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– Esta tarde tenemos que ir a ver a Emilia -ha comentado Allende. Allende ha vuelto a casa esta tarde con una bandeja de rosquillas del santo: rosquillas listas, rosquillas tontas, de Santa Clara y francesas. En lugar de sentarse los dos a tomarlas con un café con leche, como Durán esperaba, Allende ha declarado: «Esta tarde tenemos que ir a ver a Emilia.» Ramón Durán se ha sentido incómodo, inquieto:
– ¿Por qué tenemos que ir? No tenemos que ir. Estamos bien aquí.
Allende contempla al chaval, sentado frente a él en la mesa de la cocina. Allende piensa: Es verdad que no tenemos que ir. ¿Querría quedarse conmigo si yo insistiera? Toda mi vida he soñado con un compañero como éste. Algunas tardes el deseo de encontrarme con un chaval así, de la edad de Durán, del aspecto de Durán, se vuelve doloroso. Pero a la vez ese deseo -y ese dolor- resulta cómico. Allende no puede tomarse por completo en serio. Cuando la realidad y el deseo se enfrentan al atardecer en su conciencia, Allende no logra tomarse por completo en serio. ¿No es esto una virtud? Es, ciertamente, un alivio. Y sirve -como ahora mismo- para que Allende se atenga a su propósito declarado de instalar a Durán en casa de Emilia.
– Podría quedarme aquí -dice Durán-, no te molestaría, te limpiaría la casa. Podríamos ir al cine juntos los sábados.
Durán piensa: No lo digo por decir. Es verdad que me quiero quedar aquí, no quiero ir a casa de esa Emilia. ¿Por qué no quiere que me quede aquí con él?
– ¿Por qué no quieres que me quede aquí contigo? Podría pagarte un alquiler. ¿O es que tienes a alguien?
– No. No tengo a nadie.
– Entonces, ¿por qué? ¿No te gusto, o qué?
– Es que tienes que estar solo, arreglártelas solo. Lo del cine de los sábados me parece estupendo, pero tiene que ser que quieras, y tiene que ser también que quiera yo ir al cine contigo. Si vivieras aquí, y a mí me gustaría, acabaríamos haciéndonos sufrir. ¿Y si yo quisiera ir al cine y tú quisieras irte a bailar con un chico nuevo, entonces qué? ¿Y la diferencia de edad qué? ¿Tú estás seguro de que quieres vivir aquí? ¿O es que ahora mismo te asusta salir fuera?
– Tienes miedo a comprometerte -dice Durán enfurruñado. Le está pareciendo que Allende le quiere echar de ' casa.
– Puede. Pero no lo creo. Comprometerme ahora mismo contigo me encantaría, lo estoy deseando, me gusta tu compañía.
– Entonces, ¿por qué quieres que me vaya?
– Voy a ponértelo más claro: si al cabo de dos o tres años de vivir tú fuera de esta casa nuestra relación siguiera en pie, entonces sería cosa de pensarlo, pero no ahora. Ahora darías cualquier cosa por no tener que moverte y buscar una vía, una salida. Estarías encantado de fregar aquí los platos, cualquier cosa, con tal de no tener que estudiar algo, aprender algo, tratar de encontrar un empleo que no sea servir copas en los bares. Fíjate que no hablo de conocer a otra gente, aunque eso es parte del asunto, claro está. No estoy siendo, Ramón, ni siquiera desinteresado. Estoy siendo realista y estoy diciéndote algo que creo de verdad: que con veintiocho años debes arreglarte solo: has heredado lo de tu madre, no dependes de nadie. Te estoy animando a instalarte con una persona, Emilia, que es una mujer algo más joven que yo, hecha y derecha, muy independiente… Ahí puedes instalarte cómodamente, pensar, las cosas, venir a verme de vez en cuando, ir a verte yo a ti, pero guardando las distancias. Sólo se salvan las distancias que se guardan, y entre nosotros dos esto es especialmente verdadero.
Allende piensa ahora que está haciendo el tonto y perdiendo la oportunidad de retener a Durán: la verdad es que el chico le necesita ahora. El duelo por su madre recomenzará, Juanjo y Salazar volverán a liarle, ha perdido la costumbre de trabajar y de estudiar. Solo se sentirá perdido, necesitará apoyo. Allende tiene costumbre de tratar casos como éste. No le asusta a Allende ocuparse de una persona como Durán: ha trabajado con chicas y chicos más difíciles. Siente, por lo demás, sincero afecto por el muchacho. Aparte, claro está, atracción. ¡Ojalá no se hubiese presentado tan pronto la atracción física! -decide Allende-. Si se hubiera retrasado la atracción física, habría podido yo engañarme ahora un poco. Tenerle en casa y envolverle a él y envolverme yo mismo en una actividad pseudoplatónica de enseñanzas, una falsa paideia. Pero hubiera durado un tiempo sin problemas. Hubiera sido muy agradable mientras duraba. Los dos hubiéramos sabido desde un principio de qué iba cada cual. Y sobre todo yo hubiera sabido con toda exactitud de qué iba yo mismo: el deseo, sin embargo, mis deseos, de haber sido más tenues, menos vehementes, menos visibles para mí mismo, habrían, en ese supuesto escenario, presionado menos mi conciencia moralizante: por mi culpa, por culpa de mi gendarme internalizado, tengo que imponer barreras exteriores para no echarlo a perder todo ahora. Pero las barreras exteriores acabarán, de hecho, echándolo todo a perder: el chico me olvidará si no me ve con frecuencia. Ahora tengo una pequeña oportunidad, al cabo de un año habré perdido esta oportunidad, ¿y qué? Tengo que hacer lo que mi instinto moral me lleva a hacer: no debo intentar retenerle. A medida que va pensando estas cosas, Allende va sintiéndose a la vez más confirmado en su decisión de alejar a Durán para que se valga por sí mismo. Y más ridículo: estos últimos años, cada vez más claramente, cada vez que Allende toma una decisión que contraría sus deseos de felicidad o de placer, se siente ridículo: no siente la satisfacción del deber cumplido (aunque en lo esencial de eso se trata), siente la irritación melancólica que sentimos cuando dejamos escapar una oportunidad de placer.
– Me gusta cómo hablas. Cuando estoy contigo, igual no lo crees, pero es verdad, siempre que estoy contigo, cuando nos encontramos en la calle, como aquel día, ¿te acuerdas?, en la Gran Vía, y luego también en Marbella, lo que hablamos, todo lo de mi madre, siempre que hablo contigo, y sobre todo cuando me hablas tú a mí, tengo ganas de abrazarte. O sea, no de darte un abrazo o de que me des tú un abrazo a mí, de abrazarme a ti, de eso tengo ganas. Yo sé que te gusto, ¿sabes, Paco? De eso me he dado siempre cuenta, de si le gusto a alguien. Y a ti te gusto mucho, me doy cuenta de eso, y ese sentimiento que sientes por mí me gusta a mí sentir que lo sientes. Ahora mismo, si tú quieres, si quisieras, me dejaría hacer lo que tú quieras, te besaría con gusto. Yo no he tenido padre, en mi casa no había hombres, éramos mi madre y yo, y yo era el hombre. Me gustaría que me llevaras de la mano por la calle, me gustaría cogerte la mano, y que me acariciaras. ¿Sabes por qué digo todo esto?
– No. No sé por qué lo dices. Es agradable oírlo, por supuesto. ¡Ojalá fuese verdad! Pero yo no creo que sea verdad…
– ¿Crees que te estoy mintiendo, entonces?
– No. No creo que estés mintiendo, creo que estás expresando lo que sientes ahora mismo. Me estás dando tu temperatura. Es como si me estuvieras dando tus constantes vitales: tensión arterial máxima y mínima, pulsaciones, temperatura corporal… en este instante. Ojalá yo pudiera entregarme a este instante, pero no puedo.
– ¿Por qué no puedes?
– Bueno, ahí está el asunto. No sé qué contestar.
– No puedes porque te acobardas. En el fondo, Paco, me deseas pero te asusta echar un gran polvo conmigo, la corrida de tu vida. Y esto, Paco, lo digo humildemente. Córrete conmigo y te olvidarás de todas las penas, y yo también. ¿Por qué no pasamos juntos esta noche? ¿Por qué en vez de ir a casa de esa estúpida Emilia no nos corremos como Dios, todas las veces que podamos? Nunca me has visto desnudo. Me da morbo, ¿me desnudo ahora mismo? Estoy empalmado, mírame.
– Hay dos opciones, Ramón, una es entrar al trapo, entrar a este trapo tuyo maravilloso de pasar la noche juntos. También yo, si quieres saberlo, estoy empalmado ahora. Esta es una opción, ¿y cuál es la otra opción? La otra opción es irnos a ver a Emilia y cumplir más o menos el programa que tenía yo pensado y que es lo que yo creo que más te conviene. Si te detienes por un instante a pensar en lo que ahora me ofreces, descubrirás el intenso temor que sientes a no ser capaz de ofrecer ninguna otra cosa excepto tu precioso cuerpo. Me ofreces la única cosa de la que te sientes seguro ahora mismo: tu maravilloso cuerpo joven y fuerte y fibroso y dorado, tan íntegro. De eso estás seguro y me lo regalas porque sabes que yo lo deseo, y que yo te desee te satisface, te llena de placer, te hace sentirte estupendo. Pero yo deseo, sin negar tu encanto físico, yo deseo de todo corazón que puedas ofrecerme algo más, más adelante. Si nos acostamos esta noche, no habrá diferencia ninguna entre Salazar y yo, entre Juanjo y yo. Reproduciremos en esta casa, y entre tú y yo, las primitivas prácticas de seducción y entrega y seducción y abajamiento que tantísimo placer nos dan a todos. Ceder es maravilloso, entregarse es maravilloso, follar es maravilloso. Es un antiquísimo deseo, Ramón, entregarnos a lo que ahora mismo deseamos, sobre todo yo. De pronto tú y yo podemos encerrarnos esta noche en el círculo mágico del pasado, como hace cincuenta mil años. Abandonarnos a las pasiones y a estos impulsos de bajo nivel que ahora yo siento igual que tú. Que yo te desee ahora, Ramón, es en el fondo tan poco importante, tan común, como el miedo que tú sientes a emprender una nueva vida, a separarte de la vida hedonística, placentera, que hasta ahora has llevado. Yo deseo que veas ante ti ahora una opción de mejora moral, una opción de independencia: estás solo, eres independiente, tienes que proponerte aprender ciertas cosas para mejorar tu posición. No puedes ser más un mantenido, un asobrinadito…
– ¿Y todo eso lo voy a conseguir yendo a vivir a casa de esa Emilia?
– Fíate de mí. Vamos a hacer lo que teníamos pensado hacer, aunque ahora no te apetezca. Vamos a llevarle a Emilia estas rosquillas del santo. Le dije que íbamos a ir. Vamos a ir. Vamos a sentarnos con ella en su cuarto de estar, que nos haga un café con leche rico y tomamos las rosquillas. Quiero que te vean, lo guapo que eres. ¡Con sólo verte se enamora de ti toda la gente…!
Acaba Allende con esta exclamación y, levantándose de la mesa, abraza a Ramón Durán por la espalda y le da un beso en la frente levantada. «¡Y vámonos!», añade.
Emilia lleva pantalones rojos y una blusa blanca en pico que le marca el canalillo. Emilia lleva zapatos de tacón de coja. Emilia está de muy buen ver.
– ¡Es verano, es verano! -ha exclamado al recibirles-. Acabo de hacer unas torrijas.
– ¡Pero, Emilia! ¡Cómo unas torrijas casi en verano! Eso es un horror. Te he traído yo unas rosquillas del santo.
– ¡Ah, espléndido! Son un poco sequitas, eso sí. ¿Y este chico tan guapo? ¿Éste es Durán?
– El mismo que viste y calza -dice Allende.
Allende hace ahora las presentaciones: Aquí Emilia, tu posible casera. Aquí Ramón Durán, el chico más guapo de su generación.
– Todavía tienes que ver si te gusta, o no, la habitación. Es más: si te gustamos mi hija y yo. Porque aunque las dos somos muy independientes, existir existimos, eso sí. No podemos remediarlo. Así que por las mañanas te darás de narices con nosotras, que iremos muy monas con las batas a tomar el desayuno con el Kellogs adecuado a los tránsitos intestinales de las dos y el tuyo propio.
Allende observa de reojo a Durán. Les observa a los dos, a Durán y a Emilia, que ahora están visitando la habitación de huéspedes. Si Paco Allende no hubiera sido homosexual se habría casado con Emilia y habría sido el padre de Paula, que aún está por aparecer. Cada vez que se encuentra con Emilia, Allende siente las mismas ganas de reírse, el mismo sentimiento de alegría. Cada vez que Allende ha querido resumir a Emilia, representársela, de una manera abreviada, definirla amistosamente, ha descubierto que Emilia se sale por todos los lados, es como un principio de alegre escapatoriedad.
– Esta habitación, que como ves tienes tu cuarto de baño, lo que no es es barata.
– Emilia, no seas ordinaria, el chico va a pagarte la habitación -dice Allende.
– No es barata. Pero incluye breakfast y servicio. Viene a ser un service flat.
Emilia y Allende se conocieron en el instituto. Emilia era profesora de filosofía. La hija de Emilia tenía entonces ocho años. Allende, para entonces, había cambiado mucho. Se había resignado. Esta radiante tarde de verano, hechizado de nuevo por un chaval guapo a quien ha renunciado de antemano, a quien, sin embargo, confía poder ayudar, le trae a la memoria toda su vida afectivamente insatisfactoria. Tras todos aquellos primeros años de su juventud y de su primera madurez, presidida por los cambios de pareja y los encuentros ocasionales que duraban lo que duraba la novedad de cada nueva pareja, Allende comenzó a sentir esa característica desesperación de los homosexuales de su edad: no hay nada en la sexualidad (sea homo u hetero) que garantice el interés continuado por una misma persona: en esto, la sexualidad humana se parece al hambre, que, una vez satisfecha, pasa a segundo lugar. Allende descubrió que su deseo de estabilidad emocional -su necesidad de tranquilizarse y trabajar en su profesión con los sentidos tranquilizados- no era equivalente a su necesidad de encontrar una pareja fija. Nunca tuvo dificultades para satisfacer su erotismo. Pero descubrió que el erotismo ponía en marcha una emotividad discontinua: una vez logrado el objeto sexual que en cada caso concreto se le presentaba, Allende se daba unas vacaciones. La continuada relación con una misma pareja del mismo sexo, tanto si era de la misma edad como si era diez o quince años más joven, le resultaba incómoda: ensayó las varias posibilidades que se le ofrecían en aquella época, en los años ochenta y en los primeros noventa en Madrid. Vivió con algunos hombres atractivos, por temporadas que nunca pasaban de los tres o cuatro o cinco meses. La continuidad física, tan pronto como la urgencia del deseo amainaba, era pegajosa y torpe: Allende se culpaba a sí mismo de esta situación. Hubo un tal Joaquín que duró un año entero. Era un muchacho de la edad que Juanjo tiene ahora, entre los treinta y ocho y los cuarenta. Era un chico encantador, un poco amanerado. Declaraba no poder vivir sin Allende. Estas declaraciones eran deliciosas en la cama y tediosas fuera de la cama. Y dentro de la cama sólo eran deliciosas mientras no se corrían. Una vez que se corrían, Allende añoraba una cama fresca y vacía, unas sábanas frías y limpias. Dormir con Joaquín era incomodísimo. Joaquín era muy limpio y le adoraba. La adoración, pasada la excitación erótica de cada noche, resultaba pringosa. Joaquín adoraba el besuqueo poscoital. Entonces Allende percibía el olor corporal de su compañero que durante la excitación no había percibido. Tenían costumbres higiénicas distintas. Allende era, en opinión del propio Allende, más guarro. No le amaba. Llegó a temer no poder separarse nunca de Joaquín. ¡Soy un monstruo!, decidió Allende. Escandalizaba a Allende su desamor. No le quiero. La simple idea de convivir para siempre con Joaquín le horroriza. Joaquín era aficionado a guisar, así que los fines de semana, cuando Joaquín volvía del banco, donde era apoderado de una sucursal del Banco Popular, quizá sólo jefe de sexta, guisaba ricos guisos caseros, cocido madrileño, patatas guisadas con almejas, espléndidas albóndigas, canelones rellenos de bacalao con tomate, canelones de foie gras. Era horrible. Se sentaban a la mesa de la cocina y Joaquín le cogía la mano. ¡Déjame, que no puedo comer con una sola mano!, decía Allende. Calamares en su tinta con arroz blanco, boquerones frescos, fritos y fríos, recitaba siempre Joaquín en memoria de su madre, que allá en Solórzano (provincia de Santander) enviaba regularmente sobaos pasiegos y pan-tortillas de Reinosa a la pareja. La voluntad casera y matrimonial de Joaquín no tenía límites. Almorzaban, merendaban, cenaban y veían la televisión. Después se acostaban juntos. A Joaquín se le quedaban fríos los pies, así que usaba unos patucos de lana que le hizo su madre. Los patucos acabaron sacando de quicio a Allende. Joaquín los sustituyó por unos calcetines de lana escocesa. Casi era peor. La esencia del asunto era que Joaquín le amaba con un amor matrimonial, con un amor fundacional. Hablaban de comprar un piso entre los dos, con una hipoteca, también entre los dos. Allende se veía entrampado en el resbaladero del amor matrimonial, en la tragadera del «nosotros dos», del «nuestros amigos», del «nos han convidado a los dos juntos», del «yo soy tan pasivo como activo, dante y tomante, Dante y Petrarca»: Joaquín logró introducir en el hogar conyugal cierta rijosidad cotidiana. Era un chico guapo, se ponía un picardías. No era afeminado pero tenía un punto de amaneramiento distinguido. La rijosidad matrimonial de la pareja era directamente proporcional a la perfección de sus cenas de fines de semana. Hacía unas croquetas deliciosas y unas maravillosas empanadillas de bonito, el plato de alubias de Simona, que era como se llamaba la madre de Joaquín, un gran plato culminación de la mejor cocina montañesa, eran alubias rojas con berza de asa de cántaro. Simona enviaba a su hijo grandes paquetes de hojas de berza congeladas, que se descongelaban luego. Era un plato exquisito, Allende repetía hasta tres veces. Bebían vinho verde y vinos blancos catalanes y vinos tintos de la Ribera del Duero y La Rioja. Allende logró imponer cierta limitación a la hora de los postres: ¡Por favor, no me hagas postres de cocina, estoy engordando mucho! Y era verdad, Allende tenía propensión a engordar, y engordó bastante ese año. Comer, follar y defecar: el matrimonio acabó convirtiéndose en un incesante tránsito intestinal. Se llevaban, sin embargo, bien. Allende sentía cariño por Joaquín. Durante un tiempo creyó que con ese cariño y la pasión erótico-culinaria de su compañero bastaría para llevar una vida reposada y tranquila, pero Allende -escandalizándose- descubrió que comenzaba a detestar a Joaquín. Joaquín era un buen chico: hacendoso, cariñoso, fiel. ¿Qué más podía pedirse? Teniendo en cuenta que Allende no creía, ni aquel año ni antes, en el amor romántico, hubieran podido arreglárselas para vivir juntos muchos años. A Allende, sin embargo, acabó resultándole todo ello vomitivo. Así fue como, un domingo, Allende había pasado la mañana leyendo El País, con magazine incluido, y luego El Mundo entero, con su magazine también. Últimamente no podía leer nada, sólo periódicos. Joaquín se había pasado la mañana yendo y viniendo por la casa, hablando de las ventajas de una hipoteca de Bancaja o Caja Duero o La Caixa de Aforros, Allende no recordaba de cuál. Tampoco podía fijarse ya en lo que leía, era incapaz de retener nada. ¡Me estoy convirtiendo en una gorda! Y así, dieron las dos. Resultó que aquella tarde Joaquín había guisado unos macarrones con tomate y chorizo. Nunca en su vida había tomado Allende una salsa de tomate tan rica como la que hacía Joaquín. Compraba un kilo de tomates, los pelaba, sofreía bien la cebollita, troceaba los tomates con el cuchillo, los iba picando después mientras se hacían con la espumadera, echaba cuatro cucharadas soperas de azúcar: ¡era una cosa exquisita! Una vez hervidos aparte los macarrones, se mezclaban con la salsa de tomate y con el queso parmesano rallado en una fuente honda resistente al horno marca Pirex. No sin antes haber recubierto todos los macarrones con el parmesano que quedaba y unas bolitas de mantequilla en forma de avellana. Entre quince y veinte minutos de horno y a la mesa. Cuando Allende se sentó a la mesa, Joaquín sacaba la fuente honda de Pirex que desprendía un olor maravilloso. Joaquín tenía dos guantes de horno. Una vez situada la fuente con los macarrones en el centro de la mesa, Joaquín se quitó los guantes y los dejó encima del aparador. Entonces Allende se levantó, se puso los guantes, alzó la fuente a la altura de los ojos y la dejó caer en el suelo de la cocina. La repentina violencia de aquel acto avergonzó a Allende profundísimamente. Joaquín se echó a llorar. Allende sintió una terrible compasión por su compañero. Deseó que Joaquín le pegara violentamente en la cara. Le pidió perdón. Lloraron los dos. Era imposible (descubrió Allende) explicar lo sucedido: se estaba arrepintiendo, podía pedir perdón, pedía perdón desesperadamente a su amigo: pero lo ocurrido era la suma de todas las irritaciones y dificultades de un año entero. Allende se sintió incapaz de explicitarlas. A consecuencia de la violencia del acto de Allende, la fuente reventó en mil pedacitos, los macarrones se esparcieron por todo el suelo de la cocina, que hubo que fregar tres veces. A consecuencia de la injustificada violencia y del arrepentimiento de Allende, la relación se prolongó aún dos meses más. La separación fue terrible: se alargó durante otro año con idas y venidas de Joaquín a casa de Allende, reconciliaciones y nuevas irritaciones. Finalmente lo dejaron. Allende vivió esta separación como su gran falta moral, su gran derrota espiritual, se aborreció a sí mismo, se sintió incapaz, durante todo el año siguiente, de ligar con nadie más. Se masturbaba salvajemente por las noches, se odiaba. Entonces fue cuando conoció en el instituto a Emilia. Y la alegría de Emilia fue una gran liberación. Volvió a sentirse, si no moralmente bueno, al menos pasablemente humano otra vez. Se acostumbró a almorzar los fines de semana en casa de Emilia y a ocuparse de las matemáticas y la física de Paula. Se sintió querido sin empalago. Llegó a pensar que Emilia y Paula iban a ser su destino final.
El recuerdo de Joaquín mortificaba a Allende a diario. Esto merece ser reseñado: que la mortificación (el arrepentimiento) no cesara ni siquiera cuando, al cabo de dos años, tras el accidentado año de idas y venidas, de reiniciaciones y rupturas, Joaquín por fin encontró un compañero estable. Allende se alegró de todo corazón. No se permitió la menor broma o la más mínima ironía. El nuevo chico de Joaquín era muy agradable, aficionado al fútbol, era hincha del Madrid, era, sobre todo, un chico tranquilo. En la fase inicial de esa pareja, al haber quedado finalmente Allende y Joaquín como buenos amigos, hubo un momento, unos meses, en que Allende pensó que tenía que ser especialmente cuidadoso: no sólo tenía que sortear las frecuentes llamadas telefónicas de Joaquín para discutir su nuevo novio, sino también (con el consiguiente peligro de que se le escapara alguna guasa) tenía que procurar no mostrarse demasiado entusiasmado por la feliz solución: Allende no se sentía posesivo con respecto a Joaquín, no sentía celos de su nuevo compañero, pero a veces sentía cierta urgencia de que aquellas consultas cesaran: deseaba que Joaquín, de una vez por todas, se sintiera seguro con su nuevo chico que -felizmente- vivió con gran ingenuidad toda esta fase preliminar. Era un chico forzudo, de buen diente, le encantaban la televisión y los ordenadores, y los teléfonos móviles y los GPS, y tenía un cochecillo comprado con un crédito. Lo único que con discreción procuró Allende inculcar a su ex novio fue lo que Allende consideraba que había sido una parte involuntaria de la ruptura entre ellos dos: el carácter un poco agobiante del bondadoso Joaquín. Tienes que dosificar el cuidado, las atenciones, las comidas. Esto de la alimentación sorprendía mucho a Joaquín (que le sorprendiera era, a ojos de Allende, una muestra inconfundible de su noble ingenuidad). ¡Las comidas las hago yo porque soy el que sé!, había contestado Joaquín. Tú no sabías y Pipe tampoco. Era evidente que en el mundo intencional de Joaquín el modelo de pareja eran sus padres: su madre, Simona, que allá en Solórzano seguía enviando a la pareja sobaos y morcillas los meses de matanza. Claro está que una vez que se reciben en una casa una ristra de morcillas, un buen hijo, un buen amante, las tiene que guisar. Y entonces comienza ya la cadena de cocidos madrileños, cocidos de alubias, pinchos de morcilla, en una palabra, todo el ritual gastronómico que para Joaquín era sinónimo de la felicidad conyugal. Ahora que Allende no tenía que almorzar copiosamente todos los fines de semana, y que había conseguido adelgazar un poco (Emilia no guisaba mal pero guisaba ligero, muy en la línea verde de las ensaladas y el pescado al horno) contemplaba con benevolencia las preparaciones culinarias de Joaquín que, de alguna manera, formaban parte esencial de su idea de la vida feliz. Que Allende no hubiera sido capaz de apreciar esto formaba parte de su remordimiento: que la alegría de los guisos bien guisados y de sentarse a comer a la mesa con buen apetito no se le hubiera contagiado a él mismo le parecía parte de su escandalosa violencia. Decía entre sí: Soy un mal homosexual, soy homófobo sin reconocerlo. Soy incapaz de reconocer el buen amor cuando me lo regalan. Por otra parte, había en la textura maternal de los cuidados que Joaquín prodigaba a sus parejas un punto rígido, casi desafiante, una especie de solapada declaración de principios: la felicidad es mi casa materna: ése es el paradigma de la buena vida, de la estabilidad y del amor de las parejas. Era imposible negar esto. Allende también pensaba algo así cuando, considerada la cuestión homosexual (en general o en sí mismo), llegaba a ese punto, tan de actualidad, en que es preciso afirmar la normalidad de las relaciones homosexuales. En la variedad está el gusto, solía decir Joaquín. Y cada vez que lo decía, acometía a Allende una visión rosa y sepia de Solórzano, la casita paterna, con los geranios en la solana. La solana con dos canarios en su jaula. El olor admirable, sin duda, de los guisos a la hora de comer. Las largas sobremesas con el telediario de TVE-, las cabezadas paternas, la hacendosidad materna, el boldo y el poleo menta. Quizá, teniendo en cuenta las excepcionales inclinaciones eróticas del hijo, una infusión de escaramujo con hibiscus los días de gran gala. La posterior merienda, con un espacio de hora y media para dar un paseo por Solórzano, la paz del hogar. Allende reconocía que era imposible censurar nada de esto: sólo resultaba inefablemente cómico a ratos. El bien es un almuerzo en familia. Allende se daba cuenta de que lo que él mismo rechazaba en estas estampas no era tanto el bienestar o la buena comida (cosas que Allende disfrutaba como el que más) sino la inmersión deliberada en la normalización burguesa. ¿Era la homosexualidad compatible con esta vita beata? Lo que es evidentemente incompatible con esto es una idea de la homosexualidad inspirada en Gide, Wilde, Proust, Verlaine y Rimbaud, Luis Cernuda, Whitman, García Lorca, E. M. Forster o Gore Vidal, por no hablar de Tennessee Williams o Truman Capote o Auden o Christopher Isherwood. La lista interminable de homosexualidades no caseras se extendía hacia atrás hasta Teognis de Mégara y Sócrates y Platón y, hacia adelante, a toda la variopinta serie de homosexuales de nuestros días cuyos perfiles han quedado expuestos en la reciente colección de Joan Martínez, con un prólogo de Álvaro Pombo, de la Real Academia Española. Es curioso que en esta última antología homosexuales característicamente rebeldes y no caseros, como Luis Antonio de Villena, compartan mesa y mantel con parejas más o menos anónimas, profesionales de distintas ramas, éstos caseros, éstos sí, nominalmente al menos. Por no hablar -argumentaba Allende para su capote- del caso eminente de homosexual jurídico-político que encarnan Pedro Zerolo y su cónyuge. En todos estos casos, la contraposición entre casero y no casero, pareja normalizada y pareja excepcional, pareja fija y pareja móvil, o multipareja, resulta muy visible. Allende pensaba todas esas cosas a medida que veía que la relación de Joaquín y Pipe se afianzaba con una homosexualidad normalizada, casera, conyugal, y que su propia vida tomaba cada vez más claramente la figura del hombre soltero.
En casa de Emilia se sentía Allende a gusto. Nunca Emilia se confundió con Allende, siempre le reconoció como un estupendo compañero de trabajo y desde muy temprano reconoció en él a un homosexual. Precisamente porque era homosexual y porque tenía condiciones para hacer una vida tranquila, ordenada y laboriosa, Emilia se apoyó durante algunos años en Allende para la educación de Paula. Aparte de asesor psicológico, Allende tenía verdadero talento para la enseñanza. Fue un ingenioso profesor de ciencias y letras para Paula. Lograba despertar la curiosidad de la chiquilla y atinaba a enganchar los estudios crecientemente más complicados del bachillerato con los acontecimientos de la vida diaria. La formación de Allende, que era humanística en lo fundamental, incluía, sin embargo, una dosis considerable de buena divulgación científica. Viajaron los tres juntos, leyeron enciclopedias y libros de historia y libros de arte. Paula tomaba, igual que su madre, a Allende como una especie de hermano o tío materno sin grandes preguntas, engastado o metamorfoseado en la latitud y profundidad bienhumorada del hogar de Emilia. Cuando Allende se encontró con Durán, a través de Salazar, había dejado la casa de Emilia y vivía en un piso cercano. Ahora, la casa de Emilia, con una Paula de dieciocho años a punto de entrar en la universidad, con un Allende a punto de enamorarse de Durán y una Emilia más bienhumorada y vigorosa que nunca, resultaba un excepcional campo experimental.
¿Qué es lo que cree Allende que va a ocurrir ahora en casa de Emilia? ¿Qué es lo que en el fondo confía en que le suceda a Ramón Durán? Por de pronto, la acumulada emoción de acudir a Marbella y pasar con Durán una semana, sumada a la presencia de Durán en su casa, sumada a la sincera solicitud que Allende siente por el chico, sumada a la ascética separación del chico, que supone que ahora, solo en su piso, Allende no piensa más que en Durán todo el tiempo. Una vocecita babosa le dice: «Estás, hijo, enamorado. Si tienes ganas de estar con él, de mirarle, de tocarle, de hablar con él. Pues si eso es estar enamorado, pues lo estás.» Paco Allende reconoce ahora la voz de su conciencia menor, su vocecita marica, clueca, chueca: está enamoradito porque está deseosito de tocarle el pito al Ramón Durán. Allende sabe que tiene que pensar contra sí mismo y sentir contra sí mismo en todo esto. De lo contrario su homosexualidad se volverá clueca, chueca, babosa, empollapollas: o manda a la mierda a su conciencia babosa, o nada de cuanto ha querido ser a lo largo de su vida vale nada. Sus enternecimientos con Durán tienen que ser mortificados y negados si han de valer algo al final. Si los homosexuales -se dice- no somos capaces de aceptar en todo su poder la seriedad de lo negativo, más vale que sigamos cluecos, chuecos, como llevamos más de dos mil años en Occidente. ¿Qué otra cosa puedo querer con este chico? No lo sé -responde Allende ahora mismo-. ¿Cómo voy a educar a nadie, y menos a Durán, si yo mismo tampoco estoy seguro de lo que yo quiero hacer conmigo mismo, hacer con él?