplén, con la noche cerrada.
– No es culpa de nadie -contestó el cojo y la figura achaparrada le pareció fuerte por vez primera, no mutilada o gruesa, sólo fuerte.
– Él dijo que tú sabías lo que pasaba. ¿Qué pasa, Abdellah?
– Por eso sé que no es culpa de nadie.
– ¿Es por Salima?
– Salima no es como tú, Martin. Y tú tienes que saber que no es como tú.
– ¿Es porque es pobre? ¿Porque es magrebí? -Porque es pobre y porque es magrebí, como tú dices.
Martin se puso delante del cojo y le paró con las manos.
– No es por eso -dijo el pájaro mirando hacia abajo.
– Te equivocas. Es por eso.
– Dime la verdad, Abdellah -los ojos del larguirucho le miraron de una forma especial y Abdellah los estuvo estudiando antes de responder.
– Te he dicho la verdad. Está enferma. Porque es pobre y porque es magrebí. ¿No es eso lo que te he dicho?
Los brazos de Martin se desplomaron lentamente.
– ¿Enferma?
– Enferma. Y tiene que morir.
– ¿Cuándo?
– Algún día.
– Todos nos morimos algún día, Abdellah. Pero yo quiero saber cuándo.
– Algún día, ésa es la fecha. Tú sabes que tienes que morir algún día, pero ese día no está contigo ahora. Salima tiene que morir algún día y ese día está con ella ahora. ¿Ves la diferencia?
– ¿La han mirado los médicos?
– Ya está bien, Martin. No te pongas pesado. Con médicos o sin médicos, va a morir. Lo tiene aquí -Abdellah se llevó un dedo al pecho.
Abdellah se metió en la casa de la verja y Martin se quedó mirando el horizonte negro más allá del terraplén.
– Tiene las manos negras, la cara blanca y se va a morir -dijo en voz alta, como si estuviera decidiendo algo que tenía que escuchar antes de decidir.